Morí el día de mi 25 cumpleaños. Amaba a Javier Soto con locura, el hombre por el que lo sacrifiqué todo en mi vida pasada.
Pero esa elección me condenó. Él y su amante, Carla Mendoza, destruyeron a mi familia, los Villanueva, despojándonos de nuestras centenarias bodegas.
Terminé mis días sola en un hospital frío, humillada y traicionada, mientras ellos celebraban su victoria sobre mis ruinas.
Nunca entendí cómo mi corazón, tan puro, pudo haber escogido un veneno tan letal. Me consumió la rabia y el arrepentimiento por mi ceguera.
Pero entonces, mis ojos se abrieron de nuevo en mi propia cama, el sol brillando por la ventana justo en aquel fatídico cumpleaños. He vuelto. Esta vez, el destino de mi familia será diferente.
Morí en mi 25 cumpleaños.
En mi vida pasada, ese día elegí a Javier Soto, el hombre que había amado durante diez años.
Esa elección llevó a mi familia, los Villanueva, dueños de las bodegas más antiguas de La Rioja, a la ruina total.
Él y su amante, Carla Mendoza, se apoderaron de todo, y yo terminé mis días en un hospital frío, sola y traicionada.
Pero de alguna manera, desperté de nuevo en mi habitación, en ese mismo cumpleaños.
El sol entraba por la ventana, el aire olía a viñedos.
Todo era real. Tenía una segunda oportunidad.
Mi padre entró en la habitación. Su rostro, que en mis recuerdos estaba lleno de arrugas por la preocupación, ahora se veía fuerte.
"Isa, hija. Sé que es tu cumpleaños, pero debemos hablar de tu compromiso. Los pretendientes están esperando una respuesta. Sabemos que tu corazón siempre ha estado con Javier Soto."
Javier.
Solo escuchar su nombre me provocaba un frío que me recorría la espalda.
"No, padre", dije, mi voz sonaba extrañamente tranquila, "No elegiré a Javier."
Mi padre me miró, sorprendido.
"¿Estás segura? Siempre has..."
"Lo estoy", lo interrumpí. "Dejaré que el destino decida."
Fui a mi escritorio y saqué un viejo mapa de La Rioja, donde estaban marcadas las fincas de todas las familias importantes. Luego, tomé una pluma de halcón, un regalo de mi abuelo.
Cerré los ojos, la sostuve en alto y la dejé caer.
Mis padres contuvieron la respiración.
La pluma giró en el aire y aterrizó suavemente sobre el mapa.
No en la finca de los Soto.
Aterrizó mucho más al sur, en una tierra marcada con el hierro de un toro. La finca "La Candelaria", en Andalucía.
Propiedad de la familia Castillo.
Mi padre se acercó y miró el mapa. "¿Los Castillo? ¿Mateo Castillo?"
Asentí.
"Pero, hija, apenas lo conoces. Es un hombre reservado, le llaman 'El Santo' porque nunca se le ve en eventos sociales. ¿Estás segura de esto?"
"Completamente", respondí, recogiendo la pluma. "He elegido. Mi prometido será Mateo Castillo."
En mi mente, la imagen de un niño con un fuerte acento andaluz, al que defendí de las burlas en un campamento de verano, apareció fugazmente.
El niño que, en secreto, me regaló una pequeña concha de vieira que guardé durante años.
Esta vez, no cometería el mismo error.
Protegería a mi familia y mi legado.
Y destruiría a cualquiera que intentara arrebatármelo.
La noticia de mi elección se mantuvo en secreto, un acuerdo entre mi familia y los Castillo.
El mundo exterior, la prensa y la alta sociedad, todavía creían que mi prometido sería Javier Soto.
La primera prueba llegó una semana después, en una gala benéfica en Sevilla.
Apenas entré, los periodistas me rodearon como lobos.
"Señorita Villanueva, ¿es cierto que pronto anunciará su compromiso con Javier Soto?"
"Señor Soto, ¡qué pareja tan perfecta hacen!"
Busqué a Javier con la mirada. Estaba al otro lado del salón, con Carla Mendoza pegada a su brazo.
Él me vio, pero desvió la mirada, ignorándome por completo. Luego, con una sonrisa protectora, apartó a Carla de los fotógrafos.
"Por favor, respeten a Carla. Ella es la mujer que amo. Mi matrimonio es un asunto de negocios, pero mi corazón le pertenece a ella."
Sus palabras resonaron en el salón. Todos se giraron para mirarme.
Sentí sus miradas de lástima, sus susurros. "Pobre niña rica", "El dinero no puede comprar el amor".
Carla, desde la seguridad de los brazos de Javier, me lanzó una mirada. No era de miedo ni de disculpa.
Era de puro triunfo.
Más tarde, durante la cena, Javier finalmente se acercó a mi mesa. Su rostro estaba tenso por la ira.
"Isabella, ¿qué crees que estás haciendo? ¿Crees que presionar a mi familia te servirá de algo?"
Antes de que pudiera responder, Carla apareció a su lado, con los ojos llenos de lágrimas falsas.
"Javier, no la culpes... Es mi culpa."
Miró a Javier y luego a mí.
"Isabella, sé que no te agrado. Pero, ¿era necesario usar tu influencia para que expulsaran a mis padres del club de campo? Era el único lugar donde se sentían aceptados."
Mentira. Una mentira descarada.
Javier se giró hacia mí, su rostro se deformó por la rabia.
"¿Hiciste eso? ¿Eres tan cruel?"
"Yo no..."
No me dejó terminar.
Agarró una caja de puros habanos de edición limitada que estaba sobre la mesa, un regalo para los donantes importantes, y me la arrojó.
La esquina de la pesada caja de madera golpeó mi mejilla.
El dolor fue agudo, pero más agudo fue el sonido del gaspeo colectivo de las mesas cercanas.
"Pídele disculpas a Carla. Ahora."
Me quedé quieta, mirándolo a los ojos. El Javier que amé en mi vida pasada se superpuso con el monstruo que tenía delante.
Toqué mi mejilla. Estaba hinchada y empezaba a doler de verdad.
"No", dije con voz fría y clara.
La humillación pública no era nada. Ya había experimentado la muerte.
Esto era solo el principio de mi venganza.