Mi relación con Máximo era un ciclo vicioso de humillación y súplica.
Él me amenazaba con la ruptura, disfrutando el poder de verme implorar que se quedara.
Pero la centésima vez, después de humillarme públicamente en una milonga, algo cambió.
No fue su crueldad lo que me liberó, sino el descubrimiento de una caja secreta.
Dentro, no había vino, sino docenas de poemas escritos a mano por él.
Describían su retorcida obsesión, su sádico placer al verme luchar por su amor, al verme sufrir.
Comprendí que solo era un juguete en su perverso juego.
Luego, una llamada. "¿Mi medallón? Se lo di a Isabella. Era insignificante, ya lo perdió".
Verlo proteger a Isabella en el accidente, mientras yo caía herida, confirmó su indiferencia.
Me forzó a beber el licor al que soy alérgica, observando mi sufrimiento con una sonrisa casi imperceptible.
Acusaciones falsas de Isabella que él creyó, palizas de matones que él permitió.
El robo descarado de mi coreografía, mi alma. ¿Por qué hizo esto?
"Te advertí que no debías volver a ese ambiente", dijo con frialdad.
Cualquier resto de amor murió. Sabía que no le quedaba tiempo.
A punto de colapsar, Máximo me exigió un ultimátum final: donar sangre para salvar a Isabella o perderlo todo.
Acepté, mis ojos fijos en mi verdadera meta: la libertad.
El día que nuestra separación legal expiró, salí del registro civil con mi certificado de divorcio en mano, rumbo a París.
La verdad es que no, Máximo. Ya no te quiero.
Lina Salazar y Máximo Castillo habían estado al borde de la separación noventa y nueve veces.
Su relación era un ciclo vicioso. Máximo, usando pretextos insignificantes, la amenazaba con romper, solo para disfrutar del poder de ver a Lina, consumida por su amor, suplicarle que se quedara. Cada reconciliación era una victoria para su ego.
La vez número cien, después de una humillación pública en una de las milongas más famosas de Buenos Aires, Lina decidió no volver a suplicar.
Su punto de quiebre no fue la falta de amor de Máximo, sino el descubrimiento de una caja de madera tallada en su bodega personal.
Dentro no había vino, sino docenas de poemas escritos a mano por Máximo, detallando su obsesión por ella desde que la vio bailar por primera vez.
Los poemas revelaban una verdad escalofriante: su crueldad no era indiferencia, sino un sádico deleite en su devoción y sufrimiento. Él disfrutaba viéndola luchar por su amor.
Este descubrimiento la liberó, dándole la fuerza para cortar los lazos definitivamente.
La historia comienza en una prestigiosa milonga de San Telmo. Máximo, en un arrebato de celos porque Lina aceptó bailar una tanda con un viejo amigo, la humilló públicamente y declaró que su relación había terminado, por centésima vez.
Él esperaba su habitual súplica, pero esta vez, Lina, con el corazón roto pero la dignidad intacta, simplemente se dio la vuelta y se fue.
De vuelta en el lujoso apartamento que compartían, mientras empacaba sus pocas pertenencias, Lina tiró a la basura el vestido rojo que él tanto amaba, los zapatos de tango que le regaló y una foto enmarcada de ambos. Cada objeto era un recordatorio de un amor que ahora sabía que era una mentira.
En el fondo de su armario, se topó con una llave que siempre había visto en el llavero de Máximo. Por impulso, la usó para abrir una antigua caja de cedro en la bodega personal de él.
Dentro, encontró docenas de poemas escritos en papel fino. Eran de Máximo, para ella. Describían su admiración por su baile, la belleza de su vestido rojo en una fiesta, y su retorcido placer al verla celosa o desesperada por su atención.
La obsesión de Lina por Máximo había comenzado años atrás, cuando él, un empresario inalcanzable, la vio bailar en una pequeña milonga de La Boca. Ella, una simple bailarina, se enamoró de su poder y su misterio. Luchó durante un año para conseguir una cita, creyendo que su amor podría derretir el hielo que lo rodeaba.
Un poema decía: "Casi cedí hoy, cuando me rogó que no la dejara. Pero esperaré. El sabor de su desesperación es más embriagador que cualquier Malbec".
Lina se dio cuenta de que su amor no era un refugio, sino una jaula diseñada para su entretenimiento. Las noventa y nueve rupturas anteriores no fueron por celos o malentendidos. Fueron juegos. Juegos para verla suplicar.
Armada con esta nueva y dolorosa verdad, supo que esta vez no habría súplica. No habría reconciliación.
Al salir del edificio, el chófer de Máximo, que había venido a recogerlo, casi la atropella al arrancar bruscamente.
Máximo, desde el asiento trasero, bajó la ventanilla. Sin mirarla, le ordenó al chófer que lo llevara a una cata de vinos con sus socios e Isabella Ramírez, su amiga de la infancia.
La dejó en la acera, herida en la rodilla y el alma.
En su pequeño apartamento en La Boca, mientras se curaba la rodilla raspada, se dio cuenta de que había perdido un pequeño amuleto de plata, una medalla de la Virgen de Luján, el único recuerdo de su abuela fallecida.
Recordó que Isabella lo había admirado días antes, durante una cena en el apartamento de Máximo.
Con el corazón en un puño, llamó a Máximo.
Él contestó, su voz fría y distante. "¿Estoy ocupado, Lina. Qué quieres?"
"Mi medalla", dijo ella, su voz temblando. "La de mi abuela. La he perdido. ¿Está en el apartamento?"
Hubo una pausa. "Ah, eso. Se la di a Isabella. Le gustó mucho".
"¿Qué? ¡Máximo, era de mi abuela!"
"Era solo una baratija, Lina. Te compraré una docena. Por cierto, Isa ya la ha perdido. No te preocupes por eso".
Colgó, dejándola con el grito ahogado en la garganta.
Días después, Lina se encontró con Máximo e Isabella saliendo de un teatro en la Avenida Corrientes.
Isabella, elegante y radiante, colgaba del brazo de Máximo. Su risa resonaba en la noche porteña.
Lina los vio y sintió una punzada de dolor, pero recordó las palabras del poema. Isabella no era una rival, era una herramienta. Un peón en el juego de Máximo para hacerla sufrir.
Máximo, al verla, frunció el ceño, molesto por su inesperada aparición. No había escuchado su declaración anterior por teléfono, solo el sonido del fin de la llamada.
"¿Qué haces aquí, Lina?", preguntó con irritación.
"Mi medalla", repitió ella, acercándose. "Sé que Isabella la tiene".
Máximo la miró con desdén. "¿Todavía con eso? Ya te dije que la perdió".
Isabella intervino, su voz dulce pero venenosa. "Oh, ¿te refieres a esa cosita de plata? Máximo me la dio, fue tan dulce de su parte. Pero era tan insignificante que se me cayó en algún lugar".
La humillación quemó a Lina. "Era de mi abuela", susurró, su voz rota.
"Lina, por favor", dijo Máximo, su tono condescendiente. "No hagas una escena. Es solo un trozo de metal. Te compraré algo mejor, algo de oro".
"No entiendes", dijo Lina, las lágrimas asomando a sus ojos. "Era el único recuerdo que tenía de ella. Me la dio antes de morir".
Por un instante, una sombra de algo parecido a la culpa cruzó el rostro de Máximo, pero desapareció tan rápido como llegó, reemplazada por su habitual máscara de frialdad.
Incapaz de soportar más, Lina se dio la vuelta para irse. Máximo, como siempre, la siguió.
"Lina, espera".
En ese momento, un sonido metálico y un grito colectivo llenaron el aire. Un andamio mal asegurado en un edificio cercano se desplomó.
Instintivamente, Máximo corrió hacia Lina. Por una fracción de segundo, sus ojos se encontraron y ella vio pánico genuino en ellos.
Pero entonces, al ver la mirada aterrorizada de Isabella, cambió de dirección en el último segundo y la protegió a ella, usando su cuerpo como escudo.
Una viga de metal golpeó a Lina en la pierna, y el mundo se volvió negro.
Despertó en un hospital público, sola. Su pierna estaba enyesada y le dolía terriblemente.
Una enfermera amable le trajo un vaso de agua. "Tuvo suerte, señorita. Su novio la trajo. Armó un gran escándalo para que la atendieran de inmediato".
Lina sintió un atisbo de esperanza.
"Pero", continuó la enfermera, "en cuanto supo que sus heridas no eran mortales, se fue. Dijo que tenía una emergencia con la otra señorita".
La esperanza murió. Lina entendió. El gesto de traerla al hospital no fue por amor. Fue para mantener la apariencia, para asegurarse de que su juguete no se rompiera del todo. El juego debía continuar.