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Condenados a Amarse: Vida Tras Vida

Condenados a Amarse: Vida Tras Vida

Autor: : Bai Bian Zhong Jie
Género: Romance
Isabella Montoya despertó, no en la oscuridad final, sino en su lujosa cama, reviviendo el doloroso arrepentimiento por haber despreciado a su esposo Alejandro, quien murió sacrificándose por su familia. Encontró su amor en un diario, demasiado tarde, y ahora, inexplicablemente, se le concedía una segunda oportunidad. En esta segunda vida, Isabella intentó reparar su pasado, pero Alejandro, también renacido, la rechazó con una frialdad atroz, incluso trayendo a una mujer idéntica para atormentarla. La humilló públicamente, destruyó sus tulipanes más queridos y, en un acantilado, fingió elegir a su "amante" sobre ella, dejándola caer al vacío. A pesar del dolor, Isabella se sacrificó para protegerlo a él y a Viñedos Montoya, entregándole papeles de divorcio con un anillo y una nota de amor póstumo. Ella murió, y al descubrir la verdad de su devoción, Alejandro, devastado por el remordimiento, se suicidó sobre su tumba. ¿Por qué este ciclo de sufrimiento y malentendidos? ¿Estaban condenados a un amor trágico, perdidos el uno para el otro, vida tras vida? Pero el destino les dio una tercera oportunidad: ambos renacieron, regresando a un punto crucial antes de su matrimonio. Con todos los recuerdos intactos, ¿lograrán desentrañar la verdad, luchar contra su destino y finalmente forjar un amor que trascienda la muerte?

Introducción

Isabella Montoya despertó, no en la oscuridad final, sino en su lujosa cama, reviviendo el doloroso arrepentimiento por haber despreciado a su esposo Alejandro, quien murió sacrificándose por su familia.

Encontró su amor en un diario, demasiado tarde, y ahora, inexplicablemente, se le concedía una segunda oportunidad.

En esta segunda vida, Isabella intentó reparar su pasado, pero Alejandro, también renacido, la rechazó con una frialdad atroz, incluso trayendo a una mujer idéntica para atormentarla.

La humilló públicamente, destruyó sus tulipanes más queridos y, en un acantilado, fingió elegir a su "amante" sobre ella, dejándola caer al vacío.

A pesar del dolor, Isabella se sacrificó para protegerlo a él y a Viñedos Montoya, entregándole papeles de divorcio con un anillo y una nota de amor póstumo.

Ella murió, y al descubrir la verdad de su devoción, Alejandro, devastado por el remordimiento, se suicidó sobre su tumba.

¿Por qué este ciclo de sufrimiento y malentendidos?

¿Estaban condenados a un amor trágico, perdidos el uno para el otro, vida tras vida?

Pero el destino les dio una tercera oportunidad: ambos renacieron, regresando a un punto crucial antes de su matrimonio.

Con todos los recuerdos intactos, ¿lograrán desentrañar la verdad, luchar contra su destino y finalmente forjar un amor que trascienda la muerte?

Capítulo 1

Isabella Montoya despertó.

No en la oscuridad de una tumba fría, sino en su lujosa habitación.

Confusión.

Recordaba el fuego, el dolor, la traición.

Recordaba a Alejandro Vargas, su esposo.

El hombre que despreció.

El hombre que murió por ella, por Viñedos Montoya.

Cartas. Un diario.

Descubrió su amor demasiado tarde.

Un amor silencioso, sacrificado.

El arrepentimiento la consumió en sus últimos momentos.

Ahora... ¿esto?

Miró sus manos. Jóvenes. Sin cicatrices.

Se levantó, un impulso la guio al gran espejo.

Su reflejo. Más joven, sí. Pero ella.

Un ruido. Fuera de su habitación.

Reconoció la fecha mentalmente.

La noche de la fiesta de negocios.

La noche en que Alejandro fue drogado.

Un sabotaje.

Recordaba su propia crueldad esa noche.

"Si no puedes controlarte, vete a 'El Espejismo', seguro que allí encuentras compañía".

Esas palabras resonaron, llenas de veneno.

Su corazón se encogió. No. No otra vez.

Corrió hacia la puerta.

Alejandro.

Estaba en el pasillo, apoyado contra la pared, pálido, sudando.

Sus ojos, normalmente serenos, estaban vidriosos, llenos de una lucha interna.

"Alejandro", su voz tembló.

Él la miró, una mezcla de sorpresa y dolor en su expresión.

"Isa... ¿qué haces despierta?" Su voz era áspera.

Ella recordó su vida pasada, el dolor de su pérdida, el peso de su culpa.

No podía repetir los mismos errores.

Se acercó, ignorando la confusión en su rostro.

"No te sientes bien", dijo, su voz ahora más firme.

Lo tomó del brazo. Estaba ardiendo.

"Ven. Te ayudaré."

Lo guio de regreso a la suite de él, no a la de ella.

Él tropezaba ligeramente.

"¿Qué... qué haces?" preguntó, la droga nublando su juicio, pero una chispa de su antigua desconfianza brillaba.

"Cuidarte", respondió ella, simple, directa.

Lo llevó al baño. Abrió la ducha fría.

Él se estremeció al contacto con el agua, pero pareció aclararle un poco la mente.

Ella lo ayudó a quitarse el saco, la corbata.

Sus manos temblaban, no solo por el recuerdo, sino por una nueva emoción.

Una oportunidad.

Él se dejó hacer, demasiado débil para protestar, o quizás, demasiado sorprendido.

Bajo el agua fría, él la miró.

Sus ojos buscaron los suyos, interrogantes.

Ella sostuvo su mirada.

Un momento íntimo, cargado de tensión.

Él se apoyó en ella, su cuerpo pesado.

El agua los empapaba a ambos.

Ella lo abrazó, sintiendo los temblores de su cuerpo.

"Estarás bien", susurró contra su pelo mojado.

No sabía si se lo decía a él o a sí misma.

En su vida anterior, Alejandro había luchado solo contra los efectos de la droga.

Había pasado la noche en una ducha fría, solo.

Mientras ella dormía, ignorante.

Luego, él había trabajado incansablemente.

Salvó Viñedos Montoya.

Sacrificó su salud.

Murió joven.

Todo por ella, por su familia.

Y ella solo lo había despreciado.

Lo había llamado arribista.

Lo había humillado.

Las lágrimas se mezclaron con el agua de la ducha.

Lágrimas de arrepentimiento.

Lágrimas de una nueva esperanza.

Encontró su diario después de su muerte.

Cada página, una tortura.

Cada palabra, una declaración de amor no correspondido.

Detalles de sus sacrificios.

Noches sin dormir.

Reuniones interminables.

Amenazas de rivales.

Todo lo soportó por ella.

Para protegerla. Para que ella pudiera seguir con su vida de lujos.

Ella había sido tan ciega.

Tan cruel.

Ahora, tenía una segunda oportunidad.

No la desperdiciaría.

Juró protegerlo.

Juró amarlo.

Juró no fallarle esta vez.

El agua seguía cayendo.

El temblor de Alejandro disminuía lentamente.

Ella lo sostuvo, sintiendo el peso de sus errores pasados y la promesa de un futuro diferente.

Capítulo 2

A la mañana siguiente, Isabella se despertó temprano.

Alejandro dormía en la habitación de invitados. Ella lo había cuidado toda la noche.

Preparó un desayuno ligero. Tostadas, fruta, jugo fresco.

Lo llevó a la habitación.

Él estaba despierto, sentado en la cama, mirándola con una expresión indescifrable.

"Buenos días", dijo ella, intentando sonar natural. "Te traje el desayuno."

Él no sonrió.

"Gracias. No era necesario." Su voz era fría, distante.

Isabella sintió un nudo en el estómago.

¿La frialdad era por su comportamiento de la noche anterior? ¿O por el de la vida anterior?

No, él no podía recordar. ¿O sí?

"Quería cuidarte", insistió ella, dejando la bandeja en la mesita de noche.

Él la miró. "¿Por qué?"

La pregunta la descolocó.

"Porque... eres mi esposo."

Una sombra cruzó el rostro de Alejandro. "Ah, sí."

Comió en silencio. Isabella lo observó, sintiendo una creciente inquietud.

Ella había sido horrible con él.

Quizás esta frialdad era solo el eco de su desprecio pasado.

Tenía que cambiar. Tenía que demostrarle que había cambiado.

"He estado pensando", comenzó ella, una vez que él terminó. "Deberíamos mudarnos a la casa principal de la finca. Es más espaciosa, más cómoda para ti."

En su vida anterior, ella odiaba esa casa. Prefería el apartamento de la ciudad.

Alejandro la miró, sorprendido.

"¿La finca? Siempre la has odiado."

"La gente cambia", dijo Isabella suavemente.

Él se levantó. Se acercó a la ventana.

"Isabella", dijo, su voz ahora carente de toda emoción. "Quiero el divorcio."

El mundo de Isabella se detuvo.

¿Divorcio?

Pero... acababa de empezar a enmendar las cosas.

"¿Qué? ¿Por qué?" Su voz era apenas un susurro.

"No funciona. Nunca ha funcionado", dijo él, sin mirarla. "Será mejor para ambos."

"Pero anoche...", comenzó ella.

"Anoche estabas siendo amable porque estaba enfermo", la interrumpió. "No cambia nada."

Dolor. Agudo, punzante.

Era como si sus esfuerzos fueran inútiles.

"No es cierto", dijo ella, desesperada. "He cambiado. Lo digo en serio."

Él finalmente la miró. Había una dureza en sus ojos que nunca antes había visto.

O quizás, nunca se había molestado en notarla.

"No te creo, Isabella."

Salió de la habitación, dejándola sola con el desayuno intacto y el corazón roto.

Más tarde ese día, Isabella intentó hablar con su padre, Don Rafael.

Recordaba la crisis que se avecinaba para Viñedos Montoya. El sabotaje de los Rivas.

"Papá, tenemos que tener cuidado. Los Rivas están planeando algo."

Don Rafael la miró con indulgencia.

"Isa, querida, no te preocupes por esas cosas. Alejandro y yo lo tenemos todo bajo control."

"Pero papá, es serio. Podríamos perderlo todo."

Él rio. "Siempre tan dramática. Ve de compras, relájate."

Frustración. Nadie la escuchaba.

Intentó llamar a Alejandro. Varias veces.

Él no contestó.

Finalmente, en el quinto intento, respondió.

"¿Qué quieres, Isabella?" Su voz era hielo puro.

"Alejandro, por favor, tenemos que hablar."

"Estoy ocupado."

"Es importante."

"Para ti, quizás. Para mí, lo único importante es el divorcio. Mis abogados se pondrán en contacto con los tuyos."

Colgó.

Isabella se quedó mirando el teléfono, sintiendo una desesperación creciente.

No. No se rendiría.

Le demostraría que había cambiado.

Le demostraría que su amor era real.

Aunque le llevara toda esta nueva vida.

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