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Contagio de amor

Contagio de amor

Autor: : Edgar Romero
Género: Romance
"Contagio de amor" es una historia de romance, amor, celos, traiciones, bastante conmovedora y, por supuesto, con mucho humor. Una peculiar, singular y curiosa epidemia se desata en un hotel y que afecta a una hermosa azafata, provocando toda clase de enredos e hilarantes situaciones: un contagio de amor. Esta divertida historia ocurre en los aciagos días de la pandemia que obliga a los dueños del hotel a establecer una drástica cuarentena, obligando a huéspedes y empleados a permanecer encerrados en el alojamiento donde se desarrollan todas las historias que tienen como principal protagonista al romance y al amor, desatando toda suerte de enredos e historias que encandilará a los lectores. ¿De qué se trata este singular contagio de amor? Que todos los hombres se enamorarán o terminarán enamorándose de la bella azafata lo que provocará un sin fin de situaciones que acapararán la atención del lector de principio a fin. Romance, aventuras, desengaños, decepciones y sobre todo, mucho humor garantizan una novela diferente, muy entretenida que impedirán perder detalle de principio a fin de este singular y peculiar contagio de amor. Una novela muy fácil, amena, con muchos enredos ideal para el público que disfruta del romance y la pasión.

Capítulo 1 I

Yo sabía que Billy me engañaba. No me cabía duda. Él había estado muy diferente en los últimos días, ya no era tan cariñoso conmigo y siempre lo veía elegante, perfumado, peinado, con la barba bien recortada, muy atractivo y varonil, pero esquivo cuando nos encontrábamos, lo que se venía haciendo bastante esporádico. Eso me desesperaba y sumía mis horas de alcoba en la incertidumbre y el desconcierto.

Por más que trataba que Billy me confesara qué pasaba entre nosotros, no podía arrancarle palabra alguna y su mirada había dejado de pintarse de romance y tenía, ahora, una acuarela de aburrimiento y desidia, cuando hasta hacía unos pocos él estaba demasiado acaramelado conmigo, lo veía siempre divertido y distendido, haciéndome bromas, acariciando mis pelos, embelesado con mis besos, deleitándose con mis pupilas y haciendo el amor entre intensos fuegos.

Cambios de actitud de un día a otro o en forma paulatina, da lugar a sospechas y yo, en ese sentido, soy muy desconfiada y perspicaz y luego de sumar tantas sensaciones inequívocas de que algo estaba pasando con él, me convencí que había otra mujer en medio de nosotros.

Billy ocultaba celosamente su celular, incluso. No me lo daba por nada del mundo cuando hasta hace poco, compartíamos todo: selfies, llamadas, mensajes de textos, veíamos nuestras redes sociales, participábamos en juegos en línea y hasta apostábamos a los caballos o el fútbol. Por más que le pedía su móvil con cualquier pretexto, me decía siempre no, que estaba desconfigurado, que me esperaba una llamada urgente de su jefe, que estaba sin baterías y un millón de pretextos que solo contribuyeron a echar más leña al fuego.

Idolatraba a Billy, sin embargo. No lo voy a negar. Lo amaba demasiado, en realidad. Estaba engolosinada a él, prendada a su forma de ser alegre, divertido, distendido, ingenioso y de metas definidas, muy maduro e inteligente y capaz. Me volvía loca, además. Me sentía protegida entre sus brazos, me reconfortaba su calor, deliraba con sus besos, cuando hacíamos el amor, me eclipsaba por completo y me estremecía cuando alcanzaba mis fronteras más lejanas. Nadie como él para encender mis llamas y desatar mi absoluta feminidad atada a sus manos, ebria de sus labios y sucumbida a sus bíceps enormes, su espalda gigante y los vellos alfombrado su pecho tan o más macizo que una meseta.

Estaba tan enamorada de él que ya lo alucinaba como el padre de mis hijos. Él incluso, alimentaba mis expectativas siempre.

-Tendremos diez hijos-, me decía, besándome, acariciándome, conquistando mis carreteras, mis acantilados, desatando mis cascadas cristalinas, haciéndome suya una y otra vez, en delirantes faenas de desenfreno, éxtasis y mucho amor.

Se hizo dueño de toda mi geografía. Dejó las huellas de sus deseos hasta el último trozo de mi piel tan lozana como el velo de una novia. Y me encantaba que tatuara todos los centímetros de mis curvas con sus besos, sus lamidas excitantes y su calor que me derretía igual a una mantequilla.

Yo era plenamente suya, en otras palabras.

Por eso decidí seguirlo. Sabía que era un error, pero estaba demasiado celosa y mi cabeza era un hervidero de dudas que me taladraban los sesos y los sentía estallando, dentro de mi cráneo, como petardos, truenos y relámpagos. Me enfurecía pensar que Billy estaba con otra mujer y que esos besos tan dulces y apasionados que me daba todas las noches mientras estábamos en las sombras de la oscuridad, ahora los gozaba eclipsada, otra chica. Pensar en eso hacía que mi sangre entrara en ebullición, dentro de mis venas.

-¿Nos vemos en la noche?-, le llamé, entonces, a su móvil, con mi vocecita dulce, musical, melodramática, muy cariñosa y hasta sumisa. Billy sonrió con ironía.

-No, mi amor, tengo qué hacer, a las diez-, me dijo apenas y me colgó. Ni siquiera me dio un besito o me hizo la conversación, de cualquier cosa, como ocurría antaño.

Me puse un jean a la cadera, calcé zapatillas, una camiseta blanca, y me amarré el pelo en cola. Me puse, también, una gorra y fui agazapada a sorprenderlo con su amante. Billy vivía a unas cuadras de mi casa. Llegaba a las nueve de su oficina y después de cambiarse, nos veíamos en el parque, íbamos al cine o un hotel a pasarla de maravillas. Esa noche, llegó puntual a su casa, estuvo algunos minutos y luego salió cambiado, ciertamente duchado porque tenía los pelos mojados, muy alegre, canturreando una canción horrible, y se fue caminando, de prisa, casi brincando de gusto. Todos esos detalles me dieron más celos.

Lo seguí a corta distancia. Él pudo haberme visto no una, sino varias veces, pero estaba tan concentrado en lo que iba hacer que parecía un tanque avanzando raudo hacia el campo de batalla, sin detenerse, con la mirada puesta hacia su destino.

Recordé que ya le había preguntado si había otra mujer en su vida. -No, mi bebita, solo tú me importas, eres la solitaria estrella que brilla en mi cielo-, me dijo, besándome, rindiéndome al encanto de su boca áspera y excitante, muy masculina, que me obnubilaba y me llevaba a las estrellas.

Le insistí todas las veces que me dejaba plantada. -¿Te ves con otra chica?-, le decía malhumorada, arrugando la frente y juntando mis dientes.

-La única mujer en mi vida eres tú-, decía él, pero su mirada ya no tenía el brillo de antes, ese fulgor enamorado que me hacía suspirar y gemir de pasión y emoción a la vez.

Fue que llegó al parque que está a cinco minutos de donde él vive, escenario de nuestra primera cita y luego epicentro de miles de besos y caricias que me llevaban al arco iris, a sentirme súper sexy y sensual y que hizo de mis entrañas un lanzallamas, ardiendo siempre en fuego y en deseos de ser suya. Sentí mi sangre chapotear febril en mis venas, mi corazón se puso frenético en medio de mi busto y hasta cerré los puños furiosa, con ganas de arrancharle la cabeza.

Y entonces mis sospechas se hicieron verdad. Billy se encontró con otra mujer, la besó apasionadamente, quizás hasta con más vehemencia y encono de cómo lo hacía conmigo, tanto que la chica parpadeó encandilada y hasta levantó un pie y su zapato colgó en la punta de los dedos.

-¡¡¡¡Rayos!!!!-, mascullé y enceguecida por los celos, fui hacia ellos.

-Así es que la solitaria estrella en tu cielo, ¿eh?-, le dije cuando estuve frente a él. Le di un empellón a la mujer y sin más ni más le metí un puñetazo en la nariz a Billy. ¡¡¡¡Craaaaaaaackkkk!!!! sonó con estrépito, igual si se reventara una tabla. Sus fosas nasales se hundieron entre sus pómulos y Billy se derrumbó cuan largo es, aturdido y gritando adolorido. Cayó de bruces al suelo y su cara se duchó de sangre. Su nariz se volvió un caño ensangrentando no solo su rostro, sino su ropa tan elegante y carísima que se había puesto. La otra mujer gritaba aterrada y yo soplaba mi furia, igual a un toro echando humo en sus bufidos.

Me volví, siempre con los puños cerrados y me fui de allí, meneando las caderas como las palmeras, mis manos en eles, sacudiendo mis pelos, toda sensual.

Recién cuando llegué a mi apartamento y después de tumbarme en la cama y hundirme entre mis almohadas, me puse a llorar a gritos, en forma descontrolada, dolida por haber sido traicionada por aquel hombre al que idolatraba y que ya pensaba en el padre de mis hijos.

No volví a saber más de él. No me denunció, tampoco. Dentro de todo, creo que me quería un poquito pese haberme cambiado por esa otra mujer. Pero su traición me dolió mucho, estuve dos días llorando, encerrada en mi cuarto, sin salir a ningún lado ni siquiera ver televisión.

-Vanessa, el gerente está preguntando por ti, me llamó, entonces, mi mejor amiga, Nataniel, es mejor que te presentes de inmediato-

Estaba tan afligida que me había olvidado del hotel donde trabajo como azafata. Ya tengo tres años allí. Apenas había terminado la universidad, y me presenté a una convocatoria pidiendo anfitrionas, porque necesitaba dinero. Mis padres recién se habían divorciado y mi vida estaba patas arriba, así decidí concurrir y como soy una mujer alta, muy hermosa (modestia aparte, je), delgada, pelo caoba lacio largo y muchísimos otros atributos, me contrataron a ojos cerrados.

Después de ducharme, llamé a mi jefe. -Jean Pierre, sorry, me he sentido mal estos días, ya sabes, la enfermedad de las mujeres, mis caderas parecían explotar-, intenté una excusa conocida.

-No te preocupes, Vanessa. Hoy entras a la una de la tarde. Ten cuidado con los resfríos-, me dijo Jean Pierre.

-¿Resfríos, Jean Pierre? Estamos en marzo, no hay resfríos en marzo-, me divertí con él.

Mi jefe es un amor. Tranquilo, mesurado, parco y siempre apacible, aunque exigente y terco en sus decisiones, jamás, sin embargo, alza la voz ni se porta como un tirano o un patán. Las chicas lo adoramos y los chicos lo estiman muchísimo. Como siempre decimos cuando almorzamos juntos, sabe llevar la fiesta en paz.

Aproveché para ir al banco, porque, para variar, andaba con poco efectivo. No es que sea muy gastadora, sino que siempre me doy mis gustitos. Perfumes, minifaldas, jean, zapatos, botines, zapatillas, blusas o lencería son mi deleite y en ese sentido soy bastante manirrota, como se dice, por lo que gasto y gasto y termino en forma sempiterna, con apenas un sencillo en mi cartera.

Cuando hacía la cola para entrar al banco, pensaba en lo que me había dicho Jean Pierre, "ten cuidado con los resfríos". Ya lo había escuchado otras veces en el mercado, en la panadería y comprando el diario. Todos hablaban lo mismo. -Está fuerte la gripe, es mejor cuidarse, ojalá no llegue al país-, escuchaba no una sino muchas veces. En la televisión también hablaban de una enfermedad peligrosa que se había iniciado en Asia. Yo lo veía muy lejos, aunque hablaban que la cepa ya estaba en Europa y que habían muchos afectados en Italia y España. Pero todo eso me parecía tan pero tan remoto y estimaba que, como otras epidemias, seguramente sería pasajera.

La gerente del banco salió, entonces, de la entidad. Eso no lo voy a olvidar nunca.

-Mantengan una distancia, entran de dos en dos y por eso la atención está lenta, debemos evitar contagios, esto es muy peligroso-, fue lo que dijo.

Cuando me tocó mi turno, fui donde un joven que atendía en una de las ventanillas con una máscara antigases, como las que usaban en la guerra. Quedé boquiabierta.

-¿Cuánto va a retirar, señorita?-, me preguntó pero yo estaba perpleja, mirándolo con el enorme dispositivo cubriéndole toda la cara.

Me di cuenta de que aquello de los resfriados era algo, en realidad muy grave.

Capítulo 2 II

Cuando llegué al hotel, había alboroto. -Los clientes están furiosos-, me contó Damián, que es el valet que está sempiterno en la puerta.

-Apenas estuve dos días sin venir y ya están que se pelean en el hotel-, fui irónica, mientras subía de prisa, taconeando mis botas, mis manos haciendo eles, tirando mis pelos al aire, antes que me pillara el gerente.

-¿Por qué tanto alboroto?-, le pregunté a Marcia, una de las cocineras. Tenía el turno de la tarde, recién había llegado, y se cambiaba, apurada, igualmente.

-Dicen que va a haber cuarentena-, me dijo preocupada.

No sabía de lo que hablaba. Somos cuatro azafatas. Nuestro uniforme es muy bonito, un minivestido verde muy entallado, sin escote y sin mangas, pantimedias, zapatos oscuros con taco alto, una correa también oscura, con una hebilla y el logo del hotel y un abrigo también verde. Los pendientes debemos llevarlos discretos y un dije, también con el logo del hospedaje colgando del cuello.

-¿Qué es cuarentena?-, pregunté mientras me peinaba apurada.

-Que no puedes salir por cuarenta días-, terminó Marcia de ponerse su mandil y amarrarse las redecillas en su abundante pelo. Se hizo un moño bien coqueto.

-Ja ja ja, ¿te imaginas no ir a tu casa por cuarenta días?-, tomé a la ligera lo que me decía Marcia.

Me presenté de inmediato ante mi jefa, Alyson. Me pasó las manos por mi pelo, vio si tenía pelusitas y si mis zapatos estaban bien lustrados. -Los huéspedes están muy alterados-, me advirtió. Me dijo que estuviera en el hall principal con Nataniel.

-Excuse me miss, have you canceled the visit to the main square in to city? when is it going to be done?-, me preguntó, entonces, un turista de Estados Unidos. Llevaba ya dos semanas alojado en el hotel, junto a su mujer, celebrando sus cincuenta años de matrimonio. Había estado en provincias y ahora quería visitar el centro de la capital, pero Jean Pierre había suspendido el tour por las calles de la ciudad.

-I hope that everything will be solved tomorrow, míster Bosley-, se me ocurrió decir, disculpando la contingencia y que el paseo se haría mañana.

-Oh, caracoles-, dijo él en perfecto castellano, me dio risa.

-You can enjoy our variety of exclusive drinks in the hotel bar, Mr. Brandon will gladly assist you-, lo invité, entonces a pasar al bar y beber a cuenta del hotel.

-Thank you, Vanessa, es usted una mujer muy linda-, me elogió.

Le hice un gesto coqueto con mi hombro. Brandon es el encargado del bar. Tuvimos un tórrido romance. Yo tenía recién dos meses en el hotel y él ya llevaba trabajando tres años. Le consultaba de todo y siempre nos veíamos en el almuerzo. Muy divertido, locuaz, distendido y sobre todo palabreador con las mujeres, caí mansamente en su redes y me enamoré perdidamente de su encanto muy varonil.

Estaba tan obnubilada a su forma de ser, a sus bíceps grandes, su rostro bien pincelado y majestuoso, los vellos que emergían en sus manos y pechos, que yo lo besé primero je je je. Eso fue cuando terminaba mi turno. Ya me había cambiado y él recién entraba a trabajar, incluso para quedarse hasta la madrugada.

-Qué linda estás hoy-, me dijo, recreándose con mis curvas que rebosaban en un jean súper apretado y una blusa pegadita. Yo andaba con los fuegos encendidos, deseándolo. Era ya varios días que lo pensaba, ,lo deseaba y ansiaba sus labios porque quería probar sus besos con locura y vehemencia. Y esa tarde estaba delicioso con su barba bien cortadita, las mejillas coloradas, más alto que nunca, como un bello ejemplar de adonis. Me colgué a su cuello impetuosa y febril y lo besé entusiasmada, encandilada, con los ojos cerrados, disfrutando de su boca tan masculina.

Él se sorprendió mucho, pero después empezó a disfrutarme embelesado, embriagándose con mis labios.

Brandon no trabajó esa noche. Fuimos a un hostal cercano y la pasamos de maravillas bajo las sábanas. Conquistó todos los rincones de mi cuerpo, con sus besos y caricias, gozando con mi piel lozana y tersa. Yo gemía y sollozaba prendada a él, mientras recorría mis sinuosas carreteras una y otra vez, encendiendo mis fuegos en todos los pedacitos de mi geografía. De repente yo era una gran antorcha chisporroteando llamas hasta de las orejas.

Cabalgó por mis valles encantados, se embriagó con mis cascadas cristalinas y se empalagó con mis pechos convertidos en empinadas cordilleras, mis enormes redondeces bien cinceladas, apetitosas y firmes que me adornan y me hizo suya con ímpetu, con mucha fuerza, tanto que me hizo hundir mis uñas en su espalda, escarbar su piel y abrirle arados en sus músculos, convertida yo en una gata en celo.

Invadió mis entrañas convertido en un volcán en erupción y me hizo no solo gritar, sino arrancharme mis pelos, presa de la emoción, parpadeando con insistencia, sintiéndome eclipsada mientras él avanzaba impetuoso y febril hasta mis profundidades, hecho un caudaloso río, candente, que me estremecía más y más.

Me sentí súper sexy y sensual entre tanta excitación, disfrutando al máximo de mi feminidad, mientras él me hacía suya, una y otra vez, llevándome, literalmente, hasta el delirio, extraviada entre muchas luces y colores, hasta quedar sin fuerzas, rendida y entregada entre sus brazos, echando fuego en mis soplidos desesperados y completamente calcinada por tanta pasión.

Pero Brandon era casado. No lo supe hasta la cuarta vez que estuvimos juntos, después de achicharrarnos en el fuego de la pasión.

-¿Por qué no me lo dijiste?-, me puse muy furiosa cuando me lo confesó, esa noche, después de haberme hecho delirar con sus besos y caricias hasta el éxtasis.

-Tú no me preguntaste-, sonrió él irónico.

Era verdad. Había sido tan impetuosa y febril que ni le pregunté de su vida privada. No le había dicho nada tampoco a mis compañeros de trabajo, y ciertamente gran parte de culpa había sido mía.

-Debes ser más honesto-, le increpé molesta, mientras me cambiaba apurada, sintiéndome turbada y muy tonta y él reía, celebrando la última ocasión que estuvimos juntos.

Brandon insistió un millón de veces para volvernos a ver, en todos los idiomas, me regalaba dulces, chocolates, flores, discos de música, me prometía los fulgores de los destellos, divorciarse incluso, pero siempre le digo con una sonrisa pícara y traviesa, con la voz muy sexy, de mujer fatal, -Mejor ándate al demonio-

Mi trabajo es muy divertido y apasionante. A mí me gusta mucho. Debo atender a los huéspedes y solucionar sus dudas. Puede ser en el hall, el comedor, al lado de los ascensores, la piscina o la terraza. Con Nataniel, Julissa y Jeanette nos damos abasto cubriendo los diez pisos que tiene el hotel. Alyson también nos ayuda muchas veces, aunque ella también está a cargo de los botones y de los valet. Ella es una muy buena amiga, también.

Tuve que aprender hasta cuatro idiomas. Imagínense. Con las justas aprobé inglés en el colegio y ahora era políglota, je. Jean Pierre se preocupaba bastante en organizar cursillos de diferentes idiomas para todo el personal del hotel, con mayor énfasis a la recepcionista y las azafatas. Sin embargo, el gerente siempre nos recuerda que llegan personas de tantos países que no bastan los cursos. -Es necesario leer mucho, chicas-, nos recomendaba siempre.

Cada vez que llega un huésped de determinado país, lo primero que hago es saber de su idioma, gracias al internet. Se me ha hecho costumbre. No soy experta, pero me defiendo bien y he sido solución para la angustia para muchísimos turistas.

Recuerdo mucho cuando un señor alto, buenmozo, enorme como un cerro, de cabellos canos, se me detuvo enfrente y mirándome a los ojos con el poder de un hipnotista me dijo textualmente, -Kechirasiz, xonim, dollar almashtirishim kerak-, delante de Damián que estaba boquiabierto.

Ups, trabajé en forma desesperada en el buscador de mi mente para darle clcik al idioma con que me estaba hablando y luego de una intensa pero breve batalla, lo recordé.

-Siz ziyofatga murojaat qilishingiz mumkin, ser, miss Lisseth sizga dollar sotish bilan shug'ullanadi-, le dije. El tipo se marchó muy contento.

-¿Qué truenos te preguntó y qué le dijiste?-, estaba Damián embobado.

-Quería dólares y lo mandé donde Lisseth-, arrugué mi naricita y mordí la lengua.

-¿Qué idioma es?-, se interesó Damián.

-Uzbeko, de Uzbekistán-, me sentí triunfadora.

No es fácil reconocer a uno que otro tampoco, eso lo hace súper apasionante. -Andereñoa, mesedez, esaidazu non dagoen igerilekua-, me abordó un hombre de edad, con un sombrero inmenso y los bigotes bien aceitados. Yo estaba con Alyson, en la terraza. Ella estaba boquiabierta, sin reacción.

-Lorategien ondoan, jauna, baina hartu eguzkitarako krema, bero handia egiten du-, le hice un gesto palaciego. Él encantado fue rumbo a la piscina.

-¿Qué idioma es?-, se asombró Alyson.

-Vasco-, le dije sonriendo coqueta.

-¿Hablas vasco?-, quedó ella boquiabierta.

-Poquísimo, pero apenas supe que el tipo solo usaba su idioma natal, tuve que meterme al internet je je je. Ya sabes, el que no llora no mama, como dice el refrán-, le dije riéndome festiva y eufórica.

-Pues eres un gran llorona-, estalló ella en carcajadas.

Capítulo 3 III

Nunca lo voy a olvidar. Estaba con Nataniel en el comedor, atendiendo las inquietudes de los huéspedes, cuando en la televisión dieron la noticia que la pandemia ya había llegado al país, "pero que el caso se encuentra aislado y que se estaban tomando todas las previsiones del caso".

Me dio mala espina. Apreté los puños y miré a Nataniel. -No me gusta nadita eso-, le dije preocupada, arrugando a nariz.

-Igual se dijo de otras pestes, la gripe aviar, la del mono, la vaca loca, el cólera ¿recuerdas?-, restó importancia Nataniel.

Pero ahora era diferente. Había alarma en todo el mundo, se hablaba que era un virus altamente contagioso, mortífero y que ya estaba haciendo mella en Europa y se hablaban de posibilidades como las de cerrar aeropuertos y fronteras. En Estados Unidos ya habían casos de contagio, y su presidente anunció que negaría el ingreso de personas que hayan estado en Asia.

-Hay mucha alarma-, dije fastidiada.

-Creo que están haciendo una tormenta en un vaso de agua-, me dijo Nataniel antes de atender a un huésped búlgaro que no entendía el menú del día.

Por la tarde me llamó Jean Pierre. -Parece que será obligatorio usar mascarillas-, me dijo.

-¿Qué es eso?-, me extrañó.

-Esos tapabocas que usan los médicos-, me aclaró.

Era lo que había escuchado, también, y que ya se estaba empleando en varios países donde el contagio aumentaba febrilmente. Yo estaba extrañada, no entendía, en realidad, todo lo que estaba pasando.

Me llamó mi mamá. Yo ya estaba por irme a la casa cuando timbró el móvil.

-Tu hermanito Luis empezó sus clases, pero parece que las van a suspender por el virus que está atacando Europa-, me contó.

-Ay mamá, no seas exagerada, es difícil que llegue al país-, intenté tranquilizarla.

-Es lo que están diciendo las otras mamás, sopló su preocupación, ya te contaré más-

Me quedé muy preocupada.

*****

Ese jueves llegué temprano al hotel y después e cambiarme y presentarme ante Jean Pierre y Alyson, fui al hall, a esperar a los nuevos huéspedes, cuando hubo un gran alboroto en la puerta. Un tipo alto, rubio, de cejas muy pobladas discutía con Damián y hasta le daba empellones. Miré a Douglas, el seguridad de la puerta, y me hizo el gesto para que hablara con el sujeto. Estaba sulfurado, iracundo y gritaba.

-Soy el valet, señor, estoy llevando sus maletas a la recepción-, intentaba disculparse Damián, pero el tipo rebuznaba colérico.

-Ce sont mes valises, où vas-tu les emmener?-, decía. Era francés.

-Ne vous inquiétez pas monsieur, le voiturier, Damián, déposera vos bagages à la réception où vous pourrez vous enregistrer-, intervine. El sujeto recién despintó su rostro que estaba coloreado de rojo intenso, sonrió y se sintió aliviado.

-Ahh, lo siento, recién entender, le ruego perdones, ser yo tosco y bruto, pensar otra cosa, confundir maletas-, le dijo el tipo a Damián en un imposible castellano. Sonreí con encanto y alcé un hombro coqueta.

-Au contraire monsieur, nous nous excusons pour le malentendu-, le pedí disculpas por el incidente.

El sujeto me quedó mirando, encandilado con mi sonrisita. Sus ojos celestes brillaron y sonrió largo, sin despegar los dientes. Lo invité a pasar a la recepción, donde Lisseth.

-J'admire beaucoup les belles femmes, tu es très belle-, me dijo que yo era muy hermosa. Me gusta que me halaguen, je.

No voy a mentir. Me encantó mucho ese tipo. Lo vi demasiado guapo, muy arrollador, bastante masculino y me prendaba su voz tan divina y mágica. Por algo dicen que el francés es el idioma del amor.

-Pidió un cuarto y dijo que se quedaría por lo menos un mes, que estaba de vacaciones y que es soltero-, me dijo Lisseth, también encandilada de ese sujeto.

-Está lindo ¿no?-, le dije, juntando los dientes, sintiendo los fuegos revoloteando por mis entrañas. Lisseth miró el techo meneando la cara. -Un papacito-, sonrió.

Hacia el mediodía, Alyson me dijo que muchos huéspedes iban a almorzar junto a la piscina. -Quieren aprovechar los fuertes rayos de sol-, me dijo resoluta. Ya habían puesto las mesas, los toldos, dispuso a los mozos y me dijo que estuviera atenta. -Julissa se va a encargar del hall-, me informó.

La piscina, en realidad, estaba repleta. Muchos huéspedes chapoteaban felices en sus cristalinas aguas, otros tantos descansaban en las perezosas tostándose al sol, tomando limonada y tragos cortos. Algunos ya se habían instalado junto a las mesas que había ordenado poner Alyson, y ya habían pedido los sabrosos platos que preparaba Marcia, la chef del hotel.

-Dites-moi, mademoiselle, quelle est la spécialité de l'hôtel ?-, me volvió en sí, una voz muy musical, con un tono varonil, dulce, arrollador.

--La meilleure chose que fait la cuisinière Marcia est du saumon cuit en papillote avec des légumes, monsieur-, recomendé salmón al horno, y ¡plop! me vi cara a cara con el mismo huésped que me había dejado completamente turbada.

-Oh, qué bien, pediré eso-, me dijo, entonces, él en castellano.

Se acomodó junto a una mesa. Achinó los ojos para ver mi nombre en la placa colgada en mi blusa.

-¿Conoces París, Vanessa?-, me preguntó entonces, deleitándose con mis ojos, mi sonrisita y mis pelos resbalando sobre mis hombros. Mis rodillas empezaron a golpearse impetuosas.

-No he tenido la suerte-, me sentí en las nubes.

-Tengo una agencia de viajes, encantando sería atenderte-, dijo él, rebuscando en su billetera una tarjeta. -Allí está mi e-mail, mi página web, mi whatsapp-, me enumeró.

-Eres muy amable-, me volví a sentir muy halagada.

-¿Cuántos idiomas hablas?-, se interesó.

-Inglés, francés, alemán e italiano pero también sé algo de vasco, uzbeco, japonés y sueco-, sonreí.

-¿Cómo hace?-, estaba sorprendido.

-Me gusta aprender por el internet, tengo buena memoria también-, quise ser modesta.

Un mozo atendió el pedido del hombre. Luego él me miró preocupado.

-¿Ya sabe que ha habido un muerto en Francia, por el virus? Es el primero que fallece en Europa-, me detalló.

No lo sabía. Ese tipo de noticias empezaban a angustiarme, pero Jean Pierre había ordenado a todo el personal no alarmar a los huéspedes. -Espero que todo pueda controlarse, monsieur-, soplé mi desencanto.

-Deschapms. Laurent Deschamps-, me aclaró entonces.

-Monsieur Deschamps-, le hice una venia virreinal.

-Solo Laurent, por favor, belle jeune mademoiselle-, se divirtió él conmigo. Le sonreí y me di vuelta para seguir con mi rutina. Mauro, uno de los mozos, se me acercó camino a la cocina. -Se nota que le gustas mucho a ese sujeto, Vanessa-, me susurró.

-Ay, siempre el mismo celoso de siempre-, le recriminé. Mauro es como mi guardaespaldas. Siempre está atento a lo que hago o hablo con los huéspedes. Una vez, hace ya varios años, vio a un huésped desquiciado y neurótico apuñalar a una azafata porque no le entendía lo que hablaba y todo ocurrió frente a sus narices. Vio a la chica desangrarse con un gran corte en el pecho, tumbada en la alfombra, con los ojos desorbitados y la boquita dibujando un embudo, empalidecida y mal herida, y aunque ella no murió, Mauro quedó aterrado. Yo le recordaba a ella y entonces, se convirtió en mi sombra, siempre pendiente de lo que hiciera.

-Está enamorado de ti-, se reía Julissa, pero a mí no me parecía. Mauro ya sumaba 63 años, tenía quince nietos y pensaba, seriamente en su jubilación. Simplemente yo le parecía aquella azafata que fue herida atacada por un huésped.

-De todas maneras estaré vigilante-, me anunció, marchando de prisa a la cocina. Meneé la cabeza y miré las nubes. -Hombres-, dije divertida.

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