Ser secretaría de Alexander Harrison era muy agotador ¿Por qué? Es muy fácil, todo lo quiere perfecto y sin ningún error. Era exigente con el trabajo, no lo culpaba. Había visto las consecuencias si no hacían las cosas como él quería.
Dos palabras: Era aterrador.
Teníamos una rutina desde hace más de cinco meses o más, no llevaba la cuenta. Trabajar con Alexander era interesante y aburrido, era lo mismo casi todo los días. Dependía de su humor, casi siempre estaba tranquilo y regalaba sonrisas y pequeñas charlas a todos. O también estaban los días donde estaba enojado, eran pocos pero igual sigue siendo jodidamente aterrador.
Era lunes y la misma rutina se repetía, ya arreglada y lista para ir a trabajar salí de mi habitación para ir a desayunar con mi mejor amiga,Tiffany. Compartía con ella este pequeño departamento desde que comencé a trabajar en la empresa Harrison desde hace unos meses. Fue como una bendición al que nos hayan aceptado las dos, ella en recepción y yo en el último piso siendo secretaria del jefe.
Al llegar a la cocina la encontré vacía y un papel pegado en el refrigerador.
"Me fui temprano, te dejé tu desayuno en el microondas ¡Es tú favorito! nos vemos entre un rato. T
Vote el papel en el basurero y agarre mi desayuno ya frío. Mire el reloj de mi muñeca viendo que faltaban más de una hora y media para entrar a la empresa de los Harrison.Tenía tiempo de comprar su chocolate caliente de todos los días y también comer mi desayuno tranquilamente. Comi mi desayuno en silencio tarareando aveces por el sabor, sabía bien, esta vez Tiffany se había esmerado y no había quemado la comida. Aprendía poco a poco, era un gran avance.
Mi celular timbro arruinando el ambiente silencioso de la cocina, solo suspire, ese tono lo conocia muy bien. Luis me había llamado. No le iba a contestar, claro que no. Algun día se cansaría de escribirme y llamarme. Algún día lo hará, ya debe de entender que ya a pasado más de dos meses, tenía que superarlo.
Ya cuando había terminando mi panques con miel el plato usado lo dejé en fregadero, en la tarde lo lavaria, ya no tenía tiempo. Me lave rápidamente los dientes en el baño y con mi abrigo, llaves y cartera en mano salí del departamento. Tuve que bajar más de cinco pisos porque el ascensor no servía desde hace más de tres días, no tenía ni idea cuando lo iban a arreglar. Al llegar a la pequeña recepción me despedí rápidamente del portero. Comer tranquilamente no fue una buena idea, si me saltaba algunos semáforos podía comprar el chocolate caliente y llegar temprano. Sonaba como un buen plan. Las calles estaban tranquilas y vacias para ser lunes, parecía que mi día cada vez mejoraba. Conmigo cantando Soap de Melanie Martinez y otro par de canciones que ponían en la radio llegue hasta la pequeña cafetería. Me sorprendí de lo abarrotado que estaba, desde la calle se podía ver la larga fila que había. Abrí la puerta de cristal mientras escuchando como sonaba una pequeña campana, todos de la cafetería se me quedaron mirando, los ignore. No tenía tiempo para pensar en posibles insultos que saldrían en mi boca si no me quitaban la mirada de encima. Me forme en la fila que gracias a Dios avanzaba rápido.
─Buenos días, un cafe negro y un chocolate caliente ─le digo a la chica de la caja, debe de tener unos dieciocho años, se ve que se acaba de levantar, un hilo de saliva todavía estaba en su barbilla.
─Buenos días, son tres dólares y sesenta y dos sentavos ─dijo tecleando algo en su caja registradora. Saqué dinero de mi cartera y se lo entregue.
─Gracias ─murmure cuando me entrego el recibo. Espere pacientemente mi pedido, bueno, pacientemente no en realidad. Mi pierna se movía constantemente viendo como la chica preparaba mi café. Cuando entrego el chocolate caliente y el café no tuve tiempo de agradecerle, salí apresurada de ahí de para ir a mi auto.
En menos de diez minutos estaba en la empresa Harrison. Dándole un último retoque a mis labios salí del auto con el café y chocolate en mis manos. Tuve que maniobrar hasta llegar a la recepción y que Lauren, una compañera de trabajo, me diera un papel rosa que según ella se lo había dado una tal Mendes y tenía que dárselo al jefe. Saludo en el camino hacia el ascensor algunos conocidos, sin ver por ningún lado a mi mejor amiga.
Subo al ascensor de empleados que esta más lleno que nunca, que más daba, no me podia quejar, o si no me despedían.
Necesito mucho este trabajo. Le había asegurado a mi mamá que este trabajo iba a ser diferente, ella podía hacerse cargo de sus empresa sola por ahora. Voy primero a la oficina de mi jefe, deje su chocolate en su escritorio y le abrí las cortinas para que entrará la luz.
Su oficina era grande, cuenta con un escritorio de madera rustica color negro, su comoda silla giratoria, las paredes eran de color gris igual que muchos adornos en la habitación. En una esquina había un pequeño bar en este había diferentes tipos de vinos que él señor disfrutaba en sus tiempos libres.
Mi ordenador que se encontraba afuera de la oficina era en forma de 'L' estaba en una esquina, a unos cuantos metros de la oficina de mi jefe. Guarde mi cartera en un cajón y mi café lo lleve a mis labios, me puse el auricular mientras prendia la computadora. Con un bolígrafo en mano y un bloc de notas en la otra escribía lo que había dejado pendiente del viernes.
─Vaya hoy no tiene casi nada─ frunci los labios. Eran pocos los días como este, había aveces que tenía que quedarme con el jefe hasta más de las nueve de la noche por el montón de trabajo que estaba pendiente.
El ascensor privado se había abierto, él jefe ya había llegado. Vestía con su típico traje elegante que se almodaban a su cuerpo, su cabello marrón casi rubio estaba desordenado. Había unos cuantos mechones que caian en su frente, sus ojos celestes estaban cubiertos por unos lentes de sol, casi podía sentir su intensa mirada, casi.
─Buenos días señor Harrison ─digo levantándome de mi silla.
─¿Qué tengo para hoy?
Hago un intento de no rodar los ojos mientras agarraba la carpeta. Estos eran los días que venía de mal humor, con razón traía lentes.
─A ver ─dije mirando mi carpeta─. Tiene una reunión al medio día con los socios Montenegro y a las dos de la tarde viene su padre ─lo mire por unos segundos en silencio, intentando descifrar su rostro neutro─. A las cuatro una reunión con su abogado. Eso es todo señor Harrison ─ chasqueo la lengua agarrando el pequeño papelito de color rosa que me había dado Lauren─. Casi se me olvida, la señorita Mendes le dejo una recado, le espera en el mismo departamento de siempre y que esta caliente por verlo─ frunci mis labios al terminar de decirlo.
Sus labios rosas estaban atrapados entre sus dientes, la punta de su pie golpeaba suavemente mi ordenador.
─Gracias señorita Evans, llama a la señorita Mendes y dígale que no voy a ir, gracias de nuevo ─pude notar que su cuerpo estaba tenso, se fue tan rápido de mi lado para ir a su oficina y encerrarse de un puertazo.
─Que raro ─susurro para mí misma.
XXX
Ya han pasado tres horas de lo sucedido, estaba arreglando unas libretas cuando entra una chica furiosa alta de cuerpo delgado, su cabello negro brillante estaba atado en una coleta alta, su rostro perfectamente maquillado tenía muecas de desagrado. Cuando estaba apunto de decirle a quien buscaba, entró a la oficina del jefe.
Se oyeron gritos en la oficina sólo pude escuchar "Me enseñaron fotos que tu tienes una puta amante", de ahí no oí más nada. En el piso todos se estaban volviendo locos, estaban atentos de lo que sucedía en esas cuatro paredes.
Había pasado quince minutos de mi internado seguir trabando e ignorar los gritos históricos de la chica que estaba encerrada con el jefe. Cuando todo parecía tranquilo, la chica había decidido salir de la oficina y daba largas zancadas con sus tacones hacia mi.
─Eres una zorra buscate el tuyo ─me dijo.
─¿Disculpe? ─dije un poco confundida.
─No te hagas la santa, se que te metiste con mi novio.
Miré a mi alrededor y ahora era yo la que estaba llamando la atención.
Simplemente genial.
Cuando intente hablar nuevamente me dio un cachetada, conté números en mi mente pero siguio con sus insultos y llegó colmar mi paciencia cuando mencionó a mi madre. Vi rojo, en serio.
─Creo que te metiste con la persona incorrecta ─le di una bofetada. Una muy fuerte al parecer, el golpe rezono en todo el piso y parecía que todos aguantaban su respiración.Su rostro maquillado se había girado al impacto de mi mano, las comisuras de su labio tenía un pequeño hilo de sangre y su mejilla estaba roja.
Estaba orgullosa de lo que había hecho. Dándome una última mirada enojada se fue echando humo del piso.
─Señorita Evans a mi oficina ─pude escuchar al jefe detrás de mi con un tono severo.
─Voy en un momento ─digo mientras agarró mi cartera, sabía que me va a despedir. Vamos, le acabo de pegar a su novia al frente de todos.
Tocó la puerta de su oficina y suena su "Adelante" , asomó mi cabeza para ver cuanto enojado estaba y parecía que no mucho. ¿Eso era buena señal, supongo?
─Pase señorita Evans ─su semblante era serio.
─Antes que me vaya a despedir yo voy renunciar, no tengo la culpa que ella me venga a pegar y ofender a mi madre al frente de todos. Se lo tiene merecido.
─Señorita ─intento hablar.
─No déjeme terminar ─aprete mi mandíbula─.Si la veo por la calle la arrastró, no sabe con quien se a metido ─digo enojada.
─Verónica no la voy a despedir ─me dio una mirada nerviosa─. Solo le quería dar la gracias y hacer un trato.
Lo mire extrañada mientras me acomodada mejor en la silla. Ignorando mi estómago que se había vuelto loco cuando menciono mi nombre.
─¿Por qué ella cree que yo soy su amante? ─dije confundida.
─No lo sé, disculpe por lo ocurrido ─se removió nervioso en su silla─. Gracias de nuevo y del trato...
─¿Que trato? ─pregunto confundida─. ¿Para que soy buena? ─sonrió apoyando mis manos en su escritorio.
─¿Se casaría conmigo?
Y reí.
Reí tan fuerte que mi estómago comenzó a doler.
Y pare cuando creí que iba a decir que era una broma. No lo hizo. Su bonito rostro se encontraba serio y sus cejas estaban alzadas.
Respire fuerte y pronto sentí mi estómago revolverse.
─Perdón. ¿Usted casándose conmigo? ¿Esta bromeando verdad? ─hablé con un nudo en la garganta.
─¿Tengo cara de estar bromeando? ─contestó, recargando su manos en su rostro mirándome atentamente.
─Esta diciendo que me casé con usted ─gruñí─. Esto no es gracioso, señor.
─No es ninguna broma, Verónica ─dijo─. No estoy bromeando.
Mis labios se separaron por la impresión. Bien, no era una broma. Esto no era una jodida broma.
─¿Me puede explicar de que va todo esto?
─Si no me caso en una semana pierdo la custodia de la empresa. Los dos saldremos ganando, piénselo. Joyas, zapatos, vestidos, dinero y todo lo que quiera.
Ahora era yo quien me encontraba seria.
No, no y no.
─No gracias, no quiero su dinero ─contesté con una pequeña sonrisa cínica pintada en mi cara.
Su bonito rostro se contrajo por un segundo pero rápidamente volvió a sí mismo. Frío y calculador. Era la misma mirada que daba a la hora de hacer negocios.
─Sera confidencial nadie sabrá ─me reí esta vez.
─No es no, amigo ─dando un suspiro largo y tembloroso me levante de la silla con la atenta mirada de mi jefe puesta en mi.
─Verónica, por favor. Te lo voy a agradecer toda la vida, si no lo haces me voy a quedar sin mi empresa y se lo darán a mi primo Castiel ─su tono de voz bajo ¿estaba triste?
─¿Y eso que?
─¿Acaso no lo entiendes? ─sus ojos celestes se centraron en mi─. Castiel es una completa mierda en los negocios y en menos de tres meses todo esto estará en banca rota. Mi familia lucho para estar en donde estamos y no quiero que todo el esfuerzo de mi abuelo y mi papá sea por el gusto. ¿Me entiendes ahora?
Lo miré ahora sorprendida, no creía que esa iba ser su respuesta.
─¿Por qué yo? ─el nudo de mi garganta volvió y pronto sentí mis manos temblar.
─Porque sólo confío en ti.
Negué con la cabeza tantas veces que mi cabello golpeo varias veces mi cara. Bromeaba claramente, solo era para que aceptara rápidamente. Creía que era tonta y no, no lo era en lo absoluto.
─Salías con modelos. Muchas en realidad. Y-yo no puedo, esto es tan raro ─no pude evitar decir. Vamos, no era algo que escuchaba todos los días.
─No le ofrecería dinero a ellas para que después le dijeran a la prensa de todo ─explicó.
─No entiendo.
Y no, no entendía para nada, apreté mi cartera en mi pecho.
─Sólo ayúdame ─susurró.
Baje mi cabeza y suspire, mis ojos parpadeaban rápido, alejando las lágrimas.
Cerré los ojos y quede atrapada en un poso sin fondo. Ojos oscuros y fríos fue lo que vi.
─Esta bien pero no quiero tu dinero ─mi voz se alzo─. Y no hago esto como un favor ─rodé los ojos.
─¿Qué? ─abrió más sus ojos, sorprendido por mi respuesta─. ¿Es en serio?
Suspire fuerte.
─Hablo en serio. Acepto tu trato.
La punta de su lengua lamio lentamente su labio inferior, casi me había hipnotizado. Casi.
─Muy bien, muy bien ─su cabeza se movió de arriba hacia abajo lentamente, podría decir que podía escuchar su cerebro trabajando por mi respuesta─. Esto es magnifico. ¿Sabes actuar?
Casi tuve la necesidad de decir: lo hice por unos años. Solo lo afirme moviendo mi cabeza.
─Solo hay que actuar cariñosamente, presentarte con todo el mundo, vivirás conmigo, conocerás a mis padres y hermanos y listo...─vi duda en su rostro─. Y otra cosa, un día de estos te daré el contrato escrito.
Mi respiración se volvió temblorosa, muy bien Verónica tu solita habías aceptado esto, no era como si fuera tan difícil. Se escuchaba tan fácil todo que daba miedo.
─Espero caerles bien a tus padres ─bromeo, intentando aligerar el ambiente tenso─. ¿Cuándo nos casamos?
─Sí le caerás bien ─inclino su cabeza sin dejar de mirarme ni por un segundo─. Hoy mismo, solo tienes que firmar.
─Esto será fácil ─las comisuras de mis labios apenas se alzaron. Iba ser fácil, se escuchaba fácil que más daba.
─¿Hay algo más que quieres preguntar?
─¿Cuando llevo mi ropa?
─Mañana mismo paso por tu casa ─agarró su bloc de notas y me paso un bolígrafo─. Escribe ahí la dirección.
─Sí ─apunte la dirección de mi departamento─. Ahora empacó mis cosas ─miro el reloj en la pared─. Va ser la hora de almorzar. ¿Algo más?
─No, eso era todo.
─Hay otra cosa que quiero preguntar─ hablé cuando casi abría la puerta─. ¿Crees que nos van a creer?
─Inventaremos una loca historia de amor. El contrato dirá que estamos casados hace tres meses, lo creerán.
─Vaya ─logro decir.
─No te preocupes por nada, todo lo tengo resuelto.
─¿No necesita más nada? ─este niega, doy un suspiro y tomo el pomo de la puerta. Sabia lo que me esperaba afuera.
Su mano me impidió abrir la puerta.
─Tienes que salir y sin hacer contacto visual me esperas al frente del ascensor ─dijo.
─¿Qué?
─Tú solo haz lo que te dije. Espérame ahí, dame solo un minuto.
─Bien, bien. Lo haré ─di un suspiro largo antes de abrir la puerta. No me sorprendí al tener todas las miradas quemándome el cuerpo. Atentos a cada paso que daba al ascensor lo sentí, Dios, estaba segura que podía escuchar sus propias respiraciones hasta en mi nuca.
─Verónica, amor, aquí está la clave de ascensor privado ─oh de esto hablaba. Le sonreí tensa, me acerqué y recibí el papel con una pequeña sonrisa.
─Gracias, cariño ─dije. Todos nos miraban más que sorprendidos, Alexander les dio una corta mirada que solo gritaba literalmente que se fueran a meter en sus propios asuntos. Y lo hicieron, en unos segundos todos estaban metidos en sus cabinas.
Alexander asintió por ultima vez hacia mi y se fue de mi lado para de nuevo encerrarse en su oficina.
Con suspiro me metí a la caja metálica y con mi dedo tembloroso puse el código, pronto sentí el ascensor bajar. Tenia que hablar con Tiffany de este extraño día, Dios, sabía que no iba reaccionar bien. La encontré unos minutos después que salí del ascensor, estaba en el área descanso en donde era como un tipo de pequeña cafetería, a veces Alexander me mandaba a que le buscará café, no le gustaba mucho el sabor de él pero lo tomaba cuando estaba tenso. Ella llevaba su cabello negro atado en una coleta alta y vestía con un pantalón negro de cuero, una camisa blanca, una chaqueta negra de cuero y unos botines altos. Sus ojos azules se encontraban entrecerrados y una pequeña arruga se formaba en su frente mientras rebuscada algo en su bolso.
─¡Hola! ─susurro en su oído, esta me miro un poco sorprendida.
─Mierda, Verónica. No vuelvas hacer eso ─me dio un golpe en el brazo ─. ¿Y por qué están diciendo que le pegaste a una chica?
─¿Ya terminaste? Te lo diré más tarde, primero vamos almorzar, tengo que contarte muchas cosas.
Ella asintió con la cabeza varias veces. ─Sí, más tarde busco mi celular. ¿Es importante?
─Supongo que sí.
Al salir del edificio maldecí al no llevar mi abrigo, la fuerte brisa había azotado mi cuerpo una y otra vez.
─¿Por qué te fuiste tan temprano? ─ pregunté viéndola de reojo mientras la guiaba hasta mi auto.
─Tenía que pasar a ver a Robert ─dio un largo suspiro ─, y fue una completa mierda.
─¿Y eso? ¿Por qué? ─pregunté confundida─. Si hizo algo lo masacramos como los viejos tiempos ─bromeo, nunca hemos hecho algo así y tampoco me veía en esa situación.
─Me puso los cuernos con una tal Melanie, los vi en la cama haciéndolo, que asco ─su tono de voz fue divertido pero su rostro decayó un poco─. Vamos a masacrarlo y a esa tal Melanie le hacemos un retoque. ¿Qué dices? ─reí.
Me pregunté por que no me decía lo que en verdad sentía, hace unas semanas estaba tan emocionada por estar saliendo con Robert. Ahora estaba normal, como si la infidelidad de él no fuera tan importante.
─¡Claro que lo haremos! ─mi ánimo la contagió que no demoró en reírse ─. Tengo pensado en el corte que le haré.
XXX
Llegamos a nuestro restaurante favorito y de una vez pedimos una mesa para dos. A los minutos una bonita señora nos trajo una jarra de agua, unos vasos y el menú.
Pedimos nuestros platillos y tuvimos una platica amena sobre nuestro día. Cuando llegó nuestra comida le comente lo que paso en el último piso.
─No puede ser, la fueras dejado inconsciente, pero... ¿Por qué no le pegaste más duro?
Ella se encontraba ofendida, mi mamá era como la de ella, la entendía muy bien. Lo que esa chica hizo fue irrespetuoso.
Sonreí un poco.
─Ya todo paso ─lo dije más bien para mi que para ella.
─¿Cómo te sientes? ─pregunto al ver mi rostro decaído.
─Hice una locura ─aparte mi plato de comida─. Me arrepiento... Solo un poco.
Gemí agarrando mi cabeza.
─No llores. ¿Qué tan grave es?
─Lo suficiente para mudarme mañana con él jefe.
Su bonito rostro se contrajo, fue cómica su reacción y cuando creí que iba gritar le puse mi mano en sus labios. La mire con ojos grades pidiendo en silencio que no gritara.
─¿Que hiciste que?
─Una locura, eso es lo que hice.
Sus largas pestañas aletearon lento y sus labios se fruncieron. Abrió y cerró su boca varias veces pero ni un sonido salió.
─Esto es tan...Wow ─logro decir.
Mi celular quien estaba guardado en mi cartera vibró. Lo saque y un mensaje de Alexander pidiendo que le lleve su almuerzo, fue lo que vi.
─Vas ha amarrarte con un hombre? ─ alce mi ceja al no entender─. Digo... ¿En serio vas a vivir con él?
─Vamos a casarnos en unas horas.
Arrugo su nariz y me dio tanto miedo que su cabeza bajará y subiera sucesivamente intentando retener la información.
─Yo voy a renunciar, por fin un bufete de abogados me llamó, comienzo el próximo lunes.
Y me alegré. Me alegré tanto por ella y también por cambiar la conversación.
─¡Eso es genial! ─me levanté de mi silla igual que ella, la abracé fuertemente ─.¿Cuál es?
─Lipsig Abogados de Nueva York.
Sonreí grande.
─¡Queda cerca del departamento!
Mi ánimo la contagió y se unió a mi felicidad.
─¡Lo sé, eso lo hace más genial!
─En serio que te felicito, amiga ─digo abrazándola, estaba tan orgullosa de ella. Se que para ella es tan importante ese trabajo, por fin trabajaría en algo que ella le gustaba.
─Gracias por todo.
─No seas tonta no hice nada ─le di un baboso beso en su mejilla─. Yo pagaré por nuestra comida y también hay que pedir algo para Alexander.
Ella me sonrió con una sonrisa tensa y el tema sobre mi boda no se menciono más en el almuerzo.
─¿Verónica? ─dijo Alexander desde la puerta de su oficina.
─¿Diga? ─incline mi cuello, mirándolo con curiosidad.
─La señorita Mendes a estado llamando desde mi teléfono. ¿Podrías hacer lo que dije hace unas horas?
─¿Llamarla y cancelar? ─dije confundida. Él asintió con la cabeza para después encerrarse.
Con una pequeña sonrisa en mis labios comienzo a marcar su número.
─Buenas tardes señorita, él señor Harrison me comunica que no va asistir a su encuentro ─digo con voz profesional, en la otra línea se escucha un resoplido de frustración. Sonreí grande.
─A ver perra, yo se que estas celosa de mi porque puedo estar con Alexander─ reí.
─Gracias por su atención que tenga hermosa tarde señorita ─colgué.
Seguí con mi trabajo, comunicando todos los socios de la empresa para un nuevo hotel en las Bahamas. Unos minutos después Alexander había salido de su oficina entregándome una pequeño estuche. Era un anillo de compromiso.
─Póntelo ya. Mi padre esta subiendo en el ascensor. No digas nada.
Mi cabeza se movió rápido de arriba hacia abajo poniéndome el anillo un poco grande para mi dedo. Alexander agarro mi mano y la observó por unos segundos antes de irse y encerrarse de nuevo. Él padre de Alexander se presentó un minuto después que él se fue, comenzó a saludar a los demás trabajadores de la planta y cuando llegó hasta mi escritorio no pude evitar sonreír. El señor Harrison se retiró de su puesto un mes después que comencé de trabajar de secretaria, era un buen jefe.
─Hola Verónica. ¿Esta mi hijo?
─Claro que sí señor Miguel, ya me aviso de su llegada, puede entrar ─señalo la puerta de la oficina.
─Veo que te vas a casar ─señaló mi mano─. Que afortunado es ese chico que te dio el anillo ─dice caminando hasta la oficina de su hijo.
─Es que es afortunado ─susurre.
Mi pulgar se paso por mis labios al ver la computadora, no había revisado los diez correos electrónicos desde la mañana y si quería irme temprano hoy tenía que hacerlo rápido.
─Adiós Verónica, fue un gusto de nuevo de verte ─me dijo él señor Miguel al salir se la oficina de Alexander diez minutos después.
─El gusto fue mío señor Harrison, adiós.
─Que tengas una linda tarde ─me da una última sonrisa y se va al ascensor privado.
XXX
El abogado había llegado, él señor era muy mayor, revisaba unos papeles en silencio.
Alexander estaba nervioso y no se porque, estaba tranquila antes de que él señor había puesto su mirada en mi cuando terminó de leer. Era desagradable.
─Señorita Evans puede firmar el contrato ─dijo el abogado.
Mordí mi labio inferior repitiendo en mi mente que esto era para mi salud mental, necesitaba urgente otro tipo de ambiente.
Alexander me pasó un bolígrafo cuando terminó de firmar él, mi mano tembló pero eso no impidió firmar.
─Ahora eres una Harrison ─se burló─. Tengo que presentarte a mi hijo Izan.
─¿Hijo? ─pregunté sorprendida─. No sabia que tenias un hijo. ¿Cuanto años tiene?
─Um, sí. No tengo idea porque no lo sabias, tiene cuatro años. Espero y no te importe.
Sonreí. ─No, claro que no. Esta bien para mi.
El abogado se despidió rápidamente diciendo que iba tarde a una reunión. Estrecho su mano con la de Alexander y después con la mía, demorando unos segundos más.
─Debemos irnos ─dijo Alexander, tomando su saco de su escritorio.
Cuando encontré mi bolso salimos de la oficina. Estábamos bajando en el ascensor privado, me estaba arreglando un poco mi cabello en el espejo de este cuando Alexander se acerca a mi.
─Necesito que nos tomemos una foto.
Suspire largo y intente no parecer emocionada.
─¿Publicidad?
─Sí ─asintió con la cabeza ─. ¿Lo harás?
─Claro. ¿El tuyo o el mío? ─enseño mi teléfono.
─Tenemos la misma marca de teléfono.
─Entonces en el mío.
─Que se note el anillo.
─Bien. Lo haré ─me agarro por la cintura pegando nuestros cuerpos, mi cabeza se había recostado en su brazo. Tomé la foto.
─Me la pasas ─dijo, al llegar al primer piso fuimos directamente hacia la salida ignorando la mirada de todos en nosotros.
Nos montamos en una camioneta negra en silencio. En todo el viaje fue así de incómodo, gracias a Dios puso música clásica. Lo observé en silencio jugando con mi anillo pasándolo por todos mis dedos, viendo que en ninguno me quedaba perfectamente.
─Llegamos ─se abrió un portón negro ─. Sígueme, Verónica ─me abrió la puerta.
Ignore por completo mi alrededor, estaba sorprendida por el tamaño de la casa, era claramente una mansión. Abrió la puerta y todo lo que vi fue blanco, algunos detalles eran de color negro, cada paso que di me mareaba, sólo se podía ver blanco, en la sala tiene todos los muebles de color gris, una mesita de vidrio entre medio de los enormes sofás y un candelabro en el techo.
En las paredes habían pinturas grandes de artistas que no conocía.
─Siéntate. ¿Quieres algo? ─negué con la cabeza─. Si no quieres nada iré a buscar a Izan.
Se fue por las escaleras y yo seguí viendo esta gran mansión, una joven se me acercó vestida de un vestido azul oscuro con un delantal blanco y el típico peinado de una coleta. Me imaginaba que tiene la edad de mi madre, treinta ocho por ahí.
─Eres la nueva que limpia ─no lo preguntó en lo absoluto. Lo afirmó.
─No tranquila, quizás la cocina se quedé sin otra que limpie ─sonreí cínica.
─¿Y quien eres tú? ─dijo ofendida.
Dos en un día, genial Verónica. ¡Hurra por mi!
Abro la boca para contestarle cuando escucho unos pasos cerca. Venía bajando de las escaleras Alexander con un niño pequeño en la misma versión de él pero este tenía los ojos verdes. Sus mejillas eras grandes y rosadas por un claramente sonrojo, su cabello tenía un corte de honguito despeinado. Se veía que se acababa de levantar.
─Izan, ella es Verónica. Mi esposa ─le sonreí al pequeño─. Verónica él es Izan, mi hijo.
Miro hacia un lado con una ceja alzada y podía sentir la satisfacción correr por mis venas ver a la sirvienta pálida antes de irse rápidamente por un pasillo.
─Hola Izan.
─Hola ─dice dándome una sonrisa tímida mientras se agarraba fuertemente del brazo de su padre.
─Iremos a comer afuera en algún restaurante para hablar bien. ¿Esta bien? ─preguntó Alexander.
─¿Quieres ir Izan? ─pregunté ─. Si tu vas yo voy.
─Sí ─sus pequeñas manos subieron a sus mejillas haciendo que sus labios tomaran una forma graciosa.
Nunca en mi vida creí que Alexander tendría un hijo y eso que soy su secretaria desde hace pocos meses. Izan es una niño hermoso, es igual a su padre pero versión tímido y más agradable. Por supuesto. Alexander era agradable, a veces, pero lo era. Salimos de la mansión y nos montamos en la parte de atrás de su auto. Un hombre subió al asiento de copiloto en silencio, supongo que era un chófer.
Izan me miraba con curiosidad mientras se mordía su pulgar. Se acerco lentamente a mi y puso una de sus manos en mi brazo.
Mire ha Alexander preguntándole en silencio que pasaba pero este solo alzo sus hombros y peinó el cabello de su hijo.
Cuando llegamos a un restaurante, yo no deje de preguntarle cosas a Izan para hacerlo todo menos incomodo entre nosotros. Él me hablaba de una de sus amigas en el kínder quien tenía una fiesta el fin de semana y lo emocionado que estaba por ir. La comida pasó así, solo Izan y yo hablando, o algunas veces Izan preguntándole directamente cosas a su padre. Alexander se mantenía callado y con su ceño fruncido, concentrado en su plato de comida, solo levantaba la mirada cuando su hijo le pedía que le limpiara su rostro con una servilleta.
─¿Iras a su cumpleaños? ─le pregunté.
─Sí ─sus mejillas se pusieron más rojas─. No sé lo que le quiero dar. ¿Me ayudas?
─¿Quieres que te ayude? ─asintió─. Si eso quieres lo haré.
Me resistí pellizcar su mejilla cuando me sonrió grande enseñando sus pequeños dientes.