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De Princesa A Reina Verdadera

De Princesa A Reina Verdadera

Autor: : Bucky Allain
Género: Fantasía
El frío acero de la espada de Isabella cortaba el aire, su punta contra mi garganta. Su sonrisa torcida, venenosa, era lo último que veía en este mundo. A su lado, Alonso, mi prometido, la miraba con una devoción que nunca me había dado a mí. Mi sangre se derramaba sobre las baldosas de mi propio palacio. "¿Por qué?", susurré, la vida escapando de mi cuerpo. Isabella se agachó, "Porque todo lo que tenías debería haber sido mío. Eras demasiado ingenua para merecerlo." El dolor de la traición superó la herida mortal. Mi prima, a quien traté como hermana, y el hombre a quien entregué mi corazón, me destruyeron. ¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Tan estúpida? Cerré los ojos, el odio y el arrepentimiento ardiendo en mi alma. De repente, un grito ahogado escapó de mis labios. Abrí los ojos: estaba en mi cama, en mi habitación, sin rastro de sangre, de herida. Fue un sueño. Pero el recuerdo era demasiado real, el dolor demasiado vívido. Me levanté y corrí al espejo. La joven que me miraba era yo, de hace tres años, justo el día de mi decimoctavo cumpleaños. El día en que todo empezó a desmoronarse. Los vívidos recuerdos de mi vida pasada inundaron mi mente: cada traición, cada manipulación de Isabella, el distanciamiento de Alonso, el ascenso al poder de mi tío Ricardo, padre de Isabella, mientras mi padre, el Rey, veía su salud decaer. "He vuelto", susurré con una sonrisa fría a mi reflejo. "Y esta vez, las cosas serán diferentes." Ellos no sabían con quién se estaban metiendo.

Introducción

El frío acero de la espada de Isabella cortaba el aire, su punta contra mi garganta.

Su sonrisa torcida, venenosa, era lo último que veía en este mundo.

A su lado, Alonso, mi prometido, la miraba con una devoción que nunca me había dado a mí.

Mi sangre se derramaba sobre las baldosas de mi propio palacio.

"¿Por qué?", susurré, la vida escapando de mi cuerpo.

Isabella se agachó, "Porque todo lo que tenías debería haber sido mío. Eras demasiado ingenua para merecerlo."

El dolor de la traición superó la herida mortal.

Mi prima, a quien traté como hermana, y el hombre a quien entregué mi corazón, me destruyeron.

¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Tan estúpida?

Cerré los ojos, el odio y el arrepentimiento ardiendo en mi alma.

De repente, un grito ahogado escapó de mis labios.

Abrí los ojos: estaba en mi cama, en mi habitación, sin rastro de sangre, de herida.

Fue un sueño. Pero el recuerdo era demasiado real, el dolor demasiado vívido.

Me levanté y corrí al espejo. La joven que me miraba era yo, de hace tres años, justo el día de mi decimoctavo cumpleaños.

El día en que todo empezó a desmoronarse.

Los vívidos recuerdos de mi vida pasada inundaron mi mente: cada traición, cada manipulación de Isabella, el distanciamiento de Alonso, el ascenso al poder de mi tío Ricardo, padre de Isabella, mientras mi padre, el Rey, veía su salud decaer.

"He vuelto", susurré con una sonrisa fría a mi reflejo.

"Y esta vez, las cosas serán diferentes."

Ellos no sabían con quién se estaban metiendo.

Capítulo 1

El frío del acero se sentía incluso a través de la tela de mi vestido, la punta de la espada de Isabella presionaba contra mi garganta, y su sonrisa era lo último que veía en este mundo, una sonrisa torcida y llena de un triunfo venenoso. A su lado, Alonso, el hombre que había sido mi prometido, la miraba con una devoción que nunca me había mostrado a mí. Mi sangre se derramaba sobre las frías baldosas del palacio, el mismo palacio donde había nacido y crecido como la Princesa Sofía, la heredera al trono.

"¿Por qué?", logré susurrar, la vida escapándose de mi cuerpo con cada gota de sangre.

Isabella se agachó, su rostro muy cerca del mío, su aliento apestando a vino y ambición.

"¿Por qué? Porque todo lo que tenías debería haber sido mío, Sofía. El título, la riqueza, el amor del Rey... todo. Tú eras demasiado ingenua para merecerlo."

Cerré los ojos, el dolor de la traición era mucho más agudo que el de la herida mortal. Mi prima, a quien había tratado como una hermana, y mi prometido, a quien le había entregado mi corazón, me habían destruido. La oscuridad me envolvió, llevándose el dolor, el odio y el arrepentimiento por no haber visto la verdad antes.

De repente, un grito ahogado escapó de mis labios.

Abrí los ojos de golpe, mi corazón latiendo con una fuerza desbocada en mi pecho. Estaba sentada en mi cama, en mi propia habitación del palacio, el sol de la tarde entrando por la ventana. Mi piel estaba intacta, no había sangre, no había herida. El aire olía a las rosas de mi jardín, no a la muerte.

Miré mis manos, temblorosas pero vivas. Me toqué el cuello, liso y sin una sola marca.

"¿Fue un sueño?", me pregunté en voz alta, mi voz temblorosa.

Pero el recuerdo era demasiado real, el dolor demasiado vívido. El odio que sentía por Isabella y Alonso ardía en mi pecho con una intensidad que no podía ser producto de una simple pesadilla.

Me levanté y corrí hacia el gran espejo de mi tocador. La joven que me devolvía la mirada era yo, pero más joven, con la inocencia aún brillando en mis ojos, una inocencia que había sido brutalmente extinguida. Era mi yo de hace tres años, en el día de mi decimoctavo cumpleaños.

El día en que todo comenzó a desmoronarse.

Los recuerdos de mi vida pasada inundaron mi mente como un torrente. Recordé cada pequeña traición, cada mentira sutil, cada acto de manipulación de Isabella. Recordé cómo Alonso se fue distanciando poco a poco, cómo mi tío Ricardo, el padre de Isabella, comenzó a acumular poder a mis espaldas. Recordé cómo me aislaron, me desacreditaron y finalmente me asesinaron para usurpar el trono después de que la salud de mi padre, el Rey, decayera.

"He vuelto", susurré a mi reflejo, una sonrisa fría curvando mis labios. "He vuelto, y esta vez, las cosas serán diferentes."

Un golpe suave en la puerta me sacó de mis pensamientos.

"Princesa, es hora de prepararse para el banquete de su cumpleaños", dijo la voz de mi doncella, Ana.

El banquete. El escenario del primer gran acto de humillación de Isabella en mi vida anterior.

En mi vida pasada, Isabella había llegado al banquete usando un broche de rubíes que mi padre me había regalado, un símbolo de mi estatus como heredera. En mi ingenuidad, no le di importancia, pensando que era un simple error. Pero ahora sabía que fue un acto deliberado, una prueba para ver hasta dónde podía llegar.

Esta vez, no habría lugar para errores.

"Ana, prepara mi vestido rojo carmesí", ordené, mi voz firme y decidida. "Y trae la caja de joyas que me regaló mi padre."

Cuando estuve vestida y adornada con las joyas que me correspondían como princesa heredera, caminé hacia el gran salón. El murmullo de los nobles se detuvo cuando entré, sus cabezas inclinándose en señal de respeto. Busqué con la mirada entre la multitud hasta que la encontré.

Allí estaba Isabella, hablando animadamente con un grupo de damas de la corte. Y en su pecho, brillando con arrogancia bajo la luz de los candelabros, estaba mi broche de rubíes. Se veía exactamente como en mis recuerdos.

A su lado, Alonso le sonreía, ajeno a todo.

En mi vida anterior, me acerqué a ella en privado, avergonzada por la situación. Esta vez, caminé directamente hacia ella, mi paso resonando en el repentino silencio del salón. Todos los ojos estaban sobre nosotras.

Me detuve frente a ella, mi mirada fría como el hielo. Isabella pareció sorprendida por mi repentina aparición y la intensidad de mi mirada.

"Isabella", dije, mi voz clara y cortante, resonando en todo el salón. "¿Puedes explicarme por qué llevas puesto el Broche del Heredero?"

La sonrisa de Isabella vaciló. Miró el broche en su pecho y luego a mí, intentando forzar una risa nerviosa.

"Sofía, prima, solo lo tomé prestado. Se veía tan hermoso con mi vestido, pensé que no te importaría."

"¿Pensaste que no me importaría?", repetí, mi voz goteando sarcasmo. "Este no es un simple adorno, Isabella. Es un regalo del Rey a su heredera. Es un símbolo de mi posición. Usarlo sin permiso no es un descuido, es una ofensa."

El color desapareció del rostro de Isabella. Los nobles a nuestro alrededor comenzaron a murmurar, sus miradas pasando de la conmoción a la desaprobación. La humillación pública que yo había sufrido en mi vida anterior, ahora se la estaba devolviendo con intereses.

Este era solo el comienzo. Iba a desmantelar su red de mentiras pieza por pieza, y me aseguraría de que todos los que me traicionaron pagaran el precio de su ambición.

Capítulo 2

Isabella, sintiendo las miradas de toda la corte sobre ella, cambió rápidamente de táctica. Sus ojos se llenaron de lágrimas, su labio inferior temblaba en una actuación digna de un teatro.

"Sofía, por favor", suplicó, su voz un susurro lastimero para que todos la oyeran. "No quise ofenderte. Yo... yo solo te admiro tanto. Quería sentirme un poco como tú, solo por una noche. Perdóname, prima. No sabía que te enojarías tanto por una simple joya."

Intentó tomar mi mano, un gesto de falsa sumisión. La multitud, siempre susceptible a las lágrimas de una dama, comenzó a mirarme con cierta duda. Quizás estaba siendo demasiado dura.

Pero yo ya no era la ingenua Sofía. Conocía cada uno de sus trucos. Aparté mi mano bruscamente.

"No intentes jugar a la víctima conmigo, Isabella", repliqué, mi voz firme y sin rastro de compasión. "Sabías perfectamente lo que este broche significa. Estuviste presente cuando mi padre me lo entregó, escuchaste sus palabras. Dijiste que era el símbolo más importante de la familia real después de la corona."

La cara de Isabella se tensó. Había olvidado ese detalle.

"Llamarlo 'una simple joya' es un insulto no solo para mí, sino para el Rey y para la tradición de nuestra familia. Has cometido un acto de presunción imperdonable, y no voy a permitir que lo disfraces con lágrimas de cocodrilo."

Mi lógica era impecable, y la duda en los ojos de los nobles se convirtió en un juicio silencioso contra mi prima. Su máscara de inocencia se estaba resquebrajando.

"Ahora", dije, extendiendo mi mano. "Quítatelo. Inmediatamente."

Mi tono no admitía réplica. Isabella se quedó paralizada, la humillación ardiendo en sus mejillas. Verse obligada a quitarse el broche frente a toda la corte sería una desgracia imborrable. Dudó, mirando a su alrededor en busca de ayuda.

Como si fuera una señal, Alonso finalmente reaccionó. Se interpuso entre nosotras, su rostro fruncido en una expresión de desaprobación dirigida hacia mí.

"Sofía, ya es suficiente", dijo, su tono protector hacia Isabella. "Está claro que fue un error. No hay necesidad de crear una escena y arruinar tu propia fiesta de cumpleaños. Estás siendo caprichosa."

El veneno en sus palabras me golpeó, pero esta vez, estaba preparada. En mi vida anterior, su desaprobación me habría destrozado. Ahora, solo alimentaba mi determinación.

Lo miré fijamente, una ceja arqueada.

"¿Caprichosa, Alonso? ¿Te parece caprichoso defender el honor de mi posición y el respeto a mi padre? ¿O es que acaso crees que los símbolos de la realeza no tienen importancia?"

Alonso se vio acorralado por mi pregunta. Defender a Isabella ahora significaría menospreciar a la monarquía.

"Por supuesto que no", tartamudeó. "Pero eres su prima. La familia debería resolver estas cosas en privado."

"Ella eligió hacerlo público al usar el broche en este salón", contesté fríamente. "Yo solo estoy respondiendo en consecuencia."

Viendo que no podía ganarme con la lógica, Alonso recurrió a la manipulación emocional, el arma que tan bien había funcionado en el pasado. Su voz se suavizó, volviéndose amenazante.

"Piensa en tu reputación, Sofía", susurró, inclinándose hacia mí. "Somos una pareja. Pronto seremos marido y mujer. ¿De verdad quieres que la gente diga que la futura reina es una tirana mezquina que humilla a su propia familia por un accesorio? Oblígame a casarme con una mujer así y nuestra vida juntos será un infierno. Detente ahora, por el bien de nuestro futuro."

La amenaza era clara. Cállate o te haré la vida imposible. En mi vida pasada, habría cedido, aterrorizada de perder su amor y mi reputación.

Pero ahora sabía que su "amor" era una farsa y que mi reputación sería destruida de todos modos. Su amenaza no tenía poder sobre mí.

Una risa fría y amarga escapó de mis labios, sorprendiéndolo.

"¿Nuestro futuro, Alonso?", pregunté, mirándolo como si lo viera por primera vez. Y en cierto modo, así era. "Quizás deberías preocuparte más por tu propio futuro."

Antes de que pudiera responder, me volví hacia Isabella, que había estado observando el intercambio con una mezcla de miedo y esperanza. Mi paciencia se había agotado.

"Te lo advertí", dije, y sin esperar más, estiré la mano y arranqué el broche de su vestido. La tela se rasgó ligeramente, y un pequeño grito de sorpresa salió de los labios de Isabella.

Sostuve el broche en alto para que todos lo vieran, su brillo rojo sangre reflejando la luz de las velas. Luego, con un movimiento deliberado, lo prendí en mi propio vestido, en el lugar que le correspondía.

El silencio en el salón era total. Nadie se atrevía a respirar. Había desafiado a mi prometido y humillado a mi prima. La batalla apenas había comenzado.

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