Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Contrato de Amor
Contrato de Amor

Contrato de Amor

Autor: : Sol Cánaves Díaz
Género: Romance
Victoria Bernal, una abogada de renombre en Buenos Aires, lleva más de dos años divorciada y sin pretendientes. Su vida se reduce al trabajo y a viajar por el mundo cuando tiene ocasión. Cansada de la soledad, pero sin ánimos de comprometer el corazón, decide contratar a alguien para que la acompañe en sus momentos de esparcimiento y placer. El requisito es que las partes se comprometen a no desarrollar sentimientos mutuos, bajo pena de nulidad contractual. ¿Quién dice que el dinero no lo compra todo? ¡Te invito a escuchar la playlist de esta novela, exclusiva de Spotify! Búscala como "Contrato de Amor" y disfruta de su música.

Capítulo 1 Amor clasificado

Daniel salió de la Facultad de Educación Física, con la mochila al hombro y mala cara: había reprobado otro examen. Su madre lo iba a matar. Mucho se estaba sacrificando para poder darle la educación que ella no había tenido en toda su vida, apenas sí había terminado la primaria y había abandonado el colegio a los diecisiete para poder casarse con Walter, el padre de Daniel, convencida de que lo suyo no eran los libros ni las largas horas estudiando.

Walter le había prometido que no le iba a faltar nada, tenía un buen sueldito trabajando como conductor de larga distancia y le llevaba diez años de diferencia, podía proveerla de todo, y así fue... hasta que la inseguridad misma del país acabó con su vida, cuando unos piratas del asfalto le cerraron el paso, y además de robarle toda la carga, también le robaron los muchos años que le quedaban en este mundo, dejando una viuda y dos hijos.

Aprovechando del transporte público que ofrecía la universidad, Daniel se subió al bus que lo llevaba gratis hasta la estación Miguelete. Allí abordó un tren de la línea Mitre, pero cuando se quiso sentar en uno de los asientos, una vieja con varias bolsas ocupó el lugar que pretendía usar. Así que se conformó con agarrarse de uno de los caños de metal y ponerse la mochila adelante, sobre el pecho, para evitar que le roben los pocos pesos que tenía encima; y es que allí, en la Ciudad de la Furia, sobrevivía solo el más apto. Buenos Aires se movía vorágine, como siempre, y a pesar de que aún no había entrado en el distrito de la Ciudad Autónoma, allí, en provincia de Buenos Aires, el movimiento era prácticamente igual: Todos trabajaban en CABA, así que los trenes y subterráneos iban llenos, especialmente a esa hora del día, cuando más calor hacía y los humores humanos brotaban a chorros de los rostros y axilas de los usuarios del transporte público. Como bien decía el popular refrán argentino: «Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires.»

Era pleno febrero, el vapor y el calor hacían de las suyas, provocando una incomodidad generalizada en toda la población, sin distinguir si eras porteño o bonaerense, kirchnerista o macrista, bostero o gallina, igual se padecía (1). Daniel se movió un poco, buscando el soplo celestial de la humilde rejilla del aire acondicionado del tren; tuvo que compartirla con otras cinco personas, que movían sus cabezas buscando algo de alivio. Con una mano extrajo de la mochila el cable blanco de los auriculares y se los insertó en los oídos, tomó su teléfono y reprodujo la música que había en su celular. Yerba Brava(2) sonó con fuerza mientras Daniel movía los labios sin emitir sonido; ya estaba desesperado porque se inicie la temporada de fútbol: el Mundial le había dejado un gusto a gloria y una fiebre por la pelota que pocas veces lo había sentido; estaba deseoso de ver a su tan amado Estudiantes de La Plata en la cancha.

Luego de casi un cuarto de hora en tren, se bajó en la estación Luis María Drago, y tomó el bus que lo llevaría hasta su casa en Bajo Flores luego de otra hora de viaje. Tenía que irse preparando para el encontronazo con su madre que, con justa razón, iba a suceder; ya iba preparando los tímpanos y su cara para aguantar los gritos y reclamos. Antes de bajarse del bus guardó sus auriculares y se aferró a su mochila con fuerza, caminó los últimos metros que lo separaban de su hogar a buen ritmo y sacó del bolsillo de su pantalón las llaves. Él y su familia vivían en un humilde departamento sobre una peluquería que le alquilaban a una paraguaya, vivían con lo justo y apenas llegaban a fin de mes. Daniel metió la llave en el ojo de la cerradura, la giró dos veces y levantó un poco el picaporte para poder abrir la puerta. Nadie llegó a recibirlo a excepción de su gato, un animal que habían encontrado en la calle con apenas unas horas de nacido, aún con el cordón umbilical adherido a él; algún malnacido lo había dejado ahí a propósito para deshacerse de él, pero Carolina, la madre de Daniel, volviendo del trabajo, lo encontró y lo cuidó como si fuese un hijo más.

-Hola, Neo -lo saludó mientras el animalito maullaba dándole la bienvenida y restregándose contra sus piernas velludas. Daniel dejó la mochila en el sillón de la sala y entró. Aparentemente no había nadie-. ¿Mamá? Ya llegué.

Silencio. Quizás su madre había salido a hacer las compras o por alguna otra razón. Caminó hasta su habitación, se sacó el calzado y los calcetines, tomó sus chanclas y se puso ropa cómoda. Regresó a la sala y tomó el control de su consola de videojuegos; al encenderlo el aparato hizo un pequeño pitido y la pantalla de la televisión se encendió al instante. Se arrojó pesadamente en el sofá y se dispuso a disfrutar de aquellos escasos momentos de soledad y tranquilidad antes de la inminente tormenta. Movió el botón hasta el videojuego que estaba buscando, uno de zombis y disparos con un muchacho rubio el cual ya había jugado un millón de veces, pero que amaba, y lo seleccionó para poder jugar. Los minutos avanzaban y el juego también, hasta que escuchó la llave en la puerta y luego ésta abriéndose para que Carolina pueda ingresar a su hogar.

-¡Hola, hijito! -lo saludó con alegría de verlo en casa. Daniel apenas la miró por el rabillo del ojo sin dejar de presionar los botones del mando a una velocidad increíble.

-Hola, vieja (3) -la saludó. Su madre entró cargada de bolsas. Efectivamente había ido a hacer las compras, cerró la puerta con el talón e ingresó hasta la cocina.

-¡Por fin me pagaron! Esta vez esa sinvergüenza se demoró más de la cuenta, ya estaba a punto a denunciarla -anunció la voz de su madre desde la cocina-. Vamos a poder pagar un par de cuentas atrasadas. Don Evaristo ya no quiere venderme nada al fiado (4). ¿Tu hermano aún no llegó?

-No. Cuando llegué no había nadie -le respondió Daniel sin dejar de disparar a los zombis.

-¡Cierto, hoy tenías examen! -exclamó su madre saliendo de la cocina, ajustándose el mandil a la cintura-. ¿Cómo te fue?

-Mal.

-¿Cómo que mal?

-Sí. Mal. Desaprobé.

Su madre se quedó quieta mientras observaba como su hijo le había dicho eso con total frialdad y desinterés por su futuro, pero sí por un videojuego.

-¿Y me lo decís así, Daniel? -le reprochó Carolina. Daniel no pudo evitar blanquear los ojos-. ¡Es el quinto examen que desaprobás y todavía no pasas de primer año!

-Voy a dejar la carrera -anunció.

-¿Qué? -gritó Carolina.

-Ay, mamá... no grités. Que dejo la carrera -le repitió Daniel sin dejar de jugar-. De todas maneras, no la entiendo.

-¡Es educación física, hijo! ¿Qué tanto no entendés? ¡Es hacer ejercicios! ¡Jugás al fútbol todos los días en el club y no entendés tu carrera! -le reprochó Carolina.

-Anatomía es un lío. No es como vos pensás. Es mucho más que sólo entrenar -le corrigió Daniel-. Ya voy desaprobando siete veces esa materia. No quiero perder el tiempo en eso.

-¿Y qué vas a hacer si no querés estudiar? -quiso saber Carolina. Era evidente, y justificado, su estado de enojo-. ¿Vas a ser policía como Gonzalo?

-Nunca. Yo no me pongo la gorra(5) como ese culiado(6) -masculló Daniel-. Haré changuitas(7) hasta que encuentre algo fijo. Total, trabajo siempre hay y apenas tengo veinte años.

-Te equivocás, hijo. Si la calle está bien dura para los que tienen un título universitario, imagínate para nosotros...

-Algo saldrá, vieja -aseguró.

Y ese "algo saldrá" le duró cinco años. Durante ese tiempo Daniel no había conseguido un trabajo fijo en ningún lado, a pesar de que había asistido a muchas entrevistas, pero cuando le imponían las condiciones como horarios y capacitaciones obligatorias, él las rechazaba. Ayudaba a su mamá con el dinero que le daban por pequeños trabajos por día o por temporada, pero la plata no alcanzaba; y su madre, harta de tener que mantener a un vago de veinticinco años, que se pasaba el día jugando a la consola o en la computadora, le dio un ultimátum.

-O conseguís un trabajo en serio, o volvés a estudiar, o te vas de la casa -lo amenazó.

Sin otra cosa mejor que hacer, Daniel recorrió todos los negocios de Flores y Bajo Flores, envió currículums y tocó todas las puertas, cualquier trabajo era bienvenido para no tener que volver a estudiar, pero ni el chino del barrio lo quería de empleado.

Navegando en los avisos clasificados del diario encontró un aviso que le llamó la atención:

«Se busca hombre entre 25 y 35 años para trabajar en estudio jurídico. Secundario completo excluyente, disponibilidad full-time. No se requiere experiencia previa. Requisitos: buena presencia, amabilidad, predisposición. Llamar al 011-XXXX-XXXX para entrevista o enviar CV al correo vbernal@estudiobernal.com.ar»

Daniel no lo pensó dos veces y envió su currículum, recibiendo una respuesta a su e-mail casi de manera inmediata.

«Estimado Sr. Mitre:

Hemos recibido su currículum, y nos complacería mucho tener una entrevista con usted el día de mañana a las 9AM para una segunda evaluación.

Sin otro particular, saluda a Ud. atentamente.

Victoria Bernal

Abogada»

---

Notas de ayuda al lector:

(1) El porteño es la persona que vive de la Avenida General Paz para el Río de la Plata, mientras que el bonaerense habita pasando dicha avenida. Bostero y gallina se les dice a los hinchas de los equipos de Boca Juniors y River Plate, respectivamente, y macrista o kirchnerista son los adjetivos que se les da a las personas que son simpatizantes del partido político liderado por Mauricio Macri y por Cristina Kirchner, que serían los equivalentes a capitalismo y comunismo.

(2) Grupo cumbia villera muy popular en Argentina.

(3) En Argentina se les dice "vieja" a las madres.

(4) Cuando una persona genera cierta confianza, o es cliente habitual de un local, el dueño de este le puede vender al fiado, esto quiere decir que le da la mercadería y el cliente se compromete, de palabra, a pagarle apenas tenga el dinero.

(5) Ponerse la gorra se usa para expresar que una persona actúa de policía sin serlo, o que se vendió a las fuerzas de seguridad sólo por el salario.

(6) Un insulto argentino muy grosero.

(7) Otra forma de decir "chambas" o trabajitos de poca importancia y de poco valor. Algo rápido y sin complicaciones.

Capítulo 2 Tómalo o déjalo

Victoria despertó más por acción de la alarma programada que por desición propia. Extendió la mano y tomó su teléfono para descartar el molesto sonido. Volvió a dejar el aparato sobre la mesita de luz y se quitó las sábanas de encima, mientras el asistente personal del teléfono empezaba a reproducir datos importantes: estado del clima y tareas para el día, noticias, estado del tráfico y más información útil. Estiró los brazos sobre su cabeza y caminó descalza por el piso de madera lustrada hasta la cocina.

Con un botón levantó las persianas automáticas, y pudo apreciar la espectacular vista del amanecer sobre la bahía de Nordelta. Tomó el control remoto y encendió uno de los televisores que tenía en su apartamento. Al encenderse, el presentador del canal de noticias favorito de Victoria, aquél que no estaba censurado por el gobierno de turno, empezó a brindarle información más detallada de cómo había amanecido la ciudad. Aunque los datos de los estados de los subterráneos y trenes no le servían de mucho, a Victoria le gustaba tener en su poder todo tipo de información, especialmente cuando su chofer insistía en tomar una ruta que se encontraba obstaculizada por una manifestación o un accidente vial.

La muchacha sacó de una de las alacenas una taza y una de las cápsulas de café para poder desayunar. En lo que el café caliente se servía, tomó un poco de fruta del refrigerador y algo de pan integral, aunque su nutricionista se lo había prohibido expresamente en su dieta para bajar de peso. Observó una de las pocas fotografías que había en su hogar: era un reflejo de ella misma, pero mucho más joven y delgada, en las Cataratas del Iguazú, bastante empapada y algo insolada, pero plena de haber vivido una aventura más. Esa fotografía se la había tomado Enrique, momentos antes de postrarse sobre su rodilla y pedirle casamiento, algo que ella aceptó sin titubear, y un año después, se había casado, muy enamorada y con el novio que había tenido desde los catorce años, con el que había compartido viajes por el mundo, momentos felices y dos hermosos hijos: Antonio y Geraldine. Pero la felicidad también tenía una fecha de vencimiento, pues debido a los embarazos, el estrés, la alta carga horaria y laboral que tenía sobre sus hombros, al haber heredado el estudio jurídico de su padre, y las discusiones con sus hijos, que ya eran adolescentes, Victoria había dejado de ser la muchacha delgada y esbelta que alguna vez fue. Ahora tenía cuarenta kilos de más. Enrique había brindado una opinión acorde a su profesión de médico, insistiendo en que el delgado y esbelto cuerpo de su esposa volvería a la normalidad con dietas y ejercicio físico; pero, aunque Victoria corriera hasta el fin del mundo, y sólo comiera ensaladas, no lograba recuperar los cincuenta kilos que había pesado antes de su boda, quedándose estancada en ochenta y siete kilos los cuales se resistían a abandonar su cuerpo por mucho régimen, tratamiento, ejercicio y liposucciones a los que la muchacha se sometiera.

Su guardarropa tuvo que ser renovado completamente: Lencería, camisas, blusas, faldas, pantalones, ¡incluidos sus zapatos! Pues sus pies habían aumentado de tamaño luego de dar a luz a los niños.

Victoria se miraba en el espejo y observaba cómo ese cuerpo, que antes había robado suspiros y atraído miradas en las playas de Aruba, ahora lucía un aspecto triste y andrajoso, como el de un globo al que habían inflado hasta su límite y luego desinflado. Su vientre prominente, sus brazos regordetes y piernas carnosas parecían haberle prometido no abandonarla nunca, pero Enrique aseguraba que era ese generoso busto y ese trasero monumental lo que más le gustaba de su nuevo ser. «Huesos para los perros», había dicho mientras jugaba con la oreja de su esposa en su boca.

Pero más pronto que tarde, Enrique dejó de ver a Victoria como antes lo hacía: Donde antes había visto abundancia y curvas generosas ahora veía celulitis y estrías, donde había una prueba de valentía hacia la vida ahora había una fea cicatriz de cesárea; y donde sus ojos se habían deleitado con los generosos pechos de Afrodita ahora veían las tetas de una gorda. Poco a poco fue alejándose de ella, iniciando sutilmente y excusándose de que "había sido una jornada muy dura y complicada en el hospital" para huir y evitar la grotesca imagen de su esposa usando lencería de encaje para cuando ésta deseaba amor. Empezó a tomar guardias nocturnas y aceptar más y más trabajo, incluido su desempeño como profesor en la Facultad de Medicina; ejemplo que siguió su esposa trabajando todo el día en su buffet de abogados, aceptando casos y clientes. El arduo trabajo del matrimonio rindió sus frutos económicos y pudieron comprar un apartamento en Miami, uno en Recoleta y el apartamento en Nordelta, que rápidamente rentaron a turistas. Los caudales aumentaban, pero la pasión disminuía. Enrique hizo otro movimiento: Empezó a reducir los encuentros a sólo uno mensual. Victoria estaba cada vez más confundida y decidió trabajar más; las niñeras se encargaban de sus hijos y Enrique prácticamente vivía en el hospital. Antonio y Geraldine sólo conocían las voces de sus padres cuando estos discutían en su habitación, Victoria hablando del sentimiento de soledad que sentía al verse abandonada todo el día, y Enrique asegurando que su paciencia se estaba acabando.

Los encuentros se vieron reducidos, nuevamente. En lugar de ser mensuales pasaron a ser trimestrales y muy pronto se suspendieron, definitivamente. Victoria pasó a una actitud más ofensiva, gritando y exigiendo sus derechos como esposa, llorando por la falta de amor que sentía y la soledad a la que era sometida por su esposo. Le gritó que él ya no era el hombre dulce y cariñoso con el que se había casado, que ya no lo reconocía y que extrañaba a su marido. Sus palabras fueron respondidas por otras mucho más crueles, pues Enrique le aseguró que él tampoco la reconocía, la acusó de haber usado la maternidad como excusa para engordar, y que era normal no sentir deseo por alguien a quién no se sentía atraído.

Con lágrimas en los ojos, Victoria juró que no habían sido pocos los esfuerzos para recuperar su peso anterior, le rogó que confiara en ella y que volvería a ser la misma de siempre, eso siempre y cuando Enrique la apoyara. Enrique vio en ella el claro deseo y la firme convicción de mejorar y volver a ser lo que él tanto añoraba, de modo que le aseguró permanecer a su lado durante todo el proceso. Aunque a los pocos días nuevamente estaba internado en el hospital, trabajando de Sol a Sol, dejando sola a Victoria y a sus hijos que crecían a pasos agigantados.

A la muchacha se le ocurrió que una segunda luna de miel era lo que ambos necesitaban, con mucho esfuerzo convenció a su marido de pasar dos semanas en la toscana italiana; y mientras Enrique degustaba su paladar y ojos con la mejor pasta y hermosas mujeres, Victoria debía conformarse con una ensalada y carne blanca. No fueron pocas las ocasiones donde su esposo le ofrecía un gelato que, bajo el abrazador sol italiano, se derretía insinuante; pero la férrea voluntad de Victoria era más fuerte y lo rechazaba cortésmente.

Volvieron a Argentina un poco más unidos que antes, pero todo regresó a la normalidad cuando Enrique retornó a su trabajo como médico. Nuevamente los encuentros amorosos se redujeron, la pasión se apagó y la soledad ocupó el lugar de su esposo en la cama por las noches. Victoria lo amenazó con divorciarse, y Enrique, riendo, le respondió.

-¿Quién podría amar a una gorda como vos?

Luego de unos meses en los que Victoria solo trabajaba y se ejercitaba para poder volver a como era antes, descubrió el verdadero motivo del alejamiento de su marido al volver a casa más temprano, con Geraldine a quien le había llegado la menarquia en el colegio y no se sentía bien, razón por la cual su madre decidió retirarla y llevarla a casa para que esté cómoda. Al abrir la puerta del apartamento se escucharon ruidos y voces, pasos acelerados y objetos moviéndose. Le indicó a su hija que se quede dónde estaba, temiendo de que haya delincuentes en casa. Tomó la maza que usaba la cocinera para hacer milanesas, y se preparó para abrirle la cabeza de un golpe al malnacido que esté en su hogar. Pero cuando abrió la puerta de su habitación no encontró a un ladrón, sino a su esposo que se estaba vistiendo apresuradamente, sudoroso y rojo. A Victoria le bastó dos segundos entender la situación y otros tres más en encontrar el motivo: estaba en el vestidor, poniéndose la ropa tan apresuradamente como su marido y con un evidente estado de nerviosismo en el cuerpo. La muchacha la miró con los ojos abiertos de par en par, mientras intentaba cubrir su cuerpo desnudo con la ropa que tenía entre los brazos. El divorcio no se hizo esperar. Victoria le exigió a Enrique la mitad de todos los bienes, incluidos los apartamentos en Miami y Nueva York, quedándose ella con el apartamento en Nordelta y Enrique con el de Recoleta, donde se fue a vivir con Valeria, la muchacha de diecinueve años con la que había engañado a Victoria, una de sus estudiantes de la facultad de medicina a la que les daba clases.

Y aunque sus hijos iban y venían de Nordelta a Recoleta y viceversa, muy pronto le pidieron al Juez de Familia, que intervenía en la causa del divorcio, que sea Enrique el que posea la tutela exclusiva, y se instalaron definitivamente en el apartamento con su padre y su nueva esposa. Así que ahora Victoria vivía completamente sola, en ese enorme apartamento. La mujer apartó los recuerdos de su cabeza y tomó el café ya listo para ser bebido. De igual manera, tomó los panes y se los sirvió en un plato, se sentó en la mesa a desayunar y escuchar las noticias que seguían mencionando.

Finalizó con calma su desayuno y se alistó para esperar a que Martín, su chofer y asistente personal, fuera a buscarla para ir al oficina a trabajar. Cuando la manecilla más larga de su reloj alcanzó las doce y la más corta quedaba fija en el número ocho, tomó sus llaves, su cartera de marca francesa y salió de su apartamento. Cerró dando dos giros, llamó al elevador y descendió hasta el lobby de entrada; en la calle Martín ya estaba esperándola, conduciendo el automóvil de alta gama que servía para llevar y traer a la señora del hogar a su oficina y viceversa. Esa era su rutina: apenas sí salía para hacer alguna compra esporádica o cuando tenía cita con el médico, pero si requería adquirir algún presente para un evento, como un cumpleaños o casamiento, siempre mandaba a Martín a hacer las compras por ella, excepto las que tenían que ver con la manutención de la casa, eso era tarea de Carolina y Mirta, las dos empleadas domésticas que se encargaban de la limpieza y las comidas.

-Buenos días, señora -saludó Martín a su empleadora cuando esta ascendió al vehículo que conducía.

-Hola, Martín. Buen día, ¿cómo estás? -le preguntó con una sonrisa triste y rutinaria que el asistente ya conocía bastante bien. Había sido testigo de los llantos ahogados de su jefa en ese auto y en el anterior, había tenido que bajar a la farmacia a comprarle pañuelos descartables, maquillaje y calmantes para ayudarla a componerse, más de una vez le había comprado algún pedazo de tarta de chocolate con un latte, buscando que el azúcar le dé las endorfinas que andaba necesitando.

-Bien, señora. Gracias por preguntar -respondió el caballero de casi cuarenta años-. ¿Necesita que haga alguna parada en especial antes de que la deje en la oficina?

-No, gracias. Vamos derechito al estudio -respondió la mujer. Tomó su teléfono y empezó a leer los correos que le habían llegado. Martín la miró por el espejo retrovisor y pudo apreciar como su ceño se combaba sobre sí mismo, estrujando sus cejas castañas prolijamente depiladas. Al parecer, alguno de los correos que había leído con sus bellos ojos verdes tenía noticias no tan alentadoras. Sus labios carnosos se fruncieron, y una mano blanca, con uñas esculpidas, rascó la graciosa nariz griega que el cirujano plástico de su empleadora había moldeado, operación que formó parte de sus regalos de sus quince años.

Aprovechó un semáforo en rojo para poder hablar con su jefa.

-Señora, disculpe que la moleste mientras trabaja -empezó tímidamente. Victoria levantó la vista de su teléfono y lo miró, indicando que podía continuar-,pero quería preguntarle si mañana podría tomarme el día.

-¿Mañana? -repitió Victoria, algo sorprendida-. Me dejás en una posición algo... complicada, Martín. Mañana tengo varias reuniones y la función de Madame Butterfly en el Teatro Colón. ¿Puedo saber por qué me lo pedís con tan poca anticipación?

-Lo lamento mucho, señora. Es que... mañana es el cumpleaños de mi hija y... Usted sabe... Esto de la leucemia...

-Ah. Eso cambia totalmente las cosas.

-Lo lamento mucho, en serio. Si no fuese por eso usted sabe que siempre le aviso con tiempo.

-Martín... -la mano de Victoria tomó con fuerza el hombro de su empleado-. No hace falta que me expliques más nada. Este puede ser el último cumpleaños de Delfina y tenés derecho a pasarlo con ella. Tomate el día tranquilo con goce de sueldo.

Los ojos del conductor se llenaron de lágrimas.

-Gracias, señora. Muchas gracias -suspiró el hombre y dejó que su jefa vuelva a su trabajo mientras él se dedicaba al suyo. Una vez que llegaron a la oficina, Martín estacionó el automóvil y descendió de él con prisa para abrirle la puerta a su jefa. La acompañó todo el trayecto hasta el lobby de recepción, donde Lourdes, la primera secretaria, la esperaba con el reporte diario de las actividades del día.

-Doctora, muy buenos días -la saludó con una sonrisa.

-Buen día, Lourdes. -Victoria la saludó con una cordial sonrisa. Había aprendido por parte de su padre que un trato respetuoso, pero formal, era la mejor manera de tener contentos y en pleno funcionamiento a toda la planta de empleados. Era mejor ser una jefa amable que una tirana. Premiaba el esfuerzo de la gente a la que tenía a cargo, se había aprendido los cumpleaños de todos y cada uno, incluidos los pasantes, y les regalaba el día. En la fecha del Día de la Mujer, a cada empleada le permitía irse temprano, y para el Día del Hombre todo el personal masculino era agasajado con un desayuno. Lo mismo el día de la madre y del padre. Eran esos pequeños detalles los que le habían otorgado a Victoria un equipo de trabajo fiel y con buen desempeño. «Empleados felices trabajan más», había dicho sabiamente su padre-. ¿Qué tenemos para hoy?

Lourdes inició a detallar toda la agenda laboral de su jefa, poniendo especial énfasis en las reuniones de los casos más importantes, los llamados telefónicos y los clientes a los que tenía citado, pero Victoria se enfocó en lo último que ella dijo.

-Y por último, a las nueve tiene citados a los... aspirantes para el puesto de secretario -finalizó.

-¿Podes hacerme un resumen de ellos? -preguntó Victoria, dejando su cartera en su escritorio y tomando asiento en su sillón.

-Estos son los currículums... -inició Lourdes. Mientras le explicaba, uno por uno, las características de cada aspirante-. ¿Está segura de que no quiere que yo los entreviste por usted, doctora?

-No te preocupes, ya haces demasiado por mí -sonrió Victoria y tomó sus lentes ojo de gato para ver mejor a causa de su astigmatismo-. Hacelos pasar de uno en uno, por favor.

-Sí, doctora -asintió Lourdes y se retiró de la oficina.

-Señora, disculpe que me meta, pero... -empezó Martín. Victoria lo observó a través de sus lentes-. ¿Está segura de esto? Usted sabe perfectamente que yo puedo encargarme...

-Martín... Hay necesidades que ni vos podes cubrir -le sonrió con pena-. Además ya mucho abuso de tu generosidad y buena voluntad.

-No es ninguna molestia, señora...

Tuvo que callar, porque el primer aspirante, un hombre de unos treinta y tantos, entró a la oficina.

Fue un desfile de lo más penoso, otro más como había ocurrido desde el día en que había publicado el anuncio, pues ninguno de ellos cumplía con los requisitos mínimos que Victoria buscaba. Al momento en el que la mujer les explicaba en qué consistía el trabajo, todos alegaban diciendo que no podrían cumplir con esos requerimientos, amparándose en que tenían familia, o que ese no era el "trabajo de un hombre". En las dos horas que duró esa procesión, Victoria pensó seriamente en decirle a Martín que retire el anuncio de todas las plataformas en los que se había publicado, dándose por vencida en su búsqueda. Estaba por llamar al interno de su asistente, cuando Lourdes tocó suavemente la puerta abierta de su jefa, anunciando su presencia.

-¿Sí, Lourdes? -preguntó Victoria, retirándose sus lentes.

-Perdón, doctora, pero... -suspiró avergonzada su empleada-, hay un muchacho que viene por el trabajo.

Victoria se fijó en su fino reloj de pulsera antes de responder nada: ya pasaban de las once.

-¿A esta hora? -preguntó estupefacta-. ¿No lo citaste a las nueve?

-¡Eso hice! ¡Acabo de revisar el e-mail que le mandé, y ahí dice clarito que el horario de las entrevistas era a las nueve! -se excusó la muchacha.

-¿Te dijo algo de por qué viene a esta hora? -le preguntó Victoria. La muchacha suspiró, pese a que sabía que la culpa no era suya, se sentía en falta con su jefa.

-Sí. Dijo que se durmió -respondió. Victoria levantó una ceja, incapaz de creerle- ¿Quiere que le diga que se vaya?

-No, no... -suspiró Victoria, rascándose una ceja-. Decile... decile que pase.

-Pero, doctora... Está fuera de horario... Vino tarde, eso no habla nada bien de él -insistió Lourdes.

-Sí, lo sé. Pero no estoy en condiciones de rechazarle una entrevista a nadie. Dejá que entre -suspiró.

-Sí, doctora. -Lourdes se alejó de la puerta y Victoria se puso de pie para recibir al aspirante, acomodó su pantalón pallazo, alisándolo con las manos, y observó como su secretaria regresaba con un muchacho joven, alto, de cabello castaño claro, largo hasta los hombros.

-Pasá -le ordenó Lourdes al joven.

-Gracias -masculló. Tenía una voz clara y varonil, algo gruesa, pero seductora. Lourdes cerró la puerta de la oficina de su jefa, dejándola a solas con el muchacho. Victoria le alcanzó su mano para estrecharla a modo de saludo, mano que fue tomada con fuerza por parte del joven-. Muchas gracias por recibirme, doctora. Y disculpe por el atraso... Me dormí.

-Está bien. Tomá asiento, por favor -le ofreció la mujer al muchacho. Ella rodeó el escritorio y observó el mensaje que Lourdes le había mandado a través del servicio de mensajería electrónica que usaban por computadora con todos los datos del entrevistado.

-Yo soy Daniel Mitre, doctora -inició el joven, pero Victoria lo interrumpió.

-Sí. Acá tengo tus datos -le dijo sonriendo-. Veo que tenés un... interesante historial laboral.

-Uno hace lo que puede con lo que tiene -sonrió con nerviosismo Daniel.

-Y cursaste la carrera de Licenciatura en Educación Física hasta el primer año... -leyó Victoria. Daniel se movió incómodo en la silla- ¿Dejaste la universidad?

-Sí... Para poder trabajar y ayudar a mi mamá en la casa -respondió. La mujer lo miró a través de sus lentes.

-¿Estás soltero? -preguntó, pero inmediatamente reformuló su pregunta- Quiero decir... si tenés novia.

-Es... una pregunta algo personal... -se escudó Daniel.

Victoria entrelazó sus dedos y posó las manos en su escritorio.

-Voy a explicarte en qué consiste este trabajo.

-Me imagino que en archivar papeles y tomar llamados... -rio Daniel, pero su entrevistadora negó con la cabeza.

-No. De hecho es mucho más que eso... -le corrigió-. Por una cuestión... legal... mis asistentes publicaron el anuncio como un puesto en un estudio jurídico. Pero el verdadero trabajo es... más íntimo de lo que te pensás. Te explico: lo que yo estoy buscando es un acompañante.

-¿Un qué? -preguntó Daniel, estupefacto.

-No te confundas. No es ese tipo de acompañante, sino en el sentido literal de la palabra acompañante. Tu trabajo sería acompañarme: si yo tengo un casamiento o una cena, o deseo ir al teatro, o al cine, o a cenar, vos estarías conmigo. No tendrías que pagar absolutamente nada: ni el traslado o la comida, o el entretenimiento, que pudiésemos consumir. Solamente tendrías que acompañarme, sentarte conmigo a conversar y que me escuches de mi día a día. Si deseo hacer un viaje, te lo comunicaré con tiempo para que te vayas preparando. Por eso necesito disponibilidad full-time. ¿Tenés pasaporte?

-No -susurró Daniel.

-Y me imagino que VISA tampoco -adivinó Victoria. El movimiento de cabeza de lado a lado de su interlocutor fue toda la respuesta que recibió-. Eso se puede solucionar fácil. Tengo contactos en la embajada estadounidense y...

-Espere un momentito... -le rogó el muchacho-. Yo aún no le dije que sí.

-Perdonáme, soy muy acelerada -se excusó Victoria-. Si aceptas yo correría con todos los gastos administrativos para que tengas tu pasaporte y la VISA. Obviamente tendrías el sueldo que le corresponde a un secretario jurídico recién ingresado, obra social, seguro de sepelio, de accidente de riesgos del trabajo, ante papeles todo normal, como si fuese un trabajo más, pero la realidad será algo totalmente diferente. Si tuvieras un título te diría que vengas a cumplir horario laboral, pero tengo una propuesta para ofrecerte.

-¿Cuál sería? -quiso saber.

-El trabajo es tuyo, siempre y cuando, me cumplas con estos requerimientos: Primero que nada, no tolero la impuntualidad. Hoy te dejé pasar porque es la primera entrevista, pero no pensés que me vas a dejar plantada, esperando, dos horas en el restaurante o en una fiesta. Mi plazo máximo de tolerancia es quince minutos sin aviso, una hora si me avisas que algo pasó. Si no llegás, te lo descuento del sueldo. Segundo: Tenés que volver a estudiar.

-Creo que eso es una decisión mía -se defendió Daniel.

-Por supuesto que sí, yo te estoy dando las opciones: ¿querés el trabajo? Tenés que volver a estudiar; si no te interesa, no estudias y seguís haciendo trabajitos para juntar la plata para vivir -masculló con firmeza Victoria-. Si decidís aceptar el trabajo vas a tener que rendirme cuentas de tus exámenes, como en cualquier trabajo. Cuanto más alta sea la nota, más beneficios vas a tener, si llegás a desaprobar no vas a tener beneficios.

-¿Y qué beneficios serían esos? -quiso saber Daniel con mala cara.

-Lo que vos quieras: puede ser dinero, ropa de marca, entradas VIP para los eventos que más te interesen...

-Todo eso me lo puedo comprar con el sueldo que usted me daría.

-No soy tan tonta, Danielito. Te voy a dar lo que le corresponde a un secretario jurídico, y dudo que un secretario jurídico pueda pagar el acceso al vestuario de los jugadores de Estudiantes de La Plata con su sueldito.

-¿Cómo sabe que...?

-Digamos que tengo unos empleados muy eficientes.

-Eso es una invasión a la privacidad.

-Prefiero el término inteligencia. Pero sigamos. Ya te dije la puntualidad y tu responsabilidad de estudiar. Sólo me queda decirte que vas a tener que cumplir con un cierto nivel estético y de vestimenta.

-No me voy a cortar el pelo.

-No hace falta. Pero basta con que te lo recojas cuando vayamos a un evento formal. El nivel que yo te pido es pulcritud y estilo. ¿Alguna vez viste la película Mujer Bonita?

-No.

-Bueno. Deberías verla, es un clásico del cine. Y te va a dar una idea de lo que busco en mi acompañante.

-¿Algo más, doctora?

-Sí. Necesito que me des tu horario detallado: actividades recreativas o deportivas, sociales, culturales, todo lo que, de alguna manera, pueda impedir la disponibilidad que necesito.

-No voy a dejar a mi grupo de amigos de fútbol por usted.

-No pretendo eso. Es solamente con fines informativos, y para que mis asistentes organicen mi agenda social conforme tus actividades.

-¿Y de cuánto sería mi sueldo si yo acepto?

Victoria le alcanzó la hoja del contrato con el señalador adhesivo indicando el monto que Daniel iba a recibir. El muchacho abrió los ojos de par en par.

-¿Todo esto sólo por acompañarla a comer y coger con usted de vez en cuando? -preguntó. Victoria lo miró sobre sus lentes.

-Yo no dije nada acerca de relaciones íntimas... -masculló.

-Pero...

-Te lo dije: No es ese tipo de acompañante. No serías ni un escort, ni un taxiboy, ni un prostituto, ni nada. Para ser más específica: entre nosotros no va a haber sexo. Sólo quiero tu compañía, y yo puedo pagar por ella. ¿Está claro?

Daniel asintió con la cabeza.

-¿Alguna duda?

-¿Dónde firmo?

Victoria le indicó las hojas donde iban insertas las rúbricas del muchacho. Cuando éste dejó la pluma, Victoria le tendió la mano con una sonrisa.

-Bienvenido, Daniel. Comenzás de inmediato. Buscá a Lourdes y ella llamará a Martin para que te lleve a comprar ropa más formal.

Capítulo 3 En la ciudad de la furia

Martín llevó a Daniel a un recorrido por las tiendas de ropa que eran las favoritas de su empleadora, para eso utilizó la extensión de la tarjeta de crédito que Victoria le había dado para cuando necesitaba hacer compras a su nombre, o por alguna emergencia.

Aunque muy pronto se dio cuenta de que Daniel no era un hueso fácil de roer, porque cuando Martín se acercó con varias camisas y trajes clásicos para que el acompañante de su patrona se los probase, Daniel aseguró que "ese no era su estilo" y eligió trajes en tonos negros, con camisas de colores llamativos como violeta, rojo, verde, finamente combinadas con corbatas brillosas. Lo mismo ocurrió Martín le enseñó varias camisas polo, muy elegantes y de fina confección, y allí iba Daniel eligiendo conjuntos deportivos para jugar a la pelota o para una cómoda tarde en casa.

-Se supone que tenemos que comprar ropa para cuando salgas con la señora -lo retó Martín, evitando que Daniel elija un par de botines para el césped-, no que abuses de su tarjeta de crédito. Cuando ella te pague el primer sueldo, compráte todas las porquerías que te quieras comprar.

-¡Un par de botines no son ninguna porquería! -le gritó Daniel.

Al final, el muchacho accedió a comprarse la ropa que le indicaba Martín, además de un par de perfumes y zapatos, pero cuando le indicaron que tenía que cortarse el cabello, se puso firme y se negó rotundamente a hacer caso.

-Yo ya hablé con tu jefa, y me dijo que mi pelo estaba bien -masculló, cruzado de brazos.

-También es tu jefa, Daniel. No te olvidés que ahora también sos su empleado -le recordó-. Y dudo de que la señora les haya dado el visto bueno a las mechas que tenés.

-Si no me creés, llamala ya mismo -amenazó.

Martín lo miró con el ceño fruncido y tomó su teléfono para hablar con su jefa. Daniel continuaba observándolo con los brazos cruzados y los ojos entornados.

-Señora, disculpe. Pero quería preguntarle si le dijo algo a Daniel con respecto a su pelo... -Martín miró ceñudo a Daniel, el cual le dedicó un gesto bastante grosero con el dedo del medio de su mano derecha-. Pero... Señora, usted tiene una exquisitez para vestir... ¿qué van a decir cuando aparezca con un joven que tiene...? Bueno... Bueno, señora. Está bien. Se lo diré. Ya casi estamos terminando. Bien, cuando terminemos todo iremos a la oficina. Hasta entonces.

Colgó el teléfono y observó como Daniel lo miraba con una sonrisa llena de triunfo en su rostro.

-¿Y qué te dijo Vicky? -preguntó.

-Para vos es la doctora, señora, o Victoria, en su defecto -gruñó Martín, tomando las bolsas de las compras que ya habían hecho y depositándolas duramente contra el pecho del joven-. Ni yo, con todos los años que llevo siendo su chofer y asistente, le digo "Vicky". No tomes confianzas que no merecés.

-¿Viste que no hay problema con mi pelo? -se burló el muchacho, caminando a la par de Martín por el enorme y lujoso centro comercial de las Galerías Pacífico, con esas pinturas que formaban parte de los murales en la cúpula de las galerías, sus múltiples pisos llenos de tiendas comerciales. La gente iba y venía, de un lado para el otro, llevando sus bolsas de ropa recién comprada, electrónica o con niños muy ruidosos que estaban disfrutando de los últimos días de vacaciones antes de que inicien, irremediablemente, las clases en todos los colegios.

-De hecho, sí hay un problema -le contradijo Martín. Daniel se paró en seco y lo miró desafiante.

-Ya te dije que no me lo voy a cortar -repitió.

-Nadie dijo nada de que te cortés el pelo. Pero la señora insiste en que, cuando salgas con ella, te recojas el cabello -mencionó.

-No. No me puede obligar a hacerlo -gruñó.

-De hecho sí, lo puede hacer tranquilamente. Está en el contrato que firmaste -se le burló Martín, ahora los papeles se habían invertido y disfrutó ver como Daniel lo miraba con los ojos abiertos de par en par.

-¿En qué parte?

-No me digás que firmaste el contrato sin siquiera leerlo. -El silencio y el tono blanco que repentinamente adquirió su cara fue toda la respuesta que necesitó-. Pero qué boludo... ¿Me querés explicar quién carajo firma algo sin leerlo?

-¡Cuando volvamos voy a hablar con ella y le digo que renuncio! ¡No me puede obligar a cambiar por algo que no soy!

-Ya te lo dije, sí puede hacerlo. Si vos firmaste un contrato sin leerlo, es problema tuyo. Y dudo mucho que te convenga renunciar. Ya vamos gastando tres sueldos tuyos con todo lo que hemos comprado. La señora, tranquilamente, te puede denunciar por daños y perjuicios. Yo que vos me quedo callado y me ato el pelo; tampoco es el fin del mundo.

El resoplido que Daniel dejó salir de su boca fue toda la respuesta que dio el muchacho. Aún así estaba decidido a hablar seriamente con Victoria acerca de su contrato y de reescribirlo de ser posible.

-¿Qué otras cosas había en ese papel? -quiso saber Daniel, colocando los pies en el peldaño movedizo de la escalera mecánica. Martín lo miró de soslayo.

-¿Qué tal si lo lees cuando volvamos a la oficina? -propuso el asistente-. Vos sos el principal interesado, deberías preocuparte más por eso.

-¿Hace cuanto que están buscando un... "acompañante"? -preguntó Daniel, bajándose del peldaño y siguiendo a Martín a través del laberinto humano que estaba convertido el mall.

-¿Por qué lo decís así, con esa manera tan pedante? Es un trabajo, Daniel. Y uno muy bien pagado para sólo tener que acompañar a la señora a comer y al cine -gruñó mientras entraba en la última tienda: una de lencería masculina. Daniel se quedó en la puerta, observando el nombre del local sobre el marco de la puerta; Martín se volteó y lo miró-. ¿Qué haces?

-¿También tengo que usar los calzoncillos que ella quiera?

-Entrá, ¿querés? -insistió; agarró a Daniel de la chaqueta y lo arrastró hacia adentro. Un dependiente los recibió, y mientras cumplía las demanda de Martín respecto a la ropa interior que andaban buscando, ambos hombres continuaron la conversación pausada en la entrada del local-. Deberías sentirte muy afortunado. No tenés horarios ni tampoco tenés que moverte de tu casa, yo iría a buscarte antes de ir por la señora. Te están comprando ropa nueva, fina, de marcas caras, perfumes y zapatos, sólo tenés que colaborar atándote el cabello.

-Y no llegar tarde, volver a la facultad y ser el Ken de una Barbie a la que ya se le pasó la etapa de muñeca -masculló la voz de Daniel del otro lado de la cortina del probador.

-Vos no sabés todo lo que sufrió la señora, Daniel. -la voz de Martín sonó amenazadora y llena de promesas de una buena paliza si el nuevo osaba volver a hablar mal de su empleadora-. Si te puso como condición el volver a estudiar es porque sabe que esto no durará para siempre y quiere darte un mejor futuro.

-¿Entonces hasta cuándo trabajaré? Pregunto, así voy buscando otro laburo (1), en caso de que a tu jefa no le guste mi forma de caminar o de hablar.

-En el contrato dice...

-¡Decíme de una buena vez, Martín! -la cortina se abrió bruscamente, revelando a un Daniel que miraba a Martín con ferocidad en sus hermosos ojos claros. Martín suspiró, y le retiró con un movimiento brusco los cuatro bóxer que tenía en una mano.

-Hasta que uno de los dos empiece a sentir cosas por el otro -respondió.

Daniel se dio vuelta para mirarlo y se quedó en el lugar.

-¿A sentir cosas? ¿A qué te referís con eso? -quiso saber.

-El contrato es válido hasta que uno de los dos desarrolle sentimientos románticos por el otro -le explicó Martín-. Queda anulado el día que vos, o la señora, se enamore del otro.

La risa llena de sorna del muchacho no se hizo esperar.

-¿Enamorarme de esa mujer? -rio con acides-. Primero me corto los huevos.

Martín prefirió no continuar con la conversación y guio a Daniel al estacionamiento donde esperaba el automóvil para volver a la oficina. El muchacho tampoco habló y se dedicó a mandar mensajes en su teléfono mientras Martín conducía con cuidado por las ajetreadas calles de Buenos Aires, un motociclista lo traspasó por la derecha provocando que Martín clave los frenos antes de chocarlo, haciendo que la cabeza de Daniel rebote contra el parabrisas del auto.

-¡Carajo! ¡Andá más despacio! -gritó mientras se sostenía la zona golpeada con la mano; gruesos hilos rojos empezaron a manchar su palma.

-¡Y yo te dije que uses el cinturón! -le respondió Martín. Suspiró frustrado y colocó la luz de giro-. Te voy a llevar a que te vean esa herida. ¡Y ponete el jodido cinturón!

Con una mano buscó en la computadora central el número de teléfono de su jefa y la llamó a través del comunicador del vehículo. Luego de unos segundos, la voz de Victoria sonó por los altoparlantes.

-¿Sí, Martín? ¿Ya terminaron? -preguntó con voz alegre.

-Ya, señora -respondió el hombre, observando de reojo como Daniel seguía sosteniéndose la zona lastimada con una mano-. Pero... tuvimos un pequeño accidente y Daniel se golpeó la cabeza, está lastimado así que lo estoy llevando a la clínica para que lo atiendan.

-¿Qué pasó? ¿Chocaron? ¿Están bien?

-Estamos bien. Una moto salió de la nada y nos rebasó por la derecha; tuve que clavar los frenos y Daniel se golpeó porque no llevaba puesto el cinturón.

-Ay, Dios... Entiendo, Martín. Quiero que me pases a buscar así vamos los tres juntos a que lo revisen.

-Pero, señora. No me molesta...

-Sé que no te molesta, pero deseo acompañarlo.

-Bien, señora.

-Avisáme cuando estes en la puerta de la oficina, ¿sí? Y Daniel...

-Decíme -masculló el muchacho. El suspiro de Victoria se escuchó por todo el vehículo.

-Quiero que me trates de usted, Daniel. Así que la palabra correcta sería "dígame", y si a eso le sumás un "señora" o "doctora" no estaría mal.

Menos mal que Victoria no pudo ver el blanqueo de ojos que le dedicó Daniel en ese momento.

-Dígame, señora.

-Ponete el cinturón.

-Sí... "señora" -gruñó.

-Gracias, Daniel.

Sólo cuando se escuchó la finalización de la llamada, Daniel dejó salir un profundo resoplido.

Luego de buscar a Victoria de la oficina, y de esperar tres horas en la guardia de la clínica, Daniel, Victoria y Martín salieron, el primero con un apósito pegado a la frente y el último con mala cara; en cambio, la segunda iba revisando su Tablet, informando a Daniel todo lo que iban a hacer al día siguiente.

-Mañana empezás las clases, así que te sugiero que te vayas a dormir -le recordó Victoria. Daniel la miró, incapaz de creer lo que había escuchado.

-¿Clases? ¿Las de la Universidad? ¿Pero en qué momento me inscribí? -quiso saber.

-La señora ya llamó a la Universidad de La Matanza y ya estás dentro, de nuevo -respondió Martín desde el asiento de conductor sin dejar de prestar atención a la ruta. Daniel suspiró molesto y se llevó una mano a la frente.

-Seguro estás emocionado de comenzar -sonrió Victoria.

-De hecho, no... -gruñó-. Siento que es ir demasiado lejos el hecho que me diga cómo tengo que vestir, cómo peinarme y ahora también quiere controlarme la vida...

-Quiero mejorártela, así que dejá de quejarte y valorá la oportunidad que tenés, porque no va a durar mucho.

-Ya Martín me comentó cómo se anula el contrato, y dudo que vaya a enamorarme de usted.

-El contrato también acaba si vos conseguís pareja.

Daniel dejó salir una risa muy ácida.

-¿Hay algo que sí puedo hacer, doctora? -le preguntó Daniel mirándola con dureza. Victoria lo miró de igual manera.

-De poder, podés. Pero no creo que a tu novia le guste la idea de compartirte con alguien más. Imaginate la situación cuando vea cómo es tu trabajo, y no quiero tener problemas con una muchacha sólo porque no tiene la suficiente madurez para entender una relación como la que vamos a tener. -Martín estacionó en frente a la humilde fachada del edificio donde vivía Daniel. Victoria observó la zona y pronto se dio cuenta del peligro que corrían-. Y agradecería que te apurés, porque no quiero que me asalten acá.

-No nos van a hacer nada. Ya me conocen.

-Yo no estoy seguro de eso -observó Martín, viendo cómo se acercaban un par de muchachos con otras intenciones que mucho más que preguntarle por la hora.

-Tiráles unos cuantos pesos y se van quedar tranquilos -masculló Daniel, tomando las bolsas de la parte de atrás del auto mientras uno de ellos le golpeaba el cristal polarizado a Martín con, lo que parecía ser, el cañón de una pistola.

-Bajáte y quedate piola (2)-se escuchó que decía, del otro lado del vidrio. Fue Daniel el que descendió y encaró al grupo.

-Yony, no nos desconozcamos, ¿sí? -decía la voz de Daniel, mientras rodeaba el auto. Lentamente, Martín sacó de debajo del asiento un revólver y se preparó-. Ya sabes cómo es el código, chabón. En el barrio no se roba.

-Ellos no son del barrio -observó uno de los muchachos que estaban en el grupo.

-Son mi jefa y su secretario -les comentó mientras sacaba de una de las bolsas una de las tantas camisetas polo que había comprado-. Mira, Yony, ¿te gusta? Te la regalo.

El entusiasmo que demostró "Yony" fue evidente al ver esa prenda de ropa, pero los obsequios no terminaron allí, pues cada uno de los integrantes de la banda recibió un presente: un calzado deportivo, una chaqueta y un perfume.

-¡Están zarpadas (3)! ¡Qué buena onda que sos, guacho (4)! -dijo Yony, guardando el arma y chocando las manos del muchacho.

-Y les puedo dar muchas cosas más, sólo necesito que me aseguren que tanto este auto, como todos los que estén adentro de él, no van a sufrir de un asalto de ninguno de ustedes -dijo Daniel.

-Todo bien, amigo. No vamos a hacer nada, pero no te olvides de los pibes(5) ahora que tenés laburo. Mirá que más de una vez te perdonamos -le recordó Yony.

-No me olvido. Y gracias.

-Todo piola, guacho.

Y así como llegaron, se fueron. Daniel observó cómo se retiraron de la escena, y sólo cuando se perdieron tras una esquina, regresó al vehículo. Victoria tenía el corazón en la boca; descendió del auto y encaró a Daniel, que estaba descendiendo el resto de las bolsas.

-¡Por qué les diste la ropa que te compré! -le preguntó muy enojada. Daniel la miró sin entender.

-Porque nos iban a asaltar, a mí no me iban a hacer nada, pero a ustedes no les iban a dejar ni las ganas de volver.

-¡Te das cuenta de que ahora tengo que patrocinar a esos malandros! ¡Cómo si el dinero que le pago al gobierno para que mantengan a estos vagos no fuese suficiente!

-¡Pero sirvió, y ahora la van a dejar tranquila!

-¡La próxima vez que quieras hacer eso lo vas a pagar de tú bolsillo, Daniel! -masculló, señalándolo con dureza.

-¡Si plata a usted le sobra!

-¡No es por el dinero! ¡Si fuese para vos, no tendría problema! ¡Pero no voy a pagarles un peaje a estos roñosos de mierda sólo para que me dejen pasar!

-Es evidente que usted no entiende los códigos de los barrios. Esto ya no es Puerto Madero, doctora. Esto es Bajo Flores, y le guste o no, acá tiene que pagar peaje para pasar. Le sugiero que tenga siempre a mano algo del agrado de los pibes o la puede pasar mal. Hasta mañana.

Sin decir una palabra más, Daniel tomó todas sus cosas y abrió la puerta de madera para desaparecer detrás de ella.

---

Notas de ayuda al lector:

(1) Expresión del lunfardo, deformación de la palabra italiana lavoro, significa "trabajo".

(2) "No hagas problemas".

(3) Muy buenas o cool.

(4) "Amigo", aunque su significado literal significa "persona sin padre" o "bastardo".

(5) Chicos, muchachos.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022