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Cuando el Perdón es Tarde

Cuando el Perdón es Tarde

Autor: : Gui Chen
Género: Romance
El aire del hospital olía a desinfectante y a desgracia, pero mi determinación era de acero al empujar la puerta de la habitación de Camila. Dentro, encontré a Ricardo, mi esposo, susurrando dulzuras a Camila, una delicadeza que nunca me había dedicado a mí. Mi entrada interrumpió la escena, y su rostro se endureció: "¿Qué haces aquí, Sofía? ¿No te dije que te quedaras en casa?". No pude más: "¿Que qué hago aquí? ¡Todo el mundo dice que fui yo, que a mí me atacaron, que el bebé que espero es una vergüenza, un bastardo!". Él me calló, protegiéndola a ella: "Baja la voz, vas a alterar a Camila". Mi ira estalló: "¿Alterarla a ella? ¿Y qué hay de mí? ¿Qué hay de tu esposa y de tu hijo? ¡Tu hijo, Ricardo!". Entonces, me soltó la frase que lo cambió todo: "Camila es diferente. Ella aún no está casada. Un escándalo así arruinaría su vida". Me quedé helada, buscando al hombre con el que me casé, pero solo encontré a un extraño con ojos de hielo. "¿Y yo?", susurré, incapaz de creerlo. "¿A mí sí me puede caer toda la mierda encima? ¿Mi reputación no importa? ¿La de tu hijo tampoco?". "Tú eres más fuerte, Sofía. Tú puedes con esto", respondió él, desviando la mirada. En ese instante, algo se rompió dentro de mí para siempre. Lo miré, al hombre que había destruido mi vida para proteger a otra. "Bien", dije, mi voz extrañamente serena. "Ya que mi reputación no importa, y la de este bebé tampoco... entonces no hay razón para que nazca en este infierno". Una chispa de pánico apareció en sus ojos: "¿De qué estás hablando?". "Del aborto", dije, cada sílaba afilada. "Voy a abortar, Ricardo. No voy a traer a un hijo a un mundo donde su propio padre lo usa como escudo para proteger a su amante". Me di vuelta y salí de esa habitación, dejando atrás el olor a traición y los restos de mi vida hecha pedazos.

Introducción

El aire del hospital olía a desinfectante y a desgracia, pero mi determinación era de acero al empujar la puerta de la habitación de Camila.

Dentro, encontré a Ricardo, mi esposo, susurrando dulzuras a Camila, una delicadeza que nunca me había dedicado a mí.

Mi entrada interrumpió la escena, y su rostro se endureció: "¿Qué haces aquí, Sofía? ¿No te dije que te quedaras en casa?".

No pude más: "¿Que qué hago aquí? ¡Todo el mundo dice que fui yo, que a mí me atacaron, que el bebé que espero es una vergüenza, un bastardo!".

Él me calló, protegiéndola a ella: "Baja la voz, vas a alterar a Camila".

Mi ira estalló: "¿Alterarla a ella? ¿Y qué hay de mí? ¿Qué hay de tu esposa y de tu hijo? ¡Tu hijo, Ricardo!".

Entonces, me soltó la frase que lo cambió todo: "Camila es diferente. Ella aún no está casada. Un escándalo así arruinaría su vida".

Me quedé helada, buscando al hombre con el que me casé, pero solo encontré a un extraño con ojos de hielo.

"¿Y yo?", susurré, incapaz de creerlo. "¿A mí sí me puede caer toda la mierda encima? ¿Mi reputación no importa? ¿La de tu hijo tampoco?".

"Tú eres más fuerte, Sofía. Tú puedes con esto", respondió él, desviando la mirada.

En ese instante, algo se rompió dentro de mí para siempre.

Lo miré, al hombre que había destruido mi vida para proteger a otra.

"Bien", dije, mi voz extrañamente serena. "Ya que mi reputación no importa, y la de este bebé tampoco... entonces no hay razón para que nazca en este infierno".

Una chispa de pánico apareció en sus ojos: "¿De qué estás hablando?".

"Del aborto", dije, cada sílaba afilada. "Voy a abortar, Ricardo. No voy a traer a un hijo a un mundo donde su propio padre lo usa como escudo para proteger a su amante".

Me di vuelta y salí de esa habitación, dejando atrás el olor a traición y los restos de mi vida hecha pedazos.

Capítulo 1

El aire del hospital olía a desinfectante y a desgracia, una mezcla que se me metió en los pulmones y me revolvió el estómago. Empujé la puerta de la habitación de Camila sin tocar, mi mano temblaba pero mi determinación era de acero.

Dentro, la escena me partió el corazón en dos, pero no de la forma en que el amor lo hace, sino de la forma en que lo hace la traición más pura.

Ricardo, mi esposo desde hace seis años, estaba sentado al borde de la cama. Sostenía una cuchara con sopa humeante y la soplaba con una delicadeza que nunca me había dedicado a mí.

"Con cuidado, Cami, está caliente", le susurraba, su voz era un murmullo de preocupación y ternura.

Camila, su "luz de luna", estaba recostada contra las almohadas, con el rostro pálido y los ojos llenos de lágrimas contenidas, parecía la viva imagen de la fragilidad.

Mi entrada los interrumpió. Ricardo se giró, y al verme, su rostro se endureció, la ternura se evaporó como si nunca hubiera existido.

"¿Qué haces aquí, Sofía? ¿No te dije que te quedaras en casa?".

Su voz era fría, cortante. Me quedé parada en el umbral, sintiendo cómo la ira y el dolor me subían por la garganta.

"¿Que qué hago aquí?", repetí, mi voz sonó más fuerte de lo que pretendía, temblando de furia. "¿Te parece poco lo que está pasando?".

Señalé hacia la ventana, hacia la ciudad que afuera susurraba mi nombre con desprecio.

"Todo el mundo está hablando, Ricardo. Todos dicen que fui yo".

Las palabras salieron atropelladas, tropezando unas con otras.

"Dicen que yo fui la que estaba en ese bar, que a mí me atacaron esos hombres, que el bebé que espero es una vergüenza, ¡un bastardo!".

Cada palabra era una bofetada, no de ellos, sino de él. Porque era su mentira la que me estaba matando.

Ricardo se levantó, dejando el plato de sopa en la mesita de noche con un gesto de fastidio. Se acercó a mí, su sombra cubriéndome por completo.

"Baja la voz, vas a alterar a Camila".

Miré por encima de su hombro. Camila se había encogido entre las sábanas, sollozando suavemente, como si mis palabras la hubieran herido físicamente. La ironía me quemó por dentro.

"¿Alterarla a ella?", siseé, incapaz de creer lo que oía. "¿Y qué hay de mí? ¿Qué hay de tu esposa y de tu hijo? ¡Tu hijo, Ricardo!".

Le grité, golpeando mi vientre plano con la palma de la mano. Apenas se notaba, pero ahí estaba, una pequeña vida que se había convertido en el centro de la burla de toda la ciudad.

Él ni siquiera miró mi vientre. Sus ojos estaban fijos en los míos, fríos y calculadores.

"Sofía, entiende", dijo, su tono ahora era el de alguien que le explica algo obvio a un niño tonto. "Camila es diferente".

"¿Diferente cómo?".

"Ella aún no está casada", soltó la frase, como si fuera la justificación más lógica del mundo. "Un escándalo así arruinaría su vida, su reputación, ¿entiendes? Sería una vergüenza para ella y su familia".

Me quedé helada. El aire se escapó de mis pulmones. Lo miré, buscando cualquier rastro del hombre con el que me casé, del hombre al que le había entregado seis años de mi vida, mi amor, mi lealtad.

No encontré nada.

Solo un extraño con ojos de hielo.

"¿Y yo?", pregunté en un susurro que apenas pude emitir. "¿Yo sí estoy casada, así que a mí sí me puede caer toda la mierda encima? ¿Mi reputación no importa? ¿La de tu hijo no importa?".

Él desvió la mirada, incapaz de sostenerme el reto. "Tú eres más fuerte, Sofía. Tú puedes con esto".

En ese preciso instante, algo dentro de mí se rompió para siempre. El amor, esa cosa cálida y brillante que había sentido por él durante años, se hizo cenizas. Se enfrió y se convirtió en un trozo de carbón duro y negro en mi pecho.

Lo había amado. Dios, cómo lo había amado. Pero él nunca me amó a mí. Solo amó la idea de tenerme, la comodidad de mi sumisión. Su verdadero amor, su obsesión, estaba lloriqueando en esa cama.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no eran de tristeza. Eran de rabia, de una claridad dolorosa.

Lo miré por última vez, al hombre que había destruido mi vida para proteger a otra.

"Bien", dije, y mi voz sonó extrañamente serena, vacía de toda emoción. "Ya que mi reputación no importa, y la de este bebé tampoco...".

Me toqué el vientre una vez más, no con rabia, sino con una despedida silenciosa y desgarradora.

"Entonces no hay razón para que nazca en este infierno".

Ricardo finalmente me miró, una chispa de pánico en sus ojos. "¿De qué estás hablando?".

"Del aborto", dije, cada sílaba afilada y precisa. "Voy a abortar, Ricardo. No voy a traer a un hijo a un mundo donde su propio padre lo usa como escudo para proteger a su amante".

Sin esperar su respuesta, me di la vuelta y salí de esa habitación, dejando atrás el olor a desinfectante, el sonido de los sollozos de Camila y los restos de mi vida hecha pedazos.

Capítulo 2

Ricardo me alcanzó en el pasillo, me agarró del brazo con una fuerza que me hizo daño.

"¡Estás loca, Sofía! ¡No puedes hablar en serio!".

Me zafé de su agarre con un tirón violento. "Suéltame. No me vuelvas a tocar".

Su rostro estaba descompuesto, una mezcla de ira y miedo. "No puedes hacer eso. Es mi hijo también".

"Dejó de ser tu hijo en el momento en que decidiste que la reputación de Camila valía más que su dignidad", le espeté, mi voz resonando en el pasillo silencioso.

Dos enfermeras pasaron y nos miraron con curiosidad. La vergüenza que él tanto temía para Camila, ahora se reflejaba en su propio rostro. Me arrastró hacia el ascensor, lejos de las miradas indiscretas.

Me obligó a subir al coche. El viaje a casa fue un silencio tenso y pesado. Yo miraba por la ventana, viendo las luces de la ciudad pasar como manchas borrosas, sintiéndome completamente vacía. Él apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.

Cuando llegamos a nuestro departamento, el que yo había decorado con tanto amor, sentí una nueva oleada de náuseas. Ricardo me abrió la puerta, tratando de actuar como un esposo preocupado.

"Entra, necesitas descansar".

Apenas puse un pie dentro, un perfume dulzón y desconocido invadió mis fosas nasales. No era el mío. Era el de ella.

Miré alrededor. Sobre el sofá, una pashmina de seda rosa que yo no poseía. En la mesita de centro, una revista de moda abierta y un vaso a medio beber con una marca de labial rojo. Y en el perchero junto a la puerta, un abrigo de mujer, demasiado pequeño para ser mío.

Era la casa de Camila. Mi hogar se había convertido en su refugio.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. Me apoyé en la pared para no caer. Ricardo se apresuró a mi lado.

"Sofía, ¿estás bien? Siéntate, te traeré un vaso de agua".

Su intento de normalidad era grotesco. Me trajo el agua, pero yo no la toqué. Me quedé de pie, mirando cada objeto que no me pertenecía, cada prueba de que yo ya no tenía lugar aquí.

Él se sentó a mi lado en el sofá, manteniendo una distancia prudente. "Sofía, tenemos que hablar. Lo que dijiste en el hospital... fue por el enojo, ¿verdad? No lo decías en serio".

No le respondí. Estaba demasiado ocupada escuchando el silencio de mi propio corazón roto.

De repente, un trueno retumbó en el exterior, haciendo vibrar los cristales de las ventanas. Una tormenta se había desatado sobre la ciudad.

Casi al instante, un grito agudo vino de la habitación de invitados.

"¡Ricardo!".

Era la voz de Camila. Un grito lleno de pánico infantil.

Ricardo se puso de pie de un salto, como si le hubieran aplicado una descarga eléctrica. No dudó ni un segundo. No me miró. Simplemente corrió hacia la habitación de donde provenía el grito.

Me quedé sola en la sala, escuchando cómo el cielo se partía en dos y cómo mi esposo consolaba a su amante.

"Tranquila, Cami, tranquila. Solo es una tormenta. Estoy aquí, no te pasará nada".

Su voz, la misma que minutos antes me había juzgado y condenado, ahora era un bálsamo de ternura y protección para ella.

El dolor que sentí fue tan agudo, tan físico, que tuve que doblarme sobre mí misma, abrazando mi vientre como si pudiera proteger a mi bebé de la crueldad de su propio padre.

Unos minutos después, Ricardo regresó a la sala. Tenía una expresión de disculpa ensayada en el rostro.

"Lo siento", dijo en voz baja. "Le tiene pánico a las tormentas desde que era niña. Es... es muy sensible".

Lo miré, y por primera vez en mucho tiempo, lo vi con total claridad. No era un hombre atrapado entre dos mujeres. Era un cobarde que elegía el camino más fácil, el que alimentaba su ego. Camila, con su fragilidad calculada, le permitía ser el héroe, el protector. Yo, con mi dolor real y mi embarazo, era solo un problema, una complicación.

"Ella es sensible", repetí, mi voz monótona. "Y yo soy fuerte".

Él asintió, aliviado de que yo pareciera "entender". "Exacto. Sabía que lo entenderías".

No, no lo entendía. Lo que entendía era otra cosa. Recordé el día de nuestra boda, bajo un sol radiante. Él me había tomado las manos y me había dicho: "Prometo protegerte siempre, Sofía. Contra todo y contra todos".

Qué promesa tan vacía. Qué mentira tan cruel.

Me levanté del sofá. Mi cuerpo se sentía pesado, como si cargara con el peso de seis años de engaño.

"Tengo sueño", dije, mi voz sin inflexiones. "Voy a dormir".

Caminé hacia nuestra habitación, la que una vez fue nuestro santuario. Cerré la puerta detrás de mí, dejando a Ricardo en la sala, probablemente preocupado por si otro trueno asustaba a su preciosa Camila.

Me metí en la cama sin siquiera cambiarme de ropa. La lluvia golpeaba la ventana con furia, como si llorara por mí. Y en la oscuridad, sola, abracé mi vientre y tomé la decisión final.

Este bebé no nacería para sufrir. No llevaría el apellido de un hombre que no lo merecía. Lo protegería de la única manera que me quedaba.

Aunque eso significara destrozarme a mí misma en el proceso.

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