El ático de los Moretti no era un hogar; era un monumento al éxito y una morgue para el corazón de Clara. Las paredes, revestidas de mármol veteado y obras de arte abstracto que costaban más que la educación de una persona promedio, proyectaban un eco constante. Cada paso de Clara sobre el suelo de porcelana resonaba como un recordatorio de su soledad.
Esa tarde, el cielo de la ciudad se había teñido de un gris plomizo, presagiando una tormenta que parecía atrapada en el ambiente, igual que el aire pesado entre ella y su marido.
Sebastian Moretti estaba de pie frente al ventanal que abarcaba de suelo a techo. De espaldas a ella, su figura recortada contra las nubes lo hacía parecer un titán de la industria, alguien hecho de piedra y ambición. No se había quitado la chaqueta del traje, a pesar de que eran pasadas las siete de la tarde. En Sebastian, la relajación era un concepto desconocido; él siempre estaba listo para una batalla o una adquisición.
-Solo falta tu firma, Clara. No hagamos esto más largo de lo necesario -dijo él, sin volverse.
Su voz era profunda, aterciopelada, pero cortante. Era la misma voz que utilizaba para cerrar tratos multimillonarios en Singapur o Londres. Clara, sentada a la mesa de caoba de la biblioteca, sintió que el frío del mármol se le filtraba por los huesos. Frente a ella, los documentos del divorcio estaban extendidos como una sentencia de muerte.
El precio de un rescate
Clara observó el encabezado: Convenio de Disolución Matrimonial. Sus dedos temblaron ligeramente al rozar el papel. Tres años atrás, ella había entrado en este mismo despacho para firmar otro documento: el contrato matrimonial. En aquel entonces, su padre estaba al borde de la quiebra y la cárcel. Sebastian Moretti, el joven tiburón que estaba devorando el mercado inmobiliario, ofreció un salvavidas, pero con una condición estética: necesitaba una esposa que proyectara una imagen de estabilidad y linaje para calmar a los inversores más conservadores de Europa.
Ella aceptó, creyendo ingenuamente que podría derretir el hielo. Se equivocó.
-Tres años -susurró Clara, con la voz quebrada-. Tres años resumidos en una cláusula de confidencialidad y una compensación económica que no pedí. ¿Es esto lo que somos para ti, Sebastian? ¿Un activo que ha terminado de depreciarse?
Sebastian se giró lentamente. Sus ojos, de un gris tormentoso, la recorrieron con una frialdad que dolió más que un golpe físico.
-Fue un trato, Clara. No me mires como si te hubiera engañado. Fuiste muy consciente de los términos desde el primer día. Tu padre mantuvo su empresa y su prestigio, y yo obtuve la paz necesaria para expandir mi imperio. El contrato ha expirado. El mercado ha cambiado. Ambos somos libres.
"Libres". La palabra golpeó a Clara con la fuerza de un insulto. Él hablaba de libertad como si ella fuera una carga de la que finalmente se despojaba.
-¿Libres? -Clara se puso de pie, su silla chirriando contra el suelo-. Tú nunca has dejado de ser libre, Sebastian. Has vivido como si yo no existiera, entrando y saliendo de esta casa como si fuera un hotel, tratándome como a una empleada de lujo que solo servía para lucir joyas en las galas benéficas.
-Hiciste un trabajo excelente, Clara. Nadie duda de tu elegancia -respondió él con una ironía sutil que la hizo arder de rabia.
La noche del "error de cálculo"
Clara apretó los puños. Quería gritarle. Quería recordarle la noche de hace seis meses, cuando una tormenta similar a esta los dejó atrapados en la mansión de la costa. Recordaba el sabor del whisky en sus labios, el calor inusual de sus manos sobre su cintura y la forma en que él había susurrado su nombre contra su cuello, perdiendo por fin el control. Esa noche, ella se entregó con la esperanza de que, bajo la piel del CEO implacable, latiera un corazón humano.
Pero al amanecer, el hielo había regresado. Sebastian se había levantado antes del alba, vistiéndose en silencio, y solo le envió un mensaje de texto horas después diciendo que "lo de anoche fue una indiscreción causada por el estrés". Un error de cálculo. Una anomalía en el sistema.
-Firma -insistió él, señalando el papel con un gesto impaciente-. Mi vuelo a Milán sale en una hora. No quiero dejar asuntos pendientes en el país.
Clara tomó la pluma. La tinta negra fluyó sobre el papel, sellando el final de su vida como la Señora Moretti. Al terminar, dejó la pluma con un golpe seco.
-Ya está. Tienes lo que querías. Espero que tu imperio te dé el calor que nunca permitiste que yo te diera.
Sebastian no parpadeó, aunque una pequeña fibra en su mandíbula se tensó.
-Cuando vuelva el lunes, espero que tus cosas ya no estén en la mansión -dijo él, volviendo a mirar su reloj de pulsera-. Mi abogado recogerá las llaves. Te he dejado una propiedad en el centro a tu nombre. Es más de lo que estipulaba el contrato original.
-Quédate con tu propiedad, Sebastian -espetó ella, sintiendo las lágrimas agolparse en sus ojos-. Para cuando vuelvas, seré un fantasma en esta casa. Tal como me has tratado todo este tiempo.
El rugido del destino
Clara salió de la biblioteca a zancadas, cruzando el enorme salón sin mirar atrás. Necesitaba aire, necesitaba escapar de la fragancia a sándalo y poder que emanaba de él. Bajó al garaje, subió a su coche y arrancó el motor con un rugido que descargó parte de su frustración.
Mientras tanto, en el ático, Sebastian se acercó a la mesa para recoger los documentos. Al moverlos, descubrió una pequeña fotografía que Clara había llevado consigo, quizá como un último intento de recordarle quiénes eran. Era una foto de su boda. En ella, Clara sonreía a la cámara con una vulnerabilidad que ahora, tres años después, Sebastian encontraba extrañamente perturbadora. Él, en cambio, aparecía rígido, como una estatua.
Sebastian dejó la fotografía sobre la mesa, pero el rostro de Clara -esa mezcla de dignidad herida y tristeza profunda- se quedó grabado en sus pupilas. De repente, el ático, su santuario de orden y control, le pareció asfixiante.
-Maldita sea -gruñó para sí mismo.
No podía dejar que ella se fuera así. No era por amor, se dijo a sí mismo, sino por eficiencia. No quería que ella cometiera una imprudencia que terminara en la prensa. Agarró las llaves de su deportivo y bajó al garaje con pasos largos. Vio las luces traseras del coche de Clara desaparecer por la rampa de salida.
Sebastian arrancó y salió tras ella. La lluvia era una cortina sólida que devoraba la visibilidad. El tráfico de la ciudad era un caos de luces rojas y reflejos sobre el asfalto inundado. La vio dos coches por delante, conduciendo con una errática lentitud que delataba su estado emocional.
Él aceleró, queriendo alcanzarla en el próximo semáforo para obligarla a detenerse, para decirle que regresara a casa hasta que escampara. Estaba marcando su número en el manos libres cuando ocurrió.
Un camión de carga, cuyo conductor luchaba contra el hidroplaneo, derrapó en la intersección lateral. Clara, milagrosamente, logró frenar a tiempo, dejando que el gigante de acero pasara a escasos centímetros de su parachoques. Pero Sebastian, que venía con más velocidad intentando darle alcance, no tuvo la misma suerte.
El camión bloqueó toda la vía. Sebastian pisó el freno a fondo, pero el deportivo se convirtió en un trineo de metal sobre el agua.
El impacto fue seco, ensordecedor. El morro del coche de Sebastian se hundió bajo el remolque del camión. La bolsa de aire estalló en un fogonazo blanco, pero no antes de que la cabeza de Sebastian golpeara violentamente contra el pilar lateral.
Clara, desde su coche, escuchó el estruendo. Miró por el retrovisor y el corazón se le detuvo. Reconoció el modelo, la matrícula, la silueta destrozada del hombre que acababa de decirle que era libre.
-¡Sebastian! -el grito murió en su garganta mientras abría la puerta de su coche, corriendo bajo la lluvia hacia el amasijo de hierros.
Tres horas después: El Hospital Central
Clara estaba sentada en la sala de espera, con la ropa aún húmeda y las manos manchadas de una mezcla de aceite y la sangre de su marido. Los papeles del divorcio, olvidados en su coche, estaban empapados; la tinta de sus firmas se había corrido hasta volverse ilegible.
El cirujano salió finalmente, quitándose la mascarilla. Su rostro era una máscara de cansancio profesional.
-¿Señora Moretti? Su esposo está estable. El golpe fue severo y hubo una pequeña hemorragia subdural que hemos logrado controlar. Físicamente, se recuperará.
Clara soltó un suspiro que fue casi un sollozo.
-Gracias a Dios. ¿Puedo verlo? ¿Me reconocerá?
El doctor dudó, una sombra cruzó sus ojos.
-Puede verlo, pero hay algo que debe saber. El traumatismo ha afectado áreas específicas de la memoria reciente. Sebastian ha despertado hace unos minutos. Está orientado en espacio, sabe quién es él... pero parece haber un vacío importante.
-¿Un vacío? -preguntó Clara, sintiendo un escalofrío.
-Cree que estamos en el año 2023. No recuerda nada de los últimos tres años, señora Moretti. Para él, el contrato que firmó con su padre, su ascenso a CEO global y... -el médico hizo una pausa incómoda- su matrimonio con usted, simplemente no han sucedido.
Clara se tambaleó. Los tres años de dolor, de amor secreto, de indiferencia y de aquel encuentro apasionado hace seis meses... todo había sido borrado de la mente de la única otra persona que los había vivido.
-Él no sabe que soy su esposa -susurró ella.
-En este momento, la confusión podría causarle una crisis hipertensiva peligrosa. Mi consejo, al menos por las próximas 48 horas, es que no lo fuerce. Si él no la reconoce, no intente explicarle toda su historia de golpe. Deje que su cerebro se asiente.
Clara caminó hacia la habitación 402. Sus manos temblaban al abrir la puerta. Sebastian estaba sentado en la cama, con un vendaje rodeando su frente. Al escuchar el ruido, levantó la vista.
Ya no había frialdad en sus ojos. No había impaciencia. Había una curiosidad pura, casi infantil, y algo que Clara no había visto en años: una chispa de admiración.
-Hola -dijo Sebastian, con la voz ronca pero suave-. Siento si parezco perdido, pero el doctor dice que he tenido un accidente. ¿Trabajas para mí? Eres... eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida, pero no logro ubicar tu nombre en mi agenda.
Clara sintió que el mundo se detenía. El hombre que la había echado de casa hacía tres horas ahora la miraba como si fuera un milagro. Los papeles del divorcio ya no importaban; en la mente de Sebastian, ellos nunca se habían casado.
Ella tragó saliva, mirando el anillo de bodas que aún llevaba puesto y ocultando su mano tras la espalda.
-Soy... Clara -dijo ella, con el corazón martilleando contra sus costillas-. Y sí, Sebastian. Podría decirse que "cuido" de tus asuntos más personales.
El silencio de la habitación de hospital era interrumpido únicamente por el rítmico pitido del monitor cardíaco. Para Clara, ese sonido marcaba el pulso de una realidad que se acababa de fracturar. Frente a ella, el hombre que le había exigido el divorcio con la frialdad de un verdugo la observaba ahora con una intensidad que la hacía sentir desnuda.
-Clara... -repitió Sebastian, saboreando el nombre como si fuera la primera vez que lo pronunciaba-. Es un nombre precioso. ¿Llevas mucho tiempo trabajando para mí?
Clara apretó los puños ocultos tras su espalda. El roce del diamante de su anillo de bodas contra su propia piel se sentía como una quemadura.
-Tres años, Sebastian -respondió ella, técnicamente diciendo la verdad-. He estado a tu lado durante los últimos tres años.
Él frunció el ceño, una sombra de frustración cruzando sus facciones perfectas. Se llevó una mano a la sien vendada, cerrando los ojos con fuerza.
-Tres años borrados. Es como si alguien hubiera arrancado las páginas de un libro. Recuerdo la adquisición de las torres en Singapur, recuerdo el nombramiento como CEO... pero después de eso, hay una neblina. Y tú no estás en esa neblina, Clara. Estás aquí, frente a mí, y me resulta imposible creer que hubiera olvidado a alguien como tú.
Sebastian la recorrió con la mirada. No era la mirada gélida del marido que la ignoraba en la mesa del desayuno; era la mirada de un depredador que acababa de descubrir una presa fascinante. Sus ojos grises se detuvieron en los labios de Clara, que temblaban ligeramente, y luego en su ropa húmeda y manchada.
-Estás temblando -dijo él, con una nota de preocupación que le resultó a ella casi dolorosa-. Y estás empapada. Por Dios, ¿estabas en el accidente conmigo?
-Iba en el coche de atrás -mintió ella parcialmente, acercándose un paso a la cama-. Te vi chocar. Llamé a la ambulancia.
Sebastian extendió una mano hacia ella. Fue un gesto automático, cargado de una calidez que él nunca se permitía. Clara dudó, pero finalmente dejó que sus dedos rozaran los de él. La descarga eléctrica fue inmediata. Él no la soltó; envolvió su mano pequeña con la suya, tirando suavemente de ella hacia el borde del colchón.
-Gracias por salvarme -susurró él. Su voz era un ronquido bajo que vibró en el pecho de Clara-. Prometo que te compensaré. A partir de ahora, no te separarás de mi lado. Necesito a alguien en quien confiar, y por alguna razón que no puedo explicar, mi instinto me dice que tú eres la única persona real en este hospital.
El regreso a la mansión de cristal
Dos días después, el alta médica fue concedida bajo estrictas condiciones. El neurólogo fue claro con Clara en el pasillo: "Cualquier shock emocional fuerte podría provocar una recaída o daños permanentes. Mantengan el entorno familiar, pero no lo presionen con recuerdos que su cerebro ha decidido bloquear por trauma".
Clara aceptó el reto con una mezcla de pavor y esperanza. Al llegar a la mansión Moretti, el lugar que ella estaba a punto de abandonar para siempre, Sebastian se detuvo en el gran vestíbulo de mármol.
-Es... más grande de lo que recordaba -comentó él, mirando a su alrededor con extrañeza-. Y hay algo diferente. No se siente como la casa de un soltero.
Clara contuvo el aliento. En cada rincón había huellas de su presencia: los jarrones con flores frescas que a ella le gustaban, los libros de poesía en la mesa de centro, el suave aroma a vainilla y sándalo que ella había elegido para el hogar.
-Has hecho algunas reformas en estos años -dijo ella, guiándolo hacia el salón principal-. Querías un lugar que reflejara tu éxito.
-¿Y tú dónde te alojas, Clara? -preguntó él, girándose hacia ella con una ceja arqueada-. Como mi asistente personal "residente", supongo que tienes una habitación cerca de la mía.
El corazón de Clara dio un vuelco. La habitación de invitados estaba en el ala opuesta, pero su verdadera habitación -la que compartían legalmente, aunque él rara vez la usara para dormir- estaba conectada a la suite principal.
-Estoy en la habitación contigua a la tuya -respondió ella, bajando la vista-. Para estar disponible si me necesitas durante la noche.
Sebastian se acercó a ella, invadiendo su espacio personal. El olor a hospital se había ido, reemplazado por su aroma natural, ese que a Clara la volvía loca. Él levantó una mano y, con una delicadeza que la dejó sin aliento, apartó un mechón de cabello de su cara.
-Tengo la sensación de que te necesito mucho más de lo que sugieren los informes médicos, Clara. Siento que... que hay una conexión entre nosotros que mis papeles no mencionan. ¿Hay algo que no me estés diciendo?
La tensión erótica en el aire era tan espesa que podía cortarse. Sebastian la miraba con un hambre cruda, sin las barreras sociales o el orgullo que antes lo hacían tan distante. En este estado amnésico, su atracción por ella era instintiva, animal.
-Solo soy tu asistente, Sebastian -mintió ella, aunque sus ojos gritaban lo contrario-. Tu recuperación es lo único que importa ahora.
-Entonces, como mi asistente, ayúdame a quitarme esta camisa -dijo él, con una sonrisa ladeada que nunca le había dirigido en tres años de matrimonio-. Me duele el hombro y necesito ducharme. Supongo que ya me has visto en situaciones peores si llevas tres años conmigo, ¿no?
Clara lo ayudó a subir a la suite principal. Cada movimiento era una tortura de deseo y culpa. Al entrar en el dormitorio, Sebastian se sentó en el borde de la cama, la misma cama donde hace seis meses se habían entregado el uno al otro en una noche de pasión que él luego llamó "error".
Ella se arrodilló frente a él para desatar sus zapatos. Sus dedos rozaron sus tobillos y sintió cómo Sebastian se tensaba. Cuando se puso de pie para desabotonar su camisa, él mantuvo la vista fija en su rostro.
A medida que los botones se deslizaban, el torso esculpido de Sebastian quedó al descubierto. Tenía algunos hematomas del accidente, pero seguía siendo el hombre más imponente que Clara había conocido. Al llegar al último botón, las manos de Sebastian se posaron sobre las de Clara, deteniéndola.
-Tienes las manos frías, Clara -dijo él en voz baja-. Y tus ojos están llenos de una tristeza que no entiendo. Si solo soy tu jefe, ¿por qué parece que te duele mirarme?
-Es el cansancio, Sebastian -susurró ella, intentando apartarse, pero él la atrajo más hacia el hueco de sus piernas.
-Mírame -ordenó él, con esa autoridad natural que no había perdido-. No sé quién era el Sebastian de hace tres años. No sé si era un hombre duro o un idiota. Pero el hombre que soy hoy, el que acaba de despertar, no puede dejar de pensar en por qué una mujer como tú no está casada con alguien que la venere.
Clara sintió una lágrima traicionera resbalar por su mejilla. La ironía era cruel: el hombre del que se había enamorado finalmente le decía las palabras que siempre quiso oír, pero solo porque no sabía quién era ella.
Sebastian estiró el cuello y, antes de que Clara pudiera reaccionar, presionó sus labios contra la mejilla de ella, recogiendo la lágrima. El contacto fue suave, casi casto, pero cargado de una promesa eléctrica.
-No te vayas esta noche -pidió él contra su piel-. Quédate cerca. Tengo miedo de que, si me duermo y tú no estás, me despierte en un mundo donde no existes.
Clara asintió, incapaz de hablar. Sabía que estaba entrando en un laberinto sin salida. Estaba seduciendo a su propio marido bajo una identidad falsa, redescubriendo al hombre que amaba mientras construía una mentira que, tarde o temprano, estallaría en mil pedazos.
El silencio de la mansión Moretti nunca había sido tan ruidoso. Para Clara, cada paso sobre el mármol del vestíbulo resonaba como una acusación. Había regresado al lugar del que juró escapar, pero no lo hacía como la esposa despreciada, sino como una sombra, una intrusa en su propia vida.
Sebastian caminaba a su lado con una lentitud inusual. Sus ojos grises, que antes escaneaban las habitaciones buscando imperfecciones o informes financieros, ahora vagaban por las paredes con la curiosidad de un niño que visita un museo por primera vez. Se detuvo frente a un gran jarrón de porcelana Ming que Clara había colocado en el nicho del pasillo hacía un año.
-Esto es nuevo -murmuró él, acariciando el borde del jarrón-. Bueno, "nuevo" para mí. Es extraño, Clara. Siento que reconozco la estructura de esta casa, pero el alma de la decoración me resulta... ajena. Menos rígida de lo que recordaba de mis veintitantos.
Clara tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
-Has cambiado mucho en estos tres años, Sebastian. Tus gustos se volvieron más... humanos.
Él se giró hacia ella, atrapando su mirada.
-¿Fueron cambios míos, o fueron tuyos? -preguntó con una perspicacia que la hizo temblar.
-Yo solo seguía tus instrucciones -mintió ella, bajando la vista.
El peso de la piel
Subieron a la planta superior. Al llegar a la suite principal, el aire pareció espesarse. Esta era la habitación donde el matrimonio Moretti había muerto lentamente en el silencio de una cama demasiado grande. Pero para el Sebastian actual, era un territorio virgen que deseaba explorar con la mujer que lo guiaba.
-El médico dijo que debo descansar, pero mi mente va a mil kilómetros por hora -dijo él, sentándose en el borde de la cama king-size. Se llevó las manos a la corbata, forcejeando con el nudo con una frustración creciente. Sus dedos, aún algo torpes por la medicación, no lograban liberarlo-. Maldita sea.
-Déjame ayudarte -se ofreció Clara antes de que su cerebro pudiera procesar las consecuencias.
Se acercó y se colocó entre sus piernas abiertas. Era una posición de una intimidad devastadora. Clara podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Sebastian, el aroma a sándalo y a limpieza que siempre la había embriagado. Sus dedos, expertos tras años de vestir y desvestir las expectativas de este hombre, deshicieron el nudo de seda con agilidad.
Sebastian no le quitaba los ojos de encima. Estaba tan cerca que ella podía ver las pequeñas motas plateadas en sus iris. De repente, él le rodeó las muñecas con las manos. No fue un gesto brusco, sino una caricia firme.
-Tiemblas cada vez que me tocas, Clara -susurró él. Su voz era una vibración baja que parecía recorrer la columna de ella-. ¿Te doy miedo? ¿Era un jefe tan terrible?
-No me das miedo -respondió ella, con la voz apenas por encima de un susurro-. Es solo que... han sido días difíciles. El accidente, el hospital... casi te perdemos.
-"Casi te perdemos" -repitió él, saboreando el plural-. Me gusta cómo suena eso. Como si yo te importara más de lo que admite un contrato laboral.
Sebastian soltó sus muñecas solo para deslizar sus manos hacia arriba, por sus brazos, hasta acunar su rostro. Clara cerró los ojos, entregándose por un segundo al contacto que tanto había anhelado durante su frío matrimonio. El Sebastian de antes nunca la habría tocado así, con esa mezcla de asombro y reverencia.
-Clara, mírame -pidió él. Ella obedeció-. Siento que hay una pared de cristal entre nosotros. Estás aquí, estás conmigo, pero parece que estás guardando un luto por alguien que todavía está vivo. ¿Quién era yo para ti antes del accidente?
La pregunta fue como un puñal. Eras mi marido. Eras mi verdugo. Eras el hombre por el que lloraba hasta quedarme dormida.
-Eras... un hombre muy ocupado -logró decir-. Alguien que no solía detenerse a mirar a las personas a su alrededor.
Sebastian sonrió con amargura, una expresión que suavizó sus facciones.
-Entonces el accidente fue un regalo. Porque ahora no puedo dejar de mirarte.
La danza de la seducción y la mentira
Él se puso de pie, obligándola a retroceder un paso, pero no rompió el contacto visual. Empezó a desabotonarse la camisa, revelando el torso atlético y marcado por la disciplina del gimnasio y, ahora, por algunos hematomas purpúreos del impacto. Clara intentó apartar la vista, pero la mano de Sebastian encontró la suya y la colocó directamente sobre su pecho, justo encima del corazón.
El latido era fuerte, rítmico, acelerado.
-Siente esto -dijo él-. No recuerda los últimos tres años, pero sabe que reacciona a ti. No necesito mi memoria para saber que te deseo, Clara. No sé si teníamos un romance secreto o si yo era demasiado estúpido para notar lo que tenía delante, pero quiero que sepas que no pretendo seguir siendo ese hombre ciego.
Clara sintió una oleada de deseo eléctrico que la dejó sin aliento. El juego se estaba volviendo peligroso. Estaba seduciendo a su propio esposo, un hombre que legalmente poseía su cuerpo pero que, emocionalmente, era un desconocido. La ironía era deliciosa y cruel: para que Sebastian la amara, él tenía que olvidar quién era ella.
-Sebastian, no deberíamos... Estás convaleciente -intentó protestar, aunque sus dedos se curvaron inconscientemente sobre su piel cálida.
-Estoy vivo -replicó él, acortando la distancia hasta que sus labios rozaron la frente de ella-. Y por primera vez en lo que parece una eternidad, me siento despierto. Quédate conmigo esta noche. No como una asistente. Solo... quédate.
Él la guio hacia la cama. Clara sabía que debía negarse, que debía irse a la habitación de invitados y mantener la farsa profesional. Pero el hambre de ser tocada, de ser vista con esa intensidad, fue más fuerte que su sentido común. Se acostaron sobre las colchas de seda, vestidos, pero unidos por un magnetismo insoportable.
Sebastian se quedó dormido poco después, agotado por el esfuerzo mental, con su brazo rodeando la cintura de Clara como si temiera que ella se evaporara al amanecer.
Clara se quedó despierta, observando las sombras de los árboles bailar en el techo. Se sentía como una ladrona de momentos. Cada caricia que recibía de este "nuevo" Sebastian era un tesoro robado al pasado. Sin embargo, una duda gélida empezó a crecer en su pecho: ¿Qué pasaría cuando él recuperara la memoria? ¿La odiaría por haberlo engañado, por haber aprovechado su vulnerabilidad para vivir una fantasía?
O peor aún... ¿y si él nunca recordaba? ¿Podría ella vivir el resto de su vida siendo una extraña para el hombre que amaba, ocultando el anillo de bodas en un cajón mientras fingía ser la mujer que él acababa de conocer?
Alcanzó la mesita de noche y, con cuidado de no despertarlo, tomó su teléfono. Tenía tres llamadas perdidas del abogado de Sebastian. Los papeles del divorcio seguían en su coche, empapados de lluvia y olvidados por el mundo.
Por ahora, el contrato de olvido era el único que importaba.