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Corazón Arrancado: El Regreso de Ella

Corazón Arrancado: El Regreso de Ella

Autor: : Dong Shengxue
Género: Fantasía
El dolor en mi pecho era un vacío familiar, un eco helado que me recordaba la parte vital que me habían arrancado. Mi tía Marta me miraba con desprecio desde la celda húmeda, usándome solo como una herramienta. Cada luna llena, me arrancaba el corazón para alimentar el poder de mi prima Valentina, la "Joya del Clan". Hoy, en la ceremonia de nombramiento de la próxima líder, me arrojaron al centro del salón, escuchando los susurros de asco y las acusaciones de ser una "vergüenza". Pero Marta fue más allá, declarando frente a todos: "Esta basura que ven ahí... ¡es mi hija! Una decepción sin valor, porque Valentina... ¡ella es la verdadera heredera del antiguo líder!" Luego, añadió la estocada final: "¡Su padre era un miembro del Clan del Sol Poniente! ¡Es una mestiza, una abominación!" La multitud, convertida en una turba, pedía mi muerte. "¡Mátenla!" Mientras los guerreros desenvainaban sus armas y Marta sonreía triunfante, yo hice algo que nadie esperaba. Me reí. Una risa fría, llena de desprecio, que detuvo a todos. Subí a la plataforma, cojeando, cubierta de sangre y lodo, y les solté: "Qué actuación tan conmovedora. Has hecho un trabajo maravilloso... preparando el escenario para mí." "Ha llegado el momento de que me devuelvan todo lo que me han quitado." "Con intereses." Ante la atónita mirada de todos, hundí mi mano en el pecho de Valentina, no para matarla, sino para reclamar lo que era mío. Arranqué no solo el núcleo de Garra Espectral que le daba poder, sino también mi propio corazón, la esfera de luz pálida que mi tía me había robado. Cuando la esfera pálida volvió a mi pecho, un torrente de poder dorado recorrió mis venas. Mis heridas se curaron, mis huesos rotos crepitaron, y la debilidad desapareció. Mi cabello se volvió blanquecino, mis ojos dorados, y de mi espalda surgieron magníficas alas de energía solar. Ya no era la paria Sofía. Era la heredera del Clan del Sol Poniente. "¿Alguien más?"

Introducción

El dolor en mi pecho era un vacío familiar, un eco helado que me recordaba la parte vital que me habían arrancado.

Mi tía Marta me miraba con desprecio desde la celda húmeda, usándome solo como una herramienta.

Cada luna llena, me arrancaba el corazón para alimentar el poder de mi prima Valentina, la "Joya del Clan".

Hoy, en la ceremonia de nombramiento de la próxima líder, me arrojaron al centro del salón, escuchando los susurros de asco y las acusaciones de ser una "vergüenza".

Pero Marta fue más allá, declarando frente a todos: "Esta basura que ven ahí... ¡es mi hija! Una decepción sin valor, porque Valentina... ¡ella es la verdadera heredera del antiguo líder!"

Luego, añadió la estocada final: "¡Su padre era un miembro del Clan del Sol Poniente! ¡Es una mestiza, una abominación!"

La multitud, convertida en una turba, pedía mi muerte.

"¡Mátenla!"

Mientras los guerreros desenvainaban sus armas y Marta sonreía triunfante, yo hice algo que nadie esperaba.

Me reí.

Una risa fría, llena de desprecio, que detuvo a todos.

Subí a la plataforma, cojeando, cubierta de sangre y lodo, y les solté: "Qué actuación tan conmovedora. Has hecho un trabajo maravilloso... preparando el escenario para mí."

"Ha llegado el momento de que me devuelvan todo lo que me han quitado."

"Con intereses."

Ante la atónita mirada de todos, hundí mi mano en el pecho de Valentina, no para matarla, sino para reclamar lo que era mío.

Arranqué no solo el núcleo de Garra Espectral que le daba poder, sino también mi propio corazón, la esfera de luz pálida que mi tía me había robado.

Cuando la esfera pálida volvió a mi pecho, un torrente de poder dorado recorrió mis venas.

Mis heridas se curaron, mis huesos rotos crepitaron, y la debilidad desapareció.

Mi cabello se volvió blanquecino, mis ojos dorados, y de mi espalda surgieron magníficas alas de energía solar.

Ya no era la paria Sofía. Era la heredera del Clan del Sol Poniente.

"¿Alguien más?"

Capítulo 1

El dolor en mi pecho era un vacío familiar, un hueco frío justo donde debería estar mi corazón.

No había latidos, solo un eco helado que me recordaba constantemente que una parte vital de mí había sido arrancada.

Mi tía Marta me miraba desde la puerta de la celda húmeda, sus ojos llenos de un desprecio que ya no me molestaba en entender.

Para ella, yo no era su sobrina, era una herramienta, un objeto.

"Levántate, inútil."

Su voz era como el metal raspando la piedra.

Obedecí sin una palabra, mis huesos crujían en protesta, acostumbrados a romperse y sanar de forma incorrecta una y otra vez.

Mi cuerpo era un mapa de cicatrices y fracturas mal curadas, un testimonio de dieciocho años de tortura.

Hoy era un día especial. Hoy, mi tía me arrancaría el corazón de nuevo.

Lo hacía cada luna llena, un ritual grotesco para alimentar el poder de su hija, mi prima Valentina.

Se acercó, su mano rodeada de una energía oscura que me erizaba la piel. No me resistí, nunca lo hacía. Aprendí hace mucho tiempo que la resistencia solo traía más dolor.

Metió su mano en mi pecho, atravesando la piel y las costillas como si fueran de papel.

El dolor fue agudo, brutal, pero me mordí el labio hasta sacar sangre para no gritar.

Un grito le habría dado satisfacción.

Con un tirón violento, sacó una esfera de luz pálida, mi corazón, mi núcleo de poder latente.

La esfera pulsaba débilmente en su mano, una luz moribunda.

Caí al suelo, jadeando, el mundo se volvía gris en los bordes de mi visión.

Marta observó el corazón con una sonrisa torcida. "Perfecto. Valentina necesita este impulso para la ceremonia de hoy."

Se dio la vuelta y se fue, dejándome tirada en el suelo de piedra, sangrando y con el pecho abierto.

Mientras yacía allí, escuché los vítores y aplausos que venían del patio de entrenamiento.

Era Valentina.

Me arrastré con esfuerzo hasta la pequeña reja de mi celda y miré hacia afuera.

Valentina estaba en el centro del patio, rodeada de los jóvenes guerreros del clan.

Su cabello dorado brillaba bajo el sol, su piel era perfecta, su ropa, impecable.

Estaba practicando sus movimientos, y con cada gesto, una poderosa energía emanaba de ella, una energía que yo reconocía muy bien.

Era mi energía.

La gente la aclamaba, la admiraban, la llamaban la "Joya del Clan".

Ella era todo lo que yo no era. Fuerte, hermosa, amada.

Nadie sabía que su poder era robado. Nadie sabía que su fuerza se construía sobre mis huesos rotos y mi corazón arrancado.

Más tarde, dos guardias me arrastraron fuera de la celda.

El clan se había reunido en el gran salón. Era la ceremonia de nombramiento, donde se anunciaría a la próxima líder del clan.

Todos sabían que sería Valentina.

Me arrojaron al centro del salón como un saco de basura.

La multitud se apartó de mí con asco. Escuché los susurros.

"Qué asco."

"¿Por qué la traen aquí?"

"Es una vergüenza para el clan."

Yo era el hazmerreír, la paria, la débil que ni siquiera podía despertar su propio poder.

Mi tío Ricardo, el jefe del clan, se sentó en su trono, con su prometida, Elena, a su lado.

Elena me miró con lástima. Ella era la única que a veces me mostraba un poco de amabilidad, a escondidas.

Marta subió al estrado, con una sonrisa triunfante.

Valentina estaba a su lado, radiante y orgullosa.

"¡Miembros del Clan del Lobo Negro!", proclamó Marta, su voz resonando en el salón. "Hoy es un día de celebración. Mi hija, Valentina, ha demostrado ser la más fuerte, la más digna. ¡Ella será nuestra próxima líder!"

Hubo un estallido de aplausos.

Pero Marta levantó una mano para silenciarlos. "Sin embargo, hay algo que deben saber. Una verdad que he guardado durante dieciocho años."

El salón quedó en silencio. La tensión era palpable.

Marta me señaló con el dedo. "Esa basura que ven ahí...", su voz goteaba veneno, "no es mi sobrina. No es la hija de mi difunta hermana."

Un murmullo de confusión recorrió la multitud.

Mi tío Ricardo frunció el ceño. "¿De qué hablas, Marta?"

Marta sonrió, una sonrisa cruel y llena de malicia. "El día que mi hermana dio a luz, también lo hice yo. Pero mi hija nació débil, sin poder. La hija de mi hermana, en cambio, nació con un poder inmenso. Así que... las intercambié."

El silencio que siguió fue absoluto, pesado, sofocante.

Todos los ojos se volvieron hacia mí, luego hacia una Valentina pálida y confundida.

"¡Valentina!", continuó Marta. "¡Ella es la verdadera hija de la antigua líder! ¡Ella es la que lleva la sangre noble! ¡Esta cosa", me señaló de nuevo, "es mi hija. Una decepción sin valor."

Su plan era perfecto. Al revelar el "intercambio", le quitaba a Valentina la presión de ser la hija del jefe actual y le daba el linaje de la anterior líder, una figura legendaria. A mí, me condenaba al ostracismo absoluto.

La multitud estalló. La conmoción se convirtió en ira, dirigida hacia mí.

Valentina me miró con una mezcla de horror y desprecio.

Mi tío Ricardo parecía aturdido.

Marta me miraba, esperando que llorara, que suplicara, que me rompiera.

Pero en lugar de eso, lentamente, levanté la cabeza.

Una sonrisa sarcástica se dibujó en mis labios ensangrentados.

Mi voz, aunque débil y rasposa, cortó el caos del salón.

"¿Y si todo esto... fuera exactamente lo que yo quería?"

Capítulo 2

El silencio que siguió a mi pregunta fue más pesado que cualquier grito.

Marta parpadeó, confundida por un segundo, antes de que su rostro se contrajera en una máscara de furia.

"¿Qué estupideces dices, engendro inútil? ¡Estás delirando!"

La multitud, recuperándose del shock inicial, se unió a ella.

"¡Cállate, basura!"

"¡Cómo te atreves a hablar!"

"¡Es una deshonra!"

Las palabras eran como piedras, pero ya no me hacían daño. Había construido un muro a mi alrededor con años de dolor y humillación.

Uno de los jóvenes guerreros, un admirador ferviente de Valentina llamado Leo, se acercó a mí con una mueca de desprecio.

"No solo eres débil, sino que también estás loca. Tu sangre sucia probablemente nos sirva de algo, al menos."

Me agarró del brazo con fuerza, sus dedos apretando una fractura reciente. El dolor fue una llamarada blanca detrás de mis ojos, pero no le di la satisfacción de verme hacer una mueca.

"Escuché que la sangre de los inútiles puede usarse como tónico para fortalecer a los verdaderos guerreros. Un último servicio a un clan que nunca te mereció."

La idea era grotesca, inhumana, pero vi cómo los ojos de varios miembros del clan se iluminaban con un interés perverso.

Miré a Marta. Ella no solo no lo detuvo, sino que asintió con aprobación.

"Hazlo", dijo con frialdad. "Que su existencia miserable sirva para algo. Que alimente la fuerza de mi verdadera hija, la futura líder."

Leo sonrió, mostrando los dientes. Sacó una daga. No para matarme, eso habría sido demasiado rápido. La pasó por mi brazo, abriendo una herida profunda.

La sangre brotó, oscura y espesa.

Varios jóvenes se acercaron con cuencos, ansiosos por recoger el "tónico".

Era una escena de pesadilla. Estaban a punto de beber mi sangre frente a todo el clan, como si yo fuera un animal de sacrificio.

Y yo era un animal. Un animal de sacrificio, una carnada para bestias, una fuente de poder para Valentina.

Así me habían tratado toda mi vida.

Desde que tengo memoria, mi "hogar" ha sido esta celda. Mi "comida", las sobras que me tiraban. Mi "familia", los monstruos que me torturaban.

Cada vez que mis huesos se rompían, ya sea en el "entrenamiento" o como castigo, nadie me curaba. Tenía que esperar, agonizando, a que sanaran solos, torcidos e incorrectos.

Cada vez que me usaban como carnada en el Coto de las Bestias, volvía hecha jirones, si es que volvía. Me dejaban a mi suerte, esperando que las criaturas salvajes me devoraran.

Pero siempre sobrevivía.

Mi cuerpo, a pesar de todo, se negaba a rendirse.

Y mi mente... mi mente planeaba.

Observé a los jóvenes que se agolpaban a mi alrededor, sus rostros ansiosos y crueles.

Vi a Valentina, que apartaba la vista, no por compasión, sino con una pizca de asco, como si la visión de mi sangre la ensuciara.

Vi a mi tío Ricardo, el gran jefe, que no hacía nada, su rostro una máscara impasible, permitiendo esta barbarie en su propio salón.

Vi a Marta, disfrutando del espectáculo, su rostro radiante de triunfo.

Cerré los ojos.

No era resignación.

No era desesperación.

Era paciencia.

Una paciencia forjada en dieciocho años de infierno.

Una paciencia que estaba a punto de agotarse.

Solo un poco más.

Ya casi es la hora.

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