POV. Ciara Emilia Doyle Bustamante.
Año 2005.
Después de diez años inmersa en el mundo del modelaje y el ajetreo del espectáculo.
De ser una figura pública...
De lucir impecable desde el amanecer hasta el anochecer...
De vivir bajo el escrutinio de una cámara, madrugando más de lo que muchos imaginarían...
Sacrificando cada antojo por mantener mi figura siempre estilizada...
Por fin pude decirle adiós a ese mundo, del que solo guardo bellos momentos mezclados con un profundo agradecimiento...
Pero también el sabor amargo de la soledad , aquella que se esconde entre luces brillantes y flashes de cámaras.
Son las 10:00 de la mañana. Sigo en la cama, envuelta en mis sábanas de seda, con la mente navegando entre pensamientos y posibilidades.
Es momento de dar vida a mi siguiente sueño: lanzar mi propia línea de maquillaje natural.
Es un proyecto en el que trabajo junto a mi hermano menor, un químico talentoso especializado en cosmética.
Él es el único con el que tengo contacto ya que fui desterrada de mi familia por desafiar las reglas de mi padre... por no seguir el camino que tenía trazado para mí.
Por sumergirme en el mundo del modelaje.
Años de silencio nos separaron, hasta que, por un giro inesperado del destino, me reencontré con Darius en una pasarela. La relación con el resto de mi familia sigue siendo inexistente.
Realmente no quiero tener alguna. No quiero volver a ser presa del tirano.
En ese reencuentro fue donde nació la idea, un plan que hemos trabajado y estructurado durante los últimos años.
Papá aún no lo sabe. Mis otros dos hermanos tampoco. Para ellos, sigo siendo la oveja negra, la deshonra que empañó el honor familiar del gran magnate de las industrias químico-farmacéuticas de Irlanda.
La perra que desafío sus reglas... Que se reveló... La hija que enterró... y desconoce ante el resto del mundo.
Mi hermano mayor, Macías, con su desprecio y su arrogancia, me llama prepago. Por no decir puta.
Para ellos, el hecho de escapar de sus garras y no casarme con el hombre que eligieron, o más bien con el pervertido al cual me vendieron, y dedicarme a desfilar en una pasarela, es sinónimo de promiscuidad, sexo y drogas.
La verdad es que, a lo largo de mi carrera, solo salí unas cuantas veces con ciertos hombres. Pero nunca pasó nada. Como si tuviera una enfermedad contagiosa, terminaban alejándose de mí sin decir nada.
Después de esos desplantes, me enfoqué de lleno en mi carrera. En tocar la cima y ser la numero uno. No había tiempo para estúpidos celosos o melosos.
La única vez que tuve intimidad... fue cuando vendí mi virginidad.
No me arrepiento.
Lo que soy hoy, lo que construí con mis propias manos, se lo debo a esa transacción.
Porque, por más crudo que suene, eso fue: un intercambio.
Mi primera vez a cambio del dinero que necesitaba para cumplir con los estándares del modelaje y adquirir mi libertad.
Solo unos retoques fueron suficientes para encajar.
Una nariz más estilizada.
Un par de costillas menos para afinar mi cintura, hacer que mis curvas se vieran más pronunciadas.
Chantal, mi exrepresentante y madre de Pamela, mi mejor y única amiga, fue quien me ayudó con ello.
Ella se encargó de subastar mi virginidad en línea.
Eso es algo más común de lo que muchos piensan.
Yo tenía un sueño y un producto que ofrecer.
Solo pedí que fuera alguien joven y guapo. No quería quedar traumada para el resto de mi vida.
Aunque, pensándolo bien, creo que sí quedé.
Flashback
Año 1995.
Ingreso al edificio de la academia de modelaje de Chantal, con el corazón golpeando con fuerza en mi interior. Ella me pidió que viniera lo antes posible; ya tiene al comprador para mi virginidad.
No me dio más detalles por teléfono, y eso es lo que me consume.
"¿Quién será él?" Los nervios empiezan a instalarse en mi cuerpo, y mis manos tiemblan de manera casi imperceptible, como si intentaran esconder el pánico bajo la piel. Pero es inútil. Parezco una gelatina a punto de derretirse.
-Buenas tardes, Chantal me está esperando -digo a la secretaria, intentando que mi voz suene firme, aunque siento que me ahogo en mis propias palabras.
-Por favor, sigue -me responde, señalando la puerta. Sus palabras son directas, casi frías, como si no se tratara de algo tan trascendental-. Te están esperando.
Toco la puerta, el sonido del golpe me retumba en los oídos.
-Adelante -escucho la voz emotiva de mi amiga.
Cruzo el umbral, mis pasos más pesados de lo que deberían, mi sonrisa forzada a tal punto que me duele la mandíbula. Aprieto el bolso entre mis dedos, como si pudiera infundirme el valor que amenaza con escaparse.
Chantal está sentada detrás de su escritorio. Al escuchar mis pasos, levanta la vista de los documentos y me regala una sonrisa amable, casi demasiado perfecta.
Pamela está de pie junto a ella, observándome con una mezcla de cariño y admiración, como si fuera su ídolo, aunque yo sé que no es así.
-¡Amiga, qué emoción! -exclama, lanzándose hacia mí en un abrazo efusivo. Su voz está llena de entusiasmo, y el sonido de su risa me sacude-. ¡Un millón de dólares! ¡Es la transacción más alta que se ha hecho!
Se aparta ligeramente, sus ojos brillan de asombro mientras me observa, como si estuviera viendo algo fuera de este mundo, una fascinación teñida de envidia.
-Si hubiera sabido que esa telita valía tanto, no se la habría dado al primer pendejo que me calentó el oído.
Una risa nerviosa escapa de mi boca, casi incontrolable, mientras mis ojos se abren con incredulidad.
-¿Eso es cierto? -pregunto, dejando caer mi cuerpo en la silla, como si me pesara el mundo entero.
Chantal, con la calma que la caracteriza, asiente y no pierde su pose de tranquilidad.
-Sí, querida. Eres muy afortunada. Las fotos de tu cuerpo fueron... muy llamativas.
Mis ojos se elevan, y la inquietud me invade. Habíamos acordado que mi rostro no aparecería en ninguna imagen, pero ahora, con esas palabras, el miedo me atrapa.
"¿En qué punto se me escaparon detalles?"
-No te preocupes, tu rostro no se ve. Solo el comprador podrá verte, pero no tiene permitido tomar fotos. Esto quedará entre ustedes. Algo íntimo y privado.
Un suspiro escapa de mis labios, aliviada por sus palabras, aunque no logro tranquilizarme del todo.
-Gracias -murmuro, intentando recuperar el control de mi respiración.
-Él también pidió lo mismo: confidencialidad absoluta. No podrás mencionar su nombre jamás.
Encojo los hombros. "Eso es algo que no haría nunca... jamás".
-Solo me interesa que me pâgue y que no me vaya a viølar. Mientras cumpla con lo pactado, no hay problema -respondo, con una seguridad que no siento del todo.
Su dinero es solo el primer paso para alcanzar los sueños que siempre he querido... la libertad que tanto ansío.
Chantal, sin perder su sonrisa, me extiende una carpeta, un gesto que aumenta la tensión en mis venas.
-Él quiere asegurarse de que su identidad se mantenga en secreto, así que nos envió este contrato de confidencialidad. Está en ruso. Mi traductora lo revisó y dijo que todo está en orden, pero me gustaría que lo leyeras también.
Tomo la carpeta, el peso de sus palabras incrementando la presión en mi cuerpo.
Gracias a mi educación, manejo varios idiomas, incluido el ruso, pero leer esas letras frías ahora, me hace dudar por un instante.
"Emilia, no te puedes echar para atrás... ¿O acaso deseas ser el objeto del hombre que tu padre escoja para ti?" reclama mi conciencia.
"Sabes que no lo deseo... y si tengo que venderle mi alma al diablo para cambiar mi destino, lo haré", me respondo con firmeza.
Las primeras páginas parecen en orden: un contrato comercial, compra y venta.
Leandro Smirnov. Solo exige absoluta confidencialidad, con una penalización que, de incumplirse, me costaría una suma que no podría pagar ni en cien vidas.
Echo un vistazo rápido a las demás cláusulas. Son extensas, pero las ignoro, casi por instinto.
Entonces, algo al final, cerca de nuestros nombres para firmar, llama mi atención, lo que me hace detenerme por completo.
Doscientos mil dólares extra por cada día que pase con él.
Mis ojos recorren las letras una y otra vez, tratando de procesarlas, de entender lo que eso significa.
-¿Qué es esto? ¿Cuánto tiempo estará dispuesto a pagar por mi compañía? -susurro, mi voz temblando sin querer.
Levanto la vista, y veo a Chantal observándome con atención, como si ya supiera lo que estoy pensando, esperando una reacción.
-¿Hay algo que no te guste?
-Me está ofreciendo doscientos mil dólares adicionales por cada día que esté a su lado -respondo, mi tono más firme ahora.
Chantal no parece inmutarse, su voz sigue siendo suave, como si todo fuera parte del trámite, algo banal.
-Él quiere que el encuentro se lleve a cabo en los Alpes franceses.
Un escalofrío recorre mi espalda, helando mi sangre. Mi mente comienza a visualizar ese lugar remoto, cubierto de nieve, aunque también hay zonas soleadas.
Pero al final lejanas, solitarias... misteriosas. Me imagino con un hombre que no conozco. Con el cual estoy haciendo una transacción arriesgada y peligrosa.
Pamela, que ha estado en silencio hasta ahora, interviene de inmediato, como si hubiese leído mi mente.
-Amiga, no te preocupes. Mamá y yo iremos contigo. Estaremos en una cabaña cerca. Fue una de las condiciones que se establecieron.
Sus palabras me alivian como un bálsamo, disipan el terror que se había instalado en mis entrañas. Sonrío, agradecida.
-Gracias -susurro, abrazándola con fuerza, agradeciendo el consuelo que solo ella puede darme.
Chantal, sin perder su usual calma, me extiende una tarjeta de crédito con una sonrisa de satisfacción.
-Aquí tienes esto para que compres lencería sexy. En cuanto a la negociación, el setenta por ciento, menos impuestos, es tuyo. El resto es para gastos de representación, como acordamos.
Asiento, sin encontrar más palabras. Mi mente está llena de preguntas, pero ya no puedo más. Tomo la tarjeta... ahora sé que no hay marcha atrás.
Le doy un abrazo y un beso a Chantal, más por cortesía que por otra cosa.
-Partimos el próximo lunes por la noche. Espero que tengas todo listo.
-Es perfecto. El jueves salgo para Italia a ver las supuestas instalaciones de la universidad donde estudiaré biología, una decisión del dictador. Ese es el deseo de mi padre, pero no el mío -digo, el resentimiento y la nostalgia invadiendo mi voz.
No me ha dejado otra opción. No estoy dispuesta a vivir mi vida siendo lo que él quiere.
-Te acompaño. Vi un lugar con todo lo que necesitas -dice Pam, tomando su bolso con determinación.
Antes de responder, observo mi reloj y muerdo mi labio.
"¡Diosito, échame la mano otra vez, que papá no se dé cuenta de que no estoy en el colegio, o será mi fin!"
Respiro profundo. Estoy tan cerca, y no me detendré...
POV Ciara Emilia.
Llegamos a Brown Thomas, una tienda departamental en Grafton Street, una de las calles comerciales de Dublín.
Al ingresar al edificio todo allí, grita lujo y exclusividad. Llegamos al tercer piso dedicado a prendas femeninas. Nos perdemos entre las llamativas prendas de lencería sensual, cada una ofreciendo tentaciones irresistibles.
Las prendas, son delicadas y hermosas, parecen una segunda piel. Se adhieren a mi cuerpo con una suavidad, marcando cada curva, como si fueran creadas exclusivamente para resaltar mi feminidad.
Los encajes son finos, las transparencias le dan un toque de sexualidad que despierta todos los sentidos.
Hay piezas tan diminutas que apenas logran cubrir lo necesario, dejando más al descubierto de lo que esconden, provocando una sensación de poder y deseo que me recorre por completo.
Me detengo frente al espejo, encantada con el reflejo que devuelve: seductora, segura, especial.
Elijo varias piezas, cada una diferente, en tonos oscuros, materiales suaves y cortes atrevidos. Pero sé que nada de esto cruzará la puerta de mi casa... si papá lo descubre, me encerrará en mi habitación de por vida o en un convento, sin contar con el severo castigo que me impondrá.
Nos acercamos a la caja para pagar. Podría decir que me invade la duda, pero la verdad es que al contrario me siento feliz.
Libre.
Plena.
A diferencia de muchas mujeres, estoy tomando el control de mi vida y mi sexualidad, eligiendo sin miedo lo que me hace sentir poderosa y dueña de mí misma.
-¿Vas a llevar todo eso para el viaje? -señala Pam, mirándolos-. Te aseguro que será lo que menos usarás -me susurra con una sonrisa traviesa.
Le devuelvo la sonrisa.
-Puede que tengas razón, pero me encantaron y quiero cambiar mi ropa interior poco sensual -respondo, señalando mi cuerpo con una sonrisa.
Aún uso prendas de algodón en tonos pastel, demasiado inocentes, casi infantiles.
Papá se aferra a la idea de que sigo siendo una niña, negándose a aceptar que he crecido, que soy una mujer.
"Él quiere mantenerme al margen de la sexualidad", o eso pienso; con el señor Doyle es imposible hablar.
Por primera vez, elijo algo que realmente me gusta, algo que me hace sentir atractiva, segura... dueña de mí misma.
Recorremos otros locales y aprovecho para comprar unas pijamas hermosas y sexys, junto con un par de shorts. Aunque él me invitó a un lugar frío, no puedo resistirme.
Nuestra tarde de compras llega a su fin, y es hora de regresar a mi dorada jaula, donde el "Dictador" de la casa me espera, listo para lanzar sus órdenes.
-¡Mierdâ! Se hizo tarde -gruño para mí misma. Debí estar más atenta al reloj. Ahora seré castigada por llegar tarde a la cena.
Acelero un poco mi paso, intentando recuperar esos minutos perdidos. Tal vez, con algo de suerte, logre evitar el sermón y su estúpido castigo de sometimiento.
Al llegar, miro el reloj antes de cruzar la puerta del comedor.
"¡De nada sirvió correr como loca". El automóvil no podía avanzar en el tráfico de la hora pico. "Soy una ingenua por creer que llegaría a tiempo..."
Frunzo el ceño y respiro hondo.
No es solo el regaño lo que me espera, sino su humillación meticulosamente planeada, esa que disfruta disfrazando de disciplina.
Me preparo, endureciendo mi expresión.
"No le daré el placer de verme doblegada". Me repito dándome fuerzas.
-Buenas noches -saludo y me dirijo a mi lugar. Pero antes de poder sentarme, la voz firme de mi padre me detiene.
-Sabes que la hora de la comida es sagrada. No hay excusa alguna para no cumplir con ello. Ve a la esquina, arrodíllate y levanta las manos.
Mi mandíbula se tensa, pero no protesto. Aprendí hace mucho que resistirse solo empeora las cosas. Camino hasta una de las esquinas, doblo mis rodillas y extiendo las manos. El frío del mármol me atraviesa los huesos.
Patricia, una de las mujeres del servicio, se acerca sin mirarme. Coloca una bandeja sobre mis palmas temblorosas con una rapidez casi nerviosa, como si temiera que su compasión pudiera notarse.
Mi padre es un hombre cruel. Podría jurar que no tiene sentimientos, solo una voluntad férrea que impone sin piedad. Desde su sitio, ni siquiera me observa. Sabe que el peso, el silencio y la humillación hacen el trabajo por él.
Mis hermanos bajan la cabeza. No me defienden. No lo harán. La verdad es que ninguno se atreve siquiera a levantar la vista por miedo a las represalias.
Él no necesita golpear. Su especialidad es otra: quebrar el espíritu, aplastar el orgullo, dejar cicatrices que no se ven... pero que duelen cada vez que respiras. Cicatrices invisibles que tardan años en sanar.
-Hoy te quedarás sin cenar y luego recogerás la mesa. La servidumbre se irá a descansar temprano -sentencia mi padre con su tono autoritario.
Aprieto los labios e intento levantar la cabeza, pero su voz me corta en seco.
-No te he dado permiso de mirarme -espeta, con esa mirada arrogante y despectiva que conozco demasiado bien.
Bajo la vista de inmediato, reprimiendo el impulso de desafiarlo. No vale la pena. En cambio, me repito mentalmente:
"Muérdete la lengua... solo cuatro días más y serás libre de su tiranía."
-Ya hablé con el rector de la universidad. El jueves te espera a primera hora. Vivirás con su familia, tienen una casa a diez minutos del campus.
Y ahí está otra vez, su necesidad enfermiza de controlarlo todo. Nosotros no somos sus hijos, somos sus peones, piezas en su juego que mueve a su antojo.
-Papá, pero ¿por qué molestar al rector? Yo puedo vivir en una de las habitaciones de la universidad -digo, intentando por primera vez ser escuchada.
Su mirada se oscurece al instante. Su rostro se enrojece de ira. Rompí otra de sus reglas: hablar sin permiso.
-No te autoricé para hablar -gruñe con frialdad-, pero ya que insistes en cuestionarme, te lo diré. El hijo del rector será tu futuro esposo. Solo te estoy dando la oportunidad de conocerlo antes de que se casen.
Su voz resuena en mi cabeza como una sentencia.
"Así que esto era lo que tramaba... Su repentina generosidad al dejarme salir, su decisión de enviarme a otro país a estudiar, todo tenía un propósito oculto" susurro en mi mente.
Aprieto las manos con más fuerza alrededor de la bandeja. Este maldito desgraciado no se cansa de controlar cada aspecto de mi vida.
Miro a mis hermanos, esperando algún atisbo de rebelión, pero ellos, como siempre, desvían la mirada. Corderos bien entrenados.
Nunca protestan.
Nunca cuestionan.
Él eligió a sus esposas sin darles opción. Y ahora es mi turno. Me sorprende no haberlo visto venir antes.
-En dos meses se llevará a cabo la boda. Espero que no me desafíes, sepas comportarte y aceptes a tu nueva familia -dictamina con su tono autoritario, como si mi vida fuese solo una pieza más de un rompecabezas.
Le sostengo la mirada por un segundo, mentalmente, y sonrío de medio lado.
Malditø. Fue por su enfermiza necesidad de control que mamá se fue tan pronto tuvo la oportunidad... y yo haré lo mismo.
-A partir de este momento, te queda terminantemente prohibido salir de la casa -ordena con su tono implacable. Es lo único que sabe hacer: dar órdenes.
Desliza la mirada por la mesa, deteniéndose en mis hermanos y sus esposas.
-Ninguno de ustedes permitirá que salga -añade, con esa maldit4 prepotencia y arrogancia que le son tan naturales.
Se toma su tiempo, como si estuviera emitiendo un fallo. Corta una fina porción de pavo, la lleva a la boca y mastica despacio, disfrutando su propio poder.
Todos, excepto yo, mantienen la vista fija en él, como si temieran que apartarla significara una falta. Luego, bebe un sorbo de vino y se recuesta en la silla, satisfecho.
-Solo saldrá de esta casa el miércoles en la noche. Tú. Macías -señala a mi hermano mayor, tan déspota y cruel como él-. Serás el encargado de acompañarla a su nuevo hogar.
Hace una pausa antes de añadir lo peor.
-Ya le dije a Yordan que tiene derecho a reprenderla como mejor le parezca. Ahora es parte de su familia y su responsabilidad. Quiero que le reiteres eso.
Macías asiente, con la misma indiferencia que si se tratara de cerrar un negocio cualquiera.
Frunzo el ceño. Hablan de mí como si no estuviera aquí. Como si no fuera su hija, ni parte de esta familia. Como si ni siquiera fuera una persona.
¿Soy una pertenencia que se transfiere? ¿Un objeto que ahora cambia de dueño?
¿Y "reprenderme"? Él nunca me lastimó físicamente... ¿Ahora autoriza a otro a hacerlo?
Muerdo mi lengua con fuerza, tragándome las palabras, y lo maldigo en silencio..
"¡Malditø! No puede hacerme esto. No arruinará mis planes". Tengo que encontrar la forma de escapar.
Mi pasaporte y documentos están a salvo, en manos de Chantall. Lo conozco demasiado bien y sabía que intentaría algo, pero esto a superado mis expectativas.
"No permitiré que me arrebate mi libertad... antes siquiera de probarla."
Lo odio con cada fibra de mi ser.
Es un tirano que disfruta manejarnos como piezas en su juego, imponiendo su autoridad y convirtiendo nuestras vidas en una miserable prisión. Pero no por mucho tiempo.
Me alejaré de su malditø yugo y, cuando lo haga, le escupiré en la cara.
Agradezco a Pamela más de lo que jamás podré decir. Fue ella quien me presentó a su madre, y juntas me abrieron una puerta, una vía de escape. Con un par de artimañas, me ayudaron a salir de esta cárcel, aunque fuera por momentos.
Papá, en su afán por someternos y mostrarnos que la vida no tiene piedad, nos ha obligado a trabajar desde siempre.
En mi caso, después de la escuela, no basta con un trabajo común.
Con un puesto que me permita sentirme útil, ni con uno que, aunque modesto, me otorgue al menos una pizca de dignidad
No. Él se encargó de que me asignaran el empleo que menos da espacio a la esperanza, el trabajo que otros esquivan con asco.
Mientras en el colegio, mis compañeros competían por un puesto en la biblioteca o la cafetería, él me ofreció para limpiar los retretes... Sin pago alguno.
No se trata solo de fregar y barrer. Se trata de ser vista, cada tarde, con las manos sucias, restregando con furia los vestigios de la humillación ajena.
Mientras otros tienen la oportunidad de aprender, de sentirse parte del mundo, yo soy reducida a una sombra que jamás puede alzar la cabeza.
Y todo por el simple hecho de ser su hija... Aunque hay veces que dudo si realmente lo soy...
No es un trabajo. Es una humillación diaria que grita que, para él, no valgo nada. Soy solo un objeto bajo su control, una cosa sin voz ni valor.
Ese es él.
Pero Pamela y su madre cambiaron mi destino.
Gracias a la conexión especial de Chantall con el rector, lograron sacarme de aquel infierno y mostrarme un mundo nuevo: el modelaje.
Una puerta a la independencia.
A la libertad.
A mi verdadera vida.
Mi decisión de vender mi virginidad está más firme que nunca.
Con su estúpida idea de casarme, ahora más que nunca debo escapar y adelantar mi viaje.
Alejarme de su radar, desaparecer de su vista... y que su malditø matrimonio se lo meta por donde no le da el sol.
POV. Emilia.
La cena termina y, tal como lo sentenció mi padre, las empleadas del servicio se retiran a dormir. Observo el desastre en la cocina y, aunque intento contenerme, un par de lágrimas se deslizan por mi rostro.
Detesto lavar los trastes. Comienzo por las ollas porque sé que los platos no sobrevivirán. Las copas ya han resbalado de mis manos, reduciéndose a pedazos.
Soy consciente del completo desastre que soy en la cocina, como si al tocar la loza mis manos se volvieran torpes e inservibles.
Mi padre lo sabe. Y esta es su manera de doblegarme.
Suspiro, mirando el montón de platos que aún quedan por lavar. Como castigo, él me ha sumado los de los empleados del servicio.
El piso está empapado.
Quisiera sentarme a llorar, pero eso no solucionará nada y sí lo puede empeorar.
Es la una de la mañana y no avanzo. Mis manos están llenas de pequeños cortes, y mis uñas, antes cuidadas, se han quebrado por completo.
Todo es un desastre.
-Niña, ve por el trapero y seca mientras yo me encargo de esos platos. En unas horas no tendré en qué servir el desayuno y ya no hay gato al cual echarle la culpa - me dice Patricia, la empleada más antigua de la mansión.
Sin pensarlo, me lanzo a sus brazos.
Ella me abraza y me consuela. Es lo más parecido que he conocido a una madre en esta jaula de oro.
-Deja la lloradera, que te vas a ver fea - me dice con dulzura y su usual tono burlón, haciéndome sonreír.
-¿Qué voy a hacer? ¿Por qué me odia tanto? -pregunto entre sollozos.
-Él no te odia, solo es un hombre que no sabe de amor -responde ella, con voz suave, cargada de ternura.
Acaricia mi cabello, intentando reconfortarme. Conoce bien a mi padre: un hombre frío, autoritario. Y le duele por mí, como le duele por mis hermanos el trato que nos da.
Ella sabe que somos infelices. Pero mi querida viejita... ella no es nadie para enfrentarlo.
-Ahora muévete. No quiero que se despierte y me encuentre aquí porque, ahí sí, me pone de patitas en la calle y a ti te manda a lavar los platos de todo el vecindario -añade con una sonrisa.
Al terminar con el castigo, subo a mi habitación; es amplia, decorada como si realmente fuera una princesa amada por él. Pero sé que solo soy su moneda de cambio, a la que ha conservado para fortalecer su imperio.
Me doy un baño para relajarme y quitarme el olor a grasa que detesto. Luego me recuesto e intento dormir, pero la idea de no poder escapar de este lugar me aterra.
Me imagino casada a mis escasos 18 años, sometida a un hombre que podría ser igual o incluso más cruel que mi padre.
"¿Qué esperanzas de vida son esas...?"
Ese pensamiento me llena de temor. Me remuevo en la cama, incapaz de conciliar el sueño. Siento que el tiempo corre en mi contra y mi condena se acerca.
Sé que no puedo contar con mis hermanos. Los dos mayores le tienen pánico y el menor, con apenas 16 años, hace todo lo posible por no desafiarlo... por parecer invisible ante sus ojos.
Desesperada, me levanto y comienzo a caminar de un lado a otro, buscando una salida. No tengo acceso al teléfono de la casa para comunicarme con Chantall o Pamela.
No. No puedo resignarme a una vida miserable. Me acerco a la ventana de mi habitación y observo su portón rojo.
"Si al menos pudiera acercarme a la puerta, dejaría mi alma en esa carrera, huyendo con todas mis fuerzas." Pero no es más que un pensamiento tonto.
Mi habitación está en el tercer piso, justo frente a la puerta de mi verdugo.
La casa entera parece una prisión elegante: hombres de seguridad apostados en cada esquina, cámaras, cerraduras. Me siento atrapada, asfixiada. No hay escapatoria visible, pero me niego a aceptar este destino como definitivo.
Por un instante, un pensamiento oscuro me cruza la mente: "lanzarme por la ventana. Acabar con todo..."
Aprieto los puños con tanta fuerza que las uñas se clavan en mis palmas. Un sollozo se ahoga en mi garganta mientras me repito con rabia:
-No soy una cobarde. Tiene que haber otra salida. Tiene que haberla -susurro abrazándome a mi misma.
Chantall debe estar preocupada. Hay miles de dólares en juego, y ella no es de las que se quedan de brazos cruzados.
Espero que recurra a su amante... el rector del colegio. Ese hombre que, sin dudas, siempre le ha compartido información sobre mí.
La necesito. Más que nunca.
Añoro con el corazón que ella me ayude... Sabe que mi padre es un hombre intransigente, un troglodita de las cavernas que solo se escucha a si mismo.
No es la primera vez que me aísla del mundo, pero sí es la ocasión en la que el tirano ha tomado una decisión tan drástica sobre mi futuro.
Sé que la angustia de perder un negocio tan grande debe de estar sofocándola. Aunque la considero parte de mi familia, para ella sigo siendo un suculento negocio.
-¡Diosito, por favor, sálvame! -susurro, sintiéndome perdida.
Mis ojos están rojos de tanto llorar y mi nariz irritada. Me había prometido no derramar ni una lágrima, pero con el paso de las horas mi fortaleza se ha ido resquebrajando.
-¡Mis sueños se han ido a la mierd@! -el llanto me ahoga mientras me prometo que huiré en la primera oportunidad que se presente.
-¡Malditâ sea! -grito, ahogando el sonido contra la almohada-. Mi virginidad será tomada por un completo extraño, a cambio de nada y tal vez sin mi permiso. -Los sollozos me invaden y no puedo controlarlos mientras sigo ahogándolos contra la cama.
Según pude indagar con una de mis cuñadas, quien me tiene lástima, el hombre que me espera es un completo sádico con las mujeres.
Su anterior esposa murió en circunstancias confusas.
El panorama no puede ser peor.
Pero no le suplicaré a mi padre. Sé que sería inútil.
Solo le pido a Dios una cosa: "fuerzas para soportar y la oportunidad de ser libre algún día."
***
Llegamos al aeropuerto. Mi padre había planeado enviarme en su avión privado, pero en el último momento le informaron sobre una falla mecánica.
"Así que se le dañaron los planes al tirano de que me vean" pienso con ironía.
Ahora debemos tomar un vuelo comercial en primera clase, pero él ha reforzado el número de hombres de seguridad que nos acompaña. Teme que intente escapar y arruine su negocio.
Porque eso es lo que represento para él: un negocio, una oportunidad para obtener privilegios dentro de las investigaciones que realiza la universidad.
Ruego en silencio por una escapatoria mientras camino por los pasillos, arrastrando las valijas, sintiendo que cada paso me acerca más a una jaula de la que temo no poder escapar jamás.
-Cambia esa cara, Ciara. Cualquiera pensaría que vas a un entierro -dice Macías, mi insoportable hermano mayor, con tono autoritario. De todos ellos, es el que más se parece a mi padre, tanto en carácter como en apariencia.
Lo fulmino con la mirada.
-Tú no estás entre las personas que pueden llamarme así -respondo, ofendida. Ese es el nombre que mi madre me dio, el que ella usaba con cariño para llamarme.
Macías da un paso hacia mí y me sujeta con fuerza por la quijada, obligándome a mirarlo.
-Escúchame bien, mocosa. Te llamaré como se me dé la gana. Al fin y al cabo, no eres nadie. Mi padre te vendió al primer imbécil que le ofreció algo por ti -escupe cada palabra con desprecio, con ese tono arrogante... Golpeando aún más fuerte.
Siento una puñalada en el pecho. En el fondo, aún albergaba la absurda esperanza de que, a diferencia de mi padre, mi hermano al menos me tuviera un mínimo de cariño.
Pero no.
-¡Suéltame, imbécil! -gruño, con el orgullo herido-. De la misma forma que yo no soy nada, tú tampoco lo eres. ¿O se te olvida que te casaron con una vieja estéril?
El impacto llega antes de que pueda reaccionar. Un chasquido seco retumba en mis oídos y el mundo se vuelve borroso por un instante. Un ardor punzante me atraviesa la mejilla, extendiéndose como fuego bajo mi piel.
El sabor metálico de la sangre inunda mi boca, espesa y caliente. Mi labio palpita con un dolor sordo, y cuando paso la lengua sobre él, siento la herida abierta, el líquido rojo escurriéndose lentamente hasta mi barbilla.
Mi respiración se entrecorta.
No es solo el dolor físico, es la humillación.
El ardor en mi rostro no es nada comparado con la rabia y la impotencia que me sacuden por dentro.
Los ojos de Macías brillan con desprecio, su mandíbula apretada en una mueca de superioridad asquerosa que me dicen todo: no soy nada para él.
Nunca lo he sido.
Pero lo peor no es la bofetada, sino lo que significa: la confirmación de que estoy sola en este infierno...