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De Empleada A Dueña

De Empleada A Dueña

Autor: : Wo Ruo Zhi He
Género: Moderno
El aire acondicionado de la oficina siempre estaba demasiado frío, recordándome la congelación de mis propias ambiciones. Pero nada comparado con el escalofrío que me provocaba Valeria, la nueva novia del hijo del dueño, quien de pronto invadía mi espacio con su perfume y su arrogancia, exigiendo informes que eran míos y que Ricardo, el padre de David, quería "para la junta de las diez". La humillación pública se volvió insoportable cuando Valeria, con una dulzura fingida, derramó café ardiente sobre mi laptop – un "accidente" que destruyó horas de mi trabajo y mi informe tan esperado. ¿Cómo era posible que todo lo que había construido, cada sacrificio, cada noche en vela, se desvaneciera por la traición de David, mi prometido, y la descarada ambición de Valeria, usando el dinero de la herencia de mi abuela invertido en su empresa para pisotearme? Y entonces, en el apogeo de mi desesperación, recordé la cláusula secreta del fideicomiso de mi abuela y saqué mi disco duro externo, llamando a mi asesor financiero: el juego acaba de empezar, y era mi turno de cobrar.

Introducción

El aire acondicionado de la oficina siempre estaba demasiado frío, recordándome la congelación de mis propias ambiciones.

Pero nada comparado con el escalofrío que me provocaba Valeria, la nueva novia del hijo del dueño, quien de pronto invadía mi espacio con su perfume y su arrogancia, exigiendo informes que eran míos y que Ricardo, el padre de David, quería "para la junta de las diez".

La humillación pública se volvió insoportable cuando Valeria, con una dulzura fingida, derramó café ardiente sobre mi laptop – un "accidente" que destruyó horas de mi trabajo y mi informe tan esperado.

¿Cómo era posible que todo lo que había construido, cada sacrificio, cada noche en vela, se desvaneciera por la traición de David, mi prometido, y la descarada ambición de Valeria, usando el dinero de la herencia de mi abuela invertido en su empresa para pisotearme?

Y entonces, en el apogeo de mi desesperación, recordé la cláusula secreta del fideicomiso de mi abuela y saqué mi disco duro externo, llamando a mi asesor financiero: el juego acaba de empezar, y era mi turno de cobrar.

Capítulo 1

El aire acondicionado de la oficina siempre estaba demasiado frío, era como si quisiera congelar las ideas antes de que pudieran nacer. Odiaba esa sensación en mi piel, pero me había acostumbrado, así como me había acostumbrado al zumbido constante de los teclados y al olor a café quemado.

Pero no podía acostumbrarme a la presencia de Valeria.

Ella caminaba por la oficina como si fuera la dueña, con sus tacones caros haciendo un ruido agudo y autoritario sobre el piso laminado. Todos la miraban, algunos con admiración, otros con miedo. Yo solo sentía un nudo en el estómago.

Valeria se detuvo junto a mi escritorio, su perfume invadió mi espacio personal.

"Sofía, querida."

Su voz era dulce, pero falsa.

"¿Ya terminaste el informe para el cliente de Monterrey? Ricardo lo quiere para la junta de las diez."

Asentí sin levantar la vista de mi pantalla, sabía que si la miraba, vería esa sonrisa de suficiencia que tanto detestaba.

"Casi está listo."

"Casi no es suficiente, linda. Necesitamos ser eficientes."

Dejó caer una carpeta sobre mi teclado, haciendo que escribiera una línea de caracteres sin sentido en mi documento. Fue un gesto pequeño, casi imperceptible para los demás, pero yo sabía que era intencional. Era su manera de marcar territorio, de recordarme que ella estaba por encima.

Me quedé quieta por un segundo, respirando hondo. Mi mente voló hacia atrás, a todos los fines de semana que había sacrificado por esta empresa, a las noches en vela preparando presentaciones que luego otros se atribuían. Recordé a David, pidiéndome que invirtiera mis ahorros, el dinero de la herencia de mi abuela, en "nuestro futuro", en esta compañía que su padre, Ricardo, dirigía.

Recordé su mano sobre la mía mientras firmaba los papeles, su sonrisa encantadora.

"Es solo una formalidad, mi amor. Para que todo sea de los dos."

Una formalidad que me había dejado atada a este lugar, a esta gente. Una traición que ardía lentamente, un fuego que había aprendido a ocultar bajo una capa de profesionalismo.

Volví al presente. Borré los caracteres sin sentido y abrí la carpeta que Valeria había dejado. Era una invitación a un evento de la industria. Su nombre estaba impreso en letras doradas como ponente principal. El tema era una estrategia de mercado que yo había desarrollado durante meses.

Me levanté. Mis manos temblaban ligeramente, pero mi voz salió firme.

"Valeria, esta es mi propuesta. La que presenté la semana pasada en la junta directiva."

Ella me miró, fingiendo sorpresa.

"¿En serio? Qué coincidencia. Supongo que las grandes mentes piensan igual."

Varios de mis compañeros se rieron en voz baja. Nadie dijo nada. Nadie me defendió. Eran leales a quien tenía el poder, y en ese momento, el poder era ella, la nueva novia del hijo del dueño.

"No es una coincidencia," insistí, "es mi trabajo."

"Sofía, no hagas una escena," dijo Valeria, bajando la voz, pero con una amenaza clara en sus ojos, "sabes que no te conviene."

Me sentí completamente sola, una isla en medio de un mar de cobardía. La frustración y la rabia me ahogaban.

En ese momento, Valeria, al darse la vuelta, movió su brazo "accidentalmente". Su taza de café capuchino, lleno hasta el borde, voló por los aires y aterrizó directamente sobre mi laptop.

El líquido caliente se esparció por el teclado, un sonido siseante llenó el silencio repentino de la oficina. La pantalla parpadeó y se apagó.

El informe, mis notas, horas de trabajo, todo se había ido.

"¡Ay, qué torpe soy!" exclamó Valeria, con una mano en la boca, pero sus ojos brillaban de satisfacción. "Lo siento tanto, Sofía. De verdad."

La humillación era pública. Todos me miraban, esperando mi reacción. Esperaban que gritara, que llorara, que me desmoronara.

Pero no lo hice.

Respiré hondo una vez más. Miré el desastre en mi escritorio, luego la miré a ella. Saqué un pañuelo de mi bolso y, con una calma que no sentía, limpié una salpicadura de café de mi mano.

"No te preocupes, Valeria," dije con una voz tan tranquila que incluso yo me sorprendí.

Metí la mano en mi cajón y saqué un disco duro externo.

"Siempre tengo un respaldo."

Conecté el disco a la computadora de mi compañero de al lado, quien me miraba con asombro.

"Deberías aprender a tener un plan B. A veces, los accidentes pasan."

Le di una sonrisa helada y me senté. La cara de Valeria se contrajo por un instante, la sorpresa rompiendo su máscara de falsa inocencia. Yo volví a mi trabajo, ignorándola por completo.

Mientras el informe se abría en la otra pantalla, disimuladamente saqué mi celular debajo del escritorio. No era a mi abogado a quien llamaba, no todavía. Era a mi asesor financiero.

"Hola, Miguel. Soy Sofía. Sí, estoy lista. Procede con el plan. Ejecuta la cláusula 17B del fideicomiso, la transferencia total de activos. Ahora."

Colgué antes de que pudiera responder. No había vuelta atrás.

Hacía dos años, cuando David me convenció de invertir, mi abogado, un viejo amigo de mi padre, insistió en añadir esa cláusula. David se rió de ella. Dijo que era una tontería paranoica. La cláusula estipulaba que si la gestión de la empresa demostraba un comportamiento perjudicial para mis intereses o si mi posición en la compañía era comprometida injustamente, yo tenía el derecho de retirar mi inversión total más los intereses generados, o, alternativamente, convertir esa deuda en acciones mayoritarias.

David y su padre, Ricardo, habían provocado la condición. Y ahora, yo estaba cobrando la deuda.

Mi celular vibró de nuevo. Era David. Lo ignoré. Volvió a llamar.

Contesté.

"¿Qué quieres, David?"

"Sofía, ¿por qué no contestabas? Oye, esta noche voy a salir con unos amigos. ¿Podrías pasar por la tintorería a recoger mi traje? Y compra un poco de vino, del caro, que no queda."

Su voz era despreocupada, arrogante. No tenía ni la más remota idea de la bomba que acababa de activar. No sabía que estaba hablando con la mujer que, en ese preciso instante, se estaba convirtiendo en la dueña de su futuro.

"Claro, David," dije, "lo que tú digas."

Colgué.

Un minuto después, un correo electrónico apareció en la pantalla. Asunto: Transferencia Confirmada.

Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios. Era una victoria silenciosa, una que nadie en esa oficina podía ver. Pero para mí, lo era todo. La guerra apenas comenzaba, pero la primera batalla era mía.

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Capítulo 2

Esa misma tarde, conduje hasta el departamento que una vez llamé "hogar". El cielo gris de la Ciudad de México amenazaba con otra tormenta, un reflejo perfecto de mi estado de ánimo. No iba allí a pelear, ni a buscar explicaciones. Iba a cortar el último lazo, a recoger lo poco que quedaba de mi vida anterior y a cerrar esa puerta para siempre.

Abrí con mi llave, y el aire viciado me golpeó en la cara. Olía a encierro, a cerveza rancia y a un perfume de mujer que no era el mío. El lugar era un caos. Ropa tirada en el suelo, cajas de pizza vacías sobre la mesa de centro, ceniceros desbordados. Era la prueba física del abandono, no solo de un espacio, sino de todo lo que habíamos construido.

Sentí una punzada de tristeza, pero la aparté. No había tiempo para eso. Empecé a caminar hacia la que había sido nuestra habitación, y mi pie tropezó con algo. Agaché la vista. Era el álbum de fotos que le había regalado en nuestro tercer aniversario, el que tenía la cubierta de cuero grabada con nuestras iniciales. Estaba tirado junto al bote de la basura, con una mancha oscura de café o refresco en una esquina.

Lo recogí. Las páginas estaban dobladas, algunas fotos arrancadas. La foto de nuestro primer viaje a la playa en Oaxaca, la que él decía que era su favorita, ya no estaba. El mensaje era claro y brutal, mi pasado, nuestros recuerdos, habían sido descartados como basura.

Dejé el álbum donde estaba y seguí caminando. La puerta de la habitación estaba entreabierta. Me asomé y mi corazón se detuvo.

Sobre la cama que yo había elegido, sobre las sábanas que yo había comprado, había una bata de seda roja. No era mía. En la mesita de noche, junto a un vaso de agua a medio beber, había un frasco de perfume caro y un labial rojo intenso. Eran las marcas de Valeria. La evidencia visual era tan directa que me dejó sin aire. Ella no solo estaba en mi oficina, en mi puesto. Estaba en mi cama, en mi vida.

De repente, todo cobró sentido. Pequeños detalles del pasado se unieron como piezas de un rompecabezas macabro. Las llamadas que David no contestaba por la noche, diciendo que estaba en "juntas tardías". Las veces que Valeria mencionaba un restaurante o una película que "casualmente" David y yo acabábamos de ver. No eran coincidencias. Eran mentiras deliberadas, un juego cruel del que yo había sido la única participante inconsciente.

Entré al clóset. Mi ropa ya no estaba. En su lugar, colgaban los vestidos caros y los trajes de diseñador de Valeria. Mis cosas estaban apiladas en cajas de cartón en un rincón, sin cuidado, como si fueran los trastos de un inquilino anterior que se había olvidado de recogerlos. Me habían borrado. Habían eliminado sistemáticamente cada rastro de mi existencia en ese lugar.

Saqué mi teléfono y marqué el número de David. Necesitaba escucharlo de su boca.

Contestó al segundo tono, su voz sonaba irritada.

"¿Ahora qué, Sofía? Estoy ocupado."

"Estoy en el departamento," dije, con la voz temblando a pesar de mis esfuerzos por controlarla.

"Ah, qué bien. Ya era hora de que sacaras tus porquerías. Valeria necesita el espacio para sus cosas."

La crudeza de sus palabras, la falta total de vergüenza, me heló la sangre. No había remordimiento, no había culpa. Solo un egoísmo puro y duro.

"Entiendo," fue todo lo que pude decir.

Colgué. Miré a mi alrededor, al desastre, a la ropa de otra mujer en mi clóset, a los restos de mi vida en cajas. Y en lugar de sentirme rota, sentí una claridad helada. Una determinación de acero.

Ya no quería nada de este lugar. Ni un solo recuerdo.

Tomé una decisión irreversible. El departamento estaba a mi nombre. Fue otra de las "formalidades" en las que David no se fijó, pensando que mi amor era una garantía suficiente.

Busqué en internet y encontré una compañía que compraba propiedades rápido, por un precio menor al del mercado, pero en efectivo y en menos de veinticuatro horas. Hice la llamada. Media hora después, un agente estaba en la puerta. Le mostré los papeles. Hicimos el trato.

Mientras firmaba el último documento, mi teléfono sonó de nuevo. Era David.

"¡Sofía! ¿Dónde diablos estás? ¡Hay un tipo aquí diciendo que compró el departamento! ¡Están intentando entrar!"

Su voz era un grito de pánico y furia.

"No están intentando, David. Ya entraron. Es su propiedad ahora."

"¿Qué hiciste? ¡Mis cosas están ahí! ¡La tele, los muebles, mi ropa!"

"Supongo que deberías haber pensado en eso antes de tirar mis recuerdos a la basura," dije, y colgué.

Apagué el teléfono.

Más tarde, sentada en la cafetería de un hotel, recibí la notificación de la transferencia bancaria. Una suma considerable. Mucho más de lo que había perdido en esa relación.

Mientras tomaba mi café, escuché a una mujer en la mesa de al lado hablando por teléfono. Su voz era chillona y presumida. Era Valeria.

"Sí, claro que es nuevo. Es un convertible, divino. David es tan espléndido, me consiente en todo. Dice que me merezco lo mejor."

Sonreí para mis adentros. Sabía perfectamente de qué auto hablaba. Era el que David planeaba comprar con el bono anual de la empresa. Un bono que provenía de una cuenta que, desde esa mañana, ya no existía.

Valeria pensaba que había ganado. David pensaba que yo era la víctima. Ambos estaban a punto de descubrir cuán equivocados estaban. Me terminé mi café, el sabor amargo me resultaba extrañamente satisfactorio. La tormenta afuera había cesado, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que el sol estaba a punto de salir para mí.

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