Afirmándome los patines fuertemente alrededor de los pies, miro a mi alrededor, pensando en qué cabalidad tendré que afrontar el día de hoy por parte del idiota de turno. La pista parece vacía, y a pesar de que siempre podría haber gente en los camerinos, no logro escuchar ninguna voz a lo lejos que me diga que no estoy sola.
Me pongo una sudadera de polar y entro a la pista. A alguna de las chicas que practican aquí les gusta utilizar teñidas de competición para practicar, aludiendo a que así pueden acostumbrarse a las condiciones oficiales de las competencias. Por mi parte creo fielmente que morirse de frío todos los días es contraproducente, así que para practicar utilizo mis calzas deportivas y un buen abrigo para el cuerpo que me permita moverme con fluidez.
Los entrenamientos grupales han acabado hace horas, y el equipo de hockey no se ve los sábados, por lo que la costa está despejada cuando empiezo a patinar y a afiatarme con el hielo de hoy. Está un poco resbaloso por una pulida reciente, pero a veces eso me ayuda con la fluidez de mis trucos.
Caliento un poco mis músculos con vueltas a la pista y pequeños saltos simples antes de comenzar a practicar la primera parte de mi rutina para la presentación del miércoles por la tarde. Las chicas habían hecho varias prácticas generales durante la semana por su cuenta, pero como siempre yo no estaba incluida. Seguía siendo la rechazada incluso un año después de haber llegado a esta ciudad.
Wolf Lake era una ciudad críptica. No le gustaban los forasteros y a los forasteros tampoco les gustaba ella. Había pasado más de un año intentando encajar en lo que por un momento creí que era mi mundo, pero seguía siendo la chica que ellos jamás aceptarían. Demasiado rara. Demasiado tímida. Demasiado inocente. Demasiado forastera.
Había vivido en un pequeño pueblito de Quebec toda mi vida hasta que cumplí 16. Iba en una escuela para mujeres y tenía una gran casa en los suburbios. Mi vida era casi perfecta, solo le faltaba el listón de oro.
Pero luego papá engañó a mamá, y mamá nos trajo al único lugar que papá no pudo transferir cuando transfirió todas las propiedades a nombre de su hermano para que mamá no pudiera reclamarlas en el divorcio: la casa de su hermana, que había muerto hace algunos meses y había dejado como único heredero a papá. A pesar de que nunca habíamos conocido a la Tía Helen ni siquiera de nombre hasta que un abogado se presentó en nuestra casa, papá seguía siendo su familiar vivo más directo, por lo que heredó esta casa en este pueblo abandonado por la decencia y los buenos modales. Fue la única propiedad que no consiguió vender ni transferir a tiempo (problemas legales por la herencia y además nadie en su sano juicio viviría aquí por voluntad propia), así que mamá pudo quedársela, y si papá quería venderla, necesitaba su consentimiento y compartir bienes.
Cuando llegué aquí todo era nuevo. Era la primera vez que convivía con chicos de mi edad fuera de las pistas de patinaje, era la primera vez que podía usar ropa casual y no uniforme para la escuela. También era la primera vez que mamá me daba un poco más de libertad para ser una adolescente.
Pensé que el desastre del primer día solo era un pequeño desfase en mi camino a hacerme una vida aquí, pero había estado muy equivocada.
Hice el enemigo incorrecto, e incluso sin saberlo, me hundí socialmente.
-¿Blake? ¿Qué haces aquí a esta hora? Pensé que todos se habían ido a casa a celebrar la victoria del equipo de hockey.
Miro a Sandra, mi profesora de patinaje artístico y le sonrío de una forma que apenas puedo sostener. Ella sabe que las chicas no me aceptan, pero no sabe que en realidad nadie en la escuela me acepta más que Fred, mi único amigo y aliado que había sido desterrado hacia el repudio social por no haber sido del agrado de la persona incorrecta.
No me importa celebrar la victoria de los Lobos Blancos. Si fuera por mí, desearía que el amado equipo de hockey de la ciudad desapareciera bajo tierra.
-No he tenido tiempo de practicar, y quería aprovechar la soledad -me encojo de hombros, como si no me importara.
Sandra me mira con un deje de tristeza que intenta ocultar. Sabe que hoy es mi cumpleaños, y que debería estarlo celebrando en algún lugar con amigos y familia, pero esta ciudad es cara, y solo vivimos aquí porque nadie parece interesarse en comprar la casa de tía Helen como para irnos a otro lugar, por lo tanto, mamá está trabajando como usualmente hace para poder alimentarnos, vestirnos y pagarme todos los costos asociados al patinaje artístico. Mi única familia no puede celebrar mi cumpleaños conmigo porque está haciendo un turno doble en el hospital, donde trabaja en el área de aseo, y Fred no sabe que es mi cumpleaños.
-Sabes que siempre puedes practicar mañana. Deberías ir a casa a comer pastel.
No le digo que en casa no hay un pastel esperando porque le dije a mamá que no tenía ganas de uno este año. En realidad, no tenía ganas de hacerla gastar dinero en la ridículamente cara y monopolizada pastelería de la ciudad, pero mamá siempre haría lo posible por hacerme feliz. Prefería decir que no quería pastel antes que decirle la verdadera razón.
-Eso desearía, pero se acabó a la hora de almuerzo.
-Odio preguntar esto, pero... ¿te llamó tu papá?
No puedo evitar hacer una mueca ante la mención del hombre que engañó a mi mamá, nos dejó sin nada, y se fue con su amante a un viaje por Europa la siguiente semana. No hablaba con papá desde aquel día en que mamá lo encaró y él hizo sus maletas para marcharse. Hoy, estúpidamente, había tenido la esperanza de que recordara que era mi cumpleaños y me saludara, pero la esperanza murió rápidamente a medida que las horas pasaban, y la única esperanza que tenía ahora era terminar mi sábado sin contratiempos.
Niego con la cabeza antes de responderle.
-No lo hizo.
-Lo siento mucho, Blake.
-No pasa nada -me encojo de hombros-. Era lo esperado.
-¿Por qué no vienes conmigo a casa? Puedo preparar una cena especial para ti.
No quiero decirle a Sandra que su hija Evangeline me odia más que todos los demás y solo lo oculta cuando ella está cerca, porque no me interesa romper familias con cosas irrelevantes, así que solo vuelvo a negar con la cabeza.
-Es muy amable de tu parte la invitación, Sandra, pero el mejor regalo de cumpleaños que puedo darme es patinar a solas un rato.
Ella parece querer seguir discutiendo conmigo, pero finalmente suspira y lo deja pasar.
-Nos vemos el lunes en el entramiento, Blake -se despide.
-Nos vemos el lunes -me despido de vuelta y la veo desaparecer a través de la salida de emergencia.
Suspiro mientras pienso en todos los problemas de mi vida por unos segundos y luego sacudo todo cuando comienzo a patinar. Mi cuerpo se mueve con fluidez y la música en mi cabeza se reproduce casi como si estuviera sonando en realidad. Olvido mis problemas y mis miedos y patino, patino y patino hasta que mis músculos adoloridos me ruegan que pare, e incluso así sigo un poco más.
Me estoy ajustando la toalla luego de salir de la ducha cuando escucho unos pasos fuera de los camerinos. Me asomo un poco para ver la sombra, pero no logro distinguir mucho. Los pasos siguen más allá, hacia los vestidores de los chicos. Quizá alguno de los jugadores de hockey tendría algo que hacer.
No le doy más importancia mientras conecto el secador a la corriente. En el momento en que logro enchufarlo, la puerta se abre de golpe y suelto un pequeño gritito.
No. No. No. Todo menos él.
Estoy demasiado horrorizada como para hacer algo más que afirmar mi toalla hasta que mis nudillos se emblanquecen. Sus ojos grises me escanean con aburrimiento mientras yo lo miro con los ojos bien abiertos, casi como si no creyera que él de verdad está ahí.
-No te preocupes, Blakely, no hay nada que me interese mirar ahí. No tienes que sujetar esa toalla como si tu vida dependiera de ello.
No digo nada porque sigo sin saber qué decir, pero el insulto a mi apariencia da en el blanco de mi ego adolescente y superficial.
Damon siempre da en el blanco, fuera y dentro de la pista.
-Este es el vestidor de chicas -digo con inseguridad, sabiendo que mi voz suena patética como cada vez que Damon está cerca o dirigiendo su atención hacia mí.
-Gracias, nunca lo habría notado sin tu ayuda -espeta con sarcasmo mientras abre el casillero de Evangeline.
-¡Estoy tratando de vestirme! -colapso.
Damon se gira a mirarme con su desdén habitual. No le importa en absoluto que ha entrado conmigo en toalla. A Damon jamás le importa si lo que hace puede afectarme. Es más, entre más doloroso sea, más le encanta.
-Y yo estoy buscando algunas cosas para Eva. Puedes vestirte sin problema, ya te dije que no me interesa mirar. Si tienes un problema con eso, entonces puedes joderte, Blake. Esperarás a que termine.
Todo en lo que puedo pensar es en que lo odio, en que maldigo el día en que mis inocentes ojos de adolescente que jamás había asistido a una escuela con chicos había posado sus ojos en él pensando que era el chico más maravilloso de la tierra.
En realidad, Damon era la definición del diablo disfrazado de ángel.
Me encuentro sin palabras, como siempre que soy víctima de la brutalidad de sus acciones y palabras. Había esperado terminar el día tranquilo, pero ningún día puede ser tranquilo si Damon se cruza con él. Ahora solo puedo esperar que su salida sea rápida e indolora.
-Por cierto -se gira de pronto, mirándome como si se creyera superior a mí en todos los aspectos-, sé que hoy es tu cumpleaños.
-¿Cómo sabes eso? -pregunto, sorprendida.
-Eso no importa, Blake -me sonríe con cinismo- Felices 17. Aprovéchalos mientras puedas, porque cuando el lunes comience la escuela no seré tan benevolente como ahora.
Contengo mi respiración hasta que Damon deja el vestidor. Se va sin darme una última mirada y finalmente puedo respirar, pero la escena no ha dejado a mi corazón calmado.
El diablo disfrazado de ángel.
Hace un año.
Miro a mi alrededor un poco agobiada por la fuerte música. Mamá había dicho que sería buena idea acercarme al lago por el cual la ciudad llevaba su nombre, donde los adultos jóvenes de la ciudad se juntaban a sociabilizar. Nunca había tenido demasiados problema para sociabilizar, pero tampoco jamás había estado en una fiesta mixta. Las chicas de vuelta en Quebec eran fáciles de conocer; simpáticas y tranquilas. Aquí, casi parecía la mala copia de Proyecto X, y ya varias personas me habían mirado como si supieran que era una extraña. Nuestros nuevos vecinos ya nos habían advertido que esta era una de esas pequeñas ciudades donde todos conocen a todos, y donde todos hablan mal de todos. Los forasteros no son bienvenidos tampoco.
Me estoy sirviendo jugo en la improvisada barra cuando dos chicos se ponen junto a mí, bromeando sobre alguna chica que acababa de tirarse al lago congelado en ropa interior. No les presto mucha atención porque los chicos aún logran ponerme nerviosa; nunca aprendí a tratar con ellos.
Gracias papá por ponerme en una escuela de chicas.
Uno de ellos me mira con curiosidad y cometo el error de mirarlo de vuelta. Los más impresionante ojos azul cielo que he visto en mi vida atrapan mi mirada y es casi como si me hipnotizaran. ¿Han escuchado esa frase "amor a primer vista" y pensado que es la estupidez más grande en la tierra? Por un pequeño segundo, yo lo sentí.
El chico de ojos azules le susurra algo a su amigo y este se marcha sin decir una palabra. No aparto mi vista pensando que él se marcharía luego de servirse un trago, pero en cambio, dirige su atención hacia mí.
-Hola, extraña. No te conozco. ¿Nueva en la ciudad?
Me cuesta un poco encontrar mis palabras. Su voz es cruda y ronca, casi como si apenas hubiera rodado fuera de la cama. Es tan profunda que cala hasta el fondo de mi pecho, y tengo que evitar soltar un suspiro.
-Hola -respondo con menos voz de la que en realidad tengo-. Me mudé con mi mamá hace unos cuantos días.
-Interesante -dice como si estuviera evaluando la situación, pero entonces esboza una sonrisa y me extiende su mano-. Soy Damon Hunter. Mucho gusto.
Miro su mano y dudo un momento. Su mano es grande y tiene elegantes y largos dedos de pianista. Me parece un poco agobiante, pero me las arreglo para estrechársela.
-Blakely. Puedes decirme Blake.
-Qué lindo nombre tienes, Blakely.
Le sonrío tímidamente, pero no sé por qué lo hago. Quizá estoy demasiado nerviosa.
-Gracias, Damon.
-Cuéntame un poco de ti, Blake, ¿de dónde vienes?
-Solía vivir en Quebec.
-¿Quebec? -pregunta, casi con confusión-. ¿Por qué alguien de Quebec vendría a vivir a este lugar abandonado por la decencia y los buenos modales?
-Digamos que no fue una situación convencional.
-Comprendo -parece pensativo un momento.
-¿Tú eres de aquí?
-Como la mayoría -se encoje de hombros-. ¿Puedo invitarte a una cerveza, Blake? Bueno, será solo jugo para mí. Vine en mi auto.
Nunca he tomado cerveza. Quizá he probado un poco de vino en una que otra cena familiar, pero jamás algo real. Miro a Damon y no puedo pensar en parecer una aburrida niña de ciudad para él que no es capaz de salir de su zona de confort, así que acepto y me digo que no puede ser tan terrible.
Damon asiente y pide una cerveza y un jugo al chico que está junto a lo que parece un mini refrigerador. Él se los tira y se saludan con un gesto extraño. Damon me entrega la cerveza y ya se está tomando su bebestible mientras yo batallo para abrir mi lata. Cuando finalmente lo logro, no puedo evitar mi cara de asco cuando la pruebo. Espero que Damon no me haya visto, pero él se está riendo.
-Lo siento, es la única cerveza que tenía el único mercado que nos vendía alcohol sin pedir identificaciones.
-No, no. No está mal, es solo que... no suelo tomar cerveza -admito un poco avergonzada.
-No pasa nada. De todas formas, tienes que estar un poco ebria previamente para pasar esta cosa por la garganta sin querer vomitar.
Sonrío ante su amabilidad. Este chico no es solo el chico más guapo que he visto en mi vida; musculoso, alto, sexy, y con los más hermosos ojos que he visto, sino que también es encantador, ¡y me está hablando! De pronto, ya no odio tanto las circunstancias que me trajeron a esta horrible ciudad.
-Imagino que irás a la secundaria pública, ¿no?
-Imaginas bien -le doy un sorbo a mi cerveza y me las arreglo para no poner más caras.
-¿Algo más que deba saber de ti, Blake?
Me sorprendía un poco que estuviera interesado en mí, considerando que se veía como el tipo de chico que podría ganarse a cualquier chica en una fiesta.
-Uhm... patino. Hago patinaje artístico en hielo desde los cuatro años, así que me he enlistado en el equipo de la ciudad.
-¿Hablas en serio? Nos estaremos viendo en la pista entonces a menudo.
-¿También patinas? -pregunto, sorprendida.
-Por supuesto, pero no hago patinaje artístico -se ríe-. Soy parte del equipo de hockey de la escuela. Entrenamos también en las pistas de hielo de la calle Kennedy.
-¿Hockey? Eso es genial. He escuchado que los Lobos Blancos son uno de los mejores equipos del Estado. ¿Es cierto?
-Si te lo digo sonará como que solo estoy presumiendo -me muestra una sonrisa toda dientes blancos y siento que mis piernas tiemblan un poco-. Pero sí, lo somos. Podrás ver los partidos cuando empiece la temporada.
-No me los perdería.
Presente
Cuando termino de vestirme me siento un rato en la banca a pensar. Sin poder contenerme, saco de mi mochila la flor de origami que me ha acompañado por más de un año. A esta altura, no sé por qué la conservo ni por qué me transmite tanta paz y tranquilidad cuando la persona que me la dio hace mi vida imposible y hace que los demás lo hagan también. Si Damon supiera que aún la conservo y aún la admiro en silencio en mis momentos de soledad me aplastaría como la cucaracha que siempre soy en su zapato.
Suspiro y la vuelvo a guardar, recordando con un poco de tristeza los momentos previos al inicio del año escolar anterior, anticipando el último que comenzaría el lunes. No quería volver a la escuela, un lugar que para mí era el centro de todos los males de mi existencia. Usualmente podía evitar a todos durante las vacaciones; el equipo de hockey no entrenaba y solo tenía que soportar a Evangeline y a sus secuaces. El resto de las chicas solo me hacían la ley del hielo.
Lamentablemente y para mi mala suerte, la escuela era un cuento completamente opuesto. Durante ocho horas diarias era el periodo de tiempo en el que cualquiera podría tener tiempo para ser un idiota. Generalmente no me importaba mucho lo que me decían, pero eso tampoco significaba que quisiera escucharlo.
Las cosas se ponían más difíciles cuando Damon estaba involucrado. Era gracias a él que todo el mundo me odiaba, porque al ser capitán del aclamado equipo de hockey de la ciudad tenía a toda la escuela comiendo de sus manos. Si Damon me odiaba, todos me odiaban, y considerando que él parecía tener una clase de repulsión especial hacia mí, todos estaban más que contentos con hacerme pagar por lo que sea que le hubiera hecho a su aclamado capitán.
Damon me ignoraba la mayor parte del tiempo, a pesar de que su gélida mirada de odio absoluto siempre estaba posada en mí cada vez que hacíamos contacto visual. El gran problema aparecía las pocas veces que decidía meterse conmigo personal y directamente. Sus palabras eran brutales y desestabilizantes.
Y yo tenía que ser masoquista, porque mi corazón jamás reflejaba lo que mi cabeza decía.
Mi cabeza decía corre, mi cabeza decía tenle miedo. Damon Hunter había arruinado una vida ya arruinada y la había hecho de alguna forma aun peor y cada vez que estaba cerca de él sentía que me iba a desmayar de la angustia. Su presencia me provocaba querer correr al otro lado del país y no volver, y todas sus acciones durante el último año habían cavado mi tumba social y me habían dejado en el abismo del cual intentaba cada día salir sin éxito.
Pero mi corazón. Oh mi estúpido, desesperado y asqueroso corazón que quisiera arrancar de mi pecho.
A mi corazón no le importaba el tipo de atención que le diera Damon Hunter. Negativa o positiva, era atención al fin y al cabo, y latía por cada una de sus miradas y palabras. Mi corazón se había quedado estancado en el primer día en que nos conocimos y en aquellas pocas horas previas al inicio escolar que había esperado para reencontrarme con él en las que me había ilusionado a tal punto que era insano.
Esas expectativas se vieron rápidamente no solo aplastadas, sino que lapidadas contra el duro y frío suelo. Damon no era quien yo había creído, y como si no pudiera ser peor, me odiaba.
Damon me odiaba, y no tenía idea por qué.