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Cuando el Pasado Arde

Cuando el Pasado Arde

Autor: : Downhill Racer
Género: Fantasía
Morí quemada viva, encerrada por mi propio marido, Santiago, en la bodega familiar. Mi pequeña Lucía, nuestra hija, tosió sus últimas bocanadas en mis brazos. Él nos culpó por la muerte de su "verdadero amor", Valeria. Era el tercer cumpleaños de Lucía, y ese fuego era su venganza. El dolor era familiar, un eco de un matrimonio forzado, una mentira orquestada por mi hermano. No había escape posible, ¿verdad? Pero en lugar del final, sentí un tirón. Abrí los ojos y el fuego se había ido. No había humo, ni ceniza, ni la pequeña Lucía. Estaba en la suite de la bodega, con el mismo vestido de hace una década. La mano de Santiago me tiraba, susurrando, "Isa... ayúdame... hace calor." Estaba drogado, de nuevo. El terror me heló la sangre. ¡Era la misma noche! La noche de la vendimia, el comienzo de mi pesadilla. Mi hermano lo había vuelto a hacer. No, no otra vez. No viviré ese infierno de nuevo. No permitiré que mi destino sea sellado por la traición, el rencor y una hija no deseada que acabará quemándose viva conmigo. Pero, ¿cómo romper este ciclo?

Introducción

Morí quemada viva, encerrada por mi propio marido, Santiago, en la bodega familiar.

Mi pequeña Lucía, nuestra hija, tosió sus últimas bocanadas en mis brazos.

Él nos culpó por la muerte de su "verdadero amor", Valeria.

Era el tercer cumpleaños de Lucía, y ese fuego era su venganza.

El dolor era familiar, un eco de un matrimonio forzado, una mentira orquestada por mi hermano.

No había escape posible, ¿verdad?

Pero en lugar del final, sentí un tirón.

Abrí los ojos y el fuego se había ido.

No había humo, ni ceniza, ni la pequeña Lucía.

Estaba en la suite de la bodega, con el mismo vestido de hace una década.

La mano de Santiago me tiraba, susurrando, "Isa... ayúdame... hace calor."

Estaba drogado, de nuevo.

El terror me heló la sangre.

¡Era la misma noche!

La noche de la vendimia, el comienzo de mi pesadilla.

Mi hermano lo había vuelto a hacer.

No, no otra vez.

No viviré ese infierno de nuevo.

No permitiré que mi destino sea sellado por la traición, el rencor y una hija no deseada que acabará quemándose viva conmigo.

Pero, ¿cómo romper este ciclo?

Capítulo 1

Morí en el tercer cumpleaños de mi hija.

El fuego crepitaba, devorando la bodega de nuestra finca familiar, el humo llenaba mis pulmones. Mi marido, Santiago, nos había encerrado. A mí y a nuestra pequeña Lucía.

"Es la única forma de vengar a Valeria", dijo su voz, distorsionada por las llamas, antes de cerrar la pesada puerta de roble.

Su "amor verdadero", Valeria, había muerto atropellada por un conductor borracho tres años antes. Huyó angustiada después de que nuestra hija, a quien él apenas conocía, lo llamara "papá" por primera vez.

Él nos culpó. A mí, por existir. A Lucía, por nacer.

Nuestro matrimonio fue una farsa desde el principio, orquestada por mi hermano Javier. Desesperado por verme feliz, drogó a Santiago, su mejor amigo, y lo metió en mi cama durante la fiesta de la vendimia.

El resultado fue un matrimonio por obligación y una hija que él nunca quiso.

Ahora, el calor era insoportable, el olor a vino quemado y madera vieja era el perfume de mi muerte. Abracé a Lucía, que tosía en mis brazos, y cerré los ojos, esperando el final.

Pero en lugar del final, sentí un tirón.

Abrí los ojos de golpe.

No había fuego. No había humo. No estaba Lucía.

Estaba en la suite de la bodega, con el mismo vestido de la fiesta de la vendimia de hace una década. El aire olía a uvas frescas y a noche de verano.

Una mano tiró de mi brazo.

"Isa... ayúdame... hace calor..."

Era la voz de Santiago. Estaba tumbado en la cama, con la camisa desabrochada y la cara sonrojada. Drogado.

El terror me heló la sangre. Era la misma noche. El principio del fin.

Mi hermano lo había vuelto a hacer.

El pánico se apoderó de mí. No. No otra vez. No viviré esa pesadilla de nuevo.

Lo empujé con todas mis fuerzas, haciéndolo caer de la cama.

"¡Suéltame!"

Santiago, confundido y drogado, apenas reaccionó.

Corrí hacia el teléfono de la suite. Mis manos temblaban tanto que casi no podía marcar. Busqué el número de Valeria Reyes en los contactos de Santiago. Él nunca lo había borrado.

Ella contestó al segundo tono, su voz sonaba somnolienta y molesta.

"¿Santi?"

"No soy Santi", dije, mi voz un susurro ronco. "Soy Isabela Vargas".

Hice una pausa, escuchando su respiración.

"Santiago no se encuentra bien. Está en la suite principal de la bodega Vargas. Ven a ayudarlo. Él te necesita".

Colgué antes de que pudiera responder.

El efecto de la droga que mi hermano seguramente había puesto en mi copa empezó a subir por mi cuerpo. Un calor antinatural, una debilidad en mis piernas.

Tenía que salir de allí.

Corrí fuera de la bodega, tropezando en la oscuridad. El aire fresco de la noche no era suficiente. Necesitaba algo, cualquier cosa, para no perder el control.

A lo lejos, vi las luces de Logroño. Conduje como una autómata hasta el centro de la ciudad.

Vi un letrero discreto: "Club de Puros Castillo". Un lugar exclusivo. Perfecto.

Entré tambaleándome. El interior era oscuro, olía a cuero y tabaco caro. Un hombre elegante estaba de pie junto a la barra, de espaldas a mí.

"Necesito compañía", balbuceé, sintiendo que el mundo giraba. "Te pagaré".

Saqué mi reloj de lujo, un regalo de mi padre, y lo puse sobre la barra.

"Toma. Es tuyo. Pero ayúdame".

El hombre se giró. Era guapo, con ojos oscuros e intensos. Me miró con una expresión que no pude descifrar.

Confundiéndolo con un gigoló, me aferré a su camisa. El calor de la droga era insoportable.

"Por favor".

Lo besé. Fue un beso desesperado, torpe, una forma de anclarme a la realidad.

Él no me apartó. En cambio, sentí su mano en mi nuca, sujetándome con firmeza. Su voz fue un susurro grave en mi oído.

"Tú lo has querido", dijo. "No te arrepientas".

Capítulo 2

Desperté en una habitación de hotel desconocida. La luz del sol se filtraba por las cortinas. Estaba sola.

La vergüenza me golpeó como una ola. ¿Qué había hecho?

Me vestí a toda prisa, encontrando mi reloj en la mesita de noche. El hombre no lo había cogido.

Huí de allí como una ladrona.

Cuando llegué a la finca, el coche de Santiago estaba aparcado fuera. Mi corazón se detuvo.

Entré en la casa y él estaba allí, esperándome en el salón. Llevaba la misma ropa de la noche anterior.

Y tenía marcas de besos en el cuello. Rojas y evidentes. La marca de Valeria.

"¿Dónde has estado?", preguntó, su voz era fría.

"No es asunto tuyo", respondí, intentando pasar de largo.

Me agarró del brazo. Su toque me quemó.

"¿Jugando a hacerte la difícil, Isabela? Anoche me rechazas, desapareces toda la noche... ¿Qué táctica es esa?"

Me reí, un sonido amargo y hueco.

"No es ninguna táctica, Santiago. Simplemente ya no me interesas".

Me miró como si me hubiera vuelto loca.

"Bien", dijo, soltándome bruscamente. "Mejor así. Porque voy a casarme con Valeria. Anoche me di cuenta de que es a ella a quien quiero. Así que deja tus juegos".

El dolor era familiar, un eco de mi vida pasada. Pero esta vez, también había alivio. Estaba libre.

"Felicidades", dije, y esta vez mi voz fue firme. "Espero que seáis muy felices".

Su expresión de suficiencia vaciló, reemplazada por la confusión.

Justo en ese momento, mi hermano Javier entró en la casa.

"¡Isa! ¿Dónde estabas?", se detuvo en seco al ver a Santiago. "¿Y tú qué haces aquí tan temprano? ¿No deberías estar agradeciéndome?"

Javier miró de Santiago a mí, su sonrisa desapareciendo al ver la tensión.

"¿Qué pasa aquí? ¿No funcionó mi plan?"

Santiago lo miró con desdén. "Tu hermana tiene otros planes. Y yo también. Me caso con Valeria".

Javier se quedó boquiabierto. Se giró hacia mí, furioso.

"¿Qué has hecho, Isa? ¡Te di la oportunidad perfecta!"

"Una oportunidad que no pedí", respondí, agotada. "Se acabó, Javier. No quiero a Santiago".

Me di la vuelta para irme, pero la voz de Javier me detuvo.

"Espera un momento", dijo, sus ojos entrecerrados, fijos en mi cuello. "¿Qué es eso?"

Bajé la mirada. En la piel pálida de mi clavícula, había una marca oscura. Un chupetón. Un recuerdo de mi noche con el desconocido del club.

Santiago también lo vio. Su cara se contrajo en una mueca de asco y rabia.

"Así que es eso", siseó. "Mientras yo estaba con Valeria, tú estabas revolcándote con otro. Eres increíble, Isabela".

No dije nada. Dejé que pensara lo que quisiera. Su opinión ya no me importaba.

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