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Cíclo de Muerte

Cíclo de Muerte

Autor: : Ming Yue Zhang Die Sui Xin
Género: Xuanhuan
Mi nombre es Sofía Romero, y esta es la historia de cómo morí. No una, ni dos, sino incontables veces, a manos del Padre Mateo. Él, el carismático líder de la Iglesia de la Renovación Divina, era el hombre más hermoso y cruel que jamás había conocido, mi misión obligatoria, la que el Sistema me asignó. Decían que era para mi redención, una oportunidad. Pero cada vez que fallaba, el tiempo se reiniciaba, volviéndome a un infierno donde me ahogó en la pila bautismal, me dejó morir de hambre, me envenenó, me apuñaló, me empujó desde las alturas. Cada muerte era solo una "recalibración", un nuevo ciclo de tortura en el que ofrecí mi dignidad, mi dinero, mis amigos, todo por él. Y lo peor, es que me dejé engañar, creyendo que esta vez, él me había mostrado amor, esa noche, en sus aposentos. Pero al despertar, lo vi arrodillado ante una foto: Elena, su amada muerta. "Su alma será el recipiente perfecto para ti", susurró. No era amor por mí, sino anhelo por un cascarón vacío para su difunta. Mi 99% de progreso era el 99% de mi destrucción, para convertirme en una vasija para otra. El odio me quemó. Encontré un joyero con mis propios restos: cabello, un diente, fragmentos de hueso, etiquetados como "pruebas". Él no era un guía, sino un monstruo que coleccionaba pedazos de mis muertes. El shock me hizo tropezar, alertándolo. "¿Qué has visto?", siseó con mirada asesina. Corrí, gritando al Sistema para que me sacara de allí. Pero Mateo, rápido, gritó: "¡Sistema, reiniciar!". El mundo se disolvió. Desperté en la iglesia, y Mateo, con su falsa sonrisa, anunció: "Tu prueba final está por llegar". El terror me invadió, hasta que vi a mi hermano Miguel, de catorce años, entrar, con la túnica de acólito. "¡Hermana! ¡Voy a pasar por mi propia purificación!", exclamó, con inocencia. Mateo sonrió, revelando su demonio. Había encontrado mi debilidad. No era mi salvación, sino la suya. Mi alma rota encontró un nuevo propósito: salvar a Miguel de este monstruo. La sonrisa de Mateo era veneno, pero ya no me paralizaba. El mundo parpadeó de nuevo, no por mi voluntad ni la suya, sino por un error del Sistema. Aparecí en una gala, desorientada, mientras Mateo presentaba a Miguel como el "nuevo alma pura". Luego, sus ojos se posaron en mí. "Donde hay luz, debe haber oscuridad". Me arrastró, humillándome, abofeteándome frente a todos. "Ella ya no es tu hermana. Es una cáscara vacía, corrompida por el pecado". Me empujó al suelo. Luego de meses de abusos, palizas, vejaciones, la gota que derramó el vaso fue, cuando uno de sus secuaces intentó abusar de mí. Ahí, lo entendí. "Gracias, Padre Mateo", le dije, sonriendo en medio de la lluvia. La confusión en su rostro fue mi pequeña victoria. Cerré los ojos y, con una claridad que nunca antes tuve, le dije al Sistema: "Quiero renunciar a la misión". [Confirmando solicitud de abandono de misión. ¿Está segura? Esta acción es irreversible.] "Sí. Estoy segura". [Solicitud aceptada. El vínculo con el mundo objetivo se disolverá en 72 horas.] Una inmensa esperanza me invadió. Por primera vez, después de incontables vidas, veía una salida real. Mateo me miraba, su furia y desconcierto palpables. Y esa visión, me hizo sonreír. Me arrojaron a un callejón. Sola. Herida. Pero libre. O casi. 71 horas restantes. Vi mi cara en las noticias: "Exacólita expulsada... por comportamiento errático y violento". Me habían convertido en la villana. Y luego, el relicario en la pantalla: mis huesos, mis dientes, a subasta como "reliquias sagradas". "Restos de una santa anónima, bendecidas por el Padre". Iba a construir su imperio sobre mi dolor. La misma sensación me invadió antes de que el Sistema me reiniciara. Me doblegué, vomitando bilis. No tenía nada. Pero el contador en mi cabeza seguía corriendo. 65 horas. Tenía que sobrevivir. En un callejón mugriento, dos matones me esperaban. "El jefe dice que una mancha debe ser borrada por completo. Sin dejar rastro". Me golpearon, una violencia fría y metódica. Con una navaja, uno me cortó la mejilla. "El jefe quiere que recuerdes esto. Quiere que tu cara refleje la basura que eres por dentro". Sentí una costilla romperse. Me golpearon una última vez en el estómago. Dejé de luchar. Una extraña calma me invadió. Comencé a reír. Histéricamente. Dejaron de golpearme. Me miraron como si estuviera loca. Levanté la cabeza y miré a Mateo, que observaba desde la ventana. "Gracias", dije, mi voz extrañamente firme. "Gracias, Padre Mateo". "Le deseo a usted y a su... nueva luz... toda la felicidad del mundo". "Espero que consiga lo que tanto desea". La confusión en su rostro fue mi pequeña victoria. Me trasladaron a una cámara frigorífica. El "castigo del amor" que usaba Mateo para purificarme cuando no le obedecía. Me obligó a copiar un libro sobre Elena, esa mujer que no era más que su obsesión. "¡Mientes!", gritó, furioso cuando le recordé cómo murió Elena, en un "accidente de coche en verano", no "por hipotermia". "Haré que Miguel venga aquí y lo haga por ti. Quizás el frío purifique su conexión impura contigo". La amenaza con mi hermano me quebró. Me arrodillé, mis heridas sangrando. El veneno gélido, un dolor de mis vidas pasadas, se apoderó de mí. Mateo sonrió, victorioso. 42 horas. Desperté en un hospital, con Mateo ordenando que no gastaran "demasiados recursos" en mí. Las enfermeras me trataron con desprecio. Escuché que Mateo iba a "adoptar" a Miguel, a darle una vida "lejos de la mala influencia de su hermana". La rabia me consumió. Esa noche, Mateo regresó, arrojando papeles sobre la manta. "Firma esto. Es una confesión de tus crímenes y una renuncia a tus derechos. Te alejas de mi vida y de la de Miguel para siempre". En esta simulación, me hacían desaparecer. "Elena no era mi amor perdido. Era la científica jefe de este proyecto. Y tú... eras su hermana menor, una simple técnica de bajo nivel". Los recuerdos borrados del Sistema comenzaron a regresar. Yo, en un laboratorio. Elena. Un accidente. "Secuestré a sus científicos. Los obligué a conectar tu mente en coma a esta simulación, un mundo que diseñé para ti". "Miguel... fue una construcción para mantenerte atada". Todo mi mundo era una farsa. Me arrastré, simulando locura, me golpeaba la cabeza, gritaba "¡Gusanos en mi cabeza!". Mateo me miró con horror. "Miguel y yo... vamos a traer una nueva vida a este mundo. Un alma pura, concebida en la fe y el amor". El insulto final. "Como última lección de obediencia", susurró, "bésame los zapatos". Me acerqué, no para besar, sino para morder su tobillo. "¡Sistema. Ejecutar salida ahora!". [Cuenta regresiva finalizada. Desvinculación completa.] El mundo se disolvió. Lo último que vi fue el rostro de Mateo, contorsionado por el shock. "Este es mi último regalo para ti, Mateo", pensé. "Un mundo sin mí". En el mundo real, me recuperé de un coma. Mi vida era normal. Conocí a David. Nos casamos. Tuve un hijo, Leo. Pero las sombras persistían. Una noche, la voz robótica resonó: [ALERTA DE EMERGENCIA. MUNDO OBJETIVO 734 AL BORDE DEL COLAPSO TOTAL.] [AGENTE S-218, SU PRESENCIA ES REQUERIDA INMEDIATAMENTE.] Mi cuerpo comenzó a volverse transparente. [La recuperación forzosa no es opcional.] El mundo se disolvió. Estaba de vuelta en el santuario de la iglesia, en ruinas. Mateo, demacrado, se cortaba mi nombre en el brazo. "Sabía que volverías", dijo riendo. "¡Yo lo recuerdo todo, Sofía! ¡Cada reinicio! Fingí no recordar para ver hasta dónde llegarías". "El Sistema no me creó para ti. Yo secuestré el Sistema para traerte a ti." Miguel era un pilar digital. "¡Me estoy digitalizando, Sofía! ¡Así podré seguirte a donde quiera que vayas!". El mundo se acabó. Desperté en mi cama. La vida continuó. Años después, acostando a Leo, lo vi. Una figura translúcida de pie en la esquina de la habitación. Mateo. O lo que quedaba de él. [Sofía... lo siento... estoy tan solo...]. "Eso es lo que querías, ¿no, Mateo?", dije. "Estar conmigo para siempre". "Aquí te quedarás. Solo. Atrapado en tu propia obsesión, observando una vida que nunca podrás tocar". Me di la vuelta. Finalmente, verdaderamente, era libre. El fantasma en la máquina nunca más volvería a tocarme.

Introducción

Mi nombre es Sofía Romero, y esta es la historia de cómo morí.

No una, ni dos, sino incontables veces, a manos del Padre Mateo.

Él, el carismático líder de la Iglesia de la Renovación Divina, era el hombre más hermoso y cruel que jamás había conocido, mi misión obligatoria, la que el Sistema me asignó.

Decían que era para mi redención, una oportunidad.

Pero cada vez que fallaba, el tiempo se reiniciaba, volviéndome a un infierno donde me ahogó en la pila bautismal, me dejó morir de hambre, me envenenó, me apuñaló, me empujó desde las alturas.

Cada muerte era solo una "recalibración", un nuevo ciclo de tortura en el que ofrecí mi dignidad, mi dinero, mis amigos, todo por él.

Y lo peor, es que me dejé engañar, creyendo que esta vez, él me había mostrado amor, esa noche, en sus aposentos.

Pero al despertar, lo vi arrodillado ante una foto: Elena, su amada muerta.

"Su alma será el recipiente perfecto para ti", susurró.

No era amor por mí, sino anhelo por un cascarón vacío para su difunta.

Mi 99% de progreso era el 99% de mi destrucción, para convertirme en una vasija para otra.

El odio me quemó.

Encontré un joyero con mis propios restos: cabello, un diente, fragmentos de hueso, etiquetados como "pruebas".

Él no era un guía, sino un monstruo que coleccionaba pedazos de mis muertes.

El shock me hizo tropezar, alertándolo.

"¿Qué has visto?", siseó con mirada asesina.

Corrí, gritando al Sistema para que me sacara de allí.

Pero Mateo, rápido, gritó: "¡Sistema, reiniciar!".

El mundo se disolvió.

Desperté en la iglesia, y Mateo, con su falsa sonrisa, anunció: "Tu prueba final está por llegar".

El terror me invadió, hasta que vi a mi hermano Miguel, de catorce años, entrar, con la túnica de acólito.

"¡Hermana! ¡Voy a pasar por mi propia purificación!", exclamó, con inocencia.

Mateo sonrió, revelando su demonio.

Había encontrado mi debilidad.

No era mi salvación, sino la suya.

Mi alma rota encontró un nuevo propósito: salvar a Miguel de este monstruo.

La sonrisa de Mateo era veneno, pero ya no me paralizaba.

El mundo parpadeó de nuevo, no por mi voluntad ni la suya, sino por un error del Sistema.

Aparecí en una gala, desorientada, mientras Mateo presentaba a Miguel como el "nuevo alma pura".

Luego, sus ojos se posaron en mí.

"Donde hay luz, debe haber oscuridad".

Me arrastró, humillándome, abofeteándome frente a todos.

"Ella ya no es tu hermana. Es una cáscara vacía, corrompida por el pecado".

Me empujó al suelo.

Luego de meses de abusos, palizas, vejaciones, la gota que derramó el vaso fue, cuando uno de sus secuaces intentó abusar de mí.

Ahí, lo entendí.

"Gracias, Padre Mateo", le dije, sonriendo en medio de la lluvia.

La confusión en su rostro fue mi pequeña victoria.

Cerré los ojos y, con una claridad que nunca antes tuve, le dije al Sistema: "Quiero renunciar a la misión".

[Confirmando solicitud de abandono de misión. ¿Está segura? Esta acción es irreversible.]

"Sí. Estoy segura".

[Solicitud aceptada. El vínculo con el mundo objetivo se disolverá en 72 horas.]

Una inmensa esperanza me invadió.

Por primera vez, después de incontables vidas, veía una salida real.

Mateo me miraba, su furia y desconcierto palpables.

Y esa visión, me hizo sonreír.

Me arrojaron a un callejón. Sola. Herida.

Pero libre. O casi.

71 horas restantes.

Vi mi cara en las noticias: "Exacólita expulsada... por comportamiento errático y violento". Me habían convertido en la villana.

Y luego, el relicario en la pantalla: mis huesos, mis dientes, a subasta como "reliquias sagradas".

"Restos de una santa anónima, bendecidas por el Padre".

Iba a construir su imperio sobre mi dolor.

La misma sensación me invadió antes de que el Sistema me reiniciara.

Me doblegué, vomitando bilis.

No tenía nada.

Pero el contador en mi cabeza seguía corriendo.

65 horas. Tenía que sobrevivir.

En un callejón mugriento, dos matones me esperaban.

"El jefe dice que una mancha debe ser borrada por completo. Sin dejar rastro".

Me golpearon, una violencia fría y metódica.

Con una navaja, uno me cortó la mejilla.

"El jefe quiere que recuerdes esto. Quiere que tu cara refleje la basura que eres por dentro".

Sentí una costilla romperse.

Me golpearon una última vez en el estómago.

Dejé de luchar.

Una extraña calma me invadió.

Comencé a reír. Histéricamente.

Dejaron de golpearme. Me miraron como si estuviera loca.

Levanté la cabeza y miré a Mateo, que observaba desde la ventana.

"Gracias", dije, mi voz extrañamente firme.

"Gracias, Padre Mateo".

"Le deseo a usted y a su... nueva luz... toda la felicidad del mundo".

"Espero que consiga lo que tanto desea".

La confusión en su rostro fue mi pequeña victoria.

Me trasladaron a una cámara frigorífica. El "castigo del amor" que usaba Mateo para purificarme cuando no le obedecía.

Me obligó a copiar un libro sobre Elena, esa mujer que no era más que su obsesión.

"¡Mientes!", gritó, furioso cuando le recordé cómo murió Elena, en un "accidente de coche en verano", no "por hipotermia".

"Haré que Miguel venga aquí y lo haga por ti. Quizás el frío purifique su conexión impura contigo".

La amenaza con mi hermano me quebró.

Me arrodillé, mis heridas sangrando.

El veneno gélido, un dolor de mis vidas pasadas, se apoderó de mí.

Mateo sonrió, victorioso.

42 horas.

Desperté en un hospital, con Mateo ordenando que no gastaran "demasiados recursos" en mí.

Las enfermeras me trataron con desprecio.

Escuché que Mateo iba a "adoptar" a Miguel, a darle una vida "lejos de la mala influencia de su hermana".

La rabia me consumió.

Esa noche, Mateo regresó, arrojando papeles sobre la manta.

"Firma esto. Es una confesión de tus crímenes y una renuncia a tus derechos. Te alejas de mi vida y de la de Miguel para siempre".

En esta simulación, me hacían desaparecer.

"Elena no era mi amor perdido. Era la científica jefe de este proyecto. Y tú... eras su hermana menor, una simple técnica de bajo nivel".

Los recuerdos borrados del Sistema comenzaron a regresar.

Yo, en un laboratorio. Elena. Un accidente.

"Secuestré a sus científicos. Los obligué a conectar tu mente en coma a esta simulación, un mundo que diseñé para ti".

"Miguel... fue una construcción para mantenerte atada".

Todo mi mundo era una farsa.

Me arrastré, simulando locura, me golpeaba la cabeza, gritaba "¡Gusanos en mi cabeza!".

Mateo me miró con horror.

"Miguel y yo... vamos a traer una nueva vida a este mundo. Un alma pura, concebida en la fe y el amor".

El insulto final.

"Como última lección de obediencia", susurró, "bésame los zapatos".

Me acerqué, no para besar, sino para morder su tobillo.

"¡Sistema. Ejecutar salida ahora!".

[Cuenta regresiva finalizada. Desvinculación completa.]

El mundo se disolvió.

Lo último que vi fue el rostro de Mateo, contorsionado por el shock.

"Este es mi último regalo para ti, Mateo", pensé. "Un mundo sin mí".

En el mundo real, me recuperé de un coma.

Mi vida era normal. Conocí a David.

Nos casamos.

Tuve un hijo, Leo.

Pero las sombras persistían.

Una noche, la voz robótica resonó: [ALERTA DE EMERGENCIA. MUNDO OBJETIVO 734 AL BORDE DEL COLAPSO TOTAL.]

[AGENTE S-218, SU PRESENCIA ES REQUERIDA INMEDIATAMENTE.]

Mi cuerpo comenzó a volverse transparente.

[La recuperación forzosa no es opcional.]

El mundo se disolvió.

Estaba de vuelta en el santuario de la iglesia, en ruinas.

Mateo, demacrado, se cortaba mi nombre en el brazo.

"Sabía que volverías", dijo riendo.

"¡Yo lo recuerdo todo, Sofía! ¡Cada reinicio! Fingí no recordar para ver hasta dónde llegarías".

"El Sistema no me creó para ti. Yo secuestré el Sistema para traerte a ti."

Miguel era un pilar digital.

"¡Me estoy digitalizando, Sofía! ¡Así podré seguirte a donde quiera que vayas!".

El mundo se acabó.

Desperté en mi cama. La vida continuó.

Años después, acostando a Leo, lo vi.

Una figura translúcida de pie en la esquina de la habitación.

Mateo. O lo que quedaba de él.

[Sofía... lo siento... estoy tan solo...].

"Eso es lo que querías, ¿no, Mateo?", dije. "Estar conmigo para siempre".

"Aquí te quedarás. Solo. Atrapado en tu propia obsesión, observando una vida que nunca podrás tocar".

Me di la vuelta.

Finalmente, verdaderamente, era libre.

El fantasma en la máquina nunca más volvería a tocarme.

Capítulo 1

Mi nombre es Sofía Romero, y esta es mi novena vida, o tal vez la nonagésima novena, ya perdí la cuenta.

El Sistema me asignó una misión obligatoria: "conquistar" al objetivo, Padre Mateo.

Decían que era una tarea de redención, una oportunidad.

Pero desde el primer día, supe que era una condena.

Padre Mateo, el líder carismático de la Iglesia de la Renovación Divina, era el hombre más hermoso y cruel que había conocido.

Cada vez que fallaba, el tiempo se reiniciaba.

Moría de formas horribles.

Una vez, me ahogó en la fuente bautismal de su propia iglesia, sonriendo mientras el agua llenaba mis pulmones.

Otra vez, me dejó morir de hambre en un sótano, visitándome a diario para leer pasajes sobre el sacrificio y la pureza.

Me ha envenenado, apuñalado, empujado desde alturas.

Cada muerte era un nuevo comienzo, un nuevo ciclo de tortura.

El Sistema lo llamaba "recalibración" .

Yo lo llamaba infierno.

He soportado humillaciones públicas que destrozarían a cualquiera.

Me ha obligado a confesar pecados que no cometí frente a toda su congregación.

Me ha hecho caminar descalza sobre brasas para "probar mi fe".

He sacrificado mi dignidad, mi dinero, mis amigos, todo por él, todo bajo la promesa de un "destino superior" a su lado.

Pero cada vez que me acercaba, él encontraba una nueva forma de destruirme.

El progreso de la misión estaba estancado en un 99%.

Ese último 1% era un abismo que no podía cruzar.

Años de sufrimiento, de muertes y reinicios, y no había logrado nada.

Me sentía agotada, un alma rota atrapada en un bucle sin fin.

Esta vez, en este noveno intento que recuerdo claramente, creí que algo había cambiado.

Mateo había sido diferente, casi tierno.

Pensé, estúpidamente, que tal vez había encontrado una fisura en su armadura.

Fue después de una de sus "pruebas" más duras, donde me obligó a permanecer de rodillas durante tres días sin comida ni agua en el altar mayor.

Cuando finalmente me desmayé, no me castigó.

Me llevó a sus habitaciones privadas, limpió mis heridas y me dio de comer con sus propias manos.

Por un momento, vi algo en sus ojos que parecía amor.

Esa noche, me quedé dormida en su cama, exhausta pero con una pizca de esperanza.

Desperté en medio de la noche por el sonido de un susurro.

Mateo no estaba a mi lado.

La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando una parte de la habitación que él siempre mantenía en penumbra.

Se arrodillaba frente a un pequeño altar que nunca antes había visto.

Sobre el altar no había una cruz ni una biblia.

Había una fotografía enmarcada en plata.

Era una mujer, sonriente, con ojos amables.

Mateo acariciaba el cristal de la foto, su voz rota por una emoción que nunca me había mostrado a mí.

"Elena... mi amor, mi única luz".

"Pronto, mi vida, pronto. La purificaré por completo".

"Su alma será el recipiente perfecto para ti".

"Regresarás a mí, Elena. Te lo juro".

Sentí un frío que no tenía nada que ver con la noche.

Mi nombre es Sofía.

No Elena.

Todo este tiempo, cada caricia, cada palabra supuestamente amable, cada prueba... no era para mí.

Yo no era el objeto de su amor.

Era un sacrificio.

Un recipiente vacío que él estaba "purificando" para albergar el alma de su amada muerta.

El 99% de progreso no era por su amor hacia mí.

Era el progreso de mi destrucción, de mi deshumanización para convertirme en un cascarón perfecto para otra.

El odio que sentí en ese momento fue tan intenso que me quemó por dentro.

Odio hacia él, hacia el Sistema, hacia mi propia estupidez.

Me levanté en silencio, mi cuerpo temblando de rabia y desolación.

En una esquina de la habitación, sobre su escritorio, había un joyero de madera oscura.

Siempre me había prohibido tocarlo.

La curiosidad, una curiosidad mórbida y desesperada, me impulsó.

Lo abrí.

Dentro, sobre un lecho de terciopelo rojo, no había joyas.

Había mechones de cabello, fragmentos de hueso, un diente.

Y pequeñas etiquetas escritas a mano.

"Prueba 2: Cabello cortado en la humillación pública".

"Prueba 5: Diente perdido durante la purga del ayuno".

"Prueba 7: Fragmento de costilla de la caída".

Eran mis restos.

Trozos de mi cuerpo de mis vidas pasadas, de mis muertes anteriores, que él había guardado como trofeos perversos.

El aire se escapó de mis pulmones.

Este hombre no era un guía espiritual.

Era un monstruo, un necrófilo obsesionado con una mujer muerta, y yo era su herramienta y su juguete.

El shock fue tan grande que tropecé hacia atrás y derribé una pequeña lámpara.

El ruido rompió el silencio.

Mateo se giró bruscamente, sus ojos, que momentos antes estaban llenos de amor por Elena, ahora me miraban con un frío asesino.

"Tú... ¿qué has visto?".

El pánico se apoderó de mí.

Corrí hacia la puerta.

Activé mentalmente el protocolo de escape que el Sistema me había otorgado después de tantos fallos, una última oportunidad para huir.

"¡Sistema, sácame de aquí! ¡Ahora!".

Una luz blanca comenzó a envolverme, pero Mateo fue más rápido.

"No tan rápido", dijo con una calma aterradora. "No has aprendido tu lección".

"Sistema, reiniciar".

La luz blanca se desvaneció.

El mundo a mi alrededor se disolvió en un torbellino de colores y sonidos.

Y luego, todo volvió a la normalidad.

Estaba de pie en el centro de la iglesia, el sol de la mañana entrando por los vitrales.

Mateo estaba frente a mí, con su sonrisa carismática y sus ojos llenos de falso amor.

"Sofía, mi amor", dijo, como si nada hubiera pasado. "Tengo noticias maravillosas. Tu prueba final está por llegar, y con ella, tu salvación".

Mi corazón se hundió.

Había vuelto a hacerlo. Había reiniciado el tiempo.

Pero esta vez, algo era diferente.

La puerta de la iglesia se abrió y entró mi hermano menor, Miguel.

Tenía catorce años, y me miraba con una adoración ciega.

Llevaba la túnica blanca de los acólitos del culto.

"¡Hermana!", exclamó, corriendo hacia mí. "El Padre Mateo dice que pronto estaré a tu lado, en la gloria. ¡Voy a pasar por mi propia purificación!".

Miré a Mateo.

Su sonrisa era la de un demonio.

Había encontrado mi único punto débil. Mi única razón para dudar, para quedarme.

Mi hermano.

En ese instante, todo cambió. Ya no se trataba de "conquistarlo", de "salvarlo" o de cumplir una estúpida misión.

Ya no se trataba de mí.

Se trataba de salvar a Miguel de este monstruo.

Mi alma rota encontró un nuevo propósito.

No volvería a intentar salvar a Mateo.

Encontraría la forma de liberar a mi hermano y exponer la verdad de este culto, aunque me costara mil vidas más.

Capítulo 2

La sonrisa de Mateo era un veneno dulce que paralizaba a todos, menos a mí.

Ya no.

"¿No es maravilloso, Sofía? Tu amado hermano ha visto la luz. Su fe es tan pura, tan fuerte. Se unirá a nosotros en el paraíso", dijo Mateo, pasando un brazo sobre los hombros de Miguel.

Miguel me miraba con ojos brillantes, llenos de una inocencia que me partía el alma.

"Hermana, ¿no estás feliz por mí? Seremos una familia en el nuevo mundo que el Padre nos promete".

Antes de que pudiera responder, el mundo volvió a parpadear.

Una sensación de vértigo, un tirón violento.

El Sistema se había reiniciado de nuevo.

Pero esta vez, no por mi voluntad ni por la de Mateo.

Era un error. Un fallo en la matriz.

Cuando abrí los ojos, el sol de la iglesia había sido reemplazado por las luces opulentas de un salón de fiestas.

Estaba en la gala anual de benefactores del culto.

Llevaba un vestido elegante, pero me sentía desnuda y expuesta.

El aire estaba cargado de perfume caro y conversaciones hipócritas.

Y allí estaba él, en el centro de todo, Padre Mateo, sosteniendo una copa de champán.

Pero no me miraba a mí.

Sus ojos estaban fijos en Miguel, que estaba a su lado, incómodo con un traje que le quedaba un poco grande.

Mateo levantó su copa, llamando la atención de todos.

"Amigos, benefactores, hermanos en la fe. Esta noche celebramos no solo nuestra prosperidad, sino la llegada de una nueva alma pura a nuestro rebaño".

Todos aplaudieron.

"Les presento a Miguel. Un joven de una fe inquebrantable, un ejemplo para todos nosotros. Su devoción es un faro de luz".

Luego, sus ojos finalmente se posaron en mí, a través de la multitud.

Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una mueca de desprecio.

"Sin embargo, donde hay luz, también debe haber oscuridad".

Caminó lentamente hacia mí, la multitud abriéndose a su paso como el mar ante Moisés.

Cada paso resonaba en mi pecho.

Se detuvo frente a mí. El silencio en el salón era total.

"Tenemos entre nosotros a alguien cuya fe ha flaqueado. Alguien que ha sucumbido a la duda y la debilidad mundana".

Me agarró del brazo, sus dedos clavándose en mi piel con una fuerza brutal.

Me arrastró al centro del salón.

"¡Mírenla!", gritó. "¡Mírenla y vean la cara de la traición!".

Mi corazón latía con fuerza. Sentía cientos de ojos juzgándome.

"Esta mujer", continuó, su voz goteando desdén, "ha disfrutado de mi guía, de mi protección. Y me ha pagado con desobediencia".

Levantó la mano y me abofeteó.

El sonido resonó en el silencio absoluto.

Mi mejilla ardía. Las lágrimas brotaron en mis ojos, pero me negué a dejarlas caer.

"¡Hermana!", gritó Miguel, intentando acercarse.

Mateo levantó una mano para detenerlo, sin siquiera mirarlo.

"No, Miguel. No te contamines. Ella ya no es tu hermana. Es una cáscara vacía, corrompida por el pecado".

"¡Eso no es verdad!", grité, mi voz temblando.

Mateo se rio, una risa fría y cruel.

"¿No es verdad? ¿Debería contarles a todos sobre tus intentos de escape? ¿Sobre tus...".

Se detuvo abruptamente.

Una extraña mirada cruzó su rostro, como si un recuerdo perdido intentara salir a la superficie.

Frunció el ceño, confundido por un segundo, como si no entendiera completamente de qué estaba hablando.

Luego, sacudió la cabeza y la máscara de crueldad volvió a su lugar.

"No importa. Tus pecados son evidentes".

Me empujó al suelo.

Mi rodilla golpeó el mármol pulido con un ruido sordo y un dolor agudo recorrió mi pierna.

El vestido se rasgó.

"Sáquenla de mi vista", ordenó a dos de sus guardias de seguridad.

"Es una vergüenza. Una mancha en nuestra comunidad sagrada".

Los dos hombres me levantaron bruscamente por los brazos.

Me arrastraron hacia la salida como si fuera un saco de basura.

Podía oír los susurros de los invitados.

"Pobre Padre Mateo, tener que lidiar con ella".

"Siempre supe que no era digna".

"Una zorra desagradecida".

Pasé junto a Miguel. Su rostro estaba pálido, sus ojos llenos de confusión y miedo.

Quería gritarle, decirle la verdad, pero las palabras no salían.

Justo antes de que me echaran por la puerta, escuché la voz de Mateo, ahora suave y paternal, consolando a mi hermano.

"No te preocupes, hijo mío. La oscuridad ha sido expulsada. Ahora solo queda la luz".

Me arrojaron a la acera, bajo la lluvia fría que había comenzado a caer.

La puerta se cerró detrás de mí, dejándome sola en la oscuridad, con el dolor en mi rodilla y una humillación que pesaba más que cualquier herida física.

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