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Condenada al Infierno de Él

Condenada al Infierno de Él

Autor: : SUSANITA TINEO
Género: Fantasía
La puerta se abrió de golpe, y con ella, mi vida se hizo pedazos. Javier, mi Javier, el hombre que juró protegerme y que era el padre de mi hijo nonato, estaba irreconocible, transformado en una bestia furiosa. Me acusó de la traición más vil: entregar a mi propia hermana, Isabella, a Rodrigo, mi ex y su rival, usando información confidencial sobre sus rutas. El golpe en mi mejilla fue el inicio de un infierno, una bofetada que no solo me dolió la piel, sino que me rompió el alma. "¡Mientes!", gritó, y el mundo se congeló. Mis súplicas cayeron en oídos sordos mientras me arrebataba brutalmente lo más preciado. Vi la aguja, sentí el pinchazo, y el horror se materializó: mi vientre, mi hijo, nuestra esperanza, desaparecía en una agonía indescriptible. ¿Cómo pudo hacerme esto? ¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Y por qué? ¿Por qué la crueldad no tenía límites? Al despertar, el vacío insoportable en mi vientre era un agujero negro que devoraba cada centímetro de mi ser. Él no solo me había quitado a mi hijo, sino que me había condenado a una tortura aún mayor. Me obligó a ser la "incubadora" para la hermana clonada de Rodrigo, la misma persona que me había arrastrado a este abismo. Atada, mutilada y sin voz, me negaron incluso la liberación de la muerte. Aquí, ahora, en este infierno terrenal, mi dolor se convirtió en una fría promesa.

Introducción

La puerta se abrió de golpe, y con ella, mi vida se hizo pedazos.

Javier, mi Javier, el hombre que juró protegerme y que era el padre de mi hijo nonato, estaba irreconocible, transformado en una bestia furiosa.

Me acusó de la traición más vil: entregar a mi propia hermana, Isabella, a Rodrigo, mi ex y su rival, usando información confidencial sobre sus rutas.

El golpe en mi mejilla fue el inicio de un infierno, una bofetada que no solo me dolió la piel, sino que me rompió el alma.

"¡Mientes!", gritó, y el mundo se congeló.

Mis súplicas cayeron en oídos sordos mientras me arrebataba brutalmente lo más preciado.

Vi la aguja, sentí el pinchazo, y el horror se materializó: mi vientre, mi hijo, nuestra esperanza, desaparecía en una agonía indescriptible.

¿Cómo pudo hacerme esto? ¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Y por qué? ¿Por qué la crueldad no tenía límites?

Al despertar, el vacío insoportable en mi vientre era un agujero negro que devoraba cada centímetro de mi ser.

Él no solo me había quitado a mi hijo, sino que me había condenado a una tortura aún mayor.

Me obligó a ser la "incubadora" para la hermana clonada de Rodrigo, la misma persona que me había arrastrado a este abismo.

Atada, mutilada y sin voz, me negaron incluso la liberación de la muerte.

Aquí, ahora, en este infierno terrenal, mi dolor se convirtió en una fría promesa.

Capítulo 1

La puerta de la habitación se abrió de golpe, estrellándose contra la pared.

Javier entró como una tormenta, con el rostro desfigurado por la furia.

Sus ojos, normalmente llenos de una posesiva ternura, ahora eran dos pedazos de hielo.

"¿Dónde está?"

Su voz era un gruñido bajo y peligroso que llenó el silencio del cuarto.

Sofía, sentada en la cama con una mano protectora sobre su vientre de siete meses, lo miró sin comprender.

"¿De qué hablas, Javier? ¿Quién?"

"No te hagas la pendeja conmigo, Sofía. Tu hermana. ¿Dónde está Isabella?"

El corazón de Sofía empezó a latir con fuerza, un tambor de pánico contra sus costillas.

"No lo sé, salió esta mañana, dijo que iría con unas amigas. No ha vuelto, su teléfono manda a buzón."

Javier soltó una risa seca, sin una pizca de humor.

"¿Amigas? ¿De verdad crees que soy estúpido? Rodrigo me llamó. Dice que Isabella está con él."

El nombre de Rodrigo cayó como una piedra en el estómago de Sofía. Su exnovio. Un hombre del que había huido, un fantasma que Javier prometió mantener alejado.

"¿Rodrigo? ¿Por qué la tendría él? Eso no tiene sentido."

Javier se acercó a la cama, su sombra cubriéndola por completo. Se inclinó, su rostro a centímetros del de ella.

"Claro que tiene sentido. Tú le robaste información, Sofía. Información de mis nuevas rutas. Y ahora la usas a ella, a tu propia sangre, para negociar con mi rival. Le entregaste a tu hermana."

La acusación era tan absurda, tan monstruosa, que Sofía tardó un segundo en procesarla.

"No. Yo nunca haría eso. Amo a mi hermana. Y no he hablado con Rodrigo en años."

"¡Mientes!"

El grito de Javier fue seguido por el sonido agudo de una bofetada.

La cabeza de Sofía se giró con violencia, el ardor inundando su mejilla. El shock la dejó sin aliento. Él nunca, nunca le había puesto una mano encima.

"Javier, por favor, tienes que creerme. Yo no hice nada."

Las lágrimas brotaron de sus ojos, nublando la imagen del hombre que amaba, o que creía amar.

"¿Creerte? ¿Cómo voy a creerte cuando todo apunta a ti?"

Él la agarró del cabello, forzándola a mirarlo. El dolor era agudo, pero el dolor en su corazón era peor.

"Tú y tu hermana son unas traidoras. Y las traidoras pagan."

La mirada de Javier se desvió hacia el vientre abultado de Sofía. Una idea terrible y oscura cruzó por sus ojos.

"Tú me quitaste algo. Me traicionaste. Así que ahora, yo te quitaré algo a ti."

El pánico helado se apoderó de Sofía. Entendió. Entendió la locura que estaba a punto de desatarse.

"No, Javier, no. El bebé no. Es tu hijo."

Suplicó, tratando de liberarse, pero su agarre era de acero.

"Ese bastardo ya no es mi hijo. Es el hijo de una traidora. Y no va a nacer."

La arrastró fuera de la cama, sus pies descalzos tropezando en el suelo frío. La arrastró por el pasillo hasta una habitación trasera que siempre estaba cerrada con llave. El olor a antiséptico y a miedo la golpeó.

Dentro había un hombre con una bata médica y una mesa de metal.

"No. Por favor, no."

Sofía luchó con todas sus fuerzas, pero era inútil. Los hombres de Javier la sujetaron, la ataron a la mesa.

Vio la aguja en la mano del "doctor". Vio la mirada vacía y decidida de Javier.

"Esto te enseñará, Sofía. A no traicionarme nunca más."

Sintió el pinchazo en su brazo. El líquido frío empezó a recorrer sus venas. Su cuerpo se sintió pesado, sus protestas se convirtieron en murmullos.

Lo último que sintió fue un calambre agudo y brutal en su vientre. Un dolor que desgarraba todo su ser. Y luego, una espantosa sensación de vacío.

Cuando despertó, el dolor físico era un eco sordo comparado con el agujero negro que había en su alma. Estaba en la misma cama, pero todo había cambiado. Su vientre estaba plano. Su hijo se había ido.

Javier estaba sentado en una silla junto a la cama, observándola.

"Ya está hecho."

Su voz era tranquila, como si hablara del clima.

Sofía no podía hablar. No podía llorar. Solo un sonido roto salió de su garganta.

Javier se levantó y se acercó.

"Rodrigo está furioso por su información. Pero le ofrecí un acuerdo de paz. Una ofrenda. Algo para reemplazar lo que perdió."

Puso una mano sobre el vientre ahora vacío de Sofía. Ella se estremeció, un escalofrío de repulsión recorriéndola.

"Su hermana murió hace un tiempo. Él estaba devastado. La ciencia ha avanzado mucho, Sofía. Conseguimos su ADN. Y tú le darás un reemplazo. Gestarás a su hermana."

La locura en sus palabras era absoluta.

"¿Un clon?" susurró ella, la voz ronca.

"Un clon," confirmó él. "Mañana te harán el implante. Serás la madre del clon de la hermana de Rodrigo. Y así, tendremos paz. Y tú, tú pagarás tu deuda."

Él la miró, esperando una reacción. Pero Sofía estaba vacía. La mujer que era había muerto en esa mesa de metal. Lo que quedaba era solo un cascarón.

"Y no intentes ninguna estupidez," añadió él, viendo la mirada muerta en sus ojos. "Si te pasa algo a ti, le pasa algo al contenedor. Y si le pasa algo al contenedor, encontraré a Isabella y la descuartizaré pieza por pieza. ¿Entendido?"

Esa noche, cuando la dejaron sola, atada a la cama por si acaso, Sofía encontró una manera. Con los dientes, mordió su propia muñeca, buscando la arteria. Buscando el final. Quería irse, quería seguir a su hijo a la oscuridad.

Pero la puerta se abrió. Uno de los guardias la vio. Entraron corriendo, le vendaron la herida a la fuerza, le pusieron un sedante.

Le negaron incluso la muerte. La querían viva. La querían como una incubadora. Un recipiente para su monstruoso plan.

Y en la oscuridad, atada y drogada, Sofía comprendió que su infierno apenas comenzaba.

Capítulo 2

Pasaron los días. O quizás fueron semanas. El tiempo se volvió una sustancia espesa y sin forma.

Le habían cortado parte de la lengua.

No mucho, solo la punta. Lo suficiente para que hablar fuera un ejercicio doloroso y torpe, un recordatorio constante de que su voz ya no le pertenecía.

Javier dijo que era para que no intentara "convencer" a nadie de su "inocencia".

Ahora solo emitía sonidos guturales, frustrados. El dolor en su boca era un fuego constante, una brasa que nunca se apagaba.

Él venía a verla todos los días.

Se sentaba a su lado en la cama y le acariciaba el pelo, como si nada hubiera pasado. Le hablaba con una voz suave, una grotesca parodia del hombre que una vez fue.

"Ya está dentro, mi amor. Creciendo fuerte. Tienes que cuidarla. Es nuestra única salida."

Sofía lo miraba con ojos muertos. Su alma se había retirado a un rincón oscuro de su mente, un lugar donde el dolor no podía alcanzarla del todo. Observaba su propio cuerpo como si fuera el de una extraña.

Un día, Javier entró con un plato. Olía a hierro y a vísceras.

Eran trozos de hígado crudo, todavía sangrando.

"El doctor dice que necesitas proteína. Mucha. Para que el feto se desarrolle bien."

Puso el tenedor frente a su boca.

Sofía giró la cabeza. El olor le provocaba náuseas.

La expresión de Javier se endureció.

"Sofía. Tienes que comer."

Ella se negó de nuevo, un gemido escapando de su garganta.

Él suspiró, frustrado. Dejó el plato a un lado, la agarró de la mandíbula con una fuerza brutal y le abrió la boca. Con la otra mano, tomó un trozo de hígado y se lo metió a la fuerza.

La textura resbaladiza y el sabor metálico inundaron su boca mutilada. Las arcadas la sacudieron. Intentó escupirlo, pero él le tapó la boca y la nariz, obligándola a tragar o ahogarse.

Tragó.

Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras él le metía otro trozo, y otro.

"Buena chica," dijo él cuando terminó, limpiándole la boca con una servilleta, como si acabara de alimentar a una niña pequeña. "Ves, no era tan difícil."

Se fue, dejándola sola con el sabor a sangre en la garganta y un nuevo nivel de humillación grabado en su ser.

Se acurrucó en la cama, su cuerpo temblando. Miró su vientre. No sentía nada. Ni amor, ni odio. Solo una extraña desconexión. Era un objeto, un recipiente. Y dentro de ella crecía otro objeto.

Las llamadas de Rodrigo se hicieron frecuentes.

Javier ponía el teléfono en altavoz frente a ella.

"¿Cómo está el horno?" preguntaba la voz de Rodrigo, llena de un desprecio apenas disimulado.

"Funcionando perfectamente," respondía Javier. "La temperatura es estable. El producto está en desarrollo."

Sofía escuchaba las palabras, "horno", "producto". Así la veían. No como una persona.

A veces, Rodrigo pedía una prueba. Javier entonces activaba la videollamada y apuntaba el teléfono al vientre de Sofía, levantándole la camisa sin ningún pudor.

"Ahí está. Creciendo para ti."

Ella yacía inmóvil, expuesta, sintiendo la mirada de los dos hombres sobre su piel, sobre el bulto que empezaba a formarse de nuevo. Era una pesadilla recurrente. El vientre que había albergado a su hijo, ahora profanado, convertido en un espectáculo para sus verdugos.

Una noche, Javier se quedó más tiempo. Se sentó en la cama y la abrazó. Su cuerpo se tensó, rígido como una tabla.

"Sé que es difícil, Sofía," susurró él contra su cabello. "Pero cuando todo esto termine, volveremos a estar juntos. Como antes. Te lo prometo. Compraré tu perdón. Te daré todo lo que quieras."

Ella no respondió. No podía. Y aunque pudiera, ¿qué le diría? ¿Que "antes" había muerto? ¿Que él lo había matado?

Él la soltó, su paciencia agotándose.

"Bien. No digas nada. Pero cuida de esa cosa. Es mi boleto para salir de este lío. Y es la vida de tu hermana. No lo olvides."

Se fue, cerrando la puerta con llave.

Sofía se quedó mirando el techo. Su cuerpo se estaba recuperando lentamente de la herida en su muñeca, de la mutilación en su boca. Pero su mente se estaba desintegrando.

Pasaba horas sin moverse, perdida en un laberinto de recuerdos rotos. Recordaba a su hijo. Las pataditas que nunca sentiría. El llanto que nunca escucharía. Recordaba a Isabella, su risa, sus sueños. ¿Dónde estaría ahora? ¿Estaría viva?

La promesa de Javier de matarla era el único ancla que la mantenía cumpliendo.

Con el paso de los meses, su vientre creció. Su cuerpo se transformó de nuevo, una repetición grotesca de su primer embarazo. Se veía en el espejo del baño, una figura esquelética con un abdomen hinchado. Su cabello estaba opaco, sus ojos hundidos en cuencas oscuras. Era un fantasma habitando una casa de carne y hueso.

Un día, sintió un movimiento.

Una patada.

No sintió alegría. No sintió conexión. Sintió una invasión. Algo ajeno moviéndose dentro de ella. Cerró los ojos y deseó desaparecer. Pero el cuerpo seguía funcionando, seguía nutriendo a la criatura. Prisionera de su propia biología, Sofía continuó existiendo, un día a la vez, esperando el final de su condena.

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