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Contrato de amor: secretos y promesas

Contrato de amor: secretos y promesas

Autor: : Salej
Género: Urban romance
Clara Martins juró no volver a depender de nadie. Tras la muerte de su abuela, se dedicó en cuerpo y alma a la pequeña panadería que heredó en el centro de São Paulo, el único legado de una familia atormentada por las deudas. Pero cuando una traición inesperada amenaza con cerrar sus puertas para siempre, Clara recibe una propuesta indecente de quien menos esperaba: Enzo Albuquerque, el frío y millonario empresario al que odió amar en su juventud. Para salvar su imperio de una conspiración dentro de su propia familia, Enzo necesita la esposa perfecta, y Clara, con su dulce sonrisa y su reputación impecable, es la única que puede convencerlos de que es un hombre de familia. Un contrato de un año, sin sentimientos, sin escándalos... y sin secretos. Pero entre cenas forzadas, besos robados y noches de insomnio bajo el mismo techo, viejas heridas comienzan a sangrar, y una pasión que debería haber muerto reaviva con más fuerza que nunca. ¿El problema? Clara esconde más que solo dolor: lleva consigo una nueva vida que podría cambiar el rumbo. Y Enzo alberga un secreto que podría destruirlos antes de que este amor prohibido tenga una segunda oportunidad. Cuando la venganza, el orgullo y el deseo se entrelazan, incluso el contrato más férreo puede romperse. ¿Puede un corazón herido perdonar? ¿Y puede un hombre que nunca supo amar soltar el control para no perderlo todo de nuevo? Un matrimonio por contrato. Un bebé inesperado. Una segunda oportunidad que nadie creyó posible. "Contrato de Amor: Secretos y Promesas" te cautivará hasta la última página.

Capítulo 1 Pan de jengibre

Clara apretaba el sobre manila entre los dedos, como si pudiera cambiar lo que estaba a punto de suceder. El dulce aroma a pan de jengibre y café recién hecho impregnaba la pequeña habitación, mezclándose con el tenue aroma a glaseado de vainilla que aún llevaba en las manos. Tras el desgastado mostrador de madera, todo le parecía tan familiar que costaba creer que, en treinta días, ya no habría nada.

Respiró hondo, sintiendo un ardor en el pecho. El reloj de pared, heredado de su abuela, marcaba con cruel precisión. Sabía lo que contenía ese sobre. Lo supo desde el momento en que llegó el repartidor, sin atreverse a mirarla a los ojos.

"Vamos, Clara...", murmuró para sí misma mientras rasgaba el sello.

El papel se deslizó, pesado como el plomo. Las palabras saltaron como un puñetazo: aviso de desahucio. Fecha límite: treinta días para pagar la deuda o entregar las llaves. Alquiler atrasado, impuestos acumulados, costas judiciales.

El suelo pareció abrirse bajo sus pies. Tuvo que agarrarse al mostrador para no caerse. Todo lo que había luchado por mantener vivo durante los últimos tres años estaba a punto de desvanecerse, como si nunca hubiera existido.

Cerró los ojos. Y, como un susurro del pasado, volvió a ver a doña Amélia. Su abuela estaba allí, en su recuerdo, con un delantal floreado, manos firmes amasando sobre la encimera de mármol. Su rostro estaba curtido, pero su sonrisa siempre era juvenil.

"Clarinha, ven aquí. La masa requiere paciencia, amor y una pizca de fe. La receta nunca falla si el corazón está en el lugar correcto."

Clara era solo una chica con trenzas, arrodillada en un taburete para llegar al mostrador. Siempre fascinada por ver cómo la harina se transformaba en sueños, el azúcar en consuelo.

"Te lo prometí, abuela...", susurró, abriendo los ojos de nuevo a la panadería vacía. "Te prometí que me encargaría de esto. Y lo haré."

El sonido de la puerta al abrirse la sacó de su trance. ¿Una clienta? A esa hora de la tarde, casi no aparecía nadie. El timbre sonó débilmente, pero fue suficiente para recordarle que debía reaccionar.

"¡Buenas tardes!" Clara levantó la barbilla, conteniendo las lágrimas. Una sonrisa practicada, aunque nadie al otro lado podía ver la grieta que se abría en su interior.

Era doña Zuleide, la vecina de la calle de atrás. Había venido a recoger el pedido de pastel de cumpleaños de su nieta.

"¡Hola, querida!", dijo la mujer, apoyando su bastón en el mostrador. "¿Sigues aquí sola, eh? Tu abuela estaría orgullosa".

Esas palabras le resonaron. Clara se mordió el labio, forzando una sonrisa. Tomó la caja blanca decorada con un lazo rosa y la colocó delicadamente sobre el mostrador.

"Aquí está todo, doña Zuleide. Un kilo de chocolate puro relleno de brigadeiro, tal como me lo pidió".

"¿Y el secretito de abuela, no?", rió la anciana, apretando la mano de Clara. Solo tú podías evitar que esto muriera.

Clara apretó su mano arrugada entre las suyas, sintiendo el calor que tanto había echado de menos estos últimos días.

"No lo permitiré, Sra. Zuleide. Puede estar segura."

Recibió el pago en efectivo, contando cada billete, cada moneda. Aun así, no era más que una gota en un mar agujereado. Después de que su vecina se fuera, Clara apoyó la frente en el mostrador de mármol, tan fría como la realidad que la aplastaba.

Sonó el teléfono fijo, un timbre agudo que resonó en la pequeña habitación. Respiró hondo antes de contestar.

"¡Confeitaria Martins, buenas tardes!"

Al otro lado, silencio. Luego, una voz masculina, seca, directa.

"¿Sra. Clara Martins?"

"Sí."

"Soy Albuquerque & Andrade Advogados. Llamamos para confirmar la recepción de la orden de desalojo." La voz era impersonal, indiferente al dolor que causaron esas palabras. "Necesitamos programar la entrega de llaves si la deuda no se paga dentro del plazo legal." Clara sintió que la ira la invadía, quemándole la piel. No era solo una notificación. Era una sentencia. ¿Y quién estaba detrás de esa oficina? Todos lo sabían: la empresa dueña del edificio, la misma que había estado comprando propiedades en la calle para derribarlo todo y construir otro edificio de lujo.

"Pagaré hasta el último centavo", respondió, intentando mantener la voz firme. "No me lo van a sacar tan fácilmente."

"Señora, es su derecho intentarlo. Pero le aconsejamos que llegue a un acuerdo." Y la línea se cortó al instante.

Clara se quedó allí, con el teléfono pegado a la oreja, sintiendo el peso del mundo aplastar sus delgados hombros. Al otro lado del cristal empañado, el viejo cartel se mecía con el viento: Confeitaria Martins - Desde 1978. Un pedazo de historia familiar, un pedazo de ella misma. Aunque tenga que hacer fila en la calle para vender cada brigadeiro, cada rebanada de pastel, pagaré esta deuda.

Aunque tenga que tragarme el orgullo y pedir ayuda...

Cerró los ojos. La imagen de Enzo Albuquerque cruzó su mente como un cuchillo: traje impecable, sonrisa gélida, ojos que siempre sabían dónde golpear. El heredero de todo esto. El hombre que una vez fue casi suyo, y que ahora podía firmar su decreto de quiebra de un plumazo.

"No", murmuró a la habitación vacía, como si su abuela la escuchara. "No me arrodillaré ante él. Nunca más".

Tomó la escoba y barrió las migas invisibles del suelo. Ordenó los tarros de dulces y miró la caja registradora. Un pequeño gesto, pero suficiente para recordarse que aún era la dueña de este lugar. Mientras las puertas estuvieran abiertas, aún había esperanza.

Y, por mucho que el mundo intentara decirle lo contrario, Clara Martins ya no era esa chica asustada que se escondía tras el mostrador. Ahora era una mujer, y una mujer dispuesta a luchar hasta el último detalle.

Capítulo 2 Yo lo soluciono todo

El sonido del motor de un viejo autobús se tragó el silencio de la calle cuando Clara dobló la esquina. Caminaba deprisa, apretando el bolso contra el pecho, como si fuera suficiente para proteger las monedas que llevaba y su valor, que parecía menguar a cada paso.

Hacía calor, pero llevaba un abrigo ligero, intentando disimular la ropa manchada de harina. El azúcar aún se le pegaba a la muñeca, un recordatorio de la repostería de la mañana. Ni siquiera tuvo tiempo de limpiársela bien antes de salir.

«Necesitas un préstamo. Un respiro. Lo que sea».

Su propia voz resonó, repitiendo lo que diría doña Amélia si viviera. Pero al mismo tiempo, otra parte gritaba con más fuerza: «No aceptes limosnas. No aceptes migajas. Puedes hacerlo tú misma».

Se detuvo frente al primer banco y respiró hondo. El cartel dorado brillaba como una promesa. Entró, ignorando el gélido aire acondicionado que la hacía tiritar. En la fila, Clara revisó el papeleo: extractos, recibos, facturas. Todo estaba organizado, todo demostraba que la panadería seguía vendiendo, que aún tenía clientes fieles. Solo necesitaba tiempo.

Cuando por fin se sentó frente al gerente, un hombre de traje gris con aspecto aburrido sintió un nudo en el estómago.

"¿Señora Clara Martins?" Se ajustó las gafas, hojeando las páginas como quien hojea una revista vieja. "Eh... Panadería Martins, ¿verdad? Una empresa unipersonal... Veo que los ingresos mensuales no cubren las deudas acumuladas."

Clara se enderezó en la silla, intentando contener la ansiedad.

"Pero tengo flujo de clientes. Si puedo modernizar el expositor, hacer una promoción, pagar a los proveedores por adelantado, puedo duplicar las ventas durante las festividades de junio. Solo necesito una fecha límite, un respiro."

El hombre se aclaró la garganta y escribió algo en la computadora. El sonido de las teclas era como un martillo que le martillaba cada negatividad en el alma. "Señora Clara, desafortunadamente, su historial crediticio es muy bajo." No hay garantías reales aparte del propio local comercial, que, por lo que veo, pertenece a la constructora de Albuquerque." Levantó la vista, impasible. "Eso realmente limita sus opciones."

Apretó los labios, intentando contener la ira. Claro que el nombre de Albuquerque estaría ahí, como una sombra tras cada puerta cerrada.

"¿No puede hacer una excepción?", insistió, casi en un susurro. "Trabajo duro, pago a todos los proveedores. Si pierdo el local, ni siquiera puedo pagar lo que debo."

"Entiendo su situación", dijo automáticamente. "Pero no podemos ayudarle ahora mismo." Clara salió del banco con las piernas temblorosas. El sol ya empezaba a ponerse, tiñendo la avenida de naranja. El sudor le corría por la nuca, pero el frío venía de dentro.

Respiró hondo, ignoró la opresión en el pecho y se dirigió a la segunda sucursal, al otro lado de la calle. Más filas, más papeleo, más miradas de lástima. Otro rechazo. Al salir, su teléfono vibró. Un mensaje de voz. Era Luísa.

"¡Amiga, llámame en cuanto oigas esto! Estoy preocupada, he oído que recibiste una notificación. Ven esta noche, hablemos, ¿vale?" ¡Te ayudaré con lo que necesites!

Clara aferró el teléfono en su mano. Luísa había sido su amiga desde el instituto, de esas que conocían todos sus secretos, incluso los que quería enterrar. La invitación era sincera: Luísa siempre había sido generosa. Rica, casada con un abogado que siempre ofrecía "préstamos sin intereses". Pero Clara conocía el sabor amargo de cada favor.

Se guardó el teléfono en el bolsillo, sin contestar. No iba a humillarse. No iba a deber favores que no pudiera pagar.

Se detuvo en un tercer banco antes de volver a la parada del autobús. El gerente, más amable que los demás, incluso le ofreció un café. Sonrió al rechazar el préstamo con la misma desenfado con la que comentaría el pronóstico del tiempo. Cuando por fin se sentó en el banco de madera de la parada, Clara sintió un hormigueo en las piernas. Las bolsas de plástico con provisiones para el día siguiente le pesaban en el regazo. Tenía que seguir horneando, vendiendo, sonriendo. El mundo no iba a parar. Porque estaba agotada.

Su teléfono vibró de nuevo. Otro mensaje, esta vez de Ana, la prima lejana que se había enterado de la deuda.

"¡Prima, ven a vivir conmigo una temporada, cierra esta panadería! Es solo un lugar viejo, aún eres joven, puedes conseguir trabajo en cualquier panadería. ¡No tienes que matarte por esto!".

Clara sintió que le hervía la sangre. ¿Cómo podía explicarles que no era solo un lugar viejo? Era lo único que aún la conectaba con su abuela, su padre, con la infancia que aún tenía sentido.

Miró al cielo, donde el sol comenzaba a desaparecer tras los altos edificios que se tragaban la ciudad.

"Si no lucho por esto, no me queda nada".

Se pasó la mano por la cara, intentando contener las lágrimas. Abrió el bolso y sacó un bloc amarillento donde anotaba sus pedidos. Mañana tendría dos pasteles de cumpleaños, cuatro docenas de brigadeiros y una hornada de pan de jengibre para la escuela del barrio. Trabajo. Supervivencia.

De repente, recordó algo que odiaba recordar. Una noche, años atrás, Enzo Albuquerque estaba apoyado en la puerta de la panadería, todavía con el traje puesto, con una sonrisa en la comisura de los labios.

"No tienes que trabajar tanto, Clarita. Ven conmigo. Yo lo arreglaré todo".

Ella dijo que no. Orgullo, vergüenza. Quizás miedo. Y ahora, años después, allí estaba él, dueño del edificio, dueño de la calle, dueño de un pedazo de su destino.

Sintió una opresión en el pecho. ¿Tendría que tragarse todo lo que había tragado para llamar a su puerta? No. No podía. Todavía no.

Llegó el autobús, soltando humo negro en su cara. Subió despacio, pagó con las monedas que había contado y se sentó cerca de la ventana.

Mientras el autobús se alejaba, Clara vio su reflejo en el cristal sucio: el pelo recogido en un moño improvisado, ojeras, la frente surcada por la preocupación. Pero en el fondo de sus ojos, una chispa. Pequeña, pero viva. "No importa cuántos bancos me digan que no, encontraré la manera. Aunque tenga que vender brigadeiros frente al edificio de Enzo Albuquerque".

Y, por primera vez ese día, una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. Aún tenía fuerzas para luchar. Y mientras hubiera fuerzas, habría esperanza.

Capítulo 3 Una sonrisa rota

La suave luz de la tarde caía sobre la gran fachada de cristal del café más caro del centro. Dentro, hombres trajeados charlaban en voz baja, mezclando palabras como acciones, fusiones y adquisiciones. Entre ellos, Enzo Albuquerque parecía ajeno a todo, aunque todas las miradas giraban a su alrededor como satélites alrededor de un sol frío.

Sentado en un sillón de cuero, removía distraídamente su taza de café, ajeno al vapor que se disipaba. Frente a él, Lucas Viana, su socio y mano derecha en algunas transacciones menos oficiales, charlaba sin parar.

"Ya tenemos el terreno en la manzana de arriba. Solo falta el antiguo local de la panadería, y hemos cerrado todo el perímetro para la nueva torre. Los inversores asiáticos quieren tener todo firmado para el mes que viene".

Enzo levantó la vista, apartando la vista de los números proyectados en la tableta que Lucas empujaba sobre la mesa. Al otro lado de la calle, a través de la pared de cristal, podía ver la panadería. Pequeña, estrecha, entre tiendas con vallas publicitarias listas para la demolición. La vio, o mejor dicho, la escaneó.

Clara.

Allí estaba, al otro lado de la ventana empañada, limpiando el mostrador con un paño desgastado. La luz amarillenta del interior parecía envolverla en un capullo que contrastaba con el frío hormigón de la ciudad. Con cada movimiento, un mechón suelto se escapaba de su moño improvisado, cayendo sobre su ceño fruncido.

"¿Me estás escuchando, Enzo?" Lucas se aclaró la garganta con impaciencia. "Te dije que si no entrega las llaves, el departamento legal solicitará el embargo. Rápida y discretamente."

Enzo no respondió. Siguió observando. Vio a Clara detenerse, suspirar profundamente y mirar a su alrededor como si revisara cada detalle de ese pedazo de mundo que se negaba a perecer. Una mujer entró y salió con una caja de pastel en las manos, sonriendo. Clara le devolvió la sonrisa, pero Enzo supo reconocerla: era una sonrisa rota. Se pasó la mano por la barbilla, sintiendo la barba rala que insistía en crecer durante las largas reuniones. Por un instante, un viejo recuerdo cruzó su mente: Clara riendo al probar un nuevo ingrediente, Clara tirándole harina un sábado por la noche, Clara huyendo de su contacto, cuando aún creía que podía amar sin miedo.

Enzo apoyó los codos en la mesa, ignorando el bullicio del elegante café.

"¿Y si no se rinde?", preguntó, sin apartar la vista del vaso. "¿Y si decide luchar hasta el final?".

Lucas soltó una breve carcajada, quitándose las gafas para frotarse las sienes.

"Enzo, por favor... está sola. No tiene capital, ni socio, ni crédito. El banco ya lo ha denegado todo. Es solo cuestión de tiempo. Y si es demasiado orgullosa para irse en buenos términos, enviaremos al alguacil y punto."

Enzo resopló, negando con la cabeza. "En buenos términos..." repitió en voz baja, como si saboreara el amargo sabor de la frase. Lucas se inclinó hacia delante, oliendo algo más que negocios. "¿No me digas que ahora vas a tener una crisis de conciencia? ¿Después de todo? Esa mujer quería romper contigo, ¿recuerdas? Te dejó plantado en ese sitio sucio como si fueras cualquiera."

Enzo apretó el puño, un músculo saltó en su mandíbula. "No necesito un sermón, Lucas."

"Entonces deja que el papeleo se resuelva solo. No es tu problema."

Pero lo era. Siempre lo era. Por mucho que quisiera negarlo, Clara era como una astilla clavada en su piel: invisible de lejos, insoportable cuando tocaba hondo.

La observó mientras salía de la tienda con dos cajas de cartón. Se detuvo en la acera, ajustándose el delantal manchado de glaseado, y charló con un repartidor que gesticulaba demasiado. Incluso de lejos, Enzo reconoció su actitud: firme por fuera, temblorosa por dentro.

Sin pensarlo, echó la silla hacia atrás, ignorando la mirada confundida de Lucas.

"¿Adónde vas?", preguntó el socio, intentando agarrarle el brazo.

"Resuélvelo a mi manera."

Lucas soltó una risa burlona. "Ten cuidado de no mezclar cama y contrato, Albuquerque."

Enzo la miró con una mirada que podría haber congelado a todo el café. No respondió. Simplemente se fue, golpeando la mesa con unos billetes a grandes zancadas.

Al otro lado de la calle, Clara casi dejó caer una de las cajas. El repartidor, con las prisas, no la ayudó en absoluto: dejó todo apoyado contra la pared y desapareció en su ruidosa moto. La caja casi resbaló, esparciendo envoltorios de caramelos por la acera.

"Maldición...", murmuró, intentando recuperar el equilibrio.

"¿Necesitas ayuda?" La voz sonó a sus espaldas, tan cerca que Clara se estremeció antes siquiera de darse la vuelta. El aroma a perfume amaderado se mezclaba con el cálido aire de la calle.

Al girarse, vio primero la impecable chaqueta gris. Luego vio el rostro que conocía mejor de lo que quería admitir: la sonrisa contenida, los ojos oscuros que parecían escudriñar cada debilidad antes de que apareciera.

"Enzo."

Sonrió, con la misma calma de siempre. "Clarita."

Sintió ganas de reírse del apodo. Ya no era Clarita. Ya no se parecía en nada.

"¿Qué quieres?"

Enzo le quitó una de las cajas de las manos, como si fuera lo más natural del mundo. "¿No puedo ayudar a una vieja amiga?"

"No soy tu amiga", replicó ella, intentando recuperar la caja. Él no la soltó.

Por un segundo, sus dedos se rozaron. Fue breve, pero suficiente para que una corriente eléctrica pasara de sus ojos a los de ella.

"Entonces déjame ayudarte como..." Hizo una pausa, esbozando una leve sonrisa. "...como acreedor."

Clara sintió un nudo en el estómago. "No podrás comprarme, Enzo."

Soltó una carcajada, apoyando la caja contra su cadera para hablar más cerca. "¿Quién ha dicho que quiero comprarte?"

Ella resopló, pasándolo rozándolo y abriendo la puerta de la panadería. Él la siguió, cargando la caja como si fuera el dueño del lugar, lo cual, en cierto modo, era cierto.

Dentro, Enzo miró a su alrededor, deteniéndose en el mostrador, el viejo reloj, el dulce aroma de la infancia que aún persistía.

"Conozco cada rincón de este lugar", dijo, como si hablara consigo mismo. "No has cambiado nada." Clara le quitó la caja de las manos, la colocó detrás del mostrador y se cruzó de brazos. "Ve al grano, Enzo. ¿Por qué estás aquí?"

Se acercó al mostrador, tamborileando ligeramente con las yemas de los dedos sobre el mármol. Su mirada fija en ella, intensa, indescifrable.

"Porque puedo salvarte, Clara", dijo, con un tono tan tranquilo que casi sonaba cruel. "Y porque sé que no puedes hacerlo sola."

Sintió que el mundo le daba vueltas. Por un segundo, quiso tirarle el trapo a la cara, echarlo de allí. Pero algo en sus ojos, entre deseo y arrepentimiento, la hizo detenerse.

Al otro lado del cristal, la calle bullía. Pero dentro, solo estaban ellos dos, atrapados en un antiguo juego de promesas tácitas y deudas que ningún contrato podía saldar.

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