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Corazón de Espinas

Corazón de Espinas

Autor: : Lily Heart
Género: Romance
La vida de Coraline Frank es un desastre, desbordada en sufrimiento y una soledad amarga. Padres desinteresados dentro de una falsa realidad, y una relación violenta que la hace perderse a sí misma. Y a pesar de tener a su mejor amiga como refugio, no le basta para llenar ese vacío en su pecho. Adriel Forbes es un chico que vivió parte de su niñez en las calles, hasta ser llevado a un orfanato. Un lindo matrimonio lo adoptó, pero el destino no quiso darle mucho tiempo de una felicidad estable, y le arrebató a esas personas de su vida, dejándolo nuevamente huérfano a sus 16 años. Dos adolescentes que comparten el mismo vacío, dolor y desesperanza. Dos corazones que el único amor que conocen es un amor destructivo. ¿Podrán dos oscuridades convertirse en luz?

Capítulo 1 Tempestad

Fue una lluviosa tarde de mayo en la que diría que todo cambió. Cada decisión que tomamos, por más mínima que sea, desencadena una serie de eventos en nuestras vidas, e incluso, en la de los demás. Aunque, lamentablemente, la mayoría de las veces no somos prudentes, o ni siquiera nos damos cuenta de que estamos tomando una fallida decisión. Y esa misma tarde, en la que caminaba de regreso a mi casa luego de aquel fatídico episodio vivido hacía tan sólo quince minutos antes, tomaría la mía.

Recuerdo que la lluvia cubría completamente las amplias calles de aquel vecindario con charcos enormes. Mi ropa se había empapado completamente, y eso me obligaba a mover con mayor fuerza mis débiles y delgadas piernas, y mi cabello se pegaba a mi sudorosa cara, dificultándome aún más la visión. Aún siento en mi piel la horrenda sensación de que todo daba vueltas, y el peso sobre mi alma de todo lo acontecido ese día... Y la soledad, aquella sensación de estar sola en todo el mundo, y contra todo el mundo. Aquella que por años fue mi inseparable compañera, y que, a pesar de algunos eventos felices, siempre regresaba, recordándome que era parte de mí.

Todo mi cuerpo pedía a gritos un poco de calma, y un motivo por el cual seguir soportando. Ya no me quedaba nada de voluntad, ni de esperanza de poder salir de este pozo oscuro en el que me encontraba encerrada desde hacía años.

Y lo de hoy, ya era cruzar la delgada línea de cordura que me quedaba. Las imágenes me agobiaban, grabadas dentro de mis párpados. El rostro de mi novio Derek distorsionado por la ira, y cada uno de los golpes con los que se desquitó sobre mí quince minutos atrás, luego de contarle lo sucedido en el baño de la escuela... Pero, lo que más me partió en mil pedazos, fue lo que desencadenó todos aquellos sucesos desastrosos. El horrendo final de algo que ni siquiera llegué a comprender del todo que sucedía. La única chispa de esperanza que se me dio sorpresivamente, y que así de inesperado y rápido como llegó, se me fue quitado. O quizás, en realidad sí tuve la culpa, pero ya nunca lo sabré. Como bien dije, todos tomamos decisiones constantemente, minuto tras minuto; y la mayoría, al menos en mi vida, siempre fueron malas.

Jueves 16 de mayo, 2019. New Rochelle, New York, Estados Unidos.

Dolor, eso es lo único que siento en este momento. Mi cabeza palpita y retumba con los desbocados latidos de mi corazón que hacen eco en mis oídos, creando una capa de un fuerte rojo al cerrar mis ojos. Pero debo llegar a casa, a mi habitación: mi único pequeño refugio.

Al llegar a la entrada de la pintoresca cada bien arreglada, que aparenta ser el mejor hogar de la mejor familia del vecindario, noto que las luces ya están prendidas, anunciando que mis padres ‒o al menos mi madre‒, ya regresaron del trabajo. Maldiciendo, me escabullo entre los arbustos de la entrada directo al costado de la casa, que da a mi habitación en el primer piso. Ayudándome con el viejo roble junto a la ventana, trepo con dificultad y consigo pasar una pierna en la rota rama gruesa, y aferrándome al tronco empujo con la punta del pie la persiana entornada, para así impulsarme y lograr aterrizar dentro de la oscura habitación con un ruido sordo.

Mi cuerpo duele aún más, sin contar mi irregular respiración, el dolor punzante que recubre mis costillas y mi vientre un poco hinchados, y la sangre en mi labio inferior que me marea aún más con ese sabor metálico tan fuerte. En pocas palabras, me siento un saco de basura maltrecho.

Camino como puedo sosteniéndome de la pared hacia el baño, y tomo con apuro unos calmantes del botiquín, rogando para que me calme y poder aguantar lo que queda del maldito día. En la mesita de luz, el reloj que marca las ocho de la noche, seguramente en un rato estará lista la cena, por lo que debo apurarme en alistarme.

Con prisa rebusco en el estante del armario una toalla y mi bata de baño, y me encierro en el baño poniendo el pestillo por si mi madre intenta entrar como siempre hace. Abro la llave de agua caliente al máximo y espero a que el vapor invada el lugar, calentándolo para que mi cuerpo se relaje. Con mucho cuidado me desvisto evitando rozar más de lo necesario los moratones que cubren mis costillas, y antes de meterme bajo el agua la regulo para que no me queme.

Tallo con insistencia mi piel lo mejor que puedo, intentando quitar la horrenda sensación que sigo sintiendo desde hace un mes y medio. Aún no puedo olvidar que mi novio me obligara de tal forma a tener relaciones con él en aquella fiesta que sus amigos del club de futbol organizaron. Siento en la piel sus manos apretándome y su asqueroso aliento en mi nuca. Entre la cantidad de alcohol y sustancias ilegales que consumió esa noche, entiendo lo que dijo de no haber estado en sus cinco sentidos, pero aun así... No era justo para mí. Y menos la estúpida idea que se le cruzó hace unos meses, de ser padres a esta edad, y todo porque su padre es un desastre y un mal viviente. ¿Qué clase de vida cree que podríamos llevar con ese bebé? Ambos con diecisiete y dieciocho años, sin trabajo, sin el estudio completo; sin un futuro estable.

Su madre sale con narcotraficantes para tener dinero y mantener su costoso estilo de vida, mientras deja a su hijo muerto de hambre por días enteros. Él debe fingir estar bien para seguir rindiendo dentro del club de futbol, y para que sus amigos lo tengan en cuenta y lo vean como un gran deportista, con un gran futuro en el que apuestan que podrá llegar a la Segunda División si se lo propone... Pero que en realidad no le llama la atención el futbol, ni ningún deporte, ya que lo único que lo distrae sin tener que estar metiéndose drogas en el sistema, es la pintura. Millones de veces me contó su sueño de algún día ser un artista con una galería propia en Concorde, París, cerca del Museo de la Orangerie, el cual añora poder visitar y recorrer sus amplias salas cubiertas por pinturas impresionistas.

Y de mis padres, pues, son el típico matrimonio católico perfecto, padres perfectos, con profesiones, una casa y coches perfectos... Pero en realidad es sólo de la puerta para afuera, porque dentro, la realidad es que se odian y no se soportan, pasándose todos los días discutiendo. Mi padre vive llamando mujerzuela a mi madre, alegando que se viste como una prostituta y que seguramente debe de tener varios amantes fuera de casa; y mi madre, vive recriminándole a mi padre que nunca le da cariño, ni le demuestra amor, ni sale con ella, y ni siquiera la abraza o la besa. Pero los domingos, se colocan sus disfraces de marido y mujer religiosos y correctos, obligándome a asistir a las misas y a pasar un tiempo en las reuniones que se suelen celebrar semana de por medio. Allí asiste todo el grupo que colabora con la iglesia y se encarga de hacer colectas para los pobres. Un grupo de señoras ayudan al sacerdote a dar catequesis, y recuerdo haber visto de niña a mi madre participando en las clases y reuniones, en vez de pasar tiempo conmigo o de ayudarme en la escuela, pero bueno, así siempre fue ella.

Cierro los ojos con fuerza, intentando no recordar lo que hoy en la tarde, en plena clase de biología, sucedió. Ese dolor punzante en mi bajo vientre, la cara asustada de mi única amiga, las lágrimas, el pánico, la sangre que no paraba... Y la sensación de que volvía a estar sola, de que la vida volvió a quitarme lo único que me dio fuerzas otra vez. La amarga realidad de que ese bebé, esa niña con la que noches atrás había soñado, de piel rosada y largo cabello rojizo, se había ido.

Y volvía a estar sola. Como al principio.

Unos golpes en la puerta del baño me sobresaltan, y la manija de la puerta se sacude con violencia.

-Coraline. ¡Cuántas veces te dije que no trabes la puerta! Baja a comer que tu padre llegará en unos minutos -su voz es histérica y cargada de ese miedo tan normal que la envuelve cada vez que mi padre llega más tarde de su horario a casa.

-Ya bajo, mamá -y con todo el esfuerzo del mundo, salgo envolviéndome con la bata y secándome con la mayor rapidez posible, para luego colocarme el jogging y la camiseta holgada tres talles más grande, rogando a Dios, si es que existe, que no noten nada..., como siempre.

Capítulo 2 Cayendo en el vacío..., otra vez

El despertador suena sobresaltándome como todos los días, vivir con los nervios de punta constantemente ya me es natural. Anoche no recuerdo a qué hora me quedé dormida, luego de recibir más gritos de mis padres por no verme "estudiando para la escuela o estudiando la Biblia y rezando" como ellos quieren. Los exámenes en la escuela son dentro de una semana y, sinceramente, es en lo que menos pienso.

Con pesadez, me levanto de la cama estirando mi dolorido cuerpo. Hoy debería volver a verle la cara a Derek, y actuar como siempre, como si nada pasara. Muchas veces mi mejor y única amiga Vanessa me ha preguntado el porqué de seguir con él, de seguir soportando su drama y su forma de ser... Pero estar con él, esos pequeños momentos de felicidad plena que me hace sentir, es lo mejor que me ha pasado en años. No todo es oscuro, a la vez que no siempre fue todo amargo. Hace casi dos años que somos novios, y un año antes fuimos buenos amigos. Y escaparme con él era mi momento de paz mental en los días en los que no podía soportar más toda la carga.

Con una sonrisa nostálgica en el rostro me observo en el espejo, y noto el peso de esos años y de la realidad en la que vivo. Tengo dieciséis años, pero aparento más edad. Mi cuerpo es delgado por mi bajo peso, y mis pómulos se marcan huesudos, recubiertos con mi piel frágil y con varias manchas desparramadas aquí y allá. Mis ojos celestes son opacos, casi grises, cuando en mi primera infancia solían ser celestes como el cielo, brillosos y resplandecientes de alegría; ahora de ellos, sólo quedan fotografías. Mi cabello marrón cae sin gracia hasta mis hombros, y me río amargamente, recordando cuando de niña lo llevaba hasta la cintura, luminoso y lleno de vida, con un intenso color idéntico al chocolate más delicioso que haya probado. Levanto un extremo de mi amplia camiseta negra viendo mis costillas inflamadas por los moratones, y mi labio inferior se ve más deshinchado luego de aplicarme hielo por media hora anoche antes de quedarme dormida.

Lavo mis dientes y mi cara con desgana, para luego vestirme con las primeras prendas que tomo del armario. Las únicas veces que me arreglo son para las fiestas, ya sea de la Iglesia, eventos familiares o de la escuela, y sólo porque me obligan a asistir. No me siento bonita, incluso cuando Vane y Derek me lo repiten todo el tiempo. Si me veo al espejo, sólo veo un títere que se mueve por inercia, uno que manejan como quieren, a su placer y beneficio.

El timbre de la casa suena como molestas campañillas, y bajo de prisa sabiendo quién podría ser. Mi padre está sentado junto a la mesa de la amplia cocina, leyendo el periódico con una taza de café; una imagen tan típica, con mi madre detrás terminando de servir el desayuno para nosotras.

-Buenos días, hija -el reproche inunda la gruesa y potente voz de mi padre, y mi madre agacha la mirada al suelo, frunciendo los labios en una línea fina-. Espero que hoy sí te sientes a desayunar en familia, como corresponde.

-Sí, padre. Buenos días a ustedes -respondo con una sonrisa fingida y un leve asentimiento de cabeza, para luego pasar directo al living hacia el recibidor, y tomar la llave junto al perchero de la entrada, para abrir la puerta.

Una sombría Vanessa con profundas ojeras y sus marrones ojos vidriosos me espera en el porche, con la espalda recostada en una de las columnas ostentosas que adornan la entrada de la casa. Cierro con cuidado y en silencio la puerta para que no se escuche que salí.

-Hola -susurro con un nudo creciente en mi garganta, sabiendo el porqué de su estado tan demacrado.

-Hola -contesta abrazándome con fuerza y aferrándose con las manos temblando.

Ayer, luego del aborto espontáneo que tuve, ella estuvo al borde de colapsar del shock que le causó la situación. Y no es por ser fría, pero no pude reaccionar de la misma manera, no pude exteriorizar ‒ni puedo aun‒ el dolor y la angustia tan macabramente enorme que crece dentro de mi pecho, calándome cada parte de mi ser... No termino, incluso ahora, de caer en esa pérdida, ni de comprender siquiera por completo el sentimiento que pude haber vivido.

Hace un mes, recuerdo bien que fue un lunes temprano ‒en el que un profesor faltó a clases y pudimos quedarnos en su casa ya que sus padres salen todos los días al trabajo a la misma hora que ella a la escuela‒, en el que, hechas un manojo de nervios, leímos las instrucciones de ese test de embarazo, en el que salió un angustiante positivo. Mi primera reacción no fue tan alegre como la de ella, me costó dos semanas hacerme a la idea, hasta que soñé por primera vez con aquella bebé, una inmensa esperanza me consumió por completo toda negatividad que cargaba, dándome algo porqué luchar, algo para impulsarme a querer tener un buen futuro. Incluso ella se veía de madrina, añorando también ese vívido futuro. Y ahora, de vuelta en la realidad, el dolor nos vuelve a consumir a ambas.

Vanessa también pasó muchas tristezas en su infancia, situaciones y hechos que la marcaron de por vida, sentenciando su paz a convertirse en un infierno de pesadillas. Creo que por eso siempre nos apoyamos, el tenernos la una a la otra nos contiene, nos saca de esos pensamientos oscuros que muchas veces nos llevaron a parar al hospital. Pero ahora, la culpa de que este desastre lo pude haber provocado yo, me sobrepasa.

-¿Cómo has estado? -se sorbe la nariz apartándose de mí con una risa cortada por un sollozo contenido- Lo siento, ya sé, pregunta estúpida. Pero sabes a lo que me refiero, si has podido dormir algo al menos.

-Sí, algo dormí. Pero tú no, al parecer -se encoje de hombros y nos sentamos en la cantera que separa el camino de baldosas de piedra del colorido jardín-. Enserio lamento hacerte pasar por esto, no creí que pudiera pasar, ni siquiera debí haber quedado... -ella me da una mirada cargada de tristeza y saca de su mochila una bolsita de pañuelitos descartables- Tú sabes, tomé la pastilla del día después, nunca debió dar positivo...

-Oye, basta idiota -me interrumpe tomando mis manos entre las suyas que están algo frías-. No te culpes, ya habíamos averiguado que esa pastilla no tendría efectos de aborto, a muchas mujeres les pasa, más que nada con el primer embarazo.

-¿Estuviste buscando respuestas en Google otra vez? -enarco una ceja conteniendo una risa, y ella sonríe también, haciéndose el ambiente más ligero.

-Sabes que sí, pero... -su voz vuelve a caer, y aprieta más fuerte mis manos- Debes ir al médico, si quedó algo del...

-No -me levanto con brusquedad dándole la espalda, y dejándola con los ojos abiertos, inyectados en preocupación-. No logré ir a una primera consulta antes, ni siquiera pude ver una maldita ecografía. No. No iré al hospital, si se fue, si me dejó...

Me detiene aferrándome en un abrazo que me remueve el pecho haciendo que unas lágrimas caigan de mis ojos, pero se escuchan unos pasos acercándose desde dentro de la casa, y con rapidez nos separamos y nos limpiamos las caras. Ella toma su mochila y para cuando mi madre abre la puerta, es como si nunca hubiésemos hablado de nada serio.

-Buenos días, señora Frank -saluda respetuosamente mi amiga ajustándose las tiras de la mochila en sus hombros.

-Buenos días, querida Vanessa. ¿Quieres pasar? Estamos por desayunar, puedo servirte algo de beber -mi madre sonríe radiante con su típica expresión de madre perfecta, como si hace tan sólo dos minutos no hubiese estado peleando con mi padre otra vez.

Mis padres y los de Vane, el señor y la señora Leclerc, son parte de los allegados a la Iglesia Saint John the Baptist, y los que ayudan con la organización de las festividades, las colectas quincenales y los talleres recreativos que la Iglesia ofrece. También son un matrimonio defectuoso, pero a diferencia de mis padres, ellos sí le suelen prestar atención a sus hijos, aunque no siempre fue así.

-¡Me encantaría! Pero debo irme a la biblioteca a por unos apuntes que nos pidieron para la clase de historia -se excusa dando torpes paso hacia atrás para huir antes de que le insistan-. Muchas gracias de igual forma.

-¿Tú no debes buscarlos también? -curiosea mi madre con un dejo de advertencia en sus ojos.

-No, madre, quedamos en que ella los retiraba, y son para usarlos durante la clase hoy -ella asiente y con una sonrisa despide agitando la mano a mi amiga quien hace lo mismo ya caminando calle abajo.

Mi madre me deja pasar primero para luego cerrar la puerta con llave, y guiarme hasta la cocina en donde mi padre ya terminó su café y me observa con enojo.

-Y preferiste quedarte afuera antes que desayunar con nosotros -deja lentamente el periódico bien doblado sobre la mesa, y vuelve a verme con sus ojos irritados, reflejando que anoche estuvo bebiendo de más otra vez-. ¿Cuántos días más piensas actuar de esta manera tan desobediente? ¿Acaso no recuerdas el cuarto Mandamiento? ¿Tan poco te importan los valores ahora?

-Claro que lo recuerdo, padre -agacho la cabeza, conteniendo la inmensa ira que se acrecienta en mi pecho, y que siempre es secundada por el agotamiento-. "Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar" -él asiente con el mentón tenso, y vuelve a tomar el periódico, ignorándome-. Lo siento...

-Vete a tu habitación, debes terminar tus tareas -me ordena mi madre mientras deja un repasador colgado en la manija del horno y alisa su falda del uniforme de su trabajo-. Ya me voy a la oficina, hazme el favor de comprar la cena -mi padre levanta la mirada con molestia y sus típicos celos en cuanto escucha que ella me pide ese favor, y deja de un manotazo el periódico de nuevo en la mesa, con un ruido bastante fuerte.

-¡¿Y por qué razón no harás las compras como todos los días?! ¡¿Llegarás más tarde, saldrás más tarde de la oficina, como siempre decías cuando te ibas por ahí con otros tipos?! -mi madre se achica en su lugar, con sus manos temblando y su semblante pálido, sin atreverse a siquiera mirar a mi padre.

-Claro que no, querido. Sabes que jamás te fui infiel... -el estruendo del golpe en la mesa retumba en la casa que parece estar vacía por el eco, y mi padre se levanta de la silla con lentitud.

-Yo lo sé, y Dios también, que me castiga con una mal nacida como mujer...

Corro escaleras arriba, apretando mis puños e intentando dejar de escuchar los gritos que cada vez aumentan más. Debería de estar acostumbrada, y de alguna retorcida forma lo estoy, pero siempre esta impotencia me invade y no sé manejarla. Los odio a los dos, por obligarme a vivir todos los malditos días estas situaciones, este odio y supuesto amor que se tienen. Siempre discutieron delante de mí, incluso con violencia física constante. Y lo peor de todo, es que cuando Derek y yo peleamos, nos veo exactamente igual que mis padres, sintiendo en mi propia carne que eso que hacemos está bien, que es la forma correcta de desquitarnos los problemas o las inseguridades que cargamos. Ojalá y todo fuera diferente...

Capítulo 3 Lágrimas de esperanza

El día sigue nublado y con pronóstico de volver a llover, al igual que ayer, lo cual es raro teniendo en cuenta de que es plena temporada de primavera.

Caminar por las tranquilas calles del vecindario es una de las únicas cosas que me relajan, respirar aire puro, ver pasar a las personas y a los vehículos uno tras otro, sumergidos en su mundo... Es una buena forma de conectar unos instantes con la realidad, con la naturaleza que nos rodea, y con esta sensación tan extraña en mí, esa paz y quietud inquebrantable que envuelve el espacio-tiempo en el que uno cierra los ojos y tan sólo respira, inhalando y exhalando con tranquilidad, sin el apuro de la vida diaria.

La High School New Rochelle queda a unas cinco cuadras de mi casa, por lo que siempre iba caminando y disfrutando estos veinte minutos de calma. Derek me envió un mensaje de texto antes de salir de mi casa, diciendo que me quería ver en la entrada de la escuela antes de las clases, y como inevitablemente debo pasar por allí, no me queda opción.

A una cuadra antes de llegar al gran terreno que cubre la escuela secundaria más linda que jamás vi ‒y por la que mis padres pagan echándome en cara que mi futuro a ellos les cuesta el doble para que sea bueno y no me junte con los "vagos y maleantes muchachos" que asisten a la secundaria pública‒, diviso el nuevo coche deportivo de mi novio. Una risa se escapa de mis labios al recordar de qué lugar ilegal vino el dinero para aquel carro tan costoso, y claro, su madre hizo todo el trabajo para darle a "su bebito", como suele llamarle, el mejor carro para que lo envidien y pueda subir a muchas chicas.‹‹››

Y allí está, apoyado de brazos cruzados, en el árbol en donde nos dimos nuestro primer beso hace casi dos años. De perfil sigue siendo tan perfecto como en aquellos años, con ese aire jovial y despreocupado, y con esa esperanza en los ojos; una que, al alzar la mirada y conectarse sus ojos con los míos, ya no tiene...

-Hola -musito al llegar a su lado, él me da una pequeña sonrisa de lado, intentando acercarse para envolverme en sus brazos, pero lo aparto, poniendo mi mano sobre su pecho con la mirada clavada en mis pies.

-Enserio lo lamento tanto, bebé -distingo angustia en su voz, y el brillo de sus ojos me dice que es honesto, y que en verdad lo siente... Pero el dolor en mis costillas sigue estando, y de nuevo, el hueco de soledad se abre en mi pecho, ahogándome.

-Lo sé... Te creo, pero lo que pasó... -toma mis manos y las acuna en su pecho, en donde puedo sentir el bello latido de su corazón, ese sonido con el que siempre me calma como un suave arrullo.

-No lo digas, ¿sí? Sólo... Sólo déjame arreglarlo, déjame hacer algo, lo que sea, para compensar mi horrible actitud -su voz es un susurro ya cerca de mi oído, y sé que, si sigo aquí, con él, dejaré que me abrace y que todo vuelva a ser como antes.

Una parte de mí quiere eso con todas las fuerzas, aferrándose a lo único que conoce como bueno y anhelante, pero, por primera vez, otra parte de mí, quizás una leve y difusa voz en mi cabeza, dice que no, que esto no va a dejar de ser doloroso; porque por más que me haga feliz, también me hace sufrir, y ya el dolor superó el límite, cruzando la delgada línea entre el deseo, y el tan básico y primitivo instinto de supervivencia. Algo tengo que hacer para salvar lo poco que queda de mí, de la Coraline Frank que un día fui.

-¿Podemos hablar luego, por favor?

Y sin esperar respuesta corro hacia la escuela, entre la multitud amontonada en la entrada. Corro sin dirección, llegando por instinto al baño de chicas, y me encierro en uno de los cubículos dejando salir todo ese llanto atorado de hace tanto en mi garganta. No soy consciente de cuánto tiempo pasa, hasta que la puerta se abre de un portazo y mi amiga me abraza fuertemente, sosteniéndome y dejándome ver que ya no tengo fuerzas ni para sostenerme en pie sola. Pasan unos minutos más, y ya fuera del baño sólo se escucha un silencio sepulcral, que parece resonar como pitido en mis oídos.

-Nos perdimos la bendita clase de historia -balbuceo limpiándome la cara con el agua del lavamanos.

-Debes parar con todo esto, Cora -sus mejillas tienen surcos de lágrimas secas, y comprendo que estuvo llorando en silencio conmigo-. Algo debemos hacer para cortar con todo esto, ya no lo soporto.

-Lo único que podría sacarnos de esto, es escapar y tener una nueva vida lejos de aquí -susurro recostándome en la fría pared de azulejos del baño, y cerrando los ojos concentrándome en el tacto helado.

-Bien -la escucho limpiarse la nariz y aclarándose la garganta, como cuando quiere decir algo importante-, hagámoslo.

-¿Hacer qué? ¿De qué hablas? -pregunto totalmente confundida, y viendo que saca su celular del bolsillo.

Teclea con decisión unas cosas que no logro ver, y luego de sonreírle a la pantalla, me enseña lo que hay en ella. Muestra una ciudad cercana, el Bronx, en donde se puede apreciar un enorme parque desde el GPS del mapa satelital.

Enarco una ceja, boquiabierta ante la idea de Vane, y mi mente se vuelve en blanco. ¿Qué pasaría si realmente nos vamos de aquí? ¿Podríamos salir adelante solas frente al mundo cruel, que bien sabemos, es la realidad? Dentro de lo que nos costó llegar hasta aquí, en nuestra vida cotidiana e impuesta por las familias y el entorno que nos tocó, no se me hace tan descabellado. Incluso, podría decir que hasta suena más real que seguir soportando y esperando a que aquí, en New Rochelle, las cosas para nosotras cambien a mejor. Pero hay un problema mayor...

-Aún somos menores de edad -ella me da una amplia sonrisa, y sé que algo se le ocurrió.

-Ven, sígueme -toma mi mano y me jala con prisa por los vacíos pasillos de la escuela.

No tengo ni idea de a dónde pretende llevarme, pero no encuentro nada lógico, ya que hablábamos sobre nuestro impedimento de la edad para poder irnos. Lo más seguro será planear marcharnos de aquí cuando cumplamos la mayoría de edad dentro de dos años, sin dejar posibilidad a que nuestros padres arruinen algo más en nuestras vidas; sin que nos prohíban la libertad.

Salimos de la escuela por la puerta junto a los vestidores de mujeres en el ala Este, que da directo a la cancha deportiva al pie del lago Huguenot Lage, que regala una vista impresionante y hermosa, sublime ante el entorno en el que uno está acostumbrado a vivir. La realidad parece cambiar junto al compás del tranquilo movimiento de su agua de un verde casi traslúcido, y los frondosos árboles que rodean la orilla le aportan una belleza natural. Pero lo que en verdad da ese aire a película de ensueño, es el puente que lo cruza de lado a lado, recubierto por unas inmensas enredaderas.

Atravesamos corriendo el resto del campus, hasta la cerca que delimita la cancha con el Museo de Arte y Cultura, que se alza imponente con la amplitud de su estructura de ladrillos vistos rojizos, y su pequeño invernadero a un lado de la entrada, repleto de plantas vivas y coloridas. El chico de cabello castaño está recostado sobre el césped, con su mochila tirada en el suelo a un lado suyo. Cubre sus ojos con el pliegue de su codo, y en la otra mano estirada sobre el suelo sostiene un cigarrillo a medio fumar, algo típico en él.

-Oye, Logan -mi amiga se sienta a su lado, quitándole el cigarrillo y dándole una calada.

-Qué quieren, mis niñatas favoritas -sonríe algo adormilado, sentándose y estirando la espalda-. ¿Qué hacen aquí tan temprano? ¿No deberían estar en clase de historia con ese aburrido vejete?

-Claro, igual que tú -respondo sentándome junto a ellos, mientras Vane me lo pasa y lleno mis pulmones de ese humo que cosquillea por unos segundos, hasta largarlo junto con un pellizco de la tensión que cargo.

-¿Qué no podemos pasar tan sólo a ver a nuestro querido amigo? -ella imita un falso tono de ofensa, a lo que él le empuja el hombro con cariño.

-Todos aquí sabemos que no hacen nada sin un motivo jugoso -le devuelvo el cigarrillo, y él quita la ceniza con unos toques con el dedo pulgar en la colilla-. Viniendo de ustedes, siempre es un misterio, nada es una banal caridad.

-Uh, justo en mi corazón -llevo una mano a mi pecho agachando la cabeza y escucho la risa de ellos que me saca una sonrisa.

-Necesitamos pedirte un favor -larga ella, y la observo con una latente incógnita y total atención-. Haremos un pequeño viaje de última hora, y necesitamos documentos "ligeramente" modificados -ella se muerde los labios reteniendo inútilmente una sonrisa, y él suelta una risotada entusiasta.

-¡Lo sabía! Logan O'Connell jamás se equivoca -saca su celular y con actitud de oficinista nos observa atento-. Ahora, bien, define "ligeramente", aunque... puedo darme una idea a lo que te refieres.

Una sonrisa con falsa inocencia ilumina el rostro de Vanessa, mientras en sus ojos veo el destello de una macabra idea que, conociéndola tan bien, me encantará a pesar del nerviosismo que se acentúa en mi pecho.

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