El día de mi sentencia, el cielo estaba gris y el aire, pesado.
Llevaba un año en esa celda, acusada de un crimen atroz: el asesinato de la familia De la Vega, la misma que me salvó la vida y me dio un hogar.
La sala del tribunal era un hervidero de odio, susurros de "¡Monstruo!" y "¡Mátala!" me perforaban el alma.
Mateo, el único superviviente, se erguía ante mí, sus ojos antaño llenos de amor, ahora ardían con una furia helada.
Me obligó a tragar la "Lágrima del Alma", una planta ancestral que revela los recuerdos más profundos.
La primera visión, proyectada para que todos la vieran, mostró cómo el joven Mateo me encontró moribunda en un callejón y cómo su familia, con Don Alejandro y Doña Isabel a la cabeza, me acogió y me amó como a una hija.
La multitud estalló en gritos de indignación, confirmando su veredicto: yo era una serpiente ingrata que mordió la mano que la alimentó.
El odio de Mateo se profundizó, y Carla, la dueña de la minera que destruyó mi aldea, susurró veneno a su oído, calificándome de pura oscuridad.
¿Cómo podía alguien que recibió tanto amor cometer tal atrocidad?
¿Era yo realmente un monstruo, incapaz de sentir gratitud?
Pero mi silencio, impuesto por un veneno que Carla me había inyectado, ocultaba una verdad mucho más compleja.
Mateo, atormentado, exigió más, sin saber que cada recuerdo revelaría no solo mi historia, sino también la siniestra manipulación detrás de la tragedia que nos destruyó.
El día de mi sentencia, el cielo de la ciudad estaba gris, pesado.
Un año.
Un año entero en esta celda, esperando este momento.
La sala del tribunal estaba abarrotada, un mar de rostros llenos de odio. Susurros como serpientes se arrastraban por el aire.
"Demonio."
"Ingrata."
"Mátala."
No les presté atención, mis ojos estaban fijos en un solo hombre.
Mateo.
Estaba de pie frente al estrado del juez, su silueta recortada contra la luz pálida. El traje negro que llevaba no podía ocultar lo delgado que se había vuelto, sus hombros caídos por el peso de un dolor que yo le había causado.
Hace un año, en la noche que me pidió matrimonio, usé la pluma que me regaló, grabada con el escudo de su familia, para acabar con todo lo que amaba.
Doce personas.
Su padre, Don Alejandro. Su madre, Doña Isabel. Sus tíos, sus primos, los sirvientes leales.
Todos muertos por mi mano.
Y ahora, Mateo, el único superviviente porque esa noche estaba fuera cerrando los detalles de nuestra fiesta de compromiso, estaba aquí para ser mi verdugo.
"Señor Juez, miembros del jurado", su voz era un eco ronco de la que yo recordaba, "un año de silencio es suficiente."
"La ley exige pruebas, pero la justicia exige la verdad. Y yo la traeré a la luz."
Se giró y me miró directamente. Por primera vez en un año, nuestros ojos se encontraron. Los suyos, que una vez me miraron con un amor que podía calmar cualquier tormenta, ahora ardían con una furia helada.
A su lado, una mujer vestida de blanco le puso una mano tranquilizadora en el brazo.
Carla.
La dueña de la compañía minera que había destruido mi hogar. La mujer que ahora se aferraba a mi Mateo, susurrándole al oído como un veneno dulce.
Fue ella quien le dio la planta.
Un asistente trajo una pequeña caja de madera. Mateo la abrió. Dentro, sobre un lecho de terciopelo negro, descansaba una planta marchita y de aspecto extraño.
"Lágrima del Alma", anunció Mateo, su voz resonando en el silencio sepulcral de la sala.
"Una planta legendaria del Amazonas, usada por los chamanes para revelar los recuerdos más profundos. Obliga al que la consume a proyectar sus memorias para que todos las vean."
El pánico se apoderó de mí, un terror frío que no había sentido ni siquiera bajo la tortura de los guardias.
No por el dolor. Sino por lo que verían.
"Dicen que es peligrosa, que puede destruir la mente", continuó Mateo, acercándose a mí, "pero no me importa. Quiero ver la verdad, Ximena. Quiero ver por qué."
Los guardias me sujetaron con fuerza, abriendo mi boca a la fuerza.
Mateo tomó la planta, sus dedos temblando ligeramente.
"Esto es por mi familia", susurró, su aliento frío en mi rostro.
Y me la metió en la garganta, obligándome a tragar.
El sabor era amargo, como tierra y cenizas. Un fuego helado recorrió mis venas. La sala del tribunal se disolvió en un remolino de colores y sonidos.
Mi cuerpo se convulsionó. Y entonces, la primera memoria explotó ante los ojos de todos.
La imagen que se formó en el aire era borrosa al principio, luego se enfocó con una claridad dolorosa.
Un callejón oscuro y maloliente en los barrios bajos de la ciudad. Llovía.
Una figura pequeña y esquelética estaba acurrucada junto a unos contenedores de basura, temblando incontrolablemente.
Era yo, a los dieciséis años.
Mi piel tenía un tono grisáceo, mis labios estaban azules. La toxina de la mina corría por mis venas, matándome lentamente. Era la única superviviente de mi aldea. Había escapado a la ciudad solo para morir en la inmundicia.
Entonces, un joven se arrodilló a mi lado.
Era Mateo, cuatro años más joven, pero con la misma bondad en sus ojos.
"Dios mío", susurró, quitándose su caro abrigo para cubrirme.
"Está ardiendo en fiebre. ¡Alguien ayúdeme!", gritó a la calle vacía.
Nadie respondió.
Sin dudarlo, me levantó en sus brazos. Yo era tan ligera como una pluma.
"No te preocupes", me dijo, aunque yo apenas estaba consciente, "te llevaré a casa. Estarás a salvo."
La escena cambió. Ahora estábamos en una mansión lujosa, la casa de la familia de Mateo.
El pánico se apoderó de los sirvientes al verme.
"¡Señorito Mateo, podría ser contagioso!", advirtió una criada.
Pero Mateo no escuchó. Me llevó directamente al salón principal, donde sus padres estaban leyendo.
Don Alejandro, un hombre imponente con una mirada severa pero justa, se levantó de un salto. Doña Isabel, su esposa, dejó caer su libro con un grito ahogado.
"¿Qué has hecho, hijo?", preguntó Don Alejandro, su voz una mezcla de alarma y preocupación.
"Padre, necesita un médico. Se está muriendo", suplicó Mateo.
Don Alejandro me miró, vio la desesperación en mis ojos febriles, el veneno que manchaba mi piel. Su rostro, el de un abogado acostumbrado a las batallas más duras, se suavizó.
"Isabel, llama al doctor Ramos. Di que es una emergencia. Preparen la habitación de invitados."
La memoria se aceleró, mostrando fragmentos de las siguientes semanas.
Médicos entrando y saliendo. Doña Isabel sentada junto a mi cama, día y noche, rezando rosarios y poniéndome paños fríos en la frente. Don Alejandro usando toda su influencia y fortuna para encontrar a los mejores especialistas, importando medicamentos que nadie más podía conseguir.
Mateo nunca se apartó de mi lado. Me leía historias, me contaba chistes malos para hacerme sonreír, me prometía que vería de nuevo las montañas de mi hogar.
La imagen final de esta primera visión era yo, meses después, sentada en el jardín de la mansión. El sol calentaba mi rostro. Doña Isabel me estaba enseñando a bordar. Don Alejandro me observaba desde la distancia con una sonrisa satisfecha. Mateo se sentó a mi lado y me tomó la mano.
"Bienvenida a la familia, Ximena", dijo.
La visión se desvaneció.
Volví a la realidad de la sala del tribunal. El efecto de la planta me dejó sin aliento, tosiendo en el suelo.
Pero el silencio no duró mucho.
Un rugido de indignación se levantó de la multitud.
"¡Monstruo!", gritó alguien.
"¡Te salvaron la vida y así les pagas!"
"¡Mereces morir mil veces!"
El odio en la sala era tan espeso que casi podía saborearlo. La memoria, en lugar de explicar mis acciones, solo había confirmado su veredicto. Era una serpiente que había mordido la mano que le dio de comer.
Mateo me miraba, su rostro una máscara de dolor y rabia aún más profunda.
"¿Ves, Ximena?", su voz temblaba. "Te dieron todo. Amor, un hogar, una familia. ¿Por qué? ¿Por qué los mataste?"
Carla se acercó a él, su mano deslizándose posesivamente por su espalda.
"Te lo dije, Mateo", su voz era un susurro seductor. "Algunas personas nacen con el mal adentro. No hay razón, solo oscuridad."
No podía hablar. El veneno de Carla todavía paralizaba mis cuerdas vocales, una tortura silenciosa que había durado un año.
Mateo se arrodilló frente a mí, su rostro a centímetros del mío.
"Esto no ha terminado. Necesito más. Necesito entender la razón de tu traición."
Se volvió hacia el asistente.
"Trae la segunda dosis."