Nunca podré olvidar como lucías ese día,
No vi tu rostro, pero con la sonrisa de tus labios tuve suficiente para mis sueños de esa noche.
Cerró los ojos cuando la clase por fin finalizó, ese día le había costado mucho más, el ir a la cafetería y luego correr hacia la estación con dirección a la universidad, la había dejado cansada. Era un ritmo que aún no se acostumbraba a llevar, y sus momentos de paz era efímeros, que a veces lloraba por eso.
Trabajar en la cafetería era un ingreso seguro, y más para la larga lista de cosas que pedían en la universidad, pero el estudiar y trabajar era algo que seguía provocando un terrible estrés y ansiedad, ¿Quién paga esas emociones negativas? Su cuello y sus escasas uñas, ni siquiera las dejaba crecer cuando ya estaba comiéndoselas.
Iba bien en la universidad, no era de las mejores, pero tenía notas aceptables, como también destacaba en lo que le gustaba, pintar. Amaba pintar como también danzar, entre sus materias, había elegido llevar danza, solo un curso, para probar, no necesitaba nota, era su forma de liberarse y tratar de mantenerse activa, y que su peso no se elevara. Tenía suficiente con pesar ochenta y nueve kilos, no quería subir, así que bailar le permitía liberarse.
Ese día no tenía danza, solo los viernes, dos horitas que las disfrutaba bien y luego se iba corriendo a su clase de dibujo de naturaleza muerta, traspirada y con dolor de cuerpo, trataba de alejarse de todos sus compañeros y sumergirse en su aventura.
-Me gusta, Alondra, has mejorado mucho -la joven alzó la mirada y esbozó una sonrisa al ver a su profesor frente a ella, admirando el boceto que había hecho-. En comparación del primer dibujo, has avanzando muchísimo.
-He estado practicando mucho, profesor, ¿lo vale no?
-Por supuesto que sí. ¿Cómo vas con pintura?
-Tengo claro que no soy buena por completo, pero los rostros con mi sello me han salido mejor -la chica sonrió-. Hoy me llega mi nuevo caballete de mesa ¡estoy emocionada!
-Mucha suerte y deja de andar corriendo, me sorprende que no te hayas caído.
-¡Nos vemos la próxima semana! -la joven guardó todo en su mochila, tomó su celular y luego salió corriendo, hizo como que abrazaba sus pecho, era una manera de que sus pechos no rebotaran y llamaran la atención.
Agradecía que la estación no estuviera tan lejos, así se le haría más fácil poder subir, tomar un asiento y llegar a casa. Seis y veinte estaría por ahí, tiempo suficiente para que llegue su pedido y luego para verlo a él.
Tal como esperaba, viajó junto a la ventana, con sus audífonos puestos y tranquila. Estaba ansiosa, todos los días cuando se acercaba la hora, se ponía así. Y ¿Cómo no? Ella había estado saliendo cada noche con la excusa de que hacía calor, solo para verlo pasar, unos segundos, escasos segundos para que su corazón se volviera loco.
¿Así se sentía la atracción hacía una persona?
Cuando llegó, agradeció que su pedido llegara diez minutos después. Desocupó el lado de su mesa y sacó el pequeño caballete, colocó un nuevo bastidor y al costado su cajón con acrílicos y pinceles. Vaya paraíso, se veía demasiado hermoso, fue una compra estupenda.
-Como corres para verlo eh. -la voz de Caro la hizo sobresaltar, dejó el lápiz a un lado y sonrió viendo a su amiga llegar, dejó tirada la mochila, para después lanzarse a la cama.
-Y a ti te gusta pasar tiempo en el restaurante, ¿no?
-Ah, graciosa nos salió la niña.
-¿Qué tal las clases?
-El profesor dice que tomo buenas fotos, pero que soy floja. ¿Tú qué crees? -después de eso, la conversación fue trivial, comieron algo y avanzaron con sus respectivos trabajos, cuando la pintora terminó, el tic nervioso se hizo presente.
Alondra miró el reloj disimuladamente y dio un sorbo al judo de naranja, ese día había tenido libre en la cafetería y en la universidad, así que había adelantado algunos trabajos y luego había dormido, ya no recordaba la última vez que durmió más de nueve horas, como deseaba vacaciones. Muchas. Su familia tenía pensado viajar esas vacaciones a la playa, tal vez por fin pueda pagar su boleto e ir con ellos.
Doce para las diez de la noche marcaba su reloj así que se miró al espejo y arregló su cabello, sonrió y siguió a su amiga que iba contándole sobre su día en el trabajo y los exámenes pesados que se acercaban. Ambas se sentaron afuera de su casa con una botella de vino y dos copas, mañana entraban tarde a clases, así que no les vendría mal relajarse y dejar el estrés aun lado. Chocaron sus copas y Alondra levantó la mirada viendo que se acercaba un camión blanco, su pecho latió con desesperación que terminó votando vino en el suelo, Caro empezó a reírse pero ambas se quedaron calladas cuando él levantó la mano y dijo:
-¡Hola chicas, feliz noche! -Alondra apretó sus muslos y jadeó.
Él pasaba siempre doce minutos para las diez, levantaba la mano saludando y esbozando una sonrisa, juraría que nunca en su vida había visto sonrisa tan bonita. Su cabello lóbrego era estrujado por una gorra, la playera amarilla apenas y cubría sus músculos. Detestaba el color amarillo, pero le encantaba la sonrisa que le lanzaba.
Sacudió su mano y la chiquilla sonrió como boba viéndolo estacionar en la tienda de la esquina, ahí donde dejaba mercancías y luego se iba. Si supo que se llamaba León Fleiderman era porque Caro le había preguntado a uno de los ayudantes, había deseado saberlo desde el inicio e incluso con su amiga le habían inventado nombres, fuertes como él, y cuando supieron cómo se llamaba; ambas suspiraron. Nombre fuerte para hombre fuerte, ¿Cómo sus padres supieron que aquel nombre le haría justicia?
Sacudió la cabeza y vio el camión alejándose recordando la sonrisa que les había regalado, le había obsequiado a ella, aun su corazón latía tan fuerte que parecía que en cualquier momento se escaparía de su pecho para ir en busca de León, pedía a gritos el ser calmado o en todo caso de darle cuerda para que latiera con más fuerza. Ambas amigas entraron a su casa y la que aún estaba frenética entró al baño para darse una ducha de agua muy fría.
¿Cómo sería ser tocada por él? ¿Por aquellas manos callosas? Con solo imaginarlo, su cuerpo se sacudía y terminaba calentándose aún más, mordió su labio inferior avergonzada escuchando la música de fondo que su amiga había puesto y sin poder evitarlo empezó a tocarse, cerrando los ojos e imaginando que quien la acariciaba y besaba era León.
Un gemido escapó de sus labios cuando masajeó su sexo, apretó sus piernas y echó la cabeza hacia atrás sintiendo el agua helada relajar sus músculos pero no bajando su calentura. Masajeó con fuerza y rapidez, para después soltar un chillido que fue amortiguado con el agua de la ducha y la música en la sala, jadeó y pegó su frente a la cerámica de la habitación tratando de relajar su respiración, sus hormonas y cuando estuvo lista salió cambiada y secando su cabello, Caro miró las mejillas rojas y una risita escapó.
-Te gusta León.
-Y a ti Nicolás, ¿Qué tal besa? -Bromeó tirándose en la cama y cerrando los ojos para recordar la sonrisa de aquel hombre que le empezaba a robar el sueño desde hace meses-. Es mucho mayor que yo, él es imponente.
-¿Has visto esos musculoso? -Se le hizo agua la boca a Caro pero al final de cuentas era Nicolás quien le encantaba, aunque León era muy atractivo, era para su amiga-. Imagínate una noche de pasión con él, creo que me obsesionó con ese pedazo de hombre.
-Vaya cuerpo, es muy guapo -Caro se puso de pie dejando la laptop en la mesa de noche y apagó las luces, ambas dormían en la misma habitación pero en diferente cama. Esa noche ninguna podía dormir, cada una era presa de un hombre diferente que alteraba su mundo, aquel equilibrio que les había costado tanto encontrar.
Después de un rato Alondra se quejó, gimiendo y dando palmazos a diestra y siniestra, Caro gruñó enterrando su rostro en la almohada haciéndose una idea de lo que suceda.
-¡Alondra, cierra el pico! ¡Quiero dormir!
-¡Hay zancudos! -gruñó encendiendo las luces para buscar los aspíreles contra aquellos detestables bichos, rebuscó entre todos los cajones pero no los halló-. ¡No hay nada!
-Ve a comprar.
-Acompáñame, por favor. -se quitó la playera ancha y se puso una blusa, arregló su cabello y se giró viendo a su amiga aun tirada, y ahora roncando-. ¡Bien! ¡Iré sola!
Tomó las llaves y el dinero, salió de la casa y se dirigió a la tienda de la esquina, gracias a dios aún estaba abierta, pero ya a punto de cerrar, el señor de la tienda le dijo que esperara que buscaría en el almacén de atrás.
Alondra terminó tomando un chocolate y sentándose en la silla para esperarlo, pero con lo que no contó es que León apareciera en la puerta con una caja pequeña de aceites, él al verla dibujó una sonrisa y la muchacha tembló, era mucho más alto de lo que parecía a lo lejos y más musculoso, ¿Cuánto medía? ¿1.90? ¡Eso no importaba ahora! León dejó la caja en el suelo y se quitó la gorra que aplastaba su cabello y la volvió a poner en su lugar, la playera sin mangas se aferraba a su cuerpo y Alondra no pudo evitar recorrerlo con la mirada, ver su piel brillosa y luego aquellos ojos oscuros fijarse en su cuerpo, y apenas se había arreglado.
-Hola chica, creí que las niñas debían estar ya en su cama --murmuró con la voz ronca caminando hacia la joven, Alondra se puso de pie con rapidez y forzó una sonrisa para mostrarse segura pero eso era imposible, estaba temblando como gelatina.
-Creo que hoy quise ser una chica mala. -contestó ella y no supo de donde salió tanto valor, León soltó una carcajada provocando que Alondra diera un pequeño salto en su lugar.
-Llevo semanas viéndolas sentadas en el mismo lugar, sonreír cuando las saludo, quiere decir que ¿No las molesto? -se acercó, se inclinó y la joven pudo ver de cerca unas pequeñas manchas en su rostro, pero aquello lo hacía ver más sexy, aquella barba espesas rodando su quijada, su cabello que no tenía tanto cuidado como los hombres que solía conocer, un tipo con manos lastimadas y callosas que no se ponía alguna crema. Un macho como decía Caro-. Soy León.
-Alondra y mi amiga es Caro -los ojos del hombre brillaron y al ver una pequeñas patillas al filo de sus ojos supo que pasaba los treinta y eso la calentó aún más.
Él alzó las manos y dio un paso hacia ella, la muchacha cerró los ojos cuando dejó un beso en su mejilla, su boca húmeda recorrió aquella zona que se calentó de inmediato, la barba picó pero le gustó y pudo sentir su pecho duro junto al suyo. Quiso calmar su respiración cuando León se separó y le echó un vistazo a sus mejillas coloridas y al labio que mordía con fuerza, él levantó su mano y pasó dos dedos por sus labios llenos y de color rojo que poseía la muchacha.
Alondra observó sus ojos, sus cejas, su nariz y su boca. Nunca había sentido tanta pasión por un hombre, salvo por los actores de cine o cantantes, no por alguien real, alguien que veía en la calle, alguien que vestía sencillo y trabajaba mucho. Jadeó cuando se acercó aún más pegando su pecho contra el suyo, y ella no llevaba sujetador, sintiendo sus pechos pesados y los pezones endurecidos por su cercanía, por el olor que desprendía su cuerpo.
Retrocedió asustada y tuvo que sostenerse de la silla para no caer, los ojos salvajes de León la observaron y cuando escuchó la voz del señor de la tienda, se alejó y se despidió. Sus manos temblaban cuando tuvo que pagar el espiral. Ni bien salió de la tienda lo presionó contra su pecho y apresuró el paso, debía contarle a Caro, debía hacerlo, pero sus planes se vieron interrumpidos cunado lo vio recostado en la puerta de su casa, tenía las manos metidas en sus pantalones azules desteñidos, se había quitado la gorra y deseó tanto meter sus manos entre aquel cabello que apenas tenía atención.
Cuando la vio llegar, se enderezó y una sonrisa traviesa tiró de sus labios.
Ninguno habló, Alondra tragó saliva y trató de ingresar pero León tiró de ella pegándola a la pared, era muy pequeña, incluso al tener unos kilos de más, la muchacha se veía chiquita entre aquel enorme cuerpo. El hombre levantó su mano rozando sus dedos por su mejilla, acariciando con suavidad, la muchacha gimoteó y él ya no pudo resistirse, pegó su cuerpo y rodeó su cintura levantándola un poco para después estampar sus labios contra los suyos y morderlos, lamerlos, mordisquear hasta que la muchacha entre abrió los labios dándole permiso para que ingresara su lengua, temblorosa dejó caer el espiral para los zancudos y subió sus manos a su ancha espalda, enterrando sus dedos y pegándose aún más. Sus piernas temblaban como gelatina, y solo el beso estaba causando eso.
León enterró su lengua en su boca, recorriendo cada espacio, saboreando para después bajar la boca y recorrer el lóbulo de oreja, succionó robándole un gemido a la muchacha que temblaba entre sus brazos, siguió bajando recorriendo con su boca con su cuello hasta que llegó hasta las comisuras de sus pechos los cuales solo estaba cubiertos por una blusa, él rozó su boca sintiendo los endurecidos pezones pidiendo atención y él quería dárselo, todo lo que quisiera, porque estaba hambriento por aquella niña de ojos grandes y oscuros.
Alondra enterró sus dedos en su cabello como pudo cuando León la levantó sin esfuerzo, como si ella no pesara absolutamente nada, en aquellos momentos no le importaba que estaban afuera de su casa, y mucho menos que alguien pudiera verla ahí, tocándose con un hombre que por primera vez había cruzado palabras.
-Voy a follarte Alondra, voy a comerme aquel coño cremoso -gruñó y el cuerpo de la joven se calentó, pero en ese momento odió las palabras que utilizó, lo empujó y León la miró desconcertado.
- ¡Eres un vulgar!
- ¿Y qué esperabas princesita? ¡Soy un camionero, no estudié modales como los niños buenos de tus amigos! -siseó León ofendido, acomodándose la ropa y dando un paso hacia atrás. Ninguna mujer se había molestado por su vocabulario ¡Al contrario! ¿Pero qué pasaba con esa niña?
Alondra arregló su ropa y metió la llave en la cerradura de su puerta, León tomó su mano tirando hacia él pero la joven se soltó y estrelló la puerta en su cara, el hombre gruñó molesto por la dureza en sus pantalones y también por la mirada que le había lanzado.
¿Y, qué les pareció?
En Instagram me encuentro como: @Jamesamzwatt
No he podido apartar la mirada de él,
No he dejado de desear que seas doce para las diez,
Mi corazón golpea con fuerza mi pecho, y mis manos pican.
Quiero que se baje del carro, quiero que se acerque y su atención sea dirigida únicamente a mí.
-Es que tú eres idiota -Caro soltó una carcajada colgándose la mochila rosada en su hombro, Alondra gimió y tiró de la chaqueta negra que la cubría del frío de aquella mañana, al parecer pronto llegaría el invierno, su estación favorita.
Habían pasado cuatro días desde aquel beso arrollador, desde el manoseo y también desde que le llamó vulgar, no se había animado a salir a la calle y verlo pasar, Caro lo había hecho y dice que la había saludado con aquella sonrisa tan hermosa que tenía. Si, hace cuatro días su mejor amiga sabía todo lo que había sucedido y aun no lo olvidaba, estaba segura que no lo haría. Ella era su cruz.
Sacó la tarjeta del tren y la pasó, siguiéndola, escuchando aun sus estruendosas carcajadas llamando la atención de la gente que salía de la estación, maldijo entre dientes y molesta la empujó pero eso causó más gracia en su amiga. Si, lo había echado a perder, era una tonta, una idiota en pocas palabras.
- ¡Eres bien bruta! -se quejó sobándose el brazo y sentándose, Alondra se acomodó a su lado y volvió a resoplar-. Vamos tonta, ya llegará la oportunidad de que llegue tu príncipe azul con lenguaje correcto y que tenga las manos lejos de tus tetas.
-Cierra el hocico.
-Es que yo no entiendo, es decir, a ti el musculoso te gusta -apuntó su amiga y la muchacha asintió a regañadientes-. ¿Entonces?
-Sabes el tipo de chico que me gusta...
- ¡Es que tú te complicas la vida, Alondra! -se quejó Caro-. Los chicos inteligentes con los que has estado han sido unos idiotas, mira el último, conocedor de mucho, guapo y amable ¡Te ponía los cuernos!
Alondra apretó los labios con fuerza y desvió la mirada, si, el bendito ex suyo había sido un completo idiota, le había arruinado una larga temporada, fue un canalla y aun a veces los recuerdos de aquella relación toxica la envolvía y la hacían sentir pésimo ¿Cómo pudo fijarse en un tipo como él? Tal vez se dejó cautivar por el bonito lenguaje que tenía.
- ¿Y qué se supone que deba hacer ahora?
- ¿Te gusta León? -la joven miró por la ventana y luego se puso de pie cuando llegaron a su parada, rápidamente Caro cambió de conversación y aquella tensa conversación se olvidó. Tenía libre ese día, y en la universidad habían salido temprano, bueno, Alondra más temprano pero decidió esperar a su amiga para regresar temprano.
Hoy era viernes, y su amigo Richard -del que en su momento gustó-, las había invitado a una fiesta que había cerca de donde vivían, los vecinos harían una pequeña reunión y habían jóvenes, como ambas no tenían nada que hacer aceptaron. A minutos de las diez los tres estaban afuera riéndose cuando él pasó, los ojos oscuros de León cayeron en Alondra y sonrió saludando, como si nada haya pasado, él no dejaba de verla, incluso detuvo el camión frente a ellos y con descaro saludó a Richard.
Después de aquello se despidió deseándoles suerte en la fiesta, pero Alondra pudo ver su sonrisa, la misma que tenía cuando le devoraba la boca y toqueteaba, la misma perversa que los prevenía de una catástrofe.
La fiesta era aburrida, había trago, comida y música, pero el ambiente estaba aburrido incluso con Richard hablando de medicina, porque para él: era muy interesante que sus amigas supieran eso, solo Caro le seguía la conversación mientras Alondra daba cortos sorbos a su trago y miraba alrededor hasta que a media noche sus ojos cayeron en el hombre que ingresó a la casa. No llegaba gorro y mucho menos una playera sin mangas, tenía el cabello peinado, una camisa roja de cuadros y encima una chaqueta de cuero que lo hacía ver más atractivo ante sus ojos y a las de las mujeres que estaban alrededor. El corazón de la muchacha golpeaba con fuerza y tembló cuando aquellos ojos salvajes la encontraron, la recorrieron con la mirada y terminaron comiéndosela.
Richard la invitó a bailar pero declinó, aunque meses atrás lo hubiera deseado, incluso una caricia suya, ahora por él no sentía absolutamente nada. Sus ojos seguían puestos en León que saludaba a las personas ahí, todos lo conocían aunque él no viviera por ahí, todos lo invitaban incluso las mujeres, ellas de su edad que lucían vestidos apegados resaltando sus curvas y sus años de seducción. Alondra era joven, de veintidós años que no sabía ni coquetear, pero al parecer eso había sido suficiente para un hombre como León.
-Te está mirando -Caro atrajo su atención y Alondra parpadeó viendo a su amiga-. Vas a ponerte de pie, lo vas a mirar y luego te iras al baño.
-Pero no quiero hacer pis -frunció el ceño y su amiga blanqueó los ojos.
-No harás pis, él te seguirá y harán cositas.
- ¿En el baño? -arrugó la nariz asqueada.
- ¡Carajo! ¡Le dices que te lleve a un puto hotel cinco estrellas! -estalló cansada su amiga y Alondra río poniéndose de pie, arregló su cabello y se puso de pie lanzándole una mirada a él, cuando se giró para ir al baño Richard la detuvo, viéndola fijamente-. Voy al baño, muévete.
- ¿En serio vas a estar con ese tipo? ¡Es mayor que tú!
-Lo que haga con mi vida no debe importarte, ¿Por qué no le dices a Caro también? -su amigo la observó molesto y Alondra lo entendió-. ¿Qué tienes?
-Alondra...
-Ve y baila, hay muchas chicas que quieren escuchar al futuro doctor -lo empujó y le regaló una sonrisa caminando hacia el baño, mirando de reojo sus pies y repitiendo: punta, tacón, punta, tacón. No quería caerse y mucho menos hacer el ridículo, no frente a él.
Sus manos sudaban y su corazón parecía que terminaría saliendo por la boca. Abrió el grifo y mojó su rostro tratando de relejarse, pero fue imposible aún más cuando la puerta se abrió e ingresó León. La joven lo miró por el espejo y se ordenó cerrar la boca para no babear, se giró con lentitud y apretó el lavamanos mientras se acercaba, con cautela y lentitud, como si estuviera observando su presa y planeara el momento exacto para lanzarse y devorarla.
-Te ves muy...hermosa -susurró con la voz ronca recorriéndola con la mirada, deteniéndose en la blusa que hacía relucir un escote tremendo, el arqueó una ceja y la observó, la joven avergonzada mordió su labio-. No te muerdas el labio, deja que sea yo quien los marque.
-Lamento lo que te dije ese día.
- ¿Qué parte? ¿La que soy un vulgar? -Inquirió deteniéndose frente a ella, Alondra echó la cabeza hacia atrás para poder observarlo bien-. No es nada que no sea verdad, soy un vulgar por querer follarte, por querer comerme ese coño cremoso. Soy un salvaje, Alondra ¿Aun quieres estar aquí?
La joven dudó y León se inclinó pasando sus labios por su oreja, succionó el lóbulo de su oreja y gimió subiendo las manos para dejarla en sus brazos y apretarlos ante la corriente que recorrió todo su cuerpo, deteniéndose más tiempo en su centro que se encontraba humedecido por su acción y sus palabras.
-Soy un vulgar por decirte que me tiene duro como una piedra, que no dejado de soñar con el sabor de tu coño y de cómo me sentiré dentro tuyo -gruñó dando un lengüetazo por su cuello, la muchacha se arqueó dejando caer la cabeza hacia atrás y él aprovechó para repartir besos hasta que su rostro quedó frente a sus pechos grandes, pasó la lengua por la piel expuesta y después mordió los pezones aun cubiertos por la tela de la blusa y del sujetador-. Salgamos de aquí, no soy tan vulgar para follarte en este sucio baño.
-Mis amigos...
-Pueden volver a casa solos -finalizó subiendo su rostro para rozar sus labios, la muchacha se inclinó por más pero él se alejó-. Te espero afuera princesita.
La muchacha soltó el aire contenido y cerró los ojos, sus labios, su cuello y las comisuras de sus pechos aun picaban por sus lamidas y mordidas. Gimió bajito al sentirse caliente, húmeda y deseosa, ¿Pero qué le sucedía? a los veinte uno había perdido su tarjeta V, y luego solo había estado tres veces con ese chico, después de eso, nada. Se había dedicado a estudiar, trabajar y pasar de largo con los chicos, no se sentía segura de su cuerpo y menos de tener la madurez para tener una relación, pero León, con él todo era lo contrario.
Se arregló el cabello y luego salió del baño con una estúpida sonrisa plasmada en los labios, vio a su amiga sonriendo como el gato de Alicia y cuando Alondra asintió: Caro dio saltitos feliz, incluso la abrazó.
-Mi niña, como has crecido.
-Idiota.
-Ve y no hagas esperar al hombre de las cavernas -señaló entre risas para después inclinarse y soltar una exclamación de gato-. ¡Rww!
-Llevo mis llaves, cualquier cosa te escribo ¿Bien?
-Disfruta el momento, si quieres no vengas en una semana ¡Las dos camas para mí! -agregó sonriéndole con malicia, Alondra tomó su celular y empezó a caminar a la salida pero nuevamente Richard la detuvo pero esta vez Caro lo jaló y lo último en escuchar fue un: Supérala, ya no le gustas.
Quiso girar, pero fue verdad, ya era muy tarde: no le gustaba. Salió de la fiesta y el aire otoñal la golpeó con fuerza, gimió y lo buscó con la mirada, pero nada.
- ¿Estás segura por dejarte comer por un León? -inquirió con diversión a sus espadas, dio un respingo girándose, encontrándose con aquellos ojos. Asintió y se acercó tomando su rostro entre sus manos, la observó para después tomar su boca con rudeza, mordiendo su labio y luego chupándola. Se separó y entrelazó sus manos guiándola hacia la moto que estaba estacionada en una esquina.
Estaba saliendo de su zona de confort, ¿Estaba segura que podía hacerlo?
Se lo que te gusta,
Tus manos están en mis muslos mientras haces suaves caricias.
Tu boca busca mi cuello con desesperación y al final terminamos atados en la cama.
¿Estamos en el infierno?
León aceleró y un cosquilleo lo recorrió cuando sintió las manos de Alondra sujetarlo con fuerza, había deseado eso hace mucho, desde el momento que pasó por su casa y las vio sentadas, las saludó y ambas le regalaron una sonrisa, pero fue la niña que bonitos labios que descaradamente levantó la mano y lo saludó. Lo traía loco, desde hace mucho tiempo había deseado besar esa boca, follarla y que de aquella boquita solo salieran gemidos de placer y suplicas para que continuara. Ahora la tenía en su asiento, preparada para él y León estaba rebosando de felicidad, aunque eso significara perdición.
Apagó el motor de la moto y se quitó el casco arreglando su cabello, echó una mirada al edificio y luego al lugar donde vivía, no era uno caro y mucho menos con vigilancia a lo que aquella princesita estaba acostumbrada, pero quería demostrarle que en sus brazos nunca estaría en peligro.
Bajó de la moto y luego la ayudó a bajar, era una cosita pequeña que apenas y llegaba a su pecho, su cabello corto bailó con el viento y cuando levantó la mirada él pudo ver el brillo en aquellos ojos oscuros, bajó la mirada a sus labios y sin poder evitarlo tiró de ella atrapando su boca, mordiendo aquellos carnosos labios para después pasar la lengua por estos. Suaves, deliciosos como una fruta prohibida. Miró sus pupilas dilatadas y como la joven apretaba sus brazos con fuerza, porque sus piernas temblaban, quería decirle que estaba igual de nervioso, ansioso y lleno de pensamientos que lo volverían loco.
-Vamos princesa.
-Solo Alondra-la vio fruncir aquella nariz y la sonrisa que llevaba en los labios se desvaneció, sonrió tomando el casco de la moto y guiándola dentro del edificio, ingresaron al ascensor y León la tomó de la mano, llamando su atención.
-No es un insulto, es que tú niña..., tú eres una princesa -se colocó frente a ella y tomó su rostro entre sus manos, vio cómo se estremeció ante un simple e inocente toque-, y yo solo soy el vagabundo en tu cuento.
- ¿Quién dijo que yo esperaba un príncipe azul? -inquirió la joven cerrando los ojos y entre abriendo la boquita, León gruñó y subió una mano, acariciando su mejilla y viendo como su cuerpo temblaba, como su respiración se aceleraba-. Ellos están sobrevalorados, creo que me alegra no haber perdido mi zapato a las doce de la noche y que al final terminara perdida en el bosque para ser devorada por un león.
El aludido soltó una carcajada ronca ante su ocurrencia, echó ligeramente la cabeza hacia atrás y la escuchó reír, jodida mierda, fue el sonido más sexy y caliente que en su puta vida había escuchado. Dejó de reír y sus ojos se oscurecieron de deseo por ella, la barrió con la mirada y le encantó como aquellos pantalones negros se aferraban a sus caderas o como aquella blusa fina le daba un vistazo de unos pechos generosos.
Cuando el ascensor sonó, tiró de ella y sacó las llaves abriendo con rapidez la puerta de su departamento y encendiendo la luz. La joven entró viendo el lugar y sonrió, si, era un lugar bueno, limpio y con algunas comodidades. La vio recorrer las estanterías que estaban con pequeñas motos y autos clásicos, la vio detenerse frente a una pintura donde había una pareja desnuda, donde él le estaba comiendo el coño y la mujer apretaba sus muslos tirando de su cabello. No sabía nada sobre arte, era mierda pintada, pero desde que vio aquel retrato le encanto y lo compró.
-Te gusta el arte -casi soltó una carcajada, pero se contuvo. Alondra debía estar estudiando una buena carrera en la universidad, tener amigos bien vestidos con modales refinados, manos suaves y no callosas como las suyas, seguramente algunos admiraban el arte y ella los había presentado con sus padres. Lo supo desde que la vio, todo en ella gritaba que era una niña de casa y él no, apenas y había hecho una carrera técnica de tres años, había salido arañando porque desde muy joven tuvo que trabajar, en todo y estudiar una carrera universitaria no estaba en sus planes.
-Me gusta sentarme afuera a beber cerveza con mis amigos, preferiría eso a ir a ver arte, princesa -se giró y León no la dejó procesar las palabras, mucho menos que empezara a pensar que estar ahí en su departamento era una mala idea, no, quería que lo pensara después de haber sido saciada y haberlo sentido en lo más profundo.
Se lanzó hacia ella chocando su boca con la suya, lamió sus labios y los mordisqueó, para después empujar su lengua y pedirle permiso, con timidez fue abriendo la boca y la lengua de León la penetro, recorriendo cada parte de su boca para después terminar danzando con su lengua, ella era inexperta, como si nunca en su vida haya sido besada con desesperación y deseo. El hombre bajó sus manos a su trasero apretándolo con fuerza, la levantó haciendo que la joven enredara sus piernas en su cintura, ahí, presionándola para que sintiera la dureza de su erección.
Interrumpió el beso y bajó la boca hasta su cuello, pasando su nariz por su cabello y luego regresando a su garganta, ahí donde olía a fresas combinado con su aroma natural. Gruñó como animal y empezó a lamer, chupar y con sus dedos recorrer la curva de su trasero y luego aquellas piernas, siguió bajando la boca y los rozó por las comisuras de sus pechos escuchándola gemir y arquearse para él. No esperó más, y la apretó aún más a su cuerpo empezando a caminar a su habitación, ni se preocupó en encender la luz ya que las cortina estaban corridas y la luz de luna iluminaba la habitación. La tendió en la cama y vio sus mejillas sonrojadas, sus ojos brillosos y sus labios rojos e hinchados.
Piccolo fiore.
Se alejó quitándose la chaqueta y luego la camisa roja de cuadros, bajó las manos al cinturón desabrochándolo y lanzándolo en alguna parte de la habitación, la vio recorrerlo con la mirada y morder su labio, se removió en su cama, apretando sus piernas con delicia y ahogando un gemido mientras se sentaba quitándose la chaqueta.
Era un pequeño trapo llamado blusa, una que lo había tentado desde que pasó por su casa. Princesa traviesa.
Gateó hasta ella rozando su boca por sus piernas aun cubiertas por el pantalón, quedando unos segundos en su sexo, sin rozarla, solo a unos centímetros inhalando su aroma almizclado, estaba excitada, caliente por él. Subió y rozó su boca por su vientre, lamiendo las pequeñas líneas que tenía ahí que la hacían mucho más hermosa, recorrió con su lengua su cadera escuchándola gemir e incluso soltar algunas risitas nerviosas, era hermosa. Subió hasta que se detuvo frente a ella, observando su rostro y sin más Alondra enredó sus manos en su cuello atrayéndolo a su boca, iniciando el beso ella misma.
Las manos de León viajaron hasta el pantalón de la muchacha desabrochándolo y bajando las manos a su trasero, retiró con lentitud el pantalón arrojándolo al mueble de la esquina, el hombre despegó los labios de la muchacha y observó la ropa interior negra que llevaba, jadeó y vio la travesura en sus ojos.
-Fiore traviesa -susurró con la voz ronca y Alondra cerró los ojos.
-Eres italiano.
-Y tú eres jodidamente caliente, princesa -siseó ronco tirando de la blusa que cubría sus pechos, vio el sujetador y luego a la muchacha inclinarse con cuidado, recorriendo su rostro con la mirada, observando cada parte que de alguna manera lo puso nervioso, era un hombre seguro, sabía lo que tenía entre sus piernas y también lo que causaba en las mujeres, pero Alondra, ella poseía unos ojos oscuros capaz de ver el alma.
La muchacha con dedos temblorosos desabrochó el sujetador y lo sostuvo, para después con lentitud ir bajado las tiras y dejarlo caer aun lado de la cama, León bajó los ojos y se relamió los labios viendo lo grandes que eran, como los pezones marrones estaban endurecidos invitándolo a pecar y así lo hizo. La recostó nuevamente y sin pedirle permiso bajó la boca tomando un pezón en su boca, lamiéndolo con desesperación, para después mordisquearlo y sentirlo endurecerse aún más en su boca, Alondra gemía enterrando sus dedos en su cabello, pegándolo más mientras balanceaba sus caderas refregándose entre sus pantalones.
La muchacha se echó hacia atrás y él aprovechó a tomar el otro pezón, mamando de este y soltándolo con un ruidos pop, la vio blanquear los ojos y sonriendo lo mordió, arrancándole un gemido ruidoso, sensual que mandó corrientes eléctricas a su entrepierna que pedía atención aún más siendo ahorcado por los bóxer negros que llevaba. Juntó sus pechos, rozando los pezones con sus dedos y notando el lunar en ellos, los vio rosados por sus toques y por sus besos alrededor de ellos, sin poder evitarlo enterró su cara en estos inhalando ruidosamente su aroma.
¡Jodida mierda! ¡Ella olía a gloria!
Gruñó como un animal y bajó la boca recorriendo el camino desde sus pechos hasta su cadera, lamiendo su piel y besando cada marca que poseía, la vio cubrirse sus ojos, vio el color en su piel y supo cuan avergonzada estaba, así que antes de continuar subió hasta ella y tomó su rostro entre sus manos.
-No sientas vergüenza -murmuró tomando una de sus manos, la entrelazó para después llevarla a su entrepierna dura, Alondra abrió los ojos de golpes y casi rió al ver como sus bonitos labios temblaban. Estaba avergonzada-. Eres sexy nena, caliente y eres causante de que mi miembro este como una roca pidiendo tu atención, pidiendo ser enterrado en tu coño..., en aquel delicioso coño que he querido comer desde que te vi.
-Eres un vulgar -susurró con la voz ronca y temblorosa, León rió porque supo que esta vez no era insulto-. Yo..., yo solo estuve con un chico, dos veces y yo...
-No importa, olvídate de ese hijo de puta, aquí estamos los dos. León y Alondra, nadie más fiore -dejó un beso en su boca, uno tierno que lo sorprendió a él, porque un tipo duro como él; no consolaba a las mujeres y mucho menos daba besos así, ¿Qué le sucedía?
Sin esperar respuesta bajó con rapidez colocando sus dedos en la fina tira de su ropa interior, la fue bajando y Alondra movió sus piernas con timidez, pero él se lo impidió. Quitó la ropa interior e inhaló exageradamente, recogiendo su aroma para después abrirle las piernas y enterrar el rostro en su sexo, oliéndola, deseándola y con solo ver aquellos pliegues mojados y rosados, se le hizo la boca agua.