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Corazón Roto, Alma Vengativa

Corazón Roto, Alma Vengativa

Autor: : Tang BuTian
Género: Xuanhuan
La bala helada me atravesó el cráneo, borrando todo en un destello blanco. Lo último que vi fue el alivio gélido en los ojos de mis padres, mientras mi madre susurraba: "Sofía, es lo mejor. Camila era la verdadera asesina de Pedro. Pero tú debes pagar". Mi hermana gemela, Camila, se había quitado la vida después de que la expuse por robar mi lugar en la UNAM. Pero su nota de suicidio me acusaba de matar a Pedro, nuestro rival académico. El mundo me creyó. Me llamaron asesina. Mis propios padres me entregaron a la policía. "Es un monstruo", sollozó mi padre ante las cámaras. Incluso Mateo, mi mejor amigo, testificó en mi contra. Grité mi inocencia en el tribunal, supliqué, lloré, pero nadie me escuchó. Fui condenada a muerte. Pero entonces, abrí los ojos. El sol se filtraba por la ventana de mi antiguo cuarto. Miré mi celular y la fecha: ¡Era el día de la ceremonia de bienvenida de la UNAM! Había regresado. El día en que mi vida se fue al infierno. Una risa amarga escapó de mis labios. Lágrimas de furia helada corrían por mis mejillas. En mi vida anterior, fui ingenua. Pero esta vez, no habría piedad. No solo la expondría; la destruiría. A ella y a todos los que me traicionaron.

Introducción

La bala helada me atravesó el cráneo, borrando todo en un destello blanco.

Lo último que vi fue el alivio gélido en los ojos de mis padres, mientras mi madre susurraba: "Sofía, es lo mejor. Camila era la verdadera asesina de Pedro. Pero tú debes pagar".

Mi hermana gemela, Camila, se había quitado la vida después de que la expuse por robar mi lugar en la UNAM. Pero su nota de suicidio me acusaba de matar a Pedro, nuestro rival académico.

El mundo me creyó. Me llamaron asesina. Mis propios padres me entregaron a la policía.

"Es un monstruo", sollozó mi padre ante las cámaras. Incluso Mateo, mi mejor amigo, testificó en mi contra.

Grité mi inocencia en el tribunal, supliqué, lloré, pero nadie me escuchó. Fui condenada a muerte.

Pero entonces, abrí los ojos. El sol se filtraba por la ventana de mi antiguo cuarto. Miré mi celular y la fecha: ¡Era el día de la ceremonia de bienvenida de la UNAM!

Había regresado. El día en que mi vida se fue al infierno.

Una risa amarga escapó de mis labios. Lágrimas de furia helada corrían por mis mejillas. En mi vida anterior, fui ingenua. Pero esta vez, no habría piedad.

No solo la expondría; la destruiría. A ella y a todos los que me traicionaron.

Capítulo 1

La bala fría y dura perforó mi cráneo.

El dolor fue agudo, pero breve, un destello blanco que borró todo.

Lo último que vi fueron los rostros de mis padres. No había tristeza en sus ojos, solo un alivio helado, una calma perturbadora.

"Sofía, es lo mejor", dijo mi madre, su voz sin una pizca de emoción. "Camila era la verdadera asesina de Pedro, lo sabemos. Pero tú debes pagar por el dolor que le causaste, por su muerte".

Su muerte.

Mi hermana gemela, Camila, se había suicidado la noche en que la desenmascaré.

Había robado mi carta de aceptación a la UNAM, la universidad más prestigiosa del país. Se hizo pasar por mí, ocupó mi lugar. Yo reuní las pruebas y, en la ceremonia de bienvenida, frente a todos, la expuse.

La humillación fue demasiado para ella.

Esa noche, se quitó la vida, pero no sin antes dejar una última arma para destruirme: una nota de suicidio.

En ella, me acusaba de haber asesinado a Pedro, el mejor estudiante de matemáticas de nuestra generación, mi único rival académico. Decía que lo maté para asegurar mi puesto como la número uno.

La nota fue su obra maestra de manipulación.

El mundo me creyó. Me etiquetaron como una asesina a sangre fría.

Mis propios padres me entregaron a la policía.

"Es un monstruo", sollozó mi padre frente a las cámaras. "No sabemos cómo pudimos criar a alguien así".

Incluso Mateo, mi amigo de la infancia, el que creí que me conocía mejor que nadie, testificó en mi contra. Su testimonio fue el clavo final en mi ataúd.

Grité mi inocencia hasta quedarme sin voz en el tribunal. Supliqué. Lloré. Nadie me escuchó.

Fui condenada a muerte.

Y ahora, la bala. El fin. El alivio oscuro de mis padres.

Pero entonces...

Abrí los ojos.

El sol entraba por la ventana de mi antiguo cuarto, el mismo sol brillante y molesto de siempre. El olor a café recién hecho subía desde la cocina.

Me senté de golpe en la cama. Mi corazón latía con una fuerza brutal contra mis costillas.

Miré mis manos. No eran las manos pálidas y delgadas de una prisionera en el corredor de la muerte. Eran mis manos de antes, llenas de vida.

Toqué mi cabeza. No había ningún agujero de bala. No había sangre.

Mi celular vibró en la mesita de noche. Lo tomé con mano temblorosa.

La pantalla mostraba la fecha.

Era el día de la ceremonia de bienvenida de la UNAM.

El día en que todo comenzó. El día en que mi vida se fue al infierno.

Regresé.

He vuelto en el tiempo.

Una risa seca y amarga escapó de mis labios. Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas, pero no eran de tristeza. Eran de una furia helada, de una claridad absoluta.

En mi vida anterior, fui ingenua. Creí en la justicia, en la familia, en la amistad. Pagué el precio más alto por esa inocencia.

Esta vez, no habría piedad. No habría perdón.

Me levanté de la cama, mis movimientos eran deliberados, llenos de un propósito renovado. Fui al armario y saqué el vestido que había planeado usar, el mismo que nunca llegué a ponerme.

Me vestí con calma, me maquillé con precisión. Cada gesto era un paso en mi plan.

En mi vida anterior, mi plan era simple: exponer a Camila. Pero fui impulsiva, me dejé llevar por la ira del momento.

Esta vez, sería diferente. No solo la expondría. La destruiría. A ella y a todos los que me traicionaron.

Bajé las escaleras. Mi madre estaba en la cocina, sonriéndole a Camila, que ya estaba vestida y lista, usando una copia exacta de mi vestido.

"Te ves hermosa, Cami", le dijo mi madre, acomodándole el cabello. "Hoy es tu gran día. La mejor estudiante de la UNAM".

Camila me vio en las escaleras y su sonrisa vaciló por un segundo, pero se recuperó rápidamente.

"Sofía, ¿qué haces vestida así? Hoy me toca brillar a mí", dijo con una dulzura venenosa.

Mi madre me miró con desaprobación.

"Tu hermana tiene razón. Quédate en casa. No arruines su momento".

En mi vida anterior, sus palabras me habrían herido. Ahora, solo alimentaban el fuego dentro de mí.

Les di una sonrisa vacía.

"Claro. No me perdería esto por nada del mundo".

Salí de la casa sin esperar respuesta, sintiendo sus miradas confundidas en mi espalda.

Tomé un taxi directamente al campus de la UNAM. El auditorio principal ya estaba lleno de estudiantes emocionados y padres orgullosos. El aire vibraba con expectación.

Encontré un asiento en la parte de atrás, un lugar perfecto para observar el escenario.

Mi corazón no latía con nervios, sino con una fría anticipación.

El espectáculo estaba a punto de comenzar.

Y esta vez, yo era la directora.

Me aseguraré de que Camila reciba la sorpresa que le tengo preparada. Una sorpresa que no olvidará, ni en esta vida ni en la siguiente.

Capítulo 2

La ceremonia comenzó con los discursos habituales. El rector, un hombre de aspecto severo y reputación intachable, habló sobre la integridad y el honor de la UNAM.

Cada palabra era una ironía que me quemaba por dentro.

Finalmente, llegó el momento que todos esperaban. El subdirector, un hombre con una sonrisa más política que sincera, subió al podio.

"Y ahora, con gran orgullo, quiero presentar a la estudiante que obtuvo el puntaje más alto en el examen de admisión a nivel nacional. Un verdadero prodigio de las matemáticas. ¡Démosle un fuerte aplauso a Sofía!"

Los aplausos resonaron en el auditorio.

Desde mi asiento, vi a Camila levantarse. Caminó hacia el escenario con una confianza ensayada, una sonrisa radiante y falsa pegada en su rostro. Llevaba mi nombre, mi futuro, como si fuera un trofeo que había ganado limpiamente.

La rabia, fría y afilada, se asentó en mi estómago.

Mientras ella subía los escalones, la gente a mi alrededor comenzó a murmurar.

"Oye, ¿esa no es Camila? La gemela tonta".

"Sí, se parece, pero dicen que la genio es Sofía".

"Pero mira, en el programa dice Sofía. ¿Será que nos confundimos?".

Los murmullos eran un zumbido bajo, una corriente de duda que comenzaba a extenderse. Eso era bueno. Era el primer paso.

Camila llegó al podio, su sonrisa era perfecta para las cámaras que la enfocaban. Tomó el micrófono.

"Gracias, señor rector, subdirector. Es un honor increíble estar aquí..."

No la dejé continuar.

Me puse de pie. Mi voz, clara y firme, cortó el aire del auditorio.

"Esa mujer que está en el escenario es una impostora".

El silencio fue instantáneo y total.

Todos los ojos, miles de ellos, se giraron hacia mí. Pude ver el pánico en el rostro de Camila, un destello fugaz antes de que lo reemplazara con una expresión de confusión herida.

El director de la UNAM frunció el ceño, su mirada era penetrante.

"¿Disculpe? ¿Quién es usted y qué significa esta interrupción?".

Caminé por el pasillo central, avanzando hacia el escenario con pasos firmes.

"Mi nombre es Sofía. Y la mujer que está usando mi nombre, que está parada en ese escenario, es mi hermana gemela, Camila".

El caos estalló. Los murmullos se convirtieron en un clamor. Los periodistas presentes olieron la sangre y sus cámaras comenzaron a disparar flashes sin cesar.

Camila rápidamente recuperó la compostura. Las lágrimas brotaron de sus ojos, una actuación digna de un premio.

"Sofía, por favor, no hagas esto", sollozó. "Sé que estás celosa porque yo entré y tú no, pero esto es demasiado. Estás humillándome a mí y a nuestra familia".

Justo en ese momento, mis padres se abrieron paso entre la multitud. Mi padre me miró con una furia contenida.

"¡Sofía, ya basta! ¡Pídele perdón a tu hermana ahora mismo y vámonos de aquí!".

"No me iré a ninguna parte", respondí, mi voz era un témpano de hielo. "No hasta que la verdad se sepa".

El director, un hombre que valoraba el orden por encima de todo, golpeó el podio.

"¡Silencio! ¡Esto es una institución académica, no un circo! Señorita", dijo, dirigiéndose a Camila, "presente su identificación oficial, por favor".

Camila sonrió con suficiencia a través de sus lágrimas falsas. Sacó de su bolso una cartera y extrajo una credencial de elector.

"Por supuesto, señor director".

Se la entregó al subdirector, quien la examinó y luego se la pasó al director.

El director la miró detenidamente. La foto era mía, pero el nombre era el de ella, una falsificación experta. No, esperen. El nombre era el mío, Sofía. La foto era mía. Todo parecía estar en orden. Pero la persona que la sostenía era Camila.

"La identificación parece legítima. Tiene el nombre de Sofía y su foto", anunció el director, su tono era severo mientras me miraba. "Jovencita, estas son acusaciones muy graves. Si no puede probar lo que dice, la seguridad la escoltará fuera del campus y enfrentará consecuencias".

Mi madre suspiró con alivio.

"Gracias, director. Mi hija Sofía a veces es... inestable. Está muy afectada por no haber sido aceptada".

Camila asintió, secándose una lágrima inexistente.

"Siempre ha sido muy competitiva".

Sentí una punzada de dolor. La traición de mi propia familia, tan pública, tan cruel. Pero la aparté. No era momento para la debilidad.

Entonces, vi a Mateo. Estaba de pie cerca del escenario, mirándome con una expresión de lástima y decepción. En mi vida anterior, su traición fue la que más me dolió.

El director se dirigió a él.

"Joven, usted es amigo de la familia, ¿no es así? ¿Puede confirmar la identidad de la señorita en el escenario?".

Mateo me miró a los ojos. Vi una lucha en su interior, un destello de la amistad que una vez compartimos. Pero luego miró a mis padres, a la presión, a la mentira que todos habían acordado mantener.

Bajó la cabeza y dijo, con la voz apenas audible pero clara para los que estaban cerca:

"La que está en el escenario es Sofía. La conozco desde que éramos niños".

El mundo a mi alrededor pareció desmoronarse por un segundo, un eco de la desesperación que sentí en mi vida pasada.

El murmullo de la multitud se volvió en mi contra.

"Qué loca. Quiere robarle el lugar a su hermana".

"Pobre chica, la envidia la consumió".

Camila me miró con una sonrisa triunfante y cruel. Mis padres me miraban como si fuera basura.

Estaba sola. Completamente sola.

Pero esta vez, estaba preparada.

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