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Cuando Serpiente se Convierte En Compañero

Cuando Serpiente se Convierte En Compañero

Autor: : Faye Wren
Género: Fantasía
El aire denso y viciado del dormitorio universitario era el familiar aroma de mi lucha, de mis libros de anatomía y del café frío, todo por un futuro mejor para mi hermana Lucía. De repente, la puerta se abrió de golpe, revelando a Elena con una caja que se movía y una sonrisa maliciosa. Dentro de la caja, una serpiente de cascabel me heló la sangre; supe de inmediato que era un peligro mortal y una clara violación de las normas de la residencia. Mi grito de pánico resonó, pero a Elena solo le causó gracia, mientras la serpiente me miraba con una inteligencia perturbadora, como si ya entendiera mi miedo y mi rechazo. Los días se volvieron una tortura psicológica: la serpiente me acechaba, la encontré en mis tenis, en mi almohada, y Elena se burlaba diciendo: "Parece que le gustas" . Pero yo sabía que no era afecto, era una amenaza calculada, una guerra silenciosa que culminó cuando la serpiente mordió la mano de mi hermanita Lucía, dejando sus pequeños dedos colgando. La furia me cegó, tomé una lámpara para acabar con esa criatura infernal, pero Elena, preocupada solo por su "mascota" , se interpuso, permitiendo que la serpiente escapara mientras yo corría con Lucía al hospital. Perdí cuatro años en un limbo de culpa y dolor, mi hermana perdió sus dedos, y aunque me gradué con honores, mi alma estaba rota. Al regresar a casa, encontré a mi familia masacrada, no por ladrones, sino por docenas de serpientes de cascabel, y en el centro, la criatura original, mirándome con sus ojos vengativos antes de que todo se disolviera en una oscuridad mortal. Y entonces, desperté en mi cama del dormitorio, el sol en la ventana, el olor a café frío... y la voz de Elena que decía: "¡No vas a creer lo que me encontré, Sofi!" Era el mismo día, la misma pesadilla comenzando de nuevo, pero esta vez, el pánico fue reemplazado por una calma gélida y una certeza absoluta: las cosas serían radicalmente diferentes.

Introducción

El aire denso y viciado del dormitorio universitario era el familiar aroma de mi lucha, de mis libros de anatomía y del café frío, todo por un futuro mejor para mi hermana Lucía.

De repente, la puerta se abrió de golpe, revelando a Elena con una caja que se movía y una sonrisa maliciosa.

Dentro de la caja, una serpiente de cascabel me heló la sangre; supe de inmediato que era un peligro mortal y una clara violación de las normas de la residencia.

Mi grito de pánico resonó, pero a Elena solo le causó gracia, mientras la serpiente me miraba con una inteligencia perturbadora, como si ya entendiera mi miedo y mi rechazo.

Los días se volvieron una tortura psicológica: la serpiente me acechaba, la encontré en mis tenis, en mi almohada, y Elena se burlaba diciendo: "Parece que le gustas" .

Pero yo sabía que no era afecto, era una amenaza calculada, una guerra silenciosa que culminó cuando la serpiente mordió la mano de mi hermanita Lucía, dejando sus pequeños dedos colgando.

La furia me cegó, tomé una lámpara para acabar con esa criatura infernal, pero Elena, preocupada solo por su "mascota" , se interpuso, permitiendo que la serpiente escapara mientras yo corría con Lucía al hospital.

Perdí cuatro años en un limbo de culpa y dolor, mi hermana perdió sus dedos, y aunque me gradué con honores, mi alma estaba rota.

Al regresar a casa, encontré a mi familia masacrada, no por ladrones, sino por docenas de serpientes de cascabel, y en el centro, la criatura original, mirándome con sus ojos vengativos antes de que todo se disolviera en una oscuridad mortal.

Y entonces, desperté en mi cama del dormitorio, el sol en la ventana, el olor a café frío... y la voz de Elena que decía: "¡No vas a creer lo que me encontré, Sofi!"

Era el mismo día, la misma pesadilla comenzando de nuevo, pero esta vez, el pánico fue reemplazado por una calma gélida y una certeza absoluta: las cosas serían radicalmente diferentes.

Capítulo 1

El aire del pequeño cuarto de la residencia universitaria se sentía pesado y viciado, olía a los libros de texto apilados y al café frío de la mañana, un olor que para Sofía significaba seguridad y rutina, el aroma de su lucha diaria por un futuro mejor, un futuro para ella y para su hermana menor, a quien adoraba más que a nada en el mundo. Sofía repasaba sus apuntes de anatomía, con la foto de su familia pegada en la pared frente a ella, un recordatorio constante de por qué se esforzaba tanto, de por qué soportaba compartir un espacio tan reducido con alguien como Elena.

La puerta se abrió de golpe, rompiendo la concentración de Sofía.

Elena entró con una sonrisa torcida y una caja de cartón en los brazos, una caja que se movía.

"¡No vas a creer lo que me encontré, Sofi!"

La voz de Elena era melosa, pero tenía un filo que Sofía conocía muy bien, era el tono que usaba justo antes de hacer algo para molestarla. Sofía levantó la vista de sus libros, con el ceño fruncido.

"¿Qué es eso, Elena? Sabes que no se permiten mascotas aquí, lo dice el reglamento bien claro."

Elena dejó la caja sobre su propia cama deshecha con un gesto teatral.

"Relájate, no es un perrito, es algo mucho más... exótico."

Abrió la caja y Sofía sintió que se le helaba la sangre en las venas, un pánico frío y paralizante le subió por la espalda. Dentro, enroscada sobre un puñado de hojas secas, había una serpiente de cascabel, su piel con patrones de diamantes brillaba bajo la luz amarillenta del foco, y el cascabel de su cola se agitó levemente, produciendo un sonido seco y amenazador.

"¡Estás loca! ¡Saca eso de aquí ahora mismo!" gritó Sofía, poniéndose de pie de un salto, su silla raspó ruidosamente contra el suelo.

El pánico en su voz era genuino, un miedo profundo que la acompañaba desde niña, pero a Elena solo le causó más gracia.

"Ay, no seas tan dramática, la encontré cerca del arroyo, estaba solita y asustada, no voy a dejarla ahí."

"Elena, eso es un animal salvaje, ¡es venenoso! ¿Qué no entiendes? ¡Nos pueden expulsar por esto! ¡Sácala!"

Sofía insistió, su voz temblaba, pero intentaba mantener la compostura, apelar a la lógica, a la razón. Pero la razón no existía en el mundo de Elena, solo su propio capricho.

Fue entonces cuando ocurrió algo extraño, la serpiente, que había permanecido inmóvil, levantó la cabeza y fijó sus ojos sin párpados directamente en Sofía, no era la mirada vacía de un reptil, se sentía diferente, inteligente, casi evaluadora. Sofía sintió un escalofrío recorrerla, como si la criatura hubiera entendido cada una de sus palabras de rechazo, como si hubiera registrado su miedo y su hostilidad. Y en esa mirada, Sofía vio una promesa silenciosa de rencor.

Los días siguientes se convirtieron en una tortura psicológica. Sofía vivía en un estado de alerta constante, la serpiente parecía tener una extraña obsesión con ella. Una mañana, la encontró enroscada dentro de uno de sus tenis, por poco no metió el pie. Otra noche, al volver de la biblioteca, la descubrió sobre su almohada, con el cascabel vibrando suavemente en una advertencia silenciosa. Cada vez, Sofía gritaba y Elena acudía, riéndose, diciendo que solo era curiosidad animal.

"Parece que le gustas," decía Elena con una sonrisa maliciosa.

Pero Sofía sabía que no era gusto, era una amenaza, un acoso deliberado. La serpiente la seguía con la mirada por el cuarto, su lengua bífida saliendo y entrando, probando el aire, como si la estuviera estudiando, memorizando su olor, esperando el momento oportuno.

La situación llegó a su punto más terrible un sábado por la tarde. Su hermana menor, Lucía, una niña de ocho años con ojos grandes y curiosos, había venido de visita. Estaban sentadas en el suelo, jugando con unas muñecas, riendo. Sofía, por un momento, se olvidó de la amenaza que vivía en la otra mitad del cuarto, se permitió relajarse, ser feliz.

Elena no estaba, había salido con sus amigos. La serpiente, se suponía, estaba segura en su caja.

Lucía extendió su manita para alcanzar una muñeca que había rodado debajo de la cama de Elena, y de la nada, un silbido agudo cortó el aire. La serpiente se lanzó desde la oscuridad con una velocidad aterradora, sus colmillos se clavaron en la mano de la niña.

El grito de Lucía fue un sonido que destrozó el alma de Sofía, un grito de dolor y sorpresa. Sofía reaccionó por instinto, agarró a su hermana y la jaló hacia atrás, viendo con horror cómo la serpiente se aferraba a su mano antes de soltarse y deslizarse de nuevo bajo la cama. La mano de Lucía estaba cubierta de sangre, y dos de sus pequeños dedos, el índice y el medio, colgaban de una manera antinatural, casi desprendidos.

La ira, una furia pura y cegadora, reemplazó el pánico de Sofía, era una rabia tan intensa que quemaba, borrando todo pensamiento racional. Tomó la lámpara de metal de su escritorio, un objeto pesado y sólido, y se abalanzó hacia la cama de Elena, dispuesta a hacer pedazos a esa criatura del infierno.

Justo cuando levantaba la lámpara para descargar el golpe, la puerta se abrió. Era Elena, que al ver la escena, en lugar de horrorizarse por la niña herida, gritó:

"¡No! ¡Sofía, déjala en paz! ¡Es mi mascota!"

Elena se interpuso entre Sofía y la cama, deteniendo su brazo con una fuerza sorprendente. En esa fracción de segundo de forcejeo, la serpiente aprovechó para escabullirse por un pequeño hueco en la pared, desapareciendo.

El mundo de Sofía se derrumbó. Dejó caer la lámpara, el sonido metálico resonó en el silencio cargado de tensión, y corrió con su hermana en brazos hacia el hospital, dejando atrás a una Elena que solo se preocupaba por su monstruo fugitivo.

Los cuatro años siguientes fueron un borrón de culpa y dolor. Lucía perdió sus dos dedos, la cicatriz en su mano era un recordatorio diario de la malicia de Elena y la cobardía de Sofía por no haber actuado antes. Sofía se graduó, con honores, pero sin alegría. La lucha por su futuro se sentía vacía.

El día que regresó a la casa de sus padres, con su título en la mano, encontró la puerta principal entreabierta, un silencio antinatural envolvía el lugar. Entró con un mal presentimiento que le oprimía el pecho.

Lo que vio la destrozó para siempre.

El interior de la casa era una escena de una masacre, muebles volcados, objetos rotos, y un olor metálico y dulce a sangre. En la sala, encontró los cuerpos de sus padres, y en su cuarto, el pequeño cuerpo de Lucía. No había sido un robo, no había sido un ataque humano. Por todas partes, sobre los cuerpos, bajo los muebles, en las esquinas, había serpientes, docenas de serpientes de cascabel, de todos los tamaños.

Y en el centro de la habitación, más grande y gruesa de lo que Sofía recordaba, estaba ella, la serpiente original, sus ojos brillaban con la misma inteligencia vengativa. El cascabel de su cola sonaba ahora con una furia triunfante. La serpiente y su descendencia la habían estado esperando.

Antes de que las fauces de la criatura se cerraran sobre ella, antes de que el veneno la consumiera, el mundo se disolvió en una oscuridad absoluta.

Y entonces, despertó.

Estaba en su cama del dormitorio, el sol entraba por la ventana, el olor a café frío y libros la envolvía. Escuchó el sonido de la puerta abriéndose.

"¡No vas a creer lo que me encontré, Sofi!"

Era la voz de Elena, era el mismo día, la misma hora. El comienzo de la pesadilla.

Pero esta vez, Sofía no sintió pánico, no sintió miedo. Sintió un frío glacial, una calma aterradora.

Había vuelto. Y esta vez, las cosas serían muy, muy diferentes.

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Capítulo 2

El eco de la voz de Elena resonó en el cuarto, una repetición exacta del momento que había dado inicio a su infierno personal, Sofía sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, pero no era el temblor del pánico como la primera vez, era el recuerdo visceral del veneno, del grito de su hermana, de la sangre en el suelo de su casa. Su piel recordaba el terror, sus oídos aún escuchaban los gritos silenciosos de su familia.

Estaba de vuelta, atrapada en el mismo punto de partida, pero ahora cargaba con el peso de un futuro que solo ella conocía, un futuro de aniquilación y dolor.

Elena, ajena a la tormenta que se desataba dentro de Sofía, entró con la misma sonrisa petulante y la caja de cartón en sus manos, la movía con un cuidado fingido, como si llevara un tesoro.

"Mira, Sofi, te va a encantar," dijo, su tono lleno de una anticipación maliciosa, esperando la reacción de miedo y asco que tanto disfrutaba provocar en Sofía.

Dejó la caja en su cama y la abrió, revelando a la serpiente de cascabel enroscada. La criatura levantó la cabeza, su cascabel vibró suavemente, un sonido que para Sofía era el preludio de la muerte. La primera vez, ese sonido la había paralizado, esta vez, la ancló en la realidad, solidificó su resolución.

Sofía se obligó a relajar los músculos, a controlar la respiración, a borrar de su rostro cualquier rastro de la tormenta interior. Recordó cada detalle de lo que estaba por venir, cada intento fallido de razonar con Elena, cada súplica a las autoridades de la residencia que fue ignorada. Sabía que el camino de la víctima, el de la razón y las reglas, solo llevaba a la tumba de su familia.

Así que hizo lo inesperado.

Se levantó de su silla, no con un salto de pánico, sino con un movimiento lento y deliberado, y se acercó a la cama de Elena. Una sonrisa se dibujó en sus labios, una sonrisa que no llegaba a sus ojos, que permanecían fríos como el hielo.

"Vaya, Elena," dijo Sofía, su voz era suave, casi un susurro. "Es... interesante."

La reacción de Elena fue de pura confusión, su sonrisa vaciló, su plan de atormentar a Sofía se había topado con una pared, esperaba gritos, llanto, ruegos, no esta extraña y serena curiosidad.

"¿Te gusta?" preguntó Elena, sin poder ocultar un matiz de decepción en su voz.

"Nunca he visto una tan de cerca," continuó Sofía, manteniendo su mirada fija en la serpiente. "¿Dónde la encontraste?"

Sofía estaba jugando un nuevo juego, uno cuyas reglas ella misma escribiría. Recordó con una claridad dolorosa cómo la primera vez había intentado de todo, había hablado con la encargada de la residencia, quien minimizó el problema diciendo que eran "cosas de chicas", había intentado razonar con Elena, quien se burlaba de su "cobardía", había intentado advertir a los demás residentes, quienes no querían meterse en problemas con la familia adinerada de Elena.

Cada puerta se había cerrado en su cara, cada intento solo había servido para que Elena se sintiera más poderosa y para que la serpiente la marcara aún más como su enemiga. Recordó la forma en que la serpiente reaccionaba a sus palabras, a su miedo. La criatura no solo era inteligente, era sensible a las emociones, a las intenciones. Elena, en su superficialidad, la usaba como un simple objeto para asustar, pero no entendía el verdadero poder que tenía en sus manos.

Elena, por su parte, observaba a Sofía con una mezcla de desconcierto e irritación, la reacción de Sofía le había robado toda la diversión.

"Por el arroyo, te dije," respondió secamente. "Pensé que te daría un infarto, pero parece que finalmente te está creciendo algo de carácter."

Sofía ignoró la pulla, su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa, analizando las variables, trazando un nuevo camino. En la primera vida, la serpiente la odiaba a ella porque Sofía la rechazaba, Elena era simplemente la dueña indiferente. Esta vez, Sofía tenía que cambiar esa dinámica fundamental. Tenía que hacer que la serpiente viera a Elena no como su cuidadora, sino como su carcelera.

Se inclinó un poco más sobre la caja, su mirada nunca dejó a la serpiente.

"Hay que tener cuidado con ella," dijo Sofía, su voz ahora teñida de una falsa preocupación. "Se ve frágil. ¿Sabes qué come? ¿Necesita algo especial?"

Elena se encogió de hombros, perdiendo el interés.

"No sé, supongo que ratones o algo así, ya veré después."

En esa frase, Sofía vio su oportunidad. La negligencia de Elena sería su principal arma.

Sofía se enderezó y volvió a su escritorio, su corazón latía con una fuerza brutal, una mezcla de terror y una extraña euforia. Se sentó y fingió volver a sus apuntes, pero las palabras en la página no tenían sentido.

No volveré a fallar, se juró a sí misma. No volveré a suplicar, no volveré a ser la víctima.

Miró de reojo a Elena, que ya estaba absorta en su teléfono, ignorando a la criatura en la caja. Luego miró a la serpiente, que todavía la observaba.

Tú y yo tenemos una cuenta pendiente, pensó Sofía, dirigiéndose al reptil. Pero esta vez, no seré yo quien pague el precio. Protegeré a mi familia, y me aseguraré de que tú y tu dueña obtengan exactamente lo que se merecen.

La segunda oportunidad no era un regalo, era un campo de batalla. Y Sofía, armada con el conocimiento del futuro, estaba lista para luchar.

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