Ella conocía las posibilidades, pero, aun así, cuando vio el símbolo de positivo en la prueba de Embarazo, Elizabeth Marcovich no se lo podía creer.
Estaba segura de que tomaba la píldora, no podía explicarse que había salido mal, no le había faltado ni un día, era la única maldita cosa que nunca había olvidado hacer.
Entonces se preguntaba ¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¿Por qué a ella?
Se negó a sí misma, se dijo que tenía ir a la farmacia inmediatamente, que esa prueba debía de estar defectuosa, sí, seguro era una prueba caducada.
Se convenció de que, seguro que era un asunto hormonal, el mismo que había causado su retraso de 6 días, pensándolo bien, mejor debería ir a ver a un médico, porque para ella no había ninguna maldita forma en este mundo de que ella, precisamente ella, de todas las mujeres, pudiese convertirse en una madre.
-¡Elizabeth! -fue sacada turbiamente de sus pensamientos por el golpe insistente, seguido de la voz seca de su madre tocando la puerta del baño.
Estaba en la casa de sus padres por las vacaciones de verano, si ellos la descubrían seguro que...
No.
Se juró que no iban a descubrir nada, porque no había una maldita cosa que descubrir.
-¡Elizabeth! -la llamo una segunda vez -¿Vas a venir a comer?
-Ya voy -dijo en una voz tan baja que era casi muda.
-¿Elizabeth? -insistió a voz regañona.
-¡En un minuto voy! -exclamo llevándose ambas manos a la boca para tapar el gimoteo que se le escapó al final de su oración.
-Apresúrate, se está enfriando.
Se forzó a sí misma a respirar dando pequeñas mordidas en el aire. Las tibias lágrimas le empezaron a correr por las mejillas, pero se las limpio
inmediatamente con la muñeca.
"Deja de llorar", le ordeno su conciencia, "no está pasando nada, no hagas este tipo de drama".
Inmediatamente después, metió la prueba en el depósito de agua con la intención de ocultarla. Acto seguido se recargó en el lavamanos para verse en el espejo, se lavó la cara de manera frenética, como si estuviese dentro de un sueño y con el acto pretendiese despertar.
"Mañana" pensó entonces, "Mañana mismo iré con el ginecólogo para que me explique todo esto".
Se pasó la tarde entera llamando a Kiroshi, no respondió ni una sola vez. Volvió a ir a la farmacia, se hizo dos pruebas más de embarazo.
Positivas.
Intento llamar la atención de Kiroshi con mensajes de texto "¿Dónde estás?" "¿Por qué no me respondes?" "Necesito hablar" "Necesito verte".
Se quedó a medio escribir cuando le puso "creo que podría estar embarazada".
No se atrevió a enviarlo.
Eli se hundió en la cama de su infancia mirando al techo.
La pregunta que se repitió en su cabeza se volvió rápidamente una tortura:
"¿Y ahora qué?"
La incertidumbre era lo único peor que la verdad.
Quería gritar, quería que todo se detuviese, quería que la tierra se la partiera y se la tragara, no podía soportarlo más, estaba completamente hundida bajo las sombras de los molestos pensamientos que le nublaban la cabeza.
"Alguien tan estúpida como tú, nunca podría ser madre".
Entonces, una luz de esperanza. Su teléfono vibró una vez, ella se inclinó rápidamente a ver el mensaje en la pantalla.
Tenía una dirección en él.
Aquel gesto tan insignificante le hizo pensar que había una salida, que no todo estaba perdido, que después de todo, ella sí le importaba, que tal vez, en el fondo, si la amaba, que existía realmente una posibilidad, de que todo lo que estaba mal, pudiese de pronto estar bien.
"Kiroshi es un hombre amable después de todo", recordó antes de escaparse por la ventana para ir a su encuentro.
Era un restaurante en el muelle que en aquel momento se encontraba prácticamente solo.
Cuando entro en el local, su vista dio rápidamente con Kiroshi sentado en la mesa del fondo.
Era un hombre de 26 años, con el cabello castaño y con redondos ojos color miel, que le provocaban una tranquilidad infinita, su complexión era esbelta y sus extremidades largas, y siempre tenía para ella, nada más que gestos alegres.
Había en medio de la mesa una botella y dos copas de vino servidas, cuando este vio a Elizabeth se le iluminó el rostro con esa sonrisa boba que solo le mostraba a ella.
Como el caballero que solía ser, se apresuró a levantarse para recorrerle la silla. La rubia tomó asiento y espero a que él se sentara en frente de ella.
-De acuerdo -le dijo él con aquella tranquilidad infinita y extrema simpatía que rápidamente se volvió dolorosa-¿Qué paso? ¿Qué querías decirme? -
Eli vio su cara, con esa aura pacifica que la envolvía siempre y con esa sonrisa tonta que amaba, entonces la suya se arrugó por completo.
De pronto, al tenerlo enfrente, sabiendo que tenía que decirle lo que le tenía que decir, todo se volvió real.
Y lo real era muy aterrador.
No podría estar embarazada, lo estaba, las pruebas no estaban defectuosas y solo necesitaba ver al ginecólogo, para pedirle vitaminas prenatales.
Y él no le pertenecía.
Y no lo amaba.
Y nada, ni una sola cosa en todo el mundo, iba a estar nunca jamás bien.
-Estoy embarazada -le dijo como escupiéndolo, sin intenciones de seguir fingiendo, de seguir actuando como si realmente fuera boba.
Kiroshi la miro con la cara más obvia que pudo poner, una cara llena de miedo, una cara que no tenía una pizca de felicidad en ella, la cara misma de un condenado a muerte.
-¿Qué? -le pregunto aún con esa cara odiosa que acabo con las defensas de Eli y le provoco que las lágrimas cayeran una detrás de otra, tan dolorosas y liberadoras como podían ser.
-Kiroshi Shikabane -le dijo en un tono casi suplicante-¿Te casarías conmigo?
Kiroshi levanto sus ojos para encontrarse con los de ella, forzó una sonrisa en sus labios, sin embargo, antes de poder hacerlo, él también rompió en llanto.
Era un llanto silencioso, pero incontenible, del que no se puede uno tragar, ni se puede evitar, del que duele tan suavemente como fluye.
-Elizabeth, escucha-le dijo en un tono pesado-, yo de verdad nunca conocí a nadie que me hiciera sentir como lo hiciste tú, pero sabía que no tenía ninguna oportunidad de estar contigo, así que, decidí dejarlo como una fantasía más. Me hiciste el hombre más feliz de esta tierra cuando, de hecho, me diste esa oportunidad -ella lo miró sabiendo que eso definitivamente no era un "sí" -pero, la verdad es que yo no puedo casarme contigo, porque yo ya estoy casado con alguien más.
Con sus últimas fuerzas contuvo su desesperación dentro de ella, solo apoyándose en la promesa mental que se hacía a sí misma; soportar solo hasta que terminase.
-¿La amas? -pregunto Eli contemplando su imagen borrosa.
-De algún modo.
-¿La amas más que a mí?
-Por favor, no me preguntes eso-contesto Kiroshi tapándose el rostro de la frustración. Muy poco importo, porque cuando sus dedos se abrieron frente a sus ojos revelando en él un semblante serio, ella seguía allí -yo no sabía... no sabía que un amor como este de hecho existía hasta que te conocí, pero te conocí ya casado con ella.
-Eso, ¿significa que, me amas más a mí?
-Significa que, la amo como parte de mi familia, como parte de mi vida, como a una hermana o algo así, pero como te amo a ti... -negó con la cabeza
-Nunca he amado a nadie como te amo a ti.
-Entonces déjala.
Kiroshi se puso azul, intento tragarse el nudo que se le formó en la garganta antes de responder.
-Tenemos hijos-le aclaro-son 3, son niños todavía.
-Entonces déjalos.
-¿Qué? -levanto la vista para encontrarse con Eli. Aún tenía los ojos llenos de lágrimas y la cara roja, parecía que se desmayaría en cualquier momento, pero en esos mismos ojos húmedos, no había ni una pizca de arrepentimiento-son 3 niños, no puedo dejarla sola con eso.
-Ah, entonces a ella no la puedes dejar, pero ¿a mi sí? -le reclamo.
-No dije que iba a dejarte sola-trato de explicarse-, yo...
-No puedes-lo corto de tajo-. No puedes simplemente botarme, no puedes regresarme a la soledad que representaba mi vida antes de que llegaras a ella.
-Entiende, no puedo hacerle esto a mis hijos-aunque ella había comenzado a alterarse, él se mantenía calmado, como si quisiera explicarle alguna técnica de pintura, esa imperturbable actitud solo irritaba más a Elizabeth.
No le creía su llanto y no podía creer que se mantuviera tan tranquilo mientras ella se estaba desmoronando.
-Pero ¿No te importa hacérmelo a mí? -No contesto, después del insoportable silencio, Elizabeth sollozo, porque no había otra forma de sacar el dolor que se le había atorado en la garganta-Te amaba, de verdad te amaba, ¿No te importa?
-Si ese niño nace, créeme que lo vas a entender.
No la miro a los ojos, su voz se oía quebrada, incluso si no le veía el rostro hinchado, los ojos rojos o la nariz irritada, no podía evitar que los sollozos de la chica frente a él le rompieran el corazón.
-Lo siento mucho, Eli... -él se forzó a enfrentar el llanto desconsolador de ella con la vista, pero el vino tinto en su cara fue lo único que recibió como respuesta.
No se limpió el rostro ni intento evitar que se le manchara la camisa, solo tomo una servilleta y se la paso en el área de los ojos. Eli sostenía la copa, temblando y gimoteado, para ese punto le era imposible dejar de hacerlo.
-Eli-dijo Kiroshi de manera impasible, pensando que tal vez de esa forma, ella se detendría a analizarlo antes de reaccionar-, tal vez lo mejor sería que no tuvieras al bebé.
Entonces ella lo comprendido por completo, comprendió que Kiroshi no era amable, en el mundo no hay hombres amables, solo imbéciles que buscan satisfacer sus deseos egoístas a costa de chicas estúpidas como ella.
-¿Le dijiste a tu esposa que abortara a alguno de sus 3 hijos acaso?
-Claro que no hice eso, pero era diferente.
-Claro que lo era, porque ella es tu esposa y yo solo soy una estudiante estúpida a la que te cogiste.
-Te juro que las cosas no fueron así.
-¡Es exactamente lo que fue!
-¡Eli! -le grito Kiroshi que nunca antes lo había hecho- de acuerdo- dijo recuperando la compostura -si quieres tener al bebe, entonces también te ayudaré con eso.
-¿Me ayudarás con eso? -balbuceo con los ojos exorbitados-¿Cómo demonios es que me vas a ayudar con eso?
-No lo sé, te daré una manutención...
Al oírlo, ella sintió que perdía el piso, este se le desvanecía de los pies, todo se le desvanecía, rápidamente, el dolor que le había causado evoluciono amargamente en un descomunal sentimiento de ira.
-Kiroshi-san-lo interrumpió-¿tu esposa sabe que te acuestas con estudiantes?
-¿Eh? -le pregunto tratando de procesar su amenaza.
-Yo descubrí que tienes una esposa y, aun así, quiero seguir estando contigo, ¿te perdonaría ella si supiera que embarazaste a una estudiante?
-Elizabeth, sé que estás enojada, pero...
-Debería decirle, pensándolo bien, creo que debería hacerlo por simple sororidad-reflexiono en voz alta mientras se cruzaba de brazos-, ella debería saber, la clase de esposo que tiene.
-Por favor no lo hagas-exclamo en una súplica, aun incrédulo-si ella se entera, te aseguro que se llevara a los niños y hará que me odien.
Elizabeth giró los ojos. Por fin había obtenido la reacción que esperaba de él y para entonces, ya no le servía para nada.
-Pueden pasar tres cosas-dijo mostrándole 3 dedos con aires de grandeza-puedes decirle tú, si te perdona, no los vuelvo a molestar o puedes elegirme a mí y tú no nato hijo para fundar una familia nueva, o puedo decirle yo a tu mujer y entonces, seguramente, nos perderás a ambas.
-Entiende, quieres que deje a una familia ya formada por un bebé que ni siquiera ha nacido-exclamo moviendo las manos y salivando entre sus palabras.
-Y por mí-se apuntó con el índice, en sus ojos azules se distinguió un desprecio desconocido para él, el desprecio con el que se ve a una cucaracha.
Kiroshi sintió un vacío en el estómago de repente, había algo en la firmeza de su mirada y el frío de su voz que lo convencía de que ella no estaba jugando.
Viendo que sus súplicas no llegaban a su corazón, Kiroshi doblo las rodillas y se inclinó en el suelo pegando la frente al piso, después juntó los brazos para suplicar.
-Por favor, perdona todo lo que hice, por favor no me hagas esto, no puedo, ni por ti, ni por ese bebé, ni por nada, no puedo perder a mi familia, si lo hiciera yo me moriría, así que, dime ¿Qué necesitas? Te daré lo que quieras, incluso mantendré al niño si así lo decides, pero te lo suplico, no digas nada.
Entonces, una sonrisa resplandeciente acompañada de una mirada bacía se adueñó del rostro de Elizabeth.
-¿Harás lo que sea que te pida?
-Lo que sea-levanto la vista Kiroshi-, solo pídelo y te juro que lo haré.
-De acuerdo-asintió-, salta del puente de Brooklyn y me olvidaré de todo.
-¿Qué? -le pregunto como si realmente no la hubiese escuchado.
-Creo que me oíste, ¿quieres compensarme? Pues entonces, matate.
Dicho aquello, dio media vuelta y se marchó.
Ella fingió fuerza durante todo el camino a casa, aprovechando el tiempo para reflexionar sobre lo que tendría que hacer con este bebé.
No lloro más, pues ya no lo quedaban lágrimas para hacerlo, el dolor llego a un punto tan profundo dentro de ella que se acostumbró a él, lo aceptaba, convivía con él, lo tomaba como si fuese parte natural de sí misma, lo abrazaba esperando apaciguarlo.
Sabía que no era lista, ni madura, ni valiente, ni fuerte, ni ninguna de esas malditas cosas que se supone deberían ser las madres.
Y estaba tan llena de dudas al respecto.
Aunque tuviese a ese bebé en brazos, ¿Qué iba a hacer con él? ¿Dárselo a alguien más para que le hiciera quién sabe que sin que ella pudiese reclamárselo o impedírselo? ¿Quedárselo y después qué? ¿Se convertiría en una persona miserable, ¿Sería un delincuente? ¿Y todo sería culpa de su madre? Todo porque Eli no tenía ninguna idea sobre cómo debería ser una madre.
Se veía a sí misma como una rubia inútil que se dejó embarazar por uno de esos idiotas que decía amarla, la utilizo y luego la boto como basura.
"Sí, basura es lo que yo sería como madre".
De todas formas, cuestiono la parte consciente de su cabeza, ¿Cuánto es que cuesta un aborto actualmente?
¿Dónde puede alguien realizarse uno de esos?
¿Puede hacerlo sin que lo sepan sus padres?
Ya tenía 20 años, entonces, ellos no tenían por qué saberlo ¿Cierto?
Y ¿Qué pasaría después?
¿Volvería a la universidad después de eso?
¿Podría?
¿Y si se encontraba con él allí, entonces que haría?
¿Fingir que nada paso?
¿Por qué no? Ciertamente, Era buena para eso.
Entonces, parecía lo mejor al final, lo más práctico.
Se efectuaría un aborto, volvería a la universidad y continuaría con su vida como si nada hubiese pasado.
Como si pudiera hacer algo como eso.
Para cuando bajo del autobús, el cielo se había oscurecido, era verano, pero las estaciones del año nunca importaron para Nueva York. El frío del mundo
que la rodeaba, le parecía absurdamente, irónico.
A pesar de que llevaba el suéter y las medias moradas, el gélido ambiente del viento se le metió a través de la ropa por los poros de la piel hasta calarle en los huesos.
A través de la ventana de la panadería "Carlota", Elizabeth observo el bizcocho de queso relleno de moras que más le gustaba. Pensó que, en serio, le gustaría una mordida de eso ahora mismo. Quizás debió pedir algo en el restaurante antes de soltar la bomba.
Luego encontró su reflejo en el cristal de la ventana, se preguntó a sí misma, si acaso dios la veía desde el cielo y se reía.
"Querida Elizabeth, te di uno de los dones más cotizados de la humanidad y tú solo lo usaste para meterte en problemas"
Seguramente, es lo que le diría dios.
Con este pensamiento, distrayéndola de todas las frustraciones anteriores, se dirigió a su casa con el corazón en calma, reflexionando que, sin importar cuán grande era su problema en ese momento, tenía suerte de que podía esperar hasta mañana.
Había planeado que, cuando llegara a casa, encendería la estufa con una enorme olla de agua caliente para voltearla en la bañera.
Encendería una o dos velas con aroma de lavanda, se exfoliaría la piel con su cepillo eléctrico, se pondría sobre la cara la mascarilla de miel con avena que había estado esperando probar, pondría música de Selena Gómez para relajarse.
Después se pondría la bata azul, que era la más suave, y se recostaría a dormir en su cama caliente, viendo la luna a través del cristal de su ventana.
Eso sería lindo.
Decidido que, en cuanto cruzara el umbral de su casa, olvidaría todo el asunto del aborto hasta el amanecer, el momento idóneo para buscar la clínica más cercana, hacer la cita y averiguar cómo iba a convencer a su padre de darle un cheque sin decirle para qué lo quería.
¿Ropa? Ni de chiste, ¿Libros tal vez?, poco creíble, pero aceptable, ah claro, material de contabilidad para la universidad, eso seguro que funcionaba. De todas formas, ¿Cuándo podría un aborto costar? Si había muchas formas de hacerlo gratis según internet.
Nunca podría imaginarse, en su pequeña fantasía de relajación, que cuando atravesase esa puerta blanca hecha de metal al mismo tiempo que la oía cerrarse por el viento, sería recibida por el ruido sordo de una cachetada.
-¿Qué es esto? -pregunto su madre, autora del atentado, Elizabeth volteo aún con el rostro enrojecido, tenía en su mano la prueba de embarazo que metió en el depósito -se atoró en la salida de agua y estropeaste el maldito baño.
Eli tuvo la idea fugaz de salir huyendo por la puerta que acababa de usar para entrar.
Su madre tenía el cabello rubio, como ella, largo y gastado por los años, tenía la piel clara y los ojos azules que le heredo, pero los ojos de su madre estaban siempre cubiertos por la melancolía y del descontento.
Era flaca y fría como un esqueleto, tenía la cara llena de manchas por la edad, endurecida por sus muecas siempre de desagrado y al hablar su voz retumbaba en todo el cuarto sin importar donde estuviesen, siendo la de ella la única que Elizabeth era capaz de escuchar.
-Elizabeth -continuo su madre endureciendo el tono-¡¿Qué mierda es esto?!
-Una prueba de embarazo -respondió Eli con la voz apagada apoyada por la poca resignación que tenía en su alma, la respuesta de su madre fue otra bofetada, como para emparejarle el rojo de las mejillas.
-¿Quién es el padre? -pregunto con la voz quebrándosele.
-No lo conoces, es alguien de la universidad.
-¿Se hará responsable? -A Eli esta pregunta la partió, todo su esfuerzo para seguir caminando, para volver a casa, para dejar de llorar, todo se esfumó
en un solo segundo.
-No -contesto en un suspiro.
Lucrecia le dedico entonces una mirada gélida, la culpaba, la desconocía como hija, la repudiaba. Después de eso, los ojos se le cristalizaron.
Solo había algo peor que ver a Lucrecia Marcovich enojada y eso era verla llorar.
-¿Para eso nos sacrificamos? ¿Para eso no pagamos el maldito calentador? -fue aumentando el todo de su voz-¿35 000 dólares para que fueras a una puta universidad a abrir las malditas piernas? -su llanto se volvió histeria -¿Qué no lo podías hacer en casa?
-Yo no quería ir a la universidad-se esforzó en decir Eli conteniendo el nudo en su garganta.
-¿Qué dijiste?
-Te dije, que yo nunca quise ir a esa universidad para empezar.
-Ah es verdad, yo era la que quería que fueras, para que hicieras algo con tu vida. Yo quería tener una hija que se convirtiera en alguien importante, pero no, solo tengo a la zorra del pueblo en casa-Elizabeth volvió a desmoronarse, las palabras de Lucrecia eran siempre infalibles. No importaba la
fuerza de sus golpes o el ardor palpitante que le había dejado en las mejillas, sus palabras siempre encontraban la forma de ser incluso más dolorosas.
Elizabeth ya no tenía nada a lo cual aferrarse, ya no existía el mañana, ya no podía hacer como si nada pasara. El llanto se le escapó en un quejido, se apresuró a taparse la boca con ambas manos, pero, no sirvió de nada, no pudo detener el río de lágrimas que le corrió por el rostro -. No, si con los hombres que te metes, lo raro es que no salieras con esto antes.
-Bueno, Lu-se escuchó entonces la voz de su padre-, lo que está hecho no se puede deshacer.
-No, si se puede deshacer -aseguro Lucrecia -¿Cuánto tiempo tienes? -le pregunto a Elizabeth.
-Mi retraso es de 6 días-respondió ella entre sollozos.
-Estamos muy a tiempo-reflexiono Lucrecia-. Mañana iremos a planificación familiar -suspiro-pagaremos el aborto.
-Lucrecia -le recrimino el padre de Eli.
-Es lo mejor, Ed, una niña tan inútil como esta, nunca podría ser madre.
Elizabeth sabía que, para su madre ella solo era una inútil sin remedio, que nunca sirvió para nada más que para abrir las piernas.
Sin embargo, en ese momento, como lo agradeció, le agradeció infinitamente que lo dijera de manera directa. Que lo dijera con su propia voz, dándose cuenta entonces de que, cada vez que su cerebro se lo dijo, que cada vez que escuchaba esa voz gritarle que no podía, era la voz de su propia madre diciéndole que no podía hacer nada.
Y el hecho de que al fin lo escuchaba en una voz que no era la suya, que no venía de adentro de ella, le dio un coraje tremendo, unas ganas de defenderse que la regresaron a la vida y encendió en ella una llama, lo suficientemente alta para responderle.
"Claro que puedo ser madre" pensó "Seguramente, una mejor madre que tú".
-¿Y qué sabes tú? -le contesto Eli con una temerosa, pero impagable voz-¿Qué sabes tú de ser una buena madre?
-¿Qué dijiste? -Balbuceo Lucrecia, incrédula de las palabras que escuchaba.
-¿Cuándo has sido tú-la voz de Elizabeth solo fue adquiriendo seguridad-, después de todo, una buena madre?
-¡¿Crees que es fácil ser tu madre?!
-Eli-intervino su padre-, no seas tan dura con tu mamá, solo está pensando en lo mejor para ti.
-¿Por qué tú no le dices a ella que no sea tan dura conmigo? ¿Por qué siempre tengo que ser yo quien la tiene que comprender a ella? ¿Por qué tengo que hacer lo que ella me dice siempre?, este bebé es mío, la que debe decidir qué hacer con él soy yo.
-Por dios, ¿tú? -argumento Lucrecia entre risas y reclamos-No puedes ni con las elecciones de tu propia vida, ¿Cómo vas a cargar con la de alguien más?
-No es tu elección, mamá. Es mía-se mantuvo firme.
-¡Pues sería la decisión más estúpida que jamás has tomado! ¡Y valla que tienes larga la fila!
-¡Pero es mi decisión! -volvió a aumentar el tono de su voz-¡Así que no, acepta que esta vez no se hará tu voluntad!
-¡Mi voluntad te ha mantenido viva todo este tiempo! -se defendió Lu.
-¿Y para qué? ¿Para vivir la vida que tú quieres que viva? Ya me cansé de eso. No voy a volver a la universidad y con este bebé seré yo quien decida que hacer, no tú, aunque signifique hacerlo sola.
-¡Ya está bien, pues hazlo sola entonces! -su madre abrió la puerta y saco a Eli de empujones de la casa.
-¡Espera, Lu! -le grito Edvin tratando de detenerla, pero ella no paró hasta que Eli callo en la banqueta.
-¡Anda, vete de mi casa, ten a tu bebé, adelante, déjame ver como lo haces tú!
-¡Por dios, Lucrecia! -le dijo Edvin viendo a su hija en el suelo.
-¡No vuelvas hasta que te hayas sacado eso! -sentencio Lucrecia entrando en su casa hecha una furia.
-Eli-se agachó Edvin al suelo, saco un puño de billetes de su cartera y se lo dio en la mano. Después se sacó un rosario de madera de atrás del pantalón y se puso alrededor del cuello -, ya te he dicho que no le respondas a tu mamá, ten, usa esto para rentar un cuarto, arreglaré las cosas, solo espérame ¿sí?
Acto seguido, le acaricio la cabeza y se marchó buscando a su esposa.
Con mucho pesar, Elizabeth se levantó del suelo, se sacudió los guijarros de las palmas de las manos y observo la puerta cerrada de lo que alguna vez llamo "su casa".
Con movimientos parecidos a los de un zombi camino por las calles sin saber a dónde se dirigían sus pies, de cuando en cuando, se le escapaban una lágrima o dos más, un quejido entre los labios, se detuvo hasta la cafetería Carlota donde se sentó en uno de los sillones solitarios.
Recordó entonces el día que estaba en casa de Kiroshi, jugueteaban entre las sabanas como dos adolescentes y él le decía:
-Elizabeth, eres la cosa más bella que existe en este mundo, estoy completamente enamorado de ti y al verte te juro que yo, siento como si estuviese
viendo la obra de arte de dios.
Elizabeth se rio en bochorno y le respondió.
-¿Dónde estuviste toda mi vida? ¿Y por qué tardaste tanto en llegar a ella?
-Perdóname -le pidió él, inclinándose para besarla -, ya no me iré nunca -acto seguido la beso por segunda vez.
Eli sentía que flotaba, que pasaba lo mismo que una pluma, que era aire, estaba hecha de aire y se dispersaría por el mundo en cualquier momento.
Sin embargo, momentos después, mientras él se fue a conseguir la cena, Eli comenzó a curiosear en la habitación, con nada más que la sabana envolviendo su piel.
Paseo por los alrededores como si bailase en ellos, observo los certificados y premios y leyó el nombre de su amado en el papel, inflándose los pulmones de orgullo, ella se rio de manera estúpida.
La idea de rebuscar entre sus cosas parecía un poco arriesgada, pero tenía una fantasía divertida. La de encontrar sus revistas porno y ver si acaso se parecían a ella las chicas en las fotos, casi por una broma de dios, ella terminó abriendo el cajón indicado, el segundo de la cómoda y encontrando en él lo que no quería buscar.
Su anillo de casado.
Estaba completamente en shock, el anillo se le resbaló entre los dedos volviendo a caer al interior del cajón, su cuerpo sintió tanto dolor en aquel momento, que no duro nada, sin planearlo u ordenárselo, sus manos empujaron el cajón frente a ella, se tiró al piso sintiendo como todo el aire se le drenaba de los pulmones.
-No es verdad-susurro para sí-, no es verdad, no es verdad, no es verdad, no es verdad...
Lo dijo tantas veces que se lo termino creyendo. Para cuando Kiroshi regreso, la encontró sentada en el piso, abrazándose a sí misma, tapada con la sabana.
-¿Eli? -se agachó hacia ella y le tomo el rostro por el mentón -¿Qué tienes? ¿Paso algo?
-No-se apresuró ella a decir -, no pasó nada-Luego soltó la sabana y se lanzó sobre él para abrazarlo -todo está bien, porque estamos juntos.
Si hubiese terminado las cosas en aquel entonces, no estaría ahora sentada sola en aquella cafetería, con la cara llena de raspones, un hambre voraz y lo que junto entre el dinero que le dio su padre y lo que llevaba consigo.
Ciento veintiocho dólares con catorce centavos.
Pero ella no fue valiente, ni fuerte, ni siquiera fue lista.
Solo fue muy, muy estúpida.
Sin embargo, acepto su penitencia levantando la frente, porque la culpa era mayor, incluso que el resentimiento, porque se sabía la causa de su propia desgracia.
Por eso ese día se hizo una promesa a sí misma y a su no nato hijo.
No volvería a ser quien había sido hasta entonces. Nunca jamás iba a dejar que ningún otro idiota se aprovechase de ella.
Aquella vergüenza que llevaba tatuada en el pecho, la borraría algún día a base de puro orgullo.
Se convertiría en una mujer diferente, una mujer fuerte, lista y valiente.
Una mujer digna de ser una madre.
Ya eran las 10:07 a.m. cuando Tashibana Mitzuru se encontraba sentado en la parte trasera de su camioneta que había adaptado para parecer el interior de una limusina, con asientos largos de cuero negro, posicionados uno frente al otro con la finalidad de que pudiese servir incluso de oficina o sala de juntas provisional.
Revisando su bien cronometrado Rolex Daytona Plateado, calculo que llegaría a la oficina a las 10:20 a.m. a más tardar, dependiendo de la fila que Kai hiciera en la cafetería frente a la que se encontraba estacionado. Acción que, ciertamente, le parecía una pérdida de tiempo.
Es decir, había 1500 personas trabajando en su edificio y eran los jefes de todos ellos. Seguro que alguno tendría tiempo de ir a conseguir el burrito "norteamericano" que Kai tanto ansiaba probar.
Mitzuru llego incluso a cuestionarse si no era una mala excusa que le había dado para no trabajar.
Sin embargo, no había mucho que pudiera hacer para impedírselo, pues a fin de cuentas, Kai era de esas pocas personas en su vida a las que no podía darle órdenes, bueno, no directamente.
De todas formas, en no más de 10 minutos lo instalaría en su escritorio y le daría el reporte de ventas del mes pasado para que se fuera poniendo al día.
No tendría que ser un problema, las cosas no iban a ser tan diferentes a la sucursal de Japón.
Se desocuparía de eso a las 11:00 a.m. e iría a la oficina de Alicia para ver que tenía planeado para el evento próximo.
Si a las 12:00 p.m. le daba tiempo, sé fumaria un cigarrillo y ordenaría Sushi, tenía ganas de comer pescado, pero si recibía la llamada que estaba esperando de IO eléctrica, entonces programaría la junta para el jueves.
A las 3:00 p.m. era su cita en DD_Display, si todo salía bien, tendrían un trato firmado a las 4, quizás a las 5, pero si las cosas salían mal, programaría una cita con...
Volvió a ver su reloj, 10:12 a.m. ¿Qué tan larga podría ser la fila?
Chisto un "Maldita sea, Kai", recordando que habían acordado que, si pasaban más de 5 minutos, volvería al auto y le encargaría la comida a un empleado, pero aparentemente, Kai había olvidado su promesa.
Espero un poco. 10:14 a.m., "perfecto", se quejó, pues ahora no llegarían a las 10:20.
Con extremo fastidio y pesadez en su andar, Mitzuru bajo del auto y lo vio a tras vez de la ventana.
El hecho que Kai ni siquiera había hecho un intento por disimular lo poco que le importaba su tiempo, solo aumentaba el peso de la tensión de la frente de Mitzuru.
Dispuesto a darle la reprimenda que se había ganado, Mitzuru camino hasta la puerta de la cafetería y se adentró en ella. Marcando su peso con la fuerza de su migraña, se posicionó frente a la mesa de Kai, quien le mostró una sonrisa nerviosa.
-Kai ¿Qué estás haciendo? -protesto entonces sin ocultar la molestia en el tono de su voz-¿No ibas a pedirlo para llevar?
-Pero-contesto a medida que su sonrisa se volvía temblorosa-, no podría dejar comer sola a esta linda señorita -apunto al frente.
Y fue ahí cuando Mitzuru la vio.
La expresión "¿Pero qué mierda?", se le dibujó en toda la cara.
Ella tenía el cabello dorado en interminables hondas que le recordaban al brillo que adquiere el mar cuando el sol se escondía entre sus olas. Un mar hecho de oro.
Además, tenía unos enormes ojos azules cuyo tono exacto bien podría decir que eran zafiros, pero siendo honestos, no existía ninguna otra cosa en el mundo con ese tono de azul.
Tenía el inocente rostro de un inmaculado ángel, pero en su mirada se reflejaba una insana y peligrosa curiosidad, todo sobre unos rosados y carnosos labios que invitaban a morder para comprobar la dulzura de su néctar.
Sobre su piel blanca como el arroz resaltaba el rosado de sus mejillas, que envolvía su rostro entero en un aura coqueta. Por si acaso la forma de sus pechos, redondos y bien posicionados, no era suficiente para llevar la cabeza de cualquier hombre al límite de su lujuria, ella se relamió el labio superior que se encontraba manchado por la salsa del burrito que comía, dejando aun así la mayor parte bajo su nariz.
Un acto tan torpe y aparentemente inofensivo que, sin embargo, termino por cortar la respiración de Mitzuru.
Era como si ella se le hubiese escapado de los sueños. Tan dulce y tan bella que, si no hubiera hecho eso, él dudaría del hecho de que fuese real.
A su ver no tenía sentido, ¿Cómo demonios habían hecho Kai para llamar la atención de una mujer así?
El despreocupado y torpe sobrino de Tashibana Reiji no era popular en Japón, probablemente porque a pesar de ser rico y nacer con el nombre de
Tashibana Kai, era una persona bastante común, con cabello castaño, cara redonda y ojos cafés, que además tenía una tendencia a sonreír apenado ante cualquier ante la mínima posibilidad de conflicto.
Sumándole a eso, en términos generales, a las mujeres americanas no les parecían atractivos los asiáticos. Sobre aquellos que se cohibían al ser vistos a los ojos.
Ella miró a Mitzuru, primero a los ojos y después bajo la vista, para encontrarse con el Rolex en su muñeca. Entonces para Mitzuru tuvo todo el sentido del mundo.
-Kai, ¿Cuándo conociste a esta mujer?
-Ahora, nos conocimos en la fila.
-Claro -le regreso la vista a él -, eres un idiota.
-¿Qué? ¿Por qué?
-Levántate -le hizo una señal con la mano, Kai obedeció de un brinco -, tenemos trabajo.
-Vamos, Mitzuru-se quejó-, ¿no puede esperar?
-Señorita-se dirigió a la chica-, ¿Puede decirme algo sobre este hombre?, ¿Algo que le haya contado en los últimos 10 minutos?
-¿Ah? -pregunto Eli masticando su burrito-pues-dijo después de tragar -, se llama Kai.
-Exacto-respondió Mitzuru con desdén, luego se sacó la cartera del saco, la abrió y puso un billete de la mesa-. Aquí tiene, buena tarde-después se dirigió a Kai quien hizo una mueca de decepción.
Con un ademán de sus dedos, Mitzuru hizo a Kai seguirlo.
-¿100 dólares? -pregunto extrañada mientras se marchaban.
-Tómelo como propina-le dijo Mitzuru cruzando la puerta.
Solo caminaron unos pasos para llegar a la camioneta, la escucho, llamarlos a lo lejos, ni se giró, no tenía el tiempo ni la cabeza para charlar con ella.
Pretendió entrar al auto antes de que ella llegase a ellos, pero a pesar de sus cortas piernas, gruesos muslos y de que no perdió el porte ni un segundo, era rápida en tacones.
-¡Oiga, espere! -le ordeno mientras Kai se subía al auto- ¿Cree que soy prostituta? -le pregunto ella posicionándose frente a él, tensando las
simétricas facciones de su rostro.
-No, claro que no-respondió Mitzuru en tono sarcástico-, creo que, vio a este guapo caballero en la fila de la cafetería, usando un saco Armani y un reloj de oro y pensó "Ay, ¿sabes que sería realmente romántico para contarle a mis hijos? Conocí a su padre comprándome un burrito".
-¿Por qué le acepté el almuerzo? ¿En serio? ¿A caso los hombres solo invitan a comer a prostitutas en Japón? -le pregunto con intenciones de burla.
-No, la verdad, supongo que lo es porque, es hermosa, rubia, con piernas lindas, tiene como 20 años y de todos los chicos caucásicos con rulos cobrizos y ojos soñadores, usted eligió a mi idiota primo como cita. Además, clavo su vista en mi Rolex a penas me acerqué a la mesa, así que...
-Le di una sonrisa, no una mamada en un callejón.
-Oh, entonces no es prostituta, solo es acompañante.
En un puchero infantil, ese altanero rostro perfecto se volvió uno que representaba el berrinche y la impotencia.
"Y, aun así, se ve linda" pensó Mitzuru antes de ver como ella estiraba el brazo hacia atrás con la intención de tomar impulso y luego le arrojaba el burrito directo a la cara.
Mitzuru levanto el brazo más, no alcanzo a cubrirse antes de que este se abriera llenándole de porquería el saco y la camisa.
Kai se reventó de risa dentro del auto, ella se lanzó frente a él y en una distancia tan corta que Mitzuru pudo percibir su dulce fragancia herbal, ella le metió el billete al saco.
-Además, mi precio sería mucho más caro -aseguro antes de marcharse.
Mitzuru miro a Kai con la intención tragárselo con la mirada, provocando que silenciara su risa, después la miro caminar por la acera hasta dar con la siguiente calle, lo cierto era que estaba encendido en furia, pero, al ver como se alejaba, le contemplo las piernas y eso lo hizo sentirse mucho mejor.
Cuando estaba sentada, él no había sido capaz de verle la cintura de avispa, las anchas caderas y aquellos bien torneos y gruesos muslos, causales de todos aquellos pensamientos demasiado impuros para mencionarse, que no lo estaban dejando recordar ni una mierda de lo que tenía que hacer hoy.
Entro al auto sin contener la boba sonrisa que se le dibujó de manera involuntaria, misma que solo pudo borrar al darse cuenta de que Kai lo juzgaba desde su posición.
Si pudiera verse, se golpearía a sí mismo por reírse pese a estar lleno de comida rápida y que la grasa de tocino estuviese arruinando su Armani.
Entonces abrió la pequeña ventanilla que lo separaba del chofer para ordenarle que emprendiera el viaje a la oficina, después se limpió con un pañuelo.
-Tienes una mancha ahí-a punto Kai a su saco.
-¿Dónde? -le pregunto buscando la mancha.
-En el ego-Mitzuru lo vio apretando los dientes.
-Para que sepas, te culpo completamente-lo señalo con el índice.
-¿A mí?
-Sí. Te ves demasiado extranjero, eres fácil de embaucar, ¿Qué ibas a hacer si esa chica te llevaba a otro lugar para asaltarte?
-Si fuera una ladrona, se habría quedado con tu dinero.
-Kai, te acaba de robar.
-Considero que -señalo alzando un dedo divertido-, contemplarla vale por lo menos un burrito.
-Se llevó los dos.
-Dos Burritos-alzo un segundo dedo.
-Solo acepta que te estafaron.
Mitzuru retomo la vista en su agenda, pero el azul de aquellos ojos se seguía interponiendo en su concentración.
Por un segundo pensó "si volviese a venir mañana, ¿la vería otra vez?".