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DULCE TENTACIÓN

DULCE TENTACIÓN

Autor: : Atena S
Género: Adulto Joven
Una Pareja Contrata una Sirvienta Damian y Jennifer eran una pareja aparentemente perfecta. Él, un hombre fuerte y musculoso, y ella, una mujer de larga cabellera negra y un cuerpo espectacular. Sin embargo, a pesar de su apariencia ideal, su relación en la intimidad se había vuelto rutinaria y monótona. Damian, de 25 años, era un hombre dominante por naturaleza, pero al ver lo delicada que era Jennifer, de 23 años, se controlaba en la cama. Por su parte, ella era suave y dulce en el día a día, pero escondía deseos oscuros que no se atrevía a revelar. Un día, decidieron contratar a una sirvienta para ayudar en las tareas del hogar. Melisa, una joven pelirroja de 22 años, estaba buscando trabajo desesperadamente para poder cuidar de su madre enferma, que luchaba contra el cáncer. Al principio, Melisa se mostraba reservada y tímida, pero poco a poco fue ganándose la confianza de Damian y Jennifer. Con el tiempo, Damian comenzó a sentir una atracción irresistible hacia Melisa. Su cabello rojizo y su cuerpo escultural despertaban en él deseos que nunca antes había experimentado. Por otro lado, Jennifer también se vio seducida por la belleza de la joven sirvienta. La presencia de Melisa en la casa desató una tensión sexual entre los tres que era imposible de ignorar. Las escenas de erotismo entre los tres protagonistas eran suaves pero intensas. La presencia de Melisa en la relación de Damian y Jennifer los llevó a explorar nuevos límites y a descubrir placeres desconocidos. La sirvienta se convirtió en el objeto de deseo de la pareja, y juntos vivieron experiencias que nunca habían imaginado. En esta novela romántica erótica, el lujo y la pasión se entrelazan en una historia de amor prohibido y deseos ocultos. Damian, Jennifer y Melisa se vieron envueltos en un triángulo amoroso lleno de secretos y emociones intensas, donde cada uno de ellos descubrió una parte de sí mismo que desconocía. Con un lenguaje sensual y provocador, esta novela nos sumerge en un mundo de fantasía y erotismo, donde los límites entre el deseo y la realidad se desdibujan. Una historia apasionante que nos invita a explorar nuestros propios deseos más profundos y a dejarnos llevar por la pasión desenfrenada.

Capítulo 1 El Encuentro Inesperado

Capítulo 1: El Encuentro Inesperado

El sol de la tarde se colaba por las grandes ventanas del salón, tiñendo todo de una cálida luz dorada. Damian, de veinticinco años, estaba sentado en el sillón, con una copa de vino en la mano, mirando a través de la ventana mientras sus pensamientos vagaban. Era un hombre de complexión fuerte, musculosa, con una apariencia que no pasaba desapercibida. Sus ojos, de un color verde profundo, reflejaban una intensidad que no era fácil de ignorar. Su rostro estaba perfectamente cincelado, con una mandíbula cuadrada y una barba cuidadosamente recortada. Sabía que su atractivo físico era notable, pero últimamente nada en su vida parecía ser tan satisfactorio como su imagen.

Jennifer, su esposa de tres años, entró en el salón con su presencia que siempre lograba captar la atención de quien la mirara. Jennifer tenía el cabello largo y oscuro, con rizos que caían con gracia sobre sus hombros. Su cuerpo, una combinación de curvas perfectas, le otorgaba una sensualidad innegable. Pero aunque su belleza exterior era evidente, Damian sentía que algo faltaba entre ellos. La chispa que una vez los unió ahora parecía apagada.

-*Damian*, he estado pensando... -dijo ella, deteniéndose frente a él. Su mirada era decidida, pero también reflejaba algo de preocupación-. Creo que necesitamos ayuda en casa.

Damian la miró, confundido al principio.

-¿Ayuda en qué sentido? -preguntó, alzando una ceja.

Jennifer se sentó junto a él, mirando las paredes vacías de la sala, como si estuviera buscando las palabras adecuadas para expresar lo que sentía.

-Las tareas se nos están acumulando. Yo también estoy cansada con el trabajo, y aunque tú no digas nada, también he notado que la casa se está desordenando más de lo que me gustaría. -Suspiró, tocando su cabello negro con una mano-. Creo que contratar a alguien para que nos ayude podría ser una buena opción.

Damian, aún pensativo, la miró con calma, analizando lo que acababa de decir. Sabía que su vida había comenzado a volverse más desordenada y rutinaria, tanto en lo personal como en lo doméstico.

-¿Entonces estamos pensando en una sirvienta? -preguntó, mientras se recostaba un poco más en el sillón.

Jennifer asintió, sintiendo que ese era el paso lógico. El trabajo y el estrés ya estaban agotándola, y la casa siempre parecía estar en un estado de caos.

-Sí, creo que sería lo mejor. Alguien que nos ayude con las tareas del hogar, al menos hasta que las cosas se calmen un poco. No podemos seguir así, cada vez estamos más ocupados y la casa parece estar siempre en desorden.

Damian asintió lentamente, sintiendo que no tenía otra opción.

-Está bien, buscaremos a alguien.

Una semana después, Melisa llegó a la casa. Era una mujer de veintidós años, con una figura esbelta y bien formada. Su cabello pelirrojo, ligeramente ondulado, caía a la altura de sus hombros, enmarcando su rostro delicado, pero con una expresión de determinación que no pasaba desapercibida. Aunque su apariencia podía parecer suave y frágil, algo en sus ojos reflejaba una fortaleza interna que se volvía evidente en cada gesto. Melisa no estaba allí por gusto, sino por necesidad. Estaba buscando trabajo para poder cuidar a su madre enferma de cáncer, y sabía que este empleo era su única esperanza para conseguir lo necesario para cubrir los gastos médicos.

Su primer día en la casa fue tranquilo. Se encargó de las tareas cotidianas, limpiando, organizando y cocinando. Aunque su rostro mostraba un aire de dulzura y serenidad, había algo misterioso en ella que Damian no dejaba de notar. La manera en que se movía por la casa era impecable y eficiente, pero su presencia era cautivadora de una manera sutil.

Damian no pudo evitar observarla de cerca, intrigado por la joven. Con su figura tonificada y sus ojos verdes llenos de vida, Melisa era, sin duda, atractiva. Había algo en ella que despertaba en él una curiosidad que no podía ignorar. No era solo su belleza, era su aire de tranquilidad, de estar en control de sí misma, lo que lo atraía. Pero Damian también sabía que no podía dejarse llevar por ese impulso. Estaba en una relación con Jennifer, y aunque la rutina entre ellos no era perfecta, no quería poner en riesgo lo que tenían. Aun así, su mente no dejaba de regresar a Melisa.

Por otro lado, Jennifer observaba a la sirvienta con una mezcla de curiosidad y cautela. A pesar de su apariencia suave y su actitud reservada, había algo en la joven que le parecía extrañamente fascinante. La forma en que se movía por la casa, su manera de hablar, todo en ella mostraba una confianza que no pasaba desapercibida. Sin embargo, Jennifer se sintió extraña al principio, como si la presencia de Melisa trajera una energía nueva a la casa, algo que no sabía cómo interpretar.

Una tarde, después de varios días de trabajo, Melisa estaba organizando el salón cuando Damian pasó por allí. La luz del atardecer iluminaba su rostro de una manera que la hacía parecer aún más cautivadora. Damian se detuvo por un momento, observándola en silencio. No podía evitar sentirse atraído por su belleza, pero sobre todo, por la delicadeza y seriedad que irradiaba. No quería pensar en eso, pero su mirada se encontró con la de Melisa, y algo en el aire se volvió más tenso.

-¿Todo bien, Melisa? -preguntó, su voz más suave de lo habitual.

Melisa lo miró por un instante antes de responder, un poco sorprendida por su cercanía.

-Todo en orden, señor -respondió, con una sonrisa tímida pero amable.

Por un segundo, Damian no supo qué hacer. Había algo en la forma en que la joven sirvienta lo miraba, algo que despertaba en él una chispa de deseo reprimido. Pero, al mismo tiempo, se dio cuenta de que no podía dejar que esas emociones se apoderaran de él. No era el momento.

Sin embargo, a medida que pasaban los días, tanto Damian como Melisa no podían evitar sentirse atraídos el uno por el otro. La tensión era palpable, y aunque ambos intentaban mantener una distancia profesional, algo comenzaba a cambiar entre ellos. Jennifer, aunque no lo dijera en voz alta, también sentía el cambio en la atmósfera, una sensación de incertidumbre que no dejaba de crecer.

¿Qué pasaría cuando esa atracción que se desarrollaba entre Damian y Melisa no pudiera ser ignorada más?

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Capítulo 2 Entre el Silencio y el Deseo

Capítulo 2: Entre el Silencio y el Deseo

La noche se extendía sobre la mansión como un manto de sombras y silencio. Jennifer se miró en el espejo de su tocador mientras deslizaba el cepillo por su largo cabello oscuro. Vestía un camisón de encaje blanco, delicado y sutilmente transparente, una prenda que alguna vez había encendido la pasión en Damian, pero que ahora apenas lograba provocar una reacción en él.

El problema no era la falta de amor; Jennifer lo sabía. Damian la amaba con devoción, y ella sentía lo mismo por él. Pero en la cama... algo se había apagado. Sus encuentros eran mecánicos, casi coreografiados. La misma cadencia de caricias, las mismas posiciones, la misma intensidad medida.

Jennifer cerró los ojos y suspiró. No se atrevía a admitirlo, pero su deseo iba más allá de lo que Damian imaginaba. Anhelaba sentirlo sin reservas, sin miedos, sin la delicadeza con la que él siempre la trataba. Pero decirlo en voz alta... la avergonzaba.

-Ven a la cama -la voz de Damian la sacó de sus pensamientos.

Se giró y lo vio en el umbral del baño, con el cabello húmedo y apenas una toalla atada a su cadera. Su físico era una obra maestra: musculoso, fuerte, de presencia imponente. Sus ojos verdes la recorrieron con un destello de deseo contenido.

Jennifer dejó el cepillo y caminó hacia la cama. Damian la observó con atención cuando se deslizó bajo las sábanas.

Él se inclinó sobre ella, rozando su cuello con los labios antes de susurrarle:

-¿Estás cansada?

Jennifer negó con la cabeza.

Damian respondió con un beso lento, explorando su boca con paciencia, como si cada encuentro tuviera que ser una repetición exacta del anterior. Sus manos recorrieron su cuerpo con la misma ternura de siempre, y aunque Jennifer disfrutaba de su contacto, algo dentro de ella se removía con frustración.

Él era dominante por naturaleza. Lo veía en la forma en que se movía, en la manera en que manejaba los negocios, en la autoridad con la que hablaba. Pero con ella... se contenía.

Jennifer dejó escapar un gemido ahogado cuando él entró en ella, pero incluso el ritmo con el que se movía era contenido, cuidadoso. Sabía que Damian la amaba y que nunca querría hacerle daño, pero eso mismo era lo que los estaba frenando.

Cuando todo terminó, el silencio se instaló en la habitación. Damian rodó sobre su espalda y Jennifer giró el rostro hacia un lado, con la mente llena de pensamientos que no se atrevía a decir en voz alta.

Una Conversación Inesperada

A la mañana siguiente, Jennifer bajó a la cocina en busca de un té. Se sentía inquieta, insatisfecha de una manera que no sabía cómo describir.

Melisa estaba en la cocina, con el cabello recogido en una trenza suelta. Se movía con naturalidad entre los estantes, organizando los platos y limpiando la encimera.

Jennifer dudó por un momento, pero la necesidad de hablar con alguien la empujó a hacerlo.

-Melisa... ¿tienes un momento?

La joven pelirroja se giró con cierta sorpresa.

-Sí, claro señora. ¿Necesita algo?

-Solo Jennifer, por favor -dijo con una sonrisa suave-. Y... no, no necesito nada. Solo quería conversar.

Melisa dejó los platos a un lado y se apoyó en la encimera.

-¿Sobre qué?

Jennifer mordió su labio inferior, sintiéndose ridícula por lo que estaba a punto de confesar. Pero no tenía a nadie más con quien hablar.

-¿Crees que la pasión en una pareja puede apagarse con el tiempo?

Melisa la miró con curiosidad.

-Sí, supongo que sí... Si se deja que la rutina lo consuma.

Jennifer soltó un suspiro.

-Amo a Damian, pero en la cama... todo se ha vuelto predecible.

La mirada de Melisa se tornó más atenta.

-¿Y han intentado cambiarlo?

Jennifer bajó la vista, sintiendo un leve rubor en sus mejillas.

-No sé cómo decirle lo que quiero. Me da vergüenza.

Melisa sonrió con un destello de diversión en los ojos.

-¿Y qué es lo que quieres?

Jennifer tragó saliva. Nunca lo había dicho en voz alta, ni siquiera se lo había admitido a sí misma del todo.

-Quiero que él... me domine más. Que deje de tratarme con tanta delicadeza.

Melisa cruzó los brazos, analizándola con interés.

-Entonces, ¿quieres que te tome sin reservas?

Jennifer sintió su piel arder.

-Sí... pero él se contiene. No sé si por miedo o porque cree que no me gustaría.

Melisa se apoyó en la mesa y la miró con una sonrisa.

-Tal vez solo necesita una señal... Algo que le haga entender que no necesitas que te cuide, sino que te haga sentir viva.

Jennifer la miró en silencio, dejando que sus palabras se filtraran en su mente.

Tal vez Melisa tenía razón.

Tal vez solo tenía que mostrarle a Damian que no era tan frágil como él creía.

Pero lo que Jennifer no sabía era que la presencia de Melisa en la casa estaba a punto de encender un fuego que ninguno de los tres esperaba.

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La Sombra del Deseo

Esa noche, Jennifer decidió intentar algo diferente.

Cuando Damian entró en la habitación, la encontró esperándolo sentada en la cama, con un camisón más atrevido de lo normal, suelto sobre su piel sin nada debajo.

Él se detuvo en seco, sus ojos verdes oscureciéndose al instante.

-Ven aquí -susurró ella, sorprendiéndose a sí misma por la seguridad en su voz.

Damian arqueó una ceja, pero no dudó en acercarse. Jennifer tomó su muñeca y lo atrajo hacia la cama, inclinándose sobre él.

-Esta noche -susurró contra sus labios-, quiero que dejes de contenerte.

Los ojos de Damian se entrecerraron, su mandíbula tensándose.

-¿De qué hablas?

Jennifer deslizó las manos por su pecho desnudo, sintiendo los músculos contra sus dedos.

-Lo sabes.

Damian la sostuvo por la cintura, observándola en silencio.

-No quiero hacerte daño.

Jennifer esbozó una sonrisa y llevó su boca a su oído.

-Confía en mí.

Las palabras parecieron encender algo en él, porque de repente, Damian la giró con brusquedad sobre la cama, atrapándola bajo su cuerpo con una intensidad que nunca antes había mostrado.

Jennifer sintió su corazón acelerarse cuando él deslizó los labios por su cuello con una mezcla de posesión y deseo.

Pero justo cuando las cosas comenzaban a cambiar entre ellos, un ruido en el pasillo los hizo detenerse.

Damian levantó la cabeza y Jennifer se incorporó un poco.

La puerta de su habitación estaba entreabierta.

Y al otro lado, Melisa estaba ahí.

Jennifer sintió su pulso dispararse. Melisa no estaba espiando, pero había pasado justo en ese instante, y sus ojos se encontraron con los de Damian por una fracción de segundo antes de apartar la vista y seguir caminando por el pasillo.

Un escalofrío recorrió la piel de Jennifer.

No estaba segura de por qué, pero en ese momento, supo que algo estaba a punto de cambiar para siempre.

Capítulo 3 Susurros en la Penumbra

Capítulo 3: Susurros en la Penumbra

La casa estaba en silencio, pero el eco de lo ocurrido seguía vibrando en el aire. Jennifer se quedó inmóvil en la cama, su respiración entrecortada mientras observaba la puerta entreabierta por donde Melisa acababa de pasar.

Damian frunció el ceño y se incorporó, su mirada oscura posándose en la sombra que se alejaba por el pasillo.

-¿Crees que nos vio? -murmuró, su tono serio.

Jennifer humedeció sus labios, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.

-No lo sé...

Damian se pasó una mano por el cabello, suspirando con frustración. La tensión del momento se había disipado en el aire, y ella sintió la misma sensación de vacío que la invadía cada vez que algo interrumpía sus intentos de romper la monotonía.

-Voy a cerrar la puerta -dijo él con tono seco, levantándose de la cama.

Jennifer lo vio alejarse y sintió una punzada de desilusión. Sabía que después de esto, Damian no retomaría el momento. Se acomodó en la cama y cerró los ojos, tratando de ignorar la punzada de insatisfacción que se enroscaba en su estómago.

Un Encuentro Inesperado

A la mañana siguiente, Jennifer bajó a la cocina con una mezcla de inquietud y curiosidad. Sabía que debía hablar con Melisa, pero no estaba segura de qué decirle.

Cuando llegó, la encontró en la isla de la cocina, organizando algunas frutas en una bandeja.

Melisa levantó la vista al verla entrar y, como si leyera su mente, sonrió con calma.

-No he visto nada -dijo, como si la conversación ya estuviera iniciada-. No he oído nada.

Jennifer parpadeó, sorprendida por su actitud directa.

-Melisa, yo...

-No tienes que explicarme nada -interrumpió la pelirroja con suavidad-. No soy nadie para meterme en su vida personal.

Jennifer la observó por un momento, tratando de descifrar si había alguna sombra de burla o incomodidad en su tono, pero Melisa solo parecía tranquila.

Se mordió el labio, sintiéndose tonta por haber estado tan nerviosa.

-Gracias -susurró al final.

Melisa asintió y siguió con su tarea, pero Jennifer no se movió. Había algo en la forma en que la joven sirvienta la miraba, en la naturalidad con la que hablaba del tema, que la hacía sentirse... extrañamente cómoda.

Tal vez porque no tenía a nadie más con quien hablar sobre sus problemas.

-¿Melisa? -llamó sin pensar.

La pelirroja la miró con curiosidad.

-¿Sí?

Jennifer jugueteó con la tela de su blusa.

-Ayer, antes de que... bueno, antes de que Damian y yo...

Melisa arqueó una ceja, divertida.

-¿Sí?

Jennifer suspiró, sintiéndose estúpida.

-Intenté cambiar las cosas. Pero al final... todo fue igual.

Melisa inclinó ligeramente la cabeza.

-¿Él sigue tratándote con demasiada suavidad?

Jennifer asintió, mordiéndose el labio.

-No sé cómo hacer que entienda que quiero más.

Melisa la observó en silencio por un momento antes de apoyar los codos en la mesa y apoyar la barbilla sobre sus manos.

-Quizá aún no ha visto de lo que eres capaz.

Jennifer frunció el ceño.

-¿Qué quieres decir?

Melisa sonrió levemente.

-Si él cree que eres frágil, dale una razón para verte de otra forma.

Jennifer sintió su corazón acelerarse ligeramente.

-¿Cómo hago eso?

Melisa se encogió de hombros.

-Eso depende de qué tanto estés dispuesta a hacer.

Jennifer tragó saliva. Sabía que Melisa tenía razón, pero la idea de tomar la iniciativa la aterraba.

Sin embargo, dentro de ella, algo despertó con aquellas palabras.

Un Nuevo Intento

Esa noche, Jennifer decidió intentarlo de nuevo.

Se arregló con más esmero de lo usual, eligiendo un camisón de seda negra que resaltaba su piel clara. Se soltó el cabello y se roció con un perfume sutilmente dulce.

Cuando Damian entró a la habitación, ella ya estaba en la cama, esperándolo.

Él se detuvo por un momento, observándola con interés.

-Te ves hermosa -dijo con voz profunda.

Jennifer sonrió, sintiendo un leve cosquilleo en el estómago.

-Ven aquí.

Damian se acercó y se inclinó sobre ella, atrapándola en un beso lento y profundo.

Jennifer se aferró a su cuello y lo atrajo más hacia sí, queriendo demostrarle que estaba dispuesta a más.

Pero, como siempre, Damian fue cuidadoso.

Incluso cuando sus manos recorrieron su cuerpo, lo hizo con la misma paciencia, con el mismo control medido.

Jennifer cerró los ojos y trató de concentrarse en el placer, en la forma en que su piel ardía bajo sus caricias, pero algo dentro de ella gritaba en frustración.

Quería más.

Quería sentir que él perdía el control con ella.

Pero Damian no lo hizo.

Cuando todo terminó, Jennifer se quedó recostada, con la mirada perdida en el techo, sintiendo la misma insatisfacción de siempre.

Damian la abrazó y besó su frente con ternura.

-Descansa, amor.

Jennifer cerró los ojos, pero no pudo dormir.

Un Accidente Inesperado

A la mañana siguiente, Jennifer salió al jardín en busca de aire fresco. Necesitaba despejar su mente.

Para su sorpresa, encontró a Melisa allí, limpiando la mesa de la terraza.

-Hola -saludó la pelirroja con una sonrisa.

Jennifer se acercó y se apoyó en el respaldo de una silla.

-Hola.

Melisa la miró con atención.

-¿Funcionó?

Jennifer suspiró y negó con la cabeza.

-Todo fue igual.

Melisa sonrió con diversión.

-¿No te cansas de intentarlo de la misma forma?

Jennifer la miró con el ceño fruncido.

-¿Cómo dices?

Melisa se encogió de hombros.

-Si siempre haces lo mismo, obtendrás el mismo resultado.

Jennifer parpadeó, sin saber qué responder.

Melisa se inclinó un poco más cerca.

-Tal vez necesites experimentar fuera de tu zona de confort.

Jennifer sintió su corazón latir más rápido ante la cercanía de la pelirroja.

Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero en un instante, Jennifer giró ligeramente su rostro justo cuando Melisa hacía lo mismo, y sus labios se rozaron por accidente.

El tiempo pareció detenerse.

Jennifer sintió un leve escalofrío recorrer su piel.

Se separó rápidamente, sus mejillas ardiendo.

-Lo siento...

Melisa la miró con una expresión que Jennifer no supo descifrar.

-Fue un accidente -respondió la pelirroja con una media sonrisa.

Jennifer asintió, pero el calor en su piel no desapareció.

Por más que intentó convencerse de que no significaba nada...

...No pudo dejar de pensar en ello.

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Un Accidente Difícil de Ignorar

Jennifer sintió el calor arder en sus mejillas. Su mente intentaba procesar lo que acababa de ocurrir, pero su cuerpo reaccionaba de una manera completamente distinta.

Melisa seguía mirándola con esa sonrisa ligera en los labios, como si el roce accidental no le hubiera afectado en lo más mínimo.

-Fue un accidente -repitió Jennifer en voz baja, más para convencerse a sí misma que a Melisa.

-Sí, lo fue -asintió la pelirroja, sin apartar la vista de ella-. Aunque... pareciste un poco nerviosa.

Jennifer frunció el ceño.

-No estoy nerviosa.

Melisa inclinó ligeramente la cabeza, su mirada explorando el rostro de Jennifer como si pudiera leer cada pensamiento que pasaba por su mente.

-Si tú lo dices.

Jennifer sintió una punzada de frustración ante su tono despreocupado. No entendía por qué le afectaba tanto que Melisa estuviera tan tranquila mientras ella sentía el corazón martillándole el pecho.

-Debo irme -dijo con rapidez, apartándose bruscamente.

Melisa no la detuvo, pero antes de que Jennifer pudiera alejarse por completo, la escuchó murmurar con una ligera diversión:

-Nos vemos luego, señora Jennifer.

Ese simple comentario hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Jennifer.

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El Peso del Silencio

El resto del día, Jennifer trató de actuar con normalidad, pero no pudo evitar que su mente volviera constantemente al beso accidental.

No debería haberle dado importancia. Fue un simple roce. No significaba nada.

Y sin embargo...

Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la suavidad de los labios de Melisa.

Recordaba la manera en que la pelirroja la había mirado después.

Recordaba la ligera provocación en su tono de voz.

Sacudió la cabeza, tratando de concentrarse en cualquier otra cosa. Pero el problema era que, después de lo ocurrido, empezó a notar cosas en Melisa que antes no había visto.

Cómo se movía con gracia por la casa.

Cómo sus labios se curvaban ligeramente cuando sonreía.

Cómo su cabello pelirrojo brillaba bajo la luz del sol.

Jennifer apretó los puños, frustrada consigo misma.

No entendía qué le pasaba.

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Una Conversación Incómoda

Cuando Damian llegó por la noche, Jennifer intentó ignorar la inquietud que la consumía.

Estaban cenando juntos cuando él notó su distracción.

-Pareces en otro mundo -comentó, observándola con curiosidad.

Jennifer parpadeó y forzó una sonrisa.

-Solo estoy cansada.

Damian la miró fijamente por un momento, como si no terminara de creerle, pero no insistió.

A pesar de su actitud distante, Jennifer sintió su corazón acelerarse cuando él tomó su mano sobre la mesa, acariciando suavemente su piel con el pulgar.

-¿Por qué no terminamos lo que empezamos anoche? -susurró con voz profunda.

Jennifer tragó saliva.

Era lo que había estado esperando, ¿verdad?

Quería intentarlo de nuevo con él. Quería que esta vez fuera diferente.

-Está bien -respondió, tratando de convencerse a sí misma.

Damian sonrió con satisfacción y la llevó de la mano hasta la habitación.

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El Mismo Resultado

Cuando Jennifer sintió el cuerpo de Damian sobre el suyo, intentó enfocarse en el momento.

Quería sentir deseo, anhelo...

Pero en su mente solo resonaban las palabras de Melisa.

"Si él cree que eres frágil, dale una razón para verte de otra forma."

Jennifer se movió con más determinación, tratando de tomar el control, pero Damian simplemente la sostuvo con firmeza y la guió de vuelta a su ritmo.

Como siempre.

Siempre tomaba el mando, siempre con la misma suavidad controlada.

Jennifer apretó los ojos, tratando de ignorar la sensación de vacío que se instalaba en su pecho.

Cuando todo terminó, se quedó mirando el techo, sintiendo la frustración hervir dentro de ella.

Damian la abrazó y besó su frente.

-Te amo, Jennifer -susurró.

Jennifer sintió un nudo en la garganta.

-Yo también te amo.

Y lo decía en serio.

Pero en lo más profundo de su ser, sabía que algo dentro de ella estaba cambiando.

Y lo peor de todo...

Era que tenía miedo de lo que eso significaba.

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La Mirada de Melisa

A la mañana siguiente, Jennifer bajó a la cocina y encontró a Melisa preparando café.

La pelirroja le lanzó una mirada fugaz, pero no dijo nada.

Jennifer se mordió el labio, sintiendo una extraña necesidad de llenar el silencio.

-Buenos días.

Melisa sonrió ligeramente.

-Buenos días, señora Jennifer.

Hubo un breve instante de pausa antes de que Melisa añadiera con una ligera picardía:

-¿Durmió bien?

Jennifer sintió el calor subir a su rostro.

-Sí...

Melisa asintió, como si no le creyera del todo.

Jennifer se cruzó de brazos.

-Sobre lo de ayer...

Melisa alzó una ceja.

-¿A qué se refiere?

Jennifer sintió su pulso acelerarse.

-El... el beso accidental.

Melisa sonrió con diversión.

-Ah, eso.

Jennifer tragó saliva.

-Quiero asegurarme de que no haya malentendidos.

Melisa apoyó las manos en la mesa y se inclinó ligeramente hacia ella.

-¿Y qué malentendidos podrían haber?

Jennifer abrió la boca para responder, pero se quedó sin palabras.

La manera en que Melisa la miraba, con esa calma segura, la desarmaba.

-Nada -susurró al final, sintiéndose repentinamente vulnerable.

Melisa se incorporó con una sonrisa ligera.

-Entonces no hay nada de qué preocuparse, señora Jennifer.

Jennifer asintió lentamente, pero mientras salía de la cocina, supo que se estaba mintiendo a sí misma.

Porque, por primera vez en su vida...

Había algo dentro de ella que anhelaba el malentendido.

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