Prólogo
Nadie la miró cuando entró y, sin embargo, todos sabían quién era.
Madison Montenegro avanzó entre el murmullo elegante del salón, con ese paso silencioso que había aprendido a dominar con los años. No porque fuera tímida... sino porque el mundo le había enseñado que hacer ruido solo servía para atraer miradas que no quería sobre ella o peor... comentarios que ya conocía demasiado bien.
- Ahí está... - dijo alguien.
- ¿Esa es la heredera de esa familia? - pregunto alguien más.
- Con todo ese dinero y ni siquiera sabe vestirse... o mejor aún. Debería de pagarle un cirujano plástico para que la haga de nuevo - comentó alguien con maldad.
Las palabras dichas hacia su persona no eran mencionadas en voz alta. Nunca lo eran, pero Madison tenía el talento maldito de leer labios, de entender gestos, de descifrar las sonrisas tensas que se rompían apenas ella daba la espalda para abandonar el lugar. Sin embargo, esa noche no era diferente a las demás. El vestido que llevaba - holgado, de un tono neutro que no resaltaba nada - caía sobre su cuerpo sin intención alguna de seducir o impresionar. Su cabello, recogido de manera simple, dejaba al descubierto un rostro que muchos consideraban... poco digno de admiración para alguien con ese apellido.
No obstante, nadie veía lo que realmente importaba de toda aquella situación y nadie veía el corazón que latía con una intensidad peligrosa dentro de su pecho. Madison era una mujer que ofrecía lealtad sin reservas, amada de una forma intensa, pero nadie se quedaba lo suficiente para descubrirlo, excepto ella.
- Sabía que vendrías - susurró Alina, apareciendo a su lado con una sonrisa genuina, de esas que no necesitaban fingirse.
Madison giró apenas el rostro, y por primera vez en toda la noche, algo en su expresión se suavizó.
- Solo estoy aquí porque tú insististe.
Alina soltó una pequeña risa, enlazando su brazo con el de ella con naturalidad.
- Alguien tiene que sacarte de tu cueva de vez en cuando y hacerte respirar fresco del mundo exterior.
- Mi "cueva" como le dices es tranquila. Aquí, sin embargo... - Madison recorrió el salón con una mirada breve -... Aquí la gente sonríe demasiado hipócritamente.
- ¿Pero qué dices? Sabes que eso no es novedad para nosotras - respondió Alina con ironía.
Ambas lo sabían. Ambas lo sentían, pero mientras Madison se protegía del mundo... Alina parecía desafiarlo y encajar en cada momento. Sin embargo, lo que Madison no sabía... era que esa noche no solo estaba siendo observada por las mismas miradas de siempre, había algo distinto.
Al otro lado del salón, apoyado con aparente despreocupación contra una columna, Rowan Procter la observaba fijamente. Este no lo hacía con burla ni con aprecio. Él también conocía a Madison desde que esta se había vuelto amiga de su hermana, pero por motivos de fuerza mayor alguien había despertado en él en interés hacia ella.
- Esa es - dijo Kevin a su lado, con una sonrisa torcida- Ahí va la amiga de tu hermana y nuestra fortuna asegurada con cara de aburrimiento.
Rowan no respondió de inmediato a ese comentario. Sus ojos recorrieron a Madison con una lentitud calculada, como si intentara encontrar algo que justificara... todo lo que había escuchado de ella, pero no lo encontró y aun así... no apartó la mirada.
- No parece gran cosa, pero no sé si pueda hacer esto -añadió Rowan, encogiéndose de hombros mientras daba un trago más a su copa - Esa mujer es fea y ni todo el dinero del mundo compensará eso.
Mientras tanto, Madison, ajena a la mirada que comenzaba a fijarse en ella como una promesa disfrazada de error, ella sostuvo con más fuerza el brazo de su amiga.
- ¿Podemos irnos pronto? Siento que todos me están mirando y eso no me gusta.
Alina la miró de reojo, comprendiendo sin necesidad de explicaciones lo que estaba diciendo.
- Claro, solo le aviso a mi madre y te sacaré de aquí.
Sin embargo antes de que ellas pudieran moverse, una voz masculina interrumpió el momento.
- Alina - dijo esa persona y ambas giraron encontrándose así con Rowan.
Este estaba demasiado cerca, demasiado seguro y con una sonrisa que no prometía nada bueno. Madison sintió algo extraño en el pecho al ver al hermano de su mejor amiga acercándose a ellas, pero no dijo nada.
En los años que llevaba de conocer a Alina este nunca le había dirigido la palabra y hoy no sería la primera vez que lo hiciera. Sin embargo, pronto estaba por descubrir que eso no sería así.
Capítulo 1 – Sombras entre el Jardín
La tarde caía lentamente sobre la elegante casa de Alina Procter, tiñendo el cielo de un tono anaranjado que parecía acariciar las copas de los árboles del jardín. Madison Montenegro, con su caminar pausado y elegante a su manera, atravesaba la entrada con una mezcla de familiaridad y nerviosismo. No era la primera vez que ella visitaba a su amiga en esa casa, pero había algo en ese día que la hacía sentirse más vulnerable de lo habitual: el sonido del timbre de la puerta siempre le recordaba que su presencia allí era una elección, no un hecho automático.
Alina, como siempre, apareció antes de que Madison pudiera siquiera anunciarse. Sus brazos abiertos y su sonrisa cálida fueron suficientes para disipar cualquier incomodidad. Haciendo que esta se sintiera más segura.
- ¡Madi! - exclamó, abrazándola con fuerza al igual que siempre - ¡Me alegra tanto que hayas venido!
- Gracias. Yo... yo también estoy feliz de verte, Alina -respondió Madison, intentando devolver la calidez del abrazo. Su voz era suave, como siempre, y sus ojos reflejaban la combinación perfecta de cariño y resignación que llevaba consigo desde que recordaba.
Desde la preparatoria, Alina había sido su refugio más seguro cuando nadie la quería y en la muerte de sus padres, cuando Madison se quedó sola y vulnerable frente al mundo cruel, Alina no había dudado en permanecer a su lado. Era la única persona que nunca le había hecho sentir que su apariencia, sus vestidos anticuados o su rostro "poco agraciado", como decían algunos, importaban en lo absoluto.
Luego de saludarse, ambas se acomodaron en la sala, donde los rayos de sol se colaban por los ventanales, iluminando los rostros de ambas amigas con un dorado tibio. Sin embargo, mientras Madison dejaba su bolso a un lado y se sentaba cómodamente, Alina comenzó a hablar con entusiasmo, relatando cosas íntimas que solo una verdadera amiga puede saber. De esa manera Madison la escuchaba, sonriendo genuinamente, pero no podía evitar que su mirada buscara en vano la presencia que tanto deseaba: Rowan Porcter, el hermano de su mejor amiga.
Ella llevaba años enamorada de él en silencio. No como un amor adolescente y pasajero, sino como uno profundo y silencioso, que había crecido entre suspiros discretos y observaciones a distancia. Rowan era el tipo de hombre que parecía moverse siempre con un brillo propio, rodeado de mujeres hermosas y la vida de fiestas interminables, sin notar jamás la existencia de alguien como Madison y ella lo sabía. Había aprendido a resignarse y a permanecer en las sombras de su propio mundo.
- ¿Jose? - habló Alina sacándola de sus pensamientos - ¿Me estabas escuchando?
- Claro... sí, te estaba escribiendo - respondió, un poco sonrojada - Es solo que una idea vino a mi mente y me distraje un segundo.
- Está bien, no importa - contestó Alina.
Las horas pasaban mientras ellas conversaban sobre trivialidades, recuerdos compartidos y planes futuros. Madison se sentía cómoda en ese momento, pero la tensión volvía cada vez que el nombre de Rowan aparecía. Sabía que Alina lo amaba a su manera, pero también entendía la frustración de su amiga por no poder cambiar la actitud de su hermano. Él ciertamente era mayor que ella por cuatro años al igual que yo, pero si vida de libertinaje no le traerá nada bueno.
Ese día, sin embargo, había algo más en el ambiente, algo demasiado fuerte: el señor Carlos Procter, padre de Alina y Rowan, parecía visiblemente molesto a pesar de ser un hombre bastante tranquilo. Su ceño fruncido y la manera en que recorría el jardín con pasos firmes indicaban que algo lo tenía irritado y pocas veces Madison lo había visto de esa manera.
- Hola, niñas ¿Todo bien por aquí? - pregunto tranquilamente mientras las saludaba a ambas.
- Todo bien papá ¿Sucede algo?
- Nada malo mi vida ¿Has visto a tu hermano? No lo encuentro por ningún lado.
- No sé nada de él, papá -dijo Alina, alzando los hombros mientras seguía a su padre con la mirada - Ha estado desaparecido todo el día.
- Desaparecido es lo menos que podrías esperar de él -resopló el señor Carlos, cruzando los brazos - Ese muchacho no tiene cabeza ni control sobre sí mismo y si no aparece pronto, voy a tener que encontrarlo yo mismo.
Madison sintió un pequeño nudo en el estómago al escuchar esas palabras. La preocupación de Alina era palpable, y aunque deseaba acercarse para ofrecer consuelo, algo en ella siempre la detenía. Rowan nunca le había dirigido la palabra a Madison en los años de conocerlo, ni siquiera en las ocasiones en que ella había estado frente a él. La idea de interponerse parecía inútil, incluso dolorosa tan solo por preocuparse.
Finalmente, después de media hora, cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás de los edificios lejanos de la ciudad y la tarde se volvía un poco más fresca, el momento esperado -y temido- llegó. La puerta principal se abrió de golpe y un olor a alcohol se coló hasta el jardín.
Rowan apareció en el umbral, irreconocible, con la ropa arrugada y el rostro marcado por un golpe reciente. Su cabello revuelto y la mirada turbia indicaban claramente que la noche había sido más violenta que cualquier fiesta, haciendo que Madison contuviera el impulso de acercarse. Sus dedos querían rozar su brazo, su corazón deseaba preguntarle si estaba bien, pero sabía que no era su deber hacer eso. La única persona que parecía poder intervenir era Alina, y Madison se limitó a observar desde la distancia, sintiendo una mezcla de pena y frustración.
Alina corrió hacia su hermano con preocupación visible y ese solo esquivó su acercamiento cuando esta quiso tocarle la herida.
- ¡Rowan! ¿Qué te pasó? - preguntó, mientras él solo guardaba silencio.
Sin embargo, antes de que Madison pudiera dar un paso más o él pudiera decir algo, el señor Carlos irrumpió en el jardín con su figura imponente y furiosa visible. Su voz cortó el aire con la precisión de un látigo y todos se sorprendieron:
- ¡Rowan! - gritó - Ven conmigo ahora mismo al despacho. Hay algo que tengo que discutir contigo.
El joven titubeó, y por un momento pareció querer responder, pero finalmente cedió. Con la mirada esquiva y un leve temblor en todo su cuerpo debido al alcohol, siguió a su padre, dejando a Alina detrás, aún preocupada, y a Madison en silencio, observando cómo su sueño imposible de ser vista por él continuaba siendo inalcanzable. De esa manera mientras Rowan desaparecía detrás de la puerta del despacho, Madison suspiró y fue un suspiro que contenía toda la frustración, la resignación y el cariño que llevaba años ocultando. La tarde terminaba con la misma sensación de impotencia que tantas otras veces; ya que estar cerca de la persona que amas sin que él siquiera note tu presencia es asfixiante.
Madison recogió su bolso, y antes de despedirse de Alina, le ofreció una sonrisa sincera. Su amiga no merecía menos que eso y ella lo sabía.
- Gracias por invitarme, Ali. Pasé un buen día contigo -dijo, aunque su corazón seguía latiendo con fuerza por la escena que acababa de presenciar.
Alina le sonrió, intentando transmitirle que todo estaría bien, pero Madison sabía que, por más días que pasaran juntas, por más conversaciones y confidencias compartidas, Rowan siempre permanecería en su mundo... y ella, inevitablemente, en el suyo propio, un lugar invisible para el único hombre que había logrado despertar algo más que simples emociones pasajeras.
Al salir de la casa, la brisa fresca de la tarde la envolvió, llevándose consigo el olor a alcohol, a fiesta y a problemas que no eran suyos. Sin embargo, la sombra de Rowan, golpeado, apestando a excesos y bajo la mirada furiosa de su padre, permanecería grabada en su mente mucho después de que la puerta se cerrara tras ella.
Madison Montenegro regresaba a su mundo de soledad amable y esperanza silenciosa, mientras la casa de Alina quedaba atrás, testigo de una tarde más en la que la distancia entre ella y el hombre que amaba parecía insalvable.
Capítulo 2 – El Juicio del Despacho
El despacho de la familia Procter siempre había sido un lugar imponente, con muebles de caoba pulida que reflejaban la luz de los ventanales y paredes adornadas con cuadros de generaciones pasadas. Allí, el silencio tenía peso propio sobre las palabras; cada objeto parecía observar y cada sombra parecía juzgar lo que habías hecho.
En total silencio y olvidándose del mundo exterior, Rowan cerró la puerta detrás de él, sintiendo cómo la tensión llenaba el espacio casi de inmediato. Su padre, el señor Carlos Procter, permanecía de pie junto al escritorio, con los brazos cruzados y la mirada fija en él. Era obvio que su padre no se encontraba feliz y el joven titubeó tan solo un momento.
Por primera vez en años se sintió pequeño, vulnerable ante la autoridad que siempre había evadido con sonrisas y bromas sin sentido, pero tras unos segundos que parecieron eternos, rompió el silencio:
- ¿Qué... qué pasa, papá? -preguntó, intentando ocultar el temblor de su voz con una falsa seguridad - Esta tarde intenté pagar con mis tarjetas y me dijeron que estaban bloqueadas ¿Hay algún problema?
Su padre no respondió de inmediato a sus preguntas. Este solo lo miró con la calma que precede a la tormenta, pero con una intensidad que hacía que Rowan sintiera cada palabra antes de que fuera pronunciada. Finalmente, elevando ligeramente la voz, replicó con ironía sin perder la autoridad.
- ¿Qué pasa? ¿Tú me estás preguntando qué pasa?
Rowan tragó saliva. El tono de su padre, tan grave y al mismo tiempo cortante, le hizo comprender que no había espacio para bromas ni evasiones.
- Papá... - intentó una vez más - no entiendo...
- No entiendes, Rowan, porque nunca has querido entender y a veces siento que te haces el estúpido solo porque sí -interrumpió Carlos, caminando lentamente hacia él, con pasos firmes que resonaban sobre la alfombra - Yo cancelé todas tus tarjetas de crédito para hacerte regresar y mira nada más cómo llegaste a esta casa. No eres más que un desastre andante, golpeado, apestando a alcohol... y, además, gastando el dinero de la familia como si fuera infinito ¿Hasta cuándo vas a jugar con tu vida y la de los demás? - su voz se elevó, cortante y tajante - ¡Por una vez en tu vida, exige responsabilidad de ti mismo!
Rowan, con una sonrisa nerviosa, intentó quitarle hierro al asunto, pero al parecer no se daba cuenta de que el terreno dónde estaba era frágil.
- Vamos, papá, todavía soy joven y no puedes hacerme regresar a casa cancelando mis tarjetas.
Carlos al fin estalló y no era una explosión desmedida, sino una liberación controlada de toda la frustración contenida durante años.
- ¡Joven! - gritó - ¿Te crees joven? ¡Casi tienes veintiséis años, Rowan! Además ¿Crees que puedes vivir sin esfuerzo, sin consecuencias y sin responsabilidad alguna? - se acercó Carlos a él hasta quedar frente a frente - Pues déjame decirte que te equivocas. Desde hoy, aprenderás a ganarte el dinero con tu propio esfuerzo y no habrá más tarjetas de crédito. No habrá más flujo de efectivo sin control y mucho menos algo de lo que antes te di a manos llenas. De ahora en adelante, trabajarás como todos los demás para sustentar tu vida y si no consigues un trabajo pronto sufrirás las consecuencias.
Rowan quedó paralizado al escuchar eso, con los ojos abiertos de par en par sin saber si debía reír o enfurecerse. Aquello lo tomó completamente por sorpresa, pero algo tenía que hacer para hacerle cambiar de opinión.
- Papá, lo que me exiges es demasiado, no puedes estar hablando en serio -murmuró, con la voz quebrándose un poco - ¡No puedes hacerme esto!
Carlos lo miró con la dureza de un hombre que sabía que estaba haciendo lo correcto por su propio bien, aunque ahora su hijo no pudiera verlo.
- No es demasiado, Rowan. Más bien es lo que deberías de haber aprendido hace años, pero dejé que tu madre te consintiera demasiado. Ahora gracias a eso eres un bueno para nada, incapaz de manejar tu propia vida correctamente. Cuando yo tenía tu edad, ya dirigía la empresa familiar y me hacía cargo de su prosperidad. Sin embargo, tú... tú apenas puedes sostenerte sin ayuda, y miras con superioridad a los que trabajan y luchan mientras tú derrochas lo que otros han construido.
- ¡Pero...! - Rowan intentó protestar, con el rubor de la indignación mezclado con incredulidad en su rostro - ¡Estás exagerando! Esto es completamente innecesario...
- Yo no lo veo de esa forma y no voy a cambiar de opinión -respondió Carlos, con una calma que parecía absorber toda la energía de la sala - Todo lo que has conocido hasta hoy, Rowan, ha sido un regalo que ha alimentado tus vicios y esos vicios te han hecho un hombre que podría desaparecer del mundo sin que nadie notara su ausencia. Es por eso que todo termina hoy y esa es mi última palabra.
El joven respiró con dificultad al verse sin salida. Su mundo, hasta entonces garantizado y protegido por el dinero y la indulgencia de su padre, se desmoronaba ante él. La idea de tener que buscarse la vida, de ganar dinero por sí mismo, de enfrentarse a la realidad que siempre había evitado, le resultaba aterradora e innecesaria.
- Papá... yo... - intentó de nuevo, con voz temblorosa - No puedo...
Carlos permaneció inmutable. Su mirada no vaciló, y sus palabras, frías, pero firmes, no dejaban lugar a discusión:
- Sí puedes y lo harás. Tal vez hoy sientas que te estoy quitando todo, pero en realidad te estoy dando la única oportunidad que jamás has tenido. Esa es la de convertirte en un hombre de verdad para que dejes atrás al inútil que eres.
Rowan giró sobre sus talones y salió de la oficina de su padre con pasos pesados, respirando con fuerza y con el corazón latiendo con un ritmo que parecía golpear su pecho desde dentro. La puerta se cerró tras él con un portazo que resonó en toda la mansión y asustó a más de un empleado.
Mientras el joven recorría el pasillo hacia su habitación, lleno de ira y con la frustración ardiendo en cada músculo de su cuerpo, Carlos permaneció en su despacho, sin alterarse por la reacción de su hijo. Sabía que esto era necesario. Que cada golpe de realidad era una lección que Rowan había necesitado durante años y no se arrepentía. No lo hacía porque un hombre que depende del dinero fácil, que evade responsabilidades y se hunde en sus excesos, nunca será un hombre de provecho.
Carlos Procter, con toda la paciencia y severidad de su carácter, estaba decidido a que su hijo entendiera esa verdad, aunque le doliera más que cualquier golpe físico.
El despacho volvió a su silencio habitual. Solo con el tic-tac del reloj sobre la pared marcaba el paso del tiempo, un recordatorio constante de que la vida no espera a los irresponsables, y que cada decisión tenía sus consecuencias por más dolorosas que fueran.