La noticia cayó como una helada sobre La Rioja: León "El Cicatriz" Vargas, el temido líder del cartel, quería una esposa, y su mirada se posó en la hija de mi padre.
Los rumores hablaban de un monstruo desfigurado, moribundo, cuyas siete esposas anteriores habían desaparecido o muerto en menos de un año.
Mi prometido, Javier, me juró protegerme y me propuso una boda secreta para evitar mi destino.
Acepté, mi corazón lleno de gratitud, y brindamos por nuestro futuro con una copa de vino antes de que todo se volviera negro.
Desperté encerrada, y horas después, mi padre y Javier entraron, sus rostros desprovistos de cariño, revelando la espantosa verdad: me habían drogado.
No me habían elegido a mí, sino a mi delicada hermanastra Sofía, y yo era solo un peón en su plan: debía hacerme pasar por ella, humillarme ante El Cicatriz, y regresar golpeada pero viva.
Javier sonrió cruelmente al decir que, si me portaba bien, podría ser su amante mientras Sofía, bajo mi nombre, heredaría todo.
La traición me golpeó como un huracán, aniquilando toda mi existencia.
¿Cómo mi propio padre, mi supuesto protector, podía condenarme a tal humillación, y mi prometido, a quien amaba, ofrecerme ser una concubina sin valor?
Pero cuando mi padre amenazó con dejar morir a mi madre si no accedía, la desesperación dio paso a una furia fría y cortante: me casaría con El Cicatriz, pero lo haría bajo mis propios términos, como una reina, no como un cordero de sacrificio, y nadie me detendría.
La noticia cayó sobre La Rioja como una helada en primavera, quemando toda esperanza.
León "El Cicatriz" Vargas, el líder del cartel más temido, quería una esposa. Su octava esposa.
Los rumores lo pintaban como un monstruo desfigurado por ácido, confinado a una silla de ruedas y con los días contados. Siete mujeres antes que ella habían desaparecido o muerto en menos de un año.
Y ahora, había elegido a la hija de Don Ricardo Montoya, mi padre.
La región entera contuvo el aliento. Casarse con él era una sentencia de muerte, y los federales ya habían anunciado que investigarían a cualquiera que se aliara con el cartel.
Esa noche, el aire en la finca Montoya era denso, pesado. Mi prometido, Javier de la Vega, llegó con el rostro pálido y los ojos llenos de una urgencia que me conmovió.
"Isa, tenemos que casarnos. Ahora mismo."
Su voz era un susurro apremiante.
"Una ceremonia privada, solo nosotros. Si estás casada conmigo, no podrá tocarte. Te protegeré."
Mi corazón, atenazado por el miedo, se llenó de gratitud. Javier, mi amigo de la infancia, el hombre con el que se suponía que iba a unir nuestras bodegas, estaba arriesgando todo por mí.
"Sí," acepté sin dudar.
La ceremonia fue un borrón. Un sacerdote amigo de la familia, las palabras apresuradas, nuestras manos unidas. Después, Javier me ofreció una copa de nuestro mejor vino para brindar.
"Por nosotros. Por nuestro futuro."
Bebí, sintiendo el líquido familiar recorrer mi garganta. Luego, todo se volvió negro.
Desperté en la cabaña de caza, en el rincón más alejado de la finca. La puerta estaba cerrada con llave. El pánico comenzó a subir por mi garganta.
Horas después, la puerta se abrió. Mi padre, Don Ricardo, y Javier entraron. Sus rostros ya no mostraban preocupación, sino una fría determinación.
"Isabela, tienes que escucharnos," comenzó mi padre.
"El Cicatriz no te eligió a ti."
Javier tomó la palabra, su voz desprovista de toda la calidez que me había mostrado antes.
"Eligió a Sofía."
Mi hermanastra. La dulce, frágil y desvalida Sofía. La hija ilegítima que mi padre trajo a casa y que mi madre tuvo que soportar.
"No podíamos permitir que ella sufriera ese destino," continuó mi padre, sin mirarme a los ojos. "Es demasiado delicada. No sobreviviría."
El plan que me revelaron era tan cruel que me robó el aliento. Querían que yo, usando el nombre de Sofía, me presentara ante el cartel.
"Le dirás que ya estás casada conmigo," explicó Javier, como si hablara del tiempo. "Le dirás que ya no eres virgen. Su código de honor le impedirá aceptarte. Te darán una paliza, sí, pero sobrevivirás. Es un precio pequeño a pagar."
El aire se escapó de mis pulmones.
"¿Y después?", logré preguntar, con la voz rota.
Javier sonrió, una mueca horrible en su rostro perfecto.
"Después, Sofía, bajo tu nombre, se casará conmigo. Heredará todo. Y tú... bueno, si te portas bien, podrás ser mi amante. Te cuidaré."
La traición me golpeó con la fuerza de un huracán, arrasando todo lo que creía conocer. Mi padre, mi prometido... mi vida entera era una mentira.
La risa que escapó de mis labios fue un sonido seco y amargo.
"¿Tu amante?"
Miré a Javier, el hombre que minutos antes había jurado protegerme, y luego a mi padre, el patriarca que siempre me había llamado su orgullo.
"Prefiero casarme con el mismísimo diablo antes que someterme a esta humillación."
El rostro de mi padre se endureció, sus facciones convirtiéndose en una máscara de ira.
"No seas estúpida, Isabela. Esto es por el bien de la familia. Por Sofía."
"¿Y qué hay de mí?", grité, la rabia finalmente rompiendo mis cadenas. "¿Qué hay de vuestra hija y heredera legítima? ¿Me sacrificáis por ella?"
Javier se burló. "Siempre has sido demasiado orgullosa, Isa. Demasiado fuerte. Sofía es dulce, necesita protección. Tú puedes soportarlo."
"¡No lo haré!", sentencié, mi voz resonando en la pequeña cabaña. "No seré el cordero de sacrificio para vuestros planes retorcidos."
Entonces, mi padre jugó su última carta, la más cruel de todas.
"Tu madre," dijo, su voz baja y amenazante. "Su tratamiento es caro. Si no cooperas, me aseguraré de que no reciba ni un céntimo más. La dejaré morir, Isabela. Y será tu culpa."
El mundo se detuvo. Mi madre, Doña Elena, con su salud frágil y su corazón noble, que había soportado años de infidelidades y humillaciones. Usarla a ella... era inhumano.
El dolor fue tan agudo que casi me dobla. Pero en medio de ese dolor, nació una nueva resolución. Una furia fría y afilada.
Los miré a los dos, mi supuesto padre y mi supuesto esposo, y vi a dos extraños. Dos monstruos.
"Muy bien," dije, mi voz sorprendentemente calmada. "Habéis tomado vuestra decisión. Ahora yo tomaré la mía."
El pánico cruzó sus rostros. No esperaban esto.
"Me casaré con El Cicatriz," declaré, saboreando el terror que mis palabras provocaron en ellos. "Aceptaré su propuesta. Si voy a entrar en el infierno, lo haré como la reina, no como una esclava humillada."
"¡Estás loca!", exclamó Javier. "¡Te matará! ¡Nadie sobrevive más de un año con él!"
"Ese es mi problema, no el vuestro," respondí, sintiendo un extraño poder crecer en mi interior. "Habéis querido libraros de mí. Pues bien, lo habéis conseguido. Pero lo haré bajo mis propios términos."
Mi padre me agarró del brazo, su rostro contorsionado por el miedo. "¡No puedes hacer esto! ¡Arruinarás todo!"
"Tú ya lo has arruinado todo," le espeté, soltándome de su agarre. "Ahora, salid de aquí. Tengo que prepararme para mi boda."