«El mayor error del ser humano es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón».
Mario Benedetti
Catherine
Miré el test.
El test me miró a mí.
Bueno, no lo hizo realmente, pero lo sentí de aquella forma. Las caritas sonrientes me contemplaban como si fueran a romper la minúscula pantalla para abalanzarse sobre mí en cualquier momento. Apoyé la espalda sobre los fríos azulejos de la pared del cuarto de baño y dejé que mi cuerpo resbalase hasta que mi trasero impactó contra el suelo húmedo. No estaba así por la suciedad, sino porque había tomado una ducha hacía menos de diez minutos. El aparato de plástico cayó sobre mi regazo, seguido de mis manos, que se asemejaban a las de un muerto debido a mi entumecimiento.
-Esto no puede estar pasándome -musité con un hilo de voz. Sin pensarlo, descansé la palma de mi mano sobre mi vientre plano.
Una nueva vida crecía en mi interior y no podía hacer nada para evitarlo. Bueno, en realidad sí estaba en mis manos el poder para ponerle fin. La idea de presentarme en una clínica para eliminar mi equivocación se antojaba, al mismo tiempo, como mi solución y como mi tormento, pero era una opción más descabellada que la situación en sí. Habría deseado que la oscuridad me engullera durante los nueves meses siguientes. Tal vez incluso por más tiempo.
¿Cómo continuaría en la universidad con una barriga que aumentaría de volumen semana tras semana? Me había costado forjar las escasas amistades que tenía... ¿Qué iban a pensar sobre mí?
-Catherine -me llamó Alexia desde el otro lado de la puerta. No pude responderle debido al estado de shock en el que me hallaba. Lo único en lo que pensaba era en que estaba embarazada. Yo, embarazada con apenas diecisiete años. ¿Cómo saldría adelante? Ahuequé mis manos y escondí el rostro entre ellas. Pensé que, quizá, me encontraba todavía en mi cama, en medio de una pesadilla que pronto acabaría.
Pero no era así, la voz de Alexia llegó a mí con el peso de la realidad casi al instante.
-¿Qué pone? ¡Catherine! -exclamó ella mientras golpeaba la madera.
Retiré los mechones cobrizos que cubrían mi frente y los deslicé por detrás de mis orejas. No encontraba mi voz para contestarle ni tampoco suficiente fuerza de voluntad como para incorporarme. Todavía recordaba cómo este desastre se había producido:
Había sido exactamente siete días atrás, en la noche de la fiesta de compromiso del célebre Dimitri Ivanov, actual heredero de la industria Ivanov's House of Cars.
Su padre le había cedido una importante cifra de capital para que él festejara por todo lo alto sus días finales como un joven imprudente y libertino porque, a pesar de que Dimitri estaba a punto de cumplir los veintisiete años, seguía comportándose como cualquier adolescente. Supongo que a nadie le gustaría recibir la inmensa responsabilidad de dirigir una empresa sin gozar de tiempo para sus quehaceres personales. E incluso si ese puesto iba a proporcionarle más riquezas, Dimitri desechaba la idea de decir adiós a sus fiestas semanales.
Esa noche yo trabajaba para él a petición de mi otra amiga, Svetlana.
Había accedido solo por la cuantiosa cifra de dinero que ofrecían por participar como camarera; precisaba de ella para pagar el primer año de mis clases.
La universidad a la que yo asistía -Universidad de Columbia, Nueva York- estaba dividida en dos cuatrimestres. El primero de ellos ya había concluido, por fortuna, con las cinco asignaturas aprobadas. No podía asegurar lo mismo sobre el que estaba a punto de iniciar.
Gracias a mis calificaciones del instituto y a los esfuerzos invertidos entre las páginas de los libros de texto, había conseguido adelantar un curso. Y, según el rector de la universidad, no podían dejar pasar la oportunidad de contar con una alumna cuyo expediente fuese tan sobresaliente como el mío.
Sostuve la cabeza entre ambas manos en silencio. Sin responderle a Alexia, rememoré la noche en la que cometí el error.
-Me estoy arrepintiendo de haber aceptado -refunfuñé al mismo tiempo que aplicaba más brillo dorado sobre la piel desnuda de mis brazos.
-Asistes a una fiesta por año, Catherine -respondió Alexia, mi mejor amiga.
A ella la conocía desde los dos últimos cursos del instituto y, con el paso de los años, había demostrado ser alguien excepcional. Pese a no cursar los mismos estudios universitarios, compartíamos en esos momentos el dormitorio de la residencia. ¡Otro pagamento que sumar a mi lista!
-Corrección: estuve en la celebración de tu último cumpleaños -dije.
-Y lo pasaste estupendo.
Puse los ojos en blanco ante su no tan errónea contestación.
Terminé de restregar el maquillaje por mi cuerpo y cerré el frasco de purpurina. No me agradó en lo más mínimo el uniforme seleccionado por el anfitrión, pero mi opinión era inválida porque me pagaban por lucirlo. Me puse en pie para alcanzar las puertas del armario donde guardaban las perchas repletas de chaquetas. Estaban etiquetadas porque éramos demasiadas chicas y no todas compartíamos talla. Busqué la mía con aire distraído mientras anudaba los dedos en la trenza de espiga que Alexia me había realizado.
Me repetía una y otra vez el motivo por el que había aceptado el trabajo, como si ello fuese capaz de aportarme el coraje y el valor que yo tanto necesitaba.
El gobierno otorgaba becas anuales a los estudiantes con calificaciones sobresalientes -como yo-, pero no cubrían el pago del curso íntegro. Como mis padres no se podían permitir la inversión de más capital en mí desde que mi hermano se mudó a California City para encontrar un puesto de trabajo, yo me he visto obligada a buscar pequeñas ocupaciones temporales en tiendas para compensar el precio excesivo de la matrícula.
Por fortuna, mis padres pensaban que me encontraba en casa de Alexia esa noche y no sospechaban cuál era mi verdadera ubicación. Me puse la chaqueta, la remangué a la altura de los codos para mostrar el brillo que con tanto ahínco me había aplicado y eché un vistazo a la cabellera rubia de Alexia. Ella seguía ensimismada con el pintalabios, buscaba el ángulo que le permitiera deslizar la barra escarlata por la parte superior.
-Chicas, es vuestro momento -anunció el coordinador. Asomé la cabeza por las cortinas que separaban el salón de festejos de la sala trasera. Al otro lado distinguí hombres. Muchos hombres. Incluso me atrevería a afirmar que ninguno había llevado consigo la compañía de una pareja.
Svetlana nos había ofrecido el trabajo como ayuda económica, pero también porque nos encomendó una tarea de vital importancia: vigilar a su prometido y evitar que él llevase a cabo acciones de las cuales se lamentaría al amanecer.
-Ya vamos -respondió Alexia.
Conforme salíamos, nos entregaban una bandeja con copas de Martini y de otras bebidas que ofreceríamos a los invitados. Sobre la que me correspondía a mí diferencié una repugnante mezcla de alcohol, en especial de vodka, ron y bourbon.
Sin lugar a dudas, una copa de esos tragos era suficiente para emborrachar a alguien.
El salón había sido decorado por una compañía especializada en despedidas de soltero, así que no me sorprendió ver a una mujer en ropa interior contonear las caderas sobre el escenario; frente a ella se situaba un numeroso grupo de individuos. Pasé de largo, haciéndome camino con muchas disculpas y procurando no perder el equilibrio a causa de los tacones. Globos azulados pululaban de una dirección a otra, lo que significaba un riesgo para las bebidas de mi bandeja, que podrían ser desparramadas sobre uno de los invitados ante el más mínimo error. Las luces de colores se desplazaban a través de un sistema minuciosamente instalado que recorría el techo para perseguir al protagonista de mis pesadillas: Dimitri Ivanov.
El chico, de cabello rubio como caramelo y ojos avellana, encajaba con el prototipo de hombre que revolucionaba las hormonas de cualquier ser humano, hombre o mujer. La mandíbula cuadrada, los labios gruesos y la nariz perfectamente alineada con el resto de sus rasgos sumaban incluso más puntos a su favor.
Yo lo había conocido durante mi estancia en el campamento de verano al que asistí en calidad de alumna dos años antes; el instituto había ofrecido las plazas sin costos adicionales y nadie las rechazó. Por el contrario, Dimitri había participado como el flamante monitor que salvaba a las jóvenes de falsos calambres y ahogamientos. Nunca supe qué lo había impulsado a trabajar allí cuando disponía de la industria de su padre en la palma de su mano.
No volví a ver a Dimitri tras ese increíble mes en el campamento. Inicié la universidad, me centré en mis estudios y me olvidé de su existencia.
Hasta esa noche.
Cuando me detuve por un instante para observar a la multitud, Alexia se situó a mi derecha y me propinó un despistado pero recio empujón. Tuve que aplastar la otra mano bajo la bandeja para que no cayera sobre su uniforme. La fulminé con la mirada para hacerle saber que había estado a punto de costarme una posible expulsión, a lo que la escuché decir:
-La fiesta no está nada mal.
-Si tú lo dices. -Icé el mentón-. Centrémonos en hacer todo bien y a las doce podremos regresar a casa. No veo la hora de que termine. Nunca me ha agradado este ambiente.
-¿En serio vas a seguir ese horario? ¡Vamos! Fue establecido para dar buen ejemplo a la comunidad. La auténtica fiesta comenzará tras la medianoche y será hasta el amanecer.
-Me da igual. Haré lo que vea conveniente para mí.
Alexia se estaba acostumbrada a mi malhumor, detalle que agradecí en esos momentos.
Ella desapareció entre la multitud en dirección al primer grupo de invitados con bocas sedientas de alcohol. Yo imité sus acciones. Tomé una bocanada de aire, aclaré mi garganta y compuse mi mejor sonrisa antes de avanzar.
En cuestión de minutos me vi obligada a regresar al pequeño bar situado detrás del escenario para rellenar las copas. Tras ello, pude retornar a la pista de baile, donde pronto divisé a Alexia entablar conversación con un desconocido. La mezcla de focos de luces y de estaturas entre los invitados me dificultaba la tarea de identificar al forastero, cuya amplia espalda enfundada en una sudadera de los Wild Lions de América destacaba sobre la vestimenta del resto.
El número de relaciones amorosas mantenidas durante mi adolescencia había sido prácticamente nulo. Aún me avergonzaba del lamentoso beso que un chico del último curso me dio bajo el anillo de la canasta del pabellón de educación física. Detestaba la idea de iniciar un romance en la universidad pues, gracias a las desastrosas experiencias de Alexia, era consciente de los suspensos que llegarían por las distracciones.
De hecho, fue por culpa de mi ensimismamiento que me distraje.
Cuando hice el amago de recuperar mis paseos por la pista para repartir las bebidas, un cuerpo que caminaba en dirección contraria a la mía impactó contra la bandeja repleta de copas. Ahogué una exclamación tras percibir la frialdad de los líquidos sobre mi antebrazo. No sé de dónde extraje el equilibrio para impedir que las copas restantes no se precipitasen también. Por fortuna, no ensucié mi uniforme, solo noté el alcohol desparramado en la parte superior de mi brazo.
-Lo lamento -me disculpé-. He perdido la noción del...
Centré mis ojos azules en el rostro asombrado de Dimitri, cuya amplia mano se detuvo a mitad de camino entre la bandeja ladeada y su cuerpo. Probablemente pretendía ofrecerme su ayuda en el caso de que las bebidas, ante el choque, no hubieran sido las únicas que acabaran desparramadas por los suelos.
-Catherine Miller -me llamó-. Has cambiado desde la última vez.
-Para bien o para mal, todos pasamos por la fase de pubertad.
-Has crecido dos palmos, como mínimo -continuó con su estudio. No se percató de mis ansias por escabullirme a la parte trasera del local-. Nunca hubiera apostado que te encontraría en un lugar como este. -Bajó la vista hacia mi vestimenta-. Por lo que aprecio, parece ser que te he contratado. Aunque, si te soy sincero, no recuerdo que tu nombre figurase entre el papeleo. Y créeme, no lo hubiera olvidado.
-Svetlana quiso que participase en una misión encubierta -respondí, me estaba poniendo histérica-, la cual te incluye. - Traté de identificar a mi amiga, necesitaba huir-. Creo que te haces una idea de cuál es mi cometido.
-Por supuesto. -Estalló en carcajadas.
Sus dientes blanqueados y alineados quedaron a la vista cuando la constante risa escapó de su garganta. Algunas arrugas se formaron en las comisuras de su boca, aunque, en lugar de envejecerlo o afearlo, favorecieron a su aspecto. Muchas mujeres coincidían en lo siguiente: algunos hombres parecían estar hechos de vino. Cuanto más tiempo transcurría, mayor atractivo ganaban.
Y Dimitri era uno de esos.
-No te preocupes. Soy un hombre comprometido con el amor. Sé dónde están mis límites, Catherine. -Relajó la tensión en sus hombros, que decayeron unos centímetros, pero mantuvo la sonrisa ladeada y pícara.
-Me alegro de escuchar eso. Si me disculpas...
Ubiqué la bandeja sobre la mesa más próxima y me distancié. Mantuve las manos apretadas en mis costados y la vista puesta en los zapatos que se paseaban de un lado a otro. No supe identificar si mi nerviosismo acarreó la caída de las bebidas o la intervención de Dimitri. Independientemente de la causa, precisaba de unos minutos en un área tranquila para sosegarme.
Pronto localicé mi rincón idóneo en los vestuarios; me encerré en uno de ellos en compañía de agua y de unos paños que humedecí para restregarlos sobre el alcohol pegajoso de mi brazo. Entre todos los presentes en el lugar, tenía que ser yo quien se topara con él. Las probabilidades eran infinitas, teniendo en cuenta el número de invitados y, como si el destino me odiase, optó por ponerlo en mi camino.
Intenté recomponerme lo más veloz posible. No podía permitir que un fantasma del pasado me desmoronase.
Las horas transcurrieron más rápido de lo supuesto, pero la noche no cumplió con mis expectativas originales.
Pasadas las dos de la mañana, nuestro turno había acabado y éramos libres de hacer lo que nos viniese en gana. Y, como no podía desembarazarme del tonto incidente, lo comenté con Alexia, quien insistió en que probase una copa. Al principio rechacé su ofrecimiento y aparté el vaso de vodka que ella intentaba poner en mis manos. Sin embargo, y pese a la voz de mi conciencia que me repetía lo mal que terminaría la noche, lo acepté e ingerí un primer vaso al que pronto le siguió otro. Y otro. Y puede que otro más.
Levanté el chupito de la barra de madera. La superficie estaba tan sucia que mis brazos quedaban adheridos a ella, pero ese detalle pareció no incomodar al coro de individuos formado a mi alrededor: su ocupación era la de animarme para que ingiriera el número catorce.
Había consumido tanto que mis labios estaban adormecidos.
Largué una risotada y acompañé al resto de las exclamaciones mientras alzaba las manos en el aire para celebrar algo sin sentido.
-¡Caramba! ¡Menudo aguante! -Alexia palmeó mi hombro-. Catherine, me enorgullece que tu hígado y tu estómago sean capaces de continuar trabajando pese a todo lo que tu cuerpo contiene, pero deberías parar ya.
-Fu-fuiste tú qui-quien me-me animó. -Quise articular las sílabas de una sentada, sin embargo, me trabé en cada una de ellas-. Me si-siento es-estu-estupendamente. ¡Puedo co-comerme el mu-mundo!
-A este ritmo terminarás en el hospital, Catherine. Lo digo en serio. Mi amiga cernió los dedos en torno a mi antebrazo y me obligó a soltar el chupito. Un calambre me recorrió la extremidad y, aunque no dolió tanto, exageré a causa de mi inmensa borrachera. Debido al tembleque en mis piernas, a la altura de los tacones y a mi estropeada visión -más borrosa que otra cosa- tardamos casi catorce minutos en atravesar el pasillo formado por los entristecidos espectadores. Alexia se cercioró de que nadie nos seguía, cerró la puerta tras nosotras y me forzó a tomar asiento sobre una de las sillas.
-¿Có-cómo es po-posible que yo esté bo-borracha pe-pero tú no? -La señalé, o eso pretendí.
Había más de dos copias de Alexia frente a mí.
-He sido más sensata. -Me acercó un vaso de agua a la boca.
Bebí los sorbos que mi cuerpo me permitía sin vomitarlo y limpié las gotas que resbalaron por mi mentón.
-Llamaré a un taxi para que nos lleve a la residencia. Tus padres te encerrarían de por vida si apareces así por casa -añadió ella.
-¿Qué? -negué rápidamente-. No, ni ha-hablar.
-Eres incapaz de pronunciar una sola frase sin tartamudear.
-Mentira.
Mi actitud infantil la sacó de quicio, o eso supuse cuando me percaté de que arqueaba las cejas y ponía los ojos en blanco. Ya había consumido alcohol con anterioridad, en reuniones familiares y en fiestas de cumpleaños, pero solo esa noche perdí el control de mis actos.
Alexia buscó en su teléfono los célebres Remedios de la abuela -así se llamaba la página web- para reducir la borrachera en cinco minutos o menos. El método que estaba a nuestro alcance era el del agua. Con el alcohol, el cuerpo se deshidrata y una buena manera de espabilarme era consumiendo varias botellas. Quise tomarlas, pero tenía el estómago tan cargado y dolorido que necesité detenerme.
Pasados tres cuartos de hora, me calmé lo suficiente como para poder hablar y comportarme como un ser humano. De hecho, la borrachera había disminuido considerablemente y me consideraba capaz de pensar y de actuar como de costumbre. Me negué a que Alexia me acompañase porque supe que se estaba divirtiendo y que cuidar de mí no encajaba en sus planes. Yo había sido la que se había excedido, no ella. Mi amiga no tenía la responsabilidad de vigilarme; yo ya era adulta y sabía lo que me convenía y lo que no.
Cuando abandoné la fiesta con la idea de regresar a la residencia, el aire gélido que asolaba las calles de Manhattan me ayudó a suavizar los escasos mareos que quedaban, los cuales remitían poco a poco gracias a los trucos caseros. La brisa de febrero era lo suficientemente helada para asesinar a cualquiera... O no, quizás he exagerado un poquito.
-Llámame en cuanto llegues a la residencia. Dúchate, quítate el hedor a alcohol y duerme -ordenó mi mejor amiga mientras acomodaba el cuello de mi chaqueta-. Me parece mala idea que vayas sola. Todavía no eres del todo consciente de...
-Alexandrina, estaré bien.
-No me llames así. -Ella sonrió pese a sus palabras.
Alcé una mano para llamar al primer taxi que circulase por las solitarias calles neoyorquinas; quería demostrar que, si era capaz de buscar mi propio vehículo, también lo sería para llegar sana y salva al dormitorio.
En ocasiones, mi amistad con Alexia se asemejaba a un parentesco de madre e hija. Solía ser yo quien la ayudaba a disminuir sus vómitos o a aferrarle el cabello luego de las fiestas a las que tanto adoraba asistir. Una sonrisa se dibujó en mi cara por un recuerdo inesperado, pero puse los pies sobre la tierra cuando el taxi se detuvo en el bordillo.
Mi amiga me entregó dinero suficiente para el trayecto y aguardó a que yo abriese la puerta del vehículo para desaparecer otra vez en el interior del local.
El conductor -un hombre con bigote blanquecino y boina de cuero- abrió su ventanilla y me preguntó por la dirección a la que me dirigía. Todavía en la acera, abrí la boca para responderle, pero volví a cerrarla cuando sentí sobre mi hombro una mano mucho más cálida y suave al tacto que la puerta que yo sostenía.
-Yo te llevaré a la residencia. Mi conciencia no me permitirá dormir sabiendo que he arruinado parte de tu noche después de nuestro choque. -Dimitri se hizo a un lado y extrajo varios billetes de su bolsillo, ofreciéndoselos al conductor-. Gracias por sus servicios, pero no los necesitaremos.
-Ojalá hubiera más americanos como usted. -Me pareció oír a modo de respuesta.
-En realidad soy ruso, pero no hay de qué.
Enderecé la espalda, cerré la puerta del taxi y me abracé a mí misma. Sin decir nada, seguí los movimientos de Dimitri, desde los más inocentes -como sus intentos por extraer las llaves del bolsillo de su pantalón sin arrojar la cartera ni el teléfono- hasta los que realizaba sin darse cuenta -como, por ejemplo, fruncir los labios por la dificultad o la aparición de una pequeña y gruesa vena en su frente-. Había olvidado que su acento no correspondía al característico inglés. Su familia, «los Ivanov de Manhattan» -como muchos les decían- procedían de Rusia. Si mi memoria no fallaba, creía recordar que causaron un gran revuelo cuando abrieron sus industrias en el país porque sus ventas machacaron por completo a las fábricas americanas.
-Seguro que estás más borracho que yo –afirmé.
-Lo cierto es que he bebido relativamente poco, si lo comparamos a lo que estoy acostumbrado. -Hizo que la llave plateada girase en su dedo índice y señaló el Mercedes rojo aparcado en el callejón-. Estoy genial. Yo no he roto el récord de chupitos esta noche. Me sonrojé y me deslicé en el interior del coche. El cuero blanquecino se deslizó bajo las palmas de mis manos como si perteneciera al pelaje de algún animal exótico; el distinguido y moderno chisme de radio brillaba sin necesidad de que un foco incidiera en él mientras que el espacio que separaba el asiento del salpicadero era tan amplio que podría estirarme y dormir plácidamente. El medallón en forma de espejo que pendía del retrovisor se agitó un poco cuando Dimitri abrió la puerta para ocupar el lado del conductor. El objeto de estructura ovalada giró sobre su propio eje, ahí distinguí la fotografía de una mujer rubia pegada a un lado. Tuve que aferrarme la mano para no tocarlo. Habría sido de mala educación si lo avasallaba a preguntas cuando ni siquiera estaba segura de si me mantendría en pie hasta alcanzar la residencia.
-Estás huyendo de tu propia fiesta -comenté una vez que el coche se adentró por las avenidas -. ¿Te parece insuficiente el número de strippers a medio desnudar que había en el salón? -inquirí-. Se supone que deberías gozar de tu última noche como soltero.
-No es la última. -Centró la mirada en mí por algunos instantes-. Fechamos la boda para dentro de cuatro o cinco fines de semana a partir de hoy. Mi padre se está encargando del papeleo que me corresponde en las industrias, por lo que no encuentro dónde invertir mi tiempo más que en celebraciones. -Se encogió de hombros-. Lo cierto es que no debería descuidar mi puesto en la universidad. Rara vez contratan a profesores tan jóvenes como yo.
-Lo peor es que hablas en serio -mascullé.
Dimitri ensanchó su encantadora sonrisa y deslizó una mano hacia el freno de mano, que quedaba a unos centímetros de mi muslo. Observé las calles pasar y me perdí en mis propias reflexiones hasta que intercepté el inmenso complejo de residencias a una manzana de mi posición. Los prados verdosos, las farolas de bombilla cálida y el relajante sonido de las fuentes conformaron una imagen que, sin lugar a dudas, podría confundirse con la de una postal.
Aparcó en el primer estacionamiento que halló vacío y apagó el motor.
-Dale las gracias a Svetlana de mi parte -anuncié.
Abrí la puerta y me precipité al suelo tan pronto como puse un pie en la acera. Me había olvidado del incómodo calzado que continuaba comprimiendo mis dedos, por lo que mis tobillos se torcieron de mala forma y acabé con las rodillas aplastadas y magulladas sobre algunas piedrecitas. Gracias al impulso de mis manos impedí que me diese de bruces en el suelo.
Dimitri se apeó entre sonoras carcajadas y se aproximó.
-Vamos, Cathy. Ponte de pie. -Extendió las manos hacia mí.
-¿Cómo me has llamado? Me negué a aceptar su ayuda.
-Ya me has oído.
-Lo sé, pero la última vez que te dirigiste a mí de esa manera fue en el campamento, y el motivo era que no conocías mi nombre.
-Presumes de buena memoria para estar borracha.
-Lo estaba hace una hora -me defendí.
Dimitri mantuvo su brazo estirado hacia mí y esperó a que mi actitud de niña malcriada desapareciera.
Sacudí mis manos antes de posarlas sobre las suyas para me impulsara hasta quedar a escasos centímetros de él. Las plumas de mi trenza estaban pilladas en las chapas que adornaban la chaqueta y me generaban molestos tirones de pelo.
-Estúpido atuendo -farfullé-. Has elegido lo más expuesto que encontraste.
Traté de deshacerme del recogido con mis temblorosos dedos, pero me detuve a mitad del proceso, y no porque yo quisiera hacerlo: Dimitri había retirado mis manos para quitar las plumas. Estudié su rostro durante los minutos que permanecimos en silencio y expulsé el aire que retenía con mi característica lentitud. Gracias a la cercanía, pude percatarme de detalles que en la fiesta no hubiera atisbado: él mantenía la mandíbula tensa y el ceño fruncido, y si la vena de su frente era insuficiente, distinguí otra al lado derecho, en la sien. Sus ojos, oscurecidos por la penumbra, pasearon por mi cara, pues notaba mi vista puesta en él y le picaba la curiosidad. Cuando la última pluma cayó al suelo, comenzó a desenredar la trenza. Los cabellos cobrizos y rizados se asentaron sobre mis hombros. Allí me recordé qué acciones debía llevar a cabo si deseaba tomar una bocanada de aire.
-Ha sido nuestra peor idea -susurró.
-¿El qué? -Fruncí el ceño, sin comprender la situación.
-Lo que vamos a hacer, Cathy.
Dimitri pasó un dedo por mi labio inferior para preparar el terreno que sus labios besarían a continuación. Plasmó su boca contra la mía con tanta timidez y delicadeza que, en un principio, me costó creer que fuera él quien me besaba. E incluso llegué a pellizcarme el muslo para comprobar si era realidad. Él se arrimó a mi figura y deslizó las manos por mis pómulos. Sostuvo mi rostro e intensificó el beso.
Abrí la boca para despedir un discreto suspiro de placer, acto aprovechado por él para invadirme con su lengua. Las alarmas de advertencia sonaron en mi cabeza, pues mi mente exigía que me detuviera mientras mi cuerpo suplicaba por otro roce más. Nos distanciamos momentáneamente y nos contemplamos. Supe que no era lo correcto, que estaba mal. Y, a juzgar por la manera en la que él me devolvía la mirada, Dimitri opinaba lo mismo. Sin embargo, no retrocedí para que no volviera a besarme ni él comunicó que regresaría a su vehículo. En lugar de los actos morales correctos, anudé los brazos en torno a su cuello mientras él deslizaba los suyos bajo mi trasero, y me alzaba del suelo. Rodeé su cintura con mis piernas y, apretada a él como un koala, lo insté a que caminase al interior de la residencia.
Percibí el gotelé de la pared contra mis omóplatos cuando Dimitri me apoyó contra el muro para extraer las llaves de mis bolsillos. Supe que tenía experiencia en esto porque no apartaba la lengua de mi cuello mientras atinaba la llave en la cerradura del pomo. Recé para que ningún estudiante saliese de los dormitorios y nos encontrase in fraganti en mitad del pasillo pues, de lo contrario, nos convertiríamos en la novedosa comidilla del campus universitario. Pronto estuvimos resguardados en la seguridad de la habitación. Dimitri me puso en el suelo y aplastó su frente contra la mía. Su respiración era agitada, tanto o incluso más que la mía, y no dejaba de mirarme, como si esperase mi rechazo. De nuevo, mi conciencia repitió que este comportamiento era inadecuado, más bien, impropio de mí. Pero lo deseaba. Maldición, quería hacerlo más que nada en el mundo, especialmente con esa persona que ya había entrado en mi corazón en una ocasión. Machaqué los consejos que esa vocecilla trataba de darme, unos que posteriormente deseé tener de regreso, y me apresuré a desabotonarle la camisa. Imaginé el tipo de calidez que sus pectorales poseerían, la suavidad de la musculatura en su vientre y el roce de mi piel desnuda contra la suya.
Y Dimitri lo hizo realidad.
Los latidos de mi corazón me privaban de la respiración y él se percató de mi nerviosismo. Desnuda a merced de su cuerpo, que escalaba sobre el mío, me recordé que había llegado hasta aquí porque ambos lo quisimos. Su rostro quedó a mi altura de nuevo y escuché el ruido del condón que se acababa de colocar. Yo era virgen hasta la médula en este sentido, nunca había estado desnuda en presencia de otra persona. Y, para mi agradable sorpresa, el hecho de que Dimitri besase mis senos, humedeciera mi cuerpo y acariciase la zona prohibida, no me avergonzó ni me provocó deseos de huir.
El dolor fue estremecedor e insoportable al comienzo. Mis uñas se hincaron en sus brazos y Dimitri tuvo que silenciar mis pequeños jadeos con algunos besos. Se comportaba de manera cariñosa y comprensiva: detenía el avance cuando yo lo pedía, me susurraba al oído que las molestias cesarían y me guio para que yo fuese tan partícipe como él en los actos.
Entonces, se produjo el error que me llevó hasta el cuarto de baño la semana siguiente, con un test de embarazo en mis manos.
Desconozco qué tuvo la culpa: pudo haber sido por la fogosidad de los movimientos -teníamos prisa ante el temor de ser descubiertos-, que el condón estuviera mal puesto desde el principio -a oscuras en mi dormitorio, con la única luz procedente del exterior, no se veía demasiado- o que se rompiera instantes previos a que Dimitri terminase. No importa qué haya sido.
Las consecuencias fueron el problema.
Me obligué a abandonar el baño para evitar que mi mente terminara de revivir la escena. Acalorada, con las mejillas ardiendo como si un hierro al rojo vivo las presionara, regresé a la habitación donde Alexia esperaba a oír mis buenas o malas noticias.
-Catherine -reprochó y puso las manos en sus caderas.
-Estoy embarazada -confirmé.
Mis ojos se anegaron en lágrimas, rompí en llanto mientras Alexia me estrechaba entre sus brazos y emitía pequeños gritos de alegría. O eso supuse. Al principio, no estábamos seguras de si era demasiado pronto para que el test de embarazo reconociese la hormona que debía dar positiva o negativa, pero al leer las instrucciones descubrimos que la prueba era efectiva a partir del sexto día de la supuesta fecundación.
-¿Qué voy a hacer ahora, Alexia? -pregunté.
-Seré tía. -Sus ojos resplandecieron por la emoción.
-Déjate de tonterías, por favor -supliqué, con las manos apoyadas en sus hombros-. Necesito de tu ayuda. ¿Cómo terminaré el curso? ¿Cómo les diré a mis padres que han dejado embarazada a su hija? Peor aún, ¿qué demonios voy a contarle al padre del bebé?
-Un momento. -Ella hizo una pausa-. ¿De quién se trata? Tragué saliva y me mordí el labio inferior antes de pronunciarlo:
-Dimitri.
Capítulo SEMANA 2
Catherine
Centré la vista en las grietas presentes en el techo, a unos metros de mí. Había despertado hacía quince minutos, indiferente a los mundanales problemas. Conforme me espabilaba, también lo hacían los planes que me había impuesto para el día.
Si iba a continuar con el embarazo, no lo haría sola o, al menos, no lo haría sin la compañía del otro responsable. Eché un rápido vistazo al reloj situado a la izquierda de la cama y distinguí un nueve seguido de un veintidós. Hinqué los codos en el colchón para incorporarme algunos centímetros y descubrí que la cama de Alexia estaba vacía, aunque deshecha. Si no había ordenado su lado de la habitación se debía a que, de hacerlo, llegaría tarde a clases, porque de lo contrario hubiese aplanado hasta la más minúscula arruga. Yo tenía el día libre gracias a que mi profesor debía asistir a una reunión de departamento. Nos había comunicado la noche anterior que se cancelaban las clases y, en ese instante, me decidí por buscar a Dimitri en su facultad.
Me quité las sábanas de encima y me encerré en el cuarto de baño, llevé conmigo las prendas más cálidas que tenía en el armario. Es cierto que la complexión de mi cuerpo continuaba intacta y sin alteraciones, sin embargo, tras desnudarme y examinar mi reflejo en el espejo, mi mente me recordó que pronto mi vientre se curvaría hasta convertirme en una ballena con piernas. Traté de alejar esas ideas, porque ni siquiera estaba segura de si continuaría y protegería al feto, y me duché con prisa.
Veinte minutos más tarde, caminaba en dirección al exterior con una barrita de proteínas en el bolsillo trasero de mi pantalón. Tenía el estómago cerrado por culpa de los nervios, así que intentaría desayunar tras hablar con el protagonista de mis pesadillas. Subí la cremallera de mi chaqueta de cuero hasta que el frío metal rozó mi barbilla y empujé las puertas de cristal que permanecían entreabiertas la mayor parte del día. Los estudiantes abandonaban la residencia continuamente, muchos se saltaban algunas clases ya que preferían estar con sus ligues en la comodidad de sus habitaciones o aprovechaban la luz solar para adelantar trabajos en la biblioteca. Dimitri impartía clases de finanzas y economía en la facultad de Números, la cual se ubicaba a cinco minutos de mi posición. No tendría problemas para dar con él. Además de empresario y de hombre supuestamente comprometido con el amor, empleaba parte de su tiempo en enseñar. Y, por más que me esforzara en odiarlo, hacerlo me resulta una tarea bastante complicada. Ascendí los escalones de mármol que dirigían a esa facultad y caminé hacia el mostrador donde se encontraba la señora Bernard, una mujer de cincuenta y un años y cabello teñido de castaño que se encargaba del papeleo.
-Buenos días, Catherine -dijo al reconocerme. Reubicó sus gafas, las cuales resbalaban por el puente de su nariz, y mostró una encantadora sonrisa de dentadura inmaculada-. ¿Qué te trae por esta facultad? Rara vez te veo pasar por la zona.
Yo cursaba Historia en el extremo sur del campus.
-Estoy buscando al profesor Ivanov. ¿Continúa aquí?
-Sí, en el aula 305. ¿Ha ocurrido algo? Me encogí de hombros.
-No, tan solo olvidé entregarle el regalo por su boda. Ya me conoce, no puedo evitar adelantarme a los acontecimientos. -Una risotada histérica escapó de mi garganta. Por fortuna no levanté sus sospechas.
La señora Bernard regresó a sus quehaceres mientras yo me adentraba en los enrevesados pasillos. Desde la entrada y hacia las distintas escaleras encontrabas tantas bifurcaciones que resultaba imposible volver a un mismo punto en dos ocasiones diferentes. Empleé el ascensor para subir a la planta número tres y miré las placas doradas en las que figuraba el número que distinguía las clases, hasta localizar la número 305. A través del pequeño ventanal que adornaba la puerta de madera pude verlo: sentado sobre una esquina del escritorio, en el centro exacto de la plataforma de madera, con una corbata azulada y chaqueta, Dimitri explicaba lo que se reflejaba en el panel electrónico a sus espaldas. Creo que se trataba de la célebre Pirámide de Maslow y de algunos números raros.
Por algunos instantes, en vez de centrarme en mi importante misión, me debatí entre dos tonterías: no supe si Dimitri era más irresistible con ese uniforme o sin ropa. Tomé una profunda bocanada de aire, abrí y cerré los dedos para espantar al entumecimiento causado por mi leve ansiedad y me preparé mentalmente para lo que estaba a punto de suceder.
-¿Profesor? -pregunté tras golpear la puerta-. ¿Puede salir un momento, por favor?
Las miradas de los estudiantes se posaron en mí.
Dimitri agrupó los folios que tenía entre manos, palideció como si acabase de atisbar a un fantasma. Divisé cómo su rostro se crispaba el tiempo suficiente para reconocer que no se esperaba mi visita; al menos, no después de lo ocurrido. Los alumnos cuchichearon, arrimándose unos a otros para constatar si alguno me conocía. Dimitri se excusó para salir y evitó rozarme cuando pasó por mi lado y cerró la puerta.
-¿Qué haces aquí? -murmuró con voz alterada.
-¿Creías que iba a volatilizarme en el aire?
No logré distinguir si estaba asustado por reencontrarse con una de sus amantes -yo no me consideraba así de todas formas - o porque se arrepentía de haber engañado a su prometida. Una vertiginosa sensación ascendió por mi columna cuando estudié el problema desde mi perspectiva: Svetlana era su futura esposa, sí, pero también era mi amiga. Aunque desconocía si todavía entrábamos en ese término.
-Lo cierto es que yo también deseaba hablar contigo sobre eso. Ya sabes a qué me refiero. Dios, ni siquiera puedo pronunciarlo en voz alta. No existen palabras para describir lo mal que me siento -admitió.
Aquello se asemejó a una patada en el estómago.
-No te preocupes por Svetlana, no le contaré nada -añadió-. Lo que pasó será un secreto entre nosotros, ¿de acuerdo? Maldita sea, de verdad que lo siento. Había bebido mucho, no me molesté en pensar dos veces antes de abalanzarme sobre ti.
-Vaya, esto no está siendo nada incómodo -ironicé.
-Debes perdonarme, Catherine, pero tengo que continuar con mis clases o ellos incitarán los nuevos rumores. Sé que esto sonará egoísta, pero si apreciamos a Svetlana, será mejor que no te presentes en la boda. Invéntate algo lo suficientemente grave que justifique tu ausencia. Yo... lo siento... -Hizo un alto para apoyar una mano en el picaporte, sujetándolo hasta que sus nudillos se tornaron blancos-. Adiós.
Quise protestar. La sangre me hervía en las venas, los colores ascendieron a mis pómulos hasta tal extremo en el que mi visión se nubló. Clavé las uñas en las palmas de mis manos para no arañarle el rostro a Dimitri, reprimí mis impulsos. No era justo. Él había sido quien me besó en primer lugar y, sí, sabía que yo no lo había querido detenerlo. Sin embargo, eso no respaldaba su comportamiento conmigo. Quedaba vetada de una boda, de la que llevaba deseando participar desde que anunciaron su compromiso, porque Dimitri no se consideraba lo suficientemente osado para compartir un espacio de cientos de metros conmigo.
A pesar de mis deseos, mantuve la boca cerrada y asentí una sola vez.
Si antes no había hallado razones para detestarlo, en esos momentos contaba con tantas que podría haber escrito un libro con ellas. Él me miró de nuevo, mostrándome unos ojos anegados en ese molesto líquido transparente que también amenazaba con abordarme. No suscitó ninguna emoción agradable en mí, sino todo lo opuesto: hubiera pateado su entrepierna para ocasionarle más dolor, de ser posible.
-Ha sido muy amable conocer tu opinión -murmuré en cuanto cerró la puerta.
Abandoné el edificio con rapidez y me estremecí cuando una suave brisa de aire removió mi cabello. No saludé a la señora Bernard a mi paso; no me detuve a pronunciar un simple «adiós» por la inquietud de estallar en llanto. Si abría la boca, aunque fuese para respirar, el campus entero me escucharía.
Tomé asiento en uno de los bancos y me hundí en la chaqueta.
-Estamos solos, pequeño -apoyé una mano sobre mi estómago. Sentí envidia de los estudiantes que recorrían el césped con escasas preocupaciones. Algunos, cabizbajos y somnolientos, trataban de coordinar el movimiento de sus pies para no tropezarse con el bordillo de la acera; otros, espabilados y felices para tratarse de un lunes por la mañana, tecleaban en las pantallas de sus teléfonos con bobas sonrisas dibujadas en sus caras. Dos semanas atrás, yo había
sido como ellos.
Me abrumaba lo rápido e inesperado que había sido el cambio producido desde la fiesta de despedida de soltero hasta ese día de mierda.
Reconocí a Alexia en la distancia. Había recogido su cabello dorado en una coleta holgada, algunos mechones rebeldes cubrían su frente y sus ojos. En sus brazos cargaba una pila de libros en los que identifiqué títulos de novelas clásicas como El retrato de Dorian Gray o Cien años de soledad. Cuando ella miró en mi dirección, alcé la mano y la sacudí en el aire. Precisaba de su ayuda después del balde de decepción que había caído sobre mis hombros. Al igual que miles de individuos en esa ciudad y en el resto del planeta, yo detestaba llorar en presencia de otros. Pero me encontraba tan angustiada y tan nerviosa que no me importaba revelar esa faceta ante Alexia.
Ella tomó asiento a mi derecha y se despidió de sus compañeros, que se apresuraban a distanciarse de la facultad de Letras. Mi mejor amiga cursaba Filología Inglesa, los únicos trabajos que sus profesores exigían eran la lectura de los libros que descansaban sobre el banco y que formaban una pequeña barrera entre nuestros cuerpos.
-¿Qué tal ha ido con Mr. Cañón? -Movió las cejas.
-¿De verdad te apetece saberlo?
-Por supuesto -aseguró ella.
-No le he dicho nada porque se ha negado a escucharme. Aparté la mirada y anudé las manos sobre mi regazo.
-Dimitri es un estúpido -sentenció. La escuché removerse, y sentí que apoyaba las manos sobre mis hombros, pellizcándolos para llamar mi atención-. Los hombres en general son unos idiotas después de mantener relaciones. ¿Por qué crees que ha actuado de esa manera? ¿Piensas que se percató de que el condón se rompió y por eso procura evitarte?
-No lo sé. Pero, teniendo en cuenta mi actual situación, y tras los nueve meses de embarazo, no tendré más opciones que dar al bebé en adopción. La otra alternativa es abortar, aunque... -Miré al cielo y parpadeé para alejar las inoportunas lágrimas-, no me atrevo a pasar por ese proceso. No tengo un hogar propio. Soy menor de edad y trabajo en mis horas libres para poder pagar mis estudios. Traer un bebé al mundo y cuidar de él, sin un padre que lo guíe ni una... no puedo hacerlo.
-No permitiré que cometas semejante estupidez. -Alexia me obligó a girarme, y ambas quedamos cara a cara-. Catherine, te conozco lo suficiente para saber que no volverás a conciliar el sueño si das a ese bebé en adopción. Ahora mismo estás ofuscada en la parte negativa, pero ¿qué hay de tus familiares? Cuando se lo cuentes, sin lugar a dudas te apoyarán. Te dije que también me tienes a mí. Trabajaré horas extras si es necesario, pero no perderás a ese bebé porque un imbécil te haya ignorado.
-Estoy muy agobiada -sollocé.
Oculté la cara contra su pecho, aplastándome contra ella. Noté caricias en mi cabello y en el centro de mi espalda. Alexia buscaba calmarme usando trucos que aprendió en las primeras clases de yoga a las que asistió. Extrañamente, ese pensamiento me hizo querer reír. Sequé las lágrimas con la manga de mi chaqueta y enderecé la espalda poco después. No deseaba convertirme en el centro de atención.
-Oh. Ahí está -murmuró a la vez que señalaba a los aparcamientos.
Dimitri acababa de salir de la facultad.
-Tengo que irme. -Me levanté apresuradamente.
-No puedes huir de aquí en adelante, Catherine. -Alexia se cruzó de brazos y dio golpecitos contra el suelo-. En algún momento, y más vale pronto que tarde, tendrás que confesar la verdad, aunque él se niegue a aceptarla.
-Hablamos luego -sentencié.
Procuré evadir la visión del Mercedes rojo y de su conductor. Abandoné el complejo de la universidad por las calles menos concurridas, sorteando a los transeúntes que caminaban en dirección contraria a la mía. Llegué a la estación del subterráneo en pocos minutos y esperé a que el transporte correspondiente arribase para subirme a él. Mis padres vivían en West End Avenue, en un bloque de fachada de ladrillos pardos de varios pisos de altura. Hacía varios días que no hablaba con ellos, necesitaba comunicarles que iban a ser abuelos.
La palabra sonó igual o incluso más extraña que si la hubiera pronunciado en voz alta.
Para matar el tiempo en el transporte, eché mi cabello por encima del hombro derecho y comencé a trenzarlo. Hubiera ido a pie, pero el cielo se estaba encapotando de nubarrones, lo cual significaba que, tarde o temprano, comenzaría a diluviar o a nevar. Esperaba que no fuera ni lo primero ni lo segundo, pues el transporte público estaba siempre mucho más concurrido cuando hay mal clima.
Transcurridos alrededor de quince minutos bajo tierra, volví a las bonitas calles. El edificio en el que pasé mi infancia y gran parte de mi adolescencia se alzó ante mis ojos y los retortijones se acentuaron en la boca de mi estómago. Si lo que Alexia había comentado se hacía realidad, dentro de unos meses podría traer a este bebé a mi hogar, donde crecería tal y como lo hice yo.
-¿Hola? -dije en cuanto abrí la puerta-. ¿Mamá? ¿Papá?
Me faltaba el aliento. A pesar de que mi casa estaba en la segunda planta, las escaleras en forma de caracol parecían ser infinitas. Oí voces provenientes de la cocina y, acto seguido, mi madre cruzó el pasillo con ambos brazos abiertos. Mis ansias por estallar en llanto regresaron al notar el cariño de su abrazo, pero me vi en la obligación de contenerlas. Esbocé una tímida sonrisa al distanciarnos y permití que ella me arrastrase hacia el salón, el cual estaba unido a la cocina.
Mis padres, Sylvia y Dante, tenían la misma edad. Se habían conocido hacía casi tres décadas durante un viaje de estudios a Honolulu, y desde ese entonces no habían podido dejar de pensar el uno en el otro. Es una bonita y verdadera historia de amor.
No soy hija única; Patrick tenía en ese entonces alrededor de veintisiete años y había compartido promoción con Dimitri. De hecho, fueron grandes amigos durante su adolescencia, pero el lazo se arruinó tras la marcha de mi hermano a California y por los compromisos de Dimitri hacia la empresa de su padre.
-Deberías visitarnos más a menudo. -Mi padre dobló el periódico sobre la mesa y prestó atención a la manera en la que yo paseaba en torno a esta mientras observaba la deliciosa comida-. Te damos el permiso para independizarte y te olvidas de que tus padres continúan viviendo al final de la avenida.
-Exagerado -me burlé.
-Vamos, desembucha: ¿qué te trae por aquí? -contestó él-. No digas que te has gastado la paga mensual porque creo recordar las normas...
-No, papá. No es nada de eso. -Jugueteé con un terrón de azúcar que se había caído del bol en el que mamá los conservaba. Estaba cubierto de migajas del pan que papá acababa de cortar-. Tengo que hablar con vosotros. Es un asunto de extrema importancia.
Intercambiaron una mirada preocupada y pronto se acomodaron en el sillón de la sala. Papá borró todo atisbo de diversión y mamá dejó caer el paño húmedo con el que limpiaba. La siguiente escena se asemejó a la de una película que había visto algunos meses atrás. La única diferencia era que esto sucedía de verdad y no frente a una cámara en donde los actores interpretaban sus papeles.
Mis latidos se dispararon de nuevo, tuve que aferrar el bordillo de mi camiseta para controlar la ansiedad y el pánico. Temblaba tanto que mis rodillas no soportaban el peso de mi cuerpo. Resignada, me vi en la obligación de sentarme frente a ellos, en la silla que mi padre había ocupado hacía un minuto.
«Dios mío, voy a desmayarme».
-¿Ocurre algo? -Mi madre clavó la vista en mí.
-Sí. -Humedecí mis labios-, y como no quiero alargar la espera, iré directo al grano. -Tomé una profunda bocanada de aire y dije-: Estoy embarazada de alrededor de dos semanas.
De acuerdo. Ya había liberado al monstruo.
Cerré los ojos y me preparé para los gritos e insultos procedentes de ambos en partes iguales. En mi época de instituto no experimenté ningún caso de embarazo indeseado con mi grupo de amigas o compañeras de clase, aunque sí eran evidentes las intensas campañas emprendidas por los directores y psicólogos relacionados con anticonceptivos. Supuse que mis padres reaccionarían de la peor forma posible porque creían haberme educado lo suficientemente bien como para protegerme en ese aspecto. Sin embargo, ocurrió lo que jamás habría imaginado: estallaron en carcajadas.
Parpadeé otra vez y los fulminé con la mirada, incrédula.
-¿Qué demonios os pasa? -bramé.
-Ha sido una broma muy bien elaborada, cariño. -Mi padre cambió de postura para extraer un pañuelo de su bolsillo. Enjuagó las lágrimas generadas por la intensidad de la risa y descansó una mano en la rodilla de mamá-. Somos conscientes de las novatadas que se realizan en la universidad. Patrick nos puso a prueba en su época, fingiendo que había... que había prendido fuego la casa. No ha colado, Catherine.
-¿Pensáis que estoy bromeando? -Mis ojos se abrieron como platos.
Froté mi cara en un intento desesperado por no gritar.
-Nunca me mofaría de algo tan serio como un embarazo. ¿Cómo podéis pensar eso de mí? Hablo en serio. He pasado unas semanas horrorosas en las que me debatí entre ir directo a una clínica de maternidad para abortar o confesarlo como estoy haciendo ahora. Lo último que necesito es que os riais de mí. Ya he tenido suficiente tortura con mis propios pensamientos -admití.
La faceta gélida que adoptaron mis padres se convertiría, con toda seguridad, en una imagen que ocuparía tanto mis recuerdos más importantes como mis pesadillas. Tenían una extraña mezcla de decepción, tristeza, ira y miedo hacia lo desconocido que se hizo palpable en sus facciones, que se contrajeron al igual que las de un boxeador tras recibir un fuerte impacto. Me lamenté al instante de haberlo confesado.
-Explícate ahora mismo. -La voz autoritaria y gélida de mamá me erizó los vellos de la nuca y de mis extremidades-. ¿Cómo ha sido posible? ¿En qué estabas pensando para tener relaciones sin protección, Catherine Marie Miller?
-Asumo la culpabilidad de los hechos, mamá, pero en mi defensa diré que sí me cuidé. De una forma u otra, el anticonceptivo no funcionó como debería. Se rompió, se cayó o... no lo sé. Tampoco recuerdo la noche con demasiada claridad. Había bebido bastante y... me dejé llevar, no pensé en las consecuencias.
-¡Por el amor de Dios! -Mi padre golpeó con el puño la mesita de café. Las diminutas figuras de porcelana que mamá colocaba junto con las tazas se tambalearon, algunas cayeron hasta fragmentarse-. ¿Dónde está el bastardo que se aprovechó de tu estado? Porque pienso rebanarlo en pedazos.
-Nadie tomó ventaja de mi condición. Yo decidí hacerlo -detallé.
Él hizo el amago de reprochar, pero me adelanté.
-Averigüé mi estado hace casi dos semanas. Según el test, así de avanzada está mi gestación. Estoy muy asustada porque os prometo que esto no entraba en mis planes universitarios. Esta misma mañana he intentado hablar con... el padre, pero no ha querido... escucharme.
-¡Y el muy hijo de puta te abandona! -chilló él.
Jamás había presenciado a mi padre tan molesto e irritado como en ese preciso instante.
La tez de su rostro pasó por diferentes colores, de rojo a morado y de violeta a azul. Mi madre tuvo que sostenerle por las manos, tan tensadas que los nudillos se tornaron blanquecinos.
Yo me limité a hundirme en la silla y a desear pulverizarme.
-En teoría, no me puede abandonar porque no sabe nada. Todavía. Pero tengo intenciones de desvelárselo -balbuceé.
-¿Cómo se llama? ¿Quién es? -Mamá apretó el puente de su nariz.
-Dimitri. Es... es el prometido de Svetlana.
Sus expresiones horrorizadas no precisaron de más explicaciones. No podía sentirme más abochornada.
-¿Lo sabe ella? -Mamá me miró de nuevo, al cabo de unos segundos.
-No.
-¿Se lo dirás?
-No -repetí-. De momento, el secreto se mantiene entre Alexia y vosotros dos. No pienso abandonar los estudios, si es lo que más os preocupa. Trabajaré donde sea para conseguir el dinero necesario. Y os doy mi palabra de que no os molestaré. Me arrepiento de lo que hice por muchos motivos, pero ha llegado la hora de hacerme cargo de mis actos. No puedo ni quiero depender de vuestro sustento para siempre.
Si he sido lo suficientemente adulta para mantener relaciones sin pensar en las consecuencias, entonces, también tenía que ser madura para responsabilizarme del bebé. Me hubiera gustado expresar aquella reflexión, pero me vi incapaz porque mi madre se levantó y se encerró en el cuarto de baño. La incomodidad que predominaba al inicio de la charla comenzaba a disiparse y, por fortuna, papá no acentuó la discusión. Nos quedamos silenciosos, incluso si nuestros pensamientos nos suplicaban que manifestásemos algo, lo que fuera.
Permanecí en casa hasta después de la comida. La barrita ya estaba chafada en el bolsillo, el chocolate se había derretido porque lo había aplastado accidentalmente con mi trasero. Mamá tampoco comió en exceso; masticó con suma lentitud y con la mirada perdida en algún punto de la mesa. Me sorprendió cómo se habían intercambiado los papeles: siempre imaginé que sería Sylvia la que me comprendería ante estos problemas mientras Dan intentaría echarme a patadas de casa.
Como temía, la tempestad se desató en el exterior antes de marcharme. No llevaba el paraguas, supuse que cogería un resfriado por el tiempo que estaría bajo la lluvia hasta alcanzar el metro. Entonces, para mi sorpresa, mamá tomó las llaves del coche y se ofreció llevarme a la universidad. No se lo impedí.
-Buscaba la oportunidad para hablar contigo a solas -dijo mientras conducía. Me enderecé en el asiento y asentí-. Una parte de mí se niega a aceptar que mi niña vaya a convertirse en madre en esta edad tan temprana. Pero nunca has sido una chica irresponsable o problemática, por lo que te creo cuando has mencionado que usasteis protección. -Giró el volante-. Sin embargo, y aunque me cueste decirlo, no puedo aceptar este embarazo sin una reprimenda. Tu padre y yo te apoyaremos en todo lo que podamos. Olvídate de buscar una profesión, al menos durante los primeros meses. Es en ese periodo de tiempo cuando el bebé te necesitará más.
-Mamá...
-He conocido a madres adolescentes que han terminado sus estudios, sí, pero comprende que estás obligada a retrasarlos tanto tiempo como la criatura lo necesite. Tener un hijo no es una tarea sencilla, como se dibujan en esas novelas rosas que tanto te gustan. -Hizo una pausa, se concentró en atravesar el cruce de calles repleto de semáforos en rojo y añadió-: Demuéstrame que eres capaz de hacerle frente. Yo sé que podrás, pero primero has de convencerte a ti misma.
Detuvo el coche con los intermitentes encendidos frente a la residencia. No pudo aparcar porque no había sitio. Aparentemente, gran parte de los estudiantes se habían puesto de acuerdo para no salir mientras llovía. Me giré hacia ella antes de abandonar el vehículo y la abracé con ímpetu. Mamá correspondió al gesto con la misma intensidad y frotó mi espalda, como Alexia había hecho en la mañana. Supe que la conversación no estaba finalizada, pero me sentí muchísimo más aliviada al oír sus palabras. No me impuso ningún castigo porque las renuncias a la libertad, a los estudios, a los amigos y a las fiestas -a todo lo que me gusta hacer- eran condena suficiente.
Me despedí de ella en la distancia y me refugié en mi dormitorio cuando el coche desapareció en otra de las esquinas. Alexia no había regresado, por lo que disponía de largas horas para aburrirme o para adelantar tareas.
-Año nuevo. Vida nueva -comenté mientras arrancaba el viejo calendario del 2018 que todavía pendía de la puerta del baño-. Yo lo he tomado literalmente.
Me senté sobre la cama y emití un suspiro. Lo único en lo que pude concentrarme en lo que restó de la tarde fue en los sonidos que las gotas de lluvia generaban al golpear la ventana, recordándome a unos nudillos que pretendían entrar a la habitación y arrebatarme el resquicio tan mínimo de paz que conservaba.
Capítulo SEMANA 3
Catherine
¡Mierda! Iba a llegar tarde, muy tarde.
Cepillé mis dientes con una mano mientras preparaba la carpeta con los documentos y bolígrafos con la otra. Introduje los libros de esquinas arrugadas en mi mochila y entré en el cuarto de baño para enjuagar mi boca. Me calcé los zapatos de charol que conjuntaban con la falda -en lo que llevamos de año, era la primera vez que me la ponía- y deslicé los brazos por la chaqueta oscura. Eran las nueve de un miércoles que comenzaba bastante mal. Debido a las primeras náuseas -que decidían manifestarse antes de dormir o al levantarme-, y por trasnochar con Alexia, había dormido más de la cuenta. El despertador sonó, por supuesto que lo hizo, pero me hallaba tan sumida en mi sueño que no lo escuché.
-Por fin aparece, señorita Miller -dijo el profesor en cuanto abrí la puerta del aula-. ¿No le parece suficientemente motivadora mi clase?
-Lo siento, anoche dormí mal -mentí en parte-. No volverá a pasar.
-Continuemos con la lectura de la página 230 -añadió.
Tomé asiento detrás de una chica cuyo cabello parecía rosáceo y abrí el libro por la página indicada. Mi estómago rugió al igual que un león, recordándome la ausencia de desayuno. Durante los últimos días Alexia se había comportado como mi niñera: me traía comida en los momentos más inesperados y evitaba que llenase el dormitorio de vómito. No había visto a Dimitri desde el lunes de la anterior semana, cuando lo visité en su facultad, y dentro de medio mes se celebraría su boda. Tenía los días contados para confesarle mi estado.
La clase se terminó más rápido de lo esperado, así que me deslicé entre el tumulto de gente que se apresuraba a abandonar el aula. Mi horario era holgado ese día, solo tuve que guardar mis materiales en la taquilla e intercambiarlos por los de la próxima clase. Estaba hambrienta, famélica, pero sabía que si comía algo terminaría echándolo horas o minutos más tarde.
Al final, opté por sacar de la máquina expendedora una chocolatina con trozos de almendra que devoré sin masticarla bien. Limpié las comisuras de mis labios, arrojé esos envoltorios pringosos a la basura y asistí a la próxima hora: Arqueología.
¿Dónde estás? Me aburro mortalmente.
El mensaje de Alexia iluminó la pantalla de mi móvil, el cual escondí en mi regazo para que el profesor no se percatase de que lo estaba usando. Tecleé tan rápido como mis dedos me permitían, sacrificando ciertas letras por el camino para no demorarme. De seguro ella estaba de regreso en la residencia y olvidó que nuestros horarios eran diferentes casi todos los días de la semana.
Mi móvil falleció poco después, aunque no pude decir lo mismo de mis mareos.
Las paredes de la clase daban vueltas a mi alrededor y la voz del profesor parecía distorsionada. Me percaté de que sudaba; mi espalda estaba impregnada de una capa húmeda que incrementaba con cada nueva náusea. Un eructo casi escapó de mi boca, señal de que no podría retener el vómito por más tiempo. Recogí mis pertenencias y, haciendo caso omiso a la expresión del profesor, abandoné la clase.
Fijé la mirada en el suelo y no me di cuenta contra quién impactó mi brazo mientras caminaba hacia los baños de mujeres. Conseguí llegar tras un costoso recorrido y me encerré en uno de los aseos vacíos.
Me arrodillé frente a él y expulsé lo poco que contenía mi estómago.
-Deja descansar a tu madre -susurré para mi vientre-. Por favor. Tiré de la cadena y regresé al área de lavabos.
Ahogué una exclamación y tropecé con mis propios zapatos cuando vi quién estaba frente a mí. Tuve que aferrarme a la puerta del baño contiguo para no terminar tendida sobre un suelo húmedo de procedencia desconocida.
-¿Te encuentras bien? -Dimitri tensó la mandíbula.
-Sí. Perfectamente. Gracias por mostrar preocupación por mí. Lo aparté de mi camino y abrí el grifo. Llené mi boca con agua y eliminé el asqueroso sabor adherido a mi paladar y lengua; luego, formé una copa con las palmas de mis manos para refrescar mi rostro.
Al terminar, me encontré con su apagada mirada a través del espejo. En esos instantes tenía la oportunidad para confesarle la verdad, sin embargo, no consideraba buena idea contarle que sería padre en los cuartos de baño de una universidad, donde cualquiera podría entrar sin previo aviso.
Me sentí tan mareada que prácticamente tomé asiento sobre el mármol que conformaba el lavabo, atrayendo del todo su atención.
-Me gustaría que te marchases. Estás en el baño de mujeres -exigí.
-Estás disgustada, lo entiendo. -Frotó la barba sin afeitar desde hacía días-. Te buscaba. Venía a disculparme por mi estúpido comportamiento, pero he comprobado que has adoptado la misma actitud que yo.
-¿Pensabas que estaría llorando desconsoladamente en mi dormitorio porque un tío me desvirgó y luego intentó fingir que no existo? -Arqueé una ceja, imitando el egocentrismo suyo-. Pues creo que se confunde de persona, profesor Ivanov.
-Tú invitación a la boda sigue en pie. No hablaba en serio
-prosiguió pese a mi tono hosco e irónico-. Lo siento, de verdad.
Fui un imbécil contigo. Entré en pánico cuando te vi aparecer en la puerta de clase.
-Disculpas insuficientes aceptadas. ¿Podrías marcharte ahora?
Me sostuvo la mirada durante algunos instantes. Estaba segura de que, en este preciso momento, Dimitri analizaba mis facciones cansadas. Las ojeras habían crecido como manchas púrpuras bajo mis párpados, mi piel palidecía con cada náusea que sacudía mi cuerpo. Me encontraba demasiado débil como para iniciar una nueva polémica. Lo único que requería era de una cama blanda y algo frío que aliviase mi malestar corporal.
Olvidándome de mis problemas, decidí estudiar su rostro: él también se mostraba cansado, no pude evitar cuestionarme la causa.
Dimitri Ivanov tenía la vida perfecta: un padre adinerado que le proporcionaba aquello que él deseaba; organizaba celebraciones en lugares tan costosos que, para acceder a ellos, yo debería vender un riñón. Además, estaba a punto de casarse con una chica que lo complacería en todos los sentidos. Aun así, a pesar de los pensamientos negativos que se filtraban en mi mente, mi corazón se revolucionó ante su presencia, pues recordaba la calidez de sus manos rozando mi piel mientras me quitaba la ropa y sus labios buscando los míos para asfixiar los gemidos que nos delatarían.
Tensé la mandíbula y apoyé ambos pies en el suelo. Esperé a que él saliera del baño de una maldita vez. Revivir la escena de sexo desenfrenado era tortura suficiente, no necesitaba añadir más recuerdos para aumentar la culpabilidad.
Al fin y al cabo, me había acostado con el prometido de mi amiga.
-Deberías ir a un médico -comentó al fin-. Lo digo en serio, tienes un aspecto horrible. ¿Ha pasado algo? Solo intento ser amable. Si te molesto, te dejaré a solas, me marcharé en este mismo instante.
¿Por qué hacía eso? ¿Quería volverme loca? Moví el cuello hacia los lados cuando una nueva oleada de náuseas me inundó y no tuve más remedio que adoptar una pose fría y arisca. Pensaba, más bien ansiaba, confesárselo en ese mismo instante, compartir la latosa carga que soportaba. Pero al ver el arrepentimiento en su mirada, y al oír las voces femeninas que resonaban en el pasillo, me acobardé.
-Es un resfriado. -Me encogí de hombros-. Y sí, por favor. Vete.
Él asintió y se ausentó con la misma presteza con la que había aparecido. La impotencia llegó a mí tras unos instantes, me aferré al bordillo del lavabo para no echarme a llorar como una niña de cuatro años. Asumiría mi responsabilidad y la culpa de los hechos. Le confesaría mi estado. Lo haría.
Tarde o temprano tendría que hacerlo.
Traté de convencerme de esa idea antes de abandonar la universidad. La mochila pesaba tanto que la transporté en mis brazos en lugar de cargarla en mi espalda, como de costumbre, y me apresuré a adentrarme en la residencia.
Una vez más me topé con la soledad del dormitorio. Alexia brillaba por su ausencia. Me hubiera gustado encontrarla en su cama, con la música retumbando en las ventanas y cantando como si estuviese convencida de que ganaría un concurso musical. Arrojé mis pertenencias sobre el escritorio que compartíamos, distinguiendo folios repletos de garabatos sobre bandas de música o uniformes de las últimas pasarelas de modelos. Mientras recogía el pijama y el desorden que había creado al levantarme, me percaté de lo que había entre la almohada que empleaba para dormir.
Fruncí el ceño y regresé sobre mis pasos.
Había cerrado el dormitorio con llave al salir. Nunca lo olvidaba puesto que a algunos compañeros les parecía placentero invadir las habitaciones de los demás para ensuciarlas o desvalijarlas. Entonces, ¿cómo habían depositado esa tarjeta sobre mi cama? Me apresuré a tomar el sobre de color beige y textura arrugada. Rasqué con las uñas la pegatina dorada que lo mantenía cerrado y la abrí para descubrir una nota cuya caligrafía reconocí de inmediato:
Querida Catherine.
Con motivo de la celebración de mi compromiso, me complace invitarte a mi fiesta de despedida de soltera. Tendrá lugar el próximo sábado por la noche, en la dirección que especifico al terminar la redacción de esta carta. He preparado un pase similar a este para Alexia. ¡Házselo llegar, por favor! Espero que ambas podáis asistir, pues no me imagino esa noche sin la compañía de mis dos mejores amigas. ¡No lleguéis tarde!
Con todo su cariño,
Svetlana
Deslicé la carta de nuevo en su interior. Mis movimientos se asemejaron a los de un robot oxidado: pequeños y torpes. Tomé asiento en la silla del escritorio y moví las uñas sobre la madera de roble, reflexionando en el significado de sus palabras y en las mentiras que emanarían de mi boca esa noche. Necesitaba una excusa para ausentarme. Una buena excusa.
Rememoré la dirección y caí en la cuenta de que se trataba de la casa de Dimitri en las afueras de Manhattan. Probablemente Svetlana nos invitaría a tomar un baño en la piscina olímpica que pronto sería de su propiedad o nos ofrecería bebidas cargadas de alcohol que yo rechazaría. ¿Qué haría si Dimitri se encontraba en la casa? Pese a ser una fiesta para chicas, nada le impedía al dueño de la mansión estar presente en un despacho. Él no era tonto: me había visto vomitar y casi desfallecer después de nuestro encuentro. Lo averiguaría e iría en mi búsqueda.
Aunque, pensándolo bien...
Recuperé el control del repentino ataque de ansiedad y preparé los mensajes de texto. Uno lo envié a Svetlana para confirmar mi asistencia. Si no era erróneo, me encontraba en la tercera semana de mi embarazo, es decir, que estaba a punto de superar el primer mes de gestación. Mi complexión delgada no sufría de alteraciones todavía y los bañadores no mostrarían más que unos pocos pliegues naturales, esos que todas las mujeres y hombres poseen. Redacté el segundo texto, aunque no llegué a enviarlo. La cabeza rubia de Alexandrina se adentró al dormitorio con varias bolsas de plástico en sus antebrazos. No necesité echarles un vistazo para saber que se trataba de comida.
-Iremos a la fiesta -afirmó con la boca llena de comida.
-¿Qué otra opción nos queda? -Apoyé la planta de los pies en la silla. Usé el impulso del escritorio para aproximarme a su cama y abracé las piernas contra mi pecho-. Si me quedo encerrada, sospechará algo. Dimitri también sospechará. No puedo arriesgarme a que Svetlana averigüe lo que su prometido y quien se supone que era su amiga llevaron a cabo a causa de unas copas.
-Un momento, ¿estás asustada de contárselo a él o es Svetlana la que más temor despierta en ti? Porque sus personalidades son dispares.
«Ambos me aterran», quise responder.
Sin embargo, fingí desconocer la respuesta. La ira de Svetlana se desataría sobre mí al igual que un huracán y, si eso no era demasiado destructivo, podría sobrevivir al mismo. Pero Dimitri era una historia diferente y enrevesada. Sus lazos en Manhattan se limitaban a Svetlana y a la empresa familiar, o de eso tenía constancia. En cuanto uno de ellos llegase a su fin, dispondría de libertad para marcharse a donde quisiera. Y eso incluía la alternativa de abandonarme si rechazaba al bebé.
Me trasladé a la cama de mi mejor amiga y cubrí mi cabeza con la manta que desprendía olor a frambuesas.
Quise avisarle de que tomaría una siesta para sentirme más descansada, pero me quedé dormida de inmediato, con la petición atrapada en mi garganta y con un remolino de pensamientos que protagonizarían mis próximas pesadillas.