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Contrato Secreto

Contrato Secreto

Autor: : DaniM
Género: Romance
Luciano Valente, CEO perfeccionista de un imperio hotelero, descubre que su secretaria ideal es en realidad una impostora con un pasado criminal. En lugar de despedirla, le propone un trato: fingir ser su prometida para cerrar una fusión empresarial. Lo que comienza como una farsa estratégica se transforma en un juego peligroso de deseos y verdades ocultas. Él teme enamorarse de alguien que no existe. Ella teme que, al fin, alguien vea quién es de verdad. Porque a veces, la mentira perfecta... esconde el amor más real.

Capítulo 1 La entrevista

El edificio Ferrari Hotels se erguía frente a Helena Martínez, tan alto que parecía tocar el cielo. Miró hacia arriba y, por un momento, la inmensidad del lugar la hizo sentir pequeña. La puerta de entrada, de cristal puro, reflejaba su imagen: una mujer joven, con cabello castaño claro, y unos nervios que no podía ocultar. Aunque se veía segura por fuera, por dentro, sentía que su corazón latía con fuerza. Esta era la oportunidad que había estado esperando, pero también sabía que no podía permitirse equivocarse.

Helena había pasado la mayor parte de su vida cambiando de identidad. La necesidad de desaparecer, de borrar su pasado, la había hecho una experta en esconderse. Pero en este momento, frente a este gigante de cristal, ella no quería esconderse. Quería ser alguien más. Una persona nueva. Un futuro que podía alcanzar si todo salía bien.

Entró al edificio, notando el aire acondicionado que la envolvía y el olor fresco a nuevo. Se dirigió al ascensor sin perder tiempo. Tenía que estar tranquila, aunque su mente no dejaba de dar vueltas. El ascensor ascendió con rapidez, pero Helena no sentía que subiera. Cada piso que pasaba, sentía como si el peso de la entrevista la aplastara más.

El piso 18. La oficina del CEO. El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Helena se adelantó, con paso firme pero con las manos sudorosas. Al fondo del pasillo, la puerta de la oficina de Ricardo Ferrari estaba abierta, lo que le dio el valor para entrar.

Ricardo estaba allí, sentado detrás de un escritorio enorme de madera oscura. Su presencia era imponente, aún sin decir una palabra. Era un hombre de 40 años, de apariencia rigurosa, con cabello oscuro, peinado hacia atrás y una chaqueta perfectamente ajustada que no dejaba espacio para imperfecciones. No levantó la vista cuando ella entró.

-Pasa -dijo Ricardo, con voz grave, apenas mirando los papeles que tenía frente a él.

Helena respiró hondo, ajustándose la chaqueta con cuidado antes de avanzar hacia el escritorio. Cuando llegó, se detuvo y lo miró. El hombre no la miraba, parecía que estaba esperando que ella tomara la iniciativa.

-Gracias -dijo Helena, un poco más fuerte de lo que pensaba que sonaría. No quería sonar insegura.

Ricardo levantó los ojos, finalmente, y la observó de arriba a abajo. Su mirada era fría, calculadora, como si estuviera evaluando cada aspecto de ella.

-Helena Martínez, ¿verdad? -dijo con tono seco, como si ya supiera todo sobre ella.

-Sí, señor -respondió ella, con la voz un poco más suave. -Soy... Helena Martínez.

Ricardo asintió lentamente, guardando silencio por un momento. Luego, deslizó una carpeta hacia ella.

-Leí tu currículum. -El tono de su voz no era ni amable ni despectivo. Era simplemente neutro. -Pero quiero saber más. ¿Por qué debería contratarte? ¿Qué tienes que ofrecer?

Helena no vaciló. Sabía lo que tenía que decir. Había preparado la respuesta en su mente una y otra vez.

-Soy eficiente, señor Ferrari. Trabajo bien bajo presión, no me dejo distraer. Soy rápida y discreta. En este trabajo, lo único que importa es hacer que las cosas funcionen bien, sin causar problemas. Y eso es lo que hago.

Ricardo la observó atentamente, como si estuviera midiendo sus palabras. Finalmente, levantó una ceja.

-¿Discreta? -repitió, como si la palabra tuviera un peso especial. -¿Qué quieres decir con eso?

Helena sintió que el sudor empezaba a brotarle en las palmas de las manos, pero se obligó a mantener la calma. Sabía que la respuesta a esa pregunta podría ser crucial.

-Significa que no busco llamar la atención. -Helena le dirigió una mirada decidida. -Solo hago mi trabajo y me voy. No soy de las que se quedan en la mira de los demás.

Ricardo sonrió, pero no era una sonrisa cálida. Más bien, parecía una sonrisa de alguien que había escuchado demasiadas veces esa misma respuesta.

-Te gusta mantenerte en las sombras, ¿eh? -preguntó, como si lo estuviera analizando. -¿Sabes qué? Me gusta eso. Aquí, nadie es importante excepto yo. Nadie sobresale.

Helena asintió, tratando de no mostrar que sus palabras la afectaban.

-Entiendo perfectamente, señor.

Ricardo la miró con una expresión calculadora. Luego, como si hubiera tomado una decisión, se recostó en su silla y entrelazó las manos sobre su escritorio.

-Tengo una propuesta para ti, Helena. -Su tono cambió, volviéndose más directo. -Necesito a alguien en quien pueda confiar, y no me importa si eres demasiado buena para el trabajo. Me importa que no causes problemas. Aquí, la perfección es la norma. Si aceptas este puesto, tendrás que ser perfecta. En todo momento. ¿Estás dispuesta?

Helena, sorprendida por la pregunta directa, no vaciló. Había estado entrenando su mente para este momento. Ella solo quería una oportunidad, una vida diferente. Y estaba dispuesta a pagar el precio.

-Sí, señor, lo estoy.

Ricardo la observó durante un largo momento, como si estuviera buscando alguna señal de duda. Pero Helena no flaqueó. Sabía lo que tenía que hacer para salir adelante.

-Bien, entonces, empecemos. -Ricardo hizo una señal para que se sentara. -Voy a poner a prueba tu capacidad de mantener todo en orden. A partir de mañana, serás mi secretaria personal. Te daré instrucciones, y espero que las sigas al pie de la letra.

Helena asintió, aliviada. Era solo el comienzo, pero en ese momento, todo parecía más claro. Había dado el primer paso hacia su nueva vida.

-Gracias, señor Ferrari. No le defraudaré.

Ricardo asintió, y de repente, parecía que la conversación había terminado. No hubo más preguntas, ni más sonrisas. Era como si ya no le importara nada más. Se levantó de su asiento y le hizo un gesto para que se fuera.

-Nos veremos mañana, Helena.

Helena salió de la oficina con el corazón acelerado, pero con una sensación de satisfacción. Sabía que el desafío apenas comenzaba. Pero por fin, había dado el primer paso hacia un futuro que ni ella misma podía imaginar.

Capítulo 2 El trato

La mañana siguiente, Helena despertó antes de que el sol iluminara por completo la ciudad. El despertador sonó a las 6:00 am, y aunque no era un horario que disfrutara, sabía que debía estar lista. El primer día en Ferrari Hotels no sería como cualquier otro. Era su oportunidad para dejar atrás todo lo que había sido y comenzar una nueva etapa. No había espacio para errores, no ahora que había pasado la entrevista.

Se levantó de la cama con rapidez, sin perder tiempo. Miró su reflejo en el espejo del baño: una mujer de 28 años con una vida llena de identidades falsas, pero ahora, por primera vez, tenía la oportunidad de ser algo más que una sombra. Se arregló el cabello castaño claro con pulcritud, poniéndose un vestido negro sencillo pero elegante. Quería que su imagen proyectara profesionalismo, sin llamar demasiado la atención, solo lo necesario. Ella sabía que el equilibrio era clave.

Al llegar a la oficina, el edificio Ferrari Hotels ya estaba en pleno movimiento. La puerta principal se abría y cerraba sin cesar, con empleados que se apresuraban hacia adentro, pero ninguno se detenía a mirarla. A Helena no le importaba. Ya había aprendido a ignorar las miradas. Lo único que importaba era el trabajo, y eso estaba por comenzar.

Subió en el ascensor con rapidez y, al llegar al piso 18, las puertas se abrieron ante ella. Respiró profundamente antes de salir y caminar hacia la gran puerta de la oficina de Ricardo. Estaba nerviosa, pero no podía permitirse que lo notara. Estaba decidida a cumplir con lo que había prometido.

Al entrar en la oficina, Ricardo Ferrari la esperaba, como siempre, detrás de su enorme escritorio. Su presencia era inconfundible: imponente, fría, calculadora. Pero hoy no estaba solo. A su lado, en el escritorio, había una carpeta con documentos que Helena no podía ver bien, pero que, sin duda, eran parte de su trabajo.

-Buenos días, Helena -dijo Ricardo sin levantar la vista de sus papeles. -Siéntate.

Helena se acomodó en la silla frente a él, observando de reojo la oficina. Era moderna, lujosa y perfectamente organizada. Todo estaba en su lugar, como el hombre que la ocupaba. Todo estaba calculado.

-¿Lista para tu primer día? -preguntó él, finalmente levantando los ojos y mirando a Helena con una intensidad que la hizo sentirse incómoda, pero también alerta.

-Sí, señor -respondió ella, intentando controlar el temblor de su voz.

Ricardo sonrió de forma breve, casi imperceptible.

-Lo que tienes frente a ti es mucho más que un simple trabajo, Helena. Esto es una prueba. Quiero ver si eres realmente capaz de mantener mi vida en orden sin que nada se me escape.

Helena asintió, sabiendo que ese era solo el comienzo. Las expectativas de Ricardo Ferrari eran altas, y ella debía demostrar que estaba a la altura.

-Tengo algunas tareas para ti hoy. Empezarás con los detalles más pequeños, pero en poco tiempo verás que todo está interconectado. Si eres capaz de manejar lo sencillo, quizás confíe en ti para lo complicado. -Ricardo hizo una pausa, observándola fijamente. -Y recuerda, nada de errores. El fallo no es una opción.

Helena respiró hondo. Podía sentir la presión en el aire. Pero no era nueva en ese tipo de situaciones. Había sobrevivido a muchas cosas en su vida, y esta no sería la excepción.

-Lo entiendo, señor -dijo, con voz firme.

-Bien -respondió él, sin cambiar su expresión. -Hoy tendrás una reunión a las 10:00 am con el equipo de marketing. Te encargarás de coordinar la presentación. Quiero que te asegures de que todo salga perfecto. No quiero sorpresas.

Helena asintió, anotando mentalmente la tarea. Sabía que su capacidad para organizar sería puesta a prueba en ese momento.

Ricardo continuó hablando, enumerando las tareas del día mientras ella tomaba nota en su teléfono móvil, asegurándose de no perder ningún detalle. Finalmente, al terminar de hablar, él la miró directamente a los ojos.

-Tengo otra cosa para ti, Helena -dijo con tono más serio, casi como si fuera un secreto. -No soy un hombre de muchas palabras, pero debo ser claro contigo. Aquí no se toleran fallos. No me importa lo que hayas hecho en el pasado, ni lo que hagas fuera de este lugar, pero mientras estés trabajando conmigo, todo tiene que ser perfecto.

Helena lo miró, sorprendida por la intensidad de su mirada. Él no estaba jugando. Sabía que en este juego, cada movimiento debía ser calculado, y cualquier error podía costarle todo.

-Entendido, señor -respondió, aunque por dentro sentía que la presión aumentaba aún más.

Ricardo volvió a su escritorio y comenzó a ordenar algunos papeles. Luego, levantó la vista y le hizo un gesto con la mano.

-Te dejo para que empieces. Nos vemos a las 2:00 pm para revisar cómo van las tareas.

Helena se levantó y caminó hacia la puerta, pero antes de salir, Ricardo la llamó nuevamente.

-Y recuerda, Helena, no eres solo una secretaria. Eres mi sombra. Todo lo que hago, lo harás tú también. No hay lugar para equivocaciones. Si llegas a fallar, no habrá segundas oportunidades.

Helena se detuvo un momento, sintiendo el peso de sus palabras. La puerta se cerró detrás de ella, y por un segundo se permitió respirar. Pero no había tiempo para relajarse. El día apenas comenzaba, y todo estaba en juego.

En su primer encuentro con Ricardo Ferrari, Helena se dio cuenta de que las reglas del juego serían muy diferentes a todo lo que había experimentado antes. Y aunque su plan era simple: pasar desapercibida, hacer su trabajo y, quizás, empezar una nueva vida, pronto se dio cuenta de que en ese entorno, nada era tan sencillo como parecía.

Al día siguiente, se encontraba en la sala de reuniones, observando las caras de los empleados de marketing. Ella, que había sido entrenada para no llamar la atención, ahora debía hacerlo, y de la mejor manera posible. Con Ricardo observándola desde el otro lado de la mesa, no había lugar para el error.

Al final de la reunión, Ricardo se levantó y la miró con una ligera sonrisa.

-Buen trabajo, Helena. -Dijo con tono de aprobación. Pero, por alguna razón, Helena no pudo dejar de sentir que esta aprobación tenía un precio. Algo dentro de ella sabía que las expectativas solo aumentarían de ahora en adelante.

Capítulo 3 La Propuesta

Helena pasó los días siguientes sumergida en su trabajo. Cada tarea que Ricardo le encomendaba era más desafiante que la anterior. Pronto, se dio cuenta de que su vida ya no consistía solo en organizar agendas o gestionar llamadas. Su trabajo iba más allá de lo que imaginaba. Su mente siempre estaba ocupada, anticipando cada detalle, sin espacio para errores.

Sin embargo, había algo más que la inquietaba. La mirada de Ricardo cuando hablaba de "no fallar". Era una amenaza oculta, disfrazada de instrucciones. Helena había sentido la presión de manera más palpable cuando él mencionó, aquella tarde, que ella no era solo su secretaria, sino su sombra.

La tarde que cambió todo llegó sin previo aviso. Helena estaba sentada frente a su computadora, revisando un par de documentos cuando la puerta de su oficina se abrió de golpe. Ricardo entró, su figura alta y elegante como siempre, pero con un aire distinto. Hoy no llevaba el mismo uniforme de autoridad. Su mirada no era fría ni distante, sino intensa, calculadora.

-Helena -dijo él, y su tono parecía más serio que nunca. -Ven, tenemos que hablar.

Helena levantó la mirada, un poco sorprendida, pero sin mostrarlo. Lejos de sentirse intimidada, ahora estaba acostumbrada a sus cambios de humor. Sabía que no debía dar demasiadas pistas de su nerviosismo.

Se levantó de su escritorio, caminó hacia él y lo siguió hasta la sala de juntas. Ricardo le hizo un gesto para que tomara asiento frente a él. A pesar de la formalidad del lugar, el ambiente ahora parecía cargado de algo más. Helena sintió una pequeña punzada de ansiedad al ver la expresión que él tenía en su rostro.

-¿Algo pasa, señor Ferrari? -preguntó Helena, manteniendo la calma.

Ricardo se sentó con tranquilidad y se quedó observándola por unos segundos. El silencio llenó la habitación antes de que él hablara.

-Hay una fusión que se está llevando a cabo entre Ferrari Hotels y una cadena de hoteles rival. El acuerdo está casi cerrado, pero hay un pequeño detalle que podría hacer que todo se derrumbe. -Ricardo hizo una pausa, asegurándose de que Helena prestara atención. -El director ejecutivo de la cadena rival es un hombre muy poderoso, y necesita ver que nuestro liderazgo es estable, tanto interna como externamente.

Helena frunció el ceño, confundida.

-No entiendo, señor. ¿Cómo afecta esto mi trabajo? -preguntó, sintiendo que la conversación tomaba un giro inesperado.

Ricardo la miró con una mezcla de concentración y... ¿desafío?

-La situación es simple. Quiero que seas mi prometida, al menos por un tiempo. Necesito que el director vea que mi vida personal está en orden, que no soy solo un hombre de negocios, sino alguien con estabilidad emocional. Si él piensa que soy un hombre de familia, entonces la fusión se sellará sin problemas.

Helena parpadeó varias veces, intentando procesar lo que acababa de escuchar. Las palabras de Ricardo no parecían tener sentido.

-¿Mi... qué? -preguntó, desconcertada. -¿Está usted sugiriendo que me haga pasar por su prometida?

Ricardo asintió, sin perder la compostura.

-Exactamente. No estoy pidiendo mucho. Solo que juegues el papel de mi prometida hasta que la fusión se concrete. Un par de cenas, reuniones con el director, mostrar una imagen perfecta. Eres la persona más adecuada para este trabajo, no solo porque confío en ti, sino porque sabes cómo manejar las expectativas. La apariencia lo es todo en este mundo.

Helena se quedó en silencio, digiriendo la propuesta. Nunca imaginó que su vida en Ferrari Hotels podría involucrar algo tan... personal. Pero había algo en la oferta que la hizo dudar. Sabía que una decisión como esta podría cambiar su vida por completo, para bien o para mal.

-Pero... -comenzó a decir, con una ligera tensión en la voz. -¿Y qué pasa después? ¿Una vez que la fusión se complete, qué sucede conmigo?

Ricardo la miró fijamente, sin mostrar una pizca de emoción en su rostro.

-Después de eso, puedes irte, si eso es lo que quieres. No te estoy pidiendo que cambies tu vida para siempre, solo que juegues un papel temporal. Esto no tiene nada que ver con nosotros personalmente. Es solo un trato de negocios.

Helena sentía que cada palabra de Ricardo era medida, pensada para que ella no tuviera margen de elección. Pero, al mismo tiempo, algo en su interior le decía que no podía rechazarlo. A lo largo de su vida, había tenido que hacer sacrificios. ¿Por qué no uno más?

-¿Y si digo que no? -preguntó, aunque sabía la respuesta. ¿Qué alternativa tenía?

Ricardo la observó durante un largo momento, con una calma inquietante.

-Si decides no hacerlo, perderíamos la fusión, y eso podría afectar la estabilidad de todo Ferrari Hotels. Pero más allá de eso, perderías mi confianza. Y esa es una moneda que pocos tienen la oportunidad de ganar, Helena.

Helena pensó durante un minuto. Sabía que este tipo de ofertas no se hacían todos los días, y aunque la situación era incómoda, también era tentadora. La fusión era importante para Ferrari Hotels, y ella no podía ignorar la responsabilidad que ahora tenía.

-Lo haré -dijo finalmente, con una mezcla de resignación y determinación. -Lo haré, pero quiero dejar claro que esto es solo un trato de negocios. No esperaré nada más de esta... ¿relación?

Ricardo sonrió ligeramente, como si hubiera anticipado su respuesta.

-No espero nada más, Helena. Solo que hagas lo que sabes hacer mejor: ser discreta, profesional, y perfecta.

Helena asintió, sin saber si lo que acababa de aceptar era una victoria o una condena. A partir de ese momento, su vida cambiaría por completo. Y aunque no lo dijera en voz alta, un temor persistente crecía en su interior. Lo que empezaba como una fachada para un trato de negocios, pronto podría transformarse en algo mucho más complicado.

Cuando se levantó de la silla para salir de la sala de reuniones, Ricardo la siguió con la mirada. Helena sabía que había tomado una decisión que no podría deshacer tan fácilmente. Pero mientras caminaba hacia la puerta, su mente ya comenzaba a trabajar en el siguiente paso. La propuesta de Ricardo era solo el principio. No sabía hasta dónde la llevaría, pero estaba dispuesta a jugar.

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