El aire de la habitación de Alina olía a humedad y desesperanza. La pequeña habitación de paredes mugrientas apenas podían ofrecerle refugio. Ella estaba acurrucada en un rincón, tratando de volverse invisible. La cama, más que un lugar de descanso, era un simple trozo de madera cubierta con sábanas que en algún momento vieron mejor tiempo. La luz del sol nunca alcanzaba a penetrar las rendijas de la ventana, que siempre estaba cerrada para evitar que el frío nocturno la invadiera. Aún así, el aire frío parecía siempre colarse a través de las grietas en las paredes.
-¡No sirves para nada! -gritó Adalberto, su padrastro, en un tono de voz grave y venenoso, que resonaba en las cuatro paredes que la atrapaban.
Antes de que Alina pudiera reaccionar, un bofetón cruzó su rostro. El impacto la hizo tambalear, y la sangre, cálida y espesa, resbaló por su labio partido, tiñendo de rojo su piel pálida. La sensación de dolor no era nueva; estaba acostumbrada a esos golpes, esos gritos, la humillación constante que la despojaba de su dignidad una y otra vez.
Su madre, sentada en un rincón de la pequeña sala de estar, de frente a la puerta de la habitación de Alina, no levantó ni un dedo. Sus ojos, vacíos, estaban fijos en algún punto del suelo, ni siquiera miraban en dirección adonde Adalberto amedrentaba a su hija. La indiferencia de la mujer era una daga más afilada que cualquier palabra cruel que pudiera salir de los labios de su marido. Era como si Alina no existiera, como si ella fuera solo una sombra que ocupaba un espacio innecesario. La indiferencia de la mujer hacia Alina era más cruel que cualquier golpe.
Alina se tragó el dolor y las lágrimas que amenazaban con caer. Sabía que no podía esperar ayuda. Su madre nunca la había defendido, nunca la había protegido de ese monstruo. La chica observó a su madre con una mezcla de rabia y tristeza.
-¿No vas a hacer nada? -le preguntó Alina a su madre en un susurro perfectamente audible, y con la voz quebrada. Pero la mujer seguía callada, en su mundo, un mundo donde incomprensiblemente no había lugar para Alina.
-No hagas ruido, niña. -La respuesta que llegó fue de su padrastro quien le gritó, mientras la miraba con desprecio-. Ella no va a hacer nada porque no eres nadie, no eres importante. ¿Para qué molestarse por un ser como tú? Tú sólo eres una carga, y eso es lo que vas a seguir siendo hasta el final. No tienes ningún futuro. No sirves ni siquiera para asegurar el pago diario que debes darme. Sabes bien que tu mamá y yo lo necesitamos.
El golpe, doloroso y humillante, la había dejado sin fuerzas, pero Alina sabía que si no reaccionaba, la tortura continuaría. Ya sabía el resultado. No podía dejar que ese hombre la hundiera aún más en la miseria. Se levantó, con dificultad, y se limpió la sangre del rostro con la manga de su camisa.
-Te odio -le dijo Alina con una firmeza que ni ella misma sabía que tenía.
Su padrastro se acercó aún más a ella. La mirada de Alina se cruzó con la suya, llena de odio y miedo, pero también de desesperanza. Sabía que nada de lo que hiciera cambiaría la situación.
-¿Qué esperas, eh? -le preguntó él, con desprecio-. ¿Que me arrepienta? No sirves para nada, ¿lo oyes? Nada. Ni siquiera para estar aquí. Eres un estorbo.
Alina no dijo nada. No podía. Las palabras se le atoraban en la garganta. Había aprendido a callar, a no luchar. Si seguía respondiendo, las consecuencias serían peores. En su mundo, su única opción era sufrir en silencio.
El hombre soltó una risa malévola. Era áspera y cruel, como si realmente disfrutara verla sufrir; y era así, solo que ella no terminaba de entender por qué razón se ensañaba con ella, si ni lo miraba.
-¿De verdad crees que me importa lo que tu sientas o pienses maldita niña? -Su risa se desvaneció, y su mirada se tornó fría, sin vida-. Quita esa mirada de puerco, aquí nadie te quiere, nadie. Eres solo un estorbo en un mundo que no tiene lugar para ti. Deberías hacer algo de provecho de ese cuerpo -Estiró la mano para tocarla, Alina lo esquivó. Era la segunda oportunidad en la que buscaba dar ese paso. Alina se ha cuidado de permitirle cambiar de intensidad sus agresiones-, ya que tu cabeza no sirvió para mucho -agregó y ese comentario hizo que el cuerpo de Alina se sacudiera de temor.
Mentalmente se ordenó controlarse, era consciente que no podía demostrarle temor, debía seguir aparentando fortaleza, solo así él no se atrevería a sobrepasar más los límites que ha cruzado al golpearla sin compasión ni justificación alguna.
Como enviado por Dios, el celular del maldito sonó en un mensaje, lo sacó del deshilachado bolsillo de su jean que en otro momento tuvo mejor vida. Era un hombre asqueroso, además de miserable. Leyó algo en la pantalla, y, sin más, dio un paso atrás, se dio la vuelta hacia la puerta y se alejó, dejando a Alina temblando, con los ojos llenos de lágrimas. Le costaba contenerse y no quebrarse, porque el dolor más que físico era del alma, y para esa clase de dolor no había un apósito que aminorara el efecto de la herida que el maltrato había ocasionado.
Esa experiencia era una más de tantas que le ha tocado vivir día a día en la casa que una vez fue su hogar. Desde que ese hombre llegó a sus vidas comenzó a darle muestras de lo que era vivir en el infierno sin haber pecado. No se considera una santa, pero lo que estaba viviendo no se correspondía con la bondad que la caracterizaba, aun en medio de tanta carencia siempre se ha dirigido como cree que lo demandan las leyes naturales de una persona espiritual. Alina pese a llevar una vida miserable vive bajo la ilusión, la esperanza de que tarde o temprano la vida le recompensará por tanto sufrimiento. Lo que acababa de vivir era poco para lo que el desgraciado de su padrastro le ha hecho. Ese día corrió con suerte, segura estaba de que él tenía otro asunto más importante que lo distrajo de su deseo de desbocar en ella su frustración y la ignorancia, donde dejaba ver el ser tan despreciable del que su madre se enamoró.
En su tormentosa vida, la noche siempre era la peor parte del día. Cuando la oscuridad caía sobre la casa, los ruidos parecían más intensos, más insoportables. El sonido de los pasos de su padrastro, pesados y resonantes, anunciaba lo que vendría: el acecho y el afán de quitarle lo poco de valor que tenía. Él no tenía piedad. No solo la golpeaba, sino que disfrutaba de ello.
Normalmente Alina se acurrucaba en su cama, tapándose con las sábanas desgastadas, intentando escapar mentalmente de su realidad. Pero las paredes, las sábanas, su madre ausente... todo le recordaba su miseria. Dentro de esa casa nadie la veía, nadie la escuchaba. Era solo una sombra, un espectro en su propia vida.
Su único medio de escape y donde encontraba felicidad era en su mente, allí, Alina soñaba. Soñaba con un futuro diferente. Se imaginaba a sí misma sobre un escenario, danzando, girando en un ballet mediterráneo, flotando en un mar de música y libertad. Su cuerpo, tan atormentado, se imaginaba ligero, elegante, como las bailarinas que veía en las revistas que encontraba en los mercados de la ciudad. Ella siempre había soñado con ser una de esas artistas, pero sabía que era un sueño lejano, casi inalcanzable.
Su amiga, Laura, siempre la alentaba, le decía que no dejara de intentarlo, que algún día lo lograría, que no importaba lo que su vida fuera ahora. Laura había sido su único consuelo en los peores momentos, el único ser humano que la miraba como si realmente valiera algo. Sin embargo, Alina no podía evitar reprocharse cuán lejos estaba ese sueño de la cruel realidad que vivía.
«Tienes que seguir luchando, Alina», le había dicho Laura días atrás, mientras se sentaban en el parque de su barrio, donde el aire aún olía a tierra mojada. «Yo sé que puedes hacerlo. Tienes algo que nadie más tiene. Tienes una fuerza dentro de ti que ni siquiera sabes que tienes».
Alina había sonreído tristemente, pero algo en su pecho se había encogido. No entendía cómo podía hablar de "fuerza" cuando todo lo que sentía era dolor, cansancio y una constante sensación de que nunca lograría escapar de esa vida de sufrimiento.
Una de esas tantas noches de vivir en el infierno, o cerca de él, cuando las sombras se alargaban y el sonido de los pasos de su padrastro se acercaba a su puerta, Alina cerró los ojos y se sumió en sus pensamientos. Mientras él estaba al otro lado de la puerta, ella imaginaba sus pies danzando en el escenario, imaginaba la música envolviéndola, el público aplaudiendo. Se imaginaba, por un instante, libre. Pero pronto el sonido de la cerradura girando la devolvió a la realidad. El miedo la invadió de nuevo.
-Alina... -susurró una voz tenue desde el pasillo. Era la voz de su madre, pero no era más que un susurro vacío, un eco distante.
Muchas veces Adalberto usó a su madre de señuelo para atraerla y comenzar a disfrutar de su aberrante deseo de verla padecer bajo la fuerza de su puño. Alina en esa ocasión tomó la decisión de ignorar el llamado de su madre.
La puerta se abrió lentamente. La figura de su padrastro se recortó en la penumbra, su sombra era aterradora, alargada y grotesca. Se acercó, y Alina intentó contener la respiración para no hacer ruido. Sabía lo que vendría. La única forma de no salir peor que las veces anteriores era mantenerse quieta, inmóvil, como si no estuviera allí, como si su presencia no fuera relevante.
-Haz lo que te digo -dijo él, con un tono de voz frío y calculador-. Solo así te dejaré en paz.
Pero Alina no tenía paz. No en esa casa. No en su vida.
-A ver -El hombre intentaba llamar su atención dejando escuchar un tono de voz nervioso-. ¿Cuánto trajiste hoy?
Día a día era lo único que le importaba de Alina, bueno, además de maltratarla, buscaba de las mil maneras de sacarle el poco dinero que ella podía hacer limpiando un local de comida rápida, su único empleo. No era mucho lo que le pagaban, pero sí lo suficiente como para comer a diario, y comprar algún artículo personal. El abuso y la desconsideración, eran una constante en la vida de ella. En esa etapa de su triste vida ni siquiera artículos personales podía comprar porque simplemente él se los arrebataba y los desaparecía. No tenía una vida real, y eso comenzaba a mermar su existencia.
Se levantó de la cama lentamente, con el corazón latiendo a mil por hora. Cada movimiento que hacía para incorporarse era doloroso, como un golpe directo a su voluntad. Sabía que nada podía hacer para cambiar lo que estaba por venir.
El miedo, el dolor, la desesperanza... todo eso se acumulaba dentro de ella. Sin embargo, en lo más profundo, había algo más, algo que, a pesar de todo, se negaba a extinguirse: el sueño de escapar, de ser algo más que una víctima. Pero ¿quién podía culparla por dudar de que algún día pudiera hacerlo?
Allí, de pie, frente a su peor torturador, Alina sintió cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos. El ardor era insoportable, pero se obligó a mantener la calma, a retener el llanto. No podía dejar que la viera débil. No frente a él, no en este momento. No podía perder el control, no podía darse el lujo de mostrarle lo que su presencia la hacía sentir. Era su última oportunidad para hacer algo, aunque solo fuera lo que él esperaba de ella.
La rabia se revolvía en su estómago, pero la sensación de impotencia aún era más fuerte. Todo lo que había soportado la había llevado hasta ese momento, hasta ese instante. La decisión que había temido tomar durante tanto tiempo se filtró a través de sus pensamientos, de manera repentina y definitiva. Era escapar. Dejar todo atrás. Abandonar el lugar que había sido su centro de tortura durante años. No importaba lo incierto que fuera el futuro, ya no podía seguir más. Ya no podía seguir allí.
No sabía adónde iría. No tenía un plan, no tenía a dónde huir. Pero en ese momento, la libertad, aunque fuese momentánea, era más importante que cualquier cosa que pudiera perder. Cualquier sacrificio valía la pena.
Se dijo a sí misma que si le entregaba el dinero, si con eso podría ganar tiempo y pasar lisa de recibir sus malos tratos, lo haría. Así no tuviera con qué comprar para el desayuno a la mañana siguiente, prefería privarse de una dosis de comida y hasta de un techo con tal de no seguir soportando su presencia. Prefería el frío de la oscuridad de la calle a la humillación constante de ese hombre.
Con manos temblorosas, pero firmes en su decisión, le entregó el dinero que le pedía. Los billetes crujieron entre sus dedos, como una condena sellada. Si eso era lo que él necesitaba para callarse por una noche, entonces lo pagaría. No le quedaba nada más que su cuerpo y su dignidad.
Él aceptó el dinero sin prisa, como si lo esperara, y comenzó a contarlo lentamente, disfrutando del poder que le otorgaba ese pequeño gesto. Una calma irritante emanaba de él mientras sus dedos recorrían los billetes con un placer palpable, como si cada centavo que tomaba de ella fuera una victoria personal.
-Así me gusta -dijo con una sonrisa venenosa. Su voz estaba cargada de una satisfacción espantosa. La sonrisa, torcida y cruel, se ensanchó aún más cuando se dio cuenta de que Alina no respondía, que permanecía en su silencio, en su sumisión.
El vacío en sus ojos, el aplastante dolor de la resignación que la invadía, le dio al padrastro la certeza de que él había ganado, como siempre. Ella, simplemente, aceptaba su destino. La sonrisa de él se convirtió en una marca indeleble en la memoria de Alina, recordándole que, aunque esa noche había conseguido un pequeño respiro, su lucha apenas iba a comenzar.
Decidió huir esa misma noche cuando los focos de las luces de esa casa estuvieran fríos por el paso de las horas, y su madre y su padrastro estuvieran entregados al sueño como si no le debieran nada a la vida, cuando en realidad eran los responsables de su sufrimiento.
La luz tenue del atardecer se filtraba a través de las enormes ventanas del ático, iluminando las elegantes líneas de un lugar diseñado para impresionar. Alfombras persas cubrían el suelo, muebles de madera oscura se alineaban con impecable simetría, y cuadros de artistas renacentistas adornaban las paredes. La perfección estaba en cada rincón de la estancia, pero lo que más destacaba era la quietud, el silencio absoluto que reinaba en ese espacio. La misma calma que caracterizaba a Viktor Koval.
En la cama, una mujer sollozaba. Su cuerpo temblaba bajo las sábanas de seda, completamente desnuda, mientras sus ojos se llenaban de terror. Sus labios temblaban, pero no emitían sonido alguno. Viktor, de pie junto a la cama, la observaba con fría indiferencia. Su mirada era helada, como si estuviera viendo a una simple pieza en un juego que no tenía reglas. Su rostro, impasible, reflejaba la perfección de un hombre que no daba la menor cabida a la compasión.
-¿Pensaste que significabas algo para mí? -La interrogó Viktor en un susurró que lejos de transmitir paz daba temor, casi con desprecio, mientras limpiaba lentamente la hoja de su cuchillo con un pañuelo blanco. No había prisa. No la necesitaba. La sangre aún caía en un charco rojo, contrastando con el blanco puro de las sábanas. Su rostro no mostraba emoción alguna, era más bien como si estuviera observando el trabajo de un artesano que había completado una obra maestra.
La mujer intentó hablar, sus labios entreabiertos buscaban desesperadamente las palabras, pero Viktor no la dejó continuar. No le importaban las súplicas. No les daba lugar en su mente. Con un movimiento preciso y mortal, levantó la hoja del cuchillo y la hundió en su cuello. En el segundo que tardó en caer, ella ya había dejado de existir. La sangre brotó en una última exhalación, manchando las sábanas de manera casi artística.
Viktor se apartó lentamente de la escena. No había arrepentimiento, solo una sensación de vacío que ya era su compañía constante. La sensación de satisfacción que experimenta en el momento mismo de ejecutar el último acto, es decir, ese momento en el que disfruta con despegar una vida del cuerpo que le toque despachar al otro mundo, desaparece al segundo de hacerlo y se convierte en eso, un vacío inmenso. Nada siente, y a nadie compadece. Como si todo lo que había hecho fuera parte de una rutina establecida, un trabajo que no requería esfuerzo. La muerte era su única forma de encontrar algo de satisfacción.
Después de cumplir con el encargo, Viktor se retiró del ático con la misma tranquilidad con la que había llegado. No había nada extraordinario en lo que acababa de hacer, nada que mereciera una reflexión o una emoción. La muerte era solo una herramienta, un medio para alcanzar el control, y el control era todo lo que le importaba. Había sido eficiente, como siempre, y eso le bastaba.
Caminó con pasos firmes hacia la puerta del ático, dejó atrás la escena macabra que él mismo había creado, sin una pizca de remordimiento, como si todo hubiera sido un simple trámite más en su rutina diaria. Cuando salió al pasillo, la quietud del lugar le resultó aún más reconfortante, pues sabía que en su mundo, el caos solo tenía cabida cuando él lo decidía.
Abrió la puerta principal sin prisa, y ahí, bajo la luz de los faros de su Lamborghini plateado, se sintió aún más invencible. El auto, una extensión de su voluntad, lo esperaba impaciente, listo para llevarlo hacia donde realmente se manejaban los hilos de su poder.
Viktor giró la llave con una calma aterradora y, al instante, el vehículo tomó velocidad, deslizándose por las calles de la ciudad con una precisión implacable. El rugido del motor al arrancar fue como un eco lejano en la ciudad, apenas perceptible en el aire pesado de la noche.
El trayecto hacia las afueras de la ciudad era largo, pero nunca le molestaba. El sol ya se había puesto, y el horizonte estaba sumido en la oscuridad, como si la misma noche tratara de engullir todo a su paso. No le importaba lo que pasaba fuera de su coche. Solo le importaba lo que tenía dentro: el control, la influencia, y el miedo que sus ojos provocaban.
Su forma de manejar daba la impresión de que lo hacía sin rumbo aparente, pero cada curva, cada giro, lo llevaba a su destino final. Los galpones en las afueras no tenían nada que ver con los lujos del ático o con la fachada impecable de su empresa, pero eran tan esenciales como el aire que respiraba. Allí, en esas instalaciones, se manejaban los asuntos menos pulidos, los que no podían salir a la luz, los que requerían de manos firmes y discretas.
Deslizándose por la autopista, el sonido monótono del motor de su Lamborghini acompañaba a Viktor en su trayecto. La ciudad quedaba atrás, con sus luces parpadeantes y su constante bullicio. En su mente, todo estaba ordenado, calculado, como siempre. Sin embargo, al acercarse a la salida, un pensamiento fugaz cruzó su mente y lo hizo apretar el volante con más fuerza: la basura.
El detalle más importante. No podía permitir que quedara ni el más mínimo rastro.
Con una calma imperturbable, extendió su brazo para activar en el tablero de su auto la agenda de contactos vinculada a su móvil, deslizó su dedo por la pantalla hasta encontrar el contacto de su hombre de mayor confianza. La llamada se estableció con rapidez, y al tercer tono, la voz grave de su hombre le llegó al oído, con esa familiaridad que solo se gana a base de años de servicio y lealtad.
-Viktor... -La voz sonaba como siempre, firme y respetuosa, sin titubeos.
-Ya todo está listo para recoger la basura -dijo Viktor sin preámbulos, su tono era directo, sin emociones. La voz de su subordinado no tenía que mostrar nada, era solo la transmisión de una instrucción-. Ya sabes lo que debes hacer. Ni un rastro de una hebra de cabello quiero encontrar. Nada.
El "nada" colgó en el aire como una sentencia. Viktor no toleraba errores, y mucho menos que algo tan insignificante como un cabello pudiera arruinar la perfección de su plan. La obsesión con la limpieza, con la ausencia de cualquier huella, era casi enfermiza. No era la primera vez que alguien se encargaba de eliminar las pruebas de su trabajo, pero esta vez, todo debía ser absolutamente meticuloso. Había usado su casa para llevar a cabo tan elegante encargo.
El hombre al otro lado de la línea no dijo nada más. Sabía que era un aviso, no una conversación. No había lugar para dudas.
-Entendido -respondió él, y antes de que pudiera añadir más, Viktor ya había colgado la llamada con un simple toque en la pantalla.
El eco del click al finalizar la llamada resonó en el vehículo como un último recordatorio de que nada quedaría al azar.
El áurea de silencio volvió a envolverlo mientras continuaba su camino. Su mente regresó a su ático, el lugar donde todo había comenzado. Esa zona exclusiva de la ciudad, rodeada de mármol y cristal, era su refugio. El único espacio donde la frialdad del mundo exterior no podía penetrar. Allí no se permitía el caos. Todo debía estar en orden, todo debía estar en su lugar.
Sabía que al llegar no habría obstáculos. No los permitiría. Nada ni adie podría perturbar su descanso. No esa noche. La misión de su organización había sido cumplida a la perfección, y ahora solo le quedaba un pequeño detalle por resolver. El final de un ciclo. La basura debía ser retirada con la misma precisión con la que él mismo había ejecuttado cada uno de sus movimientos.
Seguro de haber cubierto todos los flancos, se concentró en el camino. La autopista se extendía ante él, vacía y desierta, como el camino que había recorrido a lo largo de los años, construyendo una red de poder sobre la que ahora caminaba solo, sin miedo, sin remordimientos.
Al llegar, Viktor no tuvo que bajar del coche. Él no caminaba por lugares como ese. No lo necesitaba. En lugar de eso, uno de sus hombres se acercó a él, abriendo el portón de hierro con la seguridad de que nada podía salir mal. Los galpones, aunque en apariencia simples, eran la verdadera base de operaciones de su organización. Un lugar donde los hilos del poder se tejían de noche, cuando la ciudad estaba dormida y los rivales no podían ver lo que realmente ocurría en las sombras.
Dentro, el aire estaba cargado de una electricidad pesada, daba la sensación de que algo importante estaba por suceder. Los operativos no se hacían de día, ni con la presencia de autoridades o de miradas curiosas. La oscuridad, la hora de la noche, era el momento ideal. Los galpones se convertían en el epicentro de su dominio, donde se decidían los destinos de aquellos que se cruzaban en su camino.
Los hombres y mujeres que trabajaban allí lo sabían. Todos seguían las reglas de Viktor sin cuestionarlas. Él nunca pedía nada que no pudiera controlar. Y en ese espacio, las puertas se abrían solo cuando él lo decidía, cuando las piezas en el tablero estaban listas para moverse. Las operaciones de su organización tomaban forma y efectividad bajo su dirección.
Viktor entró a la oficina trasera, iluminada apenas por unas luces bajas que nunca dejaban ver todo con claridad, pero eso era lo de menos. Lo único que importaba era la claridad en sus decisiones. En la mesa, papeles y documentos con detalles sobre sus últimos movimientos. Nada más.
-Todo está en orden, Viktor. Nada ha fallado -le dijo uno de sus hombres, usando un tono respetuoso en su voz, pero también un poco temeroso. Sabía que cualquier error en ese lugar podría costar mucho más que una reprimenda.
Viktor solo asintió, sin decir una palabra. Su mirada se desvió hacia el mapa en la pared, donde marcaba el territorio de su influencia. Nada podía detenerlo.
En ese instante, una figura se acercó a la puerta. Era un hombre que traía información, algo que Viktor no esperaba en ese momento, pero que, inevitablemente, había de suceder. Algo siempre tiene que interrumpir la calma en su vida, y hoy era el día.
-¿Qué sucede? -preguntó Viktor, sin mover un solo músculo de su rostro, mientras sus ojos, fríos como el acero, observaban al recién llegado.
-Un imprevisto con la operación en la ciudad. Hay alguien que... -La voz del hombre vaciló, pero Viktor no dejó que terminara. Lo cortó al instante, sabiendo exactamente lo que debía hacer.
-Soluciónalo. Y asegúrate de que no quede rastro. -Su tono de voz no admitía discusiones. Era una orden, no una sugerencia.
El hombre asintió rápidamente, sin atreverse a añadir más, y salió con la misma rapidez con la que había llegado.
Viktor permaneció allí, en la penumbra, la quietud lo rodeaba como una segunda piel. Nada lo afectaba. Nada lo tocaba.
-La perfección, Viktor -se dijo a sí mismo, como si fuera un mantra. No importaba lo que los demás pensaran. No importaba lo que el mundo viera o supiera de él. Era del pensar que la perfección no necesitaba reconocimiento.
Él sabía que nadie podía pararlo. No ahora. No después de todo lo que había hecho. Viktor Koval era invencible.
Bien avanzada la noche uno de sus hombres le informó que un traidor de su organización lo esperaba en las frías bodegas que había en su galpón. El hombre llegó nervioso porque estaba seguro que las balas no bastarían para calmar la furia que Viktor sentiría al descubrir la traición. No tenía paciencia con los desleales. Y así fue, todos los que estaban presenciando la escena se compadecieron del traidor. Pensaban que porque mejor no se suicidó antes de permitirse llegar a esa posición, porque era mejor morir en manos propias que a manos de Viktor.
En una orden pausada, sin mostrar ningún rastro de alteración lo obligó a arrodillarse. La respiración del hombre estaba entrecortada, el miedo inundaba sus ojos. Viktor, con la calma habitual, le arrancó la lengua con una herramienta quirúrgica. El grito del traidor fue solo un susurro en la oscuridad. Viktor observó con precisión cada detalle de la tortura, disfrutando del sufrimiento ajeno. Cuando el hombre ya no podía más que arrastrarse en su propia sangre, Viktor lo dejó morir lentamente.
Después, se retiró a su oficina. El silencio seguía siendo su refugio. Allí, después de lavarse las manos como quien acababa de degustar un plato suculento en el mejor de los restaurantes, se miró al espejo, admirando el reflejo de un hombre intachable, exitoso, imponente. Nadie sospechaba que debajo de esa fachada de empresario de lujo, Viktor Koval era un verdugo, un asesino en serie que encontraba placer en despojar de la vida a aquellos que lo defraudaban, a aquellos que no cumplían con su regla no escrita: la traición se paga con sangre, y a aquellos que le llegaban por encargo; porque ese era el rubro más importante en su organización, despojar de la vida a quienes cuyos pedidos les llegaban por cualquiera de los medios que su organización tenía como medio de contacto. Todo estaba coherente y legalmente estructurado. Su organización hasta registro comercial tenía, operaba bajo la fachada de una ensambladora de transporte pesado y una naviera, actividades grandes que dejaban grandes ingresos, así como era quitarle la vida a cualquier desgraciado que haya caído en la lista de personas obstáculo. Tal como la rubia que dejó tendida en su cama. Una mujer valiosa por lo útil que fue en ella antes de que él cumpliera con su encargo como por lo perfectamente decorativa que se veía tendida en ella en un cuadro hermosamente dramático.
Su teléfono sonó interrumpiendo sus recuerdos. Una llamada rutinaria. Contestó sin siquiera mirar la pantalla.
-El objetivo está listo. ¿Qué desea hacer, señor Koval? -La voz al otro lado era neutra, respetuosa, como si hablara con cualquier otra persona.
Viktor contestó sin dudar:
-Terminenlo. -La fría decisión cortó la conversación. No había necesidad de más explicaciones. No necesitaba justificar sus actos, y mucho menos ante esa persona. Era un hombre que no sentía, que no padecía. Los sentimientos, para él, no existían.
El amor era solo una palabra vacía. Un concepto creado para los débiles. Viktor Koval no era débil.
La noche había caído pesada, como una manta de oscuridad que envolvía la ciudad. Alina corría, o más bien, caminaba sin rumbo fijo, mientras el viento frío le golpeaba la cara, haciendo que sus rubios cabellos volaran desordenados detrás de ella. Aquel era el primer paso hacia su libertad, pensó, sin miramientos. La huida.
Miró su reloj de mano que estaba cubierto por el algodón del suéter que llevaba puesto para cubrirse del frío, comprobó que había transcurrido hora desde que abandonó el lugar que había considerado su hogar. Ni cuenta se dieron cuando ella no solo se dio el tiempo de recoger hasta la última prenda, hasta el último artículo personal que tenía de los pocos que Adalberto le había dejado, entre ellos el reloj que llevaba puesto, el último recuerdo que le dejó su hermano Efren antes de irse de casa por el mismo motivo que ella lo hizo minutos atrás, ella si aguantó, él no.
Lleva tres años sin saber de él, no sabe donde encontrarlo, ni siquiera un número donde llamarlo para que la rescatara. Ella creyó ser más fuerte que él, pensaba que Adalberto no podría más que ella que era la hija de Anisa, su madre; pero no, esa noche terminó de comprobar cuán ciega estaba su madre ante ese monstruo.
Con un bolso en su espalda, otro en el hombro derecho y una bolsa que contenia una carpeta con todos sus documentos personales abrazada a su pecho, caminaba sin rumbo fij hacia lo incierto.
El miedo propio de la noche la hacía sentir abrumada, pero aun así estaba decidida a correr con su suerte si de ello dependían no recibir una humillación más en la vida.
La casa de su madre se quedaba atrás, como una prisión de cuatro paredes que se cerraban más y más a cada paso que pasaba. Había dejado todo atrás: la humillación, los golpes, los gritos de su padrastro. Aunque su cuerpo temblaba, no era del frío. Era el miedo, el terror a lo desconocido, a lo que vendría, pero el deseo de escapar era más fuerte que el pánico que se apoderaba de ella.
Alina no tenía idea de adónde iría. No sabía qué hacer, ni siquiera a quién dirigirse a esa hora de la noche. Lo único que le importaba era estar lejos de aquel lugar, de aquella vida que la despojaba de su humanidad. El sonido de sus pasos resonaba solitario en las calles vacías, y la ciudad parecía ajena a su dolor. Sus ojos azules, grandes y tristes, miraban al frente, pero no había nada que ofreciera consuelo. Solo la oscuridad.
Finalmente, sus piernas la llevaron a una plaza. La estatua de algún héroe olvidado se erguía en el centro, sus sombras lucían alargadas por la luz de las farolas. Encontró un banco vacío la invitaba a descansar, aunque sabía que era peligroso y no podría dormir. La idea de descansar en un lugar así nunca había sido parte de su vida. Pero esa noche, el agotamiento era insoportable.
Se dejó caer en el banco, sin pensar, sin soltar sus pertenencias, apretando más el abrazo a su carpeta, allí sentada de frente a la estatua sus ojos cerrando por un momento. El frío le mordía la piel, pero ya nada le importaba. Se abrazó mucho más a sí misma, temblando, dejando que la quietud de la plaza la invadiera. No le quedaban fuerzas. Solo necesitaba un poco de paz.
El amanecer la despertó. El sol apenas se alzaba en el horizonte, tiñendo el cielo de un tono anaranjado pálido. Alina abrió los ojos lentamente, como si despertara de un sueño del que no quería salir. Su cuerpo estaba rígido por el frío, pero su mente era un caos. Miró alrededor para confirmar que estaba en el mismo lugar donde se había detenido la noche anterior, le dolía la cabeza, su mente era un remolino de pensamientos que terminaban en la interrogante: ¿Qué haría ahora?
Se levantó del banco, y miró nuevamente a su alrededor como si observara el mundo por primera vez, como si fuera un desconocido para ella, como si nunca hubiera pertenecido a él. Se sintió triste y tomó la decisión de dirigirse a su trabajo, aunque era temprano, ese era el único que tenía por ese momento, era el único lugar donde aún encontraba algo de normalidad, aunque la rutina le pesara como una cadena.
Cuando llegó al establecimiento donde trabajaba, le dio la impresión de que el aire estaba cargado de una tensión inexplicable, luego entendió que era ella la que se sentía tensa, predispuesta del destino que tenía al frente. Recibió los saludos acostumbrados al entrar. Todo parecía seguir su curso normal, pero Alina sentía que todo a su alrededor se desmoronaba. Las mesas, las sillas, las tazas que se chocaban, todo era un ruido blanco en su mente. El día se extendió como una tortura. El sonido de la máquina de café y las conversaciones de los clientes parecían martillar su cerebro.
«¿Qué había hecho? ¿A dónde iba?», se preguntaba mentalmente una y otra vez.
Una parte de ella deseaba poder volver, regresar a su casa, donde todo era conocido, aunque doloroso. Pero en su interior sabía que ya no había vuelta atrás. Ya había cruzado una línea.
-Alina, ¿estás bien? -la voz de Laura la sacó de sus pensamientos.
Laura, su amiga de muchos años atrás, la observaba desde la mesa cercana, en sus ojos se notaba la preocupación por Alina. Laura tenía el cabello oscuro, recogido en una coleta desordenada, y su rostro reflejaba la misma incertidumbre que Alina sentía. Aunque Laura nunca lo admitiera, ambas compartían una relación de camaradería silenciosa, un entendimiento profundo que iba más allá de las palabras.
Llegó temprano a buscar a Alina, no se contuvo, cuando ella la llamó en la mañana, por el tono de su voz supo que algo le sucedía. Aunque Alina no era la chica que derrochaba más felicidad que el resto del mundo, su voz jamás estuvo tan apagada como la percibió.
Alina, después de ir a pedir un permiso de diez minutos, se acercó lentamente a la mesa donde Alina terminaba un batido de frutas y le tenía reservado uno para ella. con la mirada
«¿Qué le podía decir? La mentira ya no me serviría, pero tampoco quiero cargarla con mi dolor», se dijo mientras avanzaba hacia Laura.
Se había prometido no enterar al mundo de sus pesares. Siempre escuchó de personas sabias que no era bueno que el mundo se enterara de tus debilidades, pues las usarían en tu contra en el momento que menos lo esperes, y en ese instante que estaba pasando por su peor derrota, lo sostenía, pero ¿Cómo engañar a Laura?
Tomó asiento al frente de ella.
-He hecho algo... algo estúpido. -Su voz tembló, apenas se escuchó en un susurro. Laura levantó una ceja, esperando la continuación-. He decidido irme. Escapar de mi casa. No aguanto más, Laura. Ya no puedo seguir allí. -Alina sintió cómo las lágrimas amenazaban con salir, pero las contuvo. No quería que su amiga la viera así. Se sentía mal por ella.
Laura no dijo nada al principio. Simplemente la miró, estudiando su rostro, comprendiendo en silencio la magnitud de lo que acababa de decirle. Para Laura no era raro que sucediera, demasiado había soportado Alina.
-¿Y qué vas a hacer ahora? -le preguntó Laura, en un tono de voz suave, pero firme.
Alina miró al vacío por un momento, como si buscara alguna respuesta en el aire.
«¿Qué haría? ¿Qué podía hacer sin dinero, sin apoyo, sin nada?» se preguntó en la mente antes de responderle. La verdad era que se sentía perdida. Pero también sabía que no podía volver atrás.
-No lo sé. No tengo a dónde ir. -Al fin dejó escapar una lágrima-. Solo sé que ya no quiero estar allí. Ese desgraciado se atrevió a insinuar que vendiera mi cuerpo para aumentar la mesada que me quitaba día a día -le dijo con amargura en el tono de su voz.
Laura la observó con una mirada intensa, como si estuviera viviendo el mismo sentimiento de rechazo que su amiga. Luego desvió la mirada fijando su atención en un punto muerto cualquiera al final de la calle que tenían al frente, como si evaluara sus opciones. No pasó mucho tiempo antes de que tomara una decisión.
-Dame un momento -le dijo a Alina y se incorporó de la silla para alejarse con su móvil a hacer una llamada. Alina como estaba tan perdida en su sufrimiento no le dio importancia.
A los pocos minutos Laura regresó. Tomó el vaso con protección onde estaba contenido su batido y se lo entregó a Alina, luego tomó el de ella.
-Vas a quedarte en un hospedaje que conozco, no es de lujo, pero sí mucho mejor que la casa donde vivías, allí tendrás un cuarto con una cama donde descansar, un baño compartido, y lo más importante... tendrás paz. Eso mientras decides qué hacer -le dijo Laura con una autoridad que en cierta forma le daba tranquilidad a Alina, agradecía tenerla siquiera a ella-. Vamos a comprar algo para que comas y luego irás a descansar, lo necesitas, mira esas ojeras. Pareces una señora de cuarenta años y no una chica en la flor de la juventud.
-No tengo con qué pagar nada de eso -le dijo laina nerviosa-. Siquiera tendré mi pago del día -le dijo preocupada si bien tendría su paga del día, no era mucho, le daba apenas para comprar unos pocos alimentos.
-No te preocupes. Es barato, lo suficiente como para que puedas quedarte allí mientras encuentras algo mejor. Yo pagaré este mes por ti, no le des importancia -le dijo en un tono de voz cariñoso-. No creas que me iba a ir y dejarte a la intemperie. Moriría si permito que pases una noche más en esa plaza.
Alina la miró con incredulidad. ¿De verdad iba a ayudarla?
-No me mires así, sabes cómo soy, ya diste el paso y necesitas apoyo, sola no estás, este mundo suele ser una porquería pero siempre habrá quienes saquemos los pies del mierdero en el que nadamos para ayudar a otros, así nos hundamos más. Así que vamos a seguir remando hacia adelante.
El día continuó, lento y doloroso. Alina trataba de no pensar en todo lo que había dejado atrás. El establecimiento cerró tarde esa noche, y cuando finalmente salió del trabajo, Laura la esperaba con una sonrisa amable, como si todo fuera posible, como si el futuro estuviera a su alcance.
Clara, cuando iban caminando, sonrió con complicidad.
-Mañana al salir de aquí, pide permiso para salir antes -Alina la miró extrañada-. Vamos a la escuela. A la Escuela de Ballet Clásico. Te acompañaré a ver eso de las inscripciones.
Alina se quedó en silencio, sin palabras. El sueño que había tenido desde pequeña, el deseo de bailar en las grandes salas de ballet, de ser una bailarina famosa, parecía tan lejano, tan irreal... pero ahora, con Laura a su lado, algo dentro de ella comenzaba a despertar. ¿Sería posible? ¿Podría realmente tener un futuro fuera de esa vida de miseria?
- ¿Crees que puedo hacerlo? -preguntó Alina, con voz temblorosa.
Clara la miró fijamente, sus ojos oscuros brillando con una determinación feroz.
- Si lo quieres de verdad, lo harás. Yo te ayudaré. No estás sola en esto.
Alina sintió una mezcla de gratitud y miedo. Pero también una chispa de esperanza encendió su corazón. Sabía que el camino no sería fácil.
Y así, mientras caminaban juntas hacia la estación de metro, el sueño de Alina, el más profundo de sus deseos, comenzó a tomar forma. El ballet. Su esperanza no estaba perdida.