El suelo del tablao vibraba bajo mis pies, un eco de mi corazón embarazado por cuatro meses.
Todo era perfecto hasta que una mano oscura me empujó, haciéndome caer del escenario, perdiendo a mi bebé y prometiendo una lesión grave de columna.
En la oscuridad del hospital, aún bajo el efecto de los sedantes, escuché la voz de Javier, mi novio, diciéndole a su primo Mateo: "Es mejor así... Él [el niño] tenía que desaparecer", revelando que todo fue un plan para complacer a Catalina, la rica heredera.
¿Mi propio futuro esposo, el padre de mi hijo, había orquestado mi caída y la muerte de nuestro bebé por herencia y un estúpido "honor"?
Cuando Javier me obligó a firmar un acuerdo de confidencialidad para perdonar a Catalina, y esta, en un acto teatral, se "autolesionó" para manipularlo, vi con horror cómo Javier, el hombre que me había jurado amor eterno, me abofeteaba con rabia, acusándome de no tener corazón por una mujer que me había destruido.
En ese instante, morí. Pero la bailaora Isabela nunca se rinde.
En medio del caos que orquesté para mi propia "muerte", decidí que, si me habían quitado a mi hijo y mi vida, yo les quitaría todo.
Ahora, Elena ha vuelto.
El suelo del tablao vibraba bajo mis pies, una extensión de mi propio corazón latiendo al ritmo de la seguiriya. Estaba en la Bienal de Flamenco, el escenario más importante de Sevilla, y dentro de mí, además del compás, crecía una nueva vida de cuatro meses. Javier, mi novio y socio en la peña, me miraba desde la primera fila, su sonrisa era mi faro, la promesa de nuestro futuro juntos.
Todo era perfecto.
Entonces, el mundo se inclinó.
Un empujón violento y repentino desde la oscuridad de las bambalinas me desequilibró. Mis brazos se agitaron en el aire, buscando un apoyo que no existía. El rostro de Javier, deformado por la sorpresa, fue lo último que vi antes de que mi cuerpo golpeara el borde del escenario y cayera al vacío. Un dolor agudo, brutal, me atravesó el vientre y la espalda. Luego, solo oscuridad.
Desperté en una habitación de hospital, el olor a antiséptico llenando mis pulmones. La luz era blanca y cruel. Mi cuerpo, una masa de dolor sordo. Una enfermera me dijo que había sufrido una caída, que habían tenido que operarme de urgencia. Mi bebé... mi bebé se había ido. La lesión en mi columna era grave.
Me inyectaron sedantes, y el mundo se volvió borroso, una niebla de dolor y confusión. Flotaba en un duermevela cuando escuché voces al otro lado de la puerta entreabierta. Era Javier, hablando con su primo Mateo.
"¿Cómo está?", preguntó Mateo, su voz sonaba tensa.
"Desesperado", respondió Javier, pero su tono no contenía desesperación, sino un extraño alivio. "Llorando, preguntando por el bebé".
Hubo una pausa.
"Javier, esto es una locura. ¿Sabes lo que ha pasado? Ha perdido al niño".
"Lo sé", la voz de Javier era un susurro frío. "Y es mejor así, Mateo. Es una tragedia, sí, pero es mejor así".
Sentí un frío que no tenía nada que ver con la anestesia.
"¿Mejor? ¿De qué coño hablas?", la voz de Mateo subió de tono.
"Le prometí a Catalina que su hijo sería mi primogénito", confesó Javier, sin rastro de culpa. "Nuestro primer hijo. El heredero. Este... este embarazo de Isabela lo complicaba todo. No esperaba que Catalina llegara tan lejos, no quería que Isabela se hiciera tanto daño, pero el niño... el niño tenía que desaparecer".
Mi respiración se detuvo. Catalina. Su amiga de la infancia. La rica heredera.
"¿Permitiste que esto pasara?", la voz de Mateo era de pura incredulidad.
"No lo planeé, pero tampoco lo detuve con suficiente fuerza. Catalina está loca de celos", justificó Javier. "Ahora debo cuidarla. Es mi deber. La mantendré a mi lado, la compensaré. Nadie podrá decir que no soy un hombre de honor".
"¿Honor? ¡Le has destrozado la vida! Los médicos dicen que la lesión de la columna... puede que no vuelva a bailar, Javier. ¡Bailar es su vida!"
"Ya encontraremos una solución para eso. Se recuperará. Pagaré la mejor terapia. Ahora lo importante es que el problema principal está resuelto".
La puerta se cerró suavemente.
El "problema principal". Mi hijo.
El dolor en mi vientre se convirtió en un vacío helado. Mis manos temblorosas buscaron mi abdomen, ahora plano. La realidad me golpeó con la fuerza de la caída. No había sido un accidente. Había sido una ejecución. Y el hombre que yo amaba, el padre del hijo que acababa de perder, era el autor intelectual.
Mis ojos se abrieron de golpe, fijos en el techo blanco. Las lágrimas no salían. Solo sentía un odio puro y helado.
Javier. Catalina. Me habéis quitado a mi hijo.
Ahora, yo os lo quitaré todo.
Los días siguientes fueron una tortura silenciosa. Javier desempeñaba el papel del novio devoto a la perfección. No se separaba de mi cama, me daba de comer, me leía, me susurraba palabras de consuelo mientras yo mantenía los ojos cerrados, fingiendo dormir.
Cada caricia suya era como el roce de una serpiente. Cada palabra de amor, un veneno que me recordaba su traición.
A veces, en la quietud de la noche, casi me convencía a mí misma de que la conversación que escuché fue una alucinación, un mal sueño provocado por los fármacos y el dolor. Él parecía tan genuinamente destrozado, sus ojos estaban rojos e hinchados.
Pero entonces recordaba el alivio en su voz. "Es mejor así".
Una semana después, cuando ya podía sentarme en una silla de ruedas, Javier entró en la habitación con una carpeta de cuero. Su rostro era una máscara de compasión.
"Mi amor, sé que es un momento terrible para hablar de esto", comenzó, su voz suave y persuasiva. "Pero tenemos que resolver el... malentendido con Catalina".
Lo miré, sin expresión.
"Ella está destrozada. Fue un acto de locura, de celos de una fan obsesionada. No sabía lo que hacía. Su familia está dispuesta a ofrecerte una compensación económica muy generosa para evitar un escándalo. Solo tienes que firmar este acuerdo".
Me tendió la carpeta. La abrí. Era un acuerdo de confidencialidad y perdón. Un documento que liberaba a Catalina de toda culpa a cambio de dinero. Mi mirada se detuvo en el nombre del abogado que lo había redactado: "Mateo Vargas". El primo de Javier.
Una imagen fugaz cruzó mi mente: Javier, hace un año, enfrentándose a un crítico que había escrito una mala reseña sobre mi baile. Recuerdo su furia, cómo lo agarró por el cuello de la camisa y le dijo que si volvía a faltarme al respeto, se arrepentiría. Ese era el Javier que yo amaba. El hombre que me defendía como un león.
Ahora, ese mismo hombre me pedía que perdonara a la mujer que me había arrojado de un escenario y había matado a nuestro hijo.
"No", dije, mi voz era un hilo, pero firme.
Javier parpadeó, sorprendido. "¿Qué?"
"He dicho que no".
"Isabela, sé razonable", su tono cambió, volviéndose condescendiente. "Esto es lo mejor para todos. Evitará un juicio largo y doloroso. Podrás centrarte en tu recuperación".
"¿Mi recuperación?", me reí, un sonido seco y amargo. "¿O en tu pacto con los De la Sierra?"
La cara de Javier se ensombreció. "No seas injusta. Estoy intentando protegerte".
"¡ProtegerME!", grité, el sonido rasgando mi garganta. "¿Protegerme de quién? ¿De tu amante? ¡No eres más que un hipócrita, Javier!".
Apretó los puños, pero se recompuso rápidamente. "Veo que no estás en condiciones de hablar. Quizás si la escuchas a ella..."
Hizo una llamada rápida. Dos minutos después, la puerta se abrió.
Catalina entró.