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Cómo declararte a tu crush... Sin morir en el intento

Cómo declararte a tu crush... Sin morir en el intento

Autor: : As de Trébol
Género: Romance
Brisa Galetto junto con sus compañeros de la preparatoria deciden, en su último año, hacer una cápsula del tiempo en la que guardarán algún objeto personal con el fin de que veinte años después, los alumnos de último año encuentren la cápsula y puedan conocer un poco más de los alumnos de hace veinte años. Brisa guarda una memoria USB en la que hay cuatro videos, uno por cada persona que creyó amar. Sin embargo, ocho meses después decide deshacerse de los videos porque decide no darle tanta importancia a esas personas, así que los tira a un barranco. Sin embargo, durante una ceremonia escolar, uno de los videos es proyectado frente a alumnos y profesores provocando que Brisa se vuelva el centro de atención. Ahora Brisa deberá descubrir quién está detrás de su humillación y convencerlo de que no saque a la luz los videos porque no solo hay confesiones de amor en ellos, si no también secretos que a nadie le gustará revelar, pero también está el secreto de ella aquel que viene en el último video y el cuál fue el causante de que grabara los videos.

Capítulo 1 Prefacio

Llego a casa por la tarde después de un terrible último primer día de clases de preparatoria. El ánimo se olfateaba en los pasillos, la emoción por estar cada vez más cerca de la universidad y la nostalgia por despedirse de los amigos eran casi palpables. Para mí fue difícil, extraño, provocó una punzada de melancolía típica de un corazón roto. Un corazón que se curará, pues de amor nadie se muere.

Hubo una votación para decidir qué actividad haríamos como generación, algo que nos definiera como alumnos. Alguien propuso un baile de fin de curso, otra persona planteó hacer una obra teatral en donde todos estuviéramos involucrados. Alguien ofreció pintar una pared del colegio, cada quién obtendría un trozo de muro y sería libre de decorarlo como quisiera.

Me gustó esa última propuesta, el problema fue que, para cuando la dijeron, yo había propuesto un típico cliché de las películas: La cápsula del tiempo. Guardaríamos por 25 años algo que nos representara, de forma que, cuando la generación que estaría 25 años después de nosotros la abriera, pudiera ver un poco de los que fueron alumnos antes que ellos. Y de esa forma, el objeto contaría una historia. En conjunto, se contaría la historia de nosotros como generación. Voté por la idea de pintar el muro, pero la mayoría votó por mi idea. Y mi idea se quedó. Ahora tengo que buscar algún objeto para guardar con los objetos de todos los demás el sábado. Este objeto debe contar una historia, mi historia. ¿Qué le puedo dar a alguien del futuro para que pueda darse una idea de cómo era yo? ¿De mi experiencia durante la preparatoria?

Una historia, la idea es contar una historia. Bien.

Mi hermano estará en práctica de soccer, mi madre estará en el tribunal dado que es abogada y mi padre dará alguna clase vespertina en la universidad. Anteriormente practicaba deporte, pero simplemente no le encontré sentido a seguirlo haciendo. Ya no más. Estaré sola por un rato así que debo aprovechar el tiempo al máximo.

Busco la vieja cámara de mamá, subo a mi habitación y dispongo un buen fondo en mi habitación. Antes de atreverme a grabar, cepillo mi cabello oscuro y lo peino en una trenza, al final cambio de opinión y lo suelto; al ser uno de mis mejores atributos tiene que resaltar. Finalmente, tomo asiento frente a la cámara dispuesta sobre una pila de libros. Mi piel morena se ve levemente más oscura, me gusta. Sonrío nerviosa, esto podrá parecer ridículo, pero creo que estará bien.

Empiezo a grabar y me acomodo, tomo un profundo respiro y dejo a las palabras fluir.

Mi nombre es Brisa Galetto, tengo dieciocho años y espero llegar a los diecinueve. Si estás viendo esto es porque han pasado veinticinco años y eres estudiante de último año de preparatoria. Abrieron la cápsula del tiempo que enterramos y te tocó mi objeto. Se supone que el objeto de la cápsula debe contar una historia. Y en este video no es una, si no cuatro. ¿Por qué? Bueno, nunca he podido hablar de esto con alguien y, sinceramente, no quiero que mis recuerdos se pierdan conmigo y mueran en el olvido. Tal vez para los otros involucrados la historia significó nada, pero para mí lo fue todo. Porque entre tantas épocas, países y ciudades, coincidimos. Y eso me hizo más daño que a ellos. Si le ves el lado bueno, puedes tomar mis palabras como una guía de cómo declararte a tu crush sin morir en el intento. Ya sabes, aprender a sobrevivir a un corazón roto. Las historias comienzan con una chica de primer año quien cometió el error más humano de todos. Me enamoré. No sé el momento exacto o la palabra específica, pero cuando me di cuenta, mi corazón ya les pertenecía. Abel, David, Joelle y Fabrizio, aquí cuento nuestra historia, acepto el rechazo y me despido para siempre.

Capítulo 2 UNO

Ocho meses después.



A menos de dos meses de terminar el colegio, los pasillos de la preparatoria están repletos de futuros universitarios impacientes por iniciar la siguiente etapa.

Muchos deportistas ya tienen universidad asegurada; su preocupación es saber qué tanto porcentaje de beca recibirán. Quienes somos estudiantes promedio, estamos a la expectativa de los resultados de las distintas universidades a las que aplicamos. Muchos insisten en que ingresar a universidades privadas es más sencillo que a las públicas.

Podría ser en algunos casos, pero cuando se trata de las universidades más prestigiosas, no importa si es privada o pública, para ser aceptado, hay que esforzarse.

Dejando de lado el tema de los estudios, está la realidad de que muchos compañeros no podrán salir de este pueblo llamado Velaria. Algunos, al graduarse, iniciarán la vida laboral en el negocio de sus padres que antes de pertenecer a ellos perteneció a sus padres. Otros buscarán trabajo en uno de los múltiples negocios de este lugar, empezarán desde abajo para después ir escalando hasta que junten lo suficiente como para salir de este pueblo.

Al final todo termina igual, nuestros caminos se separarán.

Los pasillos dan un espectáculo de lo más variado. Observo a Ana Laura, la chica rica y popular más codiciada del año, le fue infiel a Fabrizio Dolce, el capitán del equipo de fútbol, con un universitario.

La chica pasa junto a los futbolistas, le echa un rápido vistazo a Fabrizio quien apenas repara en su presencia. Cuando se hizo pública la infidelidad fue toda una sorpresa, muchos creíamos que terminarían casándose. Vistos desde lejos, parecían una pareja estable, casi como amor verdadero. Los rumores volaron, algunos dijeron que Ana Laura negó todo, que le pidió un millón de disculpas a Fabrizio, que le rogó que no la dejara, que ni siquiera le importó y aceptó la ruptura.

Al final, Fabrizio rompió con ella. Los únicos que saben realmente qué pasó, son ellos.

Por otro lado, Fabrizio lo superó, ahora que tiene un contrato con los Dorados Anteles, un equipo de soccer profesional que además le pagará la universidad, tiene otros asuntos en la cabeza.

Dos personas salen corriendo del salón por el que cruzo y casi me atropellan en el camino, el chico, David Romero, se voltea para pedirme perdón, pero en cuánto lo reconozco aparto la mirada y finjo que no pasó nada. Estela, la otra chica que salió, ni siquiera me mira, la prisa por llegar a tiempo a su entrenamiento de natación es mayor que la preocupación por ver con quien casi colisiona.

También son deportistas, pero la tienen un poco más difícil con la popularidad, lastimosamente la natación no tiene tanto reconocimiento como el soccer o el básquetbol.

Antes de llegar a las escaleras que me conducirán al pasillo de abajo, me encuentro a una chica bonita con una falda a cuadros y blusa blanca, Joelle. Aborda desesperadamente a un profesor que tiene toda la pinta de querer deshacerse de ella. Joelle es la capitana del equipo de matemáticas, fue subcampeona en la Olimpiada Matemática del año pasado y la campeona de este año. No acepta un 9.5 de calificación porque ella va por el 10. Los dejo pasar y suelto la respiración que no me di cuenta de que sostenía hasta que se han alejado.

Acomodo las correas de mi mochila y bajo las escaleras.

Recorro el camino hacia el patio trasero, para este momento está desierto, pues todos están en el estacionamiento charlando animados, despidiéndose de sus amigos o preparándose para las actividades extracurriculares.

Me detengo frente a una roca grande que reposa sobre una abertura en el suelo. Miro sobre mi hombro para cerciorarme de que no hay curiosos fisgoneando, una vez que me siento segura, aparto la roca con esfuerzo.

Hace ocho meses se me ocurrió la idea de crear una cápsula del tiempo. Cada alumno guardaría un objeto personal que un alumno del futuro encontraría. Se supone que el objeto serviría para darle una idea a los alumnos del futuro cómo éramos veinticinco años atrás. La idea me pareció emotiva en aquel entonces. Incluso ahora suena interesante la idea de hallar un dibujo o una carta de alguien que estudió en este colegio hace veinticinco años. A la mayoría le pareció una buena idea, construimos la cápsula y la enterramos. Pero ahora creo que me excedí con mi objeto.

Revuelvo el interior en busca de mi USB color amarillo fosforescente con una flor rosa pintada con barniz. Entre tantas chucherías es una ardua tarea. Finalmente doy con ella, la observo triunfante y la guardo en mi mochila. Nadie se dará cuenta si hace falta, como sea, hay demasiadas cosas interesantes. Ayer que decidí recuperar mis videos pensé en suplantarlos por mi gorra de natación (que usaba cuando era del equipo de natación) o tal vez una pulsera, pero da igual, tampoco es como que alguien del futuro verdaderamente me quiera conocer.

Cualquiera pensaría soy una hipócrita al proponer lo de la cápsula del tiempo y ocho meses después decidir retirar mi objeto, pero es que el objeto contiene cinco videos, uno introductorio y uno que cuenta la historia de cada crush que he tenido. En aquel entonces tenía el corazón roto, posiblemente tenía depresión y mi vida se había ido al carajo. Pensé en ello como algo digno de película: La típica chica que se declara a sus crush por video, pero ellos jamás lo encuentran, si no una persona del futuro que se pondría en los zapatos de la chica y reviviría las historias. De esa forma, la historia perduraría más tiempo y no moriría conmigo.

Fue un pensamiento reparador saber que alguien conservaría mi recuerdo, nuestro recuerdo.

Pero ahora me doy cuenta de que ninguna de las cuatro personas vale la pena. No merecen ni un video, así me halla prometido dedicarles unas últimas palabras.

Me pongo en pie, me doy la vuelta y camino hacia el estacionamiento.

Una chica grita algo inentendible desde el quemacocos de un automóvil rojo, alguien ríe y le lanza un objeto circular, cuando la chica se la mete a la boca sé que se trata de una manzana. Se siente la alegría mezclada con nostalgia del fin de curso, esta vez el final real. Mis sentimientos al respecto son confusos, me alegra terminar la preparatoria, pero el futuro incierto siempre causa conflicto.

―¡Bris!

Volteo hacia el lugar de donde proviene el grito. Se trata de Demi, mi mejor amiga. Es una chica alegre, optimista y cariñosa. Tiene ojos verdes y cabello castaño el cual suele tener una franja de color, lo cambia cada quince días. Hoy es de color rosa.

Nuestras personalidades son distintas, tanto que un enorme abismo podría separarnos, pero en último año de primaria, durante una convivencia nos peleamos por el último vaso de helado de choco menta. Gané, y aunque a Demi le gusta alardear que me noqueó y por la culpa accedió a compartir el helado, ambas sabemos que lo importante fue que nació nuestra amistad.

Y como dato curioso, yo accedí a compartir con ella.

Se despide de la chica con la que habla y corre hacia mí.

―¿Y? ―la miro sin comprender, ella bufa y voltea los ojos―. ¡El examen! Dijiste que hoy daban los resultados.

―Hoy los dan ―me encojo de hombros―. Pero más tarde.

―Y seguro que pasarás ―da un par de pasos hacia atrás y alza los pulgares―. Anímate Bris, yo creo en ti. Debo ir a teatro, pero avísame en cuanto sepas.

Gira sobre sí misma con la gracia de una bailarina y se aleja con dirección a la escuela.

Desde que se enteró de que aplicaría para la universidad, ha estado atenta ante cualquier movimiento o noticia. El plan inicial era no aplicar para la universidad, siempre quise ser fisioterapeuta, le rehuí a medicina porque los hospitales me dan miedo, pero una clínica de rehabilitación o incluso un spa suenan bien. Me gustaría ayudar a la gente a recuperar la confianza en sí mismos y en sus capacidades físicas.

La razón por la que no quería ir a la universidad era miedo. Incluso desanimo, pero al final, decidí que al menos quería intentarlo. Y Demi es la única que lo sabe. Mi hermano lo sospecha, pero mis padres no tienen idea. Acudí a mi mejor amiga cuando tomé una de las decisiones más importantes de mi vida.

Más tarde, me encuentro al borde de un puente, el único del pueblo. Siempre me ha gustado este lugar, el puente une la zona residencial con la industrial, sólo los trabajadores lo usan y algún que otro curioso. No es el más bello ni mucho menos, pero treinta metros abajo pasa un río. El agua ya no fluye potente como antes, la naturaleza está más muerta que hace diez años, pero el viento pega duro, el agua ya no será tan poderosa, pero es cristalina y no hay como el olor a tierra mojada.

El puente no está transitado, cuando llegó no hay un alma y menos un automóvil. Los barrotes se supone que son de color negro, pero están descuidados y la pintura descarapelada.

Dejo la mochila recargada en el pavimento y tomo asiento con los pies colgando. Cada vez que echaba un vistazo a mi futuro veía nada o lo que era peor, apenas siluetas de lo que podría ser, decidí hacer el examen para la universidad y así al menos tendría algo seguro o entré o no entré, fin. Ahora, mientras veo el paisaje, los nervios me carcomen porque sé que hacer el trámite a último minuto fue un error, no pude estudiar cómo me habría gustado y sé que pude esforzarme más. A pesar de que tengo varias cosas en contra y estoy consciente de mis fallos, me desilusionaría si resulta que no fui aceptada.

Suspiro, los resultados salieron hace diez minutos, muchos aspirantes ahorita están festejando y otros estarán lamentándose. ¿A qué lado de la balanza me inclinaré yo? No hay tiempo que perder. Me meto a la página, la actualizo y busco mi número de folio.

Folio 0909 1350/1500 Aspirante aceptado.

Oh, por la santa papaya. Abro los ojos en sorpresa y suelto una leve risa. Esto es increíble. Instintivamente busco sobre mi hombro a alguien a quien compartirle la buena noticia, pero estoy sola. Vuelvo la atención al teléfono y pulso sobre mi folio. Me redirecciona a otra página. "Estimada Brisa Galetto Ramos, es un placer informarle que ha sido aceptada para ser estudiante de la Universidad de Mazca..."

No termino de leer, dejo caer las manos a mi regazo y bloqueo el teléfono. Frente a mí está el paisaje verde, azul y naranja; es hermoso. Sonrío nostálgica, de pronto me han entrado unas ganas tremendas de llorar. Para evitar que alguna lágrima inexplicable haga acto de presencia, me centro en mi antojo creciente de una malteada de cajeta de las que venden en Delicia, mi cafetería favorita. Oh, vamos, me merezco esa malteada. ¡Entré a la universidad!

Ahora solo queda compartir la nueva con mis padres. Sé que estarán orgullosos de mí, pero no todo es color de rosa; todos nosotros lo sabemos. Les diré, debo hacerlo y mientras más pronto mejor, pero no ahora, en este preciso instante solo quiero disfrutar.

Y deshacerme de un pendiente a la vez.

Me agacho para sacar la USB del bolsillo de la mochila y me paro sobre el barandal del puente. Hago esto desde que tengo diez años, si mis padres se enteran seguro me matarían, pero he agarrado práctica y jamás me ha dado miedo caer, es como si esa posibilidad no existiera. Una vez que siento la adrenalina correr por mis venas, suelto un grito; al agua, a las rocas, a la vida.

Me contesta el aullido del viento.

Aspiro una bocanada de aire, para armarme de valor y deshacerme de los videos, admiro el pequeño objeto color amarillo, la flor pintada con barniz. En las grabaciones plasmé cada sentimiento, cada miedo, cada inseguridad y un secreto. En aquel entonces quería que las historias perdurarán, que alguien del futuro las valorara. Que mi recuerdo no muriera y que tal vez alguien recordaría que yo, Brisa Galetto, tuve el corazón roto. Pero ha pasado el tiempo y me doy cuenta de que sobreviví, tal vez fue duro al inicio, pero ahora que lo veo en retrospectiva sé que no fue más que un bache en el camino.

Ahora maduré y veo que no vale la pena sufrir por gente que no lo merece.

Cierro los ojos durante un minúsculo segundo, alzo la mano y...

-¡Alto!

Una voz grave y preocupada me sorprende. Se trata de un chico alto, fornido, con tatuajes en los brazos y unos ojos oscuros que no lucen muy contentos. Justo detrás de él, estacionado, hay un bochito amarillo. ¿Y este hombre quién es? Cierro el puño alrededor de la USB y finjo que no hay nada que esconder. Trago saliva.

-Eh... hola, soy André, ¿qué tal?

Frunzo el ceño porque esta escena es de lo más ridícula, ¿se supone que quedó en ver a alguien aquí y se encontró conmigo?

-Escucha -dice mientras se acerca lentamente con las manos en alto-. Sé que a veces todo parece malo, perdido y que esta es la única solución... pero esta no es la salida.

Ajá, la verdad yo solo quiero tirar esta memoria y fingir que nunca me dejé llevar por los sentimientos para grabar un video. En respuesta sólo encojo los hombros; el chico no parece de por aquí. Tal vez sea nuevo, pudiera ser que se mudara recién.

-Yo también estuve ahí. Y créeme cuando te digo que sí hay otra salida.

OH, JODER. El recién llegado cree que me quiero matar. ¿Parezco una chica que se quiere suicidar? Medito la escena, estoy parada sobre un barandal, si doy un paso adelante, me caigo al precipicio y además no tengo exactamente una cara de felicidad. Tengo problemas, muchos o más bien fuertes, pero le tengo tanto amor a la vida que no quisiera terminar con ella, eso es seguro.

-Es un buen paisaje, ¿no? -llega al barandal, no se sube, sólo se recarga viendo hacia el frente.

―Hermoso ―aparto la vista de él, abajo, el agua se ve tan clara.

―¿Sabes? Son estos los detalles que te hacen ver lo bello que es vivir.

Concuerdo con él. Es algo tan simple como el canto de un pájaro, el sonido del agua correr, el viento bailando entre los árboles o simplemente una flor brotar, lo que te muestra lo sencilla y hermosa que es la vida.

Alguien con depresión no podría verlo, esa enfermedad es silenciosa, pero brusca. Si verdaderamente me quisiera matar, dudo que la charla con André pudiera detenerme. Pero entiendo su intención y la agradezco.

―Vamos, alguien se alegrará de verte en casa.

―Seguro mi hermano y mis padres.

―¡Exacto! ―su tono me hace regalarle una sonrisa ladeada―. Dime algo que te guste.

-La malteada de cajeta que preparan en Delicia.

Vamos, esa fue fácil, ni tuve que pensar. Creo que funciona, pues el tipo me sonríe y asiente con la cabeza. Ya no parece preocupado.

-¡Sí! ¿Lo ves? Hay cosas buenas en la vida -la sonrisa del tipo es agradable, me gusta-. Si bajas te compraré la malteada.

André me extiende la mano para ayudarme a bajar. Titubeo durante un segundo, pero después lo acepto y bajo del barandal. Sin querer tropiezo y pierdo el equilibrio, pero André es rápido y logra estabilizarme. Al verlo de cerca, sus ojos color miel, no puedo soportar más el fraude.

―No me quería aventar ―murmuro apenada―. Solo quería sentir...Solo estando al borde tienes la oportunidad de exigirle a la vida.

Me siento como una tonta cuando pronuncio las palabras. Eso totalmente suena deprimente, ahora entiendo por qué creyó que me quería matar.

―Pero es peligroso, pudiste caer.

―Lo sé ―me separo de él―. Fue irresponsable de mi parte.

André frunce el ceño, se voltea un poco y rasca su nuca.

―Supongo que quedé en ridículo ―manifiesta inseguro―. Pero aun está en pie lo de la malteada.

Para tranquilizarlo me acerco a él y le sonrío.

―Conozco el lugar perfecto ―extiendo la mano―. Me llamo Brisa.

Después de estrecharme la mano, caminamos juntos hacia la banquete. Parece estar por subirse al bochito. Oh, genial, conozco a alguien que tiene un bochito amarillo. Mientras busca las llaves en su bolsillo, me volteo rápidamente y aviento la USB hacia el precipicio, la veo rebotar hacia el borde y entonces me volteo rápidamente.

―En realidad, Delicia está a dos cuadras ―y mejor porque me daría miedo irme con un extraño―. Podemos llegar caminando.

Mientras caminamos en un silencio medio incómodo, intento no admirarlo indiscretamente, tampoco veo detenidamente su tatuaje ni sus cicatrices.

¿De verdad creyó que me quería suicidar? Es incluso irónico ¿cómo alguien que le exige a la vida pensaría alguna vez en matarse?

Capítulo 3 Dos

Llegamos a Delicia justo a tiempo para ver salir del local a la capitana del equipo de matemáticas; Joelle, con su grupo de amigas. Se ríe como si el chiste que ha contado una de sus amigas fuera lo más divertido del mundo. El viento sopla y hace ondear la melena oscura. Juntas, las cuatro, caminan agraciadamente por la acera hasta que están tan lejos que son irreconocibles.

Una vez que André estaciona la motocicleta y los curiosos de alrededor nos miran con desconfianza, me bajo de un brinco y me quito el casco. Sepa dios por qué, pero una señora mayor con lentes tan grandes como su cara, apura a su perro y pasa rápidamente a nuestro lado. Al pobre pug que estaba orinando parado en dos patas casi se le salen los ojos al ser jalado por su dueña.

André toma el casco de mis manos y se ofrece a llevarlo por mí. Este hombre es todo un caballero. Se queda viendo el letrero del local con curiosidad, incluso entorna los ojos. Antes, el letrero en letras neón era llamativo; sin embargo, se descomponía repetitivamente. Al final el dueño decidió pintarlo en letras azules y blancas. Se ve bien, combina con la fachada, pero las letras neón siempre serán mis favoritas.

-Parece un buen lugar.

Oh, claro. Júntate conmigo y verás que puros éxitos tendrás. Tendrás acceso a lugares inimaginables...aunque se consiga de forma ilegal. No suele pasar.

-El mejor -me abre la puerta y entro-. Ha pasado de generación en generación desde que el pueblo se fundó. Te encantará la malteada de cajeta.

André hace una mueca graciosa, como si no estuviera seguro de eso. Lo guio entre las mesas hasta mi favorita; la del fondo cuya ventana da al edificio de al lado. De pequeña me gustaba ver a los transeúntes e inventarles alguna historia del por qué se hallaban ahí. Me hacía sentir bien porque imaginaba que, de esa forma, podía fingir que los conocía y que los entendía. Y así,

aunque a ellos les ocurriera algo ese día, yo conservaría un recuerdo de ellos.

La verdad he olvidado a cada uno de ellos y las historias inventadas.

-No sé si sea buen momento para decirlo, pero no me gusta la cajeta.

Santa papaya. Eso no puede ser. Abro los ojos con sorpresa y suelto un sonido exagerado de lamento. La expresión de André es divertidísima, casi parece querer ponerse uno de los cascos y desaparecer.

-La cajeta es sagrada -explico con voz de narrador de documental-. Se hizo para deleitar a quien ose probarla. Está hecho con leche, pero no cualquier leche; si no leche de cabra. Mira, las vacas son curiosas, no las critico; pero las cabras son majestuosas. No podemos hablar si no te gusta la cajeta -hago expresión pensativa y vuelvo a hablar normal-. Aunque a las cabras las relacionan con Satán.

André me mira como si de un momento a otro me convirtiera en oso y me pusiera a hacer malabares con panales. Entonces ríe.

-Alabado sea Satán.

Esta vez, la que ríe soy yo.

Ruthy es la mesera más antigua de Delicia, al menos la conozco desde que tengo memoria. Es grande de edad, usa anteojos para ver de cerca, tiene varias arrugas en el rostro y una sonrisa amigable. Siempre tiene algo bueno para decir, es increíble como una simple frase puede cambiarte la vida.

Para bien o para mal.

Ruthy se acerca y después de saludarnos, nos toma la orden. A mí solo me pregunta si querré lo mismo de siempre, André, amablemente, también pide una malteada de cajeta.

Hago como si no me diera cuenta, pero en el interior estoy bailando y brincando tontamente. ¡Sí, sí! Triunfó el mal, hail Satán. Durante un par de segundos el silencio cae sobre nosotros, no da tiempo de que se vuelva incómodo porque André lo rompe.

-Así que eres popular -André se acomoda en el asiento, me pregunto si no le estorbaran ambos cascos.

-¿Yo? No, para nada.

―Parece que tú y Ruthy se conocen bien.

―Vengo desde que tengo diez y ella ha trabajado aquí toda su vida.

―¿Y el que te ha lanzado miradas desde que llegamos?

Señala a alguien detrás de mí. Sin pensar en las consecuencias giro la cabeza siguiendo la trayectoria de su dedo y el corazón me da un vuelco. Trago saliva, ¿cómo es posible que no halla notado a ese chico? Tiene cabello rubio rebelde, piel clara y una perforación en el labio inferior.

Y se llama Abel; un universitario que por alguna razón desconocida mandaron a hacer trabajo "social" en nuestra preparatoria. La teoría más aceptada es que se trata de un castigo porque lo atraparon fumando marihuana. Hasta donde sé, eso ameritaría expulsión, pero solo lo mandaron a ayudar a la profesora de Cálculo.

La mitad de las chicas de preparatoria quisieran acostarse con él, o eso es lo que he escuchado. Nuestras miradas se encuentran y jadeo. Aparto la vista y tarde me doy cuenta de que seguramente quedé como una acosadora. Me acomodo el cabello y digo lo primero que se me viene a la cabeza.

-¿Sabías que el orgasmo de un cerdo dura treinta minutos?

¿En serio? De todo lo que pude pensar, de todo lo que pudo salir de mis labios como que Noruega nombró caballero a un pingüino o que las huellas de la nariz de los perros son como las huellas dactilares en los humanos o que es imposible imaginar un nuevo color, tuve que decir lo

más idiota y poco elegante.

Buena noticia: Abel ya ni me interesa en este momento. Mala noticia: A pesar de ser morena, me

estoy sonrojando demasiado. Menos mal no soy blanca, ya parecería tomate.

-Bien por los cerdos...supongo -responde André, se rasca distraídamente la barbilla-. ¿Sabías que las cabras tienen acentos?

Uh, oh, volvemos con las cabras. Esa no me la sabía, al ver mi expresión de pasmada porque me contestó con otro dato curioso en lugar de escapar de la chica loca, continúa.

-¡Es en serio! -para enfatizar, habla más serio-. Acento del norte, del sur, costeño. Apuesto a que las cabras inglesas balan más bonito que las americanas.

¡Genial! Mi memoria está preparada para guardar ese dato inútil por toda la eternidad.

André echa un vistazo a su reloj, momento exacto en que siento algo caliente bajo mi nariz. Al tocarlo y ver una mancha roja en mi mano, entro en pánico.

―Prefiero memorizar el dato de las cabras que los nombres de presidentes ―digo mientras me pongo de pie―. Ya vuelvo.

Corro al sanitario, antes de entrar por la puerta, echo un vistazo hacia Abel quien guarda su computadora. Después vislumbro a André de espaldas a mí y me pregunto si no aprovechará para escapar. ¿El orgasmo de un cerdo? Vaya forma de hacer plática.

La puerta se atora y recibo un golpe en la cara. No es tan fuerte, pero definitivamente me sorprende y me enoja. Suelto una maldición y corro hacia el cubículo más cercano en busca de papel. Una vez que me sueno y me cercioro de que no hay más chorros de sangre saliendo por la nariz, voy al lavabo para limpiarme.

Pensé que sería más complicado parar el sangrado, primero sale espontáneamente y después me golpeo con la puerta. Lo bueno es que ni siquiera me duele. Aprovecho para lavarme la cara y echarme un poco de agua fresca en el cuello, últimamente ha hecho mucho calor. Será porque el verano se acerca.

Me sueno una última vez para evitar una penosa hemorragia frente a André, al ver que ni siquiera se mancha el papel, tiro todo a la basura y salgo.

En nuestra mesa ya están las dos malteadas de cajeta. Instintivamente miro hacia la mesa en donde estaba Abel y suspiro al ver que se ha ido. Muestro mi mejor sonrisa y llego hasta mi lugar.

―¿Y bien?

Cuestiono señalando hacia la malteada.

―Te estaba esperando para probarla.

Qué persona tan agradable y educada. Alzo la copa y doy un sorbo al popote. André imita mis movimientos y observo atentamente su expresión. Hace un gesto como si la estuviera saboreando. No se ve muy convencido.

―¡Oh, vamos! ―arquea una ceja―. Admite que es la bebida de los dioses.

-No creo -vuelve a sorber del popote-. La bebida de los dioses es el café negro.

Volteo los ojos al tiempo que hago un gesto de indignación. Me gusta lo amargo, como la cerveza oscura, por ejemplo, pero no se compara con mi poderosísima malteada. Nos lanzamos a un debate de bebidas, comida y licores. Ganó el tequila; algo tenemos en común.

Dado que siento que este hombre me causa cierto grado de intriga, le pregunto la razón por la que estaba en el puente. No es de aquí, me lo ha dejado claro, apenas llegó.

―Ayudo a un ingeniero en la planta.

Eso explica el por qué venía de la zona industrial.

―¿Qué estudias?

―Hace un mes me gradué en Ingeniería Industrial ―se encoge de hombros―. Necesito experiencia, así que tomé lo que salió. No pagan tan mal ¿Y tú? Por un momento me quedo anonada. No creí que fuera tan grande. Se ve mayor que yo, pero pensé que era universitario. ¿Tendrá veintitrés? De pronto me da vergüenza admitir que apenas entraré a la universidad.

―Me graduaré de preparatoria ―explico apartando la mirada―. Iré a Mazca en agosto.

―¡Mazca es de las mejores! ―abre los ojos en genuina sorpresa―. Yo nunca pude entrar. ¿Qué estudiarás?

―Fisioterapia.

Salgo del sanitario, una mujer con su hija van entrando; les detengo la puerta. Pobre señora, la niña va pataleando y golpeando. Antes no está gritando o llorando. Me agradece con una sonrisa. A veces, hay situaciones con los niños que me hacen no querer tener hijos. Como la vez que un niño hizo berrinche en el centro comercial porque quería un juguete, pero no se lo compraron. En su enojo, se soltó de la mano de su madre y corrió en línea recta. Chocó con un bote de basura y se cayó; miren que no pude aguantar la risa y escupí el agua de sandía que estaba tomando.

Me encuentro con André en la entrada del local, antes de salir me despido de Ruthy; no sé porqué, pero me guiña el ojo. Oh, no. Que ni crea que André es mi nuevo ligue, por dios. No es mi tipo además que solo está conmigo porque quiso evitar mi inminente suicidio. Me pregunto qué dirá Ruthy si se lo cuento; seguro se ríe.

Ya sé que mi suerte es mala, por eso quien se junta conmigo está destinado al éxito; es casi como si se chupara mi buena suerte. No me incomoda, sirve que al menos le pasan cosas buenas a la gente.

Pero volviendo al tema, definitivamente no esperaba resbalarme en la banqueta y terminar panza abajo. Sentí un dolor en el codo izquierdo, pero fue más fuerte el dolor de mi orgullo mullido. Incluso patiné un poco, por los mil demonios, seguro me vi como un pinguino resbalando sobre su panza.

-¡Brisa! -grita André mientras me ayuda a levantarme-. ¿Estás bien? Ahora que hago recuento de los daños, creo que sólo me duele un poco el codo y mi panza. De ahí en fuera, mi dignidad es la que está grave. Necesita una ambulancia, tendrá que permanecer en cuidados intensivos, espero que tenga remedio.

-Todo bien -veo a una pareja voltear para enterarse del chisme y a un niño que se carcajea-. Mi vanidad ha fallecido, pero mi espíritu sigue en pie.

André está por reir, pero algo lo detiene, sigo su mirada y veo qué ocurrió. Tengo una herida en el interior del brazo derecho. Ah, caray, ¿y eso de donde salió? No sangra mucho, pero se ve profunda. En serio, ¿cómo mierda me hice eso? ¿Y por qué no me duele? Ay, santa papaya, casi pareciera protagonista de película de acción. Aunque sin el cuerpazo y la belleza indescriptible, claro.

-Esa herida no se ve bien -mi acompañante saca un pañuelo del interior de uno de sus bolsillos-. ¿Qué tal si se infecta? Tenemos que ir al hospital.

Naaambree. Eso ya es exageración. Tampoco es para tanto, o sea está sangrando, pero se puede arreglar en casa. Ni que se me fuera a salir el corazón por ahí. Aparte, yo al hospital no voy ni aunque me paguen por ello, no me gustan los hospitales, solo me recuerdan el hecho de que...

-No hagas esa cara, sólo te curaran.

Ah, sí claro. ¿Qué me curaran? Mejor ni hablo.

-No exageres...-oh, mierda, hay un trozo de fierro en el suelo-. Me va a dar tétanos.

Terminé en la sala de espera del hospital con André como acompañante. Tuve que hablarle a mis padres para que vinieran pues se preocuparían al llegar y no verme. Mamá se puso histérica, traté de calmarla lo más posible, pero fue inútil. Después de todo, así es ella. Papá fue más civilizado y sólo dijo que llegaría en quince minutos.

André y yo esperamos pacientes. Un niño nos enseña su libro para colorear, incluso me ofrece un lápiz de color azul para que lo ayude, me excuso diciendo que me corté y no puedo, André tiene que encargarse de ello.

-¡Brisa! Me da gusto verte -un doctor de porte regio y cabello castaño se acerca-. Ha pasado mucho tiempo. ¿Qué tal te va? ¿Cómo...

-Hola, doctor Flores, igual me da gusto verlo -genial, lo que faltaba-. Me ha ido bien, hoy me enteré que fui aceptada en la Universidad de Mazca.

Por el rabillo del ojo alcanzo a ver que André deja de lado la ardua tarea de colorear sin salirse de la línea para centrarse en nosotros.

-Es una buena noticia -responde el doctor-. ¿Está segura de ir? O sólo aplicaste por curiosidad.

No bueno. Trato de no voltear los ojos en señal de irritación. ¿Qué clase de pregunta es esa?

-Fui aceptada, es lo importante.

-Tiene tiempo que no hablo con tus padres, ¿cómo están ellos?

El grito de mamá rompe la quietud de la sala de espera. Oh por dios, alguien sálveme de esta vergüenza. Se acerca corriendo y me envuelve en un abrazo que por poco me estrangula. Papá igual me abraza y le echa un vistazo a la herida, no dice gran cosa, más bien se pone a charlar con el doctor Flores. Son amigos desde la preparatoria, su amistad sobrepasó la distancia y hasta la fecha se llevan bien. Que nadie diga que los médicos y los filósofos no pueden congeniar. Aquí tenemos la prueba viviente.

Le presento a André a mamá. La expresión de impresión, desagrado e hipocresía no tarda en llegar. ¿Es en serio? El hecho de que sus brazos y cuello estén repletos de tatuajes no lo hacen una mala persona. Ya ni Ruthy se puso así y eso que ya es una señora grande del milenio pasado. Mamá le sonríe fríamente. Ugh, a veces me saca de quicio.

De igual manera, se acerca a platicar con el doctor Flores. Los tres están apartados, cerca de una enfermera y hablan animadamente.

-Señorita popular, esta vez no lo puedes negar.

-De popular no tengo nada -popular Joelle, popular las porristas, popular David y Fabrizio-. Ruthy me conoce desde niña, el tipo ese que decías que me miraba ni lo conozco y el doctor Flores...es gran amigo de mi papá.

Para evitarme preguntas incómodas, sale la enfermera y grita mi nombre. Me levanto de un brinco y entro a la sala. Mamá insiste en acompañarme y aunque trato de negarme, pierdo la pelea.

La enfermera me cura las heridas, un doctor viene a revisarme los reflejos y el codo, mamá parlotea como siempre y yo espero que este infierno termine. Me ponen la vacuna del tétanos, maldita aguja y maldito líquido que quema. Según todos, estaré bien, pues sí, yo también espero estar bien.

Cuando salimos, André ha desaparecido. Sólo queda mi padre que está sentado en una banca y sonríe el vernos. Mamá comunica lo que dijo el doctor, pagamos la cuenta y nos vamos. Cuando pregunto por André, papá hace un gesto despectivo con la mano.

-Dio una excusa tonta para irse, amigos como esos no te convienen, Bris.

Bueno, después de todo el espectáculo que montó mamá, no lo culpo por querer alejarse. André me ayudó mucho trayéndome al hospital y esperando. Además, no somos amigos, sólo dos personas que coincidieron en un puente.

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