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Corazón Indomable

Corazón Indomable

Autor: : Irvine Azuma
Género: Romance
El dolor me partió el abdomen en dos. Era mi cumpleaños, y Alejandro, a quien había criado con el amor de una madre por diez años, me sonreía. Acababa de regalarme un licuado de fresa, una bebida que ahora quemaba mis entrañas. Pero el ardor no era solo físico; era la amarga verdad que susurró: "Siempre te he odiado, Sofía. Te odio porque cada vez que te veo, veo la cara de mi madre." Luego, la mancha carmesí en mi vestido blanco: mi bebé, el hijo de Ricardo, mi prometido. Mi prometido, que llegó para consolarme, para decirme que era un "aborto espontáneo" y que Alejandro "solo bromeaba". Luego me miró con asco y dijo: "Estás hecha un desastre. Hueles a enfermedad". En mi lecho de dolor, vi la película silenciosa de mi vida: diez años entregados a la promesa hecha a mi padre. Diez años cuidando de una familia que no era mía, de una empresa que yo manejaba mientras ellos ponían el nombre. Incluso mi propia madre, al enterarse de mi compromiso, solo llamó para asegurar su pensión, susurrándome que no fuera "egoísta". ¿Egoísta yo? La que había sacrificado su juventud por todos. Mi cuerpo dolía, mi corazón estaba roto, pero una rabia fría y dura como el acero me inundó. "¿Qué quieres, Sofía?", me preguntó Ricardo el hipócrita. "¿Dinero? ¿Joyas? ¿O quieres que formalicemos el matrimonio? Puedo llamar al juez mañana mismo." ¡El matrimonio era el premio de consolación por mi sumisión! Con una calma aterradora, tomé un trozo de cristal de un jarrón roto. Debía romper el lazo, destruir el símbolo que me ataba a su odio. "¡Sofía, no!" , gritó Ricardo, pero era demasiado tarde. Con un movimiento rápido, arrastré el cristal por mi mejilla izquierda. El dolor era liberador. Ya no era la Sofía que conocían, la que odiaban, la que usaban. Y en medio del horror en sus rostros, me eché a reír. Esa risa, que estalló como dinamita, me liberó de una cárcel de diez años. Y así, ensangrentada, pero con el alma libre, crucé la puerta, dejando atrás el veneno y el dolor. No había vuelta atrás.

Introducción

El dolor me partió el abdomen en dos.

Era mi cumpleaños, y Alejandro, a quien había criado con el amor de una madre por diez años, me sonreía.

Acababa de regalarme un licuado de fresa, una bebida que ahora quemaba mis entrañas.

Pero el ardor no era solo físico; era la amarga verdad que susurró: "Siempre te he odiado, Sofía. Te odio porque cada vez que te veo, veo la cara de mi madre."

Luego, la mancha carmesí en mi vestido blanco: mi bebé, el hijo de Ricardo, mi prometido.

Mi prometido, que llegó para consolarme, para decirme que era un "aborto espontáneo" y que Alejandro "solo bromeaba".

Luego me miró con asco y dijo: "Estás hecha un desastre. Hueles a enfermedad".

En mi lecho de dolor, vi la película silenciosa de mi vida: diez años entregados a la promesa hecha a mi padre.

Diez años cuidando de una familia que no era mía, de una empresa que yo manejaba mientras ellos ponían el nombre.

Incluso mi propia madre, al enterarse de mi compromiso, solo llamó para asegurar su pensión, susurrándome que no fuera "egoísta".

¿Egoísta yo? La que había sacrificado su juventud por todos.

Mi cuerpo dolía, mi corazón estaba roto, pero una rabia fría y dura como el acero me inundó.

"¿Qué quieres, Sofía?", me preguntó Ricardo el hipócrita. "¿Dinero? ¿Joyas? ¿O quieres que formalicemos el matrimonio? Puedo llamar al juez mañana mismo."

¡El matrimonio era el premio de consolación por mi sumisión!

Con una calma aterradora, tomé un trozo de cristal de un jarrón roto.

Debía romper el lazo, destruir el símbolo que me ataba a su odio.

"¡Sofía, no!" , gritó Ricardo, pero era demasiado tarde.

Con un movimiento rápido, arrastré el cristal por mi mejilla izquierda. El dolor era liberador.

Ya no era la Sofía que conocían, la que odiaban, la que usaban. Y en medio del horror en sus rostros, me eché a reír.

Esa risa, que estalló como dinamita, me liberó de una cárcel de diez años.

Y así, ensangrentada, pero con el alma libre, crucé la puerta, dejando atrás el veneno y el dolor.

No había vuelta atrás.

Capítulo 1

El dolor me partió el abdomen en dos.

Fue un calambre agudo, violento, como si unas garras de hielo me estuvieran desgarrando por dentro.

Estaba sentada en el gran comedor, la luz del candelabro brillaba sobre la mesa larga y pulida. Era mi cumpleaños. Alejandro, de pie frente a mí, sonreía.

"¿Te gustó, Sofía? Lo preparé especialmente para ti."

Sostenía la jarra de vidrio de la licuadora, vacía. El vaso en mi mano temblaba. El licuado de fresa que me acababa de dar, el que me tomé de un solo trago para complacerlo, ahora era un fuego líquido que me quemaba las entrañas.

Otro espasmo, más fuerte esta vez, me hizo doblarme sobre la mesa. Un sudor frío me recorrió la espalda. Mi respiración se cortó.

"Alejandro... ¿qué... qué le pusiste?"

Su sonrisa desapareció. Su rostro, tan joven y que yo había cuidado con tanto esmero durante diez años, se contrajo en una mueca de puro desprecio.

"Algo que te mereces."

Sus palabras eran frías, afiladas. El calor que siempre había sentido por él, ese amor casi maternal, se congeló en mi pecho.

"Siempre te he odiado, Sofía."

Se inclinó sobre la mesa, su voz un susurro venenoso que se arrastraba hasta mis oídos.

"Te odio porque cada vez que te veo, veo su cara. La cara de mi madre."

Un nuevo calambre, una ola de dolor tan intensa que me arrancó un gemido, me recorrió desde el vientre hasta la garganta. Sentí una humedad caliente entre mis piernas. Miré hacia abajo. Una mancha roja se extendía lentamente sobre mi vestido blanco.

Mi bebé.

El bebé que llevaba dentro, el que ni siquiera sabía que existía hasta que el médico me lo confirmó la semana pasada. El hijo de Ricardo, mi prometido.

"Ella arruinó la vida de mi padre," continuó Alejandro, su voz sin una pizca de emoción mientras observaba la sangre. "Lo hizo infeliz, lo abandonó. Y tú eres idéntica a ella. Una copia exacta. Caminas como ella, hablas como ella, sonríes como ella."

El dolor físico era insoportable, pero el dolor de sus palabras era aún peor. Me atravesaba el alma, destrozando cada recuerdo, cada sacrificio.

Diez años.

Diez años desde que mi padre, antes de morir, me hizo prometerle que cuidaría de su empresa y de Alejandro, el hijo que adoptó con su segunda esposa. Diez años en los que renuncié a mi juventud, a mis sueños, para convertirme en la cabeza de una familia que no era la mía, para criar a un niño que me veía como el fantasma de su madre.

"Todo este tiempo...," susurré, con la garganta seca. "Todo lo que hice por ti..."

"¿Hacer por mí?" se rio, una risa cruel que rebotó en las paredes del comedor vacío. "Solo te usé, Sofía. Te usé para tener una vida cómoda. Ricardo también te usó. ¿Crees que de verdad te ama? Solo quería el control de la empresa de mi abuelo a través de ti. Eres una marioneta, Sofía. Siempre lo has sido."

La calidez en mi corazón, ese sentimiento de deber y amor que me había movido durante una década, se extinguió por completo. De repente, todo se volvió frío y silencioso por dentro. El dolor seguía ahí, desgarrador, pero mi mente se sentía extrañamente lúcida.

Había sacrificado mi vida entera por personas que me odiaban, que me usaban.

Con un esfuerzo sobrehumano, apoyé las manos en la mesa y me puse de pie. La sangre goteaba en el suelo de mármol. El mundo se balanceaba a mi alrededor.

"Me voy," dije, mi voz sonando lejana, como si perteneciera a otra persona.

Alejandro me miró, una ceja arqueada en señal de burla.

"¿Irte? ¿A dónde? No tienes nada. No eres nadie sin nosotros."

No le respondí.

Me di la vuelta y, paso a paso, arrastrando los pies con un dolor que amenazaba con hacerme pedazos, comencé a caminar. Cada movimiento era una tortura. Sentía cómo la vida se me escapaba, cómo mi cuerpo se rendía. Pero mi voluntad, recién nacida de las cenizas de la traición, me empujaba hacia adelante.

Tenía que salir de esa casa.

Tenía que escapar de esa vida.

Capítulo 2

"¿Crees que puedes simplemente irte?"

La voz de Alejandro me siguió por el pasillo, cargada de una arrogancia que nunca antes le había escuchado. Yo seguía caminando, concentrada en poner un pie delante del otro, ignorando el rastro de sangre que dejaba a mi paso.

"Esta casa es mía ahora, Sofía. La empresa es mía. Ricardo me la dará. Tú no eres más que una empleada. Una simple administradora a la que mi abuelo le tuvo lástima."

Cada palabra era un golpe, pero yo ya no sentía nada. El dolor en mi vientre era un ancla que me mantenía en la realidad, pero mi corazón estaba mudo. Me aferré a la pared para no caerme, mis dedos dejando una mancha carmesí en la pintura blanca.

Mantuve mi rostro impasible, mirando fijamente la puerta de mi habitación al final del pasillo. Era mi único objetivo.

"Tienes razón," dije, sin voltear a verlo. Mi voz era apenas un murmullo, pero clara. "Ya no soy la señora de esta casa. Ahora tú eres el dueño, Alejandro."

Hubo un silencio detrás de mí. Pude sentir su sorpresa. Esperaba que yo gritara, llorara, suplicara. No le di esa satisfacción.

"Lo acepto. Te lo mereces," añadí, con una ironía tan sutil que probablemente ni la notó. "Has trabajado muy duro para esto."

Lo escuché soltar una risa nerviosa, confundido por mi reacción.

"Vaya, al fin lo entiendes. Pensé que te aferrarías como una garrapata, como siempre lo has hecho."

No respondí. Seguí mi lento y doloroso camino. El pasillo parecía interminable. Cada cuadro en la pared, cada jarrón sobre las mesas, eran testigos silenciosos de los diez años que había perdido allí. Diez años de cuidar sus comidas, de revisar sus tareas, de asistir a sus eventos escolares, de consolarlo cuando tenía pesadillas.

Todo había sido una mentira. Una actuación.

Él me odiaba.

Finalmente, llegué a la puerta de mi habitación. Mi mano temblaba mientras giraba el pomo. El metal estaba helado.

Justo cuando entré, mis piernas cedieron. Me derrumbé en el suelo, justo dentro del umbral. El mundo se volvió oscuro por los bordes.

Escuché un grito ahogado. Era María, la sirvienta.

"¡Señorita Sofía!"

Sus pasos apresurados resonaron en el pasillo. Sentí sus manos tratando de levantarme, su voz llena de pánico.

"¡Señorito Alejandro, ayúdeme! ¡La señorita está sangrando mucho!"

La última imagen que vi antes de perder el conocimiento fue el rostro de Alejandro en la puerta, mirándome con una mezcla de triunfo y una extraña pizca de incertidumbre, como si el resultado de su plan lo hubiera tomado por sorpresa.

Luego, todo se volvió negro.

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