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Cuando el Amor es una Prisión

Cuando el Amor es una Prisión

Autor: : Qiang Wei Wei
Género: Romance
Para salvar el viñedo de mi familia, serví durante nueve años en un matrimonio sin amor con Scarlett Castillo, la CEO de la bodega. En nuestro noveno aniversario, Scarlett humilló públicamente al anunciar que estaba embarazada del hijo de su asistente, Patrick, y que yo debía cederle mi habitación y prepararle la comida. Después, exigió que donara el sacacorchos de mi abuelo, mi último lazo con mi pasado, a Patrick; cuando este lo dejó caer accidentalmente, Scarlett me obligó a disculparme de rodillas. Intenté huir, pero sus guardias me arrastraron de regreso a la finca. Patrick sufrió un ataque de pánico y, para mi horror y la absoluta indiferencia de Scarlett, fui forzado a donar mi sangre, mi rara sangre AB negativo, a pesar de mi débil corazón, dejándome al borde del colapso. ¿Cómo iba a pagar este acto de crueldad extrema una mujer que solo me veía como una herramienta? Lo que no sabía Scarlett es que, al dejarme morir, ella había firmado su propia sentencia. Mi escape de esa prisión de humillación marcó el inicio de su caída.

Introducción

Para salvar el viñedo de mi familia, serví durante nueve años en un matrimonio sin amor con Scarlett Castillo, la CEO de la bodega.

En nuestro noveno aniversario, Scarlett humilló públicamente al anunciar que estaba embarazada del hijo de su asistente, Patrick, y que yo debía cederle mi habitación y prepararle la comida.

Después, exigió que donara el sacacorchos de mi abuelo, mi último lazo con mi pasado, a Patrick; cuando este lo dejó caer accidentalmente, Scarlett me obligó a disculparme de rodillas.

Intenté huir, pero sus guardias me arrastraron de regreso a la finca.

Patrick sufrió un ataque de pánico y, para mi horror y la absoluta indiferencia de Scarlett, fui forzado a donar mi sangre, mi rara sangre AB negativo, a pesar de mi débil corazón, dejándome al borde del colapso.

¿Cómo iba a pagar este acto de crueldad extrema una mujer que solo me veía como una herramienta?

Lo que no sabía Scarlett es que, al dejarme morir, ella había firmado su propia sentencia.

Mi escape de esa prisión de humillación marcó el inicio de su caída.

Capítulo 1

La música llenaba el aire de la finca en Mendoza, pero para mí era solo un ruido sordo. Sostenía una copa de vino, un Malbec que yo mismo había creado, pero no sentía su sabor. Era el noveno aniversario de mi matrimonio con Scarlett Castillo, la CEO de la bodega donde yo no era más que una sombra.

Nueve años. Nueve años de servicio a cambio de salvar la pequeña viña de mi familia. Nueve años de humillaciones silenciosas.

Scarlett subió a un pequeño escenario, radiante con su vestido de diseñador. Patrick, su asistente personal, estaba a su lado, sonriéndole con una devoción que me revolvía el estómago.

"Gracias a todos por venir," dijo Scarlett, su voz resonando con autoridad. "Hoy no solo celebramos nuestro aniversario, sino también un nuevo comienzo."

Los invitados aplaudieron. Yo me quedé quieto, sintiendo un frío familiar en el pecho.

"Tengo una noticia maravillosa," continuó, acariciando su vientre plano. "Estoy embarazada."

Hubo más aplausos, vítores. Miré su vientre. Sabía que ese hijo no era mío. Llevábamos años sin compartir la cama.

"Y como Patrick va a ser una parte tan importante en la vida de nuestro bebé," dijo, mirando a su asistente con una ternura que nunca me dedicó a mí, "se mudará a la casa principal con nosotros."

El silencio cayó sobre los invitados por un segundo, luego fue reemplazado por murmullos. La humillación era pública, deliberada.

"Máximo," me llamó. Su voz era fría, como si se dirigiera a un sirviente. "Ya que Patrick se muda, necesitarás desocupar tu habitación. Te quedarás en el cuarto de servicio. Y a partir de mañana, quiero que le prepares a Patrick sus platos favoritos. Él necesita cuidarse."

Sentí las miradas de todos sobre mí. El abuelo de Scarlett, el único que me mostraba respeto, frunció el ceño desde su silla, pero no dijo nada.

"Ah, y una cosa más," añadió Scarlett, como si acabara de recordarlo. "Ese sacacorchos de plata que tanto te gusta, el de tu abuelo. Dáselo a Patrick. Él lo apreciará más."

Ese sacacorchos era lo único que me quedaba de mi abuelo, el hombre que me enseñó todo sobre el vino. Era mi último lazo con mi herencia, con quien yo era antes de ella.

Me acerqué lentamente. Saqué el sacacorchos de mi bolsillo. Mis manos temblaban ligeramente. Se lo ofrecí a Patrick, que lo tomó con una sonrisa triunfante.

Pero sus dedos torpes lo dejaron caer. El sacacorchos golpeó el suelo de mármol y rebotó, la punta afilada rasguñando el zapato de cuero italiano de Patrick y rozando su tobillo.

"¡Ay!" gritó él, más por sorpresa que por dolor.

Scarlett se giró hacia mí, su rostro una máscara de furia.

"¿Ves lo que has hecho? ¡Pídele perdón! ¡Arrodíllate y pídele perdón ahora mismo!"

La multitud observaba, algunos con morbo, otros con lástima. Sentí el peso de nueve años de humillación aplastándome. Pero esta vez, algo era diferente. Ya había tomado mi decisión.

Me arrodillé. Miré a Patrick a los ojos.

"Lo siento mucho," dije, mi voz vacía de emoción. "Espero que tú y el bebé estén bien."

Me levanté y me di la vuelta, sin mirar a Scarlett. Caminé hacia la salida, escuchando las risas y los comentarios a mi espalda.

"Apuesto mil dólares a que vuelve arrastrándose en menos de una hora," dijo uno de los amigos de Scarlett.

"Yo apuesto cinco mil a que no dura ni la noche," respondió otro.

No me detuve. Crucé las puertas de la finca y salí a la noche fresca de Mendoza. Un lujoso Audi negro, con las luces encendidas, me esperaba al final del camino de grava. La puerta trasera se abrió.

Era el coche de Leonor. Mi libertad.

Capítulo 2

Justo cuando mi mano tocó la manija fría del coche de Leonor, dos guardias de seguridad de la finca me agarraron por los brazos. Eran hombres grandes, sus agarres como grilletes de acero.

"La señora Castillo quiere verlo," dijo uno de ellos, su voz sin emociones.

Me arrastraron de vuelta a la casa, ignorando mis protestas. El lujo y la celebración se habían transformado en un caos tenso. Patrick estaba en un sofá, pálido y sudoroso, con un médico a su lado.

"Es un ataque de pánico," decía el médico. "Pero su presión arterial es peligrosamente baja. Sufre de anemia severa, necesita una transfusión urgente."

Scarlett se paseaba nerviosa. "¿Y qué? ¡Llévenlo al hospital!"

"El hospital más cercano está a una hora," respondió el médico. "Y no tenemos su tipo de sangre en el stock de la clínica local. Es AB negativo, muy raro."

Un silencio pesado llenó la habitación. Scarlett me miró, y sus ojos se iluminaron con una idea terrible.

"Él," dijo, señalándome. "Máximo es AB negativo."

El médico me miró. "¿Es cierto?"

Asentí en silencio. Era una cruel coincidencia del destino.

"Perfecto," dijo Scarlett. "Sácale la sangre que Patrick necesite."

"Señora Castillo," intervino el médico, su tono volviéndose serio. "No puedo hacer eso sin el consentimiento del señor Sullivan. Además, he revisado su historial. El señor Sullivan tiene una condición cardíaca leve. Donar una gran cantidad de sangre podría ser muy peligroso para él."

Scarlett se rio, un sonido feo y sin humor.

"¿Peligroso? Su vida entera ha sido un peligro para mi paciencia. Es mi esposo, su cuerpo me pertenece. ¡Hazlo ahora, o te despediré y me aseguraré de que nunca más trabajes en Mendoza!"

Me empujaron a una silla. El médico, con las manos temblorosas, preparó la aguja. Me miró con lástima.

"Lo siento," susurró.

No me resistí. ¿Qué sentido tenía? Estaba atrapado. La aguja se hundió en mi brazo. Vi mi sangre, mi vida, fluir a través de un tubo hacia una bolsa que salvaría al amante de mi esposa.

Sentí un mareo, el mundo empezó a girar. El rostro preocupado del médico era lo último que veía con claridad.

"Ya es suficiente," dijo el médico. "Ha donado 450 mililitros. Más sería fatal."

"¿Es suficiente para Patrick?" preguntó Scarlett, sin siquiera mirarme.

"Por ahora, sí. Lo estabilizará."

"Bien."

Sentí que me desvanecía. Mi corazón latía de forma errática. Scarlett se acercó, no a mí, sino al médico.

"Asegúrate de que Patrick esté cómodo. Yo me quedaré con él."

Me dejó allí, desplomado en la silla, al borde del colapso. Mi visión se volvió negra mientras escuchaba su voz tranquilizando a Patrick, demostrando una total y absoluta indiferencia por mi vida.

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