Junio de 1992
El campamento era un caos. El incendio en la carpa de Kali, el rey de los gitanos, no solo estaba arrasando con su hogar, también arrebataba la vida de varios de los ancianos del clan sin que nadie pudiera hacer nada, el fuego los ha-bía dejado encerrados sin que ninguno pudiera escapar.
Cerca de las dos de la mañana, los bomberos lograron apagar por completo el fuego. Por la falta de agua en el sec-tor, no se pudo hacer más. Al menos, la carpa del rey estaba lo suficientemente lejos de las demás y eso evitó que el in-cendio se expandiera a las otras, de otro modo, quizá la his-toria habría sido diferente y mucho peor.
La mañana sorprendió a todos en pie, negras nubes ta-paban el sol, parecía como si hasta el cielo estuviera de luto.
Siete personas murieron aquella noche: el rey y seis de los jefes de las familias más emblemáticas; se estaba tratando un tema muy especial, por lo que no todos los jefes de fami-lia se encontraban allí, solo algunos.
―Ahora no tenemos rey ―dijo Bavol―, ¿qué debemos ha-cer?
―Su heredero natural debe tomar el puesto ―respondió Dima, hermana del rey muerto.
―Vadim, tendrás que tomar el puesto de tu padre ―le habló Melalo, el otro hermano del rey, al joven―, yo sé que este momento es de mucho dolor para ti, pero tú eres brujeal uliyilia , de familia real, nuestra casta es de reyes y tú tienes que convertirte en nuestro cralli ahora que tu padre ha muerto ―sentenció con firmeza.
―No sé si estoy preparado ―contestó el joven muy acon-gojado.
―Si tú no te sientes preparado, a lo mejor llegó la hora para que otro tome tu puesto. Otro con más experiencia en la vida ―lo azuzó con orgullo disfrazado de preocupación.
―Eso significaría renegar del legado de mi padre ―contestó con el corazón roto.
―Entonces, hazte nuestro rey ―exigió el otro―. Un rey no puede poner sus emociones por sobre el bienestar del pue-blo.
El joven tomó aire y, sin pensarlo más, aceptó. Todo el pueblo aprobó de buena gana que ese muchacho, que había demostrado hasta ese momento sensatez y lealtad al clan, se convirtiera en su rey, independiente de su juventud. Era él o Melalo; nadie tenía dudas de a quién preferían como rey.
―Todos aquí te vamos a apoyar, chaboró , no te preocu-pes ―le aseguró Dima, ella era la más poderosa bruja del campamento y líder de las mujeres.
―Gracias, tía ―le agradeció y luego se lanzó a sus brazos a llorar.
―Todo va a estar bien, mi niño, ya lo verás ―respondió la mujer con todo el cariño que sentía por su sobrino.
Vadim no contestó, la tristeza que sentía por las pérdidas evitaba que pudiera sentir alegría, siempre pensó que sería un rey muy viejo y que su padre viviría muchos años más, Kali era un hombre lleno de vitalidad y jamás imaginó que lo dejaría tan pronto.
―Primo... ―Spiro se acercó a su amigo y le palmoteó la espalda, no sabía qué decir, él mismo sentía en su corazón el dolor de haber perdido a su padre en ese incendio.
―Saldremos adelante, Spiro, de eso estoy seguro ―aseguró Vadim con el corazón destrozado.
Spiro no contestó. Su corazón se debatía entre la pena y el enojo.
Los funerales se celebraron con mayor intensidad que la usual. Llegaron gitanos de otras zonas del país al enterarse del siniestro, las caravanas llamaban la atención de los ve-cinos de la comuna que no veían con buenos ojos que más gitanos llegaran a la ciudad.
Los gitanos acampaban cerca del mar en el extremo nor-te de la comuna. Antofagasta no era una ciudad que se pre-ciara de sus costas, pues, aunque con un extenso mar a sus pies, solo poseía unas pocas playas y la mayoría para el sec-tor sur, por lo que el sitio de los gitanos consistía en una ex-planada rodeada de rocas donde se ubicaban con sus car-pas mirando hacia el oeste formando un semicírculo, de espaldas a la carretera.
―Parece que los gitanos se multiplicaron en estos días ―le comentó Raúl a su esposa mientras pasaban en el transfer por la costanera, llegaban de un viaje y venían del aero-puerto.
―Eso es por el incendio del otro día ―contestó el chofer del vehículo.
―Ah, verdad, ¿al final dijeron qué había pasado? ―preguntó otro.
―Dijeron que habían muerto siete personas o algo así, al-gunos hablan de un atentado, pero ya saben, nadie va a hacer nada ni a investigar nada; son gitanos ―afirmó el chofer.
―Sí, como si no fueran personas ―murmuró el otro pasa-jero.
―A mucha gente no le importa, de hecho, ayer estaba en la feria y una señora dijo que mejor se hubieran quemado todas las carpas con los gitanos adentro, ahí nos libraríamos de esa plaga ―comentó otra mujer.
―¿No le importaban los niños que hay? Porque por últi-mo con los grandes puede pasar, pero... ―repuso Silvia, que todavía no entendía bien qué había pasado.
―Yo le dije, le pregunté si no le daba nada ser tan cruel, que eran personas y que había niños. Dijo que mejor, que así se eliminaría a toda esa gente ladrona.
―Como si no hubiera chilenos ladrones ―murmuró un francés.
―Pero la gente no entiende, igual otra señora dijo que sí, que ellos solo estafaban, que eran sucios y todo lo que dicen. Yo no quise seguir discutiendo, con gente así, es una pérdi-da de tiempo.
El matrimonio llegó a su casa con el corazón apretado por esas muertes. Sabían que quedaría así, que ni siquiera investigarían la causa del fuego, simplemente lo dejarían pasar.
Silvia Riquelme y Raúl Valencia eran médicos que tenían vocación de servir en lugares de necesidad. Trabajaban un tiempo en Antofagasta y luego se iban a atender a otros lugares de mayor necesidad, sobre todo a los gitanos, por lo que conocían a Kali y a su campamento.
―Me gustaría ir ―dijo Silvia a su esposo.
―Vamos. Tal vez necesiten algo y podamos ayudar.
El matrimonio dejó sus cosas, tomó su automóvil y se en-filaron de vuelta al otro lado de la ciudad para visitar a esa gente considerada paria para la sociedad.
―Doctor Valencia ―lo saludó Vadim, quien había sido atendido muchas veces por ese doctor desde que era niño.
―Vadim, ¿cómo están? Supe que tuvieron un incendio, nosotros acabamos de llegar del sur y quisimos venir a ver-los. ¿Y tu padre? ―preguntó mirando alrededor.
―No, doctor, mi padre...
―¿Es uno de los fallecidos?
―El incendio fue en su chara .
―¿En la carpa del rey de los gitanos fue el incendio? ―Se sorprendió la mujer―. ¿Fue un atentado?
―No sabemos, no dijeron nada. A lo mejor solo fue un accidente. ¿Quién querría matar a mi padre y a seis ancia-nos de nuestro pueblo?
―¿Y qué harán ahora? ―preguntó el doctor sin responder a la pregunta.
―Yo tomé el puesto de mi padre, aunque no sé si estoy preparado.
―Eres un buen muchacho, te has convertido en un hom-bre sensato y maduro, estoy seguro de que lo harás muy bien y que tendrás el apoyo de toda tu gente.
―Eso espero. Perdón. ¿Quieren tomar algo? Yo ya no tengo chara, me tendré que hacer otra, pero estoy en la car-pa de mi amigo Spiro, él también perdió a su padre.
―Lo siento tanto ―dijo la mujer.
―Gracias, doctora, muchas gracias por estar aquí, signifi-ca mucho para nosotros.
―No podíamos no venir, ustedes han sido importantes para nosotros también.
El joven sonrió con melancolía, sabía que ellos no le ha-bían hecho ningún bien a ese matrimonio de médicos, al revés sí, les habían dado atención y medicamentos gratis cuando lo requerían y ellos no tenían con qué retribuir.
Vadim llevó al matrimonio hasta la carpa de Mirko y Ki-ra, ella era hermana mayor de Vadim. Allí estaba el matri-monio; el hermano de Mirko, Spiro; su hermana Milenka, y el esposo de esta, Melalo. Recibieron al matrimonio con mu-cho agradecimiento por la deferencia, sobre todo, al saber que venían llegando de un viaje.
―Lamento mucho su pérdida, es un duro golpe para su clan ―habló el doctor.
―Así es, es un dolor que nos caló hondo ―respondió Me-lalo―, Vadim tomó el puesto de su padre temporalmente.
―Él lo hará bien, Kali enseñó muy bien a su hijo, tiene buenas relaciones con sus pares y con los chilenos.
―Sí ―intervino Mirko―, vino el alcalde a entregar sus condolencias a las familias y se dirigió directo a Vadim, ya lo conocía y supuso que él reemplazaría a su padre.
―Las autoridades no están ni ahí con nosotros ―protestó Melalo con sarcasmo―. ¿Qué sacamos con que venga el al-calde o el presidente si no nos ayuda en lo que realmente necesitamos?
―Tener buenas relaciones políticas les puede ayudar mu-cho a conseguir cosas para ustedes, como colectivo. Ahora que no está Kali, necesitarán, más que nunca, ayuda.
Melalo se quedó callado, él no estaba de acuerdo en que Vadim heredara el puesto de rey, para él, otro debía tomar esa responsabilidad. Alguien con más experiencia en la vi-da, Vadim ni siquiera era casado, estaba comprometido con Dinka, sin embargo, aún no habían puesto una fecha para el matrimonio y, con la reciente desgracia, este no se llevaría a cabo antes de un año. El luto era sagrado. Debería ser un hombre casado, como él.
―¿Y Dinka? ―preguntó Silvia ante el silencio incómodo que se produjo.
―Está en su carpa con su madre. Quedaron solas, ha sido un duro golpe para ellas. Helia no ha querido salir, no ha podido con el dolor de perder a su esposo ―respondió el nuevo rey.
―Quizá pueda ir a verla ―dijo la doctora―, tal vez pue-da ayudarla.
―Se lo agradecería mucho ―respondió Vadim―. Dinka aún es muy joven y no sabe cómo lidiar con su madre, ni siquiera puede con su propio dolor.
―Lo imagino, ella es muy joven. Supongo que su matri-monio se retrasará.
―Sí, el luto durará un año, después de eso, veremos ―le contestó.
―Sí, no es momento para pensar en eso ahora ―replicó Spiro algo molesto.
―Es verdad ―dijo Silvia―. Lo siento.
―No se preocupe, de todas maneras, es algo en lo que debemos pensar. La vida no termina aquí, aunque eso qui-siera uno en estos momentos ―meditó Vadim.
―Así es, pero debes estar tranquilo, muchacho, el tiempo hará más llevadero el dolor ―acotó Raúl Valencia.
―Eso espero ―dijo el joven con agradecimiento.
―Ustedes también ―les habló a Mirko, a Spiro y a Melin-ka―, deben apoyarse mucho, perder a un padre en tan ho-rribles condiciones es muy doloroso, yo sé que ustedes son muy unidos y eso les hará más fácil el proceso.
―Siempre estaremos juntos y nos apoyaremos los unos a los otros ―aseguró Mirko.
―¿Y sus niños? ―le preguntó Silvia a Melinka y a Mirko.
―Están con sus amigos ―respondió Mirko―. Los más chi-cos no se han dado cuenta de la magnitud de lo sucedido. Los más grandecitos vivieron la muerte de nuestra madre cuando nació Marcel, así que ahora están decaídos, andan muy tristes, quedaron sin padres en muy poco tiempo.
―Ahora tendrás que hacerte cargo tú ―dijo el doctor.
―Sí, ahora son mi responsabilidad, como el hermano mayor, me toca a mí hacerme cargo de todo. Por suerte ten-go a mi esposita que me apoya en todo, sin ella no sabría qué hacer.
―Es una gran responsabilidad la que tienen encima ―les dijo la doctora.
―No tanta como la de ser rey ―repuso Mirko con since-ridad―. Sinceramente, no me gustaría estar en los zapatos de Vadim, por eso lo apoyaremos entre todos.
―Y no sabes cuánto lo agradezco, mi hermana no podría haber encontrado un mejor esposo ―admitió el joven con profunda convicción.
Melalo iba a replicar, pero fue interrumpido por Dinka que llegó corriendo y llorando a la carpa de Mirko
―¡Dinka! ¿Pasa algo? ―preguntó, preocupado, Vadim.
―Mi mamá se desmayó, no reacciona ―dijo, desesperada.
Silvia y Raúl se levantaron raudos.
―¿Dónde está? Vamos.
La joven no fue capaz de contestar, simplemente se dio la media vuelta y los llevó a su carpa. Vadim, Spiro y Mirko los siguieron. Melalo se quedó viendo cómo se iban. Kira y Melinka también salieron de la carpa, pero no a la de Din-ka, debían pedir por Helia y nadie mejor que la male Dima para guiarlas.
―Hay que llevarla al hospital ―ordenó el doctor Valen-cia―. Creo que fue un accidente cardiovascular.
―Sí, ¿verdad? ―afirmó la doctora.
―La llevamos nosotros ―ofreció―, así, en cuanto llegue-mos, la atenderán y no tendrán que esperar tanto. ¿Ustedes nos siguen? Deben llevar sus documentos.
―Sí, claro, doctor ―respondió Vadim.
Vadim tomó a Dinka del brazo y, luego de tomar el bolso de Helia, la guio hasta su automóvil. Spiro los siguió.
―Debes estar tranquila, todo saldrá bien ―la consoló su prometido.
―No lo creo, mi mamá no quiere vivir sin mi papá.
―Pero te tiene a ti.
―Yo no le importo. Su vida era mi papá y ahora que no está... ―Se echó a llorar.
Vadim no dijo nada. Miró por el espejo retrovisor a su amigo, que parecía molesto.
―Ella estará bien, es el momento, apenas ha pasado una semana desde el incendio, las emociones están a flor de piel, ya verás que pronto será la misma de siempre ―dijo Vadim, sin convencimiento.
―Estaremos contigo, Dinka, no te dejaré sola ―afirmó Spiro con un resoplido.
―No estás sola ―confirmó Vadim―. Nunca estarás sola si estás con nuestro pueblo, mi niña.
Dinka no dijo nada, solo dejó caer las lágrimas con más ganas. Tenía una gran tristeza dentro, no solo por la muerte de su padre, tampoco por la inminente muerte de su madre, ella tenía un secreto que no quería revelar, algo tan escon-dido y guardado, que no sabía si algún día se lo podría decir a alguien.
Dinka dio unos pasos hacia la playa para alejarse de Spi-ro.
―¿Qué pasa, amor? ―le preguntó él.
―Nada.
―No digas que nada. Estás triste. ―Caminó hacia ella y la abrazó por detrás.
―No, Spiro, no estoy triste. Es decir, sí, lo estoy, pero eso siempre es así; desde que murió mi padre en esa tienda, mi vida no volvió a ser lo mismo, tú lo sabes, me quedé sola.
―No digas eso, yo estoy contigo.
―¿Tú? ―preguntó con ironía―. Sabes que tú y yo no po-demos estar juntos, esta relación está prohibida, yo estoy comprometida con Vadim.
―Pero ¡tú no lo amas! ―exclamó con frustración.
―Ni él a mí, estoy segura, pero esa era la última voluntad de nuestros padres y de nuestro rey.
―¿Qué me importa a mí lo que piensen ellos? Están muertos, ni siquiera están aquí. ―Se separó de ella y le dio la espalda.
―No hables así, Spiro, son nuestros muertos y les debe-mos respeto.
―¿Respeto? ―Se volvió para mirarla―. ¿Ellos nos respe-taron cuando decidieron que tú te debías casar con Vadim sin importarles que no lo amaras?
―Así son las cosas aquí.
―Pues no me parece. Creo que no es justo separarnos por gente que ni siquiera vive en este mundo
―Vadim no está muerto y es tu amigo, es tu mejor amigo, no podemos hacerle esto.
―Vadim no tiene ningún problema en hacer planes de matrimonio contigo. ¿Te das cuenta de que faltan solo tres meses para cumplir el luto y que entonces serán libres para casarse? Él no lo pensará dos veces para hacer el pedimento y casarse contigo.
―Vadim no sabe que estamos enamorados, estoy segura de que si se lo decimos...
―No. Él no tiene por qué saberlo.
―¿Qué haremos? ―preguntó espantada, no creía que le pediría ser su amante.
―Nos najalelaremos ―se lo dijo así, como si fuera algo sin importancia.
Dinka dio un paso hacia atrás, más espantada todavía.
―¿Escaparnos?
―Sí, ¿qué quieres? Es la única solución que tenemos, no nos dejarán seguir aquí si es que saben lo nuestro.
―Es una medida... tan drástica ―repuso ella con angus-tia.
―Es una medida necesaria.
Dinka suspiró, ella amaba a Spiro, pero ¿escaparse? Eso no estaba en sus planes. Su pueblo era tan importante para ella como lo era ese joven que tenía en frente y decidir era muy difícil.
―¿Qué me dices? ¿Te escaparías conmigo?
―No sé, Spiro, no es una decisión que se tome así, a la li-gera.
―Piénsalo, tienes un par de meses antes de convertirte en la flamante romí de Vadim, después, será demasiado tarde y me perderás para siempre ―sentenció con dureza.
Sin esperar respuesta, Spiro se devolvió al campamento. Dinka se quedó allí, sola, analizando la situación, sus op-ciones. Si tan solo sus padres viviesen, estaba segura de que ellos la ayudarían, la aconsejarían. Pero no, su madre se había muerto hacía seis meses de pena, no pudo soportar el dolor de perder a su esposo en tan trágicas circunstancias. El luto que envolvió al campamento la había alcanzado a ella más que a nadie.
―¡Dinka! ―Vadim se acercaba a pasos agigantados hacia ella, la preocupación se le notaba en la cara, ella pensó que la había descubierto.
―Vadim, ¿qué haces aquí? ―le preguntó asustada.
―Melalo me dijo que te vio aquí en la playa y pensó que estabas conmigo, que, si no, te hubiese acompañado; yo vi-ne a buscarte, se está oscureciendo y no es bueno que andes sola por ahí.
Dinka alzó la mirada, Vadim vio los ojos llorosos de su prometida y acunó su rostro en sus manos con todo el cari-ño que él sentía por ella.
―¿Estuviste llorando por tus padres? Mi chai , mi niña, si quieres llorar, llora, pero no sola, apóyate en nosotros, en mí. Todos en el campamento estamos preocupados por ti. Mi niña... ―La abrazó a su pecho para consolarla.
―Vadim, ¿tú crees que haya que rendirles culto a los muertos?
―¿Qué dices?
―Eso, ¿crees que tengamos que hacer lo que nuestros pa-dres nos dijeron, aunque ya no estén entre nosotros?
―Ellos se merecen nuestros respetos, aunque ya no estén con nosotros, pero no sé si haya que seguirles obedeciendo en todo. ―La separó para mirarla a los ojos―. ¿Por qué? ¿Pasa algo?
―No, solo era una pregunta.
―¿Lo dices por nuestro matrimonio?
Dinka bajó los ojos.
―Siempre hay formas de honrarlos y a la vez hacer lo que dicte nuestro corazón, Dinka, siempre hay una salida.
La joven sintió como si Vadim supiera lo que estaba ocu-rriendo, sin embargo, ella sabía que no tenía forma de saber-lo.
―Volvamos, ya va a oscurecer y hace frío ―le dijo él al notar un estremecimiento en la joven. La tomó de la mano y caminó con ella a paso lento, sin apresurarla.
Al llegar a la tienda de ella, él la tomó de los hombros.
―Todo estará bien, solo debes ser sincera, es todo lo que tienes que hacer. Nunca olvides que las leyes gitanas se hi-cieron para vivir mejor, no para oprimir. Solo es un orden establecido para la buena convivencia. Si no quieres casarte, solo debes hablar.
Dinka se avergonzó, sintió que él sabía lo que estaba pa-sando, pero, si así fuera, él no se quedaría tranquilo, pese a todo, ella era su novia y a nadie le gustaba que le fuesen infiel.
―¿Todo bien? ―le preguntó él, ansioso por recibir una respuesta.
―Sí. Sí.
―Recuerda que siempre podrás confiar en mí, hemos sido amigos desde pequeños y eso nada lo podrá cambiar. Nun-ca.
Ella solo movió la cabeza en señal de afirmación.
―¿Mañana irás al centro?
―Sí, mañana voy con las...
Vadim esperó a que ella terminara la frase, sin embargo, no lo hizo, solo suspiró con profundo dolor.
―Si necesitas ayuda, solo tienes que pedirla.
―Estoy bien, gracias.
Vadim se despidió de ella como si fueran grandes ami-gos, que sí lo eran, y se fue a su carpa. Dinka entró y vio que Mirko la esperaba.
―¿Qué haces aquí? ―le preguntó asustada.
―Vine a hablar contigo ―le dijo con voz ruda.
―Dime.
―Quiero pedirte un favor ―dijo en un tono que no per-mitía réplicas.
―Claro, dime.
―Quiero que dejes a mi hermano.
―¿Qué?
―Tú sabes que eso no tiene futuro, tú estás comprometi-da con Vadim y, según tengo entendido, no tienes intención de deshacer ese compromiso.
―Mirko, yo...
―Yo sé que tú no tienes la culpa, estas cosas pasan, pero mi hermano no quiere entender que esto no le llevará a na-da bueno, ni a ustedes, ni a nuestro pueblo. Si él no hace nada, te pido que lo hagas tú, tú eres la que le debe respeto y fidelidad a Vadim. ¡Él es nuestro rey, por Dios!
―Yo estoy enamorada de Spiro ―confesó ella, encogién-dose de temor.
―Por lo mismo, esto los hará infelices. ¿Tú crees que él se va a quedar tranquilo cuando te cases con Vadim? ¿O es que pretendes ser la esposa del rey y amante de mi her-mano? ―la recriminó.
―¡Por supuesto que no!
―Pues casi eres la mujer de Vadim y estás con mi her-mano.
Dinka bajó la cabeza. Se sentía en un callejón donde no tenía salida.
―Ustedes son jóvenes todavía y no le toman el peso a lo que están haciendo. Si no quieres romper tu compromiso, termina con mi hermano; si quieres seguir con mi hermano, habla con Vadim, sé que él entenderá.
―¿Y si no entiende?
―¿Y si los pilla?
Dinka buscó los ojos de Mirko, el hermano mayor de Spi-ro le llevaba casi diez años y era parte del Kris , el tribunal gitano.
―No sé qué hacer, Mirko, yo sé que estoy en falta, pero no quiero, no puedo, dejar a tu hermano ―le confesó con llanto en su voz y en sus ojos.
―Entonces habla con Vadim, siempre se puede arreglar, todo se puede arreglar, Dinka, Vadim mismo te lo dijo, ¿crees que él no sospecha que algo pasa? ―le habló con un tono de voz más suave y amable.
―Si lo supiera, ya habría tomado cartas en el asunto.
―O los quiere tanto que espera que ustedes se lo digan. Toma en cuenta que han sido amigos desde niños, se cria-ron juntos y lo más probable es que espere sinceridad de sus amigos, es lo menos que le deben.
―Es cierto. Mañana voy a hablar con Vadim y le voy a contar todo. ―Suspiró―. Espero que no me expulsen del campamento.
―Vadim no haría eso con sus amigos.
―Él es nuestro rey y puede hacerlo.
―¿Y seguir perdiendo gente? Por favor, Dinka, Vadim no es un monstruo, lo conoces tan bien como yo.
―Hablaré con él.
―Hazlo pronto. Él merece saber lo que está pasando. Buenas noches.
Mirko pasó por el lado de la joven y al llegar a la puerta de la carpa, se volvió para mirarla, ella estaba de espaldas a él, se veía desolada, indefensa, Mirko sintió lástima por ella.
―Te traje algunos víveres, si necesitas algo, cualquier co-sa, avísame.
―Gracias ―respondió sin mirarlo.
Una lágrima triste bajaba por su mejilla en ese momento. Se sentía tan sola. Y no era que la hubiesen desprotegido o abandonado, pero había quedado sin padres en un corto tiempo y era mujer, ¿qué podía hacer? A veces se iba a la Plaza Colón a ver la suerte, pero la gente no la quería cerca y, a veces, en su desesperación, la hacía casi obligar a las personas a que le dieran dinero, lo cual la hacía sentir mal, pero no peor de lo que se sentía cuando no tenía comida en su mesa o tenía que mendigar a sus paisanos.
Si su madre no se hubiera dejado morir, las cosas habrían sido diferentes, ambas se hubieran podido apoyar, pero pre-firió irse con su esposo, antes que quedarse con su hija.
Tomó aire y lo decidió. Hablaría con Vadim en ese mis-mo momento. Salió de su carpa directo a la carpa de su prometido, a quien encontró fuera de su carpa, fumando.
Se acercó con decisión, pero a medida que se acercaba, sus piernas parecían flaquear. Se dijo que debía ser valiente y decirle lo que ocurría. Vadim se lo merecía.
No fue capaz.
Se paró frente a su prometido y lo miró durante mucho rato sin decir nada. Él, confundido y paciente, esperó. Pero nada.
Ni una sola palabra salió de su boca.
―¿Qué pasa, Dinka? ―le preguntó él tras cinco largos minutos en los que la paciencia del rey se puso a prueba.
Negó con la cabeza y las lágrimas brotaron como casca-das por sus ojos. El joven rey se acercó y la abrazó.
―Tranquila, mi chai, todo va a estar bien.
―No, Vadim, nada está bien y nunca nada lo estará.
―No digas eso, ya va a pasar. Lo que sea va a pasar.
―Tengo miedo.
Vadim la abrazó más fuerte.
―No va a pasar nada, de verdad, todo va a salir bien. Todo estará bien.
―Por fin se ve a la parejita real con verdaderas muestras de afecto ―ironizó Melalo que pasaba por ahí.
―Estamos conversando, ¿pasa algo? ―espetó Vadim sin soltar a Dinka.
―No, solo pasaba por aquí y los vi, nunca los había visto tan juntos, tu novia se ve más junta a mi cuñado que a ti ―socarró con hipocresía.
―Si no tienes nada bueno que decir, no digas nada.
Vadim, sin soltar del todo a Dinka, entró a su carpa con ella.
―¿Quieres una bebida? ¿Un café?
―No.
―¿Agua?
―No.
―¿Qué pasa, princesa? ¿Es por tus padres?
―No.
―Estás en modo negativo ―se burló con dulzura.
Ella sonrió.
―No.
Él la hizo sentar en uno de los cojines y él se sentó a su lado.
―Puedes confiar en mí, dime qué te pasa. ―La abrazó de los hombros.
―¿Tú sabes lo que me pasa?
―No estoy seguro de nada y no quiero especular, por eso te estoy pidiendo que me lo digas tú.
―Ni siquiera lo sospechas.
―Ya dudo que esto sea por tus padres.
―En parte, los extraño demasiado, me hacen mucha fal-ta.
―Si no es por ellos, ¿qué pasa? ¿Tiene que ver con lo que dijo Melalo acerca de Spiro? ¿Es eso?
Ella lo miró con los ojos muy abiertos y con las lágrimas cayendo a torrentes.
―¿Es eso? ¿Estás enamorada de él y no sabes cómo de-círmelo?
Dinka no alcanzó a contestar, Spiro entró a la carpa con pasos apresurados, casi corriendo.
―Spiro, ¿qué pasa? ―le preguntó Vadim al verlo tan alte-rado.
―No, ¿qué te pasa a ti? ¿Por qué estás solo en tu chara con Dinka?
―Porque estaba llorando y necesitaba hablar con mi prometida, ¿qué hay de malo en eso?
―¿No sabes que debes conservar su virtud? ―espetó lleno de celos.
―¿Y me ves acostado con ella? ¿Ves que mi chara está ce-rrada? ―preguntó molesto por la actitud de su amigo―. Además, me extraña, somos amigos, sabes que jamás le fal-taría el respeto a Dinka. Ni a ninguna otra mujer. ¿Estás celoso?
―No digas eso, ¿quieres?
―¿Por qué? ¿Es verdad?
Spiro resopló. Sí, estaba celoso y furioso. ¿Por qué, si Dinka necesitaba hablar, no había ido con él y no con Va-dim? ¿Acaso lo estaba dejando de querer? ¿Acaso la estaba perdiendo?
―Spiro, yo creo que es mejor decir la verdad ―habló, con voz apenas audible, Dinka.
―Yo creo que eso es lo mejor, nosotros siempre vamos con la verdad por delante y por eso podemos mirarnos a los ojos sin problema ―afirmó el rey.
―Sí, tienes razón, es mejor ir con la verdad por delante ―admitió Spiro―. Estoy enamorado de Dinka y ella de mí ―lo dijo con descaro y cinismo.
Vadim se quedó impávido, presentía que eso podía pa-sar, lo que no esperaba era la actitud déspota de su amigo, lo trataba como si fuesen rivales.
―Yo sé que ella es tu nibovia , pero yo la amo y no voy a permitir que se case contigo.
―Sabes que para eso tenemos que disputarla, tú ganas y te la llevas. Todos en paz y tan amigos como siempre.
―Yo no me la voy a disputar contigo.
―Sabes que hay reglas en el campamento, reglas que hay que cumplir nos guste o no. Debemos disputarla y tú debes pedir disculpas por robármela. Así se soluciona y todos feli-ces, Spiro, ¿qué tan malo puede ser?
―Sí, claro, espera sentado a que yo haga eso.
―¿Y qué vas a hacer?
―Ella es mía y siempre lo será.
―No te pregunté eso, te pregunté qué es lo que harás.
―Es asunto mío, no tuyo.
―Spiro, somos amigos desde niños, al menos dame un voto de confianza, demuéstrame que seguimos siendo ami-gos.
―Yo no quiero ser tu amigo.
Esas palabras le dolieron más a Vadim que el hecho de que le haya robado a su novia. En realidad, eso era un peso menos a su rol de rey, pues él no estaba enamorado de Din-ka, la quería sí, pero como amiga, nunca la vio como mujer, más bien la veía como a una hermana.
Spiro tomó a Dinka del brazo y la sacó a rastras de la carpa de Vadim, quien observó, impotente, el modo en el que trató a su enamorada. Si así era en ese momento, cuan-do todavía ni siquiera eran novios formales, ¿qué pasaría más adelante cuando estuvieran comprometidos o casados?
Dinka se dejó llevar por Spiro, sabía que él estaba celoso y con justa razón. Caminaron hacia las rocas y se sentaron en unas que estaban bastante alejadas del campamento.
―¿Qué hacías ahí? ―la interrogó con fiereza.
―Iba a hablar con él, le iba a contar la verdad.
―Sin preguntarme.
―Era algo que habíamos conversado, además, tu her-mano me dijo que tenía que decirle, ¡él lo sabe! Y si él lo sa-be, puede que lo sepan todos. Hasta Melalo hizo una broma de mal gusto cuando estaba con Vadim, por eso entramos a su carpa.
―¿Qué dijo?
―Dijo que había más muestras de afecto entre tú y yo que entre Vadim y yo.
―Y él los vio entrar a la chara, de no ser por él, no me hubiese enterado de que estaban solos ahí adentro.
―Spiro...
―Nos iremos esta noche.
―¿Qué?
―Sí, no puedo seguir entre esta gente infernal.
―¿Gente infernal? Es tu pueblo, Spiro, el hecho de que no podamos vivir nuestro amor aquí, no significa que sean ma-las personas, ponte en el lugar de Vadim, ¿qué hubieras hecho?
―Eso no habría pasado, porque yo te habría conquistado para que no te fueras con nadie.
Dinka suspiró con fuerza.
―¿Qué pasa? ¿Te estás arrepintiendo de irte conmigo?
―No. No. Pero tampoco es una decisión fácil.
―A mí no me importa. Tú no tienes padres, yo tampoco, así que nos vamos, sí o sí, esta noche.
Dinka aceptó con temor, nunca había salido de su cam-pamento, nunca había estado en una casa, conocía muchas tribus de gitanos a lo largo de Chile y algunos países de Su-damérica, pero todos en carpas y, aunque en Santiago mu-chos de su raza vivían en casas, ella no los conocía ni los había visitado nunca.
Spiro, en cambio, se sentía seguro del paso que iban a dar, ya había hablado con el doctor Valencia y él los iba a ayudar a establecerse en la ciudad como dos chilenos más, hasta le había conseguido trabajo en un taller mecánico.
Sin temor, Spiro regresó al campamento con Dinka, la dejó en su carpa y le dijo que arreglara sus cosas, pasada la medianoche, cuando ya todos durmieran, se iban. Dinka aceptó, su amor por ese gitano sobrepasaba todas las cosas y él también la amaba, se lo había demostrado enfrentándo-se a Vadim y declarándole su amor abiertamente.
Spiro no se entró de inmediato, se quedó afuera, fuman-do y pensando. Por fin se iba de ese lugar que nunca pudo querer.
Mirko se acercó a su hermano.
―¿Qué pasa, hermano? ―le preguntó el mayor.
―Nada.
―Hablé con Vadim, me dijo lo que pasó.
―Sí, yo también supe que habías hablado con Dinka.
―Yo te dije que iba a hablar con ella.
―En todo caso, te aviso que no dio resultado. Ella me ama y yo la amo. Punto final.
―¿Y qué vas a hacer? Vadim me dijo que no estás dis-puesto a disputarla ni a disculparte por la ofensa.
―No. Prefiero irme a tener que disculparme con ese im-bécil.
―¿Estás loco? ¿De verdad prefieres irte del campamento antes que hacer lo correcto? ―le dijo Mirko a Spiro, con do-lor en su voz.
―Yo no voy a disputar con Vadim, no voy a darle en el gusto a ese nuevo rey de nuestro pueblo. Y no me voy a disculpar. ¿No ves que es una trampa para avergonzarme delante de todos?
―¿Avergonzarte él a ti? ¡Tú fuiste en contra de las leyes de nuestro pueblo!
―El amor no sabe de leyes y a mí no me interesan.
―Entonces te vas.
―Nos vamos.
―No dejarán irse a Dinka contigo.
―Nos najelamos y ya.
―¿Te piensas escapar con ella? ¿Qué van a hacer? ¿De qué van a vivir? Tú sabes que los galló no nos quieren con ellos.
―No tienen por qué saber que somos gitanos.
―¿Vas a dejar la ley gitana para vivir como uno de esos?
―Si aquí no me aceptan con el amor que siento por mi Dinka, sí. El amor es lo más importante, siempre lo han di-cho, pero cuando se tiene que poner en práctica, las cosas no funcionan como las enseñan, así es que sí, definitivamen-te, prefiero vivir como los payos .
―Te vas a arrepentir de esto.
―Jamás.
―¿Cuándo te irás?
―Esta noche.
―Entonces esta es la última vez que hablaremos.
―Así es.
Mirko se entristeció. Abrazó a su hermano, sabía que se-ría inútil cualquier intento más de persuasión y también sabía que no lo volvería a ver.
La mañana siguiente, el clan despertó alborotado a causa de la mala nueva: Spiro y Dinka habían huido del campa-mento.
Vadim se sintió herido en el corazón, no tanto por la huida, sino porque su amigo había sido incapaz de hacer lo correcto y quedarse cuando más lo necesitaba. Pronto se cumpliría un año de la muerte de su padre y de los inte-grantes del kris en el fatídico incendio y sabía que aquel sería un día muy triste para todos en el campamento.
―¿Cómo estás? ―le preguntó Mirko a Vadim.
―No pensé que su orgullo fuera tanto, aunque, si lo pien-so mejor, a Spiro nunca le gustó ser gitano.
―Así es, lamentablemente, él siempre añoró la vida de los chilenos.
―El problema es que Dinka no quería irse.
―Prefirió seguir tras Spiro, así que sí, en cierto modo, sí quiso irse, no creo que mi hermano la haya obligado.
Vadim no contestó, no obstante, recordó el momento en el que Spiro la sacó de su tienda a rastras. Esperaba que, en su escapada, no hubiese hecho lo mismo.
―Y al final te la quitó ―socarró Melalo tras acercarse―. ¿Qué se siente ser el hazmerreír de tus hermanos?
Vadim no contestó, fue y se paró en medio del campa-mento, donde había mucha gente reunida por la noticia.
―Escúchenme, yo jamás amé a Dinka como mujer, era mi gran amiga, casi una hermana; si iba a casarme, era para hacer la voluntad de mis padres. Spiro no quiso disputarla, le ofrecí hacerlo y lo habría dejado ganar, porque ambos son mis amigos y están enamorados.
››Si me siento mal, no es porque se hayan enamorado, es porque se fueron sin darme la opción a bendecir su amor. En mi corazón espero que sean muy felices y que algún día, cuando maduren, cuando se den cuenta de que allá afuera no hay nada, vuelvan con nosotros, espero que ese día us-tedes los reciban con los brazos abiertos. Porque yo así lo haré. Son mis amigos y siempre lo serán.
››Nuestros padres querían unir nuestras familias a través de mí, no se pudo, quizá, en algún futuro, pueda suceder, estoy seguro de que ellos están viendo todo y, al final, resul-te tal como lo esperaban.
―Bien difícil, Dinka era hija única y se fue con tu amigo, ¿cómo podrían unirse las dos familias? ―replicó Melalo.
―Uno nunca sabe, Melalo, los caminos de Dios son mis-teriosos ―repuso Dima con solemnidad.
―Ay, hermana, ¿me vas a decir que viste que en futuro eso pueda suceder? ¡Esas son patrañas! ―replicó el gitano con malicia.
―No son patrañas, son realidades, pero no, no he visto el futuro, sabes que no me gusta ver lo que le ocurrirá a nues-tro pueblo, las cosas destinadas a pasar, pasarán, no pode-mos hacer nada por evitarlas, los puntos fijos ocurrirán aun-que no lo queramos.
―¿Como el incendio en la chara de nuestros padres y hermanos?
―Eso no debió ocurrir, la mano de alguien estuvo metida, pero, aun así, la voluntad del de arriba siempre se cumple, Melalo, y nada queda oculto bajo el sol, siempre la verdad sale a flote ―replicó Dima.
―Esas son puras mentiras para engañar a los payos, con nosotros no resultan esas cuestiones ―ironizó Melalo con una risa nerviosa.
―Como digas, hermano, tú sabes cómo son las cosas y todo sale a la luz ―sentenció con firmeza la bruja.
Dinka lloraba sin control, el matrimonio Valencia les ha-bía arrendado una pieza en el centro para que pudieran vivir por un mes hasta que él recibiera su sueldo y pudieran amoldarse. De todas formas, ella también fue recomendada para trabajar haciendo aseo.
―¡Yo no quiero hacer aseo! Ni siquiera sé cómo se hace aseo en una casa ―reclamó desesperada.
―Es igual que en la chara, mi amor, no hay diferencia.
―En la chara no tenemos piso de cerámica ni flotante ni nada. Tenemos alfombras que ni siquiera aspiramos, las barremos y las lavamos cuando es necesario. No sé trapear.
―Pues aprende, nadie dijo que iba a ser fácil ―le dijo con frialdad.
―Hubiera sido más fácil pedir disculpas y disputar por mí, sabías que Vadim te daría la victoria.
―No me interesa y si vuelves a nombrar a esos gitanos mal nacidos, te va a ir muy mal. ―La amenazó con su mano apretando el brazo femenino con rudeza.
Ella se asustó.
―Yo tengo un dinero ―continuó con rudeza sin soltar-la―, mañana mismo nos vamos a ir de compras para sacar-nos estas mugres de ropa y comprarnos algo decente, ya no volverás a usar esas horribles faldas, de ahora en adelante, serás una chilena más.
―Pero las chilenas también usan faldas largas.
―De hippies, no de gitanas. Si quieres usar moda hippie, no hay problema, pero tu ropa de gitana la quemaré esta misma noche y nunca más se va a volver a mencionar a los gitanos en nuestra casa. ¿Me oíste?
Dinka no contestó, estaba demasiado conmocionada con la actitud de Spiro.
―¡Me oíste? ―La zarandeó sin delicadeza.
―Sí.
―Así me gusta. Nunca fuimos gitanos ni nunca, nunca, nunca, pero nunca, hablaremos de ellos y, si los ves en la calle, les harás el quite, no volverás a hablar más con ellos. Y el romaní estará prohibido en nuestra casa.
―Está bien.
Spiro soltó el agarre del brazo de su mujer, sin soltarlo del todo y la tiró hacia su cuerpo.
―Te amo y tú eres lo único importante en este momento.
El joven le dio un beso a la chica, fue un beso brusco y posesivo.
―Esta noche serás mías y de ahora en adelante, nadie nos podrá separar.
Eso, por alguna razón, sonó más a amenaza que a pro-mesa y, por primera vez, dudó del amor que sentía por ese gitano. Quizá se había equivocado, él la había conquistado con comprensión, con dulzura y ese gitano que tenía en-frente era todo lo contrario. Tal vez, su corazón, al dejar de ser gitano, se había convertido en otro, uno que ella desco-nocía. Y quiso volver a su pueblo, pero ya era demasiado tarde.