- El domingo tendremos nuestra fiesta anual, para celebrar las ganancias obtenidas este año. Nuestros empleados antiguos ya saben cómo funciona. A los nuevos empleados, las invitaciones serán enviadas a sus correos. Todos tienen derecho a un acompañante.
- Anota ahí que Leticia viene sola. ¡Otra vez!
Risas y más risas explotan después de la broma sin gracia que algún graciosillo hizo.
- Qué curioso que nadie habla cerca de mí, ¿no? - retruco, girándome hacia el grupito que reía sin parar.
Pongo los ojos en blanco como de costumbre y vuelvo mi atención a la gerente de equipo.
- En fin... no se olviden. Domingo. Tienen dos días para prepararse.
Debes estar preguntándote, ¿prepararse para qué? ¿No es solo una fiesta de celebración?
Sí y no.
Además de celebrar el éxito que nuestro trabajo tuvo en el último año, tenemos una ligera competencia en marcha. Ya que Serafine, la gerente, se va porque va a tener un bebé, su cargo queda abierto. Y nadie mejor que empleados antiguos, dedicados y altruistas, para ocupar esa vacante.
Bruna, que con su metro y medio de altura, consigue que cualquier cliente enfadado se mantenga en su lugar, solo con la conversación.
Jefferson, todo guapo y encantador, con esa sonrisa alineada, blanca y falsa, hace que cualquier clienta se derrita por él, al punto de cerrar el negocio en minutos.
Y yo, Leticia Mattos, cuya única cualidad que poseo es ser verdadera con todos a mi alrededor y llorar como una tonta viendo videos de gatitos. Hay quien cree que soy débil para el cargo, ya que no uso ningún atributo para cerrar negocios.
Cinco años en la empresa y mi único reconocimiento es ser solterona. Después de todo, tener veintinueve años y nunca haber tenido novio en la vida, aparentemente no es algo bueno. Esto es culpa de los jóvenes de la actualidad. No puedes decir un "hola", que ya están enamorados y jurando amor eterno. Y ese amor eterno no dura ni un año.
El final feliz que busco es igual al de mis padres. Se enamoraron a primera vista. Tardaron un mes en besarse. No tardaron en casarse y siguen juntos hasta hoy. Treinta años de matrimonio. Solo con mirarlos, se nota lo enamorados que están, a pesar de todos los años que han pasado. Mi padre calienta agua todas las noches y deja los pies de mamá en remojo, para luego hacerle un masaje. Todas las noches. Porque él sabe que ella siente muchos dolores por pasar el día entero de pie. Y mi madre, sabiendo cómo mi padre odia despertarse por la mañana, hace un ritual con besitos, caricias y café en la cama. Él dice que esa es su única motivación para levantarse temprano.
Es de eso que necesito. De un amor puro, verdadero y que resista el tiempo. Obvio que las peleas ocurren y ocurrirán hasta el final de ambos, pero con una buena conversación y el corazón abierto para arreglar donde se equivocó, todo funciona.
- Tienes que ignorar a esa gente. - Andressa pasa por mí, soplando en mi cabello. - Ellos hacen esto para desestabilizarte.
- ¿Quién dijo que me importa?
- Tu mirada flameante. Parecía que ibas a quemarlos solo con la mirada que les diste.
Pongo los ojos en blanco una vez más y me preparo para salir junto con Andressa.
Ella era una rareza en ese lugar. Aunque formaba parte del jurídico, un área completamente diferente a la mía, nos llevamos muy bien, demasiado bien. Sé de cada mujer por quien se enamoró y tuvo el corazón roto. Y aunque tiene el dedo más podrido que los plátanos de la esquina, era una eterna enamorada.
- Amiga, podemos ir juntas. - dice ella cuando entramos al ascensor. - Me gusta tu compañía.
- Para, Andressa. ¿Vas a preferir pasar toda una noche de fiesta con la solterona? Tienes un montón de opciones para traer. Deja de ser tonta.
- Esa no es la cuestión. Solo no quiero que sigan burlándose de ti.
Miro mi celular y veo que el Uber que pedí está a dos minutos de distancia.
- Ellos no van a burlarse de mí cuando consiga el cargo de gerente. - digo, con una sencilla risa maléfica. - Hablo en serio cuando te digo que elijas a tu mejor compañía y la lleves a la fiesta. Voy a estar bien.
Avisto un auto con las mismas características del mío doblando la esquina y abrazo a mi única y fiel escudera.
- Cuando llegues a casa avísame. - dice ella y abre la puerta del auto que acababa de parar. - Te amo.
- Te amo, ¡delicia! Hola, buenas noches.
- Buenas noches, señorita. ¿Moema, no?
- Eso.
Me acomodo en el asiento y saco mi celular, aprovechando para repasar lo que les diría a los directores en la fiesta. La fiesta sería el domingo y mañana, sábado, tendré que salir a buscar un vestido decente.
Nuevamente aquella historia de ser la solterona aflige mi mente. Ya no aguantaba más esas bromas sin gracia de las personas con las que trabajaba. Mucho menos de mi familia. Mi hermana menor ya había tenido novio cinco veces y solo tiene veintidós años.
- Solo puedo haber pateado la cruz. - refunfuño, dejando al conductor inquieto.
Deslizo mi dedo por la lista de contactos, buscando a alguien a quien pudiera invitar a esa fiesta conmigo. Si les dijera que sería open bar y comida gratis, un montón de esa lista iría sin pensarlo dos veces. Pero los conocía lo suficiente como para saber que me harían pasar varias vergüenzas delante de aquellos a los que tanto quiero impresionar.
El auto hace un movimiento brusco que hace que mi celular caiga al suelo.
- Disculpa, señorita. - dice el conductor, ya volviendo a conducir. - El imbécil de adelante me cortó.
- Todo bien.
Me estiro y comienzo a tantear el suelo en busca de mi aparato. En cuanto lo encuentro, mi dedo toca un papel. Lo saco con la esperanza de que sea algún dinero perdido que me permitiera comer un japonés esa noche triste.
Era un panfleto de acompañantes de lujo. Las famosas chicas de programa.
Miro aquello por algunos segundos, hasta reparar en una simple frase debajo de la dirección del sitio web.
Tenemos hombres disponibles para ser compañía en cenas u otras ocasiones.
Devía tener unos veinte minutos que estaba con la pantalla de la computadora abierta, en el sitio de acompañantes de lujo.
Vestida solo con bragas y camiseta, bebiendo vino blanco con el japonés que compré, usando el dinero que sería para pagar la factura de la tarjeta a fin de mes, yo miraba aquella pantalla sin poder creer la idea que se me había ocurrido.
¿Estaría siendo lo suficientemente patética llevando a un desconocido a una de las fiestas más importantes de la agencia donde trabajo? Estoy segura de que Andressa estaría de acuerdo con eso. Con el hecho de que yo sea patética y no con mi voluntad de contratar un vibrador humano para que fuera mi acompañante.
- Que se joda. - murmuro, tragando un último y generoso sorbo de vino.
Había todo tipo de hombre. Era literalmente un menú. Estaba casi desistiendo, porque ninguno de los que habían aparecido había llamado mi atención. Hasta que aparece la foto de Mark.
Mark tenía veinticinco años, natural de Río de Janeiro con ascendencia italiana. Habla la lengua portuguesa tan bien como la italiana. Era posible contar los gominhos que tenía en su barriga blanca y depilada. El cabello era liso y negro, combinado con los ojos azules. Sus ojos eran bastante expresivos. La sonrisa blanca, bonita y con una barba bien hecha.
- Uau...
Yo conseguía sentir un calor recorrer mi cuerpo mientras pasaba las fotos de aquel hombre.
No tenía valor. Solo un número de teléfono. Debido a la cantidad de alcohol que ya recorría mi torrente sanguíneo, mis dedos ágiles marcan el número que estaba en aquella pantalla. Lleva solo dos tonos para que él atienda.
- ¿Aló?
En total desesperación y sobriedad momentánea, cuelgo la llamada y tiro el celular sobre la mesa. Cuando el teléfono suena, salto de la mesa y miro el número que parpadeaba en la pantalla, de lejos.
- ¡Qué mierda! ¡Qué mierda! ¿Por qué fui a hacer eso?
Comienzo a caminar de un lado para el otro, pensando en lo que debía hacer. La llamada para y consigo respirar por dos segundos, porque enseguida el teléfono vuelve a sonar. Decido atender y fingir que fue un error. Por lo menos él dejaría de devolver la llamada.
- ¿Aló? - su voz no era gruesa, pero tenía un toque de sensualidad en ella. - ¿Quién habla?
- H-hola... ehh... fue... fue un error.
Hubo una pausa dramática y luego su risa. Hasta eso era sexy.
- Si te arrepentiste de contratarme, solo dilo. No necesitas mentir.
- No... no es eso... es que...
- ¿Entonces quieres contratarme? ¿Dónde encontraste mi contacto?
- Sitio web.
- Hmmm... ¿entonces viste mis reseñas? - el acento carioca y al mismo tiempo italiano de su voz era una cosa de locos. - Hago lo que quieras. Cualquier tipo de fetiche. No hay una cosa que yo niegue.
Miro el suelo, intentando no imaginar lo que él estaba diciendo.
- No. Yo...
- No necesitas tener vergüenza, gata. Solo dilo.
Respiro hondo y decido arrancar el band-aid de una vez. Por lo menos estaba sola y nadie me estaba viendo pasar esa vergüenza.
- Necesito un acompañante.
- Todo bien...
Hay una pausa. Obviamente él espera por más información.
- Mira, sé que va a parecer deprimente y triste, pero solo necesito compañía para una fiesta.
- Baby, pagando mi precio, no necesito ninguna información. Soy todo tuyo por doce horas.
- ¿Y cuál es tu precio?
- ¿Cuándo es el evento?
- Este fin de semana. Domingo por la noche.
- Tres mil. - dice, sin pestañear. - Mitad al inicio de la noche y mitad al final.
- Uau.
¿Gastar tres mil reales solo para que la gente con la que trabajo deje de burlarse de mi cara es irreal? Sí. Irreal e idiota.
- ¿Y entonces, baby? ¿Chiudiamo?
¡Dios mío! No entendí ni un centímetro de esa palabra que él había dicho, pero ese acento italiano fue capaz de hacer que todos los pelitos que tengo en el brazo se erizaran.
- ¿Qué...? Yo no...
- ¿Vamos a cerrar?
Que se joda si era idiota o no. Trabajo mucho para no darme algunos lujos de vez en cuando. Aunque ese lujo sea derrochar en un hombre guapo como si fuera mío.
- Sí. - respondo, después de respirar muy hondo. - ¿Cómo funciona esto?
- Envía la dirección y el código de vestimenta a este número con el que estamos hablando. Y nos vemos allá.
- ¿Solo eso?
- Baby, te prometo estar allí y ser el mejor acompañante que hayas imaginado tener. ¿Algo más? Tengo un compromiso ahora.
- No... yo...
- Ok, baby. Hasta el domingo.
La llamada finaliza y yo me quedo mirando al suelo, intentando procesar lo que acababa de hacer. ¿Y si todo eso fuera una estafa? ¿Y si no fuera el chico de la foto?
Vuelvo frente a la pantalla de mi pequeña computadora y vuelvo a leer todas las reseñas sobre aquel hombre.
"¡Insano! Esa es la única palabra posible para describir lo que es estar con Mark."
"No se engañen con esa sonrisa inocente. Este hombre es capaz de acabar con todas tus estructuras en minutos."
"Soy casada y necesité probar a este italiano perdido en Brasil. Y gente, che uomo caldo."
Después de leer algunas evaluaciones más de Mark, saqué una foto de la invitación de la fiesta, que había llegado por correo, y se la envié. No tarda en llegar la respuesta, con un sencillo emoji guiñando el ojo.
Termino de devorar la comida japonesa que aún me quedaba, admirando las fotos de ese tipo. Iba a acabar con las bromitas sobre mi soltería y todavía tendría un hombre divino como acompañante.
Dejo toda la suciedad para ser arreglada al día siguiente y me voy a la cama. Antes de hundirme en el libro que uso para quedarme somnolienta, le escribo a Andressa, aunque sabía que a esa hora ella estaría en algún bar, cazando una mujer para pasar la noche.
Yo: Tengo una sorpresa para callar la boca de todos esos desocupados del trabajo. Y de paso, todavía puedo tener un orgasmo.
Solo con releer la última frase que escribí, decido dejar el libro sobre la mesita de noche y abrir el cajón que había en la misma. Saco de allí a mi fiel escudero, el vibrador que me haría correrme esa noche, mientras pienso en el carioca italiano haciéndome correrme de otras formas.
En el camino hacia la fiesta, yo estaba hecha un manojo de nervios.
El acompañante no había enviado ninguna otra mensaje después del emoji guiñando el ojo. Y para no ser pesada, yo tampoco envié nada.
Andressa, por otro lado, no paró de enviarme mensajes, queriendo saber de qué estaba hablando en el último que le había enviado. Solo le mandé otro, diciendo que ella se enteraría junto con las demás personas.
- Hemos llegado, señora.
Sonrío al conductor y le agradezco el viaje. Al bajar del auto, enseguida veo a Andressa en la entrada. Ella miraba para todos lados y estoy segura de que era buscando la respuesta a mi mensaje.
- ¡Ya me torturaste demasiado! - dice ella, tirándome hacia un lado de la puerta. - ¿Qué mensaje fue ese?
Yo aún no me había decidido si le contaría sobre mi extravagancia. Éramos muy amigas, entonces Andressa me consumiría con la verdad desnuda y cruda, de que estaba haciendo el ridículo.
- Llamé a alguien.
- ¿A quién? ¿A Matheus?
- No. - pongo los ojos en blanco, porque ella pensó justo en esa plaga de Egipto. - ¿Olvidaste lo que dije sobre él?
- Que nunca más te sentarías ahí, pero amiga, ya dijiste eso otras veces y terminaste sentándote.
No aguanto y termino riendo de la forma en que ella lo dijo. Saco mi celular de la pequeña cartera que llevo y reviso los mensajes. Nada.
- ¿Y entonces? - insiste Andressa. - Si no es Matheus, ¿cuál de los guapos es?
- No lo conoces, ¿está bien? Y...
- ¿Y qué?
- Y ni yo.
Muestro mi invitación al hombre de la puerta y entro al salón, siendo seguida por mi amiga confundida.
- ¿Cómo que, Leticia?
- Mira, yo...
- ¡Ey, Leticia!? - sigo la voz y observo a Jefferson, al lado de otras personas de la oficina. - ¿Viniste acompañada de la soledad una vez más?
Él le da un codazo a otro hombre, mientras me señala y se ríe de su propia broma sin gracia.
Andressa parecía lista para defenderme y lo habría hecho, si otra persona no hubiera aparecido delante de nosotras.
- ¡Leticia! - Cuando Mark me abraza, Andressa abre los ojos como platos y murmura algo como "uau". - Disculpa el atraso. Me quedé atrás de un accidente en la carretera.
- T-todo bien.
Él era aún más guapo en persona. Mi nombre saliendo de aquellos labios, entonado por ese acento italiano y al mismo tiempo carioca, hizo que mis piernas se pusieran flojas.
Mark se gira hacia Jefferson y extiende su mano.
- ¿Ustedes son compañeros de trabajo de Leticia, no?
- ¿Y tú quién eres? - pregunta mi casi enemigo, sin estrechar la mano extendida de Mark.
- Mark. Somos... - me mira de reojo y sonríe. - amigos. Por ahora.
Jefferson mira a las otras personas a su lado, que no mantenían contacto visual conmigo ni con Mark.
- Eh... nosotros... vamos a dar una vuelta. Chao.
Él se aleja apresuradamente de nosotros, siendo seguido por el grupito que siempre se junta para burlarse de mí. Andressa todavía estaba allí, mirando a Mark sin ningún pudor. Si yo no supiera que ella ama a las mujeres, diría que estaba loca por él.
- Hola. - le dice a ella, al mismo tiempo que pasa el brazo alrededor de mi cintura. - Soy Mark.
- Yo soy Andressa... somos mejores amigas.
- Ah. - Mark me mira, probablemente preguntándose si ella sabría todo. - Yo...
- Nos conocimos en una aplicación de citas. - digo, más que rápido. - Él me invitó a salir y qué mejor lugar que este.
Andressa nos mira por un largo momento, antes de sonreír y asentir con la cabeza.
- Eres demasiado lista. Los voy a dejar solos. Fue bueno conocerte, Mark.
- Igualmente.
Mark mira alrededor y se coloca frente a mí, sonriendo.
- Hola. - dice, pasándose la lengua por los labios. Quita el cabello que escondía mi hombro desnudo y desliza su mano hasta tomar la mía. - Eres más bonita de lo que imaginé.
- ¿Cómo supiste que era yo?
- Presto mucha atención a los detalles a mi alrededor. Estaba mirando todo, esperando ser reconocido. Hasta que escuché a ese tipo llamando tu nombre. Tuvo sentido el porqué de que necesitaras a alguien como yo en una fiesta como esta.
- Es patético, lo sé. - lloro, tomando una copa de champán que me sirvieron. - Pero...
Mark se acerca y pega su boca a mi oído.
- Amore mio, no necesito explicaciones. Yo estoy... es decir, voy a ser pagado para que hagas lo que quieras conmigo.
Y entonces deposita un beso prolongado y húmedo en mi mejilla, que fue capaz de erizar todo mi cuerpo.
- Pero por ahora, ¿puedes mandar la primera parte de mi pago?
- Oh, claro. - saco el celular de la cartera y le pido sus datos bancarios. - Mil quinientos reales. Qué locura. Listo, transferí.
- Va a ser la locura más rica que vas a vivir. - murmura él, verificando mi transferencia. - Sí. Llegó. ¿Y entonces? ¿Qué haremos aquí?
Miro alrededor, buscando a aquellos que tanto se burlan de mi cara. ¿Dónde estaban ahora que este hombre divino estaba a mi lado? Él está siendo bastante caro, así que necesito exhibirlo por ahí.
- Estoy compitiendo por un cargo importante. - digo, bajito. Hasta parece que era algún secreto. - Y las personas que están "compitiendo" conmigo son mucho mejores que yo. Y son esas personas las que siempre se burlan de mi cara y de... en fin. Estoy un poco nerviosa y con miedo de que todo lo que tanto ensayé salga mal.
Mark me dejó parlotear hasta cansarme, mientras me observaba sin apartar la mirada. Cuando finalmente termino, toma nuevamente mi mano y la besa, tirándome hacia él. Estábamos lo suficientemente cerca como para que cualquiera pensara que íbamos a besarnos.
- Si depende de mí, ese cargo ya es tuyo.