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Cásate con tu Prima

Cásate con tu Prima

Autor: : The Marketeer
Género: Suspense
Mi vida como heredera de los Mendoza prometía un futuro brillante, con un viñedo próspero y un matrimonio con Javier Ríos, el hombre que creía ideal. Pero de repente, todo se desmoronó cuando unos secuestradores me arrastraron a un almacén lúgubre en Poble-sec. Mis gritos se ahogaron en el silencio mientras la sangre manchaba el cemento, y cada llamada que le hice a Javier, mi supuesto salvador, quedó sin respuesta. Él, aduciendo que mi secuestro era una "rabieta de niña rica" orquestada por su "dulce" prima Sofía, me dejó sola para morir. La agonía de mis huesos rotos no se comparaba con la helada puñalada de su traición, la humillación de ser desechada como un capricho. Morí allí, preguntándome cómo pude ser tan ciega, tan ingenua, ante la maldad que me rodeaba. Pero entonces, abrí mis ojos de nuevo, viva y con el recuerdo intacto de cada punzada de dolor y cada mentira. Esta vez, Isabela Mendoza no sería una víctima; se levantaría de las cenizas para reescribir su destino y hacer que cada traidor pague su deuda. Y mi primera decisión fue elegir al único hombre que vino a buscarme, aunque llegó tarde: el leal Mateo García.

Introducción

Mi vida como heredera de los Mendoza prometía un futuro brillante, con un viñedo próspero y un matrimonio con Javier Ríos, el hombre que creía ideal.

Pero de repente, todo se desmoronó cuando unos secuestradores me arrastraron a un almacén lúgubre en Poble-sec.

Mis gritos se ahogaron en el silencio mientras la sangre manchaba el cemento, y cada llamada que le hice a Javier, mi supuesto salvador, quedó sin respuesta.

Él, aduciendo que mi secuestro era una "rabieta de niña rica" orquestada por su "dulce" prima Sofía, me dejó sola para morir.

La agonía de mis huesos rotos no se comparaba con la helada puñalada de su traición, la humillación de ser desechada como un capricho.

Morí allí, preguntándome cómo pude ser tan ciega, tan ingenua, ante la maldad que me rodeaba.

Pero entonces, abrí mis ojos de nuevo, viva y con el recuerdo intacto de cada punzada de dolor y cada mentira.

Esta vez, Isabela Mendoza no sería una víctima; se levantaría de las cenizas para reescribir su destino y hacer que cada traidor pague su deuda.

Y mi primera decisión fue elegir al único hombre que vino a buscarme, aunque llegó tarde: el leal Mateo García.

Capítulo 1

El dolor era lo último que recordaba, un dolor agudo en mis manos rotas, seguido por el frío del suelo de un almacén abandonado en Poble-sec.

Mis gritos se habían convertido en susurros, mi sangre manchaba el cemento.

Había llamado a Javier, mi marido, una y otra vez, pero su teléfono nunca contestó.

Más tarde supe por qué.

Su prima, Sofía, la dulce y frágil Sofía, había tenido un ataque de pánico durante las fiestas de La Mercè.

Javier, mi protector, había despedido a mi equipo de seguridad para ir a consolarla.

Me dejó sola.

Los secuestradores llamaron para pedir el rescate, pero Sofía le convenció de que todo era un teatro mío para llamar la atención.

Una rabieta de niña rica.

Así que ignoró las llamadas.

Veinticuatro horas.

La última imagen que vi fue la de Mateo García, el hombre más rudo y leal de mi padre, derribando la puerta.

Llegó cubierto de polvo y desesperación.

Demasiado tarde.

Morí allí, sola y traicionada.

Y entonces, abrí los ojos.

La luz del sol se filtraba por las ventanas de nuestra finca en el Penedès, el aire olía a viñedos y a tierra húmeda.

Estaba viva.

Mi padre estaba sentado frente a mí, con una carpeta abierta sobre la mesa de caoba.

"Isabela, es hora de que elijas."

Dentro de la carpeta, las fotos de los protegidos de mi padre, los jóvenes talentos que él había reclutado para el imperio Mendoza.

Jóvenes entre los que, según él, estaba mi futuro marido.

Mi mano temblaba mientras pasaba las páginas. Vi el rostro de Javier Ríos, sonriente, perfecto, salido de ESADE. El hombre que me dejó morir.

Pasé su foto.

Y allí estaba él. Mateo García.

Su piel tostada por el sol, su mirada directa, su pelo negro y desordenado. El hombre que intentó salvarme.

Sin dudarlo, mi dedo se posó sobre su fotografía.

"Él."

Mi padre me miró, confundido. Su ceño se frunció.

"¿Mateo? Isabela, eso es imposible."

"¿Por qué?"

Su voz se volvió sombría.

"Mateo desapareció hace un mes. Hubo un accidente con un yate en la Costa Brava mientras inspeccionaba una propiedad. Se le presume muerto."

Mi corazón se detuvo por un segundo, pero la determinación en mi interior era más fuerte que cualquier miedo.

"No me importa," dije, con una frialdad que sorprendió incluso a mi padre. "O es él, o no es nadie."

Capítulo 2

Mi primera decisión fue cortar el acceso de Sofía Vargas a nuestro club de playa privado en Sitges.

Era un privilegio menor, pero un mensaje claro.

Javier no tardó en aparecer. Me encontró supervisando la vendimia.

"Isa, ¿se puede saber qué has hecho?"

Su tono era de reproche, como si yo fuera una niña caprichosa.

"He revocado un permiso. Soy la dueña, ¿no?"

"Sofía está destrozada. Se siente humillada. Es nueva en Barcelona, no conoce a nadie, y tú la tratas así."

Detrás de él, vi a Sofía.

Se escondía parcialmente, con los ojos llorosos, la viva imagen de la inocencia herida.

"Lo siento, Isa," susurró. "No quería causar problemas. Javier, vámonos, no la molestemos."

Javier la miró con una ternura que nunca me había dedicado a mí.

"No, esto hay que arreglarlo. Isa, vas a devolverle el acceso ahora mismo."

Me reí.

"No."

La tensión era palpable. Nos trasladamos a la bodega de Cava, el corazón de nuestro imperio. El aire era frío y olía a levadura y a vino viejo.

"No entiendo tu actitud," dijo Javier, su voz resonando entre las hileras de botellas. "Sofía es mi familia. Es una chica buena y piadosa que se siente abrumada por la ciudad. ¿Por qué te ensañas con ella?"

"Quizás no es tan dulce como parece," respondí, mirándole fijamente.

Sofía sollozó.

"Javier, por favor, déjalo. Es culpa mía. Debí quedarme en mi pueblo. No pertenezco a este mundo."

La manipulación era tan obvia, tan burda, que me preguntaba cómo pude haber estado tan ciega.

La rabia de Javier explotó.

"¡Ya basta, Isabela! ¡Pídele perdón!"

"Jamás."

Fue entonces cuando me empujó.

No fue un empujón suave. Fue un acto de violencia, de pura frustración.

Mi espalda chocó contra una estantería de botellas. El sonido del cristal rompiéndose fue ensordecedor.

Sentí un dolor agudo en el brazo mientras los cascos de vidrio caían a mi alrededor.

Javier me miró con horror, no por mí, sino por las botellas de Cava Gran Reserva que se habían hecho añicos en el suelo.

"Mira lo que me has hecho hacer," siseó, como si la culpa fuera mía.

Me levanté lentamente, ignorando el dolor.

Le miré a él, y luego a Sofía, que ahora fingía estar aterrorizada.

En ese momento, supe que esta vez no habría piedad.

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