Carmen, una talentosa bailaora de flamenco, sueña con un tablao propio, "El Quejío". Pero la realidad, llena de deudas y un estudio en riesgo, amenaza con apagar su pasión.
Una propuesta audaz de Doña Elvira lo cambia todo: Carmen debe ser la "madrastra malvada" de sus nietos mimados, Mateo y Sofía. El objetivo: hacer que la odien profundamente, asegurando que acepten a la futura prometida de su padre, a cambio del capital para el tablao de sus sueños.
Carmen acepta el papel con brutalidad, imponiendo estrictas lecciones y despojándolos de sus privilegios. Espera odio. Pero, para su asombro, los niños se transforman. Endurecen su carácter, se vuelven auténticos Rivera y, lo impensable, empiezan a defenderla. Su plan de ser odiada se resquebraja.
La confusión la invade: ¿cómo puede ser aborrecida cuando sus métodos forjan su carácter? Ricardo, el padre, y su prometida Isabel regresan pronto. Carmen se atormenta: ¿habrá arruinado su sueño al ser "demasiado efectiva" forjando el carácter de los niños?
El día de la verdad, Ricardo e Isabel llegan esperando sumisión. Carmen, en un acto final, simula un robo. Pero cuando Ricardo la despide, Mateo y Sofía, con lealtad inesperada, se interponen, gritando "¡mamá!" y revelando audazmente un secreto familiar. Carmen se marcha, con el cheque para su tablao, y el amor incondicional de unos niños, ahora, invencibles.
Doña Elvira me citó en la sacristía de una iglesia olvidada en el barrio de Santa Cruz. El aire olía a incienso viejo y a piedra húmeda. Ella, sentada en una silla de madera oscura, parecía una reina en el exilio, vestida de un luto riguroso que no era por nadie en particular, sino por un estilo de vida que se desvanecía.
"Carmen," dijo, su voz era seca como la tierra de agosto. "Conozco tu situación. El alquiler del estudio, las deudas. Y conozco tu arte. Tienes fuego, pero el fuego necesita leña para arder."
Asentí, sin decir nada. Mi orgullo era lo único que me quedaba, y se estaba haciendo pesado.
"Mi hijo, Ricardo, se va de gira a América. Seis meses, quizás un año. Deja atrás a sus dos hijos en la finca."
Hizo una pausa, sus ojos negros y pequeños me estudiaban sin parpadear.
"Son unos niños blandos, gordos y malcriados. Viven rodeados de sirvientes que les ríen todas las gracias. No saben lo que es el esfuerzo. No saben nada de lo que significa ser un Rivera."
Sacó un sobre grueso de su bolso de piel.
"Quiero que te mudes a la finca. Serás su institutriz. Su carcelera. Su madrastra malvada."
La miré, confundida.
"Ricardo va a volver con una mujer," continuó, la palabra 'mujer' cargada de desprecio. "Una galerista de Madrid. Fina, fría, moderna. Isabel. Mis nietos la odiarán por instinto. Pero si te odian a ti primero, con todas sus fuerzas, la recibirán a ella como a una salvadora. La aceptarán. Y la fortuna de los Rivera quedará asegurada."
Abrió el sobre. Dentro había un fajo de billetes y un contrato.
"Esta es la primera parte. El resto, cuando te despidan. Suficiente para comprar el mejor local de Triana y montar el tablao con el que sueñas. Tu única misión es convertir a esos niños en personas de carácter y, lo más importante, que te aborrezcan hasta el día en que te marches."
Tomé el sobre. El peso del dinero era real. Miré las fotos que me tendió. Mateo y Sofía, dos caras redondas y sonrientes, con ropa cara y miradas vacías.
"Unos niños mimados," pensé. "Será fácil."
"Acepto," dije.
Mi sueño valía un poco de teatro.
La finca "La Valiente" era un mar de olivos y tierra roja bajo el sol andaluz. La casa principal, blanca y enorme, me recibió con el silencio de los lugares donde el dinero lo limpia todo, hasta el alma.
Mateo y Sofía me esperaban en el salón, flanqueados por una criada que les abanicaba.
"Tú eres la nueva," dijo Mateo, que no tendría más de diez años. Su tripa se salía por debajo de una camisa de marca.
"Me llamo Carmen," respondí, dejando mi maleta en el suelo de mármol.
"No nos importa cómo te llames," soltó Sofía, la pequeña, mientras hundía los dedos en un Bollycao. "Solo queremos que no nos molestes."
Sonreí. Una sonrisa lenta y afilada que no llegó a mis ojos.
"Eso va a cambiar," dije.
Mi primer acto de "maldad" fue en la cocina. Era más grande que todo mi piso. Abrí la despensa, un paraíso de galletas, chocolates, refrescos y dulces procesados.
Cogí una bolsa de basura grande, negra.
"¿Qué haces?" gritó Sofía, al verme empezar a vaciar las estanterías.
"Limpieza," declaré.
Los paquetes de colores volaban dentro de la bolsa. Los niños chillaban como si estuviera matando a sus mascotas.
"¡Estás loca! ¡Se lo diré a papá!" amenazó Mateo, con el móvil en la mano.
"Llámalo," le animé, tirando una caja de cereales azucarados. "Dile que su futura madrastra os va a poner a dieta. A ver qué le parece."
Cuando terminé, la despensa estaba casi vacía. En la mesa coloqué mis armas: un jamón serrano entero, un queso manchego curado, una cesta de fruta fresca y un saco de lentejas.
"A partir de hoy, esta es vuestra comida," anuncié. "Y os lo comeréis todo. O no habrá cena."
Los dos me miraron con un odio puro y perfecto.
"Misión cumplida por hoy," pensé. "Esto es incluso divertido."