El frío del laboratorio me calaba los huesos, la noche antes de mi gran ascenso a gerente, o eso creía.
Marco, mi prometido, me miraba sin rastro del amor de antaño, solo una frialdad glacial que me helaba la sangre.
"Luna, es solo un procedimiento rutinario para el ascenso" , me había dicho, su voz tan dulce, tan convincente.
Pero la bebida que me dio me dejó débil, inmovilizada, mi cuerpo no respondía a mis órdenes.
Sentí un dolor agudo en la nuca, justo donde se conectaba mi chip de interfaz neuronal, y vi a nuestro hijo, mi pequeño genio tecnológico de 7 estrellas, sosteniendo el extractor.
Sus manos, que yo misma había guiado para que aprendiera a caminar, ahora me causaban un tormento insoportable.
Mi chip, la prueba de mi identidad como programadora, fue arrancado con una brutalidad desalmada.
"¿Por qué?" , logré susurrar, mi voz apenas un hilo.
Marco se acercó, su sombra cubriéndome, y a su lado, mi hermana Estrella, la desarrolladora de IA de 6 estrellas, la leyenda de la industria, con una falsa expresión de preocupación en su rostro.
Marco soltó una risa seca y cruel, su voz cortante como un cuchillo.
"Realmente me arrepiento de haberte elegido como mi compañera. ¿Sin mí, cómo podrías haber dado a luz a un genio de 7 estrellas?"
Sus palabras, más hirientes que cualquier golpe físico, me perforaron el alma.
Miré a mi hijo, aquel a quien había criado con todo mi amor y dedicación, y él, sin dudarlo, aplastó mi chip en su mano.
El sonido del metal y el silicio rompiéndose fue el eco de mi corazón y mi carrera haciéndose pedazos.
"Si la tía Estrella hubiera sido mi madre, mi linaje sería más noble" , dijo mi hijo, su voz infantil espantosamente fría, como si recitara una lección aprendida.
"Tú no mereces ser mi madre."
La traición de mi prometido, mi hijo y mi propia hermana me ahogó, abandonada allí, una cáscara vacía, una programadora de interfaz básica despojada de su herramienta esencial.
La oscuridad me envolvió por completo, pero justo cuando pensé que era el final, una luz cegadora me golpeó.
Parpadeé, confundida, ante el ruido de una multitud que llenaba mis oídos.
Estaba de pie, mi cuerpo se sentía completo, sin dolor.
El chip estaba en su lugar, intacto.
Reconocí el lugar al instante: el gran salón de la empresa, el día de la selección de personal, el día exacto en que todo había comenzado.
Vi a Marco en el escenario, impaciente, sus ojos barriendo la multitud, pasando por encima de mí como si no existiera, para posarse en Estrella.
"Para asegurar el futuro más brillante para nuestra empresa y mi linaje" , declaró Marco con voz potente, "elijo a Estrella Rojas como mi socia."
Al ver la misma sonrisa triunfante en Estrella, el destello helado de reconocimiento en sus ojos, supe que algo era diferente.
Esta vez, ambas recordábamos, y la humillación que me destrozó en mi vida anterior, ahora sería la chispa de mi venganza.
El aire frío del laboratorio se sentía como hielo en mi piel, la noche antes de mi ascenso a gerente. Mi prometido, Marco, me miró fijamente, sus ojos no tenían el amor que una vez vi, ahora solo había una frialdad que me congelaba hasta los huesos.
"Luna, solo es un procedimiento de rutina para el ascenso," me había dicho, su voz sonaba tan convincente.
Pero la bebida que me dio me dejó débil, mi cuerpo no respondía.
Sentí un dolor agudo en la nuca, justo donde se conectaba mi chip de interfaz neuronal. Vi a nuestro hijo, mi pequeño genio tecnológico de 7 estrellas, sosteniendo el extractor. Sus manos, que yo había sostenido tantas veces para enseñarle a caminar, ahora me causaban un dolor insoportable.
Mi chip, la prueba de mi identidad como programadora, fue arrancado brutalmente.
"¿Por qué?", logré susurrar, mi voz era un hilo débil.
Marco se acercó, su sombra cubriéndome. A su lado estaba mi hermana, Estrella. Ella, la desarrolladora de IA de 6 estrellas, la leyenda de la industria. Su rostro mostraba una falsa preocupación.
Marco soltó una risa seca y cruel.
"Realmente me arrepiento de haberte elegido como mi compañera. Sin mí, ¿cómo podrías haber dado a luz a un genio de 7 estrellas?"
Sus palabras me golpearon más fuerte que cualquier dolor físico.
Miré a mi hijo, a quien había criado con todo mi amor y dedicación. Él sostuvo mi chip en su mano y lo aplastó sin dudarlo. El sonido del metal y el silicio rompiéndose fue el sonido de mi corazón y mi carrera haciéndose pedazos.
"Si la tía Estrella hubiera sido mi madre, mi linaje sería más noble," dijo mi hijo, su voz infantil era espantosamente fría. "Tú no mereces ser mi madre."
La traición de mi prometido, mi hijo y mi propia hermana me ahogó. Me dejaron allí, una cáscara vacía, una programadora de interfaz básica sin su interfaz. La oscuridad me envolvió.
...
Una luz brillante me cegó. El ruido de una multitud llenó mis oídos. Parpadeé, confundida. Estaba de pie, mi cuerpo se sentía completo, sin dolor. El chip estaba en su lugar.
Reconocí el lugar de inmediato, era el gran salón de la empresa, el día de la selección de personal. El día en que todo comenzó.
El Director General, el padre de Marco, estaba en el escenario, hablando sobre la importancia de las alianzas para crear la próxima generación de genios.
Miré mis manos. Eran mis manos, pero se sentían diferentes, más jóvenes. Mi corazón latía con fuerza. Había vuelto. De alguna manera, había regresado al punto de partida.
Vi a Marco en el escenario, impaciente, esperando para anunciar su elección. Sus ojos recorrieron a la multitud, pasando por encima de mí sin reconocerme, y se posaron en Estrella.
"Para asegurar el futuro más brillante para nuestra empresa y mi linaje," declaró Marco con voz fuerte, "elijo a Estrella Rojas como mi socia."
La multitud aplaudió. Estrella subió al escenario, su sonrisa era modesta pero sus ojos brillaban de triunfo. Exactamente como en mi vida pasada.
Pero esta vez, algo fue diferente.
Cuando Estrella se paró junto a Marco, sus ojos se encontraron con los míos por un instante. No vi la sorpresa de una hermana que ve a su familia humillada, vi un destello de reconocimiento helado, una sonrisa diminuta y cruel que solo yo pude ver.
Ella también recordaba.
Mi hijo, el que me había despreciado, también había reencarnado. Estaba destinado a nacer de ella. Mi desgracia era su mayor triunfo.
En este mundo, el talento se medía en estrellas. Yo era una simple programadora de interfaz, una base necesaria pero sin prestigio. Estrella era una desarrolladora de IA de 6 estrellas, casi una diosa en nuestro campo. Marco, como heredero, necesitaba el mejor linaje posible para su descendencia.
En mi vida anterior, él me eligió a mí, y contra todo pronóstico, nuestro hijo nació como un genio de 7 estrellas, un milagro sin precedentes. Pero ese milagro se convirtió en mi ruina. Me usaron y luego me desecharon como basura.
Esta vez, no cometería el mismo error. Esta vez, la venganza sería mía.
El sistema de estrellas de nuestra sociedad era brutalmente simple, definía tu valor, tu carrera y tu futuro. Desde programadores de interfaz de 1 estrella hasta los legendarios desarrolladores de IA de 6 estrellas, cada nivel representaba un salto cuántico en prestigio y poder. Y la genética era clave, la creencia era que la unión de dos talentos de alto nivel garantizaba una descendencia aún más poderosa.
Por eso la elección de Marco en mi vida pasada fue un escándalo. Él, un ejecutivo de 5 estrellas, me eligió a mí, una programadora básica cuyo único mérito era ser bonita. Todos susurraban que había sido un error, que estaba tirando por la borda el futuro de su linaje.
Recuerdo cómo me esforcé entonces, trabajé el doble, el triple, para demostrar que era digna. Soporté las miradas de desprecio de sus colegas y la falsa compasión de mi hermana. Cuando nació nuestro hijo, un prodigio de 7 estrellas, sentí que por fin había callado a todos. Qué ingenua fui. Solo me había convertido en una incubadora exitosa, un recipiente que ya no era necesario.
Ahora, en el salón de selección, la historia se repetía, pero con un guion diferente. Marco eligió a Estrella, la opción lógica, la que todos esperaban. La unión de un ejecutivo de 5 estrellas y una desarrolladora de IA de 6 estrellas prometía un heredero fuera de serie.
La gente aplaudía, felicitando a Marco por su sabia decisión. Nadie se dio cuenta de la ironía. Estrella, mi hermana, no venía de un linaje noble como pretendía. Nuestra familia era humilde, trabajadora, sin estrellas ni prestigio. Su talento de 6 estrellas era una anomalía, un golpe de suerte que ella había sabido explotar al máximo, construyendo una imagen de elegancia y pedigrí que era completamente falsa.
Mientras Estrella bajaba del escenario, pasó a mi lado. Se detuvo por un segundo, lo suficiente para que nadie más lo notara.
"Lo siento, hermanita," susurró, su voz era pura miel envenenada. "Es lo mejor para la familia. Conmigo, el linaje de Marco estará seguro."
La miré sin expresión. La antigua Luna habría llorado, se habría sentido traicionada. La nueva Luna solo sentía un frío desprecio.
"No te preocupes por mí, Estrella," respondí con calma.
El Director General, el señor Rivas, padre de Marco, tomó el micrófono de nuevo. Su mirada se posó en mí, no con malicia, sino con una especie de pragmatismo frío. Yo era la hermana de la nueva socia de su hijo, una pieza suelta que había que colocar en algún sitio.
"Y para Luna Rojas," anunció el Director General, su voz resonando en el salón silencioso. "Dada su habilidad como programadora de interfaz, será asignada como socia de mi hijo menor, Diego Rivas."
Un murmullo recorrió la sala.
Diego Rivas. El "enfermo". El otro hijo del Director General, un brillante diseñador gráfico cuyo cuerpo frágil y su salud precaria lo mantenían alejado del centro de poder de la empresa. Emparejarme con él era un exilio, una forma de decirme que mi valor era nulo, que solo servía para cuidar a un inválido.
Marco y Estrella me miraron desde el otro lado del salón. En sus rostros vi la misma expresión, una mezcla de lástima y satisfacción. Me estaban desterrando al rincón más oscuro de la empresa, y no podían estar más felices por ello.
Pero yo sabía algo que ellos no. Sabía el verdadero potencial que se escondía en Diego. Y sabía que su "castigo" acababa de convertirse en mi mayor oportunidad.