#NOTA: Querid@s lector@s, como siempre quiero agradecerles por animarse a leer mis libros. En esta ocasión a mi mente ha venido una historia, romántica, llena de drama, que espero sea de su agrado. Espero, puedan disfrutarla, tanto como yo escribirla. Tengo muchas expectativas con esta historia, y espero, si se animan a leerla, me tengan paciencia, pues es la primera vez, que me arriesgo a escribir algo narrado en tercera persona. Desde "Ni contigo, ni sin ti", me he esforzado para que mi escritura mejore.
No está de más, aclararles que lo que aquí está escrito es producto de mi imaginación, es por eso que algunas cosas no van a concordar con la realidad. Nuevamente gracias, y un fuerte abrazo. *** De rodillas, frente a su novia, Vanesa, está el gran Ares Walton, futuro heredero del emporio de autos Walton's car. Emocionado, nervioso y feliz, de poder pedirle al amor de su vida, que se case con él. Ares, a pesar de ser, altivo y prepotente, haría lo que fuera por esa mujer, que desde hace casi un año le había robado el corazón; pues desde el día en que, accidentalmente ella se arrojó a su auto, él quedó flechado por esa hermosa rubia, de piernas largas, ojos verdes, y cadera protuberante. En poco tiempo, había perdido la cabeza por quien hoy deseaba que fuera su esposa, no solo para heredar la empresa que le había sido prometida desde nacimiento, y cuya única condición era que estuviera casado, sino porque estaba loco por esa chica. Y aunque ella no fuera de su misma clase social, eso poco o nada le importaba, pues Ares Walton, es el tipo de hombre que solo se enamora una vez, y Vanessa, era el amor de su vida, de eso, él estaba completamente seguro. A sus 27 años se sentía pleno, pues todo marchaba a pedir de boca, era joven, guapo, sexi, multimillonario, y tenía a la chica de sus sueños, de no ser por qué su madre la despreciaba por ser pobre y no tener un apellido de abolengo, todo sería perfecto. -Vanesa, sé que querías que esperáramos un poco más, pero ya no puedo. ¡Estoy loco por ti!, y lo único que deseo es unir mi vida a la tuya. Por favor, no me hagas sufrir y acepta casarte conmigo. Saca del bolsillo de su chaqueta una pequeña caja que abre para mostrar un hermoso anillo de diamantes que deslumbra a Vanesa, quien jamás pensó poder ver, algún día de cerca, una joya tan costosa. Con esto confirmaba lo enamorado que estaba ese hombre poderoso, de presencia imponente, carácter prepotente, y personalidad misteriosa. Aquel hombre, que sin importar lo complicado, altivo o temible que fuera, estaba de rodillas frente a ella, una simple cantante de bar, que jamás imaginó tener la suerte de que un hombre como él, cayera rendido a sus pies. De seguro era la mujer más afortunada del mundo, pues ella también se había enamorado de él, aunque eran amores muy diferentes. A su propuesta le habría dicho que si de inmediato, de no ser por qué ella, ya estaba casada. Un secreto que debía mantener bien oculto, hasta lograr divorciarse del ampón que tenía por esposo. -¡Amor, no lo puedo creer! -Dice emocionada, intentando mantener la ilusión en aquel hombre, que había derrumbado todos sus muros, y abierto su corazón solo para ella. -Sería la mujer más feliz del mundo, si fuera tu esposa. Ares sonríe ampliamente al oírla decir eso, pero Vanesa, aún no había terminado de hablar, y en su mente calculadora, estaba pensando en la excusa perfecta, para rechazarlo, eso sí, sin despreciar la valiosa joya, que tenía frente a ella, pues si bien Vanesa amaba a Ares, había algo que amaba aún más, y era el dinero y los lujos que siempre soñó tener desde niña. Encontrar el dinero y el amor en una sola persona, era algo que solo pasaba en las películas, y ella lo había conseguido. No permitiría que todo se fuera a la borda por aquel hombre, que siendo joven la engatusó, haciéndole creer que viviría en un cuento de hadas, y no ha sido así. 7 años de matrimonio, a sus 25 años, le han demostrado a Vanessa, que de amor no se come, no se pagan las cuentas, y no se es feliz. -Estoy tan emocionada. Yo... Premeditadamente, se queda callada, intentando demostrar dificultad al hablar. Empieza a llorar desconsolada, lo que preocupa a Ares, que de inmediato se levanta al no soportar ver derramar una sola lágrima a la mujer que el tanto idólatra, pues para Ares, Vanesa, es la mujer más sincera, empática, tierna, hermosa, y de buen corazón, que puede existir en este mundo. -Cariño, ¡hey!, no llores, por favor, me haces sentir mal. -La abraza, y ella se aparta, mirándolo con vergüenza. -Lo siento, hoy debería ser un día feliz, pero, en cambio, me he puesto a llorar como una tonta. -Calla por un momento, mientras el chico más guapo y rico del país, seguía consolándola. -Si tan solo... -Hace una pausa, para llamar el interés de Ares, pues Vanesa es manipuladora en extremo, y sabe qué hacer y que decir en su justo momento. -¿Si tan solo qué, amor? -Si tan solo tu madre me aceptara, te juro que en este momento tendría ese anillo en mi dedo, y contaría los días para darte el sí, en el altar. -Sin embargo, lo que creía Vanesa, sería la excusa perfecta, para Ares no lo era, y menos siendo un hombre que no está acostumbrado a perder en nada. Se aparta de ella con una mirada fría, muy habitual en él, que lo representa, aunque con Vanesa, casi siempre se mostrara tranquilo, y amoroso. -Me estás diciendo, ¿qué me rechazas por mi madre? -Ella con cabeza gacha, nada más asiente. -¿Por qué te preocupa gustarle a mi madre, cuando al único que le tienes que gustar es a mí? -Yo no quisiera causarte problemas con tu familia. Sé que ella es muy importante para ti, y quisiera poder casarme con el hombre que amo, sin sentirme atacada por su madre. -Finalmente, expone ella, con las lágrimas, rodando nuevamente por sus mejillas, pues ella sabía, que sus lágrimas, eran la debilidad de Ares. -Está bien, entiendo cómo te sientes, pero por favor ya no llores. No quiero que ese hermoso rostro, se hinche por cosas que tienen solución. Mañana mismo hablaré con mi madre, con respecto a esta decisión, y te juro que todo mejorará para ti. Vanesa de inmediato, seca sus lágrimas y cambia de expresión, arrebatándole, prácticamente de las manos, la caja con el anillo que él aún sostenía. -¡Está precioso! Sé que aún no te he dicho que si, ¿pero puedo quedármelo, mientras solucionas todo con tu madre? -¡Claro que si cariño!, es tuyo. Sin dudarlo, pone el anillo en su dedo, devolviéndole la caja a Ares, como si esta ya no tuviera ninguna función. Mirando sin parar el gran diamante que tiene en su dedo, preguntándose una única cosa en ese momento. «¿Cuántos millones costará este anillo?» *** Muy emocionada por volver a ver a su familia, después de dos largos años, de noviciado, se prepara la joven Aurora, para regresar a su casa, ya con 20 años cumplidos, con la esperanza de ver a su padre, y a su hermanastra, Adriana, a quien quiere mucho. Pero no a su madrastra que fue quien se encargó de recluirla en ese convento por dos años como novicia, solo para alejarla del chico que le gustaba. Simón, un estudiante de ingeniería de sistemas, quien era despreciado, por haber metido en mucho problemas a Aurora, y ser pobre, pues ante todo ella es una Hermswort. Y aunque ahora estaban arruinados debido a la mala administración de su padre, Isaías Hermswort, y al derroche de dinero de su madrastra. Eloise, seguían rechazando a aquellos que no consideraban dignos, pues a pesar de estar llenos de deudas hasta la médula, ellos pertenecían a una de las familias más prestigiosas y con más renombre del país, y mientras nadie de la alta sociedad supiera de su bancarrota, su apellido era suficiente para sostenerlos. -¡Aurora! -La llama la madre superiora desde la puerta, mientras camina hacia ella, que está terminando de arreglar la maleta. Al escucharla, de inmediato, Aurora, se gira hacia ella, y le ofrece una pequeña reverencia. -¡Señora! -Veo que ya estás casi lista para irte. -Así es madre superiora. -¿Y estás feliz? -Mucho. -A pesar de estar emocionada, se mantiene tímida y tranquila, sin mirar a su superiora a los ojos como se le enseñó. -Pues me alegra mucho Aurora. Sin embargo, recuerda que estos tres meses que se te darán, son para que tomes la decisión de tomar los hábitos o de dejar el convento definitivamente. -Lo sé, madre. -Es bueno que lo consultes con tu familia. Pero también es bueno, que hagas lo que te diga tu corazón. Siempre has sido una buena novicia, y me encantaría tenerte como monja, pero a Dios si no se le va a amar como se debe, es mejor que se le ame desde afuera. Tú entraste obligada a este convento, y aunque eres una buena niña, aquí no queremos obligar ni presionar a nadie para que tome la decisión, de llevar por siempre un hábito. Debes tener presente que este es un convento de Clausura, con una filosofía de vida aislada del mundo, dedicada únicamente a nuestro señor. -Lo sé, madre superiora. Pondré todo mi esfuerzo para tomar la mejor decisión para mi vida. -Me alegra escuchar eso querida. No está de más recordarte que hasta que se cumpla la fecha de la decisión, deberás respetar el hábito. Usándolo a diario, y llevando con honor tu velo, y una toca que cubra tu rostro, solo podrás dejar ver tus ojos. No es bueno, que una posible monja de nuestra congregación, deje ver su rostro, o su cuerpo con ropas que puedan generar malos pensamientos en las demás personas. Aurora sabía las reglas de la congregación, y no le molestaban, después de dos años, ya estaba acostumbrada a seguirlas. Además, ella sabía que era muy bonita. Otras novicias, cuando la veían sin la toca, alababan su hermoso rostro, de facciones delicadas, ojos azules, nariz perfilada, labios gruesos y carnosos, pestañas largas, y cejas bien definidas. Lo que no le molestaba a Aurora, porque su rostro, era un vivo retrato de su madre. Lo que sí agradecía, era llevar el hábito, pues a diferencia de otras chicas, Aurora, se había desarrollado muy tarde, esto pasó, durante los dos años de convento, por lo que su cuerpo había cambiado. Ella siempre había sido delgada, pero sus senos se habían agrandado, sus caderas se habían ensanchado, logrando que tuviera un cuerpo de reloj de arena. Sus nalgas estaban redondas y perfectamente torneadas, al igual que sus piernas, pero quizás eso se lo debía al trabajo pesado del convento, pues todo lo hacían ellas, desde cargar los bultos de la comida, hasta limpiar todo el claustro, que era inmenso. ... Ya era muy tarde, y Aurora salía rápidamente de la estación del tren, esperando encontrar un taxi que pudiera llevarla a su casa. Como no tenía móvil, ya que esos aparatos, no son permitidos en su congregación, y tampoco había un teléfono cerca, que pudiera usar para llamar a alguien. Decidió caminar, con la esperanza de que pudiera encontrar alguna solución. Inocente, camina por las calles oscuras y casi desoladas, de un barrio que parece peligroso. Pérdida, sin saber que hacer, toma asiento en una parada de autobús, muy cansada por cargar su maleta, y con una sensación de ahogo, por tener todo su rostro cubierto. Le faltaba el aire, y aunque intentaba tranquilizarse, las ganas de poder respirar bien, hacían que inconscientemente abriera la boca, lo que provocaba que la tela de la toca se pegara a su rostro, dificultando aún más el paso de aire a sus pulmones. Desesperada, sintiendo que se asfixia, retira de un solo movimiento, aquella tela que cubría su rostro, jalando también su velo, dejando que su cabello envuelto en varios dobleces, cayera. Aurora, de inmediato, sintió cómo una bocanada de aire entraba a sus vías respiratorias, permitiéndole recuperar las fuerzas que hasta hace un momento sentía que había perdido. De pronto, más calmada, cae en cuenta de lo que ha hecho, mira a ambos lados, mientras intenta cubrir su rostro nuevamente, confirmando que nadie la estuviera viendo, y entonces se fija que hay un auto muy lujoso, de color negro, de vidrios polarizados, detenido casi en frente de ella, esperando que el semáforo cambie. Preocupada, termina de cubrir su rostro, y toma su maleta, al ver que un taxi por fin pasa y hace caso a su mano que intenta detenerlo. Ya en el taxi, no puede evitar mirar hacia atrás por la ventana, y divisar el lujoso auto. -¿Alguien habrá visto mi rostro? -Pensaba preocupada, pues Aurora, es una joven muy temerosa, a la que le gusta ser obediente y cumplir sus promesas. La atormentaba pensar, que no tenía ni un día fuera del convento, y ya estaba rompiendo las reglas. -Hermana, ¿hacia dónde se dirige? -Le pregunta el taxista, haciendo que Aurora centre su vista al frente. -Discúlpeme, estaba distraída. Lléveme por favor al barrio Lambeth. ... Después de unos 40 minutos que le tomó trasladarse a su casa desde el otro lado de la ciudad, en el taxi, Aurora, toca varias veces la puerta de la mansión Hermswort, al saber que ya es de madrugada y que todos duermen, hasta que finalmente, alguien escucha su llamado. -¿Quién es?, ¿quién se atreve a tocar a estas horas? -Preguntan al otro lado de la puerta, y de inmediato, Aurora reconoce la voz de su hermana. -Adriana, soy yo, Aurora. Adriana, sin poder creer lo que acababa de oír, abre la puerta con premura. -Aurora, ¿de verdad eres tú? -Le pregunta al verla completamente cubierta, de pies a cabeza. -Sí, soy yo, por cuestiones religiosas, no puedo mostrar mi rostro. Sin embargo, por ser tú... -Aurora, aparta por unos segundos la toca de su rostro, y de inmediato, Adriana la abraza, al confirmar que es ella. -¿Por qué no avisaste que vendrías? Mi madre estará furiosa. -Justamente, por eso no avisé. Si lo hubiera sabido, no me habría dejado venir. Aurora entra a la casa, cargando la maleta, con ayuda de su hermana. Ambas están felices de volver a verse, pero hay algo que también les preocupa, y es la reacción que tendrá Eloise, al saber que su hijastra Aurora ha regresado.
Ares conduce a casa de su madre, después de dejar a Vanesa a unas calles del bar donde trabaja. Bar, que él sin conocer detestaba, incluso más que el barrio donde ella vivía, pues no era que despreciara a las personas de menor estatus, como lo hacía su madre, sino que le atormentaba ver que la mujer que tanto amaba. Según ella misma, luchaba a diario con borrachos, y debía cuidarse de los peligros del lugar donde vivía; además, no imaginaba las penurias que tenía que pasar Vanesa, pues jamás había querido invitarlo a su casa, ya que le daba pena, mostrarle su miserable vida.
Ares ya le había ofrecido comprarle un apartamento, pero ella siempre lo rechazaba alegando que no quería aprovecharse de él, aunque no dudaba en aceptarle dinero. La realidad era que Vanesa, no aceptaba el apartamento, y no había invitado a Ares a su casa, ni lo invitaría, porque no podía permitir que él descubriera que estaba casada. Conocía a los dos, y antes de matarse mutuamente, primero acabarían con ella, y era un riesgo que Vanesa no podía correr, es por eso que no le permitía ver a Ares sus shows en el bar, y lo hacía dejarla en el parque de un barrio donde ella jamás ha vivido, por lo que nadie la conocía. Dicen que el amor es ciego, y en Ares no es una metáfora. Él realmente confiaba ciegamente en su novia, y era demasiado seguro de si mismo como para desconfiar. Jamás traicionaría su confianza haciendo algo que a ella le disgustara, y la vida le mostraría que eso sería su mayor error. Desesperado por llegar a la casa de su madre, que queda al otro extremo de la ciudad, Ares toma un desvío, así que decide ir por un barrio cercano, a la estación principal del tren. Por suerte, las calles, a esas horas, estaban casi vacías, lo que le permitía avanzar sin problema. Se detiene en un semáforo, esperando que cambie para continuar su camino, mientras no deja de pensar, en lo que le dirá a su madre, Jazmine, para que se convenza de que Vanesa es el amor de su vida, y debe respetar su decisión de querer casarse con ella. Mira la hora, y los segundos en el semáforo, le parecen eternos. Involuntariamente, mira hacia la ventanilla, y se olvida de su afán, al centrarse en una mujer que está sentada en la parada de autobús, vestida con una túnica extraña, con su largo cabello suelto, y un rostro angelical. -¡Parece un ángel! -Piensa en voz alta, al ver a la preciosa mujer, que no deja de admirar, pues jamás había visto a alguien tan hermosa y tierna a la vez. Ni siquiera Vanesa. Solo ver a esa joven le transmitía una sensación de paz, y alegría que no podía explicar. De pronto suena su teléfono, sacándolo del trance en el que estaba. Contesta y es su nueva publicista, Adriana Baptista, la hijastra de un empresario de renombre, Isaías Hermswort, quien había entrado hace poco a Walton's car, por orden directa de su madre. -Adriana, estas no son horas de llamar. ¿Qué quieres? -Lo siento, Ares... -¿Ares?, ¿desde cuándo, por ser la publicista de mi empresa, te tomas tantas atribuciones? -Lo siento, Sr. Walton, no volverá a pasar. Me atreví a llamarlo a esta hora, porque quería recordarle que mañana será la junta de asociados, y quería saber si debo prepararme para presentar el nuevo proyecto. -¿Y para algo que pudiste preguntarle a mi secretaria, me has llamado? -Le pregunta Ares furioso, convenciéndose cada día más del error que fue contratar a Adriana, quien a su parecer era una buena chica, pero demasiado lenta para estar en su equipo de trabajo. Lo que no sabía, es que ella solo actuaba así, con él, pues Adriana estaba perdidamente enamorada de él, y no podía evitar que sus pensamientos se obstruyeran, de solo escuchar el nombre de Ares Walton. -Lo siento, señor, ha sido mi error. -Le dice la pobre Adriana, muy triste al darse cuenta de que nuevamente ha quedado como una tonta ante el hombre de sus sueños. Ares no pierde más el tiempo, y cuelga, fijando su mirada rápidamente en la parada de bus, donde ya no está la mujer que esperaba seguir viendo. -¿A dónde se ha ido? ¿Acaso fue una alucinación? Arranca el auto, quedando con la inquietud de querer conocer a esa chica. Pues no solo se trataba de su belleza, algo en ella le causaba curiosidad; sin embargo, lo mejor era que la olvidara, pues una desconocida no podía desviar su atención de lo realmente importante. ¡Casarse con Vanesa! ... Muy impaciente, entra a la casa de su madre. -Señor, ha venido. ¿Se quedará? -Le pregunta una de las empleadas, que no se le hace para nada extraña la presencia de Ares, a esa hora en la casa de la señora Walton. -No, solo he venido a hablar con mi madre. ¿Dónde está? -En el estudio, señor, como todas las noches. No debe tardar en subir a su habitación. -¡Gracias! -Ares no vacila en ir al encuentro con su madre, que no parece sorprendida al verlo irrumpir en el estudio. -¡Hueles a cantina de mala muerte! -Le dice Jazmine a su hijo, sin dedicarle una sola mirada. -¿Acaso estabas con la cantante? -Se llama Vanesa, mamá. Y, "hola", para mí también es un gusto saludarte. -No viniste a esta hora para saludarme. Más bien, ¿por qué no vas al grano, Ares? -Dice Jazmine, aún concentrada en los documentos que ojea. -Ok. Como quieras. Vine a decirte que le acabo de proponer matrimonio a Vanesa. Por primera vez, Jazmine levanta la cabeza, impresionada por la estupidez que acaba de decir su único hijo. Su orgullo. El hombre que ella tanto se esmeró en criar, y que ahora no podía ni ver, a causa de una cantante de dudosa reputación, que desde su aparición, solo había causado que la relación con su hijo se quebrara. -¡Sobre mi cadáver!, ¡jamás permitiré que te cases con esa mujerzuela! Antes soy capaz de quitarte todo lo que te pertenece, y dárselo a Daniel. -Escucharle decir esto a su madre lo enfureció en verdad. Ares la conocía perfectamente, y sabía que lo que decía, lo cumplía. Sería capaz de entregarle a su hermanastro, todo lo que a él, por derecho, le corresponde; sin embargo, no estaba dispuesto a ceder. No era un chiquillo al que su madre podía manejar a su antojo. Era un hombre de éxito, que también había acumulado dinero con sus propios logros. -Si esa es tu decisión mamá. Desde mañana dejaré mi puesto y cederé mi herencia a tu querido Daniel, ya veo que el hijo de tu difunto esposo te importa más que tu propio hijo. -Decirle esto a su madre, le dolía, por qué no soportaba a ese aparecido de Daniel Page que solo era un hipócrita, que desde hace mucho buscaba quedarse con la herencia de los Walton. -¿Es tu última palabra, Ares?, ¿dejarás todo por esa mujer? -Jazmine lo mira con temple, y Ares le devuelve la mirada. Esta es una batalla que ninguno está dispuesto a perder. -Si madre. No necesito ser dueño de Walton's car, ni todos tus millones. Yo mismo puedo labrarme mi propio camino. Tampoco soy un mantenido. Tengo mis propias cosas. Puedo arreglármelas solo. -Error querido hijo. Creo que no me he hecho entender. Si renuncias a tu destino como heredero de Walton's car, eso significa que renunciarás a todo lo que has logrado con el dinero de la empresa. Poniéndolo en esos términos, ¡nada te pertenece! Todo lo que tienes lo has comprado con el dinero, obtenido de tu trabajo en Walton's car. Trabajo que conseguiste gracias a que eres mi hijo, y a qué te formaste, estudiando en las mejores universidades pagadas por mí. -¡Madre! -Por primera vez, Ares entiende a su madre. Esto no se trata solamente de desheredarlo, se trata de dejarlo en la calle y declararle la guerra si se casa con Vanesa. -Parece que por fin has entrado en razón. -Le dice Jazmín, al ver que no refuta. Lanza un largo suspiro que le permite calmarse y se levanta, y camina en dirección a su hijo. -No eres un niño Ares, ni eres cualquier persona. Tú eres el único heredero Walton, y tú deber es hacerte cargo de la empresa, y para eso, debes casarte con quien debas, no con quien quieras. Darle al apellido Walton, un heredero digno. Es por eso que al ver que no puedes controlar tu corazón. Yo decidiré por ti. Si tienes tantas ganas de casarte, está noche, lo pensaré, y mañana después de la junta, te informaré de la esposa que escogeré para ti. -Pone una mano sobre el hombro de Ares. -Ahora ve a tu casa y descansa. Serán muchas cosas con las que deberás lidiar el día de mañana. Jazmine, sale del estudio y deja a Ares solo, y preocupado. Él quería la aprobación de su madre para casarse, y la obtuvo pero no como esperaba. Su madre le conseguiría una esposa, y el sueño de ser el esposo de Vanesa, moriría. A sus casi 28 años el tenía un solo enemigo poderoso que sabía que jamás podría derrotar, su mamá. ¡No!, él tenía que ser más inteligente que ella, y encontrar la manera para que su matrimonio y su relación con Vanesa funcionara. *** Sin poder dormir el resto de la noche, Aurora daba vueltas en su antigua habitación, que a pesar del polvo, seguía igual, tal como la dejó. Nostálgica veía el retrato de su madre, y le apenaba ver que tanto ella misma, como el recuerdo de su mamá, habían sido desplazadas por su madrastra, a quien no le tenía rencor en absoluto, pero si le hubiera gustado recibir un poco de cariño de parte de ella. Al final, cuando se casó con su padre, ella tan sólo era una niña indefensa, tímida y retraída que nada más deseaba volver a sentir el calor de una madre, a sabiendas de que ya había perdido a la suya. -Me preocupa, que Eloisa reaccione mal a mi regreso. Sé que no me quiere, y el error de haberme involucrado en el pasado con Simón, fue la excusa perfecta para deshacerse de mi, convenciendo a mi padre de que tenía malas compañías... ¡Pero que estúpida fui, al confiar en alguien que no conocía! -Se lamentaba Aurora de haber tenido que dejar su casa, por culpa de un chico que rompió su joven e inexperto corazón. A la mañana siguiente, irrumpe muy preocupada Adriana en la habitación de Aurora, mientras esta, limpia con desdén, avisándole que sus padres ya estaban despiertos en el comedor, y que era hora de que fuera a saludarlos. Aurora, sin pensárselo mucho, baja, segura de que su padre estaría feliz de verla. -¡Padre! -Lo llama mientras Adriana la acompaña muy emocionada. -¡Hija mía! ¡Estás aquí!, por fin... No sabes cuando te extrañé princesa. -Sin dudarlo su padre se levanta del comedor para ir a abrazarla fuertemente, mientras Aurora empapa la tela de su rostro, por las lágrimas que no puede retener. Luego se aparta y su padre la mira confundido -¿Pero que es todo esto, Aurora? -Toca el velo de su hija, refiriéndose a la particular vestimenta que lleva. -Es mi hábito padre, aún sigo siendo novicia. -¿Y por eso tienes que cubrirte el rostro? -La congregación así lo exige querido. -Dice Eloísa, que finalmente se acerca para saludar a Aurora, que no es de su agrado por ser la verdadera Hermswort, pero debe disimular delante de su esposo. -Que gusto verte querida. ¿Por que no avisaste que vendrías? -¡Lo siento madre!, quería darles una sorpresa. -Le dijo tímidamente Aurora, que ni siquiera se atrevía a verla a los ojos. -¿Y cuando regresas al convento? -¡Por favor mujer!, ¿no ha terminado de llegar, y ya quieres que regrese? -Refuta de inmediato Isaías, que estaba encantado de tener a su hija en casa después de dos largos años. -Hasta dentro de tres meses madre. Bueno, si así lo quiero, pues es el tiempo estipulado, para decidir si tomaré los hábitos, y me convertiré en monja. -¡Claro que lo harás! -Afirma Eloise que no soportaba la presencia de Aurora, quien para ella no era más que un estorbo que regresaba para robarle protagonismo a su hija Adriana. -Eso lo debe decidir, Aurora. No quiero enterarme de que la obligues a algo. Ya suficiente con haber aceptado que se marchara por dos años. -Comenta Isaías, quien ya no estaba dispuesto a dejar que su mujer lo apartara una vez más de su hija. Isaías guía a su hija al comedor, para que lo acompañe a desayunar, mientras Eloise hace lo mismo con Adriana. -Esther, ponga otro plato a la mesa, mi hija Aurora, ha regresado. -Ordena muy feliz Isaías, y Aurora se sorprende de ver personal trabajando en la casa. -Padre, pensé que estabas en la ruina. ¿Cómo puedes permitirte tener empleados? -No te preocupes querida. Si bien es cierto, no tenemos el dinero de antes. Adriana me ha ayudado mucho últimamente con la fábrica de calzado, y de a poco ha salido a flote. Quizás no genera los ingresos para tener la fortuna de la que antes gozábamos. Pero es suficiente para subsistir, y solventar de a poco nuestras deudas. Aurora no entendía cómo su padre, prefería aparentar que seguía teniendo dinero, en vez de pagar todas las deudas que lo perseguían. Era como si no pudiera aceptar que ya no había fortuna que despilfarrar, que estaba arruinado. ¿De qué le servía aparentar? De pronto Esther aparece con el teléfono en la mano. -Señor, tiene una llamada muy importante. Es la señora Jazmine Walton. -¿Jazmine?, ¿qué querrá a esta hora? -Piensa en voz alta, Isaías, quien conocía muy bien a Jazmine, quien fue la mejor amiga de la madre de Aurora, mientras esta vivía, y sabía que ella lo apreciaba, pero solo llamaba cuando necesitaba algo. -¡Vamos!, no hagas esperar a la mujer más importante de este país. -Le dice Eloise, que cada vez que podía, intentaba convencer a su esposo de que le pidiera ayuda a Jazmine Walton. Es por eso que Adriana entró como publicista a Walton's Car, por qué Isaías se lo pidió como un favor, influenciado por su esposa, que tenía en mente que su hija se rodeara de los hombres más ricos e influyentes del país, y que mejor lugar que la empresa más grande, y reconocida. Era el sitio perfecto para que una mujer tan linda como Adriana, encontrara un esposo con una buena dote que los liberara de las deudas, y les devolviera la vida de lujos que tanto extrañaban. Eloise, tenía el plan perfecto, y con un poco de suerte, haría que su hija lo ejecutara correctamente. Isaías mira a su esposa con desagrado, mientras se retira de la mesa para hablar tranquilamente con Jazmine. -¡Jazmine!, qué gusto saludarte. ¿A qué debo el honor de tu llamada? -Isaías Hermswort, me conoces bien, sabes que no llamo para saludarte. -Lo imaginé. -Llamo para ofrecerte un trato. -¿Un trato? -Sí. Mi hijo necesita una esposa, y tú y tu familia, necesitan salir de deudas, ¿no es así? -Le dice crudamente Jazmine, fiel a su personalidad. -Explícate mejor Jazmine. -Le dice Isaías, quien no le sorprendía que ella supiera de sus problemas económicos, pues seguramente lo habría investigado minuciosamente, si había pensado en hacer negocios con él. Jazmine era una mujer que solo averiguaba aquello que le parecía importante, y en ese momento la familia Hermswort lo era. -Sencillo, quiero que tu hija acceda a casarse con mi hijo, a cambio de que todas tus deudas sean saldadas. -Eso no es posible. Aurora es una novicia. -No te niego que me encantaría que fuera Aurora, la esposa de mi hijo, ya que ella es la verdadera Hermswort, pero sé, perfectamente, sobre su situación religiosa, por lo que he analizado a tu hijastra, a Adriana. Es educada, inteligente, bonita, pero sobre todo obediente, y es justo lo que necesito de la mujer que será mi nuera. ¿Qué dices? -¿Por qué quieres emparentar con nosotros, si sabes que estamos en bancarrota? -Porque es algo que solo sé yo, y que me encargaré de que nadie más sepa. Los Hermswort, son una dinastía de las más respetadas. Cualquiera que quiera gozar de prestigio, emparentaría con ustedes. Sé que has rechazado a muchos pretendientes de tu hijastra, debido a tu situación económica actual. No tienes cómo costear una boda, pero de eso difiere tu esposa, que cada vez que puede, se pasea por mi empresa, entablando amistad con muchos de nuestros clientes, para luego presentárselos a Adriana, quien no parece estar interesada más que en mi hijo. Isaías, enojado, por darse cuenta de que su vieja amiga, sabe más de su familia que él, intenta sonar tranquilo. -¿No crees que debimos hablar de esto personalmente? -Tengo una junta, y solo necesito una respuesta, ¡no es como si fuéramos a definir el destino del mundo! -Tengo que preguntarle a Adriana. -Tú eres su padre, la adoptaste y criaste. La convertiste en la mujer que es. Tu respuesta debería bastar para que ella te obedezca. Tampoco estas en posición de pensarlo, sé que necesitas el dinero. -Aunque no sea de sangre, tú lo has dicho, he criado a Adriana, como a mi propia hija, y la amo al igual que a Aurora. Y a diferencia de mi esposa, por más necesitado que este, para mí, primero está su felicidad. Así que le preguntaré. -Está bien. Si dice que si, que me vea en mi oficina antes de la junta. Pero si dice que no... es mejor que no vuelva a la empresa, por qué estará despedida.
-Quiero que sepas, que no me importa lo que diga tu padre. Tomarás los hábitos, contra viento y marea. No se para qué regresaste, si al final vas a ser monja, debiste quedarte en el convento de por vida. -Le dice Eloísa a Aurora, mientras espera que su esposo esté de vuelta a la mesa, y Aurora, sin poder refutar o decir nada, simplemente asiente, para evitar que su madrastra sufra un disgusto, que podría resultar muy perjudicial para ella, quien lo único que deseaba era que a su regreso, todo estuviera bien.
Preocupado e inseguro de las palabras de Jazmine, Isaías regresa a la mesa, donde todas, menos Aurora, parecen expectantes. -Papá, ¿qué te ha dicho la señora Jazmine?, ¿acaso te ha hablado de mí? -Le pregunta Adriana, muy inquieta, pensado que tal vez, Ares, por la imprudencia de llamarlo anoche, le pidió a su madre que la despidiera. -¡Sí! -Se limita a responder de manera cortante, Isaías, mientras piensa en las palabras correctas para preguntarle a Adriana, sobre la propuesta de Jazmine. -¿Y qué es? -Reacciona impaciente Eloise, que se muere de la curiosidad por saber. -Adriana... -La toma de la mano, y observa a su hija con dulzura. -Sí, papá... -Jazmine ha llamado para pedir tu mano. ¿Tú quieres casarte con Ares Walton? -¿¡Que!? -Gritan al unísono madre e hija, que parecen emocionadas, mientras Aurora, apenas e intenta entender lo que ha dicho su padre. -¡Si papá!, ¡claro que sí! -Responde eufórica Adriana, sin dudarlo. -¿De verdad? -Pregunta Isaías sorprendido, porque jamás esperó esa reacción. -¡Si papá!, es como un sueño hecho realidad para mí. -Entonces... ¿Si estás interesada en el joven Walton? -¿Interesada?, es más que eso, padre... ¡Estoy enamorada de él! -Las palabras de su hija preocupan a Isaías, que debía ser claro con ella. -Debo aclararte, que esto será una matrimonio por conveniencia. Él no te ama, fuiste elegida por su madre, y si aceptas, él se enterará apenas hoy, y deberás reunirte con Jazmine en su oficina antes de la junta. Además, ofreció resolver todos nuestros problemas económicos si te casas con su hijo. -De inmediato, se alegra Eloise al escuchar estas palabras, pero su esposo no había terminado de hablar. -Sin embargo, quiero que sepas, que por más que necesitemos el dinero, jamás te sometería a un matrimonio sin amor. -Esto último se lo decía su padre, con la intención de que entendiera la situación, pero Adriana estaba tan feliz, que no entendía de razones. -Padre, ¿por qué diría que no? ¡Me han propuesto casarme con el amor de mi vida! -Es la mejor noticia que hemos recibido en mucho tiempo. No hagas caso a tu padre, él solo se preocupa por ti. El amor es algo que llega con el tiempo. Ese chico de seguro no podrá resistirse a tus encantos, mi niña. -Interviene Eloísa, alimentando las esperanzas de su hija. Mientras su esposo la mira con desagrado, al recordar que le ha estado buscando esposo a su hija por conveniencia, a sus espaldas. -Debo arreglarme, no puedo ir así al encuentro como mi futura suegra. -Se levanta ansiosa de la mesa, Adriana, imaginando mil cosas en su cabeza, de cómo sería vivir al lado de Ares por siempre. Su madre se levanta, y le ofrece su ayuda. Mientras las dos mujeres suben a que Adriana se cambie de ropa, Aurora observa los ojos de su padre, y puede notar su preocupación. -¿No estás de acuerdo con este matrimonio, papá? -Le pregunta Aurora, que por un momento, mientras su hermana recibía la noticia, imagino cómo sería casarse, tener hijos, y vivir la vida de una chica normal. -No es que no esté de acuerdo, es que me preocupa un poco, Ares no es un hombre que se destaque por ser tierno y cariñoso. Siempre ha sido un chico difícil, de carácter fuerte, con una mirada fría como el hielo, muy parecido a su madre. Y Adriana es una joven muy soñadora, me preocupa que su interés en él, no la deje ver más allá de sus deseos. -¡Te entiendo, papá!, pero vamos... Ares no es tan malo. Aún recuerdo cuando estaba pequeña, y mientras mama vivía, él y Jazmine solían visitarnos. -Sí... Y ni siquiera hablaba. Desde entonces, se creía muy superior. Y Jazmine, no es una mujer que de puntada sin dedal. Discúlpame, si dudo de sus intenciones, pero es lo más normal. -¡Ya veo!, y entiendo el porqué de tu preocupación, pero, aun así, es lo que Adriana quiere. Es su elección. Por lo menos ella tiene la posibilidad de elegir lo que quiere hacer con su vida. -Comenta cabizbaja, y su padre apenas y lo nota, pues a pesar de sus preocupaciones, no puede dejar de pensar en que ese matrimonio traerá de nuevo la riqueza a su vida. Era como una mezcla de sentimientos encontrados, que lo hacían sentirse bien y mal al mismo tiempo. ... Muy nerviosa, en el ascensor de la empresa, está Adriana junto a su hermana Aurora, quien la ha acompañado por orden de su padre, con la excusa de saludar a Jazmine, pero en realidad es para que Adriana no se sienta sola, en este momento tan importante para su vida. -Y entonces... ¿Te casarás con tu jefe? -Le pregunta Aurora, intentando romper el incómodo silencio. -Sí... -Responde muy cortante su hermana. Se notaba lo inquieta que estaba. -¡Tranquila!, todo irá bien. Si realmente estás enamorada de ese chico, ¿no entiendo por qué estás tan nerviosa? -No conoces a Ares... -Sí, lo conozco. En más de una ocasión coincidimos cuando mi madre vivía. Luego se fue a estudiar al exterior, y para cuando regresó yo me había ido al convento. No recuerdo que fuera malo. -Adriana, voltea los ojos de inmediato, ante la ingenuidad de su hermana. -¡No es malo!. Ademas, eso que dices, pasó hace mucho tiempo. Quizás en esa época no era tan prepotente como lo es ahora. -Y si te parece prepotente, ¿por qué aceptas casarte? -¡Porque estoy enamorada de él!, pero tú no puedes entenderme. Jamás has sentido ese amor, que te vuelve loca, y eres capaz de hacer lo que sea por esa persona. Aunque te trate mal. -¿Él te trata mal? -Le pregunta de inmediato, Aurora. Confundida, por el conflicto de sentimientos que expresa su hermana. -¡Claro que no! -Adriana, peina su cabello con las manos, acomoda su blusa, y le sonríe a Aurora. -¿Me veo bien? -¡Estás preciosa! -¿De verdad? -¿Crees que sería capaz de mentirte? -No, pero no estoy segura de que veas bien, con toda esa tela en la cara. -¡Jajajaja! -No pueden evitar reírse las dos. Se abren las puertas del ascensor. Al salir, muchas personas se fijan en Aurora, y ella sabe que es por llevar su rostro tapado, pero no le incomoda. Al llegar a la oficina de presidencia, son anunciadas por la secretaria, y las hacen pasar de inmediato. Extrañada las mira la mujer detrás del escritorio. -Aurora... ¿Eres tú? -Le pregunta de inmediato Jazmine, que se levanta del escritorio solo para abrazarla, lo que causa incomodidad en Adriana, a quien ignora, y la cual, nunca ha sido tratado de la misma manera, por quien ya imaginaba, muy pronto sería su futura suegra. -¡Sra. Jazmine!, que gusto volverla a ver. -Le dice tímidamente Aurora. -Lamento haber venido sin avisar, pero quise acompañar a mi hermana, para poder saludarla. -¡Oh, cariño!... No sabes cuánto me alegra que estés aquí. Pero, ¿por qué tienes todo eso en la cara?. ¡No, no!, ¡quítate eso!, déjame verte -Le ordenó Jazmine. -¡Lo siento!, pero no puedo, debo seguir las reglas de mi congregación. Me disculpo por eso. -¡Oh, mi niña! ¡Tú siempre tan educada y obediente! -Comenta Jazmine, con tanto cariño, lo que no podía evitar, al ser, Aurora, la hija de su gran y única amiga, y eso en serio molesta a Adriana, quien carraspea para llamar su atención. -¡Ejem, ejem! -Ah... Adriana... -Exclama, casi con fastidio. -Me imagino que vienes por qué has aceptado mi propuesta. -Si señora. Estoy muy feliz de que pensara en mí, para ser la esposa de su hijo. -No te confundas niña. Ares no te ama, y yo te escogí porque creo que puedes ser mi aliada. -No se preocupe, Señora. Haré todo lo que está en mis manos para que Ares pronto se enamore de mí. -¡Jajajaja! -Jazmín suelta una risa chillona mientras regresa a su escritorio, al escuchar semejante comentario tan ingenuo de parte de Adriana. -¡No seas tonta!, mi hijo no se enamora de cualquiera, y menos si ya está enamorado. Tu único trabajo será mantenerlo a raya de la vagabunda con la que anda. Si no crees poder hacerlo, es mejor que hables ahora. Las duras palabras de Jazmine, hacen que se le rompa el corazón a Adriana. ¿Podría casarse con alguien que amaba a otra? Una cosa era pensar que se ganaría su amor, pero otra era competir con alguien más. Aurora nota la decepción en los ojos de su hermana, y se acerca a ella para calmarla. -¡Tranquila!, si no deseas hacer esto, podemos irnos. -Le susurra a su hermana, mientras la abraza fuertemente, pero Adriana, no estaba dispuesta a perder la oportunidad de su vida. Aparta a Aurora con un suave movimiento, y se dirige a Jazmine, quien mira su reloj impaciente. -¡Lo haré!, me casaré con su hijo y seré su mayor aliada. -Muy bien, entonces no hay nada más de que hablar, apenas termine la reunión te quedas para que juntas le demos la noticia a Ares. -Justo en ese momento, cuando está terminando de hablar, irrumpe Ares en la oficina de su madre. -¿Qué noticia mamá?... -Pregunta, con rostro inexpresivo, Ares, mientras mira con desprecio a Adriana, que le sigue pareciendo una tonta, y a la chica que se cree árabe, cubierta de pies a cabeza, con una ropa que le parecía haber visto antes. Aurora, por el contrario, está impresionada, jamás había visto a alguien tan imponente, guapo y con ese aire de misterio. Lo recordaba muy diferente, y por alguna razón su corazón, al ver esos ojos negros, e inexpresivos, quería salirse de su pecho. Agacha de inmediato su mirada, intentando no ver a ese hombre, y sentir todo lo que sentía. Eso no estaba bien, en su congregación podía ser considerado incluso lujuria, y debía abstenerse de esos sentimientos. -¿Ahora atiendes tú sola a los clientes extranjeros, madre? -Le pregunta refiriéndose a Aurora. -¿De qué hablas? -La mujer... es árabe, ¿no?, ¿ha venido como cliente? Jazmine, suelta una carcajada, e incluso Adriana reprime una risa. -¡No seas tonto Ares! -Le dice su madre. -Acaso no te das cuenta de que es un hábito. Es Aurora, la hija de Isaías Hermswort, la legítima. -Comenta despiadadamente Jazmine, haciendo sentir, una vez más, muy mal a Adriana. -¿Te acuerdas de ella? Aurora de inmediato levanta la mirada para verlo, y ofrecerle su saludo. Aunque tartamudea un poco, pues no puede evitar sentirse nerviosa, ante aquel hombre, que ni siquiera la miraba. -H-hola, Sr. Walton. Es un gusto volver a saludarlo. -Le dice, intimidada, y afligida, por aquella presencia majestuosa y a la vez temible, rogándole a Dios, que apartara esa sensación que tenía dentro de su pecho. Pero Ares, la ignora por completo, restándole importancia a la amable chica que solo le causa incomodidad, al estar totalmente cubierta de esa forma. Ni siquiera podía imaginarse, que había bajo toda esa tela, para cubrirse de tal manera. -¡Como sea! -Dice y sigue derecho hacia su madre. -¿Dime, de que hablaban hace un momento?, ¿de qué me tengo que enterar? -¡No es nada, señor!, pronto lo sabrá. -Interviene Adriana, que de inmediato es fulminada por la mirada de Ares. -¿Quién te preguntó?, Ahora además de torpe, ¿eres imprudente? -Lo que hace que Adriana de inmediato baje la cabeza avergonzada, por el contrario, de Aurora, que le molesta mucho como trata a su hermana, pero, aun así, no se atreve a decir nada. -No es necesario que trates a la chica así Ares. Deberías aprender a ser más respetuoso con ella. Después de todo, ¡no puedes ser grosero con quien será tu esposa! -¿¡Que!?