El olor a antiséptico y el pitido monótono de una máquina llenaron mis sentidos.
La última imagen que recordaba era el apartamento de mis padres en llamas, un fuego que la policía llamó un "accidente".
Pero yo sabía la verdad.
Fue un asesinato, igual que habían asesinado mi carrera y mi futuro.
Me acusaron de usar drogas en la final nacional de baile.
Esa acusación me despojó de mi título, me consiguió una prohibición de por vida y me convirtió en la vergüenza de México.
La noticia del "accidente" de mis padres fue el golpe final.
Mi corazón, simplemente, se rindió.
Pero ahora, me había despertado en una habitación de hotel junto a Sasha, mi mejor amiga, justo antes de que mi pesadilla comenzara.
En mi vida anterior, Sasha y mi novio Máximo orquestaron mi caída.
Un "accidente", un rumor, una jeringa plantada... Mi reputación fue destrozada.
Fui señalada, mis padres humillados, mi carrera aniquilada.
La injusticia me carcomía.
¿Cómo pudieron mis seres más cercanos traicionarme de forma tan cruel?
¿Y por qué el destino empeñado en repetir mi tragedia, incluso después de mi "renacimiento"?
Esta vez no voy a caer.
No de nuevo.
No permitiré que me arrebaten mi futuro otra vez.
El olor a antiséptico y el pitido monótono de una máquina llenaron mis pulmones y oídos antes de que abriera los ojos.
La última imagen que recordaba era la del apartamento de mis padres en llamas, un fuego que la policía llamó un "accidente por fuga de gas".
Pero yo sabía la verdad.
Fue un asesinato, igual que habían asesinado mi carrera y mi futuro.
Me habían acusado de usar drogas para mejorar el rendimiento en la final nacional de baile, una acusación que me despojó de mi título, me consiguió una prohibición de por vida y me convirtió en la vergüenza de México.
La noticia del "accidente" de mis padres fue el golpe final. Mi corazón, simplemente, se rindió.
Pero ahora... ahora estaba viva.
Miré a mi alrededor, confundida. No era un hospital. Era una habitación de hotel, y a mi lado, profundamente dormida, estaba Sasha Salazar, mi mejor amiga.
Mi cerebro tardó un segundo en procesar la escena. La decoración de la habitación, el vestido que Sasha llevaba puesto... todo era de la noche anterior a la final.
La noche en que comenzó mi pesadilla.
"Luci, ¿estás bien? Te ves pálida".
La voz de Sasha, falsamente preocupada, me sacó de mi trance.
"¿Tuviste una pesadilla?", preguntó, sentándose en la cama.
La miré, a la chica que había sido mi confidente, mi hermana del alma. La chica cuyos padres siempre la comparaban conmigo, alimentando una envidia que yo nunca vi. La chica que, junto a mi novio Máximo, planeó mi destrucción.
"Sí", respondí, mi voz temblorosa. "Una muy mala".
Recordé sus palabras en mi vida pasada, después de que me arrestaran. "Luci, ¿cómo pudiste? Te lo di todo, te apoyé, ¿y así me lo pagas? Decepcionando a todos".
Qué gran actriz.
"No te preocupes", dijo, sonriendo. "Reservé esta habitación para que pudieras descansar bien antes de la gran final. Sin el ruido de tu barrio, sin que tus padres te molesten. Solo tú y tu arte".
El hotel. Aquí fue donde el supuesto "camello" se coló y puso las drogas en mi bolso mientras yo dormía.
No. No esta vez.
"Gracias, Sasha, pero no puedo quedarme", dije, levantándome de la cama.
"¿Qué? ¿Por qué? ¡Ya está todo pagado!".
"No estoy acostumbrada a los hoteles. No podré dormir bien. Afectará mi actuación mañana".
Era una excusa débil, pero era la única que se me ocurrió. Necesitaba salir de allí.
"Luci, no seas tonta. Estarás bien".
"No, Sasha. Insisto. Necesito ir a casa. Necesito ver a mis padres".
La mención de mis padres pareció tocar una fibra sensible. Su sonrisa vaciló por un instante.
"Está bien", cedió finalmente, aunque su tono era frío. "Como quieras. Pero si mañana fallas, no digas que no intenté ayudarte".
"No lo haré", le aseguré.
Cogí mi chaqueta, sintiendo el familiar bordado de la Piedra del Sol azteca en el bolsillo, un regalo que nos hicimos mutuamente. Un símbolo de nuestra "amistad".
Salí de la habitación del hotel sin mirar atrás, dejando atrás a la serpiente en su nido.
Pero no fui a casa.
Sabía que no podía. Ellos encontrarían la manera de tender la trampa allí también.
Mi única oportunidad era desaparecer, crear una coartada de hierro.
Encontré un cibercafé abierto 24 horas a unas pocas manzanas de distancia. El lugar estaba lleno de adolescentes jugando videojuegos y el aire olía a café rancio y a bebida energética.
Perfecto.
Un lugar público, lleno de gente y, lo más importante, con cámaras de seguridad por todas partes.
Le pagué al encargado por 24 horas de acceso. Me senté en un cubículo en la esquina, lejos de la puerta pero con una vista clara de todo el local.
No necesitaba ganar la final. Ya tenía la carta de admisión del Real Conservatorio de Danza de Andalucía. Solo tenía que sobrevivir las próximas 24 horas.
El tiempo pasó lentamente. Navegué por internet, vi videos, intenté distraerme del pánico que se apoderaba de mi pecho.
Cada vez que alguien entraba, mi corazón se aceleraba.
Las horas se convirtieron en un borrón. Finalmente, la mañana de la final llegó y pasó.
Por la tarde, una notificación apareció en la pantalla de mi ordenador.
"Escándalo en la Final Nacional de Danza: ¡Una competidora da positivo por dopaje!".
Mi sangre se heló.
No podía ser. Yo no estaba allí. ¿Cómo era posible?
Y entonces, ocurrió.
Las luces del cibercafé parpadearon y se apagaron. La oscuridad fue total, seguida por el sonido agudo y creciente de las sirenas de la policía acercándose.
Mi corazón se hundió.
El destino, al parecer, no era tan fácil de engañar.
Las puertas del cibercafé se abrieron de golpe, y las luces rojas y azules de las patrullas iluminaron la oscuridad, creando sombras danzantes en las paredes.
"¡Luciana Garcia! ¡Salga con las manos en alto!".
La voz del oficial, amplificada por un megáfono, retumbó en el silencio.
Me quedé paralizada. Esto no estaba pasando. Yo había cambiado el guion.
"¡Policía! ¡No se muevan!".
Varios oficiales entraron, con sus linternas cortando la penumbra. El haz de luz me encontró, cegándome.
"¡Ahí está!".
Me rodearon. Justo en ese momento, como si fuera una obra de teatro perfectamente sincronizada, Sasha y Máximo entraron corriendo.
"¡Luci! ¡Oh, Dios mío, Luci! ¿Qué está pasando?", gritó Sasha, con lágrimas falsas en los ojos.
"Oficial, debe haber un error", dijo Máximo, poniéndose delante de mí como un escudo protector. "Luciana ha estado conmigo todo el tiempo. La dejamos en el hotel anoche".
Mentiroso.
"Señor, apártese", ordenó un oficial con severidad.
"¡No he hecho nada!", grité, mi voz temblando de rabia e impotencia. "¡He estado aquí las últimas veinte horas! ¡No he salido de este cibercafé!".
Me giré hacia la gente que me rodeaba, buscando un rostro amigo, un testigo. "Alguien, por favor, dígales. Me han visto aquí, ¿verdad?".
Pero sus caras solo mostraban confusión y miedo. Nadie dijo una palabra. Eran solo extraños, absorbidos en sus propios mundos virtuales, ahora atrapados en mi pesadilla.
El dueño del local se acercó, encogiéndose de hombros. "Lo siento, oficial. La subida de tensión de hace un momento... quemó el disco duro de las cámaras. No hay ninguna grabación".
Por supuesto. Qué conveniente.
"Luciana Garcia, está usted detenida bajo sospecha de fraude deportivo y uso de sustancias prohibidas", dijo el oficial al mando.
"¡No! ¡No tienen pruebas!".
"Oh, creo que sí las tenemos", dijo, y con un gesto, otro oficial se acercó a mí.
Antes de que pudiera reaccionar, metió la mano en el bolsillo de mi chaqueta, directamente en el bordado de la Piedra del Sol.
Sacó una diminuta jeringa, apenas más grande que un alfiler.
El aire se escapó de mis pulmones.
Sasha ahogó un grito, cubriéndose la boca con la mano. Máximo me miró con una expresión de profunda decepción.
"Luci... no puedo creerlo", susurró Sasha.
"Te vimos, Luci", añadió Máximo, su voz llena de un dolor fingido. "Te vimos en el backstage. Te vimos en el escenario".
La trampa era perfecta. Más elaborada de lo que había imaginado.
No importaba que yo no estuviera allí.
Ellos habían creado una Luciana para que ocupara mi lugar.