El dolor se fue de golpe, así, sin más.
Un segundo antes, cada parte de mi cuerpo gritaba, sentía cómo me arrancaban la esencia, un tormento sin fin en la oscuridad helada del Mictlán.
Al siguiente, todo era calma.
Estaba en mi habitación, la casa de mi familia, los Flores.
Miré mis manos, jóvenes, fuertes.
Pero la calma era un engaño.
El calendario de piedra marcó el día: el de la ceremonia, el día en que todo se fue al carajo.
Había vuelto al día en que mi hermano, Quetzal, profanó el Corazón de Maíz.
Lo vi de nuevo: Quetzal, el elegido, de pie frente al altar.
A su lado, esa mujer, Itzpapalotl, disfrazada de dulzura.
La llamaban La Llorona.
Ella le susurraba, sus ojos llenos de una ambición oscura.
No vi un monstruo, sino a mi estúpido hermano, el que rompió el sello ancestral bajo la mirada sonriente de esa mujer.
En mi vida pasada, corrí.
Grité.
-¡Quetzal, no!
Fue inútil.
La Llorona se interpuso, riendo, sellando la maldición con su esencia oscura.
Después, el infierno.
Quetzal se transfiguró en un monstruo.
Nos masacró.
Su risa resonaba mientras el pueblo ardía.
A mí, me guardó para el final.
Me torturó, saboreando mi dolor, recordándome que todo era mi culpa por no ser la elegida.
Su odio fue lo último que vi antes de que mi alma fuera condenada al Mictlán.
Estaba viva.
Entera.
La Xochitl de antes habría corrido, habría gritado, habría intentado detenerlo.
Pero el recuerdo del Mictlán me detuvo.
El dolor, la desesperación, la soledad infinita.
Eso me había cambiado.
Me había hecho más sabia, más dura.
Mi primer impulso fue salvar a mi hermano, pero el Quetzal que yo amaba murió en el momento en que escuchó a esa mujer.
Ahora, mi gente era lo importante, mi pueblo.
Me levanté en silencio.
Ya no era una víctima.
Era la guardiana.
Y esta vez, no iba a fallar.
El dolor se fue de golpe, así, sin más.
Un segundo antes, cada parte de mi cuerpo gritaba, sentía cómo me arrancaban la esencia, un tormento sin fin en la oscuridad helada del Mictlán. Al siguiente, todo era calma. Una calma extraña, como el silencio después de un trueno que te deja zumbando los oídos.
Abrí los ojos.
No estaba en la oscuridad. Estaba en mi habitación, en la casa de mi familia, los Flores. La luz del sol entraba por la ventana, tibia, y olía a tierra mojada y a flores de cempasúchil.
Me senté en el petate, confundida. Mi cuerpo se sentía ligero, fuerte, lleno de vida. No había rastro de las heridas, ni de la tortura, ni del frío de la muerte.
Miré mis manos. Jóvenes. Fuertes. Las manos de una guerrera, no las de un alma destrozada.
Entonces lo entendí. El calendario de piedra colgado en la pared marcaba el día. El día de la ceremonia. El día en que todo se fue al carajo.
Había vuelto. Había regresado al día en que mi hermano, Quetzal, profanó el Corazón de Maíz.
El recuerdo me golpeó con la fuerza de un mazo. La imagen de Quetzal, mi hermano, el elegido, el orgullo de nuestro pueblo, de pie frente al altar. A su lado, esa mujer, Itzpapalotl, disfrazada de belleza y dulzura, susurrándole al oído. La llamaban La Llorona, una leyenda que se hizo carne para alimentarse de nuestra desesperación.
Vi de nuevo en mi mente cómo Quetzal, con los ojos llenos de una ambición oscura que nunca antes le había visto, levantaba el Corazón de Maíz. La reliquia sagrada que por generaciones mi familia había protegido, la que aseguraba que la tierra diera frutos y que nuestra gente prosperara.
Y lo vi profanarlo. Romper el sello ancestral bajo la mirada sonriente de esa mujer.
En mi vida pasada, yo corrí. Grité. Intenté detenerlo.
-¡Quetzal, no!
Pero fue inútil. La Llorona se interpuso, riendo, y con un último acto de malicia, se sacrificó, sellando la maldición con su propia esencia oscura. La tierra tembló, el cielo se oscureció y el Corazón de Maíz se agrietó, liberando una plaga de sequía y hambre.
Lo que vino después fue un infierno. Quetzal, corrompido, se convirtió en un monstruo. Masacró a nuestra gente, a nuestros vecinos, a los Guerreros Águila y Jaguar que intentaron detenerlo. Su risa resonaba mientras el pueblo ardía.
Y a mí... a mí me guardó para el final. Me torturó. Me despojó de mi esencia vital, poco a poco, saboreando mi dolor, mientras me recordaba que todo era mi culpa por no ser la elegida, por ser más débil. Su odio era lo último que vi antes de que mi alma fuera condenada al Mictlán.
Pero ahora estaba aquí. Viva. Entera.
Una parte de mí, la Xochitl de antes, quería correr de nuevo. Quería ir al templo, gritarle a Quetzal, advertir a todos.
Pero el recuerdo del Mictlán me detuvo. El dolor, la desesperación, la soledad infinita. Eso me había cambiado. Me había hecho más sabia, más dura.
No. No volvería a cometer el mismo error.
Mi primer impulso fue salvar a mi hermano, pero el Quetzal que yo amaba murió en el momento en que escuchó a esa mujer. Intentar salvarlo solo me llevaría a la misma tumba.
Mi gente. Mi pueblo. Ellos eran lo importante.
Me levanté, con una calma que me sorprendió a mí misma. Fui a mi baúl y saqué una pequeña obsidiana pulida, una Piedra de Memoria. Un artilugio que los Tlamatinime, los sabios, usaban para grabar momentos importantes.
En mi vida anterior, la había dejado olvidada. Esta vez, la metí en mi bolsa. Era una prueba. Una que necesitaría más adelante.
Luego, salí de mi habitación. En lugar de ir hacia el templo principal, me dirigí al mercado. La gente me saludaba, sonriente, ajena a la catástrofe que se cernía sobre ellos. Les devolvía el saludo, pero mi mente ya estaba trabajando.
En la vida pasada, Quetzal, en su locura, había destruido el granero principal. Pero también había pasado por alto los almacenes secretos de los comerciantes, donde guardaban las semillas más resistentes y los granos secos para las emergencias.
Fui a ver a un viejo amigo de mi padre, un comerciante de granos.
-Don Eladio, buenos días.
-Xochitl, qué milagro. ¿No deberías estar preparándote para la ceremonia de tu hermano?
-Precisamente por eso vengo -dije, poniendo mi cara más seria-. El Anciano Sabio tuvo una visión. Dice que los dioses piden una ofrenda extra de maíz y frijol, de las reservas especiales. Para asegurar una bendición aún mayor para Quetzal.
Don Eladio me miró, dudoso.
-¿Una visión? El Tlamatini no me ha dicho nada.
-Fue repentina. Me envió a mí directamente para no causar pánico. Dijo que usted era el hombre más confiable para esta tarea discreta.
Mentí sin titubear. La Xochitl de antes se habría sonrojado, pero la mujer que regresó del Mictlán sabía que a veces una mentira piadosa puede salvar vidas.
Funcionó. El orgullo hinchó el pecho de Don Eladio. Me vendió a bajo costo una cantidad considerable de semillas y granos, que escondí en una cueva abandonada en las afueras del pueblo. Mi propio almacén secreto.
Mientras caminaba de regreso, vi a Quetzal a lo lejos, caminando hacia el templo. A su lado, invisible para todos menos para mí, caminaba la sombra de Itzpapalotl. Él reía, lleno de arrogancia. El "elegido".
No sentí tristeza. Ni rabia. Solo una fría determinación.
Esta vez, no iba a detener la traición. Iba a dejar que ocurriera.
Pero iba a estar preparada para las consecuencias. Y cuando llegara el momento, no sería yo la que cayera.
"Lo siento, hermano", pensé, mientras apretaba la Piedra de Memoria en mi bolsa. "Pero ya elegiste tu camino. Ahora yo tengo que elegir el mío".
Y mi camino era proteger a nuestra gente, incluso si eso significaba sacrificar al hijo predilecto.
Dejé que la ceremonia siguiera su curso. Me quedé en mi cueva, meditando, mientras escuchaba a lo lejos el estruendo y los gritos de pánico cuando la maldición se desató. Cada grito era un recordatorio de lo que había perdido, pero también fortalecía mi resolución.
En los días que siguieron, el pueblo se sumió en la desesperación. La tierra se secó, las plantas se marchitaron y el hambre empezó a apretar. Quetzal, ahora una figura temible con los ojos inyectados de oscuridad, patrullaba el pueblo con una crueldad que helaba la sangre.
Nadie me prestaba atención. La hija menor, la que no fue elegida, era invisible. Y eso era perfecto.
Usé ese tiempo. Entrené en secreto, día y noche. En mi vida pasada, mi cultivo de energía espiritual, mi nahualli, siempre había sido lento. Me decían que no tenía el talento de mi hermano, que mi corazón era puro pero mi poder era débil. Los otros jóvenes guerreros se burlaban de mí a mis espaldas.
Siempre corría a buscar la protección del Anciano Sabio, el Tlamatini, que era como un abuelo para mí. Él me defendía, me consolaba y me decía que mi camino era diferente.
Ahora entendía por qué mi progreso había sido tan lento. Mi devoción a la familia, mi preocupación por la aprobación de Quetzal, mi miedo a no ser suficiente... todo eso había sido un ancla.
Pero la muerte te quita muchas anclas.
Liberada de esos lazos, mi nahualli fluyó como un río desbordado. La energía que antes apenas podía reunir ahora corría por mis venas. Cada movimiento, cada golpe, era más fuerte, más rápido. En unas pocas semanas, alcancé un nivel que me había costado años en mi vida anterior.
No solo entrenaba mi cuerpo. También honraba a los dioses y a mis ancestros, pero de una forma más personal, más profunda. Mi fe no estaba en los rituales vacíos que Quetzal había profanado, sino en el espíritu inquebrantable de mi pueblo, en la sabiduría de la tierra misma. Amaba a mi gente, al Tlamatini, a los guerreros leales que aún resistían. Mi compasión no era una debilidad, era la fuente de mi nuevo poder.
Un día, mientras vigilaba los movimientos de Quetzal desde lejos, lo vi entrar en el Templo del Sol, donde los Guerreros Águila y Jaguar tenían su cuartel. Mi corazón se detuvo. Sabía lo que venía.
Corrí. No para enfrentarlo, sino para llegar al Anciano Sabio.
Lo encontré en la biblioteca del templo, rodeado de códices antiguos, con el rostro surcado por la preocupación.
-Tlamatini -dije, sin aliento.
-Xochitl, hija mía. ¿Dónde has estado? Tu hermano...
-Lo sé. Y está a punto de hacer algo terrible. Va a atacar a los Guerreros del Sol.
El Anciano me miró, sus ojos viejos y sabios buscando la verdad en los míos.
-¿Cómo lo sabes?
Saqué la Piedra de Memoria.
-Porque ya lo he vivido.
Le mostré la grabación de mi vida pasada. La profanación. La masacre. Mi propia tortura y muerte. El Anciano Sabio miró la obsidiana, su rostro pasando del asombro al horror, y finalmente a una profunda tristeza. Cuando la proyección terminó, estaba temblando.
-Los dioses han sido misericordiosos contigo, niña... y con nosotros. Nos han dado una segunda oportunidad.
-No hay tiempo -le urgí-. Quetzal está corrompido. Ya no es mi hermano. Es un títere de la oscuridad.
El Anciano Sabio asintió, su expresión endureciéndose.
-Tienes razón. Pero atacar a Quetzal directamente ahora... Sería un desastre. La gente todavía lo ve como el elegido, aunque esté maldito. Pensarían que lo traicionamos.
-Entonces no lo atacamos. Lo observamos. Dejamos que se exponga solo.
El Anciano me miró, una chispa de sorpresa en sus ojos.
-Has cambiado, Xochitl. Hay una dureza en ti que no existía.
-El Mictlán te cambia -respondí, simplemente-. Por favor, Tlamatini. Confíe en mí. Detenga a cualquiera que intente intervenir. No podemos enfrentarlo de frente todavía. Debemos reunir pruebas, esperar el momento adecuado.
El Anciano Sabio me estudió por un largo momento. Vio en mis ojos no solo el dolor, sino también un plan. Una estrategia.
Finalmente, asintió.
-Haré lo que pides. Hablaré con los capitanes de los guerreros. Les diré que es una prueba de los dioses, que deben mostrar contención. Pero, Xochitl... ¿qué harás tú?
-Yo haré lo que debí haber hecho desde el principio -dije, mi voz firme-. Proteger a mi pueblo. Y para eso, necesito ser más fuerte.