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Corazón de cristal

Corazón de cristal

Autor: : Valerio
Género: Romance
Cecilia es una chica joven, es hermosa y humilde. Por circunstancias de la vida llega a trabajar a casa de una de las familias más ricas en importantes del país, dónde conoce a Gustavo, un chico guapo y encantador, del cuál se enamora perdidamente. Le tocó abandonar sus sueños y metas para trabajar y así pagar las medicinas de su madre enferma. En su trabajo como empleada doméstica, Cecilia vive humillaciones y maltratos por parte de la hermana y sobrino de su jefe. Se desatan intrigas y amores desmedidos. Por maldad, los enemigos y verdugos de Cecilia, le tienden una trampa, por lo que decide irse lejos y renunciar al amor de Gustavo. Pero el destino le tiene preparada una sorpresa y regresa para reclamar lo que le pertenece y hacer pagar a sus enemigos, para así vivir feliz con el amor de su vida.

Capítulo 1 Adiós al dolor

Era una mañana tan fría, no solo el hielo del clima despertó a Cecilia, sino que también los gritos que provenían de la cocina. Se tapa la cabeza con su almohada, no quería levantarse, estaba tan hastiada de lo mismo de siempre. Rogaba porque todo terminara de una vez por todas, se sentía molesta, agotada, a diario su padre ofendia y maltrataba a su madre. Hacía ya como 10 minutos, que Cecilia escuchaba aquellos molestos gritos de peleas, entre sus padres.

-¡Ya me tienes harto, no sabes hacer nada bien! -Le grita Oswaldo a Estela, lanzando la taza de café contra la pared-

-No tienes porque tratarme así -Le dice Estela, con nostalgia-. Soy tu esposa, la madre de tu hija-.

-Y ¿de qué me sirve eso?, ¡eres una inútil; ya recoge ese desastre -Le señala los trozos de vidrio-.

-Lo único que hago es atenderte bien y amarte -Lo mira y solloza, mientras recoge los trozos de vidrios de la taza-.

-El amor no sirve de nada, eres una idiota, yo no te amo, entiéndelo de una vez -Le da golpes en la sien, con sus dedos-.

-¡No tienes que tratarme así! -Se levanta del suelo, furiosa, mira a su esposo y frunce el ceño-. ¡Ya estoy harta de tus insultos y de tus abusos! -Le dice, con el ceño fruncido-.

-Y ¿que piensas hacer? -Le dice él, con tono de burla-.

-Quiero el divorcio -Le contesta Estela, con energía seriedad-.

-No digas tonterías, Estela -Se ríe-. Sin mi -Se toca el pecho con el dedo índice-, no eres nadie -Frunce el ceño-; tú me necesitas, lo quieres o no-.

-Te equivocas, yo no te necesito -Frunce el ceño y le habla con rabia-. Quiero que te vayas, ya no te soporto, ¡ya no te amo! -Le grita-.

-Está bien, cómo quieras -Frunce los labios y aprieta los puños-. Pero te vas a arrepentir de esto, ya verás -La señala, sus ojos se llenaron de ira ante lo que Estela le pidió-. Te vas arrepentir -Sube a su cuarto-.

Estela, se quedó en la cocina, meditando lo que había pasado hace un momento. Se sumerje en un profundo llanto, arrojando los trozos de vidrio al bote de basura. Si corazón, hace mucho que se había quebrado y, ya no aguantaba un sólo más abuso. Sus ojos se llenaron de lágrimas, ella realmente amaba a su esposo y le dolía mucho el hecho de que haya cambiado, un día, simplemente él ya no era el mismo.

Los recuerdos comenzaron a invadir la mente de Estela Giraldo, haciéndola derramar lágrimas de dolor, pero dolor de saber que su matrimonio, se había roto. Ya nada era como hace 10 años, cuando se conocieron y todo era dulzura y mucho cariño. Eso es lo que más le dolía. ¿En qué momento todo cambió?, ¿en qué momento el amor de su vida, se convirtió en un desconocido?. Estela dirigió su nostálgica mirada hacia las escaleras, fijándose en su esposo, quien con una maleta y un bolso, bajaba uno a uno los escalones. Él la miró con rabia, repulsión y desprecio. Sentía pena por ella, sinceramente, nunca la amó.

-Tal cómo lo pediste, me iré -Se para en frente de ella-. Pero sé que algún día, vas a rogar que vuelva -La mira con prepotencia, sintiéndose seguro, de lo que le decía-.

-No Oswaldo, yo ya no te vuelvo a rogar nunca más -Le dice entre sollozos; sus ojos le ardían de tanto llorar-.

-Sin mi, vas a padecer, a carecer, pronto te volverás un despojo -Le habla con desprecio, tratando de hacerla sentir mal- y, ningún hombre te va a querer-.

-¡Yo no necesito de ningún hombre! -Le grita-. Sola, saldré adelante con mi hija -Le dice con energía seriedad-. Ahora, ya lárgate, vete de una vez y no vuelvas más-.

-Como quieras -Le dice, frunce el ceño, se da vuelta y se va, para siempre-.

Estela, derrumbada por el dolor, se sentó en una silla. Sentía como si un puñal filoso le atravesaba el corazón, lo tenía destrozado. No lloraba porque haya dejado por fin al desgraciado de su esposo, sino, por todos los años de sufrimiento, desprecio y humillaciones que padecieron por su culpa.

Desde un rincón, la pequeña Cecilia había escuchado todo. Estaba triste, si, pero en el fondo, sentí un alivio, porque por fin ya no habrían más peleas ni gritos en su casa... Ahora, sólo eran ellas dos, se tenían la una a la otra. Estela tendrá que trabajar más duro para salir adelante con su hija. Era una dura realidad que tenía que afrontar, pero debía hacerlo, por ella pero, más que todo por su hija...

Así iba a ser, pero el destino da muchas vueltas y, un día, todo cambiaría para ellas dos...

Estela desasayunaba tranquilamente en la sala de su casa, miraba el canal de noticias de la mañana. Le era un poco extraño que Cecilia no se había despertado aún. Ya casi terminaba su desayuno, cuando su hija inrrumpió en la sala, saludando a su madre. Se veía radiante, brillando con esa luz tan espléndida que tenía de niña.

-Buen día mamá -Ella la abraza y le da un beso fuerte en la mejilla-.

-Hola, hija -Estela sonrió al notar a su hija tan animada-. ¿Qué tienes, por qué tanta emoción? -Le pregunta, sonriente pero inquisitiva-.

-Por nada mamá, sólo estoy contenta y ya, siento que hoy será un buen día para mí -Abre los brazos, cierra los ojos y echa la cabeza un poco hacia atrás-.

-Me hace muy feliz verte con tanta alegría, hija -La mira con dulzura-. Eres una chica maravillosa, la mejor hija del mundo-.

-Y tú eres la mejor madre del mundo -La abraza duro y le da otro beso en la mejilla-.

-Te quiero mucho hija -Le sonríe y se queja al sentir un dolor fuerte en el pecho-.

-Mamá, ¿qué tienes? -Cecilia se agacha frente a ella, algo preocupada-. ¿Dónde te duele?-.

-No es nada hija, ya se me va a pasar, tranquila -Habla Estela entre pequeños quejidos. Si tenía algo realmente preocupante, pero no quería alarmar a su hija-.

-Pero, mira como estás, tenemos que ir al médico -Cecilia estaba realmente preocupada por su madre-.

-Ya te dije que estoy bien hija, no hay nada que preocuparte, seguro dormí mal o es un pequeño gas, ya se me va a pasar, no te preocupes -La mira con ternura y le acaricia la mejilla-.

-Está bien, mamá, pero si el dolor vuelve, digas lo que digas, iremos al médico -Le advertimos, Cecilia-.

-Tranquila mi amor, ya estoy bien -Le sonríe-.

-Vale -Cecilia se levanta-.

-Pero, anda, ve hacer tus cosas -Le dice Estela-.

-Sí, ya me voy, pero volveré pronto -La señala-.

-Ok, te esperaré -Ella le vuelve a sonreír a su hija-.

-Te quiero, nos vemos -Le da un beso en la frente a su madre-.

-Que te vaya bien, mi amor-.

-Adiós -Cecilia abre la puerta y sale-.

...

La preocupación le carcomía a Cecilia cada parte de su cuerpo, se sintió preocupada por su madre; aquel arrepentido dolor en su pecho, no le pareció para nada normal y, por alguna razón creía que ya le había dado más antes.

Sus pasos eran firmes, iba camino hacia un lugar en especifico. Calle Madrid, mansión Ferrer. Iría a pedir trabajo o, más bien a una entrevista.

Cecilia llevaba una semana y media buscando trabajo y no conseguía nada, hasta que una amiga de su madre le dijo que fuera a la mansión Ferrer, ella le ayudó como portavoz, la logró con el dueño y señor, Esteban Ferrer; le habló sobre ella y le explicó que Cecilia es una buena chica, atenta y trabajadora. El hombre, en vista de que se necesitaban más empleados en su casa, deseaba que la chica fuera, para ver qué tal le iba.

Había llegado por fin a la dirección, se detuvo frente a un enorme portón blanco, habló con un hombre, el cual parecía ser vigilante de la casa y le explicó la razón de su visita. Aquel hombre sabía que ella iría, por lo que sin rodeos, la dejó entrar.

Cecilia caminó un poco más, hasta llegar a la puerta de la casa. Habían arbustos hermosos y verdosos, una fuente, pequeñas estatuas, aquel lugar era increíble, su vista estaba maravillada; jamás en su vida, vio un lugar como aquel, sintió como si estuviese en un cuento de hadas y que aquello, era un reino. En pocas palabras, para ella, aquella casa, era un paraíso. Tocó dos veces a la puerta y, en menos de 5 minutos, una mujer algo alta, de estatura 1.70, blanca, ojos marrones, de cabello Lazio, negro le abrió la puerta. Era una mujer con un estilo, bastante elegante, elegante, tenía el ceño fruncido; Cecilia pensó que era la dueña de la casa, se dió cuenta que a juzgar por su cara y su actitud, era de carácter fuerte, pero aún así, dejó el miedo a un lado y se presentó.

-Buenos días, mucho gusto -Estrecha su mano, sin recibir un saludo de vuelta-, me llamo Cecilia Carmona y vengo por el trabajo que me ofrecieron acá -Sonríe amablemente, bajando su mano, esperando una respuesta de la otra mujer-.

Sandra Ferrer, era el nombre de aquella mujer. Era dura, frívola, arrogante y déspota. Era la hermana de Esteban Ferrer y por mala suerte de Cecilia, fue ella quién le recibió...

La dulce chica seguía esperando una respuesta, un saludo al menos, pero de Sandra, no salía ni una sola palabra, sólo miraba con recelo a la chica, la detallaba de pies a cabeza, la juzgaba con la mirada, había desdén en ella, le parecía una chica patética y sin gracia.

-Sí vienes por el empleo, espero que tengas claro que soy muy estricta y que debes hacer bien tu trabajo, aquí, nada será fácil para ti, pequeña -Le advirtió. termina de hablar y le sonríe con sarcasmo-.

Cecilia quedó callada, no supo que respondiera en aquel momento, se sintió intimidada por Sandra y, sí, en el fondo lo sabía. No la iba a tener nada fácil, pero aún así, daría su mayor esfuerzo. Algo que ambas no sabían, es que, a partir de ese día, sus vidas iban a cambiar, para siempre.

Capítulo 2 A primera vista

Era una mañana fría, los pequeños tenues rayos del sol que entraban por entre las cortinas, acariciaban el atractivo rostro de Gustavo Ferrer. Un joven de 23 años, hijo del empresario más millonario del país, heredero de una gran fortuna. Herencia, que a la larga, le causará muchos problemas...

El apuesto chico se levantó de la cama, caminando hacia el baño, casi arrastrando los pies; bostezaba, sintiéndose aún con sueño. Una vez estando en el baño, se miró al espejo y reconoció en su mirada, algo de cansancio, pero, ¿de que puede estar cansado un joven de 23 años?. Sólo él lo sabía.

Gustavo siempre ha soñado en grande, desde un tiempo para acá, planificó su futuro, sabe muy bien que es lo que quiere, pero su padre tiene otros planes para él. Desde que Gustavo cumplió la mayoría de edad, su padre convirtió su vida y día a día en un martirio, obligándolo y presionandolo para que se case, llegando a tener grandes y fuertes conflictos con él. Cosa que Gustavo no sabe es que, tras las presiones de su padre hay un gran secreto, el cuál le cambiará la vida, para siempre... Gustavo había terminado de asearse y ya estaba vestido para irse a la universidad. Rogaba en todo en su interior, no encontrar a su padre cuando bajara a la sala, no quería verlo, porque era capaz de volver hablarle de lo mismo y él se sentía cansado de siempre, tener la misma plática con Esteban. Gustavo bajaba una a una las escaleras y al llegar a la sala se encontró con una hermosa jóven, de cabello rubio, brillante como el sol, una piel blanca como la nieve y una mirada cautivadora.

-Buen día -Le dice Gustavo, saludándola-.

-Buen día -Cecilia le sonríe-.

-Mucho gusto, me llamo Gustavo -Él estrecha su mano, presentándose ante la bella chica-.

-El gusto es mío, soy Cecilia -Ella estrecha su mano y le sigue sonriendo a Gustavo-.

-Lindo nombre, Cecilia -Gustavo estaba encantado, ante la belleza de Cecilia-.

-Muchas gracias -Le respondió ella, apenada-.

Cecilia se sintió por un momento tranquila al saber que por lo menos, había alguien amable, en esa casa. Para ella, Gustavo era todo un príncipe, un chico, verdaderamente educado.

-Bueno, pasemos a la cocina, para que Maite te enseñe todo lo que debes saber -Le dice Sandra, quién había ido a la cocina-.

-Está bien señora -Cecilia asiente con educación-.

-¿Vas a trabajar aquí? -Le preguntó Gustavo, algo desconcertado-.

-Si, eso creo -Le contestó Cecilia, un poco entusiasmada-.

-Entiendo -Gustavo seguía algo desconcertado-.

¿Cómo una chica tan hermosa como Cecilia iba a trabajar en su casa?, era la pregunta que paseaba por la cabeza de Gustavo.

-Hijo, necesito hablar contigo antes de que te vayas a la universidad -Le dice Esteban a Gustavo-.

-Papá, no tengo tiempo, luego hablamos -Le dice Gustavo con hastío-.

-Es urgente hijo, por favor -Le insiste-.

-Esteban, ella es la chica nueva, viene por el empleo, por favor, atiendela tú, al fin y al cabo, esta es tu casa, eres el jefe -Le dice Sandra, con un ligero tono de sarcasmo-.

-Ahora no puedo Sandra, estoy ocupado, dile a Maite que se encargue de ella -Le responde Esteban con energética seriedad-.

-Atiende a la chica papá, hablamos más tarde, se me hace tarde y tengo muchas cosas que hacer -Le sonríe, Gustavo con sarcasmo y se marcha-

-Bueno, yo me voy a mi cuarto, tengo que arreglarme, también tengo cosas que hacer -Dice Sandra, librandose de la responsabilidad-.

-¿Cómo te llamas?, para empezar -Le pregunta Esteban a Cecilia, estaba molesto por lo que su hermana y su hijo le dijeron, pero ante la chica, disimulaba-.

-Cecilia señor, es un gusto -Con entusiasmo y una hermosa sonrisa, Cecilia se presentó, estrechandole la mano a Esteban-.

-Mucho gusto, yo soy Esteban y por como dijo mi hermana, soy el dueño de la casa, es decir tu jefe -Le toma la mano, presentándose-.

Al tocar la mano de la chica, Esteban sintió algo muy extraño, algo que no sentía desde hace mucho tiempo; fue una sensación conocida, bastante peculiar. Su ceño se frunció leve y miró la mano de la chica, luego la miró a los ojos y, en su mirada, reconoció algo, pero desechó todo aquello, no quiso hacer caso, pensó que era una locura todo lo que se imaginaba.

-¿Le pasa algo señor? -Le preguntó Cecilia-.

-No, nada, tranquila -Le respondió Esteban-. Vayamos con Maite, para que te explique más como es lo del trabajo acá -Le sonríe-.

-Ok, gracias. Pero, ¿eso quiere decir que, estoy contratada? -Pregunta ella, un poco ingenua. Al parecer no había entendido, que ya había sido contratada-.

-Sí, supongo que para trabajar como empleada doméstica no se necesita mucha experiencia, sólo haces lo mismo que en tu casa; limpiar, barrer, acomodar, esas cosas -Le dice Esteban, con un tono divertido de ironía-. Y pues, supongo que por lo que me dijo Maite, necesitas el trabajo y en otro lugar de la ciudad, si vas a necesitar experiencia -Le sonríe-.

-Entiendo, está bien señor y, de verdad muchas gracias por la oportunidad -Le sonríe y le vuelve a estrechar la mano-.

Nuevamente, Esteban sintió una ligera chispa, como un ligero electro shock recorrer su cuerpo. ¿Que era eso que sentía?. Cecilia, sinceramente le produjo una paz que antes nunca había sentido en su vida.

-No tienes nada que agradecer, muchacha, ahora ve a la cocina, allá está Maite, ella te enseñará todo lo que necesitas saber -Él se sentía un poco extraño, estaba pensativo-.

-Está bien -Cecilia sonríe-.

Gustavo iba apreciando la calle desde la ventana del auto, pero toda su concentración la tenía en Cecilia, desde que la vió en la sala de su casa, no pudo sacarsela de la cabeza.

Para él, era la chica más hermosa que había conocido en su vida y, también pensaba que no debía pensar mucho en ella, pero es que, hubo algo en ella, que lo hizo estremecer.

-¿Por qué estoy pensando tanto en ti? -Se pregunta, mientras espera que el semáforo cambie la luz, para avanzar-.

Aquella dulce sonrisa de Cecilia, no salía de la mente de Gustavo, algo habia en ella, que Gustavo quedó encantado a primera vista.

...

Mientras Maite le explicaba como era el trabajo en la mansión Ferrer, Cecilia estaba ida, pensando en muchas cosas. Pero en lo que más pensaba, era en su madre. La dejó sola en casa y, le preocupaba que aquel dolor que sintió en el pecho, le volviera.

Cecilia es una chica jóven, de 23 años, con un cabello rubio radiante, es inteligente, hermosa, cariñosa y muy humilde. Por desgracia, tuvo que dejar sus estudios a un lado, para buscar empleo y ayudar a su madre, quien lamentablemente, quedó sin empleo.

Desde que el padre de Cecilia se fue de casa, siempre fueron ella y su madre, se tenían la una a la otra, a nadie más y ahora más que nunca se deben apoyar, por la oscura tormenta que se les avecina...

Aquel ligero contacto que tuvo con el hijo de su jefe, la dejó en blanco por un momento, pensaba en aquel apuesto chico, con un rostro tan perfecto, cómo si hubiese sido tallado por los mismos ángeles. Con su cabello negro sedoso y, esos ojos negros profundos que hechizaban. Sus labios rosados y carnosos, que a cualquiera provocaban. Sí, Cecilia Carmona, quedó fascinada con Gustavo. Para ella, haberlo visto tan sólo 5 minutos fue más que suficiente para admitir que lo que sentía en ese momento era, amor a primera vista.

-¿Que me pasa? -Pensaba-. Pero, es qué es tan apuesto, ¿estará soltero?. No Cecilia, no. No pienses en eso, ya sabes cómo terminan éstas cosas, mejor concéntrate en el trabajo y deja de pensar en el hijo de tu jefe, él no te puede gustar Cecilia -Se auto regañaba-, no te puede gustar, así que olvídate de él-.

Capítulo 3 Enemigos

Cecilia ya llevaba dos semanas trabajando para los Ferrer y por ahora, todo le estaba yendo bien. Todo lo que le ordenaban, lo hacía, todo perfectamente, muy bien hecho. Ninguno tenía quejas de ella y, se sentía feliz de poder hacer algo bien y que reconozcan su esfuerzo y su buen trabajo.

La hermosa y dulce Cecilia organizaba la sala. Con el plumero quitaba el polvo de los muebles y cojines, de la pequeña mesa de vidrio y ventanas.

Observaba el bello jardín de ensueño y recordó un cuento de hadas que su mamá le leía cuando era niña, sonrió, porque al menos de su infancia le quedaron buenos y hermosos recuerdos, pero la tranquilidad que Cecilia tenía en ese momento, se esfumó al escuchar la voz de Sandra al llamarla.

-Diga, señora -Le dijo Cecilia, dándose vuelta-.

-¿Que haces? -Le preguntó Sandra, mirándola con desprecio, tenía su ceño fruncido, cómo si hubiese hecho algo malo-.

-Estaba limpiando las ventanas, señora -Le sonríe-. ¿Se le ofrece algo? -Le preguntó con amabilidad-.

-Sí, necesito que arregles mi cama y organices mi cuarto, ya deja de hacer eso -Le ordenó de forma déspota y, aunque Cecilia se sintió mal por la forma en que Sandra le habló, hizo caso y mantuvo la calma-.

-Como ordene señora, ya lo hago -Dejó el plumero en la pequeña mesa y se dirigió a las escaleras, subiendo a la habitación de Sandra-.

Cómodamente, Cecilia ordenaba la habitación de Sandra, hizo su cama y ordenó su ropa en el closet. Viendo que todo ya estaba listo, sonrió, suspiró y decidió salir para hacer otras cosas, pero en eso, entró Germán, el hijo de Sandra.

-Buenos días Ceci -La miró de pies a cabeza, con una mirada que no le gustaba a Cecilia-.

-Buenos días y me llamo Cecilia, no Ceci -Le respondió ella, siguiendo su camino, pero Germán le bloqueó el paso, colocando su brazo en la puerta-. Déjame salir, por favor -Le dijo Cecilia, con energética seriedad-.

-Yo sólo quiero hablar contigo, un rato, no seas sangrona -Le dice él con un tono sarcástico y muy molesto-.

-No tengo tiempo para hablar, a demás no me pagan por hacerlo, sino por trabajar, así que te pido, déjame salir -Le vuelve a decir Cecilia, ya harta de la molestia de Germán-.

-Soy sobrino del dueño, no tendrás ningún tipo de problema por hablar conmigo -La mira nuevamente de pies a cabeza, con una mirada morbosa-.

-Lo sé, pero a mí no me interesa hablar contigo -Le dice Cecilia, frunciendo el ceño y echándolo a un lado-.

-¿Que pasó aquí? -Le preguntó Sandra a su hijo-.

-Nada mamá, sólo estaba hablando con Cecilia -Él sonreía y asentía-.

-No quiero que andes jugando con esa muchachita, lo menos que quiero ahora es tener problemas con tu tío, así que alejate de ella -Le advirtió Sandra, con energética seriedad-.

-Tranquila mamá -Le respondió Germán, con desdén. Se dió vuelta y se marchó-.

Era obvio, no había otra explicación para el comportamiento de Sandra y Germán con Cecilia, ella ya lo tenía claro. Esos, eran sus enemigos y con ellos ahí, ella no la tenía fácil. Sandra era una mujer dura, frívola, manipuladora y, muy ambiciosa. Por otro lado, Germán, era sólo un poco parecido a su madre; él era egoísta, déspota, holgazán y muy abusivo. Cada que tenía oportunidad, molestaba a Cecilia, pero ella sabía defenderse bien, claro, debía saber cómo defenderse de él, el hecho de que él la molestara y ella fuese su víctima, no cambiaba que él era sobrino de su jefe y, era su palabra contra la de él. Así ella explicara, le creerían a Germán, eso era obvio.

-Cecilia, ¿sabes dónde está mi hijo? -Tenía el ceño fruncido-.

-Buen día señor, creo que está en su habitación, por la hora, debe estarse alistando para ir a la universidad -Le responde ella, con una dulce sonrisa-.

-Ok, cuando baje, le dices que vaya a mi despacho, por favor -Le dice Esteban-.

-Está bien señor, yo le digo -Cecilia asintió y le sonrió-.

Esteban no dijo nada más y se regresó a su despacho. Giró la Manilla de la puerta y entró, cerró y caminó hasta su escritorio, se sentó en su butaca, desabrochó un botón de su camisa, se echó hacia atrás y suspiró. Se sentía realmente cansado, agotado y fatigado. Esteban desde muy joven se preparó, siguiendo los consejos de su padre y, con eso logró todo lo que se propuso; él sólo quiere lo mismo para su hijo, aunque no le habla con las palabras adecuadas, sólo busca lo mejor para Gustavo.

-¿Para que querías hablar conmigo? -Entró al estudio de su padre y le preguntó con desdén-.

-Primero saluda a tu padre -Le dijo Esteban con energética seriedad-

-No tengo mucho tiempo papá, ya debo irme a la universidad -Realmente Gustavo si estaba apurado, pero más que eso, no quería tener la plática de siempre con su padre.

-Espero que algún día, entiendas porqué te digo las cosas -La mirada de Esteban cambió de dureza y frialdad, a nostalgia-. Todo lo que te digo, es por tu bien. Tu abuelo hizo lo mismo conmigo y mira dónde estoy, mira todo lo que he logrado -Abre los brazos.

-Y eso está bien, papá, pero no pretendas que sea como tú y, lo que quieres de mi, es muy diferente a lo que me dices ahora -Le dice Gustavo, con algo de frialdad-. Con eso sólo arruinarían mi juventud, mi futuro, mis sueños y mis metas y yo no quiero eso -Le dice con firmeza.

-Nada de eso pasará hijo -Niega con la cabeza-. Lo tienes todo; yo sólo te pido que me cumplas mi sueño de verte realizado.

-No papá, tú sólo tienes un capricho y yo no nací para complacer a nadie -Le dice con energética seriedad y sale del despacho.

Gustavo salió de la mansión, muy hastiado por la conversación que tuvo con su padre. En realidad no sabía por qué tenía el empeño de querer manejar su vida a su antojo, por qué tanto empeño en que se casara y tuviera hijos, si aún era muy joven para eso. Sinceramente él no quería hacer caso a eso, le molestaba, sí, pero sólo quería estar tranquilo y seguir estudiando y cumplir sus metas, sin que su padre se entrometiera y cambiara sus decisiones. Algo que Gustavo no sabía, era la verdadera razón por la cuál su padre quería que él se casara y tuviera hijos rápido. Un secreto que sólo Esteban sabía; era un fuerte secreto que le iba a cambiar la vida a Gustavo, tanto que al enterarse, nacería en él, un gran arrepentimiento.

Un suspiro escapó de los rosados labios de Cecilia, mientras miraba una fotografía de Gustavo, la cuál estaba en una mesa de madera en la sala. Miraba dicha foto, recordando el momento en que lo vió por primera vez. Sentía algo, más no sabía que; se decía a ella misma repetidamente que por nada del mundo debía enamorarse de él. Ese tipo de romances nunca terminaban bien y ella no sería la excepción. Una empleada que se enamora de su jefe, siempre termina mal, a demász Gustavo tenía novia y probablemente, se iban a casar.

-¿En qué tanto piensas, Cecilia? -Le preguntó Maite.

-En nada, son sólo tonterías -Dejó la fotografía en su lugar.

-¿Estás segura? -Le preguntó la mujer, inquisitiva.

-Sí -Le sonrío y caminó hacia el sofá grande.

-Diría que ese suspiro tuyo se debe a Gustavo, o ¿me equivoco? -Maite se cruzó de brazos.

-Sí, te equivocas, estaba pensando en mi madre, es todo.

-Está bien, pero sólo te diré algo y espero me hagas caso -La señala-. No te enamores de Gustavo, él no te conviene, tiene novia, a demás es rico, tú no y esas cosas siempre terminan mal -Le advirtió.

-No tienes nada de que preocuparte, Maite. Puedes estar tranquila -Le volvió a sonreír.

Algo que Cecilia y Maite no sabían, era que, Sandra estaba del otro lado del pasillo escuchando toda la conversación. Tenía el ceño fruncido, luego sonrió de una manera frívola; tenía una mirada de intriga, colocó su dedo índice en su barbilla y entornó los ojos. Sabía que aquella información, le serviría de algo.

-Con qué la dulce sirvienta está enamorada de Gustavo -Dijo Sandra, con una sonrisa de satisfacción en el rostro.

A partir de ese día, la vida de Cecilia se iba a convertir en un infierno. Una oscura tormenta se le avecinaba. Pensó que su sufrimiento se terminó en su infancia, pero se equivocó, lo que estaba por sucederlez era sólo el comienzo de una terrible pesadilla.

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