Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Condenada a Santino
Condenada a Santino

Condenada a Santino

Autor: : Paola Ramírez
Género: Romance
La vida de Victoria Bianchi cambia para siempre cuando su familia contrae una deuda imposible de pagar. En lugar de exigir dinero, el implacable Santino Di Morelli, jefe de la mafia italiana, reclama algo que nadie imaginaría: un hijo. Obligada a permanecer bajo su dominio, Victoria descubrirá que tras la dureza de Santino se esconde un hombre marcado por el poder, la venganza y oscuros secretos. Él, en cambio, encontrará en ella la única mujer capaz de desafiarlo... y quizá de destruirlo. Entre pasión, odio y traición, Victoria deberá decidir si huir de su carcelero o enfrentarse al destino que la ata a él para siempre.

Capítulo 1 Desesperada

Su corazón palpitaba a mil por segundo, golpeando con violencia dentro de su pecho mientras su mirada se clavaba justo al frente. Las llantas del auto rechinaban contra el asfalto, acercándose en su dirección como un animal dispuesto a devorarla.

Victoria bajó la vista hacia sus pies, se inclinó con desesperación y se quitó los zapatos. Tenía que correr, o de lo contrario estaría muerta en cuestión de segundos. El miedo le recorría las venas como fuego líquido, pero aun así sus piernas temblorosas se preparaban para moverse.

La puerta del vehículo se abrió con un chasquido metálico y de inmediato, un hombre enorme descendió. Su figura imponía lleno de músculos, su traje oscuro resaltaba la frialdad de su porte y sus ojos, negros y profundos, se posaron en ella con una serenidad que no era calma, sino amenaza.

Bastó aquella mirada para helarle la sangre.

Aquel hombre alzó la mano y con un par de señas ordenó que los dos hombres que viajaban con él bajaran también. Ambos obedecieron al instante, cerrando el paso de cualquier escape.

El hombre dio un par de pasos hacia ella, su sombra cubriendo la poca luz que caía sobre Victoria, y entonces habló con voz grave, cargada de desprecio.

-Vaya, vaya... ¿quién diría que una mujer como tú sería capaz de ponerme en aprietos?

Victoria tragó saliva con dificultad. Sus labios secos se entreabrieron, y de ellos apenas escapó un hilo de voz temblorosa.

-Señor Santino... le juro que yo le pagaré todo, se lo juro.

Sus manos no dejaban de sacudirse, incapaces de ocultar el terror que la consumía. Cada palabra le costaba un esfuerzo casi sobrehumano, como si el aire se negara a entrar en sus pulmones.

El hombre rió con suavidad, un sonido hueco y cruel, antes de inclinarse apenas hacia ella.

-¿Y quién te dijo a ti que quiero de vuelta ese dinero? -susurró, con la calma de quien ya había tomado una decisión inquebrantable-. Te lo advertí... no una, sino varias veces.

Victoria se quedó rígida contra la pared, sintiendo el frío de la piedra atravesarle la espalda. Los ojos de Santino, negros como la noche, se clavaban en ella sin pestañear. El aire se volvió espeso, difícil de respirar.

-Fue mi hermano... -balbuceó con voz rota, sus labios temblando-. Él fue el que apostó, no yo. Pero no le haga nada, por favor... yo pagaré la deuda.

Santino arqueó una ceja, como si aquellas palabras fueran un entretenimiento. Dio una calada a su cigarro y la observó con esa calma cruel que tanto lo caracterizaba.

-¿Tú? -preguntó, burlón-. ¿Y cómo piensas pagar una suma que tu hermano ni siquiera pudo sostener sobre la mesa?

Victoria respiró hondo, conteniendo el sollozo que amenazaba con desgarrarle la garganta. Sus manos temblaban, pero se obligó a levantar la mirada.

-Trabajaré, haré lo que sea... pero hasta el último peso se lo pagaré, se lo juro. Solo le pido... que no le haga daño a él.

Los hombres de Santino soltaron una carcajada breve, como hienas divirtiéndose con una presa que aún no sabe que está condenada. Pero Santino no sonrió.

-¿Por qué tanta desesperación, eh? -su voz grave la envolvía como un lazo que se apretaba más y más-. ¿Qué tiene de especial ese hermano tuyo que te arrastras por él como si fuera tu salvador?

Las lágrimas finalmente escaparon de los ojos de Victoria. Bajó la cabeza, pero respondió con un hilo de voz.

-Porque ese dinero... -hizo una pausa, tragando saliva-, era para los medicamentos de nuestra madre. Él... él se lo llevó todo. Yo le rogué que no lo hiciera, que no se metiera con usted... pero no me escuchó. Apostó lo único que teníamos.

Santino aspiró el humo lentamente y lo soltó con calma, mientras la observaba con un brillo extraño en los ojos.

-¿Medicamentos? -repitió, como si degustara la palabra.

-Sí -Victoria asintió, con lágrimas resbalándole por las mejillas-. Mi madre está enferma... y sin ese dinero... no puede seguir con el tratamiento.

Por un instante, el silencio se adueñó del callejón. El motor del coche seguía encendido, el humo del escape flotaba en el aire, y el corazón de Victoria latía tan fuerte que podía jurar que todos lo escuchaban.

Santino inclinó apenas la cabeza, su mirada fija en ella como quien analiza un objeto curioso.

-Entonces tu hermano no solo es un estúpido... -dijo finalmente, con un tono afilado como una cuchilla-, también es un egoísta.

Victoria se tapó el rostro con las manos, quebrándose en un llanto ahogado.

-Por favor... yo asumiré todo. No me importa cuanto tarde, no me importa lo que tenga que hacer. Solo no le haga nada a él.

Santino apagó el cigarro contra la pared y se inclinó hacia ella, tan cerca que pudo sentir el calor de su respiración mezclada con el olor a tabaco.

-¿Hasta el último peso? -susurró, clavando sus ojos en los de ella.

Victoria asintió frenéticamente, sin pensar.

-Sí... hasta el último peso.

El silencio fue eterno. Entonces, Santino sonrió, una mueca que no contenía bondad alguna.

-Muy bien, Victoria. -Hizo un gesto a sus hombres-. Llévenla con su hermano. Que vea en qué estado está... y que entienda cuánto cuesta una deuda en mi mundo.

Las manos rudas de los hombres la sujetaron de los brazos, arrastrándola hacia el auto. Victoria no opuso resistencia esta vez. En medio de su miedo, se aferraba a una única promesa: si pagaba, su hermano viviría.

Pero en lo profundo de sus ojos, Santino ya había dictado otra sentencia.

Capítulo 2 Promesas

El auto avanzó por calles oscuras y desiertas. Victoria, atrapada entre los dos hombres de Santino, apenas podía mover los brazos. Su respiración era entrecortada, y el sonido de las llantas sobre el pavimento le retumbaba en los oídos como un tambor cargado de sentencia. El silencio del trayecto la estaba matando por dentro.

Finalmente, tras varios giros, el coche se detuvo frente a un viejo almacén de metal oxidado en las afueras de la ciudad. El chirrido de la puerta al abrirse la hizo estremecer. El aire olía a humedad, hierro y polvo acumulado.

Los hombres la obligaron a bajar. Sus pies descalzos tocaron el suelo frío y rugoso del lugar. Las luces fluorescentes parpadeaban, lanzando destellos mortecinos que apenas iluminaban el interior.

Y allí, en una silla metálica, con las manos atadas a la espalda y el rostro ensangrentado, estaba su hermano.

-¡Damián! -el grito salió de su garganta con fuerza.

El hombre levantó la cabeza con dificultad, un ojo hinchado y los labios partidos. Cuando la reconoció, intentó enderezarse, pero la cuerda le apretaba con violencia.

-¡Victoria! -su voz era ronca, gastada, pero viva.

Ella corrió hacia él, pero uno de los guardias la sujetó de los brazos, obligándola a detenerse. Su desesperación era un nudo que la asfixiaba.

-¡Suéltenla! -gimió Damián, forcejeando inútilmente contra las ataduras.

Santino entró detrás de ellos, su silueta imponente dominando todo el espacio. Caminó despacio hasta quedar frente a los dos hermanos. Su mirada se paseó por Damián como si se tratara de un animal herido sin remedio.

-Aquí está tu hermana -dijo con calma-. Tan valiente, tan dispuesta... a pagar por ti.

Victoria giró la cabeza hacia él, con lágrimas deslizándose por sus mejillas.

-Se lo prometí. Yo pagaré cada peso. No le haga daño, se lo suplico.

Santino soltó una risa seca, sin humor.

-¿Lo escuchas, Damián? -se inclinó hacia el hombre atado-. Tu querida hermana se ofrece a cargar con tu deuda. Una deuda que por cierto, era dinero destinado a tu madre enferma... y que tú apostaste como el imbécil que eres.

El rostro de Damián se contrajo en vergüenza y rabia.

-¡No la meta a ella en esto! ¡Yo asumí el riesgo, yo acepto las consecuencias!

Santino lo observó con frialdad, y luego miró a Victoria, que temblaba bajo la presión de su imponente mirada.

-¿Y crees que me importa lo que aceptes o no? -su voz resonó como un trueno-. Aquí mando yo. Y aquí, la deuda la paga quien pueda... o quien esté dispuesto a dar la cara.

Victoria dio un paso hacia adelante, liberándose del guardia con un tirón desesperado.

-Entonces míreme a mí. No a él. Yo lo haré.

Santino se acercó a ella, tan cerca que el humo de su aliento le rozó la piel.

-¿Tienes idea de lo que estás diciendo? -su tono era bajo, casi un susurro, pero cargado de amenaza.

Victoria asintió con los ojos enrojecidos.

-No me importa cuanto tarde, no me importa lo que tenga que hacer... pero pagaré hasta el último peso.

Damián gritó, completamente desesperado.

-¡No, Victoria! ¡No lo hagas! ¡No sabes con quién tratas!

Santino lo calló con una mirada. Luego tomó a Victoria del mentón, obligándola a levantar el rostro.

-Muy bien -murmuró-. Te daré la oportunidad. Pero recuerda algo: en mi mundo... las promesas se cumplen o se pagan con sangre.

Ella cerró los ojos un segundo, tragando el miedo, y luego asintió.

-Lo entiendo.

Santino sonrió apenas, un gesto que más que alivio era una confirmación de poder.

-Entonces... bienvenida a tu deuda.

Santino chasqueó los dedos y sin apartar la vista de Victoria ordenó con voz seca.

-Manténganlo.

Los dos hombres se acercaron de inmediato a Damián, sosteniéndolo por los hombros y forzándolo a inclinar la cabeza hacia adelante. Victoria gritó, su voz desgarrada resonando en el almacén.

-¡No! ¡No lo toquen! ¿Por qué va a matarlo si yo le dije que pagaré la deuda? ¡No tiene sentido!

Damián forcejeó contra las sogas, la desesperación pintada en su rostro ensangrentado.

-¡Victoria, vete de aquí! ¡No caigas en su juego, no le debes nada, yo soy el culpable!

Santino soltó una carcajada baja, acercándose lentamente.

-Eso es lo más gracioso -dijo-. Los culpables siempre hablan, siempre suplican... pero al final lo único que importa es quién tiene el poder. Y ahora, muchacha, ese poder lo tengo yo.

De un tirón brusco, Santino sujetó a Victoria del brazo, atrayéndola hacia él hasta dejarla frente a su pecho, inmóvil bajo su fuerza. Su voz descendió a un murmullo cargado de veneno.

-Acabas de hacer un trato con el diablo. Creíste que con tus lágrimas podías cambiar las reglas, pero aquí todo se paga. ¿De verdad entiendes lo que significa pertenecerme hasta que saldes cada moneda?

El cuerpo de Victoria temblaba bajo su agarre, el eco de sus palabras tatuándose en su piel como una marca invisible. En ese instante supo que había cruzado un límite del que jamás podría regresar.

Capítulo 3 Enfrentamiento

Santino se detuvo un segundo antes de irse, se giró con calma, esa calma fría que resultaba más aterradora que cualquier arrebato de ira. Su mirada se posó sobre Victoria, que aún se aferraba al cuerpo malherido de su hermano como si sus brazos fueran la única barrera contra la condena que se venía sobre ambos.

Con un ademán apenas perceptible de su mano, Santino dio la orden.

-Átenla -ordenó, su voz profunda y cortante, como un cuchillo que no admite réplica.

Los hombres se movieron al instante. Uno de ellos avanzó con una cuerda áspera, mientras otro sujetaba a Victoria por los hombros.

Ella forcejeó, pataleó con desesperación, sus gritos desgarraron el lugar.

-¡No! ¡Suéltenme! ¡Por favor, señor, no! -imploró, su voz cargada de un pánico que helaba la sangre.

Santino no se inmutó. Su expresión permanecía impasible, una máscara de hielo. Mientras sus hombres inmovilizaban a Victoria, él chasqueó los dedos.

-Y denle su merecido al idiota de su hermano.

Damián, débil, apenas logró alzar la cabeza antes de que dos golpes secos lo devolvieran al suelo. Los hombres lo patearon sin piedad, arrancándole gruñidos ahogados. Victoria gritó con más fuerza, desgarrando su garganta.

-¡Basta! ¡Por favor, no lo hagan! ¡Yo pagaré! ¡Déjenlo!

Pero su súplica era solo música para Santino, una melodía que confirmaba su poder. Se inclinó apenas hacia ella, observándola con una serenidad macabra.

-Es lo que pasa cuando uno juega con el dinero de la familia equivocada -susurró, antes de enderezarse con elegancia.

Sin volverse más, se ajustó el saco y avanzó hacia la salida. Afuera lo esperaba la caravana: camionetas negras, motores encendidos y cristales oscuros.

-Tenemos una cita -murmuró Santino para sí mismo, acomodando la pistola bajo su chaqueta antes de subir al vehículo principal.

El convoy arrancó, las llantas levantaron polvo en el camino de tierra que conducía hacia la carretera. Los faros iluminaban el horizonte mientras los hombres de Santino mantenían la mirada fija, armas listas. Dentro de la camioneta, el silencio era pesado, roto solo por el ronroneo del motor.

De pronto, el celular de Santino vibró. Él lo tomó con calma, pero al ver el nombre en la pantalla, sus ojos se entornaron. Contestó con un movimiento brusco.

-Marcello.

La risa que llegó desde el otro lado de la línea fue seca, burlona.

-Hola, Santino. Dime, ¿de verdad creíste que yo iba a caer en tu falsa tregua? ¿En tus palabras vacías de paz?

La mandíbula de Santino se tensó, los músculos de su rostro se marcaron como piedra.

-Escúchame bien, bastardo. Si piensas que puedes desafiarme y salir con vida, estás más perdido de lo que imaginaba.

Marcello guardó silencio un segundo, como saboreando el momento. Luego, su voz sonó como un veneno suave.

-Ya no eres nada, Santino. Te aferraste al poder demasiado, y ahora es momento de que un verdadero hombre ocupe el lugar que merezco. Yo seré el nuevo patriarca. Yo gobernaré lo que tú ya no puedes controlar. Y dudo mucho que los socios te apoyen.

Santino apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

-Si te atreves a...

-Nos vemos en el infierno, viejo amigo -interrumpió Marcello, su tono cargado de odio.

La línea se cortó. El silencio posterior fue tan denso que parecía ahogar.

-¡Frena! -rugió de pronto Santino, aunque el conductor ya había reaccionado.

Las llantas chirriaron contra el asfalto, dejando marcas negras mientras la camioneta se detenía en seco. El convoy entero se alineó tras ellos, creando una cadena de luces rojas en medio de la oscuridad.

Al frente, como una aparición siniestra, se desplegaban al menos veinte hombres, todos armados hasta los dientes. Sus rifles brillaban bajo la tenue luz de la luna, listos para escupir fuego. Y al centro, erguido con una calma burlona, estaba Marcello.

Vestía de traje oscuro, impecable, como si la guerra no lo manchara. Sus labios se curvaron en una sonrisa de triunfo, y en un gesto cargado de insolencia, guiñó un ojo hacia Santino.

-Maldición -masculló Santino entre dientes, sacando su arma con un movimiento veloz.

El silencio duró apenas un segundo. Luego, el infierno estalló.

Los disparos retumbaron en la noche, un coro ensordecedor de metralla que iluminaba el campo con destellos rojos y amarillos. Las ventanas de las camionetas se astillaron bajo el impacto de las balas, los hombres de Santino respondieron al fuego, sus armas rugiendo con furia.

Santino, con el arma en mano, disparaba con precisión mortal desde su asiento, mientras maldecía en italiano. Cada bala que salía de su pistola era una promesa de venganza.

El aire se llenó de humo, gritos y el zumbido de proyectiles. Los cuerpos caían a uno y otro lado, el suelo se teñía de sangre. Pero en medio de ese caos, nadie vio venir lo peor.

Un silbido cortó el aire. Y entonces... la explosión.

Un estallido brutal sacudió todo el terreno. El fuego devoró el costado del convoy y la camioneta donde estaba Santino fue levantada del suelo como si fuera un simple juguete. El metal se retorció, el vidrio voló en miles de fragmentos afilados, y los cuerpos fueron lanzados en todas direcciones.

El rugido de la detonación apagó por un instante todos los demás sonidos, dejando solo el eco de la destrucción y el olor penetrante de la pólvora y el hierro ardiente.

La camioneta de Santino giró en el aire antes de caer de lado con un estruendo metálico, arrastrándose unos metros antes de detenerse. El silencio que siguió fue sepulcral, como si el mundo mismo contuviera la respiración, esperando a ver quién había sobrevivido al infierno.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022