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Corazón de Mariachi, Alma Valiente

Corazón de Mariachi, Alma Valiente

Autor: : Ai Huo Nv Rong
Género: Moderno
El sol de la tarde apenas calentaba el polvo del pueblo, pero no secaba las lágrimas de Xóchitl. Con Luna, mi hija, ardiendo en fiebre, y mi Pedro ya no aquí, solo me quedaba su guitarrón. Era su alma, su música, la historia de nuestro amor. Lo llevé a la plaza, un último intento desesperado por venderlo y comprar la vida de mi niña. Pero mientras la esperanza se me escapaba, una camioneta negra se detuvo frente a mí. De ella bajó El Jefe, el hombre cuya crueldad se susurraba en cada esquina. "Así que la viuda del músico," dijo, y mi corazón se encogió. Me arrebató el guitarrón, no solo despojándome de él, sino también de la última pieza de mi esposo. "La música que contenía ya está muerta, como su dueño," se burló. Un dolor que no conocía me atravesó. ¿Cómo iba a salvar a la pequeña Luna ahora? Cuando creí que no me quedaba nada, los hombres regresaron. "El Jefe dice que el guitarrón de tu marido esconde algo," uno de ellos gruñó. Mencionar mi "estúpida leyenda familiar" y su "tesoro" me heló la sangre. "¿Cuál es el secreto de la melodía inconclusa?" preguntaron. No lo sabía. Pedro se había llevado su secreto a la tumba, o al menos eso creía. Pero la amenaza fue clara: "Tu linda hijita podría empeorar de repente." La rabia me encendió. Necesitaba ir al viejo cementerio, el lugar de la "Dama de la Justicia" . Algo me decía que allí, entre lápidas retorcidas, encontraría una respuesta, no para un tesoro de oro, sino para la libertad de mi pueblo y el legado de mi Pedro.

Introducción

El sol de la tarde apenas calentaba el polvo del pueblo, pero no secaba las lágrimas de Xóchitl.

Con Luna, mi hija, ardiendo en fiebre, y mi Pedro ya no aquí, solo me quedaba su guitarrón.

Era su alma, su música, la historia de nuestro amor.

Lo llevé a la plaza, un último intento desesperado por venderlo y comprar la vida de mi niña.

Pero mientras la esperanza se me escapaba, una camioneta negra se detuvo frente a mí.

De ella bajó El Jefe, el hombre cuya crueldad se susurraba en cada esquina.

"Así que la viuda del músico," dijo, y mi corazón se encogió.

Me arrebató el guitarrón, no solo despojándome de él, sino también de la última pieza de mi esposo.

"La música que contenía ya está muerta, como su dueño," se burló.

Un dolor que no conocía me atravesó.

¿Cómo iba a salvar a la pequeña Luna ahora?

Cuando creí que no me quedaba nada, los hombres regresaron.

"El Jefe dice que el guitarrón de tu marido esconde algo," uno de ellos gruñó.

Mencionar mi "estúpida leyenda familiar" y su "tesoro" me heló la sangre.

"¿Cuál es el secreto de la melodía inconclusa?" preguntaron.

No lo sabía.

Pedro se había llevado su secreto a la tumba, o al menos eso creía.

Pero la amenaza fue clara: "Tu linda hijita podría empeorar de repente."

La rabia me encendió.

Necesitaba ir al viejo cementerio, el lugar de la "Dama de la Justicia" .

Algo me decía que allí, entre lápidas retorcidas, encontraría una respuesta, no para un tesoro de oro, sino para la libertad de mi pueblo y el legado de mi Pedro.

Capítulo 1

El sol de la tarde caía pesado sobre el polvo del pequeño pueblo, un calor que no lograba secar las lágrimas silenciosas de Xóchitl, cada gota que rodaba por su mejilla era un recuerdo de Pedro, su Pedro.

Sostenía el guitarrón contra su pecho, la madera lisa y oscura todavía parecía guardar el calor de las manos de su esposo, su olor a copal y a música.

Era todo lo que le quedaba de él, además de Luna, su pequeña hija que ahora ardía en fiebre en la humilde cama que compartían.

La tos seca de la niña era un martillo constante en su cabeza, un recordatorio de que el amor no compraba medicinas.

Por eso estaba aquí, en la plaza, esperando vender el alma de su esposo para salvar la vida de su hija.

El corazón se le encogía con cada persona que pasaba y miraba el instrumento con indiferencia, el guitarrón no era solo madera y cuerdas, era el eco de las serenatas, las risas compartidas, la promesa de un futuro que ya no existiría.

Justo cuando la desesperación comenzaba a ganarle, una camioneta negra, lujosa y amenazante, se detuvo bruscamente frente a ella, levantando una nube de polvo que la hizo toser.

Las puertas se abrieron y de ella bajaron tres hombres, sus rostros duros y sus ropas caras contrastaban con la pobreza del pueblo.

Al frente de ellos caminaba "El Jefe", un hombre cuya reputación de crueldad se susurraba en cada esquina.

"Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?" , dijo El Jefe, su voz era suave pero cargada de veneno, sus ojos fríos se posaron en el guitarrón.

"La viuda del músico".

Xóchitl se abrazó más fuerte al instrumento.

"Señor..."

"Escuché que tu maridito se negó a tocar para nosotros" , continuó El Jefe, ignorándola, caminó alrededor de ella como un lobo estudiando a su presa. "Qué falta de respeto, un hombre con tanto talento, desperdiciándolo en bodas y bautizos de gente que no tiene ni para comer" .

"Él solo tocaba por amor, no por dinero sucio" , respondió Xóchitl, su voz temblaba, pero se mantuvo firme.

El Jefe soltó una carcajada corta y seca.

"Amor" , escupió la palabra como si fuera basura. "El amor no te va a comprar las medicinas para tu niña, ¿verdad? He oído que está enferma" .

El miedo helado recorrió la espalda de Xóchitl, ¿cómo lo sabía?

"Necesito venderlo" , suplicó ella, la desesperación rompiendo su orgullo. "Por favor, mi hija..."

"Lo sé" , El Jefe le sonrió, una sonrisa sin alegría, llena de poder. "Y por eso, me lo voy a llevar, será un pago por la ofensa de tu esposo" .

Le arrebató el guitarrón de los brazos con una fuerza brutal, Xóchitl gritó, un sonido ahogado de dolor y pérdida.

"¡No, por favor, es todo lo que tengo!" .

El Jefe examinó el instrumento, pasándole los dedos por las cuerdas con burla, produciendo un sonido desafinado y horrible.

"Un bonito pedazo de madera" , dijo, y luego, mirándola directamente a los ojos, añadió: "Pero la música que contenía ya está muerta, como su dueño" .

Se dio la vuelta y se dirigió de nuevo a la camioneta, uno de sus hombres se quedó atrás un momento, se inclinó y escupió en el suelo, muy cerca de los pies descalzos de Xóchitl.

"Para que aprendas a respetar" , gruñó el hombre antes de seguir a su jefe.

La camioneta arrancó, dejando a Xóchitl sola en medio de la plaza, con las manos vacías y el corazón hecho pedazos, la nube de polvo la envolvió de nuevo, como un sudario.

Capítulo 2

La noche cayó sobre el pueblo como un manto de tristeza, las luces de las casas parecían más tenues, más lejanas, Xóchitl caminaba sin rumbo, con el llanto de Luna resonando en sus oídos, un llanto que la fiebre hacía más débil, más lastimero.

Sus pies la llevaron, sin que ella se diera cuenta, a la pequeña capilla al borde del pueblo, un lugar que Pedro amaba.

Dentro, una vela solitaria parpadeaba frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe.

Doña Elodia, una anciana de rostro arrugado como un mapa antiguo y ojos llenos de una sabiduría profunda, estaba arrodillada rezando.

Al ver a Xóchitl en la puerta, destrozada y con la niña en brazos, se levantó con sorprendente agilidad para su edad.

"Hija mía" , su voz era un susurro cálido. "Ven, siéntate" .

La guio a una pequeña banca de madera y tomó a Luna de sus brazos con una delicadeza infinita, la niña, como si sintiera un refugio seguro, dejó de llorar y se acurrucó en el regazo de la anciana.

"Ese demonio se lo llevó todo, Doña Elodia" , sollozó Xóchitl, la fuerza que la había sostenido durante el día finalmente se rompió. "Se llevó el guitarrón de Pedro" .

Doña Elodia no dijo nada, simplemente comenzó a mecer a Luna suavemente, tarareando una melodía antigua, una canción de cuna que Xóchitl no había escuchado en años.

La melodía era triste pero llena de una extraña fuerza, calmó el alma de Xóchitl tanto como calmaba a su hija.

"La maldad siempre hace mucho ruido, mija" , dijo finalmente la anciana, sin dejar de mecer a la niña. "Pero el bien es silencioso y paciente" .

De repente, Xóchitl recordó las historias de su abuelo, historias que contaba en las noches frías junto al fuego.

Hablaba de una figura legendaria, una mujer que aparecía en los momentos de mayor injusticia para ayudar a los desamparados.

"La Dama de la Justicia" , susurró Xóchitl.

Los ojos de Doña Elodia brillaron con una luz extraña a la luz de la vela.

"Algunos la llaman así" , asintió. "Tu abuelo creía en ella, creía que su espíritu protegía a este pueblo" .

"Él decía que ella no castiga con la espada, sino con la verdad" , recordó Xóchitl.

"Tu abuelo era un hombre sabio" , dijo Doña Elodia. Luego, metió la mano en el bolsillo de su delantal y sacó un pequeño fajo de billetes, doblados y gastados.

"Toma" , le dijo, poniéndoselos en la mano a Xóchitl. "No es mucho, pero te servirá para las medicinas" .

Xóchitl miró el dinero y luego a la anciana, con los ojos llenos de lágrimas frescas.

"No puedo, Doña Elodia, usted lo necesita más que yo" .

"Yo ya viví mi vida, niña" , insistió la anciana con una sonrisa suave. "Ahora te toca a ti luchar por la tuya y por la de esta pequeña, la justicia a veces necesita un empujoncito, y la fe, mija, la fe es el empujón más fuerte" .

Xóchitl recordó otra cosa que su abuelo solía decir, algo sobre una melodía secreta que Pedro estaba componiendo, una melodía que, según la leyenda familiar, era una llave.

"Mi abuelo... él también hablaba de una melodía inconclusa" , dijo Xóchitl, más para sí misma que para la anciana.

Doña Elodia asintió lentamente, sus ojos fijos en la llama de la vela.

"La música tiene poder, Xóchitl, un poder que los hombres como El Jefe nunca entenderán, la música de tu esposo no ha muerto, solo está esperando el momento correcto para ser escuchada" .

La anciana le devolvió a Luna, que ahora dormía plácidamente.

"Ve a casa y cuida a tu hija, pero no pierdas la esperanza, busca en tus recuerdos, las respuestas que necesitas siempre han estado contigo" .

Xóchitl se fue de la capilla con el dinero en el bolsillo y una pequeña semilla de esperanza plantada en su corazón devastado, una semilla que llevaba el nombre de la Dama de la Justicia y la melodía de su amado Pedro.

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