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Corazón Quebrado

Corazón Quebrado

Autor: : Flossi Housley
Género: Romance
Mateo Solano, el prodigio del acordeón, estaba en la cúspide de su carrera, a días de coronarse en el Festival de la Leyenda Vallenata, su sueño más preciado. Lo sentía en la punta de sus dedos, en cada cosquilleo, el triunfo era suyo. Pero una noche, al salir del ensayo final, el destino brutalmente lo interceptó: dos sombras lo rodearon, y el silbido de los bates destrozó no solo sus manos y su espalda, sino todo su brillante futuro, condenándolo a la parálisis. Su despertar en el hospital fue un abismo de horror, pero la verdadera devastación llegó con el descubrimiento: su querida hermana Catalina y su prometida Valentina, pilares de su vida, habían orquestado el cruel ataque para favorecer a su primo Santiago. No solo quedó lisiado; fue víctima de una campaña de desprestigio, difamado públicamente como deudor y mujeriego. La burla se convirtió en veneno cuando, a pesar de su condición, intentaron deshacerse de él nuevamente durante un terremoto, incluso abandonándolo bajo escombros. Luego, lo dejaron en una chalupa que hicieron explotar, asegurándose de que "no quedara nada de él". ¿Cómo era posible que aquellos a quienes consideraba su sol y su luna, quienes lo habían criado y jurado amor eterno, lo hubieran manipulado y destruido con tal frialdad? El dolor físico no era nada comparado con la abrumadora puñalada de saberse traicionado por los suyos, reducido a un estorbo. Justo cuando la oscuridad prometía ser eterna, una voz misteriosa le ofreció un renacer, una segunda oportunidad para levantarse de las cenizas. Mateo Solano había muerto ese día en el río Magdalena. Pero ahora, bajo una nueva identidad, regresaría no solo para tocar de nuevo, sino para ejecutar la más dulce y fría de las venganzas contra quienes le arrebataron todo.

Introducción

Mateo Solano, el prodigio del acordeón, estaba en la cúspide de su carrera, a días de coronarse en el Festival de la Leyenda Vallenata, su sueño más preciado. Lo sentía en la punta de sus dedos, en cada cosquilleo, el triunfo era suyo.

Pero una noche, al salir del ensayo final, el destino brutalmente lo interceptó: dos sombras lo rodearon, y el silbido de los bates destrozó no solo sus manos y su espalda, sino todo su brillante futuro, condenándolo a la parálisis. Su despertar en el hospital fue un abismo de horror, pero la verdadera devastación llegó con el descubrimiento: su querida hermana Catalina y su prometida Valentina, pilares de su vida, habían orquestado el cruel ataque para favorecer a su primo Santiago.

No solo quedó lisiado; fue víctima de una campaña de desprestigio, difamado públicamente como deudor y mujeriego. La burla se convirtió en veneno cuando, a pesar de su condición, intentaron deshacerse de él nuevamente durante un terremoto, incluso abandonándolo bajo escombros. Luego, lo dejaron en una chalupa que hicieron explotar, asegurándose de que "no quedara nada de él".

¿Cómo era posible que aquellos a quienes consideraba su sol y su luna, quienes lo habían criado y jurado amor eterno, lo hubieran manipulado y destruido con tal frialdad? El dolor físico no era nada comparado con la abrumadora puñalada de saberse traicionado por los suyos, reducido a un estorbo.

Justo cuando la oscuridad prometía ser eterna, una voz misteriosa le ofreció un renacer, una segunda oportunidad para levantarse de las cenizas. Mateo Solano había muerto ese día en el río Magdalena. Pero ahora, bajo una nueva identidad, regresaría no solo para tocar de nuevo, sino para ejecutar la más dulce y fría de las venganzas contra quienes le arrebataron todo.

Capítulo 1

El aire de Valledupar olía a tierra mojada y a fritanga nocturna.

Mateo Solano caminaba despacio, el estuche de su acordeón golpeándole suavemente la pierna.

Acababa de salir del último ensayo antes del Festival de la Leyenda Vallenata.

Era el favorito.

Lo sabía, lo sentía en el cosquilleo de sus dedos, ansiosos por acariciar las teclas.

Una sombra se movió en el callejón oscuro que usaba como atajo.

Luego otra.

Antes de que pudiera reaccionar, dos hombres lo rodearon.

No dijeron nada.

Solo los bates silbando en el aire.

El primer golpe le dio en las costillas, un dolor seco, brutal.

Cayó de rodillas, protegiendo instintivamente su acordeón.

"¡Las manos!", gritó uno de ellos.

El terror le heló la sangre.

Intentó cubrirse, pero eran demasiado rápidos.

Los bates cayeron sobre sus manos, una y otra vez.

Un crujido horrible, un dolor que lo cegó.

Sintió un golpe en la espalda, luego nada.

Oscuridad.

Despertó en una cama de hospital.

El olor a desinfectante le picaba la nariz.

Intentó moverse, pero un dolor agudo le recorrió el cuerpo.

Tenía las manos vendadas, enormes, como muñones.

Una enfermera entró.

"Tranquilo, Mateo. Tuviste un accidente".

Accidente.

La palabra sonaba hueca.

El médico llegó después.

Su rostro era grave.

"Mateo, tus manos... sufrieron un daño severo. Múltiples fracturas. Los tendones..."

No necesitaba oír más.

Sus manos, su tesoro, su música.

"Y la columna... una lesión. Es probable que no vuelvas a caminar".

Silencio.

"También necesitarás una sonda urinaria de forma permanente".

El mundo se detuvo.

Sonda. Silla de ruedas. Manos inútiles.

El Festival. Su acordeón.

Todo se había ido.

Catalina, su hermana mayor, entró hecha una furia.

Sus ojos echaban chispas.

"¡Voy a encontrar a los desgraciados que te hicieron esto, Mateo! ¡Lo juro! ¡Pagarán!"

Valentina, su prometida, estaba a su lado, llorando en silencio.

Ella tomó su mano vendada con delicadeza.

"Llamaré a los mejores especialistas, mi amor. Te recuperarás".

Una pizca de esperanza, falsa, pero la necesitaba.

Más tarde, el dolor era insoportable.

La enfermera le había dado analgésicos, pero no eran suficientes.

Escuchó voces en el pasillo. Catalina y Valentina.

Se hizo el inmóvil, aguzando el oído.

"¿Estás loca, Catalina?", susurró Valentina, la voz rota.

"¡Acordamos que solo le darían un susto para que perdiera el Festival, no que lo dejaran lisiado de por vida! ¡Mateo va a necesitar una sonda para siempre!"

Un susto.

Mateo sintió que el corazón se le partía en mil pedazos.

Catalina respondió, su voz fría como el acero, el chasquido de un mechero.

"Los tipos se pasaron de la raya, pero el resultado es el mismo, ¿no? Ahora Santiago tiene el camino libre para ganar. Él se lo merece más".

Santiago. Su primo lejano. El que siempre vivió a su sombra.

Valentina sollozó. "Pero..."

"Pero nada", la cortó Catalina. "Mateo siempre lo ha tenido fácil, es el niño mimado. Con nosotras cuidándolo, incluso lisiado, no le faltará nada. Santiago, en cambio, ha luchado desde abajo, es un muchacho humilde que solo nos tiene a nosotras. No iba a permitir que Mateo, con su talento natural, le arruinara la única oportunidad a Santiago. Valentina, somos comadres, ¿no? Los hombres van y vienen, pero la lealtad entre nosotras es para siempre. Me prometiste que apoyarías a Santiago, incluso si eso significaba un pequeño revés para Mateo".

Un pequeño revés.

Valentina suspiró, un sonido de derrota.

"Está bien. Pero asegúrate de que le den los mejores analgésicos. Sufre mucho por las noches".

Mateo cerró los ojos.

El dolor físico era una nimiedad comparado con el que sentía en el alma.

Las personas que más amaba.

Su hermana, que lo crio.

Su prometida, su amor de infancia.

Lo habían destruido.

Su mundo, antes lleno de música y amor, ahora era un matadero.

Su corazón, un acordeón roto y pisoteado.

Recordó su infancia.

Catalina siempre lo había protegido, Valentina siempre lo había admirado.

Eran su sol, su luna.

Luego llegó Santiago, huérfano, acogido por su familia.

Al principio, Mateo sintió lástima por él.

Pero Santiago era una sombra, siempre observando, siempre envidiando.

Recordó las pequeñas traiciones.

Composiciones que desaparecían y luego Santiago las presentaba como suyas en pequeñas parrandas.

Cuerdas de acordeón rotas misteriosamente antes de un concurso local.

Siempre Catalina y Valentina defendían a Santiago.

"Sé comprensivo, Mateo. Es un pobre huérfano".

"No seas egoísta, dale una oportunidad".

Él siempre cedía. Por ellas.

Ahora entendía.

Su talento no era un don, era un obstáculo para los planes de ellas.

Él solo era un escalón para el ascenso de Santiago.

¿Lealtad? ¿Amor?

Palabras vacías.

Quiso gritar, pero no tenía fuerzas.

Quiso morir.

Sí, morir era la única salida.

Cerró los ojos, buscando la oscuridad eterna.

El teléfono sonó en la mesita de noche.

No quería contestar.

Pero el timbre era insistente.

Con un esfuerzo titánico, alargó su mano vendada y torpemente descolgó.

"¿Mateo Solano?", preguntó una voz grave, desconocida.

"Sí", respondió con un hilo de voz.

"Hemos oído hablar de su... situación. Represento a una organización que podría interesarle. Ofrecemos una oportunidad de renacer".

Renacer.

Mateo casi se ríe.

"¿Qué clase de broma es esta?", preguntó, la amargura tiñendo su voz.

"No es ninguna broma, señor Solano. Podemos ayudarlo. Podemos hacer que vuelva a ser quien era. Incluso mejor".

Volver a tocar. Volver a caminar.

Una chispa de algo que no se atrevía a llamar esperanza.

"¿Por qué yo?", preguntó.

"Porque solo aquellos que han sido destruidos por completo merecen la oportunidad de reconstruirse. Solo los que han tocado fondo pueden apreciar verdaderamente la resurrección".

Destruido por completo. Sí, así se sentía.

Resurrección.

La palabra resonó en su mente.

Venganza.

La palabra se deslizó, fría y dulce, en su corazón roto.

"Acepto", dijo Mateo.

Capítulo 2

Mateo fingió no saber nada.

Cuando Catalina y Valentina entraron a la habitación al día siguiente, les sonrió débilmente.

Ellas se deshicieron en cuidados.

Catalina le acomodaba la almohada con una ternura que le revolvía el estómago.

Valentina le daba de comer en la boca, susurrándole palabras de ánimo.

"Pronto estarás mejor, mi amor. Ya verás".

Mateo asentía, tragando la comida y la rabia.

Observaba sus rostros, buscando algún rastro de culpa, de arrepentimiento.

No había nada.

Solo una actuación perfecta.

El olor del perfume caro de Valentina le mareaba.

El mismo perfume que usaba cuando se encontraban a escondidas, cuando le juraba amor eterno.

Hipócritas.

Asesinas de su alma.

El día del alta hospitalaria llegó.

Catalina y Valentina estaban a su lado, sosteniéndolo mientras lo pasaban a la silla de ruedas.

Las miradas de la gente en el pasillo eran una mezcla de lástima y curiosidad morbosa.

Mateo quería que la tierra se lo tragara.

"No te preocupes, Mateíto", dijo Catalina, apartando a un curioso con la mano. "Nosotras te protegeremos".

Protegerlo.

La ironía era tan cruel que casi se ríe.

Su ira crecía con cada gesto de falsa preocupación.

Mientras Catalina iba a buscar el auto y Valentina pagaba las últimas cuentas, Mateo se quedó solo un momento en el vestíbulo.

Vio una salida lateral.

Un impulso lo dominó.

Tenía que escapar de ellas, de su cuidado venenoso.

Intentó mover la silla, pero sus brazos aún estaban débiles.

Fue entonces cuando las escuchó de nuevo, sus voces llegando desde un rincón cercano, ocultas por una gran maceta.

"Ya filtré la información a El Pilón y a un par de blogs de chismes", decía Catalina, con su tono práctico y eficiente.

"Que lo atacaron por deudas de juego. Y que andaba en malos pasos con mujeres".

Valentina suspiró. "¿Es necesario, Cata? Ya está bastante mal".

"Es para justificar el ascenso de Santiago, tontita. Y para que nadie sospeche de nosotras. Hay que manchar su reputación, que la gente piense que se lo buscó. Así Santiago será el héroe que recoge los pedazos".

Mateo sintió un frío glacial.

No solo le habían quitado su futuro, ahora también querían destruir su nombre.

Con una fuerza que no sabía que tenía, impulsó la silla hacia la salida.

Chocó torpemente contra el marco de la puerta.

Alguien gritó.

De repente, se vio rodeado.

Periodistas. Cámaras. Micrófonos en su cara.

"¡Mateo! ¿Es cierto que tienes deudas de juego?"

"¿Te metiste con la mujer de algún narco?"

"¡Dicen que eres un mujeriego y un apostador!"

Los flashes lo cegaban.

Las preguntas eran como golpes.

Un supuesto fan, un hombre corpulento, le agarró la camisa.

"¡Traidor! ¡Nos decepcionaste a todos!"

La tela se rasgó, exponiendo los vendajes de su pecho, las marcas de los golpes.

La sonda urinaria, discretamente sujeta a su pierna, quedó parcialmente visible.

Las cámaras enfocaron.

Más flashes. Más preguntas crueles.

"¡Miren, está acabado!"

"¡Qué vergüenza!"

Se sintió desnudo, humillado.

El dolor de sus heridas se agudizó.

Catalina y Valentina aparecieron de la nada, abriéndose paso entre la multitud.

"¡Déjenlo en paz!", gritó Catalina, con una indignación fingida que Mateo reconoció al instante.

"¡No ven que está herido!", añadió Valentina, cubriéndolo con un chal.

Lo sacaron de allí rápidamente, como si lo estuvieran rescatando.

Mateo sabía que todo era parte del plan.

Sus protectoras. Sus verdugos.

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