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Cuarenta problemas

Cuarenta problemas

Autor: : guangyue
Género: Romance
"Si le dieran una moneda por cada mentira que ha ideado, Natalie podría erigir un castillo de oro en el centro de Nueva York. A sus veintitrés años, la primogénita de un célebre magnate estadounidense parece tenerlo todo. No obstante, la vida de Natalie no es como los periódicos imaginan. Deseosa por evadirse de la realidad, y tras probar un excitante bocado del peligro, Natalie decide unirse a American Shield, una asociación de guardaespaldas operativa en Estados Unidos. Sus compañeros la califican de calculadora, responsable e impecable. ¿Y el jefe que está secretamente enamorado de ella? De impulsiva, irracional e irresistible. Natalie se considera intocable, tanto de cuerpo como en asuntos del corazón, pero pronto descubrirá que incluso las personas como ella pueden convertirse en el objetivo de mentes más oscuras."

Capítulo 1 Prefacio

«Quiero volver a esos días donde solo hacía falta una mirada para hacernos sonreír, donde el tiempo pasaba sin que nos diéramos cuenta y todo lo demás no importaba, solo nosotros».

Nicholas Sparks,

El diario de Noah

Prefacio

25 de diciembre de 2026

El guardia, de aspecto exhausto y desaliñado, abandonó la estancia donde se encontraban las cámaras de seguridad, olvidando cerrar la puerta a su paso. Cruzó rápidamente el fantasmagórico pasillo, alumbrado por una bombilla fluorescente, mientras intentaba que su walkietalkie se conectara con el resto de los policías presentes en Sing Sing. La prisión se había edificado en Ossining, Nueva York, y albergaba a numerosas personalidades que cometieron auténticas atrocidades, como un hombre al que le agradaba alimentarse de sus víctimas. El guardia, de apellido Reed, no atravesaba las diversas estancias corriendo porque deseara alcanzar a tiempo el cuarto de baño, sino por la imagen que una cámara había mostrado hace tan solo medio minuto... una que debía ser falsa. Reed consiguió contactar con sus compañeros, indicándoles la celda a la que se dirigía y el motivo por el que creía necesitar ayuda. La prisión había sufrido un motín hace varias décadas; uno en el que los propios guardias quedaron atrapados con los presos durante 53 horas seguidas. Reed tomó una bocanada de aire y ascendió las escaleras de cemento de dos en dos, ignorando todos los intentos de los internos por agarrarle del uniforme y los insultos que vociferaban. Con el pulso tembloroso, pidió que abrieran la puerta metálica que dirigía a los pasillos cuyas celdas existentes eran de máxima seguridad, y se detuvo frente a la número 19.

-Santo Dios -musitó, apresurándose a quitar los cierres y adentrarse en su interior.

El recluso 4578 no se encontraba tumbado en su catre, con un libro entre las manos.

Un charco de sangre se extendía más allá de su cuerpo, el cual yacía a unos pies de los inmaculados zapatos de Reed. Intentando no contaminar las pruebas, el guardia rodeó las piernas extendidas del prisionero y se puso de cuclillas, examinándole. Se había rebanado la garganta con un cuchillo casero -realizado con cinta adhesiva y un azulejo que parecía proceder de los baños- y, a juzgar por la frialdad de su cuerpo, llevaba más de una hora en ese estado. Las pulsaciones de Reed se aceleraron. No lograba comprender cómo había accedido a semejante herramienta, después de las constantes revisiones que realizaban en su celda, así como tampoco entendía cómo el guardia del turno anterior no se había dado cuenta de ese acto. Reed había llegado a la prisión hace tan solo veinte minutos.

-Hemos recibido tu aviso -la voz de otro guardia le sobresaltó, provocando que sus rodillas se tambalearan; obligándole a sostenerse en la pata metálica de la cama-. Joder, ¿qué coño ha pasado? ¡Donson! ¡Ford! Llamad al médico ahora mismo, ¡vamos, moveos!

-No será necesario porque está muerto -musitó Reed.

En los quince años que Reed llevaba desempeñando trabajos en centros penitenciarios, nunca había presenciado un caso de suicidio. Lo más grave era que se veía incapaz de desviar la mirada del cuerpo. Adams (el guardia que daba las órdenes) se apartó de allí solo para exigirle al resto de los presos que guardaran silencio, y regresó a la celda 19 tan pronto como las exclamaciones se transformaron en susurros. Reed consiguió levantarse, se acomodó la corbata azulada hasta en siete ocasiones y miró a Adams con pánico.

-Nunca llegué a imaginar que presenciaría un caso como este -confesó.

-Estás en Sing Sing, amigo mío. Y este preso se enfrentaba a la pena de muerte.

-¿Qué sentido tiene cometer un suicidio si vas a palmarla igualmente?

-La silla eléctrica es una muerte muy dolorosa, Reed. Las descargas te queman... se meten dentro de tu piel y te hacen creer que estás metido en lava. Muchos presos se han cagado y meado encima del propio miedo. Este quería marcharse de una manera sencilla. Y el muy cabrón lo ha conseguido. -Adams transformó sus labios en una mueca de asco.

-¿Quién llamará a su familia? -preguntó Reed-. Ha escogido un día peculiar para quitarse la vida -agregó en susurros, saliendo del cubículo para que Adams entrase.

Agradeció la corriente de aire que circulaba por el pasillo, porque impidió que el mareo le arrastrara al suelo. Antes de empezar su turno, Reed había celebrado el día de Navidad con su familia, en un restaurante del centro de Nueva York. Sus tres hijos se habían comportado sorprendentemente bien, aunque Reed sospechaba que, en realidad, lo único que querían eran buenos regalos. Hurgó en el bolsillo de su camisa y extrajo un pañuelo limpio, que usó para secarse el sudor de la frente. No quiso imaginar la reacción de los familiares de ese preso cuando el encargado se ocupara de llamarles, dentro de unos minutos.

-Recluso 4578 -pronunció Adams con evidente desagrado y fastidio.

-¿Qué pasa? ¿Conocías a este hombre?

-Todo el mundo lo hacía hace unos años. Apareció en las portadas de los periódicos, en los noticieros... Causó mucho revuelo en Estados Unidos. -Adams echó un vistazo a su reloj de pulsera, preguntándose cuándo diantres regresarían los demás-. Cometió una gilipollez inmensa que derivó en actos más graves. Le trasladaron aquí hace unos meses.

-¿Cómo se llama? Su rostro no me suena de nada.

-¿Has estado viviendo en una cueva? -se burló, y perdió el hilo de la conversación en cuanto el médico apareció, escoltado por una decena de guardias. Adams se situó junto a Reed, con un estado imperturbable ante los recientes acontecimientos, y ladeó el rostro en su dirección antes de añadir-: Nadie echará de menos a este desgraciado. Cometió un asesinato en primer grado, secuestró a una muchacha embarazada, blanqueó dinero y extorsionó a cientos de personas mediante amenazas, entre otras cosas. Pienso que su muerte será la noticia más alegre que su familia recibirá por este día -se burló, sonriente.

-Temo que no comparto tu retorcido sentido del humor.

-Eso se debe a que nunca estuviste cara a cara con Bartholomew Ivanov. -Le dio una palmada en el hombro, y se distanció-. ¡Y ahora nadie más lo estará! Me encanta este... maldito... y maravilloso trabajo. Revisa las cámaras de seguridad hasta que encuentres el minuto exacto donde el bastardo se cortó la yugular. Y llama a Milton para que te desvele dónde mierda estuvo durante su guardia. Te espero en mi despacho dentro de una hora.

Y con un paso sosegado, Adams dejó a Reed a su suerte.

Capítulo 2 Problema 1

Capítulo

16 años más tarde

Los cristales en forma de diminutos diamantes pendían de los diversos candiles, como si estuvieran levitando gracias a un truco de magia. El alboroto acomodado en el salón de baile cesó conforme las manecillas del reloj avanzaban, siempre contra los planes de quienes se hallaban deambulando de un rincón a otro. Los invitados se paseaban con elegancia entre suaves carcajadas, tomando las copas que reposaban sobre las mesas dispuestas por la estancia. Natalie examinó cuidadosamente los rostros, sintiendo impotencia al no reconocerlos; no a la mayoría. Mascullando en susurros la innecesaria norma que el anfitrión había impuesto, abandonó su posición y se adentró entre el gentío, atenta a cualquier acto.

-¿Tienes algo? -le preguntó Leopold a través del pinganillo.

Natalie llevó una de las copas de vino hacia sus labios, deteniéndose cuando el filo del cristal estaba a escasos centímetros de su boca. Su labio inferior, pintado en una tonalidad carmesí, lo rozó levemente, dejando tras de sí una inmaculada marca de su pintalabios.

-No -respondió en voz baja, recorriendo la sala por enésima vez-. Todos portan esas estúpidas máscaras. ¿Cómo se supone que identificaremos a Lady Charlotte Bowman entre los presentes? Aunque haya estado con ella en numerosas ocasiones, es complicado reconocerla cuando aprecio más de treinta rubias enmascaradas y ceñidas en sus trajes.

-Entabla conversación con alguna de ellas. Apuesto a que la reconocerías si escuchas su tono de voz. Sabes tan bien como yo que no podemos marcharnos sin el dichoso reloj.

La mayor de los Ivanov puso los ojos en blanco, tomando un pequeño sorbo de su copa antes de colocarla en el mantel de estampados dorados. Acomodó su cabello ondulado y notó cómo los mechones rubios caían con gracia a los laterales de su rostro, otorgándole un aspecto más adulto. Entrelazó las manos en su estómago, enderezando la espalda, y se dispuso a deambular mientras esbozaba pequeñas sonrisas para quienes la saludaban.

-Podríamos cenar juntos una noche -sugirió Leopold.

-¿Con qué propósito? -contestó al mismo tiempo que tomaba el camino de las estatuas de mármol. Se trataba de un pasillo en el que encontró los retratos familiares del actual candidato a la presidencia de los Estados Unidos. Decenas de ojos le perseguían, escrutándola con aires de superioridad y haciéndola sentir incómoda.

-¿Necesito una excusa para invitarte a cenar?

Natalie evadió la réplica con un pequeño estornudo. Leopold había dejado caer durante las últimas dos semanas sus deseos de evadirse del trabajo y pasearse por las bonitas calles de Nueva York, dispuesto a conocer las zonas más recónditas de la ciudad. Natalie supo, sin mucha dificultad, que su compañero de trabajo la estaba invitando a salir, y no dentro de la categoría de la amistad. A sus veintitrés años, la señorita Ivanova nunca había tenido una relación formal con otros elementos que no fueran los estudios o su profesión. Había aprendido de las increíbles vivencias de sus padres que el amor conllevaba una responsabilidad demasiado grande; un sentimiento que ella no era capaz de otorgar a la ligera.

No deseaba convertirse en una de las jóvenes que desperdiciaban los valiosos minutos de su juventud en cuidar a esos seres llorones y glotones, también llamados bebés.

Se detuvo unos instantes frente al espejo que ocupaba la pared izquierda de la siguiente estancia. Poseía un marco con decoraciones grabadas en oro, donde divisó a los personajes de la mitología griega representados en miniatura, resaltando la importancia de quienes habitaban en esa mansión. Los Bowman eran, en ese preciso momento, la familia más buscada a nivel mundial. La causa residía en el honorable Harold Bowman, el cual podría ser elegido nuevo presidente de los Estados Unidos en cuestión de unos pocos días. La fiesta de máscaras que había decidido celebrar no era más que un incentivo para ganar las votaciones de aquellos individuos que aún dudaban qué candidato escoger. El otro hombre en la carrera presidencial era Joseph Stewart, partidario de la extrema derecha. Los sondeos apuntaban a una aplastante victoria de Harold Bowman, sin embargo, nunca estaba de más cerciorarse de que la situación acabaría tal y como uno desea, sin sorpresas.

Natalie recorrió con la vista la figura que el espejo reflejaba de sí misma: la tela había sido escogida gracias a la participación de su casi hermana, Daisy Connelly. En realidad, no compartían sangre o vínculo familiar, pero estaban tan unidas que lo parecía. La prenda dejaba al descubierto un pronunciado escote en forma de corazón, ciñéndose a su vientre y caderas. Después de este punto de su cuerpo, la falda del vestido caía con amplitud hasta sus tobillos, en los cuales se anudaba la correa de sus tacones. Natalie era muy consciente de los gratos genes que sus padres le habían regalado, pero nunca se aprovechaba de ellos.

-¿Señorita Ivanova? -La llamó alguien a sus espaldas, sobresaltándola.

Izó el mentón de tal forma que su vista se encontrara a través del espejo con el poseedor de dicha voz. Y cuando reconoció sus masculinas facciones, Natalie contuvo el aliento.

-Qué grata sorpresa encontrarla en mi morada -agregó, extendiendo una mano.

-Señor Bowman -pronunció sin trabarse en ninguna sílaba.

Si el futuro presidente se hallaba en esa área, su esposa no andaría demasiado lejos.

Natalie Ivanova tenía bien claro cuál era su propósito esa noche: sustraer de un modo u otro el Audemars Piguet que Charlotte portaba en todos los eventos. En realidad, no se trataba de una simple pieza de relojería hecha de oro y diamantes engarzados: en la parte posterior, donde debería encontrarse una pequeña pila redonda, se ocultaba una tarjeta de datos informáticos que podrían ayudar a su causa privada. Natalie trabajaba para una asociación anónima, pero legal, que ofrecía los servicios de un guardaespaldas. Lo que diferenciaba su puesto de los hombres uniformados, con cuerpo robusto y pose amenazante, es que ella no ahuyentaba a los posibles atacantes escoltando a su cliente. Lo protegía de una forma más sutil: se ocupaba de las investigaciones privadas, de corrupciones e intentos de asesinato. Probablemente había heredado el ansia por la adrenalina y el peligro de su entrañable padre, Dimitri Ivanov, y su difunto abuelo, hombre al que no llegó a conocer pero cuyos rumores no eran agradables. De hecho, sus padres le prohibían hablar de él.

Pese a la fama que había adquirido gracias a su espléndido trabajo dentro de la asociación -una vez trabajó para el Duque de Cambridge, quien no dudó en escribir una carta de agradecimiento por los servicios de la joven-, su familia y amistades desconocían su auténtica profesión. No solo deseaba conservar su identidad oculta por la seguridad de su propia familia: el problema más grave residía en Dimitri. Si su padre averiguaba que ella ponía en peligro su vida día tras día, hora tras hora, momento tras momento, se aseguraría de encerrarla dentro de su apartamento e impediría que regresara a su ocupación. Natalie comprendía la preocupación de su padre (no había tenido una juventud ausente de peligro) pero, al mismo tiempo, no estaba dispuesta a que nadie le dijera qué hacer con su vida.

-La velada está siendo encantadora -comentó Natalie, estrechándole la mano. Miró al salón en el que la mayoría se amontonaba y sus pendientes de perlas se zarandearon al hacer el movimiento, captando la atención de Harold-. ¿Qué tal está yendo la campaña? Los pronósticos publicados en el periódico apuntan a su alza entre los candidatos.

-Ojalá se mantuvieran igual de positivos de aquí a dos días -bromeó.

Natalie correspondió a la frase con una risa coqueta, dispuesta a congraciarse con esa figura de tanta relevancia. Los Bowman no la habían contratado personalmente, pues aún no eran conscientes de los riesgos a los que se exponían. Las sonoras campanas del peligro llevaban golpeando a la familia desde hacía meses, es decir, el tiempo en el que Harold se mostraba de cara al público. Su asociación había impedido muchos atentados; los mantenía en secreto para que el caos no se esparciera y decidiera retirarse. La campaña de Harold consistía esencialmente en exponer a los americanos corruptos en los antiguos partidos, ganándose enemistades que le colocaban en una posición muy comprometida.

-Si me disculpas, debo atender a los demás invitados. Dele mis más sinceros saludos y recuerdos a su padre. Espero con impaciencia su respuesta a nuestro acuerdo -agregó, tomando la mano de Natalie para depositar un casto beso en el dorso.

-Por supuesto. Ha sido un placer.

En cuanto el señor Bowman desapareció entre el cúmulo de invitados, que le aguardaban con impaciencia a los pies de la escalera principal, Natalie descompuso su rostro hasta el extremo en el que creyó que se echaría a llorar. ¡Su padre había llevado a cabo nuevas negociaciones con Harold sin consultarle! No le desagradaba la idea de que las Industrias Ivanov (que llevaban funcionando desde hace más de setenta años) prosperasen al aliarse con un candidato a la presidencia. No obstante, ella misma le había advertido del riesgo, de los inconvenientes que surgirían al aliarse con Harold a pocos días de su elección.

-Sea lo que sea que piensas, olvídate -ordenó Leopold.

-Mataría a mi padre si pudiera. ¿Quién diantres actúa con semejante imprudencia? Si al menos no supiera lo que ocurre en la familia de Harold, entendería su decisión. Pero le he informado de los rumores que circulan en torno a él. Maldita sea. Mamá tendrá un paro cardíaco cuando descubra esto -murmuró entre dientes, acudiendo a las escaleras.

Comprobó la hora para asegurarse de que todavía disponía de tiempo. Nada más alzar la vista, se encontró con la imponente silueta de una mujer descendiendo por las escaleras, arrastrando consigo un vestido de color champán. Se había desecho del antifaz, dispuesta a demostrarle a sus asistentes que no tenía intención de ocultarse. Charlotte parecía una... reina sacada de una película histórica. No solo era bonita, sino también inteligente. Poseía un alma caritativa que le instaba a viajar a los lugares más necesitados, proporcionándoles toda la ayuda económica posible. Su último vuelo a África resultó ser una pesadilla que le mantuvo en el centro de los titulares televisivos durante una semana. El vuelo en el que viajaba quedó incomunicado y dieron por sentado que se había hundido en el Atlántico, puesto que los satélites tampoco lo localizaban. Afortunadamente, el incidente se resolvió con la fortuita aparición del avión (no dieron explicaciones públicas) y Charlotte parecía haber recuperado las energías. No cesaba de sonreír, de estrechar manos, de posar.

-Tengo ojos en Charlotte Bowman -le comunicó a Leopold, apartando la mirada de ella por unos instantes. Hurgó en su bolso de mano, pretendiendo estar ocupada buscando el pintalabios, cuando en realidad quería hablar con tranquilidad-. En cuanto consiga el reloj y me haya despedido, abandonaré la estancia por las puertas del sur. Me he ocupado de que las mantengan abiertas hasta las doce, es decir, durante otros veinte minutos.

-Ten mucho cuidado, por favor.

-¿Cuándo no soy cuidadosa, Leo? -se burló.

Leopold emitió un tedioso suspiro, incapaz de creer que Natalie actuase con prepotencia en una situación tan crítica como esa. A sus veintiocho años, Leopold se trasladó del paisaje arenoso de Asia (donde estaba prestando servicio militar) para ocuparse de una asociación que, por ese entonces, estaba dando sus primeros pasos. Con el transcurso del tiempo logró hacerse cargo de los puestos más destacados, encontrándose en el presente como subdirector y también como jefe de la mujer que tanta locura despertaba en él. Aún no podía confesar que la señorita Ivanova le había robado cada ápice de pensamientos, de articular palabras con claridad y moverse como un ser humano normal, porque sabía que sus sentimientos no eran correspondidos. Desde su punto de vista, Natalie era una mujer trabajadora y despampanante en cada uno de los sentidos. Le enamoró su determinación, su fuerza de voluntad a la hora de enfrentarse a los obstáculos que se presentaban.

Era una lástima que Natalie solo se amara a sí misma.

-¡Lady Bowman! No puedo creer que esté llevando el último modelo de Óscar de la Renta. Recuerdo que, durante mi estancia en París, asistí a una de sus presentaciones... y quedé perdidamente enamorada de este vestido -confesó, maravillada por la multitud de colores superpuestos al encaje negro-. Solo puedo decirle que está preciosa -agregó.

-Natalie, querida. -Los ojos de Charlotte se iluminaron nada más verla.

Se olvidó de los empleados que alzaban las bandejas con copas hacia ella, abriendo los brazos para darle la bienvenida a una de las jóvenes que más apreciaba. Natalie agradeció esa muestra de cariño, abrazándola con el mismo ímpetu que ella. Procuró no engancharse accidentalmente en el carísimo satén

-portaba varias pulseras en una muñeca-, así que mantuvo el brazo presionado en su propio pecho. Aprovechó la cercanía y la distracción que provocaban los invitados para comprobar en qué muñeca se encontraba el reloj. Ideó la forma de arrebatárselo sin que se diera cuenta, concluyendo que necesitaría privacidad.

-¿Cómo está Catherine? Lamento mucho la pérdida de su... -se detuvo, consciente de que la joven no tenía ánimos de revivir el momento tan fatídico que experimentó hace unos meses-. Disculpa mi intromisión, no deseaba incomodarte. Lo que ocurrió forma... parte del pasado, es momento de mirar hacia el futuro. -Sostuvo las manos de Natalie, le sonrió con cordialidad-. ¿Qué te parece si pasamos a una sala más tranquila? Me siento exhausta de pasearme entre estos desconocidos.

¡Me duele la boca de tanto sonreír!

-Coincido con usted. Sigo sin comprender cómo es posible que algunas mujeres sean capaces de aguantar más de tres horas en pie con esta tortura. -Señaló a sus tacones.

Siguió a Charlotte por los abarrotados pasillos.

Lograron encerrarse en la sala donde se solía tomar el café, una muy coqueta y amplia, que contaba con varias estanterías y dos cómodos sillones. Natalie sostuvo la falda de su vestido y tomó asiento en uno de ellos, aguardando a Charlotte. Instó a Natalie a que se amoldara a la situación, a que dejara atrás la timidez y se tutearan como dos amigas.

-Mi madre está recuperada, gracias por su interés -respondió a la pregunta que había formulado en primera instancia, descansando las manos en su regazo-. He supuesto que está ansiosa por conocer los resultados electorales. Han pasado décadas desde que las elecciones despiertan tanto clamor como esta. -Fingió que le interesaba su opinión. Solo quería ganar un poco de tiempo, sopesar las distintas opciones para hacerse con el reloj.

-Si te soy sincera, ¡estoy enloqueciendo! Harold no para de discutir con sus compañeros sobre las campañas, los votos, los competidores... Desde hace meses, la única conversación que hay en esta casa es sobre política. Afortunadamente, mi hijo regresa de sus vacaciones esta misma semana. He echado tanto de menos a mi William -suspiró.

-¿William? -Natalie frunció el ceño.

-Partió de viaje hace un año para cursar sus estudios en Francia. Deseaba airearse del ambiente tan nocivo que le rodeaba, comenzar nuevas aventuras por su cuenta. Compartís la misma edad, veintitrés años recién cumplidos. Sin embargo, ha expresado su necesidad por apoyar a su padre en esto, por tanto, le tendremos de vuelta mañana a primera hora.

«Todo tiene sentido», recapacitó Natalie.

Ahora comprendía por qué las inseguridades y amenazas habían acrecentado en las tres últimas semanas: los tan apreciados pero secretos enemigos de los Bowman no planeaban atentar contra Harold o Charlotte. Su objetivo era William Bowman, el único heredero de la fortuna familiar. ¡Eso era! ¿Cómo no había caído en la cuenta? Tan ofuscada se hallaba en el presidente, que había olvidado por completo la existencia de un tercer Bowman y la ventaja que podrían extraer si permanecía en suelo estadounidense por mucho tiempo.

-Su pulsera se ha roto -comentó Natalie de repente.

Charlotte se apresuró a recoger las diminutas perlas que habían caído sobre la falda del vestido, quitándose el reloj y el brazalete para disponer de mayor libertad. Los colocó en la mesita de café, la cual estaba repleta de artículos de revistas y otros objetos. «Con dicho caos, Charlotte no se percatará de la desaparición hasta dentro de varias horas», supuso Natalie. Depositó su bolso de mano encima del reloj, de esta manera, cuando lo tomase de nuevo, se lo llevaría consigo, y le ayudó a recoger las esferas esparcidas en el suelo.

-Menuda supersticiosa -masculló Charlotte para sí misma.

Las bolitas repiquetearon cuando cayeron en el cenicero vacío de Harold.

-¿A qué se refiere? -se interesó la joven.

-Por desgracia, formo parte de ese grupo de personas que creen en la mala y buena suerte. Soy incapaz de dormir en una habitación que contiene espejos, no puedo permitir que un gato negro cruce frente a mis ojos, ¡mucho menos dar giros a objetos dentro de un espacio cerrado! Y ahora he llegado a la conclusión de que algo nocivo pasará, pues ha sido pronunciar el nombre de mi querido William y la pulsera ha estallado -explicó.

-No se preocupe. A su hijo no le sucederá nada -le aseguró Natalie.

«Y más me vale cumplir mi palabra», pensó.

Al cabo de unos quince minutos de animada conversación, Natalie se excusó, alegando que debía marcharse porque a la mañana siguiente la esperaban en una reunión dentro de la empresa familiar. Al mismo tiempo que Charlotte se incorporaba y aplanaba las arrugas del vestido, Natalie deslizó distraídamente el reloj entre la palma de su mano y el costado del bolso, ocultándolo a la vista de todos. Una vez fuera del salón y con el preciado objeto en su posesión, Natalie realizó las despedidas pertinentes y se apresuró a marcharse.

Localizó a Leopold en el lugar que ambos habían acordado. Recogió las faldas del vestido para acelerar sus pasos sin tropezarse y procuró no desviar su atención del húmedo asfalto, temiendo hundir el tacón por accidente en el interior de una rendija. Leopold aprovechó la tenue luz de la luna, y la soledad del callejón, para admirar a la joven enfundada en esas galas. En muy pocas ocasiones había tenido la oportunidad de admirarla así, tan elegante y reluciente, puesto que -pese a su admiración por las prendas finas- Natalie solo las utilizaba en ocasiones especiales, como esa noche.

-He aparcado en la esquina -susurró Leopold cuando ella alcanzó su posición.

Abrió las puertas de la camioneta y extendió la mano para ayudarla a subir. No obstante, y muy a su pesar, la joven entró sin problemas; manteniendo el equilibrio cuando ascendió el elevado escalón. Natalie se deshizo del antifaz de rubíes y lo depositó sobre una de las mesas vacías, tomando asiento en la primera silla libre que encontró. Se descalzó, se quitó las escasas horquillas que mantenían su cabello sujeto y examinó de cerca el reloj. Aquella pieza costaba una fortuna al ser uno de los primeros modelos creados por el fabricante suizo. Había sido modificado levemente en una ocasión para grabar las iniciales de Harold y Charlotte. Supuso que también se aprovechó para incorporar el compartimento interno.

Giró el reloj y acarició con la yema de los dedos el reverso, ensimismada.

Entonces, Natalie graznó y soltó la pieza, apresurándose a tapar su oído izquierdo. Los pitidos eran tan intensos y continuados que perdió la audición unos segundos, sumergiéndose en una burbuja sin ningún tipo de sonido. Leopold se apresuró a desconectar y apagar los sistemas de comunicación que generaban las interferencias, unas que agravaban todos los problemas que Natalie Ivanova experimentaba en ese instante. La vio arrugar el ceño, contraer su rostro y morderse los labios para contener el dolor, sin mucho éxito.

-No has vuelto a tomar la medicación -le reprochó él.

-He estado demasiado ocupada procurando no ser descubierta como para meditar mis problemas de salud -replicó, masajeando la zona con suavidad-. He traído la medicina conmigo. Está en la taquilla, dentro de mi mochila -añadió con un tono más calmado.

Poco a poco, la vertiginosa sensación de precipitarse al suelo empezó a remitir.

-Te traeré un vaso de agua también.

La furgoneta era usada por su asociación como el medio de transporte idóneo: dentro habían instalado lo necesario para estar comunicados con la central. Disponían de armas, de cámaras que contaban con permisos para burlar los códigos de vigilancia de otras sedes y, además, el vehículo estaba compuesto de un material blindado que impedía ser arañado, abollado u aplastado. Puede que Natalie no fuera un guardaespaldas convencional, pero nunca podía saber con certeza cuándo necesitaría una pistola para defenderse.

-Aquí tienes. -Leopold le entregó el frasco con las pastillas y dejó la botella de agua en la mesa más cercana al brazo de Natalie, quien contestó asintiendo y alzando la mirada; como si se sintiera arrepentida-. ¿Cuándo empezaron los dolores de nuevo? Di por sentado que, tras la operación, los efectos secundarios más graves desaparecerían. -Descansó el trasero en el mueble de la derecha, cruzándose de brazos-. ¿Natalie? -Le llamó.

-Las secuelas fueron más graves de lo estimado. Una parte de mi cabeza no funciona como es debido y lo manifiesta a través del oído. Agradece que solo sean unos mareos, o vómitos ocasionales. -Tomó la botella y le quitó el tapón, tomando una pastilla. La echó a su boca y bebió con avidez, ansiosa por recuperarse cuanto antes-. Yo no me llevé la peor parte en el accidente de coche. Lidiar con dolores de oído y vértigos no me ha matado ni me matará... que es exactamente lo que sucedió con otra persona. -Su voz apenas fue audible al final de la frase. Lentamente se perdió en la laguna de los recuerdos indeseados, en la angustiosa semana que estuvo ingresada en el hospital y las posteriores pruebas.

Leopold se lamentó por haber sacado el dichoso tema y se apresuró a tomar el reloj.

Lo único que mantenía a Natalie ocupada y distraída era su profesión.

-De acuerdo, manos a la obra -dijo.

El proceso para desmontar pieza a pieza un reloj tan costoso no fue sencillo...

...mucho menos cuando notaba la mirada de Natalie sobre cada uno de sus movimientos. Logró desenroscar la tapadera trasera y las tuercas gracias a su perfecto pulso, y unas pinzas metálicas, las cuales usó para extraer la tarjeta en que guardaba la información. Tomó el adaptador e introdujo el microchip en la ranura del ordenador, conteniendo el aliento.

-¿Preparada? -quiso saber.

-¿Cuándo no lo estoy?

-Y ahí se manifestó el espíritu de Dimitri Ivanov -se burló a regañadientes.

La pantalla principal del ordenador mostró la carpeta (que se descodificó gracias a un programa, el cual había reconocido los archivos cifrados) y no perdió tiempo a la hora de registrar los cientos de documentos digitalizados. Natalie tuvo que aproximar su silla a la de Leopold porque le costaba leer la letra en negrita. Procuró mantener las distancias, no quería rozar por accidente ninguna parte de su cuerpo, pues podría malinterpretar su acto como un incentivo para la invitación de la cena. En un comienzo no hubo nada interesante, los primeros documentos hacían referencia a cuentas bancarias y pagos personales. No le echaron un vistazo a mayor profundidad porque no le interesaban sus caprichos.

De un instante a otro, Leopold alcanzó documentos escaneados que le hicieron apretar la mandíbula y empequeñecer la vista, impidiendo que Natalie los leyera al completo.

-No te va a gustar lo que hay aquí -le advirtió cuando ella quiso reprochar.

-¿Por qué? ¿Qué es?

-Nombres, muchísimos nombres. Son peces gordos del país, empresarios y otros funcionarios que han sido los fundadores del partido de Bowman. Natalie, estas personas se encuentran en el principio de la lista porque son tan o incluso más valiosas que el propio Harold. Sin sus inversiones, él no hubiera accedido a los cargos de importancia: han sido estas personas quienes le convirtieron en lo que ahora es. -Dio un golpe a la pantalla.

-Apresúrate a mandarle esta información al jefe. Se ocupará de asignar protección a cada uno de los participantes. -Natalie adoptó el mismo tono serio y preocupante que el de Leopold, consciente de lo que eso significaba-. ¿Crees que el causante de los ataques ha tenido acceso a esta lista? ¿O quizá estoy sacando las cosas de quicio? -se preguntó.

-Me encantaría decirte que te equivocas, pero no puedo. Torció el monitor en dirección a Natalie, ampliando los cua

tro primeros nombres.

-Stephen y Barrowman tuvieron que trasladarse bajo protección policial. Ambos son quienes financiaron las campañas publicitarias. Sufrieron un ataque cuando abandonaban el restaurante en el que estaban cenando. -Señaló a los dos siguientes nombres-. Ronin sufrió un allanamiento de morada hace cuatro noches y Gómez fue rescatado de un asalto ayer mismo. Están atacándoles en orden, y no te haces una idea de quién se encuentra en el quinto puesto. -Leopold subrayó con el ratón el nombre de dicho empresario.

Y, tan pronto como Natalie lo leyó, palideció.

-Dimitri Ivanov destaca entre los cinco mayores contribuyentes. Las elecciones están programadas para dentro de dos días, y tu padre ha confirmado su asistencia. Esto... esto no es solo preocupación del Estado y de nuestra asociación: Nat, si él está involucrado en esto, también lo estás tú. Hemos tenido que proteger a las distintas familias, porque si los enemigos de Harold no pueden atacarle a él directamente, comenzarán destruyendo a los pilares de su partido de un modo muy distinto al de ahora. Atacarán a gente como...

-Como yo -completó con un hilo de voz.

Durante los dos años y medio que llevaba prestando servicio a la organización nunca se había inmiscuido en una tarea que hiciera peligrar su vida. Al solucionar los problemas desde dentro, no tenía que exponerse públicamente, como Leopold. Él se acostumbró a la acción y a ser el punto de mira desde que se alistó en el ejército, motivo por el cual no le preocupaba ser el objetivo. Pero, en esa ocasión, la inquietud que afloró en Leopold y en la propia Natalie fue imposible de contrarrestar, porque no había forma de escape.

-No quiero recluirme en mi apartamento como un ratón asustado -declaró ella.

-Exponerte al público incrementará tus posibilidades de ser atacada.

-Sé defenderme. Y me niego a permitir que esos enemigos de identidad desconocida consigan convertirme en una cobarde. Prometí no escabullirme de los problemas, no después de todo lo sucedido en mi propia familia. -Sonó molesta-. No les abandonaré.

-Pronto no tendrás libertad para elegir -le recordó.

-¿Pretendes esposarme y encerrarme en una celda de la asociación? Porque este será el único modo como podrás retenerme, siempre y cuando no me escape antes.

Leopold se obligó a mantener la calma y encaró a Natalie con mucha seriedad.

-Hay una alternativa más efectiva a la que has propuesto.

-No, Leopold. Sé de lo que hablas y me niego rotundamente.

-Has servido tanto a tu trabajo como a tu familia sin rechistar. Es hora de que no solo protejas a uno de los afectados en la lista. -La tomó de la mano y se sorprendió al ver que ella no se apresuraba a apartarla-. Ha llegado el momento que tanto habías evitado.

Natalie cubrió su rostro con la mano libre a la vez que emitía un grito de desesperación, consciente de que el plan de Leopold solo podía significar una cosa:

A partir de ahora, ella también poseería un guardaespaldas.

Capítulo 3 Problema 2

Me niego a aceptarlo. De entre todas las personas que viven en Estados Unidos, es mi padre el que ha efectuado un pacto con el señor Bowman. No ha podido ser otra celebridad u otro empresario que dirige una multinacional. No, ha sido Dimitri Ivanov. Arrastro tanto los pies como la cola del vestido por las escaleras, sintiéndome demasiado exhausta pese al poco trabajo que he realizado esta noche. Leopold acaba de dejarme en la puerta de mi casa, y solo se ha marchado tras asegurarse de que no había nadie merodeando en el jardín o espiando la vivienda mientras se oculta en su vehículo.

Sé que después de descubrir ese peligro al que me he expuesto, mi compañero no dejará de controlarme, como si fuese un bebé recién nacido que precisa de toda protección. Me quito la cremallera del vestido, lo dejo caer a mis pies y salgo de él con parsimonia. Me duele la cabeza. Las punzadas se asientan en mis sienes y cruzan el resto de mi cráneo, suscitando mis deseos de darme un golpe con la pared para comprobar si, de este modo, dejaré de tener molestias. Por fortuna, se impone la escasa cordura que conservo e impide que haga realidad mis pensamientos.

Estoy enfadada con mi padre por ser tan imprudente. Pero también estoy airada con Leopold.

Aunque sea mi superior, no tiene ningún derecho a introducirme en el programa de la asociación, el mismo que protege a mis clientes. Uno en el que, por cierto, he trabajado y dedicado gran parte de mis horas libres, para perfeccionarlo. La puerta del cuarto de baño está abierta y veo, desde mi inmóvil posición en el dormitorio, la bañera vacía. Mi cabello apesta a una extraña mezcla de tabaco, puros y alcohol. Ya sabes, tiene ese aroma propio de una fiesta; el que solo desaparece cuando lo enjabonas dos o tres veces con un champú cuya fragancia a frambuesa se olería a un kilómetro de distancia. A pesar de que sienta la necesidad de sumergirme en el agua cálida -también perfumada gracias a la liviana capa de pétalos de rosas- en la que arrugarme como una pasa, mi cansancio es superior a mis otros anhelos. He madrugado mucho. Si mal no recuerdo, me he despertado a las seis de la mañana, adelantándome al propio sol, e inmediatamente he realizado mi paseo matutino por la manzana. Descubrir la aplastante alianza de mi padre con Harold también me ha arrebatado el último ápice de energía que me quedaba, por lo que me apresuro a introducir las piernas en los pantalones de pijama, a quitarme el sujetador y a sustituir la desnudez de mi pecho por una delgada camiseta de seda.

A veces desearía no tener esta profesión. Solo a veces, por supuesto, puesto que con tan solo imaginar mi futuro atrapada entre las paredes de la industria familiar me entran ánimos de suplicarle a mi superior que me asigne más casos de los que ocuparme. Me tumbo en mi amplia cama, me hundo en la almohada y cierro los ojos. Espero no tener pesadillas, porque necesitaré todas mis energías para afrontar los problemas de mañana. Antes de que el sueño me arrastre lejos, consigo extender una mano para apagar la luz.

Y, en cuanto la oscuridad me engulle, dejo que mi cansancio se declare vencedor.

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