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Cuentos inquietantes

Cuentos inquietantes

Autor: : Natán El Zhediak
Género: Suspense
Veintiún relatos sobre temas inquietantes de la realidad social: el rechazo, la culpa, la discriminación, el temor a asumir o a decir las verdades, las conspiraciones y la locura.

Capítulo 1 Reciprocidad

Reciprocidad

Si algo despierto queda en tus adentros, Denis, ahora que has llegado a este punto, te preguntarás por qué este giro fatal del destino, esta coz de la brutalidad humana en tu contra. Puede que la respuesta sea sencilla: la justicia puede hacerse venganza y golpearte de revés, si la ignoras demasiado. La venganza, que tiene sus maneras y sus máscaras, que puede venir de Dios, de los jueces o de un prosaico policía rencoroso.

Estarás recordando la primera vez, el génesis de ti mismo: Disfrutabas tranquilamente tu merienda escolar, como niño mojigato y bien criado, cuando otro niño te golpeó por detrás. Una súbita bofetada que resonó en tu oído largo rato. Al volverte, el rostro del otro estaba allí, retándote burlón, alimentando su fama con tu indecisión. Te preguntaste por qué, sin hablar, sin responder. Fue el comienzo de tus grandes interrogantes. Al otro le decían Bicho, no sabes si por lo feo de su talante o por la insistencia en fastidiar a todo el que no le plantaba cara.

Bicho fue una tortura interminable en la escuela primaria hasta el día en que decidiste detenerlo. Tal vez la amenaza de tu madre, que en gloria esté, te empujó el ánimo. Tu madre y sus dichos, su jerga provinciana. «Si me entero que Bicho te vuelve a dar un sopapo y no le rajas la cabeza, voy a ser yo quien te pele, con un cuje guayaba¬¬». Así hablaba, no había manera que dijera paliza o golpiza, todo en ella era darte una pela, una tunda o una pavana. Era un recuerdo grato para ti, siempre lo será...

Ya en sexto grado estaban en el huerto, escardando los brezos y otra vez la pesada mano de Bicho te golpeó con saña. Un ardor de fuego cubrió tu cara y subió por tus adentros. Tomaste una estaca de marabú. Tus brazos se movieron sin que lo quisieras y golpeaste a Bicho justo donde se hacía la raya en el pelo. Luego, estabas fascinado por la manera abrupta en que se quebró su semblante y la mueca de burla mutó en sorpresa, dolor y humillación. Bicho no volvió a molestarte jamás, ni podía, una fisura en el cráneo lo dejó atontado de por vida.

Esa fascinación por humillar a tipos zoquetes iba a acompañar tu azarosa vida. Otros Bichos se cruzarían en tu camino. Te preguntabas por qué. Pero entretanto, volvías a administrar la dosis conveniente. Y te daba placer ver la ruptura, el antes y el después, al partirle la crisma al ofensor, al jodedor. Así te hiciste un criminal, pasivo, medio bueno, medio malo. Tu tiempo en la cárcel afinó ese don de aplicar correctivos y transformar lobos en ovejas. Siempre oculto y sibilino, para no volver tras las rejas. Mas algunos confundieron tu mansedumbre con guanajería. Como aquel inspector, que se encarnó en ti cuando montaste tu negocito particular. Mes tras mes amenazaba multarte por este o aquel papel que no tenías. Todo un año duró ese martirio, en tanto las visitas dejaron de ser mensuales y ya venía el hombre cada quince días, a amenazar, a buscar lo suyo, el soborno habitual. Se había enviciado. Tú te cansaste. Y el desdichado era bebedor: solía apaciguarse cuando le obsequiabas un litro de Havana Club.

Un día mezclaste el ron con alcohol de madera y le diste su regalo. El hombre estuvo en terapia intensiva, a punto de irse, aunque por suerte no murió. Pudiste visitarlo en su cubículo y deleitarte en esa transformación asombrosa, milagrosa. El rostro desencajado, suplicante, temeroso de verte...

El último fue tu vecino de enfrente, Aurelio. No era peligroso en sí. Pero tenía manías de vigilante. No ocupaba su vida en nada, salvo en chismear lo que se hacía y lo que se movía en la cuadra. Aurelio se la cogió contigo. No vivía, el pobre, de lo atento que estaba a cada movimiento que hicieras. Te espiaba sin pudor alguno, por las persianas o desde la puerta, día, noche y madrugada...al entrar y salir, él siempre estaba allí, mirando todo, si llevabas algo, si hablabas con alguien...Algo demoniaco que te colmó la paciencia.

Una noche pusiste heces abundantes en una cesta y le rociaste todo el frente de la casa. En la mañana estuviste atento a su reacción. Listo para el momento del cambio. A fin de cuentas, era mucha mierda la que tenían sus paredes y sus ventanas. Esperaste.

Pero Aurelio no salió de la casa, sino que llegó al poco un carro patrulla y dos policías te sacaron esposado a la vista de todos. En la Estación, en el local de interrogatorios, esperaba Aurelio, el vecino, junto a otro oficial de alto rango. Resultó que Aurelio era un policía camuflado. El otro jerarca mostró un video donde se veía claramente como lanzabas la mierda. Aurelio estaba filmando en ese momento. Te encabronaste por su pretensión de acusarte de sabotaje a la autoridad. También eras ducho en leyes y supiste defenderte. No había pruebas de que el del vídeo fueras tú. Tuvieron que soltarte.

Pese a ello, Aurelio intensificó la vigilancia. Y una madrugada que parecía como que te esperaba, disimulando estar ocupado en su jardín, se te llenó la copa. Lo ofendiste, en todas las formas en que un hombre puede ser ofendido. Chivato, sulacrán, mira huecos, maricón, tarrú...Tal fue el repertorio que le lanzaste encima, a ver si reaccionaba. Pero Aurelio no respondió, solo te filmaba, con su teléfono móvil.

Esa vez la patrulla vino y te llevaron directo a prisión. Además de lo grabado, hubo vecinos que se ofrecieron como testigos para acusarte. Es que Aurelio no era un cualquiera. Tenía su reputación. Por eso en cuanto estuviste tras las rejas envió gente a darte una paliza. Cinco o seis, con palos y mangueras. No era para matarte, pero parece que se les fue la mano. Supongo que te habrás acordado en tu dolor de los dichos de tu difunta madre. Una tunda; tremenda pela; una pavana olímpica, hubiera dicho ella, de ver lo que te hicieron.

La jodida Justicia hecha venganza, Denis. Como mula ciega que patea de revés. Ahora has vuelto a las dudas de siempre. A los porqués eternos. Cavilando en tu desdicha, si algún pensamiento queda en el hombre después que cruza al otro lado. Y por ello gritas. Desaforadamente. Como para desahogarte. Pero los que miran a través del cristal de tu féretro no te pueden responder, porque no escuchan.

Capítulo 2 Conexiones del alma

Conexiones del alma

Aquel sueño podía ser un aviso espiritual, una advertencia. ¿Dónde y en qué momento se había dormido? Frente al televisor, quizá. En la columbina de la terraza, mientras leía el periódico. Quizá sentado en el retrete. Yara, astutamente, evitaba despertarlo y se iba sola a la cama, a buen resguardo de sus ronquidos...

Desiderio siguió soñando: Caminaba por una casa colonial, oscura y en ruinas. Pero el sueño no había comenzado allí, sino frente a la pipa de cerveza en el club, bebiendo y hablando sandeces con los amigos. Después se le hizo tarde y se apuraba en regresar a casa, ebrio y satisfecho, pedaleando cansonamente el desvencijado triciclo del que era propietario. La cerveza le había inflado salvajemente la vejiga, así que detuvo el triciclo a mitad de cuadra y entró a trompicones en la vieja casona. Orinó un largo minuto sobre los escombros. Luego un velado impulso le hizo sacar la linterna y entrar a explorar el caserón. Las paredes húmedas, los pasillos laberinticos. Al final, un gran portón de madera corroída, que daba a la calle de atrás. Desi palpó el enorme pestillo y pugnó por abrirlo. El maderaje crujió, lastimeramente, hasta ceder por fin. Un chorro de luz de neón y destellos del alumbrado público se filtró por la apertura.

―¿Qué carajos...¿― balbuceó Desi.

No era la calle que esperaba ver. Oscura y desierta como todas las de su barrio a esa hora. Aquella era otra calle, sin dudas. Lívido de sorpresa, Desi salió fuera para quedar en medio de un inusual tráfago de gente y jolgorio musical. De inmediato reconoció el bulevar de Obispo. Una calle inconfundiblemente habanera. «No puede ser», susurró, incrédulo. Pero enseguida recordó que solo era un sueño y en sueños se puede ir donde sea, no importa si la Habana estaba a quinientos kilómetros de allí.

Tres años antes, cuando su hijo Adrián comenzaba estudios en la UCI, era habitual que viajara a la capital a llevarle avituallamientos quincenales. Hasta que el muchacho se emancipó, a su manera y ya era él quien venía a visitarlos, una vez al mes, o cuando le entraban las ganas... Adriancito estaba muy cambiado. Como padre, Desi se espantaba de verlo en tantos melindres y acicalamientos ante el espejo, lo único que parecía importarle. Se lo había reprochado a Yara, que el muchacho estaba muy blandito. Que no era el ejemplo que le había dado. Pero Yara fingía no verlo...

... Desi se angustió y volvió sobre sus pasos, en busca del portón. Su gira por el reino de Morfeo podía derivar en pesadilla, si insistía en explorar demasiado. Le extrañaba no haber despertado. Sabía que un sueño del que no se despierta puede significar que se ha muerto. Y un sueño que se repite un día tras otro puede ser prueba de que se ha enloquecido. Según le constaba, los locos vivían en un bucle onírico, atrapados en una falsa realidad que se les repetía una y otra vez hasta el cansancio...

Desi se introdujo de regreso en la casona derruida...Despertó al lado de Yara. La sacudió por los hombros. Quería contarle, pero fue en vano. Yara no despertó. Tomaba píldoras sedantes y siempre caía rendida como una piedra. Contempló el cuerpo desnudo de su mujer. Boca abierta y babeante. Pechos marchitos. Las piernas, que antaño fueron su delicia, bordadas feamente por las várices....

Pasó el día siguiente en cama, fingiéndose acatarrado. A la noche se acomodó frente a la tv y enseguida volvió a entrar en el mismo nudo de ensoñaciones. El mismo itinerario: pipa de cerveza, cháchara inútil con los socios, las horribles ganas de orinar y luego atravesar el crujiente portón hacia el bulevar de Obispo, que seguía impertérrito en su sitio.

«Estoy jodido» gimió Desi quedamente.

Conociendo que para escapar de un bucle era necesario cometer alguna barbaridad, o sea, romper las reglas de lo que debe hacerse dentro de un sueño, estaba listo para intentarlo.

A ese fin desanduvo el bulevar en busca del chance apropiado. En la esquina del bar Floridita le salió al paso un piquete de turistas foráneos, en bulliciosa tertulia. Se imaginó arrebatándole la billetera a alguno de ellos y dándose a la fuga. Sin embargo desistió de la idea. Ni aún en sueños soportaría él una larga carrera, con toda la parafernalia policíaca detrás. Prosiguió hasta el Parque Central. Un banco solitario, húmedo de rocío. Se dejó caer, pesadamente. Embebido en el discurrir de las horas. Hasta que su Poljov marcó las tres de la madrugada y el parque comenzó a adornarse de curiosas criaturas.

Las damas de la noche llegaron para ocupar posiciones, al acecho de clientes potenciales. Una de ellas, de altos tacones rojos y minifalda, llegó donde Desi y lo sorprendió en pleno bostezo.

― ¿Tienes hambre, bello? ¿Quieres pastelito? ―le propuso.

―Circula, circula, no quiero tu pastelito ―le aventó Desi con una mueca de disgusto.

La dama de la noche ignoró su demanda y se le plantó delante, estoica.

―Debería darte pena, ―suspiró― estar allí pasmado, con tantas cosas ricas alrededor.

Involuntariamente, Desi fijó su atención en las bien torneadas piernas. Deberían ser toscas, como le cabe a un varón tenerlas, sin embargo... La dama captó su mirada y se sentó a su lado. Desconcertado aun con aquellas piernas, Desi se dejó agarrar la mano. De repente estuvo palpando las soberbias pantorrillas, con admiración.

―No tienes várices. ―comentó, como quien descubre otra pirámide.

La dama de la noche hizo un gesto airado.

― ¿Qué clase de diablas te tiras, campeón? ―protestó con un chillido, para luego encimársele con desfachatez ―Tócame. Sin miedo, no te costará.

―No estoy buscando nada ―balbuceó Desi y sacó la mano, como si se le quemara.

Sin embargo, algún fuego se le había encendido bajo la ingle.

― ¿Te gustan las piernas lindas?

―Sí. Pero las piernas de las mujeres, son las que me gustan-rezongó Desi.

La dama de la noche se puso una mano en la cadera y levantó mucho una ceja.

―Ese bulto en tu pantalón me dice otra cosa. ―dijo y se volvió a sentar.

― Pobrecillo. Tan solito en este parque inmenso. ¿Te botaron de la casa? ¿Tienes esposa?

―Tengo. ―respondió Desi― Y un hijo ―añadió― Por cierto, también es...pato.

―Oh, claro, por eso estás así, tenso. Se ve que nunca te desahogas...

La dama de la noche palpó con sus uñas punzantes los bíceps flácidos.

―No me toques, ya te lo dije ―se zafó Desi, incómodo.

―A lo mejor, mi goloso, quieres carnecita fresca. Yo te puedo conectar con la mejor carne. ¿Quieres que te conecte, sí o sí?

Desi se encogió de hombros. «Si se trata de romper un bucle...», masculló para sí mismo, imperceptiblemente. Entonces la dama silbó hacia otras damas que conversaban en la esquina. Estas aullaron de entusiasmo y se apuraron a comparecer. La dama líder agarró con sutileza a una de las muchachas y se la puso delante a Desi, que siguió sentado, haciéndose el distraído.

―Ella es Karla―le anunció la dama― y quiere estrenarse con un tipo rudo, como tú. Te la dejo aquí, precioso. Después me lo agradeces. Ah... y cada vez que vengas, por favor, pregunta por Shaki, búscame galán, que yo te conecto...

La dama giró sobre sus tacones, en señal de retirada y las otras damas la imitaron. Se fueron en gracioso pelotón, contoneando exageradamente las caderas. Más la muchacha frente a él permaneció callada, con la atención concentrada en la punta de sus zapatos. Desi finalmente suspiró y la invitó a sentarse. Piernas largas y turgentes. Demasiado corta la minifalda.

― ¿Qué edad tienes? ―le preguntó, para romper el hielo.

―Dieciocho―respondió la muchacha, ruborizada.

― Oh ¿Y nunca has probado...?

― Nunca.

― No tengas miedo. ― apuntó Desi mientras le acariciaba la barbilla.

Dejó a un lado la gorra que le escondía la calvicie y acercó su boca bigotuda a aquellos labios que le parecían de fresa. Sin embargo, en cuanto las pupilas de ambos se enfocaron de cerca, la muchacha dio un respingo y empujó a Desi, apartándolo de ella con brusquedad.

― ¡Papá! ―gritó espantada.

― ¡Adriancito! ―respondió Desiderio, con ojos incrédulos.

―Papa, ¿qué tú haces aquí en la Habana?

El joven se desprendió de su peluca rubia y la abandonó sobre el banco. Desi sonrió, levantándose. No hay nada que temer, se dijo, solo es un maldito sueño. Así que se evadió del joven con gesto cortés y comenzó a alejarse de la escena.

―Estas equivocado, ―le advirtió al muchacho, viendo que le seguía―sé que te llamas Adriancito, pero no soy tu padre ¿Okey?, no soy tu padre...

El muchacho no se daba por vencido.

―No te vayas papá, déjame explicarte, hablemos de esto de una buena vez...

Desi apuró el paso y lo dejó atrás. Dobló por la esquina del bar Floridita y pasó esquivando el mismo tumulto de turistas de antes. Entró de regreso en el bulevar de Obispo, en busca de un portón que solo él conocía...

― ¡Papá, por favor! Sé por qué viniste. En el fondo eres igual que yo.

Desi echó a correr. El joven trató de seguirlo, pero se le quebraron los enormes tacones y quedó sentado en la acera.

― ¡Papá!

Desi jadeaba cuando entró en la casona. Atrancó el portón tras él, apuntalándolo con tablones, vigas...en fin, con lo que pudo. Entonces despertó, sobresaltado. Yara su mujer dormía como de costumbre y no se movió. Aunque un minuto después, cuando sonó el timbre del teléfono, brincó como un resorte y se sentó al borde de la cama, con el alma en vilo.

― ¡Ese es Adriancito, algo le debe haberle sucedido! ―exclamó, con la mano sobre el corazón.

Desi le hizo señas para que se calmara y tomó el auricular.

― ¿Adrián? Carajo, te he dicho mil veces que no llames a estas horas. Vas a matar a tu madre de un infarto. ¿Qué problema tienes ahora?

La voz en el otro lado de la línea hizo mutis.

― ¿Adrián?

―Si papá, estoy bien. Es solo que...les echo de menos.

Yara le arrebató el auricular.

― ¿Estas bien cariño?―preguntó angustiada.

―De maravilla mamá, no te preocupes. Te quiero. Los quiero... un beso grande. Ponme a papá...

Desi pegó el oído y escuchó, reteniendo el aliento.

―Papá―dijo la voz de Adrián.

― ¿Qué tienes?

―Yo sé lo de la casona vieja...Me acuerdo cuando era niño, pasábamos por allí y me decías que ibas a orinar... Nunca lo supiste, pero yo entraba detrás de ti, para curiosear. Vi lo que hacían, tú y aquel...amigo tuyo, recostados contra el portón. No te juzgo por eso, ¿sabes? Sé que quieres olvidar. Enterrar tu pasado. Pero no hay modo. Eres igual que yo, papá. Soy igual a ti...

―Bien Adriancito, te conseguiré lo que me pides. ―disimuló Desi en voz alta. ― Un beso.

Desi colgó.

Al día siguiente volvió a estar acatarrado. No tuvo que fingir. Realmente se sentía enfermo. En la noche, tras quedarse dormido en la columbina de la terraza, viajó de nuevo hasta la casona abandonada. Empujó el pesado portón, con el corazón a puro galope. Ante sus ojos apareció una calle oscura y desierta. Desi respiró con alivio y sonrió. El bucle finalmente se había deshecho. Estaba curado.

Capítulo 3 EL SECRETO ESTÁ EN CAYO ROMANO

EL SECRETO ESTÁ EN CAYO ROMANO

Alexander Voliznich era un viejo zorro. Un siberiano trasvolado a las Antillas, aquí, donde todo es posible y cualquier historia es digna de ser creída. Lo encontré un día casualmente, sentado un banco del Parque Central de la Habana. Para ser sincero, ya estaba acostumbrado a verlo en ese mismo banco por años, desde que gastaba yo mi niñez sonseando por el lugar. Voliznich permanecía sus horas allí, con expresión reconcentrada y una semi sonrisa dibujada en su faz, cual si rumiara recuerdos graciosos, o simplemente se burlara del discurrir de la vida en torno.

En una ocasión me hallaba en espera de cierta ruta de ómnibus y decidí tomar sitio a su lado. Lo noté con ganas de conversar. Hizo alusión a un tema cuya sustancia o referente ahora no recuerdo y así entramos en una serie de tanteos cada vez más agudos e inquietantes sobre la historia y la realidad del país. El caso es que sus observaciones certeras me provocaron y aún más sus réplicas devastadoras a mis criterios sobre el funcionamiento del mundo, todo lo cual me hizo sospechar que Alexander tenía alguna historia misteriosa a sus espaldas, además de lo que me dijo en principio, de que había nacido en un remoto paraje de Siberia y conocido personalmente a Nikita Krushov y a Che Guevara.

Alexander se alegró de hallar en mí un interlocutor ávido, dispuesto a dejar ir todos los ómnibus de la Habana con tal de escuchar el relato de su vida. Eran las diez de la mañana de un día colorido y exultante, al fresco de noviembre y al cabo la suya resultó una narración de duración desmedida, pero tan asombrosa que no me dejó resquicio para otro deseo que no fuera continuar escuchándole. A ratos lo interrumpía con preguntas puntuales que, aparte de confirmarle que contaba con toda mi atención, lo impulsaban a entrar en más y más detalles, como si se le oxigenara la sangre. De ese modo lo guié con astucia a hablar de aquello que realmente me interesaba.

Me asombraba tanta lucidez y prolijidad de memoria en un anciano de noventa años. Voliznich era una enciclopedia de sucesos. Y la manera despejada de contarlos no permitía dudar de su veracidad. Este conversatorio tuvo su final a las cuatro de la tarde, a instancia suya, por cierto.

― Ya es hora de que tomes tu ómnibus, ya no tengo nada más que contarte― de pronto el anciano endureció sus palabras y desperté de mi encantamiento.

En aquellas cinco horas trabamos una sólida amistad, lo típico que sucede cuando dos personas hacen confidencias mutuas, desde el alma, sin remilgos hipócritas, como si se conocieran de toda la vida. Amistad que por desdicha estaba destinada a ser efímera.

― Mira, viene llegando tu ómnibus―volvió a decirme, con voz que no admitía réplicas. Al verme titubear, un destello de sus ojos caló en mí sugerencias veladas, órdenes pasivas cuya naturaleza no puedo explicar.

― La próxima vez que me encuentres, si es que volvemos a vernos, ya no seré Alexander Voliznich, ni para ti, ni para nadie―. Fue esta la frase enigmática con que se despidió, lo último que le escuché decir.

Luego aquel hombre de piel pálida y lechosa, encorvado bajo el peso de los años, se levantó con ímpetu repentino, para estrechar mi mano. Una clara autoridad, imposible de cuestionar, emanaba de sus gestos. Congoja me produjo verlo alejarse, sin que me pidiera al menos acompañarle hasta su casa. Pero al mismo tiempo me marché satisfecho, con un preciado tesoro en mis bolsillos, dicho literalmente: sin que él se diera cuenta había puesto a grabar mi teléfono móvil, a fin de llevarme conmigo sus palabras.

Disfruten pues el contenido de mi tesoro, depurado de todo detalle superfluo.

Voliznich era funcionario itinerante del Partido Comunista de la URSS para América Latina, a principio de los años cincuenta del siglo pasado y tenía su oficina en el Distrito Federal. En ese tiempo conoció a Che Guevara, siendo este un mozalbete. Aquel trotamundos hablador se acercaba tanto a sus ideas que pronto, después de varias circunstancias confluyentes nació entre ambos una amistad, asentada en la admiración común por la causa bolchevique y la doctrina comunista.

Pero cuando llegó el año cincuenta y seis la alta dirección del PCUS le encomendó a Voliznich acercarse a los rebeldes cubanos, indagar los motivos y las proyecciones de su lucha, si acaso tenían simpatías por la causa socialista. Supo que Guevara se había involucrado con el movimiento de liberación y decidió acercarse a él para verificar la situación en el terreno.

Voliznich dedujo que, si Che Guevara era hombre de confianza de Fidel Castro, también este último debía simpatizar con la causa comunista. Así que se fue a la Sierra Maestra, en el oriente de Cuba a contactar con los rebeldes. Llevaba consigo una carta de Krushov con frases de elogio y simpatía. En ella se dejaba claro que podían contar con la amistad de la Alta Dirección Soviética, que estaba muy al tanto de los sucesos de su lucha y de la heroicidad de los guerrilleros. No fue directamente a Oriente, sino que viajó primero a la Habana y desde allí le envió mensaje al Che, a su comandancia en La Plata, con saludos efusivos y votos de buena suerte. Recibió su contesta a los doce días y además una invitación a visitarlo. Guevara respondió que también deseaba verle, para confirmar la vieja amistad entre los dos. Voliznich tuvo que evadir la persecución de la policía secreta de Batista, que enseguida le puso "cola" detrás, pero finalmente llegó a la comandancia de La Plata un amanecer de octubre, llevado por los prácticos de Che Guevara. Aquel se emocionó mucho de verle y más aún de saber el contenido de la carta de Krushov para Fidel Castro. De pronto se sentía muy sorprendido de que Nikita se tomara tiempo para seguir lo que pasaba en la Sierra Maestra y le pidió al recién llegado que le hablara de él, de Nikita. Voliznich relató que la consigna personal del líder soviético era "fortalecer las posiciones del socialismo en el mundo", de ahí su interés por acercarse a la causa de los rebeldes, aunque todavía no tenían certeza de la orientación ideológica ni del programa de gobierno que pretendían. Y agregó sin ambages que una vez que Nikita tuviera claridad de ello y le resultara favorable, habida cuenta que tenían un enemigo en común, el «imperialismo norteamericano», estaría dispuesto a cooperar en lo posible y a establecer una alianza de defensa estratégica, si acaso y por fin ellos ganaban la guerra y tomaban el poder en la isla.

―Una alianza que nos vendría muy bien―dijo Che Guevara― Pero Fidel se resiste y monta en cólera cada vez que le insinúan esa posibilidad. De todas formas, tú díselo. Quédate con nosotros unos días y te voy a arreglar una entrevista con él, conmigo presente, claro.

Tres días después Fidel llegó a La Plata y fue directamente a estrechar la mano de Alexander. La energía intimidante de Fidel Castro le hizo sentir descolocado. Hablaron largo, o por lo menos habló el jefe guerrillero, tanto que al siberiano le recordó un profeta bíblico emitiendo vaticinios y sentencias de manera continua. Cuando al final de la conversación comentó sobre los peligros que acechaban a la naciente revolución, Fidel Castro le replicó:

―Sobreviviremos, ya lo verá, señor Voliznich, sobreviviremos sin necesidad de hacer pactos ni concesiones de ningún tipo. De todas formas, envíele nuestra gratitud a Nikita. Tengo simpatía por él y sigo de cerca los acontecimientos en la Unión Soviética. Pero no nos daría mérito aliarnos a una potencia semejante. Sería algo indigno de nuestra noble causa, una derrota anticipada. Discúlpeme.

Y Fidel Castro se dio la vuelta, dejándole con un palmo de narices y la sensación de que le vertían encima un cubo de agua fría.

―No te preocupes―le alentó Che Guevara― buscaremos la manera y el momento de convencerlo.

No obstante, Voliznich pudo notar cierta indeterminación en Castro, algo que la vorágine de su discurso no podía enmascarar. En ese tiempo tenía muchos prejuicios acerca de la sociedad soviética, lo cual no era de extrañar, dada la fobia al comunismo que se aventaba desde Washington.

El caso es que las circunstancias llevaron a Fidel Castro a reconsiderar su posición. Y después del triunfo popular del año 59 ya no pudo evadir las ofertas de Krushov. Al final aceptó la invitación del Máximo Líder a visitar la Unión Soviética. El comandante rebelde quedó deslumbrado por la potencia atómica de la URSS y no tuvo reparos en desahogar sus rencores para con los norteamericanos, proponiendo convertir a Cuba en una plataforma atómica de primer golpe. Finalmente, él y Nikita entraron en arreglos.

-Ya no más imposiciones ni arrogancias de los americanos- solía decir Che Guevara, en plena sintonía con los pensamientos de Castro.

A pesar de ello Voliznich fue claro al advertirles cuánto se equivocaban. Tener armas nucleares no le daría a la isla ni tranquilidad, ni ventaja estratégica alguna. La fatalidad histórica había puesto a Cuba entre los fuegos de dos potencias en pugna. La isla era de pronto el eje del equilibrio mundial, la cabeza de playa a ser tomada. De modo que para no ser vapuleados a dos manos, el liderazgo revolucionario tendría que escoger de qué lado iba a poner sus simpatías. No cabían posiciones neutrales y esto bien lo entendió el joven comandante.

Al respecto, cuando en cierto momento hablaron sobre la potencia que podía alcanzar una explosión atómica, Voliznich le comentó a Castro sobre una superbomba nuclear, llamada popularmente «Bomba del Zar», a la que en esos tiempos se le daban los toques finales y que estaba destinada a destruir los Estados Unidos de un solo mazazo. Le explicó, confidencialmente, que el único y gran problema de la bomba era su masividad: un artefacto enorme que en caso de guerra podía resultar inservible, salvo si se pudiera llevar en secreto hasta las cercanías del país norteño, pues no era viable subirla a un avión y transportarla diez mil kilómetros, para lanzarla luego sobre el objetivo. Voliznich le hizo saber además a Castro algo que muy pocos conocían en el mundo: que la superbomba tenía una hermana gemela.

Castro, exaltado, comentó que una bomba de ese tamaño, puesta al lado de la nación americana sería un motivo de disuasión y un modo seguro de que los norteamericanos mostraran respeto por la causa revolucionaria. Y sin pensarlo dos veces le encargó concertar una conversación urgente con Nikita para hablar de ese asunto.

La conversación tuvo lugar en un buque submarino, en algún punto del Canal de Bahamas. Si algo le advirtió Nikita a Fidel Castro es que los norteamericanos tratarían de bloquearlos y sumergirlos en la miseria, hasta la total destrucción, en represalia por el pacto de ayuda militar estratégica ya establecido. Pero Fidel desestimó el riesgo y fue más allá. Mostró interés en la superbomba gemela y le dijo a Nikita que había una forma segura de usarla, si lograban instalarla en Cuba. Nikita se negó en primera instancia, alegando que era una locura tratar de colocar en territorio cubano un artefacto de tal naturaleza. Pero Fidel tenía sus propias ideas sobre cómo esquivar la vigilancia de la CIA. Propuso instalar primero cohetes atómicos de mediano alcance, dándoles pistas a los espías norteamericanos, que se mantendrían entretenidos con estos señuelos, mientras tendría lugar la operación real de basificar la superbomba, que en realidad era una bomba-cohete.

Y así se hizo. Entretanto se mostraba en escena la Crisis de los Misiles, la superbomba-cohete fue transportada sigilosamente a Cuba en un submarino de la Armada Soviética y se instaló en una base construida a toda prisa en una isla deshabitada, al norte de la provincia de Camagüey.

A Castro le fascinaba el hecho de que la bomba-cohete, una vez armada, no pudiera ser desactivada por un ataque sorpresivo, sino que estaba diseñada para explotar de todas formas. Y si explotaba a causa de un ataque, con todo y que el país sufriría una completa devastación, también alcanzaría la costa este de los Estados Unidos, que sería arrasada, con millones de víctimas probables. Cuánto más daño haría si, con buena fortuna, la bomba-cohete lograba ser disparada hacia la Florida. El efecto devastador de la explosión termonuclear en ese punto sería suficiente para incinerar más de la mitad del territorio de Norteamérica. Nikita insistía en preguntarle a Fidel si acaso estaba claro del costo probable de la operación, quizá demasiado elevado para Cuba, pero Fidel le dijo que confiaba en el sentido común de los norteamericanos, que comprenderían la disposición de los cubanos a inmolarse por su libertad y los dejarían en paz cuando supieran todo. «No hay otro modo, argüía Fidel, de frenar el desparpajo bélico de los yanquis, quienes pretenden imponerse en el mundo a sangre y fuego, y a sangre y fuego hay que detenerlos»

En esta parte de la grabación tomada a Alexander Voliznich, le pedí que me explicara ese detalle crucial.

―¿Significa que hoy día los norteamericanos conocen la existencia de esta bomba, pero oficialmente lo niegan?

― Así es― me dijo el anciano―Ellos han difundido la versión de que la super bomba de hidrógeno fue detonada por los soviéticos en 1961 sobre el Océano Ártico y que era la única fabricada por Moscú. Nunca reconocerán que existe, en primer lugar, para no despertar el pánico entre los ciudadanos de su país. Las posibles reacciones ante una noticia de esa clase son imprevisibles. Tener la muerte nuclear justo en el umbral de su puerta produciría un brote de histeria inmediato. Y en segundo lugar porque no conocen la ubicación exacta de la bomba ni están seguros sí todavía está operativa.

Sin embargo lo que pocos saben es que la causa de que los norteamericanos se retiraran de Bahía de Cochinos, fue una llamada del líder cubano a Kennedy, advirtiéndole de las consecuencias fatales que sobrevendrían, si los Estados Unidos no detenían su intervención. Fue entonces cuando los buques de la US Navy recibieron la extraña orden de retirarse de las costas cubanas y volver a sus bases, dejando empantanados a sus aliados de la Brigada de Asalto 2506. Esto obligó después a la CIA a matar a Kennedy, al saberlo débil víctima del chantaje de Fidel. Si ellos hubieran sabido la ubicación exacta de la bomba-cohete, hubiesen hecho todo para penetrar en la base y desactivarla. Pero tal desconocimiento los mantuvo en una constante zozobra.

―Es el secreto mejor guardado de la guerra fría.―me aseguró Voliznich― Por supuesto nadie te creerá si les cuentas esto, pero si algún día decides visitar el sitio,(que supongo sigue siendo territorio militar de alta restricción, de modo que ni se autoriza su uso para fines turísticos como el resto de los cayos del norte de Camagüey), ve al extremo oeste del islote y hallarás una ensenada en forma de 'v' con una cala bastante profunda, muy favorable para el arrime de buques submarinos. Al final de la cala debería haber una entrada oculta hacia una caverna submarina dentro de la cual se construyó un bunker de concreto con un silo vertical para la bomba-cohete. Si no encuentras las cosas tal como te las describo, es porque lo dinamitaron todo y ya la bomba fue sacada del lugar...

Justo en este punto terminó lo esencial de la narración de Voliznich.

El caso es que, cuando ya había trascurrido unos tres meses de aquel encuentro revelador, me llegué hasta el banco del Parque Central y allí estuve sentado, a la espera de mi amigo Alexander. Me urgían las ganas de contarle mis andanzas y toda la odisea vivida para llegar a Cayo Romano; la manera en que finalmente me enrolé como uno más entre los trabajadores de las redes viales y «pedraplenes» que, saliendo del poblado de Esmeralda, cruzaban el mar hacia el agreste islote. Quería referirle cómo, después de varios días madurando mi plan, logré escabullirme del grupo de mis compañeros de labor y adentrarme en el terrible bosque, donde la plaga de mosquitos literalmente me transportaba en vilo, pese a contar con todos los aprestos para evitar sus picadas.

Luego comencé una pavorosa caminata por un terreno erizado de «dientes de perro» que destrozaron por completo las suelas de mis botas. Pero mi interés en saber la verdad pudo más que todas las vicisitudes y finalmente, después de seis horas de travesía heroica, llegué a los manglares de la costa oeste y desde una elevación rocosa pude distinguir la pequeña ensenada en forma de 'v' de la que Voliznich me hablara. Y tuve que detenerme, hasta que mi corazón se calmara, pues latía alocadamente por la emoción. Me moví con sigilo, evadiendo los lugares despejados, atravesando manglares y canalizos, con el agua del mar a medio cuerpo y a riesgo de ser atacado por cocodrilos. Mi objetivo era alcanzar un punto desde el cual pudiese ver la cala para submarinos, lo que daría veracidad inobjetable a la historia de Voliznich. Hasta que avizoré un punto donde el mar resaltaba en azul oscuro, dentro de la ensenada, señal de una profundidad respetable. Quise acercarme más. Sin embargo, a poco de salir a la costa tropecé con un cercado de malla peerles, entretejido con los arbustos de mangle. No hubiera sido difícil traspasarlo, pero me extrañó que estuviera allí y me detuve a considerar. El cercado estaba muy corroído, como si llevara allí demasiados años y descubrí colgada en él una chapa de metal, con letras borrosas en inglés y español, NO PASE. ZONA MILITAR. Un poco adelante hallé otro cartel similar, que a duras penas pude leer por lo borroso. Sin embargo, cuando logré entenderlo quedé paralizado en el sitio, con calambres de miedo estremeciendo mis huesos.

¡DETÉNGASE! PELIGRO. ¡CAMPO MINADO!, decía el cartel, con letras en inglés, en español y ¡en ruso!

De inmediato retrocedí desde allí por donde mismo había entrado mientras daba gracias a la Providencia por haber visto aquel anuncio antes de cruzar el cercado. En cuanto salí al descubierto de la playa y como era de esperar, aparecieron los guardias de frontera. Dos de ellos, uniformados de negro y acompañados de un perro pastor alemán. Al verme gritaron algunos improperios y avanzaron resueltos a mi encuentro. Tuve buen cuidado de dejar caer el teléfono móvil en una oquedad rocosa, para evitar que lo descubrieran al hacerme el cacheo, con lo cual descubrirían las fotos tomadas y la grabación de las palabras de mi anciano amigo. Luego me dejé caer en la arena como quién descansa de una gran fatiga, mientras los guardias llegaban al trote, con las AK terciadas y el perro pastor alemán jadeando y ladrando delante de mí rostro.

No se tragaron mi historia de pescador submarino extraviado. Me cachearon hasta dentro de los oídos y de paso confiscaron mi mochila, las patas de rana, una máscara de buceo y una escopeta rústica de aire a presión, todo lo cual llevé para asegurar mi fachada. Tuve la impresión, no obstante, de que me habían estado esperando.

Posteriormente me condujeron en una camioneta y el chofer, sin dudas un oficial vestido de civil, no se molestó siquiera en darme explicaciones cuando le pregunté a dónde me llevaba. Solo me advirtió, cuando le dije que debía volver a mi labor en la construcción de la carretera, que no era necesario, pues ya estaba de baja y que mis salarios pendientes y otras pertenencias ya estaban siendo enviados a Esmeralda, por donde debíamos pasar a recogerlos. Quise protestar, pero no tenía sentido.

―Tienes suerte, mucha suerte.―balbuceó el sujeto al volante, mientras movía la cabeza y me miraba de soslayo.

No supe realmente a que se refería al decirme aquello.

En el poblado de Esmeralda, el ómnibus de viajes nacionales con destino a la Habana había sido retenido en su horario de partida, en espera de mi llegada.

―Tienes suerte.―me volvió a repetir el hombre, mientras me ayudaba con la maleta y ya en la puerta del ómnibus, al estrecharme la mano, añadió con severidad amenazante:

- Espero que no vuelvas a tentar tu suerte. No vuelvas a aparecerte por aquí ni en mil años... ¿Entendido?

...Entonces tenía ganas de relatarle todo esto a mi amigo, para al menos desahogar con él lo que no podía contarle a ningún otro ser humano. Pero Voliznich no estaba en su banco de costumbre, ni lo estaría más en los días sucesivos que seguí intentando hallarlo, a la misma hora en que solía aparecerse el Parque Central.

Y al darme cuenta, finalmente, de que no volvería a verlo, me agobió una soledad de espanto, tal como si se hubiese ido del mundo la única persona de confianza en toda mi existencia. No tengo otro modo de describir la sensación que me produjo ser poseedor de tan molesto secreto. Un secreto el cual pensaba que se iría conmigo a la tumba, sin embargo, a estas alturas, ya no existe en mí esa preocupación, pues algunos amigos ya han leído estas notas.

Todavía sigo tratando de desentrañar el significado de las palabras de Alexander, las últimas que me dijo:

«La próxima vez que me encuentres, si es que volvemos a vernos, ya no seré Voliznich para ti, ni para nadie.»

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