Pese a lo que la mayoría de la gente cree, cuando le cuento que vengo de uno de los barrios más bajos de Italia, los recuerdos de mi niñez eran sumamente felices, tuve una infancia maravillosa, incluso cuando mi hermana y yo no teníamos padre biológico, no lo necesitábamos, siempre tuvimos a Santiago, el amigo de mamá, siempre atento, siempre fuerte, nuestro "Pappa", así lo llamábamos en secreto con mi hermana o cuando estábamos solo los cuatro, mamá decía que no podíamos llamarlo así en público, porque en realidad, no era nuestro padre biológico, ni perteneciamos a la familia.
Aquello fue algo que nos costó creer y cuando ella lo dijo, pese a mi mente infantil, estaba segura de que había visto el descontento en los ojos de Pappa ante las palabras de mi madre.
Nunca los habíamos visto besarse, o tomarse de la mano, pero nosotras teníamos absolutamente claro cuanto Pappa adoraba a mamá. Por eso, cuando espiamos aquella noche, desde los primeros escalones de la escalera junto a Anna, entendí que aquel, fue el día en que mi niñez perfecta, llegaba a su fin.
Mamá y Pappa estaban en la sala, todas las luces estaban apagadas, solo quedaba encendida una suave lámpara de luz baja, en la sala, nosotras estábamos en silencio, escondidas en la oscuridad de la escalera, justo afuera por la sala, escuchando. Ellos nunca discutían, no así, habían tenido alguno que otro enojo, pero todo se arreglaba de forma automática cuando Pappa llegaba con un libro y un ramo de flores para mamá. Así de sencillo. Ahora, sabía que ni siquiera todas las flores del enorme jardín de Pappa podría arreglar la situación, reconocía ese tono en mamá, era aquel que usaba con nosotras cuando anunciaba que no habría televisión, o que no podría salir en los próximos días a jugar con Dante. Ambas sabíamos, a ciencia cierta, que una vez que ella lo empleaba, no había vuelta atrás.
Y era mi culpa. Todo era mi culpa.
-¡No puedes simplemente llevarte a las bambinas! - exigió pappa, su tono era tajante, absoluto, nunca le había escuchado hablar así, se detuvo un momento y creímos que podría haberse acercado a mamá - No volverá a pasar, te lo juro, Cuore mío... No puedes .... No lo hagas...
-Santiago...- La voz de mamá sonaba extraña, como si le doliera la panza. - Gracias al cielo, esta vez no pasó absolutamente nada, pero ambos sabemos que fue solo suerte, esta es la vida aquí, yo lo sé.
-No puedo simplemente marcharme...- Dijo él con el mismo tono, ambos debían de haber comido algo en mal estado. -Este es mi mundo también, Cuore ...
Ella suspiró
- pero no el de ellas, merecen algo mejor.-continuo- No puedo ir a trabajar tranquila porque estoy todo el maldito día pensando en si ellas estarán a salvo...
-Nada las volverá a tocar, ellas son mías también ... - Pidió él, - Te prometo...
-No lo hagas.- le interrumpió él - No me prometas aquello que no puedes cumplir, Santiago, has sido muchas cosas para mí, cada una más importante que la anterior, pero no me engañes, te lo suplico.
Se hizo un silencio por varios minutos, nos preguntamos si estarían dándose consuelo, o si estarían discutiendo más bajo, tal vez nos habían descubierto.
-¿Cuándo?...-Preguntó finalmente él.
-Mañana.- Dijo ella y al escuchar los pasos por el pasillo, nos tomamos de la mano y corrimos escaleras arriba. De vuelta a nuestro cuarto.
Dos días antes.
Todo el jardín estaba en completo silencio, miré a través del pequeño espacio que me permitían las ramas y hojas del arbusto, él no se veía por ningún lado, tampoco lo escuchaba, llevaba escondida varios minutos, o al menos así se sentía, ¡no podía dejar que siguiera ganándome!. Cuando jugaba con Anna siempre ganaba, tal vez se debía a que ella solía desconcentrarse con cualquier cosa y encontrarla era bastante sencillo.
Salí con cuidado del follaje, tenía que encontrarlo, Dante era bueno, muy, pero muy bueno, jugando al escondite. Seguramente era gracias a los duros entrenamientos que le daba su padre, él siempre decía que estaba bien, que algún día protegería a Pappa, no estaba segura de porque Pappa necesitaría protección, a mi parecer era lo suficiente grande y fuerte, ¡nos podía tomar a mi hermana y a mí, en sus enormes hombros! ¡Al mismo tiempo!
Pero había varias cosas que Dante no me decía, que nadie me decía en general. Mamá decía que lo sabríamos cuando tuviéramos edad suficiente. Dante era solo tres años mayor y parecía saber todo lo que a nosotras nos escondían.
No creía que estuviera escondido entre los arbustos, tal vez debería ir a buscarlo en...
-¡Ahhh!- Caímos al suelo, rodando por el césped de la pequeña colina dónde solíamos jugar, rodamos algunos segundos más hasta que finalmente nos detuvimos, abrí los ojos y empujé el abdomen de Dante que estaba arriba mio debido a que me había abrazado mientras caíamos. Él, entre risas, se alejó y puso ambas manos a los lados de mi cabeza.
-Te pillé.- dijo finalmente, su sonrisa era enorme, levantó una mano para acomodar sus anteojos que se le habían deslizado un poco hacia abajo. Dante era el chico más lindo que hubiera conocido nunca, su sonrisa siempre era alegre y sus ojos eran tan verdes como los del gato que merodeaba por los jardines de Pappa. Era más alto que yo, y su cabello lacio siempre le cubría parte de sus ojos, o sus gafas.
-¡Eres un bruto!- Me quejé y volví a empujarlo para que saliera de encima, él continuó riendo y se recostó boca abajo a mi lado, yo giré sobre mi cuerpo para quedar de la misma forma- No entiendo cómo es posible que sigas ganando.
-Es porque eres pequeña - Dijo él.
-¡No lo soy! ¡En pocos meses tendré diez!- Me quejé llena de indignación, ¡Odiaba cuando hacía eso!, Podía ser mayor que yo, pero eso no me hacía una niña pequeña.
-Sigues siendo una niña pequeña. - Dijo él y sentí el calor de la rabia, teñir mis mejillas.
-Solo eres mayor por tres años.- dije lo más burlesca que pude. Estaba cabreada, nunca había sido buena para controlar mi temperamento.
-Pero soy un soldado de Pappa, eso me hace casi adulto de forma automática. - Dijo él con una sonrisa que marcaba sus dos hoyuelos, era un niño muy engreído.
A los pocos metros vimos como el portón lateral de la enorme propiedad donde vivíamos se abría, los hombres descargaban cajas que trasladaban rápidamente hacia la parte trasera de la finca, nunca me pregunté realmente que traían, estaba demasiado acostumbrada a ello. Todos los hombres se marcharon y el portón quedó abierto.
No sé por qué lo hice en aquel entonces. Años después y con la madurez, me di cuenta de que lo más probable era que quisiera impresionar a ese chico, en mi mente infantil, me sentía tan humillada por ser menor, que necesitaba impresionarlo. Tal vez si no lo hubiera hecho no habríamos dejado Italia, tal vez Dante y yo hubiéramos seguido siendo amigos, crecido juntos, tal vez nos habríamos gustado...
Nunca lo sabría porque la pequeña yo de aquel entonces, tenía otras ideas.
-Yo no soy un soldado -Dije finalmente -Y aun así, puedo hacer lo que quiera.
Dije a Dante poniéndome de pie y comenzando a caminar lo más rápido posible hacia el portal abierto.
-¿Qué haces?- Lo escuché en mi espalda, se puso de pie rápidamente - ¡No podemos salir!
Su mano detuvo la mía.
-¡Chiara! -Jaló de mí, pero planté los pies en el suelo como si fuera un enorme ancla- ¡Tenemos que volver!
Dante era fuerte, pero yo siempre fui muy testaruda, Pappa decía que lo había heredado de mamá. Me solté de un tirón.
-Yo no soy un soldado, no tengo que cumplir sus órdenes, "semi-adulto"- Me burlé y él me miró molesto, giré sobre mis talones y corrí afuera, antes de que pudiera detenerme, en medio de risas de triunfo, recuerdo que fue la primera vez que sentí la adrenalina de hacer algo que no debía, algo prohibido. Corrí calle abajo, Dante había llegado a mi lado rápidamente, tomó mi mano en cuanto me alcanzó y entre risas seguimos corriendo, embriagados con la adrenalina rugiendo por nuestras venas. Cada vez que pienso en aquel recuerdo, me siento profundamente feliz, la mano de Dante era cálida y me hacía sentir segura.
Lamentablemente, ese tipo de travesuras no dura mucho, y el glorioso triunfo infantil, rápidamente se convirtió en una pesadilla.
Corrimos casi tres cuadras, calle abajo, pero no alcanzamos a llegar a la cuarta, un coche se detuvo justo enfrente de nosotros, justo cuando estábamos por cruzar. Tres hombres se bajaron del coche más rápido de lo que pudimos reaccionar, Dante giró sobre sus talones, tiró de mí, su mano estaba sumamente firme sobre la mía.
-¡Atrápenlos! - Gritó uno, Dante me hizo correr en la dirección contraria más rápido de lo que mis piernas se podían permitir, no logramos ir muy lejos.
A solo un par de metros fuimos sujetados por aquellos mismos hombres, la mano de Dante soltó la mía mientras peleaba, pataleaba por soltarse, por llegar a mi, el hombre que se suponía que tenía que sujetarlo, estaba teniendo grandes dificultades para lograr su cometido, yo traté de hacer lo mismo, pero por supuesto, el hombre que me sujetaba por las muñecas era mucho más fuerte que yo, eso no detenía nuestros intentos.
Pero el arma sí lo hizo.
-¡Quieto! -Ordenó el hombre detrás de mí, Dante se detuvo de forma inmediata. - Mucho mejor.
Todavía, a pesar de los casi dieciséis años que han pasado desde ese entonces, todavía recuerdo el metal frío contra mi sien, el "clic" que hizo el arma cuando le quitó el seguro y los ojos llenos de ira, frustración y desesperación de Dante.
-¡Tómalos de una puta vez y vámonos! - Gritó el hombre que había permanecido en el coche, el chófer.
Ambos hombres nos empujaron de vuelta al vehículo. Recuerdo que estaba aterrada, pero por algún motivo era incapaz de hablar o llorar, como si la desesperación y el pánico me hubieran enjaulado muy dentro de mí. Recuerdo haber seguido las órdenes de Dante como un autómata. Cuando subimos al coche, recuerdo también, aferrarme a su mano como si mi vida dependiera de ello, probablemente lo hacía. Era muy joven, muy inmadura para saberlo.
Baltimore, Maryland.
Baltimore Memorial Hospital.
-¡¿Quién demonios crees que eres?! - Apreté la mandíbula y me obligué a bajar la mirada, me repetí una y mil veces. "Compórtate, compórtate, compórtate." - ¡¿Acaso ya te crees residente?! ¡Mamá no te puede ayudar aquí, Martini!
Eso había sido bajo... Pero que zorra.
Doctora William, Cirujana general, doctora de turno en urgencia, aquella noche. Siempre había sabido que no le agradaba, nunca entendí bien por qué, pero tenía una fijación maliciosa con mi madre, bueno, no era la única, ser interna de Cirugía de segundo año no era sencillo, la competencia era cruda, los cirujanos unos hijos de puta exigentes, crueles. Y como si fuera poco, cuando tu madre era la directora general de medicina, de la universidad de Jhons Hopkins. Entonces... Todo se iba al caño, estaba en un escrutinio constante, todos esperaban absoluta perfección de ti, de cada una de mis respuestas, de mis comportamientos.
En fin. Una verdadera mierda.
Levanté la mirada para fulminar a la cirujana, nunca había usado el título de mi madre a beneficio propio, pero aquella vez realmente me había hecho enojar, era la mejor estudiante, la que hacía más horas, tomaba los turnos que nadie quería, me esforzaba el maldito, doble. Si la posición de mi madre podía librarme de eso, entonces bien. Llevaba toda la semana asignada a la doctora Williams en urgencias, y había sido un completo infierno, la doctora no había hecho el mínimo intento en tratarme como nada más que una mísera lacra, me había hecho doblar los turnos y en aquel minuto, llevaba setenta y dos horas sin dormir.
Se me había ido la maldita resiliencia al carajo.
-¡¿Qué?!- Exigió ella cruzando los brazos sobre el pecho.
-La paciente está bien. La medicación asignada fue correcta. Sus signos vitales son esta...
-¡No tenias el puto derecho! -Volvió a gritar - ¡No eres más que una niñata engreída que juega a ser doctora!
-¡Al menos yo si hago mi puto trabajo! - Ella pestañeó pasmada, el piso quedó en silencio, no era extraño ver a un recidente reprender a gritos a sus internos, pero que uno de nosotros tenga los cojones, o la nula inteligencia, como para responderle, era inaudito, inaceptable.
-¿Qué dijiste? ...- Su rostro se volvió rojo de ira.
Aquel era el minuto que debía de haberme puesto a rogar. Pero de nuevo, reitero, llevaba setenta y dos horas sin dormir. Claramente, no estaba en mi momento más brillante.
-¡Si no fuera por mí, el paciente se muere!, ¡Si no fuera por mi eficiencia, usted tendría un maldito cadáver en vez de un chico de diecisiete años listo para cirugía! - Le grite extendiendo mis brazos, la gesticulación de mis manos era algo que casi había podido controlar tantos años lejos de mi tierra natal, casi, pero bueno, no existe italiano capaz de contener la gesticulación del todo, pero estando enojados, era... Antinatural. - ¡¿Dónde cojones estaba usted?! ¡Se supone que responda el maldito teléfono!
Ella estaba pasmada, sus manos temblaban de rabia, pero de alguna forma, no parecía creer que le estuviera contestando, lo comprendía, yo tampoco podía entender cómo se me había encendido la sangre.
-¡Lo que yo estuviera...! - No pensaba dejarla continuar.
-¡Me interesa un pepino con quién estaba doctora! ¡Solo pídale al doctor Hernández que no se la folle tan duro! ¡Las neuronas deben dejarle de funcionar, lo suficiente, si no es capaz de contestar el puto teléfono!
-¡Zorra! ¡Te voy a romper la cara!
-¡vieni qui!, ¡piccola puttana! - Grité lanzando al suelo la carpeta, el historial médico del paciente, ella se lanzó hacia delante, pero aunque estuve tan cerca... Tan cerca de romperle la maldita nariz de veinte centímetros... Un brazo me tomó por la cintura y me retiró hacia atrás, parte del personal médico hizo lo mismo con ella- ¡Lasciami andare! ¡Lasciami andare!
-¡Maldita zorra! ¡Te parto la cara! - Gritaba la otra desde el otro lado del pasillo.
-¡Chiara, es suficiente! -Gritó una ronca voz a mi espalda. Su grito hizo que todos se detuvieran, incluyéndome. Mierda. Los brazos del Jefe de Cirugía me soltaron cuando dejé de patalear. -Doctora William, vuelva a su turno, Doctora Martini, a mi oficina. Ahora.
El jefe del departamento de cirugía, James O'Neill, se dio media vuelta sin esperar respuesta.
-Merda santa. - dije en voz baja más para mí misma, suspiré frustrada y luego de comprometerme a mí misma que mantendría la compostura, lo seguí hasta su oficina, pasé junto a mis compañeros internos, todos me dieron una mirada de lástima y solo Kimy me hizo un gesto con las manos "Ánimo", deletrearon sus labios en voz baja.
Seguí por el pasillo en silencio, como si fuera un vil cerdo directo al matadero, así me sentía, joder. Casi podía ver la expresión dura de mamá sobre mí. Solo quedaban dos malditas horas para terminar el jodido turno, ¡Maldita sea Chiara! ¡Solo tenías que cerrar la puta boca!
Cuando llegué a la oficina de O'Neill, la puerta estaba levemente entreabierta, respiré profundamente tres veces antes de golpear mis nudillos suavemente contra la puerta.
-Pasa, Chiara. - Su voz ronca siempre me hacía sobresaltar levemente. Dándome ánimos a mí misma, obligue a cada uno de mis pies a adentrarse en la oficina del Jefe de cirugía- Cierra la puerta, por favor.
No quería, pero hice lo que me pidió, James estaba cerca de los cincuenta, pero como todo el personal femenino del hospital estaba de acuerdo, James O'Neill, era como el vino, de casi metro ochenta, tenía una estructura grande y elegante, de hombros anchos y sobre todo, era un santo. Viudo sin hijos, era el hombre ideal para cualquier mujer, lástima que aquella que parecía ser dueña de sus atenciones, fuera una maldita bruja.
-Doctor O' Neill, yo...- Bajé la mirada, ¡Joder!, respetaba a ese hombre, lo conocía desde que habíamos llegado a Baltimore, con solo nueve años.
-¿Cuándo entraste a turno, Chiara? - Me interrumpió él, levanté la cabeza y le miré, su tono, tajante pero... Conciliador. Definitivamente, no era lo que esperaba.
-¿Qué?
-¿Cuándo empezaste el turno?- Volvió a preguntar con aquella paciencia infinita que tanto le caracterizaba.
-Emm... No lo recuerdo...- Mentí- ayer, ¿Tal vez?
Una cosa era agarrarme con mi recidente a cargo, no estaba nada bien, era un actuar estúpido y suicida, pero a veces, inevitable. Pero otra cosa muy, muy distinta, era acusarla con el jefe de cirugía, aquello sería mi perdición, ningún recidente me querría en su servicio.
Sí, los cirujanos eran unos malditos explotadores, y si, la doctora Williams había sido la peor de todas, pero eso no significaría que echaría todo el esfuerzo, el trabajo de los último dos años a perder, acusándola con el jefe de cirugía.
-Chiara... -Suspiró y sacó de su cajón un registro impreso de mi asistencia.
-Merda ... - sentí mis hombros caer y miré aquel hombre que había sido una especie de santo para nosotras- Por favor James, déjalo pasar, estoy bien, te lo juro...
Él me miró con preocupación.
-No se trata solo de ti, y lo sabes, un doctor que no duerme lo suficiente pone en peligro a sus pacientes - reprendió firme pero con el mismo tono conciliador.
Suspiré, no podía contra aquel argumento, demasiado cierto. Había actuado irresponsable, debí negarme a la extensión del turno, pero...
-No lo volveré a permitir. - Le aseguré - te lo prometo, pero por favor, déjalo pasar, no le digas nada, sabes cómo es...
James apretó sus dientes y suspiró.
-No deberías trabajar tan duro, eres excepcional Chiara, no tienes nada que demostrar. - Dijo él y yo apreté las manos, odiaba que fuera capaz de ver a través de mí, ni siquiera mi madre podía. - Que no vuelva a suceder.
Exigió finalmente y yo le miré, agradecida.
-Lo prometo. Mi madre no te merece.- Dije en un profundo alivio.
Él suspiró y se quitó los anteojos.
-Por milésima vez, entre tu madre y yo solo hay una buena amistad. - Se quejó - Ahora vete a casa. Y no te quiero aquí hasta dentro de cuarenta y ocho horas. Duerme.
Cuando salí de la oficina de James, pensé que recuperaría el aliento, pero no fue así, caminé por el pasillo y cuando estaba por pasar fuera de la sala de descansos de los residentes, me detuve, aquellas palabras hicieron darme cuenta de que aquella presión, la misma que me impedía respirar, nunca cesaría.
-¿La viste? -Preguntó alguien.
-Es una zorra mimada, una vez que el doctor O'Neill se encargue de ella, será historia, ningún cirujano querrá tomarla bajo su servicio. - Dijo la que reconocí como Williams.
Pasé lo más rápido que pude por fuera de la habitación, estaba harta, adoraba la medicina, adoraba el quirofano, pero la presión de ser la hija de mi madre era algo...
Insoportable.
Me detuve cuando sentí que las piernas no me daría más, llevaba tres días corriendo de un lado para otro en el hospital. Apoyé ambas manos en la pared y me enfoqué en recuperar el aliento, solo en eso, por los próximos segundos, estaba tan cansada que estaba a punto de dormirme ahí mismo, de pie y en medio del pasillo del hospital.
Cuando sentí que podría dar un último aliento levanté la cabeza, no me había preocupado por las personas que pasaban detrás y comentaban, había sido objeto de rumores y comentarios desde que había entrado a la escuela de medicina. Ahora, había hecho un número impresionante con una de las cirujanas recidentes, sería un milagro que no hicieran comentarios al respecto. Mi mente continuó divagando en los posibles escenarios sociales de los próximos días en el hospital, cuando mi vista enfoco el mural en el que estaba apoyada, uno de anuncios, dónde los trabajadores y departamentos ponían sus avisos. Uno en particular llamo mi atención, o mejor dicho, una sola palabra.
"Abruzzo, L'Aquila"
Sin meditarlo, tomé el papel, sacándole de un tirón del alfiler que lo sostenía sobre el mural.
*
"Programa de intercambio para internos de segundo año.
¡Elige una de las siguientes ciudades para terminar los últimos dos años de tu internado!
¡Solo debes contar con dos cartas de recomendación, una de tu casa de estudios y otra de un doctor recidente, contar con un capital de $1000 USD y postular!
París, Francia
San Francisco, EEUU
Creta, Grecia
Río de Janeiro, Brasil
Roma, Italia
L'Aquila, Italia.
..."
*
No continúe leyendo el resto de los destinos, porque no me interesaban.
Volver a Italia, nunca lo había pensado... Mentira, en realidad, no me había atrevido a considerarlo, mamá nos había sacado de ahí, con el corazón roto, habíamos dejado atrás a Pappa...
Con los años descubrir que no era nuestro padre biológico fue una bofetada que Anna y yo tuvimos que simplemente aceptar, mamá nunca fue muy comunicativa sobre nuestra vida en Italia, había fotos de Pappa y los hombres de allá por toda la casa, pero ella no decía palabra alguna, sabíamos que todavía hablaba con Pappa. Él nos enviaba regalos, dinero y flores en cada cumpleaños y eventos importantes. Mamá decía que le gustaba recibir nuestras cartas, pero él jamás las respondía, y en algún momento de nuestra adolescencia, nos cansamos de intentar.
Él no era nuestro padre, probablemente solo nos quería porque amaba a mamá, jamás nos había llamado, mucho menos nos había visitado, solo enviaba regalos y nuestras cartas, probablemente terminaron en algún basurero.
Luego Ana, entró al "Walnut Hill School for the Arts" para el programa avanzado de ballet, mi hermana había nacido para ello, desde que Pappa nos había llevado al ballet en Roma, solo teníamos seis años, pero para Anna fue como si encontrara lo que realmente amaba. Mamá siempre la alentó y le permitió bailar en distintas academias complementarias a la escuela, pero con solo catorce años, todas sabíamos que para ella, no había nada más.
A los diecisiete, entraba al Ballet Bolshói, en Moscú, mamá estuvo a punto de negarle la entrada, Anna seguía siendo una niña, impresionantemente talentosa, pero una niña al fin y al cabo. Luego, un día, de la nada, simplemente le dijo que sí, que podía ir. Había sido más que sospechoso, pero ninguna de las dos iba a cuestionar la repentina suerte para mi hermana.
Hoy a los veinticinco, Anna era considerada una "Prima Ballerina", estaba orgullosa de ella, siendo mellizas, éramos mucho más que hermanas, era mi mejor amiga, y sus éxitos me enorgullecían cómo propios, pero confieso que también le tengo un poco de envidia, Anna siempre ha sabido lo que quiere y ahora, lo tiene. Yo sigo estancada a medio camino, tratando de lograr mis metas sin ser humillada en el camino.
Aún no sabía bien por qué quería irme, tal vez necesitaba un break de tanta presión, o simplemente necesitaba llegar a un lugar donde se me valorara por mi profesionalismo, no por lo que se espera del linaje de mi madre. Fuera cual fuera la razón, quería... No, necesitaba irme.
Doble el trozo de papel en mi pantalón y me marché en busca de mis cosas, necesitaba llegar a casa cuanto antes, tenía absolutamente claro a quien le pediría las cartas de recomendaciones, por supuesto, a mi madre no. Emocionada por la decisión que acababa de tomar, hice las llamadas correspondientes de camino a casa en el asiento del taxi. Cuando llegué, mamá no estaba, por supuesto, una parte de mí se alivió, tenía que hablar con ella, y estaba casi segura que mi repentina decisión, no iba a gustarle. Nada más entrar en mi habitación, encendí mi laptop, no fue sencillo llegar hasta ella, llevaba tres días sin estar en casa y mi habitación era un asco, tenía ropa por todo el suelo, libros y fotocopias apiladas en torres por todas partes, mi cama no tenía un aspecto mejor, joder... Me prometí que después de dormir, me encargaría de ella.
Hice la postulación a través del sitio web que apareció en el pequeño anuncio de papel, luego me fui a la ducha, y una hora Después, cuando ya había comido, me llegó un correo de confirmación por parte de la encargada estudiantil, casi al mismo minuto, recibí las cartas de recomendación de mis dos profesores elegidos. Las adjunté y envié el comprobante de mi cuenta bancaria.
Los internos no recibíamos el mejor sueldo del universo, de hecho era bastante patético, pero yo no tenía mayores necesidades, tampoco tenía tiempo para salir con amigos y gastar, por ende, en los dos últimos años, había ahorrado casi todo mi sueldo.
Luego de enviar todo lo solicitado por la encargada estudiantil, me metí a la cama y como si mi batería interna se hubiera agotado, me dormí antes de que mi cabeza presionara con la almohada.