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De Monja A Mafiosa

De Monja A Mafiosa

Autor: : Angelical D'Amore
Género: Urban romance
Inocencia es una mujer que fue criada en un monasterio y quien más tarde se convirtió en monja. Esto no le duró mucho, ya que unos días después fue expulsada al ser descubierta rompiendo su voto de castidad. Antes de irse del monasterio recibió información de su verdadera familia y se propuso ir a conocerlos. ¿Será que Inocencia logra encajar en su nueva familia?

Capítulo 1 El chico de mi perdición

¿Soy la única en este mundo que creyó que su vida jamás se desplomaría? Si estás en el lugar incorrecto, en el momento incorrecto y con la persona incorrecta, ten por seguro que sucederá lo más pronto posible.

A mí me pasó justo hoy, cuatro días después de ser consagrada oficialmente como monja. Ahora estoy frente al portón principal del monasterio, junto a la mujer que me crio y me enseñó todo lo que soy, me mira con cara de «qué decepción» y me hace dejar sobre sus manos mis hábitos perfectamente doblados..., y así pierdo lo único que tenía en esta vida.

Mejor retrocedamos hace una hora, antes de que mi vida se fuera por un tubo.

Es una fría noche de invierno en Londres, hace tres días que la nieve empezó a caer y aún no se detiene. Desde la ventana de mi habitación puede apreciarse cómo las luces navideñas embellecen los techos de varios conventos y capillas que conforman el monasterio. Algunas monjas, con pala en mano, se encuentran abriendo camino sobre toda la gruesa capa de nieve que reposa en las calles aledañas a los edificios más frecuentados. Este es un lugar acogedor, este siempre ha sido mi hogar, crecí bajo el cuidado de grandiosas mujeres, ejemplares y dignas de admirar, dedican su vida a servir a Dios.

Como todas las noches, tomo la toalla que está colgada sobre la cortina del baño y la guardo dentro de una cesta de mimbre, me visto con una túnica gruesa que cubre hasta mis pies, enrollo en mi cuello una suave bufanda de lana y me pongo unas confortables y viejas botas, es justo esa vestimenta que uso habitualmente para salir en los días de invierno.

Salgo del convento, donde actualmente me estoy hospedando, y me dirijo con mucha cautela a mi antigua residencia: un convento que cuenta con un cálido y hermoso baño de aguas termales, nada mejor para calentarse en esta noche tan fría, es una lástima que esté prohibido el acceso; por lo que entendí de las demás monjas, ese lugar está en mantenimiento, creo que lo van a remodelar. Confieso que la primera vez que me fui a escondidas estaba aterrada, tenía miedo a ser descubierta, y, aun así, me atreví, porque resulta que es mi lugar favorito; ya me había acostumbrado a bañarme en él todas las noches.

Y ahí voy, con mi mirada hago un escaneo panorámico a mi alrededor para asegurarme que nadie pueda verme. Cada pisada que doy sobre la nieve es un peligro a ser descubierta, no solo por las huellas que voy dejando, sino también por el ruido que puedo hacer; tengo a algunas monjas muy cerca, incluso puedo escuchar algunas cosas que están conversando.

-¡Dime que lo viste!

-¡Sí, su cara es muy linda!

-Uff, sí -le escucho reír-. ¡Y su cuerpo se ve tan fuerte!

-¿Y qué me dices de su paquete?

Puedo escuchar sus carcajadas.

-No se sonroje, Sor Rupia.

Creo que están hablando de las nuevas biblias que vienen llegando, deben ser bien resistentes y de linda portada, y por lo que entiendo, viene envuelta en un llamativo paquete. Lo que no entiendo es el por qué tendría que sonrojarse Sor Rupia, ¿será que está muy emocionada? Bueno, no importa. Yo debo apurar mis pasos, porque este frío es insoportable.

Cuando finalmente llego al antiguo convento, me cercioro de que la puerta esté bien cerrada. ¿La razón? Si la hallara abierta, implicaría que hay alguien en su interior. Una vez confirmado que la entrada principal está segura, procedo a abrir la única ventana que no tiene seguro, aunque no sin dificultades. Esto se debe a que con el incómodo hábito de monja, la tarea resulta un tanto complicada, agravada además por mis lamentables condiciones físicas, para ser honesta.

Caigo de pie sobre el polvoriento suelo del convento e inmediatamente siento un olor a cemento. Todo el lugar está muy oscuro, mas no es un problema para mí, porque recuerdo cada pasillo y cada habitación de este lugar. Llegué a este convento en mi primer día de vida, me dejaron frente al gran portón del monasterio entre sabanas húmedas y sucias, supongo que mi madre biológica no me quería en su vida, no tengo información de ella ni de mi padre. Las monjas del monasterio me acogieron y me dieron un nombre: Inocencia Trevejes. Me enseñaron el camino que da a la salvación eterna y con mucha dedicación y esfuerzo obtuve mis votos y mi habito de monja a los treinta años.

Sin complicaciones logro entrar a la habitación de las aguas termales, un sutil vapor inunda por completo el lugar, la luz de la luna atraviesa el cristalino techado y le hace compañía a una decoración que produce cierto grado de relajación: rocas que rodean el estanque, enredaderas y arbustos con retoños de claveles y jazmín.

No hay tiempo que perder, empiezo quitándome la pesada túnica, luego las botas, el velo, el hábito y, por último, la ropa interior. Camino estando desnuda hacia el estaque e introduzco mi pie derecho para probar la temperatura y, como siempre, está perfecto; así que entro por completo a las cálidas aguas y me acomodo sobre una roca que está en el fondo del agua. Ahora solo me queda disfrutar de esta sensación burbujeante, de ese olor a flores silvestres y de la tranquilidad absoluta.

De repente, diviso una figura oscura emergiendo en las profundidades del agua, justo frente a mí. Aquella imagen se alza ante mis ojos, evocando la impresión de una criatura sacada de las leyendas del lago Ness. Sin embargo, lejos de tratarse de una criatura mitológica, es un hombre de alrededor de treinta y cinco años, con cabello negro, ojos de un penetrante verde oliva y pestañas largas. Hay un detalle importante que merece ser mencionado: su torso está completamente al descubierto. La penumbra del agua y el vapor lo envuelve, por tal razón no puedo confirmar si su desnudez se extiende más allá de la cintura.

-Disculpa..., se supone que nadie debería estar aquí -murmura en un tono gélido, su rostro mostrando una seriedad inquebrantable

He tardado en reaccionar, pues en mi mente están procesándose un par de preguntas: ¿Qué hace este señor aquí, en mi lugar favorito? ¿Estará completamente desnudo?! ¡Es que yo lo estoy!

Él se acerca un poco más a mí, logrando que mi cuerpo empiece a temblar bajo el agua.

-Te he preguntado: ¿Qué haces aquí? -su voz fluye con la armoniosa suavidad de un tono varonil.

-Di-Di-Di-Di... -tartamudeo. En mi cabeza todo empieza a hacer corto circuito.

-¿Me pides que diga algo? -cuestiona con una mezcla de confusión y molestia.

-Di-Di-Dios te salve, María, llena eres de gracia; el señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres... -lo recito de forma agitada y en tono bajo.

Le veo soltar un suspiro para luego relajar su cuerpo, se sienta sobre una de las rocas que está hundida en el agua, justo a un lado mío, como si pretendiera quedarse aquí a pasar el rato conmigo.

-Ya, tranquila... No es momento de ponerse a rezar... Charlemos, empieza diciéndome qué haces aquí -dice mientras recuesta su espalda sobre las rocas que están a la orilla del estanque, mostrándose más relajado, despreocupado.

«¡Oh, Jesucristo! Si alguien llega a verme junto a este señor estaré acabada».

Adicional a la preocupación de ser encontrada acompañada de este hombre, tengo una gran incertidumbre, una que me tiene aún más nerviosa..., y él parece notarlo.

-Eh... Veo que estás intentando ver a través del agua, ¿algo que quieras apreciar? -dice en un tono que roza a la coquetería.

-¡No! -mi palabra sale disparada como una bala de cañón-... D-Distancia...

Se me queda mirando en silencio y en espera que yo diga algo más; sin embargo, no puedo, es que estoy en medio de una crisis nerviosa, ¡estoy paralizada del miedo!

Aquel hombre baja su mirada hasta donde el agua contrasta con mis pechos, los cuales pueden contemplarse translucidos debido a la oscuridad y el vapor que emana de las cálidas aguas.

Creo que se ha percatado de lo sonrojada que estoy. En un instante, su rostro se ilumina con una súbita sonrisa pícara que me hace sentir el corazón en la garganta.

-Usted debe ser una de las monjas del monasterio, ¿verdad?

-A-Así es -respondo en un tono trémulo-, ¿y usted?

-Soy el ingeniero a cargo de la remodelación de este convento. Tuve que venir a recoger unas herramientas que mis trabajadores olvidaron, y me sorprendió lo increíble que luce este lugar bajo la luna -se sonríe maravillado -. Estaba probando mi resistencia bajo el agua, cuando percibí que alguien más había entrado al estanque.

Mi mirada vuelve a intensificarse en su silueta escondida bajo el agua.

-Quieres saber si estoy completamente desnudo, ¿verdad?

Asiento repetidas veces y a la mayor brevedad posible.

-Sí, lo estoy -responde sin una pisca de vergüenza -... ¿Y usted lo está?

Vuelvo a asentir de manera desesperada, aterrada.

-Déjeme decirle que, de lo poco que puedo ver, usted tiene un cuerpo muy hermoso, lástima que no lo pueda usar. -Aquel hombre también intenta ver mi silueta bajo el agua.

-¡No, jamás! -aclaro de forma contundente.

-Aparte, eres muy linda. ¿Cómo puedes desperdiciar tantas cualidades?

-¡No pienso seguir tolerando esto, es una falta de respeto! -respondo en un tono fuerte.

Y justo cuando dispongo a levantarme, mi pie resbala sobre una roca limosa que yace en la profundidad del estanque.

-¡Ey, cuidado!

Voy cayendo, mi cabeza va directo hacia las rocas de la orilla y, segundos antes de estrellarme, siento como la mano de aquel hombre me apaña y aprieta uno de mis senos; estoy consciente de que solo ha intentado sostenerme para salvarme de las rocas, pero... Se siente tan bien...

Por primera vez puedo decir que me han hecho gemir, nunca un hombre había tocado mi cuerpo, y ahora entiendo lo bien que se siente. Puedo sentir la suavidad y la frialdad de su mano, sus dedos largos... ¡Oh, Santo! Pareciera tener el poder de drenar mi energía y debilitar mi cuerpo, de suprimir la fuerza de mi voluntad. Inexplicablemente, mi espalda pega a sus humedecidos pectorales y él, con su otro brazo, decide rodear mi cintura. Vuelvo a gemir.

El ingeniero empieza a olfatear mi cuello. Percibo como su pecho baja y sube con respiraciones profundas.

En un intento de librarme de él, pongo mi mano sobre la suya para levantarla de mi abdomen, pero, debido a la tensión que estoy sintiendo, mi mano termina haciendo todo lo contrario: presiono la suya contra mi cuerpo, como si le permitiera seguir adelante, y él eso entiende. Continúa jugueteando, y lo hace con sus dedos sobre mi pezón, y esto me... me hace sentir un calor en la parte baja de mi vientre, mi cuerpo entero se estremece y aquel calor se extiende por todo mi cuerpo.

Esto no debería estar pasando...

No debería de estar en esta situación...

Me abraza y, aun tras mi espalda, me arrastra de regreso al agua..., y yo me dejo llevar hacia el pecado mismo. Doy media vuelta y quedo frente a él, clavada en aquellos ojos que combinan a la perfección con la naturaleza que adorna el lugar. Me agarra de las manos y las posa sobre sus caderas, y ahí las dejo. Sus manos sobre mis caderas y su aliento sobre mis mejillas, desciende por todo mi cuello, navega sobre mi clavícula y llega hasta la desembocadura de mis pechos; de repente, ambos nos sumergimos en el agua, yo me siento sobre una roca y él queda de rodillas frente a mí, su cabeza se hunde hasta la nariz y, con sus labios bajo el agua, atrapa mi pezón. Por un momento, me hace creer ver la puerta del paraíso.

En toda mi vida, fueron muy pocos los hombres que llegué a ver, la mayoría son amigos sacerdotes y algunos obispos..., y nunca tuve que ver con ellos, nunca los vi con los ojos que están mirando a este señor. Su rostro varonil y elegante son de admirar, sin mencionar lo bien que me hace sentir. Es increíble que conozca todos los puntos claves de mi cuerpo, de seguro es todo un experto en cosas sexuales.

De pronto, se escucha que alguien está girando la perilla de la puerta, en menos de tres segundo la puerta del baño termal se abre y mi vida entra en una total perdición.

-¡Santo Cristo redentor! ¡Sor Inocencia! -grita Sor Daiputah, la monja que me crió. Ella me ve con ojos exaltados, con sus manos tapa su boca y está en estado de shock.

Capítulo 2 Expulsada del monasterio

La verdadera vergüenza no reside en el acto corrupto ni en la inocencia fingida que finalmente se desenmascara. Lo más humillante es esa sensación de haber traicionado la confianza de aquellos que creían en ti.

¿Acaso hay forma de poder explicar todo esto? Siento mucha vergüenza y reconozco que he pecado gravemente, que merezco el castigo que me corresponda, así que permanezco cabizbaja y en silencio, no tengo nada que decir.

Recuerdo que para esta situación hay un dicho que dice: «Los agarraron con las manos en la masa». Bueno, para mí caso el dicho sería: «Los agarraron con la teta en la boca», literal. La cuando se me despegó solo se le ocurrió dar excusas baratas.

-Disculpe usted, mi señora. No sabía que la joven era una monja del monasterio -el hombre miente a Sor Daiputah. Es tan descarado.

Pero Sor Daiputah no presta atención a lo que él dice, ella tiene su mirada clavada sobre mí.

-Salga de esa bañera -dice sin pestañear y con unos labios apretados.

-Pe-Pero estoy desnuda.

-¡QUE SALGA! -el grito de la Sor nos deja claro que está muy enfadada.

Sor Daiputah es a quien considero como la madre que nunca tuve. Ella ha sido mi guía, mi protectora y mi ejemplo a seguir durante toda mi vida. Desde que tengo memoria, ha estado a mi lado, enseñándome valores, brindándome amor y apoyándome en cada paso que he dado. Gracias a su cuidado y dedicación, me he convertido en la persona que soy hoy. Su influencia ha sido fundamental en mi formación y en mi carácter.

Sin embargo, en este momento siento que la he deshonrado profundamente. Este sentimiento de culpa y vergüenza me consume, y no puedo evitar sentirme fatal por haberla defraudado. Ella ha sido todo para mí, y ahora siento que he fallado en corresponder a todo lo que ha hecho por mí. No hay palabras que puedan describir el dolor y la tristeza que siento al saber que he causado decepción a la persona que más respeto y amo en este mundo.

Salgo del estanque y corro a cubrirme con la túnica que traje conmigo, agarro el hábito, el velo y, mi ropa interior, la guardo en la cesta de mimbre.

-¡Le juro que no pasó nada! -aclaro con desesperación mientras siento cómo caen mis primeras lágrimas.

-Eso tendrás que explicárselo a la madre superior -responde en un tono frío e implacable.

Me agarra del brazo y me jala bruscamente, obligándome a seguirla y dejando atrás a aquel hombre. Las dos salimos del convento y comenzamos a caminar sobre la espesa nieve, con cierta dificultad en cada paso. Estoy completamente empapada y el frío es abrumador. Mis dientes castañean y todo mi cuerpo tiembla, tal vez por el frío, tal vez por los nervios, o quizás por ambas razones.

-Es triste ver cómo echaste a la basura todo lo que te enseñé -dice Sor Daiputah con un tono cargado de tristeza. Sus palabras suenan tan dolidas que casi puedo sentirla sollozar.

Permanezco en silencio durante todo el trayecto por el camino nevado hasta llegar a la oficina de la madre superior. Ella es una señora de avanzada edad, con ojos grises y arrugas profundas que se acentúan aún más al verme llegar con el hábito desarreglado.

-¿Qué es todo esto? -pregunta la madre superior, frunciendo el ceño.

-Sor Inocencia ha cometido una falta que no podemos dejar pasar por alto -responde Sor Daiputah con un tono lleno de decepción, cada palabra cargada de dolor y desilusión.

-¿De qué se trata, Sor Daiputah?

-Hoy, por casualidad, me dio por asomarme a través de mi ventana y, por cosas de la vida, vi a Sor Inocencia caminando de manera muy sospechosa por los alrededores. Decidí seguirla a distancia. Desapareció de mi vista cerca del antiguo convento, así que decidí ingresar a ese lugar. Al llegar, intenté entrar, pero las puertas estaban cerradas. Supuse que ella no había usado la puerta principal. Busqué entre las ventanas y encontré una abierta. Fue difícil entrar por ahí con el hábito, no sé cómo lo hizo ella, pero finalmente logré entrar.

»Mientras caminaba por el pasillo, escuché las voces de dos personas provenientes de las aguas termales. Fui hasta allí y me encontré con el ingeniero Paussini, pegado como mosca sobre el pezón de mi estimada... ¡Ambos estaban desnudos!

-¡Suficiente!... Esto es bochornoso.

-Madre...

-¿Tiene algo que decir en su defensa, Sor Inocencia?

Después de un corto silencio, respondo:

-No...

-Bien... Entonces ya está decidido, queda oficialmente expulsada de este monasterio. Recoja sus cosas y desaloje su habitación mañana mismo. Le permitiré quedarse por esta noche.

»Se enviará una solicitud al consejo de monjas para procesar su expulsión definitiva de la comunidad monástica. Antes de irse, deje sus hábitos con Sor Daiputah.

Y aquí estoy, en una triste y nublada mañana, saliendo por el portón del monasterio. Miro por última vez a la persona que me crio y que tanto llegué a amar. La he decepcionado profundamente, y no la culpo por no defenderme ni ocultar mi falta; después de todo, ella es una monja ejemplar e incorruptible. Ya he entregado mis hábitos y ahora, con una maleta en cada mano, me dispongo a dejar este lugar que fue mi hogar. Cada paso que doy me aleja más de todo lo que conocí y amé, y el peso de la culpa y la tristeza es casi tan abrumador como el de mis maletas.

-Inocencia, Dios sabe por qué hace las cosas... Tal vez esto ya estaba escrito en el libro de la vida de nuestro Señor. Puede ser que Él tenga para ti un futuro con una buena familia, un hermoso hijo y un esposo cariñoso. Mírate, aún estás joven -dice Sor Daiputah con una mirada enternecida.

-Sor Daiputah, mi familia siempre estuvo aquí, dentro de las paredes de este monasterio. Ahora que me voy, no tengo nada ni a nadie.

Mi tristeza es inmensa y me siento sumamente angustiada. Estoy segura de que mi rostro refleja la desesperación que siento por dentro.

De repente, Sor Daiputah mete la mano en el bolsillo de su hábito y saca algo: una hoja de papel doblada varias veces, cuyo color amarillento demuestra su antigüedad. Me toma la mano derecha y coloca delicadamente la hoja en mi palma.

-¿Qué es esto? -pregunto mientras me seco las lágrimas con la manga del hábito.

-Es lo que sabemos de tu familia -responde con solemnidad Sor Daiputah-. Es una carta que nos dejó tu madre.

-¿Una carta de mi madre? ¡¿Sabe dónde está ella?!

-Lamento decirte esto tan tarde... -Veo en Sor Daiputah un rostro lleno de arrepentimiento, como si estuviera a punto de decirme algo doliente... aunque dudo que haya algo que pueda hacerme sentir peor de lo que ya me siento-. Hace veintinueve años, tu madre biológica vino al monasterio. Nos reveló que ella era la madre de la bebé que llegó envuelta entre sábanas y que solo quería saber cómo estaba su hija. Ese día, logramos obtener información sobre su embarazo y cómo te dio a luz. Incluso nos dio el nombre de tu padre biológico. Intentamos conocer la verdadera razón de tu abandono, pero prefirió no hablar de eso. Insistió en que solo había venido para verte y que no quería que tú la vieras. Se veía devastada por dentro. La llevé al patio infantil donde te encontrabas jugando con Rupia y otras amiguitas. Desde lejos te observaba jugar, su mirada reflejaba cuánta soledad había soportado. Recuerdo que Rupia te llamó por tu nombre y eso le provocó una sonrisa tierna... «Así que se llama Inocencia, me gusta», fue lo último que dijo tu madre antes de irse sin despedirse, entre lágrimas.

-¿Dónde está mi madre? -le exijo respuestas mientras la sujeto por los brazos.

-Inocencia, una semana después nos llegaron más noticias sobre ella... Tu madre biológica murió en un atentado terrorista, lo siento -dice Sor Daiputah con la mirada bajada, observando cómo la nieve cae a sus pies.

-No puede ser... -respondo con una expresión de profundo impacto. Estoy en shock.

Después de esa impactante revelación, Sor Daiputah me envuelve en sus brazos. Finalmente encuentro la calidez que tanto necesitaba durante toda la noche.

-Ve a buscar a tu familia. La dirección que está en ese papel es donde vive tu padre -dice Sor Daiputah mientras me sostiene en su abrazo.

Ella me ayuda a conseguir un autobús y, antes de que suba, me despide con un beso en la frente.

-Prometo venir a visitarla -digo mientras subo al autobús.

Antes de entrar completamente, busco su mirada para sonreírle una última vez. Ella me asiente con amabilidad, como si quisiera asegurarme que todo estará bien. El autobús cierra sus puertas y comienza a avanzar. Desde la ventana, la veo alejarse lentamente.

El autobús me lleva hacia el sur de Londres, específicamente a Kingston. Allí, finalmente conoceré a mi familia, aunque no estoy segura de si ellos saben de mi existencia. A pesar de todo, empiezo a sentir que quizás no estaré tan sola en la vida. Según el documento que me dio Sor Daiputah, mi padre se llama Gabriel Hikari.

-La familia Hikari -me digo a mí misma, sin poder evitar sonreír.

Parece que Dios sí tenía reservado para mí un lugar dentro de una verdadera familia. Estoy ansiosa por conocerlos, aunque también algo nerviosa por cómo se desarrollarán las cosas. Solo ruego a Dios que todo salga bien y que mi padre me reconozca como su hija.

El sonido del motor del autobús es muy relajante, y los pequeños saltos que da son un estímulo para quedarme dormida. Justo ahora empiezo a sentir mucho sueño; anoche no logré dormir bien.

...

-Señorita... señorita... -escucho una voz distante entre mis sueños-. Señorita, llegamos, despierte.

Siento que alguien me sacude el hombro... ¡Es el conductor del autobús!

-¡¿Qué pasó?! ¿Qué...? -pregunto, despertándome sobresaltada.

-Hemos llegado a Kingston -responde, señalando a través de la ventana del autobús-. Solo falta usted por bajar.

-¡Oh, cierto! -respondo, limpiándome rápidamente la saliva que se escapó de mi boca.

Salgo del autobús y lo veo alejarse lentamente sobre la peligrosa nieve que cubre las calles. Sí, también está nevando en Kingston, así que el frío sigue acechándome donde quiera que vaya.

Ahora solo necesito tomar un taxi para llegar a la casa de mi padre, pero el tráfico es lento y los taxis tardan en llegar.

-¡Taxi, taxi!

Finalmente, un taxi se detiene frente a mí. El conductor baja la ventana y me pregunta a dónde voy. Cuando le muestro el papel con la dirección, su reacción es sorprendentemente desagradable.

-¡¿Qué?!... ¡¿Estás loca?! -exclama el taxista antes de subir la ventana y acelerar a toda prisa.

-¡¿Pero qué...?!

Me quedo parada sobre la nieve, perpleja, preguntándome: «¿Qué tiene de malo esta dirección?».

Capítulo 3 Llegando a conocer a mi padre

No entiendo qué está pasando... Desde anoche me persigue una racha de mala suerte. Ya van como cinco taxistas que salen huyendo después de leer la dirección en este papel.

Levanto mi axila e intento olerme... No, no es que huela mal. Exhalo sobre mis manos y, no, tampoco tengo aliento de dragón. Bueno, seguiré deteniendo taxis hasta que uno se compadezca y me lleve.

-¡Taxi!

-¡Dígame! ¿A dónde la llevo? -el taxista pregunta, mostrando una sonrisa amable.

-A esta dirección. -Le muestro el papel, que ya está algo arrugado.

-¡Uy!... Bueno, puedo llevarla a esa dirección, pero le va a salir algo caro -dice mientras se rasca la cabeza, tratando de parecer indeciso.

-¿Cuánto? -le pregunto, y me responde con un precio elevado. No tengo más opciones, así que acepto.

Hace ya un rato que el taxi partió hacia la dirección que le di. El camino se ha vuelto cada vez más largo y apartado de la ciudad. A medida que avanzamos, pasamos por varios campos con enormes cultivos y ganado, que se extienden hasta donde alcanza la vista. Las vastas extensiones de tierra abierta y la creciente distancia de cualquier señal de civilización empiezan a ponerme nerviosa.

Ok, ya me estoy preocupando. Empiezo a prestar más atención al conductor, que me ha estado observando muy seguido a través del retrovisor central del auto. Lo veo muy nervioso, casi tanto como yo. Su inquietud no hace nada por calmar mis propios nervios.

Cada kilómetro que recorremos parece alargar la tensión en el aire. Miro el papel arrugado con la dirección una vez más, tratando de encontrar alguna pista que me tranquilice y me diga que estamos llegando. Pero las palabras escritas no ofrecen ninguna comodidad, solo una promesa incierta de un reencuentro con un padre que nunca conocí.

-¿Es usted un conocido de los Hikari? -me pregunta el taxista, visiblemente sudoroso e inquieto.

-¿Por qué nos detenemos? -le pregunto nerviosa.

-Hemos llegado, esta es la mansión de los Hikari.

-Ah, ok... -respondo mientras contemplo el hermoso y enorme jardín que conduce a una lujosa mansión... ¡Qué pedazo de lugar!

-Entonces, supongo que no los conoces. Por la cara que tienes, diría que es la primera vez que vienes aquí -dice el taxista mientras husmea discretamente alrededor de la mansión.

-Aquí vive mi padre, Gabriel Hikari -agrego, también observando con curiosidad.

El taxista gira la cabeza hacia mí con sorpresa evidente, sus ojos recorren mi figura... ¡Qué atrevido!

-Entonces... eres una Hikari -su asombro deja claro que los Hikari son conocidos en Kingston.

Parece que el taxista tiene alguna relación con la familia, ya que al enterarse de que soy hija de Gabriel Hikari, reduce el costo del viaje significativamente. Acordamos un precio mucho más bajo de lo inicialmente pactado. Después de todo, resulta ser un buen hombre. Tan pronto como recibe su pago, acelera el taxi y se va rápidamente, probablemente tenga demasiados viajes pendientes en el día.

Vuelvo a prestar atención a aquella enorme residencia que tengo frente a mí. Qué barbaridad...Pareciera que las tentaciones de los votos de pobreza terminaran todas canalizadas aquí.

«¡Tremenda mansión en la que vive mi familia! Así que son millonario...». Dicen que es un pecado estar rodeado de tanta riqueza, pero la verdad es que no me importaría pecar un poco si viviera en un lugar así... ¡Ay, perdóname, Dios mío!

Llego a la garita del portón de entrada a la mansión, y el agente de seguridad me observa detenidamente, como si me escaneara de pies a cabeza con la mirada.

-Disculpe, señor. Vengo a ver a Gabriel Hikari -digo al agente de seguridad.

-Sí..., hoy todos vienen a eso. Deme su identificación para que pueda entrar.

Le entrego mi cédula y, tras revisarla, me deja pasar. Ahora, me pregunto, ¿a qué se referirá con eso de que «hoy todos vienen a eso»? No le entendí.

Avanzo por la carretera que conduce al valet parking de la mansión. Mientras camino, aprovecho para contemplar el hermoso jardín: los arbustos están bellamente recortados, cubiertos de una delicada capa de nieve, y un par de grandes fuentes que están completamente congeladas. Al seguir el camino, empiezo a ver una gran cantidad de autos lujosos estacionados a un lado de la mansión. Me pregunto si hay algún tipo de festín. ¿Será acaso una reunión familiar? ¿Será que llegué en un buen momento? ¡Qué bien!

Llego al valet parking y me detengo frente a la majestuosa puerta de la mansión. Desde afuera, a través de los cristales, noto algo peculiar: todos están vestidos de negro y parecen convivir en un ambiente incómodo. Algunos muestran tristeza evidente y otros tienen caras largas. Aunque suelo ser despistada, esto es algo evidente ante mis ojos.

Entro al vestíbulo de la mansión y veo a muchas personas. No creo que todos sean de la familia Hikari; seguramente hay amigos y conocidos también.

Definitivamente no es un festín, y sí, es una reunión familiar, pero para despedir a alguien. Desde donde estoy, puedo ver un ataúd rodeado por enormes arreglos florales; ocho largos candelabros están parados a los lados y, detrás de este, se encuentra un altar con el retrato del difunto, acompañado por flores y velas de diferentes colores y tamaños.

Como en cualquier velorio, algunas personas tienen una depresión evidente que contagia enseguida a quienes las rodean. Otros solo miran desde la distancia, permaneciendo en silencio con sus celulares en la mano. Lo que me resulta raro es que nadie se dirige la palabra; solo se escucha la voz del sacerdote recitando el rosario frente al ataúd.

No me atrevo a preguntar quién es el difunto, pues el ambiente se siente incómodo, como si estuviera en medio de una guerra de miradas... No está nevando aquí dentro, pero el frío es igual de intenso que afuera.

-Hola, ¿desea un té o café? -me pregunta una chica rubia y de cuerpo bien proporcionado; su uniforme revela que es del servicio doméstico.

-Café está bien, gracias.

-Ya se lo traigo -me dice con una sonrisa amable.

-Disculpa..., ¿quién es el difunto? -le susurro antes de que se vaya.

-Es raro que no lo sepa, señorita. Se trata del líder de la familia, el señor Gabriel Hikari.

-¡¿Qué?!

De repente, siento una horrible compresión en el pecho. Aunque nunca conocí a mi padre, la noticia de su muerte me golpea de una manera inesperada. Mi respiración se vuelve superficial y mis pensamientos se nublan. Es extraño sentir tanto por alguien que apenas era una sombra en mi vida, pero saber que la persona a la que vine a buscar ya no está aquí me deja desorientada y llena de preguntas. Mientras trato de asimilar lo que acabo de escuchar, una mezcla de tristeza y confusión se instala en mi mente.

En definitiva, es solo una racha de mala suerte que parece no acabar. No conocí a mi madre y tenía la esperanza de al menos poder conocer a mi padre. Habría sido perfecto recibir un abrazo de alguno de ellos, pero parece que es solo un sueño imposible.

¿Debería acercarme al ataúd para ver su rostro? No quiero recordarlo así, no quiero guardarme esa imagen. Me siento terriblemente mal... Desde aquí puedo ver su retrato, un hombre de cabello canoso, ojos oscuros y una barba estilo candado. Parece que tenía unos sesenta y seis años, atractivo para su edad. Supongo que lo recordaré solo por las fotos.

«Lo siento, llegué tarde, papá».

-Aquí tiene el café, señorita -dice la chica del servicio doméstico mientras me entrega una taza de porcelana fina y evidentemente costosa.

Tomo un largo sorbo de café, intentando aliviar el nudo que siento en la garganta..., y adivinen qué, ¡me quemo la lengua! Un ardor repentino me invade y me contengo para no escupirlo todo. Lo trago rápidamente, sintiendo cómo el calor me quema por dentro. Si no logré aliviar el maldito nudo en la garganta, al menos le he dado una buena quemada.

Pasados unos minutos, el sacerdote ha pronunciado su último amén. Unos hombres levantan el ataúd sobre sus hombros y todos comenzamos a salir del vestíbulo; yo simplemente me uno a la multitud.

Y aquí estamos de nuevo, enfrentando el insoportable clima. Cada paso que damos sobre la fría nieve incita a todos a querer acurrucarse consigo mismos. Avanzamos por el lateral derecho de la mansión, en dirección hacia la parte trasera, y ya puedo divisar el cementerio... Es impresionante, esta gente tiene incluso su propio cementerio privado. ¡Qué elegancia! Y no solo eso, hay una multitud de periodistas esperándolos. ¿Será que mi padre era alguna figura pública? Una cosa es segura, fue alguien notablemente conocido.

La ceremonia en el cementerio prosigue con meticulosidad mientras se prepara el descenso del ataúd a la fosa común. Es un sepelio de gran solemnidad y perfectamente coordinado; al fondo, una guitarra desgrana melodías melancólicas mientras el sacerdote sigue el protocolo cristiano con devoción.

Justo cuando el ataúd comienza a descender hacia la fosa, un grupo grande de periodistas sale corriendo hacia los estacionamientos de la mansión. El revuelo se debe a la llegada de una mujer impresionante: su cabellera roja y sus labios rojos destacan contra el paisaje nevado, capturando por completo la atención de todos. Es como la llegada de una diva de Broadway; los periodistas la persiguen hasta el cementerio. Esta mujer pasa a mi lado y me siento completamente eclipsada, como un mosquito al lado de una luciérnaga resplandeciente.

Los periodistas la rodean, haciéndole preguntas y presionándola tanto que apenas la dejan respirar. Pobre mujer.

-¿Usted cree que se trate de un asesinato? -pregunta un periodista a la pelirroja, y la pregunta resuena en mi cabeza con inquietud. ¿Cómo es posible que se esté considerando un asesinato?

La pelirroja mira al periodista con seriedad antes de responder, sus labios se entreabren como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras.

-Es una tragedia lo ocurrido con el señor Gabriel Hikari. Tanto la familia Diamond como los Hikari están devastados por esta pérdida. Solo espero que la justicia llegue pronto y que se haga justicia para ambos. Los culpables, si los hay, deben enfrentar las consecuencias de sus actos -dice finalmente, su voz firme pero cargada de emoción.

Las cámaras la siguen capturando cada gesto y palabra, destacando su profundo pesar y compromiso con la justicia para la familia afectada.

Después de que los ánimos se aquietaran, la ceremonia fúnebre prosigue, aunque no con la normalidad habitual, al menos permite una despedida digna al difunto.

Las primeras paladas de tierra caen sobre el ataúd mientras cinco personas arrojan pétalos de rosas sobre él. En medio de ellos, un hombre canoso se detiene frente a todos, apoyándose pesadamente en su bastón. Levanta la mirada hacia los rostros presentes y toma una profunda bocanada de aire antes de comenzar a hablar.

-En mi mente atraviesan los más bellos momentos que pasé al lado de Gabriel... Fue un hombre extraordinario, amaba a su familia y era capaz de cualquier cosa por ellos. Gabriel era el pilar que sostenía a esta familia; si había un problema, él ya lo sabía, y sin que le pidiéramos ayuda, ahí estaba con la solución. Era una persona maravillosa.

»Esta fría tarde me trae recuerdos de nuestra niñez cuando mi hermano y yo, con el vapor que producía nuestro aliento, simulábamos fumar, pretendiendo ser mayores. Por supuesto, nuestros padres se enojaban cuando jugábamos con esas cosas.

»Ahora, al ver este ataúd, me pregunto: ¿cómo pudo esto suceder? No puedo creer que ya no esté aquí. Hablo por toda la familia al decir que lo vamos a extrañar y lo recordaremos como el hombre amigable de gran sonrisa... En nombre de la familia Hikari, agradecemos a cada una de las personas que vinieron a despedir a Gabriel Hikari. Que el recuerdo de mi hermano viva por siempre en nuestros corazones.

-Así será, Don Yonel -le responde el sacerdote.

Ese hombre debe de ser mi tío... Ha pronunciado unas palabras tan conmovedoras; guardaré en mi corazón todas esas descripciones sobre mi padre.

Luego de ese discurso, la ceremonia concluye. Todas las personas empiezan a retirarse, menos yo, me he quedado aquí porque necesito hablar con alguien. Justo ahora me dirijo hacia donde está aquella alta y elegante rubia que se encuentra despidiendo a los visitantes. Al pararme a un lado de ella, aclaro la garganta y me atrevo a hablarle.

-Hola, lamento mucho lo del señor Hikari.

Me mira fijamente a los ojos, una mujer de aproximadamente uno punto setenta y cinco metros de altura. Su cabellera rubia, perfectamente tratada, le roza los hombros, y sus ojos avellanos transmiten una mirada sensual y serena que parece esconder misterios. Tiene un cuerpo esbelto y aparenta unos treinta y cinco años, aproximadamente. Su porte y elegancia me impresionan.

-¿Conocías a mi padre?... Disculpa, es que nunca te había visto -dice, bajando la mirada. Es que soy más baja que ella.

Espera... ¿Dice que es su padre? ¡Entonces ella es mi hermana! La observo y me parece increíble; realmente es mi hermana... ¡Siempre quise tener una hermana!

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