Una fuerte nevada propia de diciembre adornaba las calles de la ciudad de New York con un hermoso velo blanco que transmitía aún más, el espíritu navideño que cada año explotaba en los corazones de los habitantes de la ciudad.
Como si fuera una especie de regla no escrita, ese espíritu navideño les hacían ser un poco más amables o guardaban sus diferencias durante ese mes, para centrarse en las fiestas, en las luces y en las decoraciones que cada esquina de las calles albergaban brindando una mágica iluminación que, a juego con los villancicos navideños, disfrutaban de la paz y armonía de esos días.
Pero no era alegría y felicidad para todo el mundo; en una calle residencial, tirada sobre la nieve, una mujer perdía la vida aferrándose a su pequeña hija, protegiéndola con su cuerpo. El verdugo, aquél a quién la niña llamaba papá hasta ese día, bajaba el arma resplandeciendo bajo la luz de las farolas cercanas y, aún humeante, dio media vuelta para abandonar el lugar, al tiempo que los vecinos cercanos, alertados por el sonido del disparo, salían de sus casas y llamaban a la policía mientras se acercaban a la pequeña y al cuerpo ya sin vida de su madre.
Ese recuerdo, ese dolor y el enorme vacío que su corazón albergaba durante los años posteriores, la convirtieron en una mujer sin alegría, sin motivos para sonreír y sin deseos de buscarle un lado bueno a la vida.
Sarah Williams, que adoptó el apellido materno, tenía ya veinticinco años, y desde aquél desafortunado acontecimiento, vivía con su abuela materna. Esa mañana, mientras se acicalaba para una nueva entrevista de trabajo, peinando su largo cabello rubio ante el espejo de su cómoda, su abuela entró a la habitación a paso torpe y sonriente.
-¡Abuela! Te dije que no subas las escaleras. Tu cadera ya no es la misma que hace diez años -regañó Sarah a su abuela poniéndose en pie y ayudándola a llegar a la cama.
-Cariño, no me voy a morir por subir a la segunda planta de mi propia casa. Llevo viviendo aquí sesenta años y nunca he tenido un solo problema. Dime, cielo, ¿Estás preparada para la entrevista de hoy?
Sarah se sentó junto a su abuela tomándola de la mano mientras hablaba:
-No lo sé, hace dos años que terminé mi carrera, pero siento que nunca voy a pasar las entrevistas. Por mucho que intento olvidar el pasado y sonreír, no soy capaz. En cada entrevista que fui, opinan que paresco una persona fría, y no es lo que buscan.
Su abuela le acarició el cabello cálidamente, mirándola directamente a los ojos:
-Cariño, eres una persona muy fuerte, sé que algún día podrás volver a vivir de nuevo, ser feliz y sonreír. No pierdas la esperanza, no tengas prisa. Sólo ve a esa entrevista y sé tú misma.
Le dió un beso en la frente a su nieta, y la apremió para bajar a desayunar o llegaría tarde.
Media hora después, ya estaba conduciendo camino a la empresa que solicitaban personal como jefe de equipo en la sección de finanzas. Sabía que sería un cargo importante, tras licenciarse en economía y administración de empresas, podría ejercer mayores labores y no sólo ser una simple secretaria.
Estacionó el auto en el aparcamiento de la empresa, y se quedó dentro pensativa unos minutos. "Vamos, tú puedes. Dale una alegría a la abuela por una vez" pensaba para intentar sacar ánimo de algún lugar.
Abrió la puerta decidida, cuando golpeó con ella a un hombre que justo cruzaba por el lateral.
-¡Lo siento! No vi que nadie pasara, lo siento mucho -Se disculpaba saliendo del auto y ayudando a ponerse en pie al hombre que había caído de culo al suelo sujetándose el pecho.
-Diablos... sólo iba a comprar café antes de volver al trabajo y termino golpeado. Quizás sea el karma diciéndome que tome café de las máquinas horribles de la empresa.
Se reía de aquella situación, quitándole cualquier importancia. Aquel hombre podría tener unos treinta años, de pelo negro, algo largo y rizado, y barba algo larga que, a juego con sus ojos verdes, le daban el aspecto de ser un alma libre, aunque el traje parecía ser caro, de color azul oscuro y camisa blanca.
-¿Ésta bien? De verdad lo siento mucho. No fue mi intención golpearle.
-No se preocupe señorita. Un pequeño accidente lo puede tener cualquiera. ¿Cuál es su nombre? Nunca la había visto por aquí.
-Me llamo Sarah, vengo a una entrevista de trabajo, que empieza en media hora, ¿Usted es el jefe?
El hombre río como un niño pequeño, dando palmadas. Tenía una alegría natural contagiosa, hasta Sarah sentía esa alegría vibrar dentro de ella.
-Me llamo Enzo, y no, claro que no soy el jefe. Sólo trabajo aquí -respondió entre risas, y luego añadió-. Ya que aún tiene media hora, ¿Aceptaría que la invite a un café? No suelo tener mucho tiempo así que siempre voy solo, y seguro que con la compañía de una chica tan linda como usted, sea más ameno.
-Lo siento, no creo ser la mejor compañía si lo que buscas es una conversación divertida y amena. Yo iré tomando sitio y esperaré a que empiecen las entrevistas.
El hombre se acicalaba la barba mientras la escuchaba, y tras ello habló:
-Bueno, yo no creo que sea aburrida, pero no importa. Suerte con esa entrevista señorita Sarah. Si la pasa, entonces será señal del destino para aceptar ese café.
Y entre risas, se alejaba del aparcamiento saliendo hacia la calle comercial. Sarah lo veía caminar, pensando en que era una persona extraña y curiosa, como un niño pequeño controlando el cuerpo de un hombre grande. Era alto, fornido y guapo, y seguro que tendría mil mujeres detrás. "¿Por qué pienso en esas cosas?" Se decía a sí misma.
La sala de espera donde los candidatos esperaban su turno se encontraba en el piso dieciocho, en una pequeña habitación con sillas clavadas en la pared como las de un hospital. Cuando Sarah entró, diez personas ya esperaban su turno, todas nerviosas y golpeando con los dedos o el pie cualquier cosa con tal de sentirse más relajados.
Una chica salió de la puerta del despacho donde éstas entrevistas estaban por comenzar. Era joven pero desprendía un aura de profesionalidad y experiencia que ella sentía que jamás podría tener.
-Buenos días, las entrevistas están por comenzar. Iré llamando uno por uno, y entrarán en esta sala donde mis compañeros evaluarán a cada uno de ustedes. Sólo hay una plaza disponible, así que os deseo mucha suerte.
Tras hablar, volvió a entrar, saliendo unos minutos después dando el primer nombre. Con alguno de los candidatos tardaban sólo escasos minutos, con otros hasta casi un cuarto de hora, hasta que llegó su turno. "Sarah Williams" nombró aquella mujer.
Se puso en pie, nerviosa y temblando como un flan, y entró al despacho. Lucía cómo una clásica oficina, persianas de rejilla, paredes blancas grisáceas y plantas decorando alguna esquina. En el centro, una mesa ocupada por un hombre de actitud recta, mirada exigente e intimidante.
-¿Sarah Williams? -mencionó cuando la joven tomó asiento frente a él.
-Sí señor, espero estar a la altura -respondió con rostro serio, que en realidad sólo era puro nerviosismo.
El hombre la miraba, y tomaba notas en una pequeña libreta, a la par que leía el currículum ante él.
-Veamos, licenciada en la universidad, carrera de economía y dirección de empresas, sin experiencia previa. Bien, ¿Por qué piensa que es la indicada para el puesto de jefa de equipo en el departamento de finanzas?
La pregunta que en cada entrevista le hacían, y en la cuál nunca sabía qué responder. Simplemente quería un trabajo, tener unos ingresos estables y poder hacer feliz a su abuela, ya que su propia felicidad sabía que nunca volvería.
-Yo...
Antes de que pudiera responder, una pequeña puerta lateral se abrió, y saliendo de lo que parecían unos baños privados, salió un hombre de cabello negro y rizado, ojos verdes y sonrisa de niño. Era el hombre que había golpeado con la puerta de su coche.
-Señorita Williams, bienvenida. Tuve una pequeña emergencia -respondió entre risas y tomó asiento al lado del hombre que le estaba haciendo la entrevista.
-Oh, usted era...¿Enzo? No pensé que fuera el encargado de las entrevistas.
El hombre sonrió y se cruzó de hombros. Miró a su compañero y este le dijo la pregunta que Sarah estaba por responder.
-Entonces llegué en buen momento. Quiero oír su respuesta, por qué viendo su currículum sí tiene la base para ello, sin embargo, necesitamos ver la actitud que le pondrías a tu trabajo, el qué puedes aportar tú para la empresa. ¿Por qué deberías ser tú entonces?
Sarah se quedó pensativa, observando a aquél hombre que clavaba sus ojos en ella, casi directo a su alma, y la ponía aún más nerviosa si cabe.
"Aún parece estar muy verde" susurró el otro hombre a Enzo, pero este con un gesto de la mano le hizo guardar silencio, dándole tiempo a la joven de responder.
Sarah quería el trabajo, de eso estaba segura. Quería conseguirlo por la única persona que la había cuidado desde niña; su abuela. Pensó en decirles todo eso, pero sacar la parte emocional en una entrevista con la idea de que el corazón del entrevistador sienta lástima, casi nunca funciona. Tras pensar unos segundos más, observando como aquél hombre cruzaba sus manos delante de su cara esperando respuesta, se le ocurrió quizás, la única que podría servir.
-Yo... quiero este trabajo, para así ir a tomarnos ese café que me ofreciste si pasaba la entrevista.
El primer hombre, el de mirada sería, observó a Enzo, como si esa respuesta fuera una simple broma, el de cabello rizado sin embargo, empezó a reír como un crío.
-No esperaba una respuesta así. Si dice con eso que si acepta mi café, bienvenida seas.
-¿Está seguro, jefe? -dijo el otro hombre.
-Acepto... espera...¿Jefe? -preguntó Sarah sin entender qué estaba pasando.
Enzo, entre risas, asintió:
-Bueno, si te decía que era el jefe perdería la gracia al ver tu cara en la entrevista. Y si, estoy completamente seguro. Esta chica es la que necesitamos en la empresa, lo sentí desde el momento que la vi salir del auto. Yo soy totalmente responsable de esto, viejo amigo. Si me equivoco, que la directiva me ejecute a mi.
Tras hablar, se puso en pie y acercándose a Sarah le hizo un gesto con la cabeza. Ella se puso en pie sin entender muy bien qué debía hacer ahora.
"Vamos a por ese café" dijo Enzo, saliendo del despacho, diciéndole a la joven que llamaba a las personas que la entrevistas habían terminado.
Mientras Sarah caminaba tras su ahora jefe, no podía aún creer lo que estaba pasando. "Un trabajo a cambio de un café..." pensaba, pero realmente si estaba feliz. Sabía que su abuela se alegría mucho, y eso era lo más importante para la joven señorita Williams.
Levantando su cabeza al cielo, imaginó a su madre. "¿Estarías orgullosa de mí?"pensaba. Su primer día de escuela primaria, su primer día de instituto, su primer día de universidad y su graduación... sólo su abuela estuvo en todo eso, pues su madre, aunque desde el vueloyla observaba, no podía estar a su lado, y su padre, cumplía una condena de treinta años en prisión. Pensar en ella y en todo lo que pudieron pasar juntas y nunca ocurrió, la apenaba, haciendo que una lágrima rebelde cayera por su rostro.
Enzo, que la observó, se puso nervioso, y acercándose a ella le preguntó:
-¿Estás bien? No te sientas obligada a venir si no quieres... No te estoy pidiendo nada raro después del café, no me malinterpretes, no soy ese tipo de hombre.
Sarah negaba con la cabeza secando su rostro con la manga de su camisa.
-Lo siento, jefe. Sólo pensaba en alguien que ya no está. Sé que estaría muy orgullosa de mí, no me cabe duda.
Enzo pareció quedarse más tranquilo, pero apenado por las palabras de la joven. Carraspeó torpemente y habló:
-Yo no soy muy bueno para consolar a la gente, pero es evidente que estaría orgullosa. Pero, ¿Sabes? Seguro que el día que sonrías, estaría aún más orgullosa.
-Sí... tienes razón -respondió,sin darse cuenta de que había esbozado una sutil sonrisa, por primera vez en muchos años, con el recuerdo de su madre en la mente y la cara de preocupación de Enzo.
-Bueno ¿vamos por ese café entonces? -preguntó Enzo sonriente.
Comenzó a caminar mientras esperaba la respuesta de Sarah, la cuál simplemente asintió y le siguió unos pasos por detrás.
-Jefe, acaba de tomar un café hace nada, ¿estará bien con otro?
Enzo se detuvo, metiendo sus manos en los bolsillos del pantalón y girando hacia Sarah, hasta mirarla fijamente a los ojos. Parecía estar pensativo, y esbozó una sonrisa rebelde:
-Voy a tomar dos cafés en cuestión de cuarenta minutos, soy todo un malote, ¿no te parece? -Volvió a caminar riendo tan alegremente que para la joven resultaba difícil pensar que era todo un adulto serio y responsable-. Por cierto, no necesitas llamarme jefe, fuera de la oficina soy Enzo a secas. Dentro, con añadir un señor delante de mi nombre tienes suficiente.
-Está bien, así haré entonces.
Caminaron unos minutos hasta detenerse delante de una cafetería de aspecto lujoso. Desde fuera, se veía un lugar acogedor pero Sarah sentía que estaba fuera de lugar, cosa que confirmó una vez entraron; estaba lleno de personas bien vestidas, con trajes o vestidos de apariencia carísima.
El lugar era amplio, iluminado con la luz natural que entraba a través del enorme ventanal junto a la puerta, y grandes lámparas de araña adornaban el techo, para iluminar el espacio una vez caía la noche.
Las mesas estaban cubiertas de manteles blancos y sobre ello, un pequeño mantel más pequeño de color dorado, entonando elegantemente con el resto de la decoración.
-Te ves muy callada, Sarah. ¿Estás bien? -preguntó Enzo mientras tomaba una silla y le ofrecía a su acompañante sentarse. Esta tomó asiento y luego Enzo lo tomó frente a ella, mirándola a la espera de su respuesta.
-Estoy bien, sólo siento que estoy fuera de lugar. Este sitio parece muy caro, y yo no encajo en el mundo de ricos.
Enzo no pudo evitar reír tras escuchar a la chica:
-¿De qué estás hablando? Sólo es una cafetería. No tienes que preocuparte por nada. Nadie te va a juzgar por lo que tienes o por tu aspecto. Al menos en mi opinión, valoro a las personas por lo que traen en su corazón, por sus actos y por su forma de tratar a los demás.
Sarah no pudo evitar sentirse estúpida por unos segundos. Luego se sintió avergonzada, pensando que estaba siendo halagada de alguna manera.
-Pero realmente no me conoces. Quizás eso que valoras en una persona no lo tengo yo, y sin embargo aquí estoy, esperando a tomar un café contigo -suspiró un poco incómoda.
Enzo tomó una pausa para responder, cuando la camarera llegó a tomar sus pedidos. Tras pedir, cruzó sus manos sobre su barbilla y mirando a Sarah fijamente, prosiguió con la conversación:
-Quizás tengas razón, quizás no... podemos comprobarlo. En la entrevista, estuviste pensativa antes de dar tu magistral respuesta... pero intuyo que en mente tenías otra cosa. Dímelo. ¿Por qué quieres este trabajo?
-Llevo viviendo con mi abuela casi toda mi vida. Durante estos años, me ha cuidado, me ha alimentado y me ha dado mucho amor... Durante estos dos últimos años tuve varias entrevistas y en ninguna conseguí el trabajo -hizo una breve pausa mientras les ponían los cafés en la mesa-. Quería el trabajo para hacer feliz a mi abuela, para poder ayudar económicamente en los gastos... para que viera que su nieta creció y se esforzará en ser feliz. Se lo debo a ella.
Tras hablar, miró hacia Enzo, el cual estaba conteniendo las lágrimas como podía.
-Er...eres muy bue...buena chica -dijo su jefe con la voz entrecortada.
-¿¡Por qué estás llorando!? No es nada del otro mundo. Todos tienen sus problemas.
-Perdona, me emociono con facilidad... Pero estoy feliz de haberte dado el trabajo a tí. Recuerda que es jefa de grupo, y si no tuvieras un mínimo de empatía por nada, no lo harías bien, ¿no crees? Pero ya sabía yo que si eras buena, ahí tienes la prueba. Ahora disfrutemos del café y hablemos de tu horario, salario y demás asuntos.
El tiempo pasó y tras despedirse nuevamente en el aparcamiento donde se conocieron, la joven tomó su vehículo y regresó a casa. Con todos los detalles importantes ya hablados, solo quedaba esperar a firmar el contrato a la mañana siguiente. Estaba nerviosa, deseando contarle a su abuela la noticia y ver su cara de alegría.
Cuando abrió la puerta de la casa, ya la esperaba en el recibidor con una sonrisa de consuelo, posiblemente pensando que habían vuelto a rechazarla.
-Querida...¿qué te dijeron? Llevo horas nerviosa aquí de pie esperando.
-Abuela, vamos al salón y hablamos allí -respondió mientras caminaba.
Su abuela la seguía, decaída, y Sarah lo sabía.
-¿Y bien? -preguntó ansiosa a su nieta una vez tomaron asiento en el sofá.
-Abuela...¡Conseguí el trabajo! -No pudo evitar gritar de alegría mientras tomaba las manos de la señora y esta comenzó a llorar:
-Gracias a Dios, sabía que algún día conseguirías que vieran tus puntos buenos. Estoy muy orgullosa de tí. -La abrazó fuertemente mientras seguía llorando y riendo al mismo tiempo.
Tras unos minutos donde ambas se calmaron, Sarah le contó todo, desde el incidente en el parking hasta la despedida.
-No voy a perder esta oportunidad abuela... Tengo que superar mi pasado y avanzar. M
Su abuela la tomó de la mano delicadamente, y sonrió:
-Sé que será difícil, pero seguro que una vez conozcas a más personas, te será más fácil olvidar. Cuando sonreías de alegría al decirme que te dieron el trabajo, me sentí aliviada, porqué hacía mucho tiempo que no veía vida en tus ojos. Tengo la sensación de que ese lindo jefe tuyo va a ser un paso importante para tu cambio... Imagínate que te pida matrimonio.
-¡Abuela! No va a pasar eso. Si es que resulta que está soltero, no se va a enamorar de alguien deprimente como yo. Él es el jefe de toda la empresa, yo solo una simple empleada. Está claro que nuestros caminos están totalmente separados y nuestras vidas no se van a enlazar por arte de magia.
-Que profundo... -dijo su abuela haciendo una mueca-. El amor es una parte importante a la hora de superar traumas del pasado. En unos meses seguro que tienes una relación más especial con alguien de tu empresa y me darás la razón.
Le dio un beso en la frente a Sarah, y se puso en pie camino a la cocina. La joven se quedó allí sentada, pensando por un momento qué sería de su vida si realmente Enzo se enamora de ella. Sólo se veía a sí misma regañando a un niño grande por ser travieso y reírse a todas horas, pero no le molestaba esa vida.
"¿Qué estoy pensando?" se preguntó a sí misma golpeando sus mejillas con las palmas de sus manos. "Pero si algún día me pide matrimonio...¿Qué haría? Abuela, qué ideas más molestas metiste en mi cabeza, eso será imposible".
-Sara Williams, cásate conmigo.
Fueron las primeras palabras que salieron de la boca de Enzo una vez Sarah entró a su despacho a la espera de firmar el contrato. Se había quedado pálida y sin palabras, y le costó unos segundos recuperar el control de su cuerpo y su mente.
-¿Perdona?... Quizás hoy mal...
Enzo se puso en pie dejando atrás aquel sillón de cuero y rodeó la mesa apoyándose sobre ella frente a la joven.
-Digo, que te cases conmigo.
-¿Estás de broma? -preguntó Sarah esperando que en cualquier momento Enzo le dijera que solo era un tipo de prueba, pero su mirada era tan seria que comenzaba a pensar que hablaba en serio.
-Imagino que antes de responder, querrás saber los motivos -comenzó a hablar metiendo sus manos en los bolsillos y clavando sus ojos en Sarah-. Tengo problemas, Sarah. Estoy a punto de perder la empresa, y no puedo dejar que eso pase... si él la consigue... todo se acabó.
-¿Quién es "él"? No estoy entendiendo nada, pero ¿por qué me lo pides a mí? -Sarah empezaba a ponerse nerviosa al no entender la situación.
-Pensé que me había explicado bien...
-¡Ni un poco! -reprochó la joven.
-Toma asiento en el sofá y te explico más detalladamente -señaló un sofá en la esquina del despacho, frente a una pequeña butaca que es la que tomó Enzo.
-Bueno, Enzo ¿cuál es el problema?
El hombre cruzó sus manos y lucía claramente preocupado. Se tomó unos largos segundos en comenzar a hablar:
-Esta empresa, hasta hace cinco años, era gestionada por mi padre. Llegado el momento de elegir a un nuevo heredero tras jubilarse, la elección estaba entre mi hermano y yo. El consejo vio más factible que el próximo CEO fuera yo, porque mi hermano es egoísta, no tiene empatía por nadie, no ama a otra cosa que no sea el dinero... No es de fiar. Hace años que ni siquiera nos dirigimos la palabra, pero ahora estuvo presionando al consejo de esta empresa, y de alguna manera consiguió convencerles de que mi liderazgo aquí solo estaba trayendo menos ingresos y la competencia nos robaba terreno. Quizás sea verdad en cierto punto, pero la cuestión es que llegaron a la idea de que necesito casarme, porque un hombre de mi edad y mi posición aún soltero, no parece el más apto para liderar una gran empresa como esta. Si no consigo casarme en tres meses, se acabó... y si la empresa cae en manos de mi hermano, cambiará todo el consejo y será la ruina y el final para muchos trabajadores.
Sarah lo escuchaba atentamente. Lo que Enzo decía parecía complicado, pero lo que más le hizo darse cuenta de la seriedad, era la expresión del hombre sentado frente a ella. Una mirada tan vacía como si su cuerpo hubiera perdido su alma, y sus manos temblaban asustadas.
-Enzo, entiendo que necesitas casarte para mantener la empresa, pero no entiendo por qué me eliges a mi. No sé actuar, nadie se va a creer que realmente sea tu esposa. Mi vida ya es bastante complicada como para meterle más presión.
-Te elijo a tí, Sarah, porque veo bondad en tus ojos, y me inspiras confianza. Aún sea por la empresa, si me caso, la otra parte podría dejarme en la más absoluta ruina. Debo casarme con una mujer que no vaya a jugar a dos bandas para quitarme de la empresa... Realmente no te conozco nada pero no tengo tiempo de seguir buscando, así que confío en ti, en que simplemente serás mi esposa al menos hasta que todo se calme.
La joven estaba confundida, no sabía qué hacer. Lo más sencillo sería negarse, pero aquel hombre le había dado trabajo el día anterior solo confiando en su intuición. Pensaba que negarse sería dejarlo a su suerte.
-Sinceramente aún me cuesta creer que lo dices en serio, pero lo veo una idea horrible y estoy segura de que no saldrá bien... Sin embargo, ya que me diste el empleo, de alguna manera estoy en deuda. Aceptaré, aunque no estoy para nada convencida de esto. Me casaré contigo, Enzo, pero a cambio de aceptar mis normas.
-¿Qué normas? -preguntó su jefe recuperando la vida en sus ojos.
-La primera, mi abuela sabrá la verdad, no quiero que luego se desilusione cuando nos separemos. Segundo, nada de besos, tocarme salvo tomarme quizás de la mano, y mucho menos tener relaciones sexuales.
-Entiendo, no tengo problema con eso. La boda se celebrará en dos meses, para no hacer tan obvia la jugada. Una vez nos casemos dejaras el trabajo, sería raro siendo la mujer del CEO, y una vez tomes tú propio camino, de quererlo, te lo regresaré. Y por supuesto, no te faltará de nada, incluso te seguiré pagando el sueldo para que puedas tener ahorros.
-Esto es una locura...
-¿Verdad? -respondió Enzo con una sonrisa infantil-. Es como jugar a los papás pero siendo adultos.
Sarah se puso en pie suspirando:
-De verdad, eres muy infantil... pero no me molesta. Me da seguridad de que no intentarás nada raro.
Enzo río a carcajadas, y se puso extendiendo la mano hacia Sarah:
-¿Entonces tenemos acuerdo? La duración será hasta que tú quieras divorciarte, aunque quizás resulta que te enamoras de mí realmente y no querrás dejarme ir.
Sarah le devolvió el apretón de manos sellando el trato:
-Si crees que por fingir ser una pareja de verdad, me voy a enamorar de tí, sigue soñando, jefe -respondió devolviéndole una sonrisa desafiante sin darse cuenta -. Quizás eres tú el que se enamora de mí.
-No prometo nada... pero si me enamoro será claramente por tu culpa.
-¿Mi culpa por qué?
Enzo se cruzó de hombros y llevó su dedo a los labios, dando a entender que no dirá nada.
Tras aquella conversación, pasaron al tema del empleo, y tras unos minutos firmó.
-Bien, futura esposa, te llevaré a tu lugar de trabajo.
-¿Te diviertes con esto? -cuestionó Sarah.
-Yo me divierto con cualquier cosa. Qué sentido tendría la vida si no somos capaces de reír por todo. El pasado siempre está lleno de cosas negras para todos, pero una sonrisa lo cura todo.
Sarah sintió que lo decía por ella misma, pero no quiso ahondar en el tema, por lo que simplemente le siguió por los pasillos hasta llegar a una sala con cuatro personas en ella, sentadas ante sus mesas de oficina y trabajando en el ordenador.
-¿Aquí trabajaré yo?
-Sí, ellos son tus trabajadores, eres la jefa de los cuatro. Debes gestionar el trabajo, repartirlo como veas más óptimo, y asegurarte que no hay errores en las cuentas. Al fondo hay otra puerta, es donde tú trabajarás. Es un despacho privado, desde ahí verás los archivos finalizados, los pendientes, y tendrás acceso a toda hoja de cuentas de la empresa. Mucha suerte, Sarah.
Le dio una palmada en el hombro y se marchó sin siquiera presentarla ante sus compañeros, los cuales levantaron la cabeza de las pantallas para verla.
-Hola, me llamo Sarah Williams, desde hoy soy la jefa de contabilidad. Espero que podamos trabajar juntos y sacar el trabajo adelante eficientemente.
Tras presentarse vio que de las cuatro cabezas que la miraban, tres eran mujeres, y la otra un hombre que a simple vista su sexualidad no iba dirigida exactamente a ella.
"Creo que Enzo no quiere que otro hombre pueda coquetearme" pensó mientras se acercaba a las mesas donde trabajaban.
El primero en presentarse fue el hombre, se puso en pie y le tendió la mano.
-Hola, me llamo Joss, llevo dos años trabajando aquí, así que si necesitas ayuda para adaptarte sólo pregúntame.
Sarah vio que era un hombre muy atractivo, rubio, musculoso y su forma de vestir era muy elegante.
Las chicas, en orden de presentación, eran Vicky, Helena y Jazmín. La primera, de cabello rojizo y piel morena. Por su acento, colombiana. Helena, rubia con tintes castaños en las puntas, y aparentemente muy seria y formal. Jazmín, pelo negro como el carbón y rasgos propios de las mujeres de la India.
Una gran diversidad, sin juzgar la sexualidad o nacionalidad, era lo que Sarah estaba viendo en esa empresa, y le gustó.
Tenía dos meses antes de casarse, un equipo al cuál dirigir, y una vida falsa que vivir para que Enzo mantenga la empresa. No pintaba fácil, pero ya no podía negarse. Si lo veía como un juego, al igual que Enzo, quizás fuera más fácil... sólo quizás.